El ejemplo de Islandia que España no quiso seguir
El rescat del sistema bancari espanyol va requerir la injecció de més de cent mil milions d’euros, que no van servir per a revitalitzar l’economia. Era possible una altra fórmula? La veritat és que Islàndia va sortir enfortida de la gran crisi financera que va viure entre 2007 i 2009.
Ara fa deu anys de la decisió del Govern espanyol de prendre el control de Bankia, en aquell moment la quarta entitat financera més gran de l’Estat. Ho va fer convertint en accions un préstec de gairebé 4.500 milions d’euros. L’entitat va acabar fusionant-se al 2020 amb CaixaBank, o sent absorbida per aquesta última entitat, segons com es vulgui veure.
“Aquí no hi ha un cost per als contribuents espanyols”, deia Luis de Guindos, ministre d’Economia, durant els dies de la intervenció. Però el que en principi no anava a tenir cost per a l’Estat ha acabat amb una injecció de capital de més de 22.000 milions d’euros, tot i que potser s’acaba recuperant una part algun dia.
Bankia és una més de la llista d’entitats financeres rescatades per l’Estat espanyol arran de la crisi financera de 2008, que també va portar a la intervenció de Caja de Ahorros del Mediterráneo, Banco de Valencia, CatalunyaCaixa, NovaCaixaGalicia, Unnim, Caja de Ahorros de Castilla-La Mancha, Cajasur, Banco Mare Nostrum, Banc CEISS, Banco Gallego, Banca Cívica, Grupo Cajatres, Liberbank i Caja Rural Mota del Cuervo.
En total, el Tribunal de Comptes ha quantificat en més de 122.000 milions els recursos destinats a la reestructuració d’aquestes entitats, que han acabat absorbides pels grans bancs espanyols. El Fons de Reestructuració Ordenada Bancària (FROB) va comprometre més de 77.000 milions d’euros; el Fons de Garantia de Dipòsits, més de 35.000 milions, i el Banc d’Espanya, gairebé 10.000 milions.
Diners difícils de recuperar
El Banc Central Europeu reconeixia en un informe elaborat al 2015 que les injeccions de capital a la banca espanyola es van realitzar de manera que la devolució dels diners públics era inviable.
En realitat, es va tractar d’una espècie de regal de milers de milions al ‘lobby’ bancari. Molts títols es van adquirir per un valor superior al real i era evident que una part important dels actius traspassats a la Societat de Gestió d’Actius Procedents de la Reestructuració Bancària (Sareb) generarien pèrdues milionàries a l’Estat. Segons estimacions del Banc d’Espanya, la festa acabarà costant al contribuent un mínim de 60.600 milions d’euros.
És justificable aquest desemborsament públic? Després de l’experiència de la Gran Depressió estatunidenca pel crac de 1929, en la qual la caiguda del sector financer va tenir un efecte demolidor en la resta de l’economia, molts experts han defensat la conveniència de rescatar als grans bancs per a evitar el col·lapse econòmic.
L’argument és que per als contribuents resulta menys onerós el rescat que les conseqüències de la recessió. Tot i això, no tots els països han seguit l’ortodòxia acadèmica.
La via islandesa
L’any 2000 Islàndia era un país de 300.000 habitants amb un PIB que no arribava als 10.000 milions d’euros. Però en pocs anys el seu sector bancari es va hipertrofiar gràcies a suculents interessos que van atreure gran quantitat de dipòsits des d’altres països.
El boom de les seves entitats financeres va fer enlairar l’economia del país, que més que va doblegar el seu PIB entre 2001 i 2007. El crèdit fluïa a l’illa com si d’un mannà es tractés i la corona islandesa es va disparar en el mercat de divises.
No obstant això, la fallida de Lehman Brothers al setembre de 2008 va punxar la bombolla islandesa. En pocs dies, les tres principals entitats financeres de l’illa (Glitnir, Landsbanki i Kaupthing) van declarar suspensió de pagaments.
En lloc d’injectar milers de milions en aquests bancs privats, Islàndia els va deixar caure i va crear noves entitats per a gestionar les restes del naufragi. Després de múltiples protestes, la dimissió d’un Govern i diversos referèndums, el país va decidir salvaguardar els dipòsits dels islandesos i va rebutjar fer-se càrrec de l’enorme quantitat de dipòsits estrangers.
És cert que aquesta via no va sortir gratis als contribuents, ja que Islàndia va destinar un 20% del PIB a fer neteja del sector, segons estimacions de l’OCDE. Però l’economia es va recuperar amb energia en els anys següents. Després d’una caiguda de gairebé un 40 % entre 2007 i 2009, el PIB va tornar a remuntar i al 2017 ja superava els nivells previs a la crisi. Per contra, Espanya mai ha tornat a igualar els nivells de 2008.
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China continúa siendo un mercado atractivo para muchas empresas occidentales, pero el primer déficit trimestral en inversión extranjera de su historia pone de relieve el reto que supone para Pekín atraer a empresas extranjeras, en un contexto de crecientes tensiones geopolíticas con los Estados Unidos, bajos tipos de interés y un debilitamiento de la demanda interior.
A pesar de los buenos datos macroeconómicos de producción industrial y ventas al por menor en China presentadas el mes pasado, la economía china está dando síntomas de agotamiento que pueden tener ramificaciones negativas para las finanzas públicas, teniendo en cuenta la creciente deuda gubernamental.
Más allá de la crisis inmobiliaria, las sanciones económicas de los Estados Unidos, la caída de las exportaciones experimentada todos los meses de 2023 respecto al año anterior, los bajos tipos de interés y un debilitamiento de la demanda interior, las empresas extranjeras sacan dinero del mercado chino a un ritmo más rápido del que lo invierten.
En el periodo de julio a septiembre, según datos preliminares de la balanza de pagos, las empresas extranjeras en China registraron un déficit en inversiones directas de casi 10.854 millones de euros. Es la primera vez que el país registra tales déficits desde que se iniciaron los registros en 1998.
Baja rentabilidad de las inversiones
El debilitamiento de la demanda interior y los bajos tipos de interés han provocado que muchas de estas empresas no estén obteniendo de sus negocios la rentabilidad que esperaban y opten para sacar el capital del país para obtener más rentabilidad o para reducir la exposición al riesgo geopolítico. Según los analistas de Goldman Sachs, «Parte de la debilidad de las entradas de inversión directa en China puede deberse a la repatriación de beneficios por parte de las empresas multinacionales».
A pesar de que esto no son buenas noticias para China, Pekín ha restado importancia a la fuga de capital extranjero. Wang Wentao, Ministro de Comercio chino, destacaba que China continúa siendo un imán para los inversores mundiales y prometió más medidas para expandir el consumo, así como para estabilizar el comercio exterior y la inversión, en un esfuerzo para promover una recuperación económica sostenida.
Independientemente de las medidas que pueda implementar el gobierno chino y, teniendo en cuenta los grandes intereses u oportunidades comerciales que presenta el mercado del gigante asiático, sería prematuro sacar conclusiones definitivas sobre si este déficit de inversión es un acontecimiento puntual o el inicio de una nueva tendencia que se alargará en el tiempo.
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Detrás las guerras hay intereses económicos y, por mucho que resulte obvio y doloroso decirlo, los conflictos actuales no son una excepción. Más allá de las religiones o los odios viscerales siempre está la economía. En conversación con James Sène, presidente de 11Onze, analizamos el contexto geopolítico y sus consecuencias.
La guerra de Israel a Palestina hace días que ha entrado en una fase de una virulencia inaudita que está estremeciendo el mundo. Mientras los medios y las redes compiten en crudeza y dolor, las derivadas geopolíticas del conflicto se mantienen en un segundo plano. Pero el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, dejó muy clara su visión economicista del conflicto cuando se dirigió a la nación desde el despacho oval para pedir al Congreso una aportación económica extraordinaria.
El presidente norteamericano, más allá de la retórica épica del autootorgado papel de los Estados Unidos en el mundo, aseguró que destinar dinero para apoyar a Israel y Ucrania sería “una inversión que generará dividendos durante décadas”. Hablar de inversión en plena crisis humanitaria parece frívolo, y lo es, pero las guerras son negocios y el negocio va bien.
Pero, ¿qué se juegan los Estados Unidos y la economía mundial en este conflicto? ¿Por qué la primera potencia mundial, en un momento de endeudamiento récord, decide seguirse endeudando para “invertir” en conflictos?
Para analizar la situación geopolítica internacional y entender los vínculos económicos para todos nosotros, Toni Mata conversación con el presidente de 11Onze, James Sène.
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Desde su lanzamiento en 2020, la introducción del yuan digital continúa cobrando impulso después de que este mes de octubre se usara, por primera vez, para liquidar transacciones de petróleo transfronterizas. Ahora se prepara para hacer otro salto adelante con su integración en el comercio de materias primas y servicios con Hong Kong.
Las economías emergentes han sido pioneras en la adopción de las monedas digitales controladas por los bancos centrales (CBDC) bajo la premisa de ampliar el acceso a los servicios financieros y digitalizar sus economías, mientras obvian mencionar que, al contrario que las criptomonedas, también aumentan su capacidad de rastrear y controlar a la ciudadanía.
En el caso de China, pero, se le añade la necesidad de tener una alternativa al sistema monetario global, basado en la hegemonía del dólar y dominado por las instituciones financieras occidentales, para blindar su economía frente a las sanciones de los Estados Unidos, en este caso, a través de la desdolarització.
En este contexto, y a medida que el mundo avanza hacia la aparentemente imparable adopción de las monedas digitales, el yuan digital chino, denominado e-CNY, se ha situado al frente de las CBDC. Desde su lanzamiento en 2020 y después de un comienzo lento, la adopción de la divisa digital china se ha acelerado rápidamente, con casi 6 millones de comerciantes registrados para utilizar la nueva moneda en más de 26 ciudades que sirven de banco de pruebas por todo el país.
El ex-gobernador del Banco Popular de China (PBOC), Yi Gang, declaró en julio que las transacciones totales habían logrado un valor acumulado de 1,8 billones de yuanes (234.00 millones de euros) a finales de junio del 2023, con 120 millones de monederos digitales en pleno funcionamiento.
Utilizado por primera vez para liquidar una transacción de petróleo
Según anunció la Bolsa de Petróleo y Gas Natural de Shanghái (SHPGX), el yuan digital se usó por primera vez para liquidar una transacción petrolera cuando la empresa estatal Petro China International Corporation compró 1 millón de barriles de crudo el 19 de octubre.
El vendedor y el precio de la transacción no fueron revelados, pero esta acción viene dada como respuesta a la petición por parte del Comité Municipal del Partido y Gobierno Municipal de Shanghái para que se aplique la moneda digital del banco central chino al comercio internacional, según apuntaban oficiales de la Bolsa de Shanghái. La transacción se producía el día siguiente que la China National Offshore Oil Corp y la francesa Engie cerraran una operación de gas natural licuado liquidado en yuanes en el mismo SHPGX.
Estas transacciones suponen un gran paso en el uso del yuan en el mercado internacional y dan un nuevo empujón a la tendencia global hacia la desdolarización espoleada por Rusia y China. China Daily, informaba que en los tres primeros trimestres de 2023, el uso del yuan en las liquidaciones transfronterizas aumentó un 35% interanual, alcanzando los 1,3 billones de euros.
La noticia llega poco después de que Hong Kong anunciara que se prepara para probar la integración del yuan digital chino con su sistema nacional de pagos rápidos (FPS), al mismo tiempo que promueve su integración para liquidar transacciones de materias primas y servicios. Estos hechos dejan claro que, a pesar de que el proyecto de una CBDC china se centró inicialmente en el ámbito nacional, la e-CNY se está estableciendo como la moneda digital centralizada más avance en el contexto de las transacciones internacionales.
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Aunque el dólar estadounidense está lejos de perder su estatus como moneda de reserva mundial, la creciente tendencia a la desdolarización está erosionando gradualmente su lugar en la cúspide de la pirámide financiera global. ¿Cuáles serían las consecuencias del fin de la supremacía del dólar como divisa comercial?
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el dólar estadounidense ha mantenido el privilegio de ser la principal moneda de reserva del mundo. Aun así, durante los últimos años varios países han redoblado sus esfuerzos para alejarse de los vínculos que comporta depender para todo tipo de intercambio comercial y financiero del billete verde.
Según datos del FMI, en las últimas dos décadas el dólar ha pasado de representar más del 70% de las reservas oficiales globales al 58% actual. Este declive se ha acelerado dramáticamente a lo largo del último año a causa de la creciente tendencia a la desdolarització como mecanismo de defensa en contra del abuso de las sanciones económicas por parte de los Estados Unidos.
Esto se ha traducido en el hecho que otros actores globales están fomentando el uso de sus divisas en el comercio bilateral e incrementando de manera exponencial sus reservas en oro. En este contexto, el grupo de países emergentes que forman parte del bloque económico de los BRICS no solo han impulsado sus propias instituciones financieras con el objetivo de convertirse en una alternativa a las occidentales, sino que están trabajando en la creación de una nueva moneda única como contrapartida al dólar para efectuar transacciones internacionales.
La importancia del petrodólar
El estatus del dólar como moneda de reserva mundial precede la creación de la petrodivisa conocida como el petrodólar, básicamente, los ingresos por exportaciones de petróleo denominados en dólares estadounidenses.
Este patrón de divisa nace el 1973 mediante un acuerdo, inicialmente entre los Estados Unidos y Arabia Saudí, que más tarde se ampliaría en otros países de la OPEP, según el cual los países productores de petróleo se comprometían a vender su petróleo en dólares a cambio de recibir protección del socio americano y de reinvertir el superávit de las exportaciones de petróleo al comprar armamento y deuda de los Estados Unidos a través de Bonos del Tesoro. Lo que se conoce como reciclaje de petrodólares.
Dicho de otra manera, después de una crisis petrolera que puso en cuestión el futuro del dólar como moneda de reserva, el ejército de los Estados Unidos se convirtió en una fuerza militar mercenaria de los regímenes teocráticos del Golfo Pérsico a cambio de asegurar que el dólar se convirtiera en la moneda preferida para las compras de petróleo en todo el mundo, perpetuando su demanda y su valor.
El coste de romper del cártel monetario
El presidente Richard Nixon y el secretario de estado Henry Kissinger habían ingeniado un plan perfecto para mantener a los Estados Unidos como el único poder hegemónico mundial, pero este acuerdo dependía de la lealtad de los países productores en vender su petróleo exclusivamente en dólares y a la voluntad de los Estados Unidos de eliminar los enemigos de estos países en la región.
Esto explica muchos de los conflictos y guerras que han tenido lugar en el Oriente Medio los últimos 50 años. Cualquier líder de la demarcación que se oponga a vender su petróleo en la divisa americana —como hicieron Saddam Hussein y Muammar al-Ghadafi— supone una amenaza directa al petrodólar, es decir, a la hegemonía de los Estados Unidos y, por lo tanto, estos países tienen que ser “liberados o democratizados” con una intervención militar.
La misma política exterior intervencionista que años atrás tanto los servicios secretos del Reino Unido como de los Estados Unidos habían usado contra Irán. Con el golpe de estado del 1953 derrocaron el gobierno presidido por el primer ministro Mohammad Mosaddegh cuando el parlamento iraní votó a favor de nacionalizar la explotación de petróleo después de que la Anglo-Persian Oil Company (APOC) —ahora British Petroleum (BP)— se negara a participar en una auditoría para verificar quién pagaba los cánones contratados, y de este modo limitar su control sobre las reservas de petróleo iraní.
Arabia Saudí da la espalda al dólar
Después de casi cinco décadas de una relación exclusiva con el dólar, el ministro de Finanzas de Arabia Saudí, Mohammed Al-Jadaan, anunciaba en el Foro de Davos de 2023 que el reino está abierto a aceptar monedas locales para el comercio de petróleo y reafirmaba su decisión en su visita a India el pasado mes de septiembre.
El hecho que el principal aliado del petrodólar se una a países de los BRICS que ya están comerciando petróleo con monedas locales, en un momento en que las importaciones estadounidenses de petróleo saudí están en mínimos históricos y las compras chinas del mismo crudo continúan creciendo, apunta a que el reino saudí podría estar preparándose para un cambio de paradigma del orden internacional.
Para que quede claro, aunque los países productores de petróleo acepten otras monedas de cambio, el dólar no perderá su relevancia y atractivo internacional de un día para el otro, pero si el dominio de la divisa americana se diluye hacia la multi-polaridad, el orden geopolítico y económico actual podría cambiar considerablemente. Especialmente, cuando tenemos en cuenta que Rusia, Irán y Venezuela, países que están sometidos a estrictas sanciones de los EE. UU., poseen el 40% de las reservas probadas de petróleo de los miembros de la OPEP+.
Perder la tarjeta de crédito ilimitada
Tener la moneda de reserva mundial ha permitido a los Estados Unidos incurrir en grandes déficits, tanto en el comercio internacional como en el gasto público, sin consecuencias. Perder la hegemonía del dólar significaría mayores costes de financiación, un menor acceso al capital, la desvalorización de las bolsas del país y una devaluación de la moneda, causada por una disminución de la demanda de bonos del Tesoro. En otras palabras, Estados Unidos, por primera vez en muchas décadas se tendría que estrechar el cinturón para evitar una quiebra de una economía altamente endeudada.
Por otro lado, el impacto de una devaluación del dólar posiblemente aumentaría las exportaciones y disminuiría las importaciones, por lo tanto, reduciendo el déficit comercial de los Estados Unidos. Además, es probable que otras divisas y activos de inversión seguros como el oro aumentaran su valor de manera sustancial en un contexto en el cual el capital global abandonara deprisa y corriendo el billete verde.
Esta desdolarització podría ayudar a reequilibrar el orden mundial y las economías no-alineadas a Occidente. Sin embargo, ante la amenaza de una posible defunción del dólar como moneda de reserva mundial, es más que probable que los Estados Unidos y sus estados clientelares continúen utilizando su poder militar para evitar, o cuando menos alargar, el inevitable colapso del imperio.
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Cada vez más economistas advierten de un colapso financiero inminente. Pero, ¿qué hay detrás de este relato del miedo? Más allá de los datos macroeconómicos, el verdadero riesgo podría ser la reacción humana: la desconfianza, la huida masiva de activos y la profecía autocumplida. Cuando el mercado cree que todo se hunde, a menudo es entonces cuando realmente cae.
Vivimos en una economía que se mueve tanto por datos como por emociones. Los indicadores son importantes, pero la confianza —o su ausencia— es el verdadero motor. Cuando un economista mediático anuncia una crisis inminente, no solo informa: condiciona el comportamiento de los inversores, de los consumidores e incluso de los gobiernos. La economía, al fin y al cabo, es un organismo vivo que reacciona al relato dominante. Si el relato es de miedo, el miedo se convierte en política monetaria, en huida hacia refugios como el oro y, finalmente, en realidad económica. Es la profecía autocumplida.
Este mecanismo es cada vez más evidente en la era digital. Los rumores sobre un “colapso de 2026”, la acumulación de oro por parte de los bancos centrales o el temor al hundimiento del dólar no solo reflejan datos: los crean. Los mercados actuales son espacios de percepción colectiva, donde la economía se juega tanto en los gráficos como en los titulares de las redes sociales. En este escenario, la narrativa es un arma económica capaz de mover capitales, redibujar expectativas y transformar el miedo en movimiento de mercado.
El miedo como estrategia de poder
La historia económica muestra que las crisis no son solo consecuencia de excesos financieros, sino también de estrategias de control.
Después de 1929, el pánico permitió reestructurar Wall Street. Después de 2008, el pánico legitimó rescates bancarios masivos. Y hoy, ante una crisis de deuda global, el pánico puede justificar nuevas formas de control financiero, como las monedas digitales estatales (CBDC), que prometen seguridad, pero limitan libertades individuales.
El miedo no es solo una emoción: es una herramienta de gobernanza económica. Los bancos centrales lo saben y lo utilizan para dirigir los flujos de capital. Cuando el miedo se convierte en política monetaria, la democracia financiera entra en recesión.
El papel del oro y la confianza perdida
Es cierto que el oro, como se ha explicado en múltiples artículos de La Plaça, es un refugio histórico. Pero el motivo por el que hoy bate récords no es solo económico, sino que antropológico: representa la confianza perdida en los sistemas modernos. Sin embargo, si la compra masiva de oro responde más al pánico que a la estrategia, puede generar una nueva burbuja —una “burbuja de confianza”—. Cuanta más gente huye del sistema, más inestable se vuelve el sistema.
Por eso, más allá de acumular oro por miedo al futuro, también hay que aprender a gestionar el pánico. Invertir con criterio, diversificar con conocimiento y entender que la confianza es un activo tan valioso como el propio oro.
La educación financiera como vacuna
En 11Onze lo hemos dicho muchas veces: sin educación financiera somos vulnerables. Las predicciones de colapso funcionan porque muchos ciudadanos no entienden cómo se articulan los ciclos económicos.
Educarnos en finanzas es la mejor manera de inmunizarnos contra el pánico colectivo. Cuanto más entendemos los mecanismos del mercado —cómo se crean las deudas soberanas, cómo se mueven los capitales, cómo se fijan los tipos de interés—, menos poder tendrá el miedo para condicionar nuestras decisiones. Quizás el verdadero colapso no será económico, sino cognitivo, cuando una sociedad reacciona antes de comprender.
Las crisis siempre llegan, pero también pasan. Lo que define la madurez de una comunidad financiera es cómo se prepara, no cómo se asusta. El pánico genera volatilidad; el conocimiento genera estabilidad. Y en este equilibrio está la clave para preservar la libertad económica que todos necesitamos.
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Cada vez son más las naciones africanas que echan a los Estados Unidos y Francia del continente mientras dan la bienvenida a China y Rusia. El uso de la coerción y el poder militar que caracteriza a la doctrina imperialista occidental están siendo sustituidas por un nuevo modelo de cooperación que busca el beneficio mutuo en vez de la hegemonía de una de las partes.
“La lucha del pueblo africano en todo el continente, y en particular en el Sahel, no es un hecho aislado. En todo el continente africano se están levantando. Todo el continente está quemando en estos momentos. Así que no hemos visto lo último de las masas populares africanas derrocando gobiernos. Solo hemos visto el principio. Están echando a Francia, y Estados Unidos será el próximo”, declaraba el 19 septiembre de 2023 Eugene Puryear, periodista y activista, durante las protestas contra el imperialismo y belicismo estadounidense y francés en el Sahel que tuvieron lugar en la jornada inaugural de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.
En países de África Occidental como Níger, Mali, Guinea, Burkina Faso y Chad proliferaban las protestas contra el colonialismo francés y los golpes de Estado contra los gobiernos clientelares occidentales, de los que surgían nuevas administraciones que anunciaban una nueva vía hacia la autodeterminación y soberanismo.
Arikana Chihombori-Quao, ex-representante permanente de la Unión Africana en los Estados Unidos, afirmaba que los recientes golpes militares en Níger, Mali, Burkina Faso y Guinea formaban parte de las primeras fases de una “revolución africana” contra el neocolonialismo occidental. Y añadía que esta oleada de intervenciones militares es una reacción al actual “saqueo de los recursos naturales del continente” por parte de Occidente.
Estados Unidos retirará sus tropas de Chad y Níger
Francia estaba en el punto de mira, pero como vaticinaba Puryear, los Estados Unidos no tardarían a seguir el mismo camino de vuelta para casa. Pocos meses después, el gobierno estadounidense ha anunciado que retirará sus tropas de Chad y Níger al cuestionar los países africanos su papel en la lucha antiterrorista.
A principios de abril, el secretario de Prensa del Pentágono, Patrick Ryder, declaró que AFRICOM está teniendo conversaciones con funcionarios chadianos sobre un plan para “reposicionar algunas fuerzas militares estadounidenses desde Chad,” pero que “se trata de una medida temporal en el marco de una revisión en curso de nuestra cooperación en seguridad, que se retomará después de las elecciones presidenciales del 6 de mayo en Chad.”
Níger alberga una importante base aérea estadounidense en la ciudad de Agadez que se usa para diversas operaciones militares, incluyendo vuelos de vigilancia tripulados y no tripulados. En cuanto al Chad, Estados Unidos tiene tropas de las Fuerzas de Operaciones Especiales estacionadas a la base militar francesa.
Un cambio de paradigma de la coerción a la cooperación
El modelo colonialista o neocolonialista occidental se ha caracterizado por el uso de la coerción y el poder militar para conseguir sus objetivos e imponer sus agendas políticas y económicas bajo los pretextos de garantizar la estabilidad política y la lucha contra el terrorismo, a menudo en detrimento de los intereses y la soberanía de los países receptores de este patrón de “democracia”.
En este contexto, estamos presenciando como muchos países, no solo africanos, están optando por establecer nuevas relaciones con otros actores internacionales como China y Rusia que, a diferencia de los países occidentales, ofrecen una alternativa basada en la cooperación mutua y el respeto por su soberanía.
China, en particular, ha establecido una presencia significativa en todo el continente africano mediante inversiones masivas en infraestructuras, recursos naturales y desarrollo económico a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Inversiones que se hacen a cambio de facilitar sus exportaciones de productos y de tener acceso a las materias primas necesarias para el crecimiento de su economía.
De manera similar, Rusia ha buscado establecer alianzas en ámbitos como la seguridad, la energía y los recursos naturales. A través de la cooperación en materia de defensa y la inversión en el sector energético. Tal como ha pasado en Níger, donde después de echar a las tropas francesas y estadounidenses, la nueva junta gubernamental ha recurrido a Rusia en busca de seguridad.
Por otro lado, la pérdida de credibilidad de Occidente en materia de derechos humanos y derecho internacional a raíz de las guerras impuestas al continente africano y en el Oriente Medio para mantener su hegemonía económica escudándose en la lucha contra el terrorismo, o su apoyo incondicional al genocidio en Gaza, no hacen más acelerar un proceso de cambio hacia un mundo multipolar que, por ahora, parece imparable.
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En un entorno financiero cada vez más imprevisible, saber qué hacen los grandes inversores puede marcar la diferencia entre reaccionar tarde o anticiparse. Dos indicadores poco conocidos —el DIX y el GEX— nos ayudan a leer ese movimiento subterráneo. No hace falta ser analista de Wall Street para entenderlos: solo mirar el mercado con ojos de observador.
Cuando miras el precio de una acción o de un índice, solo ves la punta del iceberg. Bajo la superficie, hay miles de operaciones institucionales que no pasan por el mercado público. Los grandes fondos, bancos y aseguradoras operan a menudo en espacios llamados “dark pools” —literalmente “piscinas oscuras”— donde pueden comprar o vender grandes volúmenes sin que el mercado lo perciba de inmediato.
Estos espacios paralelos evitan movimientos bruscos de precios, pero también son una ventana al verdadero sentimiento institucional: ahí es donde los grandes mueven ficha antes de que el resto vea nada.
Para medir lo que ocurre allí, la empresa SqueezeMetrics creó el DIX o Dark Index. Este indicador muestra si, dentro de esos mercados opacos, las instituciones están comprando o vendiendo.
El DIX: la huella de los grandes en la oscuridad
Imagina que vas a un supermercado. En la zona pública, la gente compra con normalidad. Pero al fondo hay una puerta por donde salen carritos llenos: es la zona de los compradores grandes. El DIX nos dice si esos carritos salen cargados o vacíos. Así, cuando:
- El DIX es alto (por encima del 45%), significa que hay compras netas institucionales. Es decir, los grandes acumulan acciones de forma silenciosa. Suele ser una señal de optimismo: compran ahora lo que creen que valdrá más mañana.
- En cambio, un DIX bajo (por debajo del 40%) indica ventas netas. Los grandes reducen posiciones o recogen beneficios, a menudo antes de una corrección.
Este indicador no nos dice “cuándo” subirá o bajará el mercado, pero sí “quién” se está moviendo y en qué dirección. Cuando entra dinero institucional, el mercado suele subir en las semanas siguientes. Cuando sale, suele ser preludio de turbulencias.
El GEX: la temperatura de la volatilidad
Si el DIX nos habla del “qué”, el GEX o Gamma Exposure nos habla del “cómo”. En este caso, nos fijamos en los market makers, los intermediarios que dan liquidez al mercado de opciones, especialmente sobre el índice S&P 500.
Estos profesionales utilizan una técnica llamada delta hedging para cubrir riesgos. Según el volumen de opciones de compra o venta en circulación, ajustan sus posiciones. El GEX mide hasta qué punto esos ajustes pueden amortiguar o amplificar los movimientos del mercado. De este modo:
- un GEX alto indica estabilidad. Los market makers actúan como cojines, suavizando la volatilidad.
- un GEX bajo o negativo refleja tensión. Sus ajustes amplifican cada movimiento y el mercado se vuelve más nervioso, como una cuerda tensa que puede romperse por cualquier noticia.
En palabras simples: el GEX es el termómetro emocional del mercado. Si sube, hay calma. Si baja, hay miedo.
Cuando unimos el DIX y el GEX: una brújula institucional
Ningún indicador es perfecto por sí solo, pero juntos ofrecen una visión mucho más completa. El DIX nos dice qué hacen los grandes capitales institucionales, es decir, el dinero gestionado por fondos, aseguradoras, bancos o fondos de pensiones, que mueven volúmenes muy superiores a los de los inversores particulares. El GEX, en cambio, nos muestra cómo puede reaccionar el mercado ante esos movimientos. Por ejemplo, esta es la lectura combinada que hacen muchos gestores profesionales:
Un ejemplo real: marzo de 2020
Durante las primeras semanas de la pandemia, el DIX cayó en picado mientras el GEX se volvía negativo. Las instituciones vendían, los market makers amplificaban los movimientos y el resultado fue una de las caídas más rápidas de la historia de las bolsas.
Cuando, a finales de marzo, el DIX empezó a subir mientras el GEX recuperaba terreno, el mercado inició su espectacular rebote. Esta combinación anticipó, con unos días de ventaja, el cambio de tendencia que muchos inversores particulares no vieron hasta mucho más tarde. Puede que no tengas un equipo de análisis ni un algoritmo de seguimiento de flujos institucionales, pero comprender cómo funcionan estos indicadores te ayuda a interpretar mejor las emociones del mercado.
Saber cuándo entra o sale el “dinero inteligente” es como tener un mapa meteorológico: no evita la tormenta, pero te ayuda a decidir si salir con paraguas.
Este concepto se refiere a los grandes inversores profesionales —bancos, fondos de cobertura, aseguradoras o instituciones públicas— que disponen de información, herramientas y capacidad de análisis muy superiores a las de un inversor particular. A menudo son los primeros en detectar cambios de ciclo económico o movimientos de mercado, y sus flujos de capital pueden anticipar lo que después hará el resto.
Por eso, seguir la pista del dinero inteligente no es un intento de imitarlos, sino una forma de interpretar el sentimiento real del mercado. Si esas instituciones acumulan posiciones en silencio, probablemente esperan tiempos mejores. Si reducen exposición, quizá se acerca una tormenta. El reto no es adivinar el futuro, sino leer las señales que dejan quienes mueven el capital más influyente.
Además, el DIX y el GEX nos recuerdan una lección fundamental que los mercados no se mueven solo por datos o noticias, sino por el comportamiento colectivo de inversores, instituciones e intermediarios. Y entender ese comportamiento es clave para invertir con cabeza y no con corazón.
Saber mirar detrás del telón del mercado
El mundo financiero a menudo parece una partida de ajedrez jugada entre gigantes. Pero incluso los jugadores pequeños pueden observar el tablero y entender los movimientos. Por ello, los Indicadores como el DIX y el GEX nos permiten ver la dinámica institucional oculta, lo que no aparece en los titulares, pero sí mueve los precios.
No son herramientas mágicas ni sirven para hacer trading instantáneo, pero sí para interpretar tendencias y calibrar el riesgo. Si aprendemos a utilizarlos, podemos actuar con más criterio y menos emoción —y eso, en finanzas, marca una gran diferencia.
Los mercados no premian al que adivina, sino al que entiende. El DIX y el GEX no son bolas de cristal, pero sí ventanas que permiten entrever lo que ocurre detrás del telón de los grandes capitales. Aprender a leerlos es aprender a leer el comportamiento humano en su forma más pura: miedo, codicia y confianza.
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Las compras récord de oro por parte de los bancos centrales, que están igualando sus reservas de oro con relación al PIB con otros países, reviven el debate sobre la posibilidad de un reinicio del sistema monetario actual que esté basado en un nuevo patrón oro.
Los bancos centrales de todo el mundo han estado comprando cantidades récord de oro desde principios de 2022. El ritmo y la regularidad con que los bancos centrales están acumulando oro no tiene precedentes, puesto que a lo largo de la historia reciente han sido mayoritariamente vendedores del metal precioso.
Esta extraordinaria demanda de oro por parte de los bancos centrales, la más grande en los últimos 55 años, se atribuye a la voluntad de diversificar sus reservas y reducir la dependencia del dólar frente a un cambio de paradigma hacia un mundo multipolar que es cada día más evidente.
La crisis bancaria estadounidense, las tensiones geopolíticas, los conflictos bélicos y la postura de la Reserva Federal de los Estados Unidos de mantener los tipos de interés han sido algunos de los principales factores que han contribuido al hecho que el oro continuara siendo un valor refugio para los inversores y bancos centrales a lo largo de este año.
Pero más allá de la capacidad intrínseca del oro físico para mantener su valor ante la incertidumbre económica, hay indicadores que hacen pensar que esta acumulación de oro por parte de los bancos centrales no es nada más que la antesala de un reinicio del sistema monetario internacional y de un posible retorno al patrón oro.
Reservas de oro en relación con el PIB
Aerdt Houben, Director de Mercados Financieros del Banco Central Holandés (DNB), ha hablado recientemente del valor que podría tener el oro en un escenario de colapso financiero, declarando que si se produce una crisis financiera, el precio del oro se disparará, y las reservas oficiales de oro se pueden usar para sostener un nuevo patrón oro.
El DNB ha igualado sus reservas de oro, en relación con el PIB, a los otros países de la eurozona y de fuera de Europa. El mismo caso del banco central polaco, que en los últimos años ha comprado unas 300 toneladas de oro para equiparar su ratio de oro y PIB con la media de la eurozona.
No todos los bancos centrales de la eurozona son transparentes respecto a la alineación de sus reservas de oro con el PIB, pero a pesar de que no hay ningún acuerdo ni mandato oficial y que los bancos centrales europeos han comunicado que no existe ninguna obligación legal de coordinar las reservas, parece que existe un acuerdo extraoficial para equilibrar las reservas de oro entre sí mismos.
En todo caso, dada la evidente alineación de las reservas de oro de los bancos europeos en las últimas décadas, algunos analistas creen que se trata de un plan B para estabilizar sus economías pasando a un patrón oro en caso de un colapso del sistema monetario global actual. No muy diferente de lo que se especula que China y Rusia han estado haciendo en los últimos años con sus compras masivas de oro.
Las malas políticas monetarias que provocaron la burbuja inmobiliaria y la manera en que se han administrado las divisas fiat desde la crisis del 2008, depreciando el dólar y exportando problemas internos de los Estados Unidos al resto del mundo, junto con las sanciones económicas a países no-alineados con los intereses geopolíticos y económicos de Occidente, han socavado la credibilidad del sistema monetario internacional. Una alternativa basada en un nuevo patrón oro, más multipolar, más estable y menos inflacionista, parece más cerca que nunca y los bancos centrales globales no se quieren quedar atrás.
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Mientras los bancos centrales siguen imprimiendo dinero para mantener vivo el sistema, el precio del oro sigue escalando hasta máximos históricos. Pero ¿es realmente el oro lo que sube, o es el dinero el que pierde valor?
En agosto de 1971, Richard Nixon anunció que Estados Unidos rompía el vínculo entre el dólar y el oro. Aquel gesto, aparentemente técnico, dio la vuelta al sistema monetario global. Desde entonces, el dinero no está avalado por ningún activo físico. Son “fíat”, es decir, dependen únicamente de la confianza en quien los emite. Su valor ya no procede de una cantidad de oro, sino de la fe colectiva que seguirán sirviendo para comprar bienes y pagar deudas. Pero hay un problema: la confianza, cuando se fuerza, también se hincha. Y cuanto más dinero se crea, menos valor tiene cada uno de ellos.
Los bancos centrales del mundo han multiplicado la masa monetaria como nunca. Solamente entre 2020 y 2023, la base monetaria global creció más de un 120%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), mientras que la producción de riqueza real —el PIB mundial— únicamente lo hizo un 10%.
La diferencia la pagamos todos, tanto en forma de inflación como en pérdida de poder adquisitivo y aumento del coste de la vida. Este proceso, conocido como sobreemisión monetaria, genera la paradoja que vivimos hoy: tenemos más dinero, pero podemos comprar menos cosas. Y, de rebote, se distorsiona el valor de todos los activos.
Una montaña de deuda sin oro detrás
Según el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), la deuda global supera ya los 338 billones de dólares. En cambio, todo el oro conocido en el planeta —unas 273.000 toneladas, según el World Gold Council— representa la base física que históricamente ha servido para garantizar el valor del dinero.
Si dividiésemos ese volumen total de deuda por la cantidad de oro existente, cada kilo de oro debería “cubrir” más de 1,2 millones de dólares de pasivos financieros. Dicho de otro modo, si el oro volviera a desempeñar su papel como medida real de la riqueza, su precio debería ser entre diez y once veces superior al actual.
Esta desproporción pone de manifiesto décadas de expansión monetaria sin freno y la profunda desconexión entre el dinero creado y el valor real que representan. Cuando vemos el precio del oro en máximos históricos —precio actual por onza— es tentador pensar que el metal se ha encarecido. Pero es lo contrario, porque es el dinero el que ha perdido valor.
El oro puede comprar hoy prácticamente lo mismo que hace cincuenta años: un coche modesto, unas cuantas toneladas de trigo o unas pocas semanas de trabajo calificado. En cambio, el dinero de hoy tiene una capacidad de compra muy inferior. En palabras simples: el oro no se ha revalorizado, el dinero se ha diluido.
No es casualidad que los bancos centrales sean hoy mayores compradores de oro del mundo. El World Gold Council registra compras récord en los últimos tres años, con China, Rusia, Turquía y Polonia a la cabeza. Solo en 2024, los bancos centrales adquirieron 1.037 toneladas netas, el mayor volumen desde 1950. Mientras proclaman estabilidad monetaria, acumulan oro como seguro contra el mismo sistema que gestionan. Es una contradicción reveladora: confían más en el oro que en sus propias monedas.
Además, la sobre emisión monetaria es una forma de deuda invisible. Cada vez que un banco central crea dinero para financiar déficits o rescates, el coste real recae sobre la ciudadanía. Los ahorros existentes pierden valor sin que nadie vote esa decisión. Es un impuesto silencioso y regresivo, devastador para las rentas medias y el ahorro familiar.
El resultado es un círculo vicioso: más inflación, más endeudamiento y mayor emisión de dinero para sostenerlo.
Hacia el límite del sistema
Este desajuste monetario está llevando al sistema a un punto crítico. La confianza —el pilar invisible del dinero fiado— empieza a resquebrajarse. Cada crisis financiera, cada rescate, cada impresión masiva erosiona la credibilidad de las instituciones monetarias. Y la historia muestra que ningún sistema basado únicamente en la confianza ha perdurado indefinidamente.
Varios analistas hablan ya de un posible “reset monetario” global, donde el oro y otros activos reales recuperen su papel como referencia de valor. Quizás no volveremos al patrón oro, pero la necesidad de una base tangible es más evidente que nunca. En un mundo donde el dinero se crea con un clic, el oro nos recuerda una verdad incómoda: el valor real no se puede imprimir.
Las monedas pueden perder sentido, los mercados pueden tambalearse, pero el oro sigue ahí, inmutable, como medida física del valor y como refugio ante la incertidumbre. Quizá no sea únicamente una inversión. Posiblemente, sea una forma de memoria económica: la garantía de que, pase lo que pase con el dinero de papel o las cifras digitales, siempre habrá algo real detrás del concepto de riqueza.
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