Cuando Occidente deja de ser el centro del mundo
Durante décadas, Occidente ha vivido con la sensación de que la prosperidad era casi un derecho natural. Pero hoy muchos ciudadanos europeos y norteamericanos tienen la sensación de que su nivel de vida empeora. La vivienda es más cara, la estabilidad laboral parece más frágil y el ascensor social se ha ralentizado. La pregunta es inevitable: ¿se han empobrecido realmente las clases medias occidentales?
Algunos economistas, como el reconocido especialista en desigualdad global Branko Milanović, matizan este relato. Según sus investigaciones, las clases medias de Occidente no se han empobrecido en términos absolutos. Lo que han perdido es otra cosa: su posición privilegiada dentro de la economía mundial. Y aunque esta distinción pueda parecer técnica, es clave para entender una de las grandes transformaciones del siglo XXI.
Si observamos la evolución de los ingresos reales en Europa o en Estados Unidos durante las últimas tres décadas, la conclusión es clara: las clases medias no se han empobrecido en términos estrictamente económicos. Los ingresos han seguido aumentando, pero lo han hecho a un ritmo muy modesto, a menudo inferior al 1 % anual. Este crecimiento es suficiente para evitar un retroceso generalizado del nivel de vida, pero demasiado lento para generar una sensación clara de progreso. En términos absolutos, muchos hogares occidentales disponen hoy de un acceso más amplio a bienes y servicios que hace treinta años, desde tecnología digital hasta viajes internacionales o una oferta cultural y educativa mucho más extensa.
Sin embargo, este avance gradual se ha producido en paralelo a transformaciones mucho más aceleradas en otros ámbitos de la economía global. Por un lado, la enorme concentración de riqueza en manos de una minoría dentro de los propios países occidentales ha ampliado las desigualdades internas. Por otro, el vertiginoso ascenso de las nuevas clases medias en grandes economías emergentes ha alterado el equilibrio económico mundial. Este doble movimiento —la acumulación de riqueza en la cúspide y el rápido crecimiento fuera de Occidente— ha modificado profundamente la percepción de prosperidad y ha alimentado la sensación de que el centro de gravedad económico del mundo se está desplazando.
Cuando la comparación redefine la percepción de prosperidad
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, Europa y Estados Unidos ocuparon una posición casi indiscutible dentro del sistema económico global. La revolución industrial, el liderazgo tecnológico y el control de las principales instituciones financieras internacionales situaron a Occidente en el centro de la economía mundial. Pero este orden está evolucionando. En las últimas décadas, economías como China, India, Indonesia o Vietnam han protagonizado procesos de industrialización y crecimiento extraordinarios que han permitido a cientos de millones de personas acceder a niveles de renta que antes eran exclusivos de los países desarrollados.
Este proceso ha generado una paradoja significativa: mientras la desigualdad global entre países se reduce, el mapa del poder económico se redistribuye. Occidente sigue concentrando una parte muy importante de la riqueza mundial, pero ya no es el único centro de prosperidad. El ascenso de nuevas economías emergentes está modificando progresivamente los equilibrios comerciales, tecnológicos y financieros que durante décadas habían definido el orden económico internacional.
Este cambio también tiene una dimensión social y psicológica. Los sociólogos hablan de privación relativa para describir la percepción que aparece cuando otros grupos o regiones prosperan más rápidamente. No se trata necesariamente de un empobrecimiento real, sino de una comparación constante. En un mundo hiperconectado, donde internet y las redes sociales exponen estilos de vida y oportunidades económicas de todo el planeta, esta comparación se multiplica.
Productos, tecnologías y experiencias que antes parecían exclusivos de Occidente hoy forman parte del consumo habitual de millones de personas en otras regiones del mundo, transformando inevitablemente la percepción del propio estatus económico.
El final de una excepción histórica
La sensación de inseguridad económica que atraviesa muchas sociedades occidentales tiene una raíz más profunda que la evolución de los salarios o el coste de la vida. Lo que está cambiando es el orden económico global que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial reflejaron un equilibrio de poder dominado por las economías occidentales, consolidando un sistema en el que Europa y Estados Unidos ocupaban el centro del poder financiero mundial.
Hoy, sin embargo, este equilibrio se está redefiniendo. El creciente peso económico de las economías emergentes obliga a replantear las reglas del juego internacional y a redistribuir el protagonismo dentro del sistema global. Esto no implica necesariamente el declive de Occidente, pero sí el final de una situación excepcional: la de un pequeño grupo de sociedades que concentraban una parte desproporcionada de la riqueza mundial. Cuando una sociedad pasa de ser claramente dominante a ser simplemente competitiva, la percepción de pérdida puede ser intensa, incluso si los niveles de vida continúan mejorando.
Comprender esta transformación es clave para interpretar los debates políticos, económicos y sociales de nuestro tiempo. El cuestionamiento de la globalización, las tensiones entre bloques económicos o el auge de movimientos políticos disruptivos forman parte de este mismo proceso de reequilibrio global.
En La Plaça de 11Onze analizamos estos cambios con una mirada crítica y pedagógica para ayudar a la comunidad a entender cómo evoluciona la economía mundial y, sobre todo, cómo podemos tomar decisiones financieras más informadas en un mundo que ya no gira en torno a Occidente.
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Marc Vidal, conferenciante y divulgador, advierte que 2023 podría ser el año de una crisis que dejaría en “pura anécdota” todas las anteriores, como ya pronosticó en 2019 un libro de Marc Friedrich y Mathias Weik. La confluencia de diversas circunstancias puede propiciar la tormenta perfecta.
¿Se avecina la madre de todas las crisis? Eso es lo que plantea el libro ‘El mayor crash de todos los tiempos’, de Marc Friedrich y Mathias Weik, que fue un gran éxito de ventas en Alemania en 2019. La obra vaticina que ese gran crash económico llegará el año que viene, con un derrumbe sin remedio de las bolsas europeas. En definitiva, “una crisis que dejará cualquier anterior crisis en pura anécdota”, según el conferenciante y divulgador Marc Vidal.
En la obra también aparecen bancos centrales que están “imprimiendo dinero como si no hubiera un mañana”, depósitos bancarios por los que te cobran y una coyuntura comercial catastrófica. A esos ingredientes debemos añadir el aumento de los tipos de interés, que no previeron los autores del libro y que ya están concretando instituciones como la Reserva Federal de Estados Unidos.
La losa de la deuda pública
Marc Vidal advierte que los intereses que paga España cada año ascienden a 26.800 millones de euros, lo que supone un 2,15% del PIB y cerca del 7% de los presupuestos o, lo que es lo mismo, “la mitad de lo que cuesta la educación pública”. Y recalca que eso es “solo para pagar intereses, no para saldar deuda”. De hecho, el divulgador aclara que “ningún Estado amortiza ni un euro de deuda, lo que hacen es refinanciarla cada año”. Y remarca que España tiene que refinanciar este año “237.000 millones” de euros.
El análisis que Vidal hace de la situación española es desolador: el IPC por encima del 8%, un PIB que apenas crece un 0,3%, una demanda interna que cae un 3,7%, la deuda pública que ya supone el 118% del PIB, la olvidada prima de riesgo en 100, el paro al 13,65% y la energía de nuevo en cifras inasumibles. Según el divulgador, para reequilibrar las cuentas, el recorte de los presupuestos debería ser de “casi el 10%”.
Para hacer frente a una crisis de tal magnitud, Marc Vidal explica que los autores del libro recomiendan invertir en “activos reales”, como el oro, y huir de la bolsa y el dinero físico, que se devaluarán por la gran cantidad de dinero que han emitido los bancos centrales. Él añade que “es momento de ponerse en marcha, no de pararse”.
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Europa se ha despertado. O eso dice. Después de años instalada en el confort del mercado único, el estado del bienestar y la regulación como seña de identidad, la Unión Europea ha asumido que el mundo ha cambiado. La guerra de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China y la carrera tecnológica global han dejado una evidencia incómoda: Europa depende demasiado de los demás.
Ahora los líderes europeos hablan de “soberanía estratégica”, de autonomía industrial y de digitalización. Pero la pregunta es inevitable: ¿puede Europa transformar su modelo económico o llegará tarde a la nueva partida global?
Durante décadas, Europa prosperó gracias a un sistema basado en la energía barata rusa, la defensa norteamericana y la tecnología desarrollada en Silicon Valley o Shenzhen. Ahora, ese equilibrio se ha roto.
Según datos de Eurostat, antes de la guerra de Ucrania, más del 40% del gas importado por la UE procedía de Rusia. De esta manera, la dependencia energética era estructural. A escala tecnológica, la situación no era mejor, dado que en 2023, más del 65% del mercado mundial de ‘cloud computing’ estaba en manos de empresas norteamericanas como Amazon, Microsoft y Google.
Mientras tanto, Estados Unidos impulsaba la Inflation Reduction Act, con más de 369.000 millones de dólares en subsidios verdes, y China consolidaba un modelo de Estado-capitalismo tecnológico con planificación industrial directa. Por todo ello, Europa ha acabado entendiendo que la globalización ya no es cooperación, sino más bien una cuestión de competencia geopolítica.
¿De potencia reguladora a potencia productiva?
La respuesta europea se ha vestido con un nombre ambicioso: autonomía estratégica abierta. Una expresión que suena técnica, pero que esconde una inquietud profunda, como es el miedo a quedar atrapados en un mundo donde la tecnología, la energía y el dinero se deciden fuera de casa.
Europa ha entendido que no puede seguir dependiendo de los chips asiáticos para fabricar sus coches, ni de los servidores americanos para alojar sus datos. Por ello ha puesto sobre la mesa miles de millones para reactivar la industria de los semiconductores y recuperar peso en una cadena de valor que hoy apenas controla. El objetivo es claro: dejar de ser espectador en la gran carrera tecnológica.
Al mismo tiempo, la Unión Europea ha decidido marcar territorio en otro campo decisivo como es el de la inteligencia artificial, para no solo utilizarla, sino también definir sus reglas. Y mientras las grandes plataformas compiten por dominar los algoritmos, el Banco Central Europeo avanza en silencio hacia un euro digital que garantice que, al menos en el ámbito monetario, la soberanía no dependa de infraestructuras ajenas.
De esta manera, Europa no quiere limitarse a regular el juego de los demás, sino que quiere volver a jugar la partida: produciendo tecnología, reteniendo datos y asegurando que su moneda continúe siendo una herramienta de poder.
Pero es aquí donde aparece la contradicción. Porque querer competir en un mundo de gigantes exige algo más que buenas intenciones y marcos normativos. Exige músculo, velocidad y una cohesión que Europa todavía está intentando construir.
El talón de Aquiles europeo
El problema no es solo geopolítico, sino más bien estructural. Europa crece menos porque produce menos. El crecimiento potencial de la zona euro ha sido inferior al de Estados Unidos durante la última década. La productividad laboral europea avanza con mayor lentitud, mientras que la economía norteamericana ha capitalizado mejor la revolución digital.
A ello se suma un factor silencioso pero determinante: Europa envejece. La tasa de fertilidad se mantiene por debajo del nivel de reemplazo en la mayoría de los Estados miembros. Menos población activa implica menos dinamismo económico, más presión sobre el estado del bienestar y más dificultades para sostener el modelo social europeo.
En este contexto, la digitalización no es una opción estética, sino más bien una necesidad para compensar una fuerza laboral decreciente.
Energía cara, competitividad débil
Reindustrializar exige energía competitiva y, tras la ruptura con Rusia, Europa ha diversificado proveedores y acelerado la transición energética. Pero el coste energético sigue siendo superior al de Estados Unidos, donde el gas natural es mucho más barato gracias a la explotación doméstica.
Esto sitúa a la industria europea en una posición compleja, ya que compite con empresas norteamericanas con energía más barata y con empresas chinas que reciben apoyo estatal directo. Entonces, reindustrializar sin energía competitiva puede convertirse en un ejercicio de voluntarismo.
La gran decisión europea
De esta manera, Europa afronta un dilema profundo: competir en la nueva economía global con unas reglas fiscales e institucionales pensadas para otro tiempo. Con una presión fiscal que supera el 40% del PIB y una deuda media elevada, la zona euro aspira a liderar la transición digital manteniendo al mismo tiempo una arquitectura política fragmentada y una disciplina presupuestaria estricta.
Pero sin un tesoro europeo fuerte, sin capital riesgo propio a gran escala y con una productividad que crece más lentamente que la de sus competidores, la pregunta es inevitable: ¿puede existir una política industrial real sin músculo financiero?
En este contexto, la digitalización no es solo una apuesta tecnológica, sino más bien una cuestión de poder. Las infraestructuras de pago globales siguen dominadas por actores norteamericanos. Las plataformas digitales que gestionan datos europeos son mayoritariamente externas. Y, por tanto, la cadena de valor de los semiconductores está fuertemente concentrada en Asia oriental.
En consecuencia, el debate sobre el euro digital o la soberanía de los datos refleja una decisión mucho más profunda: seguir siendo una potencia global o convertirse en una periferia sofisticada en un mundo dominado por Washington y Pekín. La soberanía, hoy, no se proclama. Se invierte. Por todo ello, es necesario estar preparado para entender —y proteger— nuestro futuro económico en un mundo que ya no es el que era.
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La pujada generalitzada de preus està complicant les finances de moltes llars. Cada vegada és més difícil quadrar els comptes per a arribar a final de mes i encara més dedicar una part dels nostres ingressos a l’estalvi. Davant aquesta situació, recollim onze consells per a millorar l’economia familiar.
- Aplicar la fòrmula del 50/30/20. Es tracta d’intentar distribuir els nostres ingressos de forma que el 50 % es dediqui a les despeses (llum, aigua, lloguer, hipoteca, telèfon, menjar, estudis…), el 30 % al nostre oci (les nostres sortides en esmorzars o dinars fora de casa, vacances, regals…) i el 20% restant a l’estalvi.
- Retallar subscripcions innecessàries. A quantes plataformes digitals estem subscrits? Les fem servir totes? Cal que les continuem pagant? I aquella subscripció a aquella revista que mai acabem llegint? Totes les subscripcions automàtiques s’han de revisar per valorar si són necessàries. Avui en dia existeixen diferents plataformes amb contingut en línia que són legals i gratuïtes, només cal fer una ullada per Internet per trobar-les. I recordem que les biblioteques també són una gran font de llibres i contingut audiovisual.
- Revisar els nostres contractes de llum, gas i telèfon. Cal revisar amb molta cura els contractes que tenim amb les diferents companyies de serveis. És una de les partides on més diners se’ns en van sense adonar-nos al cap de l’any. No podem prescindir d’aquestes despeses, però sí reduir-les.
- Fer més àpats a casa. Reduir les vegades que sortim a menjar fora de casa o que comprem menjar per emportar-nos pot arribar a ser una molt bona font d’estalvi. No cal deixar d’anar als restaurants, però sí reduir la quantitat d’àpats que fem fora de casa, i més si som una casa de família nombrosa.
- Reutilitzar. Quan una cosa se’ns faci malbé, mirem si podem reparar-la i allargar-ne la vida abans de llençar-la a les escombraries. També és una bona eina d’estalvi comprar roba de segona mà, llibres, mobles i fins i tot electrodomèstics.
- No comprar impulsivament. Una de les raons principals per les quals no fem un bon ús dels nostres diners són les compres compulsives. A partir d’ara, quan vulguem una cosa, donem-nos un marge de temps per saber si de veritat la necessitem. Ens sorprendrà comprovar que podem prescindir de gran part de les coses que volem comprar a cop de targeta.
- Comparar preus. Quantes vegades ens ha passat que comprem un telèfon mòbil, per dir un exemple, i l’endemà veiem una oferta del mateix producte en una altra botiga? Això ens passa per no comparar. Hem d’aprendre a comparar tot el que comprem, fins i tot el menjar.
- Fer servir menys el cotxe. Tot i que molta gent no pot prescindir del transport privat, sí que en podem reduir l’ús. Mirem d’utilitzar el transport públic o compartir cotxe si és possible. I fem ús també de la bicicleta, i sobretot, de les nostres cames, que caminar és sa i gratuït.
- Escollir una bona entitat financera. Són necessàries totes les nostres targetes de crèdit? Quines comissions ens cobra la nostra entitat financera? Revisem si aquesta entitat financera ens ajuda a tenir una bona economia personal, o si, per contra, cal que fem un canvi. Actualment, hi ha moltes entitats financeres amb eines que ajuden a controlar les teves despeses i que alhora et donen un cop de mà per estalviar: escollim una bona entitat financera pel nostre futur.
- Adaptar-nos a la nostra butxaca. Si ingressem una certa quantitat de diners, no fem més del que la nostra economia es pot permetre. No cal “estirar més el braç que la màniga”, com diem els catalans. Fem un ús responsable dels nostres diners segons els nostres guanys.
- Ser previsors. Hem d’analitzar l’evolució de les nostres despeses en els últims mesos per comprovar en què se’ns va els diners i on podem retallar. Davant l’actual situació inflacionària, en alguns casos serà necessari aplicar una “economia de guerra” segons com estimem que evolucionaran els nostres ingressos i despeses.
Ja fa dies que sabem que els diners no fan la felicita. Però podem aportar estabilitat a la nostra economia personal per evitar-nos disgustos. A més, en aquests temps d’incerteses econòmiques, val la pena recordar la frase que ens va deixar el filòsof Sèneca: “No és pobre qui té poc, sinó qui molt desitja”.
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El IPC de marzo se situó en el 9,8%, la mayor tasa desde 1985. Esto significa que en el último año hemos perdido casi un 10% de poder adquisitivo. Pero también que los ahorros que tenemos en depósitos bancarios se han devaluado en el mismo porcentaje.
El Índice de Precios al Consumo (IPC) de marzo se situó en el 9,8%, la tasa interanual más alta desde 1985. Los precios registraron en marzo un incremento del 3% respecto a febrero, según el indicador adelantado del IPC que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE). Se trata del mayor aumento mensual desde los años setenta.
Los principales culpables de esta inflación desbocada fueron la luz, los carburantes y los alimentos. Hay que tener en cuenta que el precio de generación de la electricidad se situó a finales de marzo en los 283 euros/MWh, mientras que un año antes era de 45 euros/MWh.
La inflación subyacente, que no tiene en cuenta los productos energéticos ni los alimentos frescos, se situó en el 3,4%. Aunque este porcentaje es bastante inferior, es el más elevado desde septiembre de 2008.
La última vez que la inflación interanual superó los dos dígitos en España fue en 1984, también impulsada por los precios del petróleo y la energía. En aquel momento el Gobierno recurrió a la devaluación de la peseta para frenar la espiral inflacionista, algo que hoy no es posible.
Peor de lo esperado
Los datos del IPC empeoran las previsiones que se habían realizado desde diferentes organismos. Por ejemplo, Funcas había calculado para marzo un IPC interanual del 8,6%.
Aunque es evidente la incidencia de la guerra en Ucrania en esta evolución negativa, el incremento es superior al de otros países europeos que también están sufriendo sus consecuencias. Se calcula que la inflación de Alemania en marzo, por ejemplo, rondó el 7% pese a que este país se ve especialmente afectado por la crisis energética.
La inflación ha experimentado una evolución muy negativa con la recuperación del consumo de los últimos meses, que ha coincidido con algunos problemas en las cadenas de suministro y un importante encarecimiento del transporte marítimo.
Devaluación de los depósitos bancarios
El incremento de casi un 10% del IPC equivale a la devaluación de facto de los depósitos bancarios de familias y empresas. A finales de 2021 estos suponían 958.900 millones de euros en el caso de las familias y 322.700 millones en el de las empresas, según el Banco de España. Esto supone una pérdida de más de 90.000 millones para las primeras y unos 30.000 millones para las segundas.
El ahorro de familias y empresas alcanzó niveles récord en 2021. En el caso de los particulares, el volumen total se incrementó un 4,6% respecto al año anterior y en el de las empresas el crecimiento rozó el 9%.
Mientras que los propietarios de depósitos se ven muy perjudicados por la inflación, en el extremo opuesto de la ecuación se encuentran aquellas personas que tienen contratadas hipotecas. Los primeros han visto cómo sus ahorros pierden casi el 10% de su valor, pero quienes pagan hipoteca se benefician de la revalorización de sus activos a causa de la inflación sin que ello implique ningún aumento en la cuota.
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Todos los índices de previsión económica indican que nos encaminamos hacia una crisis financiera global. Hace al menos un año que economistas reputados, como Nouriel Roubini, Robert Kiyosaki y Mervyn King, advierten que la deuda de los Estados está creciendo demasiado. Esta deuda desbocada se suma, ahora, a una inflación rampante y una crisis energética galopante. En 11Onze resumimos las claves para entender la inevitable crisis global de deuda.
Incertidumbre, incertidumbre, incertidumbre. Posiblemente es la palabra más repetida desde que hemos empezado 2022. Coinciden en ello los periódicos económicos de referencia, los economistas e inversores de prestigio y los analistas económicos: se aproxima una crisis financiera sin precedentes —“una crisis histórica”, en palabras de Kiyosaki— y hay varios indicadores que, combinados, son una auténtica bomba de relojería: deuda, inflación y precios alcistas de los combustibles fósiles.
Tal y como ha explicado Nouriel Roubini, profesor de economía de la Universidad de Nueva York y uno de los pocos economistas que avanzó la crisis de 2007, el escenario actual suma peores ingredientes que los que dieron lugar a la crisis inflacionaria de los años 70 y la crisis de deuda de 2007. El resultado, ha advertido, puede ser una crisis que acabe mutando en una depresión económica que puede durar años.
La deuda pública hace saltar las alarmas
De entrada, dice Roubini, hay unos niveles récord de deuda privada y, sobre todo, pública. Además, explica que el contexto de estanflación, es decir, un escenario de alta inflación, un índice de crecimiento económico que se ralentiza, y una tasa de desempleo elevada, junto con unas políticas fiscales y monetarias sin precedentes todavía está incrementando más esta deuda de los Estados. Y argumenta por qué esta crisis de deuda, sumada a la inflación y a los precios alcistas, no se ha dado nunca antes.
El economista afirma que, durante la crisis de inflación de los años 70, las economías avanzadas y la mayoría de mercados emergentes tenían una deuda pública mucho más baja que la de ahora. En cualquier caso, aquella inflación no tuvo un impacto negativo en la deuda, porque “la inflación de los años 70 aniquiló el valor real de las deudas nominales de tasas fijas, reduciendo así las cargas de deuda pública de muchas economías avanzadas”. En cambio, ahora, para rebajar la deuda, los Estados necesitan unos niveles de inflación tan altos, que pueden llegar a ser inasumibles para la ciudadanía, en cuanto que puede perder valor adquisitivo y, por lo tanto, empobrecerse.
Si tomamos como referencia la crisis financiera de 2007, Roubini recuerda que los niveles de deuda pública y privada provocaron una gran crisis global de deuda, que se agravó por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Sin embargo, la recesión que siguió a aquella crisis de deuda condujo a una inflación baja, casi deflación. Por el contrario, hoy en día la crisis descontrolada de deuda coincide con una estanflación que empieza a ser alarmante.
La hipótesis de Roubini coincide con la opinión del ex gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, que a principios del año pasado alertaba de una posible crisis financiera de la eurozona. Ya entonces afirmaba con contundencia en una entrevista en ‘El País’: “Se avecina una nueva crisis del endeudamiento, y será pronto”.
En aquella conversación, King argumentaba que la deuda global, efectivamente, está por encima de los niveles de 2007, una deuda que no ha dejado de crecer con la pandemia. “Cuando se retiren las muletas del Estado habrá quiebras de empresas, y muy probablemente crisis de deuda soberana en los países emergentes”, afirmaba. Y alertaba que el hecho de que todo esto pase a la vez puede causar un “problema serio”. “Es imposible saber cuándo y dónde sucederá, por la incertidumbre radical en que nos encontramos, pero el sistema chirría por el lado de la deuda”, aseveraba.
La quiebra de los mercados emergentes
Hace tan solo unos días, el analista económico Bill Dudley hacía en ‘Bloomberg’ la misma previsión que King. El experto alerta de la posible quiebra de los países emergentes, por la imposibilidad de asumir su deuda pública. Aun así, señala algunas salidas. Dudley considera muy probable que 2022 sea un año “muy difícil” para los países de bajos ingresos y mercados emergentes, porque han sido los grandes prestatarios en el mercado de la deuda soberana.
“Una serie de crisis concentradas en estos países parecen prácticamente inevitables”, asegura. Y avanza que, a medida que la Reserva Federal de los Estados Unidos empiece a endurecer su política monetaria, los costes de financiación aumentarán y habrá menos crédito disponible, porque los tipos de interés reducen el incentivo de los inversores para buscar el tipo de rentabilidad que ofrecen estos países.
A esta situación se suma que, próximamente finalizará la moratoria de la deuda pactada durante la pandemia por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial con los países del G-20. Y esto hará que estos países emergentes necesiten endeudarse de nuevo. Por eso, Dudley propone que el FMI aumente las ayudas, pero también admite que la medida solo “pospone el día del juicio final” y subordina a estos mercados emergentes a “prestamistas privados” y a los grandes prestamistas estatales, como lo es China.
Así las cosas, Dudley considera que lo mejor que se puede hacer es una reforma de gran alcance sobre el régimen de deuda soberana, para que sea más sólido y resistente al contexto adverso de la economía. Y reclama mucha más transparencia. “En muchos casos, es imposible saber cuál es la cantidad de las obligaciones de los prestatarios, cuándo vencerán, cuál es el coste del interés y otros términos y condiciones, incluida la garantía que se ha desembolsado para poder asegurar el préstamo”, denuncia el analista.
El año de la gran crisis, cómo prepararnos
El presidente de 11Onze, James Sène, coincidía en este análisis. En una conversación que podéis revisitar en 11Onze Podcast, detallaba cómo afrontar comunitariamente el embate de una crisis de deuda a escala internacional. La deuda pública y la inflación, explicaba, hacen imprescindible buscar refugio para los ahorros de la gente, para que no vuelva a ser la ciudadanía quien pague el pato de una crisis económica.
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El grupo de los BRICS, que agrupa a las dos grandes economías emergentes (China e India) y a tres de los principales productores de materias primas (Brasil, Rusia y Sudáfrica), está trabajando en su propia moneda. China es el gran impulsor de una divisa que, a diferencia del dólar o del euro, podría estar respaldada por oro y otras materias primas.
Durante una visita en Shanghái al Nuevo Banco de Desarrollo, creado por los BRICS, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, insistía hace unos días en la idea de encontrar una alternativa al dólar en los pagos internacionales. “¿Por qué una institución como el banco de los BRICS no puede tener una moneda para financiar las relaciones comerciales entre Brasil y China o entre Brasil y todos los demás países BRICS?”, planteaba el mandatario brasileño.
China y Rusia han sido las principales impulsoras de esta idea, que ha encontrado una buena acogida entre el resto de los BRICS y otros países emergentes.
Vladímir Putin anunciaba a mediados del año pasado que el grupo de los BRICS estaba trabajando en el desarrollo de una nueva moneda de reserva basada en una cesta de divisas para sus países miembros. Y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, indicó en enero que el tema se debatiría en la cumbre de los BRICS que se celebrará en Sudáfrica a finales de agosto.
Primeros pasos en un mundo multipolar
Estas declaraciones deben situarse en el contexto de la nueva política exterior rusa, anunciada recientemente por Vladímir Putin, que sitúa a India y China en primer plano y aspira a potenciar el protagonismo de Moscú en agrupaciones como la de los BRICS para “adaptar el orden mundial a las realidades de un mundo multipolar”.
De momento, Pekín ha intensificado sus esfuerzos para utilizar su propia moneda en el comercio exterior. Así, hace unas semanas los presidentes de China y Rusia acordaban fomentar la adopción del yuan chino como moneda de liquidación con las economías emergentes. Y Brasil y China tomaron medidas el mes pasado para facilitar la liquidación de sus operaciones en la moneda de uno de los dos países. El objetivo: reducir costes financieros al eliminar una tercera divisa de las transacciones.
Una nueva moneda para un nuevo mundo
El vicepresidente de la Duma estatal rusa, Alexander Babakov, declaraba hace unos días que “la transición a las liquidaciones en monedas nacionales es el primer paso”. Según él, el siguiente movimiento sería “poner en circulación una moneda digital o cualquier otra forma de moneda fundamentalmente nueva en un futuro próximo”.
Lo cierto es que en los últimos tiempos se han multiplicado los contactos entre representantes de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica para lanzar una nueva divisa que, según fuentes rusas, estaría garantizada con oro y otras materias primas.
En este sentido, hay que tener en cuenta que solo en noviembre y diciembre del año pasado el banco central chino anunció la compra de 62 toneladas de oro, elevando sus reservas totales a más de 2.000 toneladas por primera vez en la historia, según datos del World Gold Council. Y parece que el ritmo de compra de oro por parte de diversos bancos centrales se ha intensificado en lo que llevamos de 2023.
Un grupo muy heterogéneo
Los críticos con este proyecto de nueva divisa apuntan a las grandes diferencias que existen entre los cinco países del grupo en términos de producción, crecimiento y apertura financiera. Basta decir que el PIB real per cápita a precios constantes entre 2008 y 2021 aumentó un 138% en China, un 85% en India, un 13% en Rusia y un 4% en Brasil, mientras que se contrajo un 5% en Sudáfrica.
Otro factor distorsionador es que el peso abrumador de China en el grupo. Los datos más recientes del Fondo Monetario Internacional indican que el gigante asiático supone el 72% del PIB conjunto de los cinco países. Y el dominio chino se ve reforzado por el hecho de que es un socio comercial clave para los exportadores de materias primas.
Además, los intereses estratégicos de los cinco integrantes del grupo no están demasiado alineados a causa, precisamente, de las grandes diferencias en sus economías.
Sin embargo, la idea de una nueva moneda va cobrando forma. Y otros países, como Argentina, Irán, Indonesia, Turquía, Arabia Saudí y Egipto, ya han manifestado su interés por unirse a este bloque económico. El sistema financiero internacional podría estar a las puertas de un cambio radical que quizás nos retorne al patrón oro o algo similar.
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Los países emergentes que forman el grupo de los BRICS lideran un cambio de paradigma geopolítico hacia un equilibrio económico global más justo y equitativo, frente al dominio del G7 en un mundo cada vez más multipolar. Si bien todavía queda mucho camino por recorrer, se están formando los pilares de un nuevo orden mundial.
El tira y afloja geopolítico de los últimos años entre Oriente y Occidente ha puesto de manifiesto un cambio de paradigma que es cada día más evidente. Los ciclos económicos y los mercados financieros se centran cada vez menos en el sistema monetario dominado por los Estados Unidos, dando a alternativas que están reequilibrando el mapa del poder económico global.
En este contexto, la hegemonía occidental se ve amenazada por coaliciones de países emergentes cada vez más influyentes que, a través de su cooperación y competencia, modelan el orden económico y político mundial en detrimento de un statu quo del poder que hasta ahora los ha considerado jugadores de segunda división sin voz ni voto.
Por supuesto que la transición hacia un nuevo orden mundial no será sencilla ni se efectuará de la noche al día, sino que se trata de un proceso largo, repleto de variables y de retos que, más que cambiar drásticamente el sistema internacional existente, pretende reformar y complementar un modelo económico y geopolítico caducado y alejado de la realidad.
Xi Jinping, presidente de la República Popular China, definía así la estrategia a seguir: “China, como país en desarrollo y miembro del Sur Global, ha compartido siempre el mismo destino con otros países en desarrollo, ha defendido firmemente sus intereses comunes y ha presionado para aumentar la representación y la voz de los países con mercados emergentes. Tenemos que abandonar la mentalidad de la Guerra Fría y la confrontación de bloques, oponernos a las sanciones unilaterales e ir más allá que las pequeñas agrupaciones hegemónicas. Por mucha resistencia que haya, los países BRICS, una fuerza positiva y sana, florecerán”.
La voz de los mercados emergentes
La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), que aborda cuestiones de seguridad regional, e instituciones como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), centradas en temas económicos, complementan la cooperación comercial de los BRICS y son piezas de un mismo ecosistema pensado para ofrecer una alternativa a alianzas como la del G7.
Y es que no hay que ser un gurú de la geopolítica por saber que el poder económico decide quién corta el bacalao en el ámbito global. En este sentido, los BRICS+ representan el 45% de la población mundial, contribuyendo al 25% del comercio y el 31.5% del PIB global.
Esta cifra es inferior al 43% del PIB mundial que corresponde al G7, aun así, la diferencia se irá reduciendo a medida que los principales países BRICS, como India, continúen creciendo a un ritmo superior a la media y que la alianza acoja a más miembros en el futuro.
Hay que tener en cuenta que, a pesar de que el bloque occidental acapara más riqueza, los países emergentes tienen más población y concentran la producción de petróleo. Con la incorporación de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes e irán, los BRICS duplican con creces la cuota de sus miembros en la producción mundial de petróleo, hasta lograr el 43%.
Actualmente, muchos de los países miembros de los BRICS registran tasas de crecimiento del PIB real superiores a las de sus homólogos del G7. Además, Según Goldman Sachs, se prevé que logren una tasa media de crecimiento del PIB que oscilará entre el 189% y el 205% para el año 2050, comparado con una tasa media de crecimiento del G7, que se quedará en el 50%.
En definitiva, a pesar de que queda mucho trabajo por hacer, no se puede negar que la voz del Sur Global cada vez suena más fuerte y clara en el tablero de ajedrez geopolítico mundial. Por lo tanto, la reforma de instituciones y mecanismos supuestamente multilaterales, pero que hasta ahora han favorecido el bloque geopolítico occidental, parece inevitable frente a un reparto más equilibrado del poder global.
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Desde hace meses las cifras oficiales de inflación parecen moderarse. Pero la sensación en los supermercados, en los alquileres y en las facturas es otra. La pregunta ya no es si la inflación bajará, sino si volverá alguna vez a ser como antes.
En los últimos años, los discursos institucionales han insistido en transmitir calma, que la inflación era transitoria. O al menos un simple accidente provocado por la pandemia, por los cuellos de botella logísticos o por la energía. Y que, una vez normalizada la situación, los precios volverían a su lugar. Hoy, aquella promesa chirría. Y cada vez más economistas admiten lo que muchos hogares ya saben: quizá hemos entrado en una nueva normalidad de precios altos.
Durante décadas, las economías occidentales vivieron instaladas en una excepcionalidad histórica: precios estables, tipos de interés bajos y dinero abundante. Cualquier repunte inflacionario era visto como una anomalía puntual que los bancos centrales corregirían con rapidez. La palabra clave era “control”.
Esa narrativa se rompió en 2020. La pandemia desorganizó cadenas de suministro globales construidas con criterios de eficiencia extrema. La guerra de Ucrania disparó los precios de la energía y de los alimentos básicos. Y la respuesta de los gobiernos y bancos centrales —expansión monetaria masiva y endeudamiento público sin precedentes— inyectó una enorme cantidad de liquidez en la economía.
Según datos de Eurostat, la inflación en la zona euro alcanzó máximos históricos en 2022. A pesar de la posterior moderación, el nivel general de precios no ha retrocedido; simplemente ha dejado de crecer tan rápidamente. Y esta diferencia es clave: mientras la inflación puede bajar, los precios rara vez lo hacen.
Factores estructurales que empujan los precios
El problema no es solo coyuntural. Hay fuerzas de fondo que apuntan hacia un cambio de régimen económico. La desglobalización es una de ellas. Las empresas están reconfigurando cadenas de producción para reducir dependencias geopolíticas. Producir más cerca es más seguro, pero también más caro. La transición energética, necesaria e inevitable, implica inversiones multimillonarias que se trasladan a los costes finales. El envejecimiento demográfico presiona los sistemas públicos y reduce la población activa. Y las tensiones geopolíticas permanentes introducen una volatilidad que ya no es excepcional, sino estructural.
A todo ello se suma un elemento a menudo olvidado: la deuda. Los Estados arrastran niveles de endeudamiento que hacen muy difícil volver a un mundo de tipos de interés reales bajos sin generar nuevas distorsiones. En este contexto, una inflación moderada, pero persistente, actúa como una herramienta silenciosa de reequilibrio fiscal.
Precios que suben, salarios que no siguen
Aquí es donde la inflación muestra su rostro más incómodo. A pesar de las revisiones salariales de los últimos años, el poder adquisitivo no se recupera. Los datos del INE muestran incrementos salariales que, en muchos casos, solo compensan parcialmente el aumento del coste de la vida.
El resultado es una erosión progresiva de las rentas medias. No es un impuesto aprobado en el Parlamento, pero actúa como si lo fuera. Los ahorros pierden valor. Las nóminas llegan justas. Y la capacidad de planificar a largo plazo se reduce.
La vivienda es el ejemplo más claro. Alquileres disparados, oferta limitada y salarios que no pueden seguir el ritmo. Pero no es el único. Alimentación, seguros, servicios básicos. Lo que antes era excepcional, hoy es rutina.
Una nueva normalidad incómoda
Asumir que los precios no volverán a los niveles del pasado no es pesimismo. Es realismo. La economía que viene será más cara, más volátil y menos previsible. Esperar una vuelta al mundo de dinero barato y precios contenidos puede ser un error estratégico, tanto en el ámbito personal como colectivo.
Eso no significa resignarse. Significa adaptarse. Entender cómo funciona la inflación estructural. Revisar hábitos de consumo. Repensar el ahorro y la protección del patrimonio en un entorno donde el dinero quieto pierde valor año tras año.
También significa exigir transparencia. Las cifras macroeconómicas pueden mejorar, pero si no se traducen en bienestar real, algo falla. La distancia entre estadística y percepción ciudadana no es un problema de comunicación: es un problema de modelo.
Mirar la inflación de frente
La inflación no es solo un indicador económico. Es una experiencia cotidiana. Y, como toda experiencia persistente, acaba moldeando comportamientos, expectativas y decisiones vitales. Ignorarla o maquillarla con discursos tranquilizadores no ayuda a tomar buenas decisiones.
Entender que quizá hemos entrado en una nueva normalidad de precios altos es incómodo, pero necesario. Es el primer paso para dejar de mirar atrás con nostalgia y empezar a pensar estratégicamente cómo proteger el presente y el futuro. Entender la inflación estructural es el primer paso para protegerse de ella.
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La demanda de oro crece un 176% el primer trimestre de 2023, según el World Gold Council. En un contexto de temores económicos generalizados, la subida del oro físico indica que es uno de los valores refugio más buscados. ¿Serás el último de proteger tus ahorros?
Tal como anticipó 11Onze hace prácticamente un año y medio, el oro físico se está convirtiendo en una herramienta indispensable para proteger los ahorros a largo plazo. Por eso Preciosos 11Onze ofrece varias herramientas para que la comunidad pueda usar el oro para resistir mejor el periodo de turbulencias económicas que estamos viviendo. Por un lado, hay el Oro Semilla, que permite conseguir ganancias a corto plazo aprovechando la revalorización constante del oro. Y de la otra hay el Oro Patrimonio, donde la idea es comprar oro físico pensando en el largo plazo.
Oro Patrimonio
Es cómo hemos denominado al oro que vendemos desde el primer día en Preciosos 11Onze, para diferenciarlo del Oro Semilla. Son lingotes de oro de varias medidas, con una compra mínima de 3.000 euros. Y el oro te lo enviamos a casa o se puede quedar en custodia en una cámara acorazada.
¿Por qué el oro se puede considerar un patrimonio como lo podría ser una casa? Porque es un bien que tiende a revalorarse y tiene una alta liquidez. En los últimos años, el oro se ha revalorado un 40% y, solo durante 2022, su precio aumentó un 9,5%. Hay que recordar que en el 2022 la inflación media en España fue del 8,4%. Por lo tanto, las personas que tenían sus ahorros en oro ganaron un poco de poder adquisitivo, mientras que las que los tenían en euros lo perdieron.
Pero el Oro Patrimonio se tiene que ver en perspectiva. Por eso está bien recordar que en enero de 2008 la onza tenía un coste de 883 dólares, mientras que hoy en día ronda los 1.960 – 2.000 dólares, un incremento de más del 100% en 15 años. La perspectiva, pero, sigue siendo alcista. ¿Por qué? Pues porque los bancos centrales están haciendo compras récord de oro, probablemente buscando un patrimonio seguro y tangible sobre el cual apoyar las inmensas deudas públicas. Durante el 2022, el World Gold Council apuntó que los bancos centrales habían comprado 4.741 toneladas de oro, unas cifras que no se lograban desde hacía 55 años.
Las turbulencias y los indicativos
Las crisis bancarias encadenadas de los últimos meses han generado dudas a los depositantes. Del Silicon Valley Bank a Credit Suisse, pasando por el First Republic Bank, la historia se repite. Si añadimos que el último mes de noviembre la visión de la FDIC aseguraba que el volumen de deuda no es sostenible, es normal que mucha gente esté buscando opciones seguras para su dinero. Las retiradas de dinero de las cuentas bancarias están siendo muy elevadas en España, el Reino Unido y los Estados Unidos. Los movimientos indican, tal como también apuntaba la FDIC, que la gente con más dinero e información está protegiendo de alguna manera sus ahorros sacándolos de los bancos, un comportamiento que puede acelerar nuevos colapsos.
¿Y ahora, qué?
Una de las preguntas a responder es que se puede hacer con el dinero una vez no lo tienes en el banco. En panoramas complicados hay que buscar opciones seguras. Pueden ser bonos, propiedades o productos que cuenten con seguros (como los Fondos Garantizados o el Financia Litigios). Pero si un producto destaca por su histórica seguridad este es, siempre, el Oro Patrimonio.


