¿Qué no se está diciendo en Davos?

Cada enero, Davos se convierte en el centro neurálgico del poder global. Presidentes, banqueros, grandes empresarios y organismos internacionales despliegan discursos sobre cooperación, sostenibilidad y prosperidad compartida. Pero mientras las cámaras enfocan los escenarios principales, hay silencios clamorosos que pasan desapercibidos. Y son precisamente esos silencios los que deberían preocupar más a los ciudadanos, a los ahorradores y a cualquier persona que intente proteger su futuro económico.

 

El World Economic Forum nació en los años setenta con una vocación aparentemente noble: facilitar el diálogo público-privado en un mundo cada vez más interconectado. Durante décadas, Davos fue el escaparate de la globalización triunfante. Crecimiento, libre comercio y estabilidad monetaria eran las palabras clave.

Hoy, el contexto es radicalmente diferente. Lo que antes era un espacio de optimismo se ha convertido en un espacio defensivo, donde las élites intentan preservar un sistema que hace aguas. No porque Davos haya perdido influencia, sino porque el mundo que ayudó a construir está entrando en una fase de fricción estructural.

Y aquí aparece la primera gran ausencia del relato oficial: la crisis de legitimidad. Davos no decide leyes, no vota presupuestos, no rinde cuentas ante la ciudadanía. Pero marca agenda. Y lo hace desde una óptica que prioriza la estabilidad del sistema por encima del bienestar de las personas.

 

Inflación y deuda: el gran elefante en la sala

Uno de los temas más citados en los pasillos —pero rara vez abordado en profundidad en los escenarios— es el nivel de deuda global. Gobiernos, empresas y familias arrastran volúmenes de deuda históricos. La respuesta institucional de los últimos años ha sido clara: más liquidez, más estímulos, más dinero creado de la nada.

En Davos se habla de “normalización monetaria”, pero casi nadie explica el coste real de este proceso. La inflación no es un accidente puntual: es la consecuencia directa de años de políticas monetarias expansivas. Y esta inflación actúa como un impuesto silencioso que erosiona el ahorro.

El silencio es revelador. Porque asumirlo públicamente implicaría reconocer que el poder adquisitivo de las clases medias seguirá bajo presión durante años, no como una anomalía coyuntural, sino como una consecuencia estructural del modelo. Implicaría admitir que el ahorro en dinero fiat es intrínsecamente vulnerable, expuesto a una erosión constante que no depende de malas decisiones individuales, sino de políticas monetarias deliberadas. Y, sobre todo, obligaría a decir en voz alta una verdad incómoda: que el sistema actual necesita inflación para sostener niveles de deuda que, de otro modo, serían impagables. Decirlo sería reconocer que la estabilidad se construye sacrificando valor… y que ese valor sale, casi siempre, del mismo bolsillo.

Davos habla de “estabilidad”, pero evita decir que esa estabilidad se construye a menudo a costa del ahorrador.

 

Geopolítica económica: el final del libre mercado tal como lo conocíamos

Otro de los grandes temas ocultos es la desglobalización selectiva. Oficialmente, nadie quiere hablar de proteccionismo. Pero en la práctica, las grandes potencias utilizan aranceles, sanciones, controles tecnológicos y políticas industriales agresivas.

El libre mercado solo es libre mientras conviene. Cuando entran en juego los intereses estratégicos, el discurso cambia. Davos lo sabe, pero lo formula con eufemismos: “resiliencia”, “cadenas de suministro seguras”, “autonomía estratégica”.

Traducido a nuestra realidad, esto significa menos comercio global, más bloques económicos y, inevitablemente, más incertidumbre. Un escenario con consecuencias inmediatas y muy concretas: mercados más volátiles, donde los movimientos bruscos dejan de ser excepcionales; inversiones cada vez más politizadas, sometidas a intereses estratégicos y decisiones gubernamentales; y riesgos que ya no son solo económicos, sino claramente geopolíticos, con conflictos, sanciones y alianzas condicionando el valor de los activos. El libre mercado, tal como lo habíamos entendido, ya no es el marco de juego.

Pero este cambio de paradigma rara vez se explica con claridad. Tal vez porque admitirlo significaría reconocer que el modelo global está cambiando… y no necesariamente para mejor.

 

Inteligencia artificial: promesa de productividad, riesgo social

Si hay un concepto omnipresente en Davos es la inteligencia artificial. Los discursos son casi mesiánicos: más productividad, más crecimiento, más eficiencia. Pero el debate sobre quién gana y quién pierde queda diluido.

La historia económica nos lo enseña: cada revolución tecnológica crea riqueza, pero también genera desplazamientos. La diferencia es que esta vez la velocidad es vertiginosa. Y las estructuras sociales no se adaptan al mismo ritmo.

Lo que no se está diciendo claramente es que esta transformación tecnológica no será indolora: muchos puestos de trabajo serán sustituidos antes de que aparezcan alternativas reales y estables, generando periodos de precariedad que no siempre se explican. Al mismo tiempo, la concentración de capital puede aumentar aún más, reforzando el poder de un número reducido de actores que controlan tecnología, datos e infraestructuras. Y sin políticas redistributivas sólidas y efectivas, la consecuencia es previsible: una brecha social más amplia, más profunda y más difícil de revertir.

Davos habla de “upskilling”, pero evita hablar de la pérdida de poder negociador de los trabajadores y del impacto real sobre salarios y estabilidad laboral.

 

Transición verde: consenso discursivo, factura difusa

El clima es otro consenso aparente. Todo el mundo está de acuerdo en que es necesaria una transición energética. Pero la pregunta clave —quién la paga— sigue sin una respuesta clara.

La realidad es que gran parte del coste de la transición recae sobre los mismos de siempre. Sobre los consumidores, a través de impuestos, tarifas y encarecimientos cotidianos presentados como inevitables. Sobre las empresas medianas, con menor capacidad financiera y tecnológica para adaptarse a ritmos impuestos desde arriba. Y sobre unos Estados ya fuertemente endeudados, que financian la transformación con más déficit, trasladando el coste al futuro mientras el margen de maniobra fiscal se reduce año tras año.

Mientras tanto, los grandes actores financieros siguen jugando a dos bandas. En Davos, el discurso es verde, responsable y comprometido; fuera de foco, sin embargo, muchas inversiones siguen criterios estrictamente rentabilistas, con horizontes cortos y poca disposición a asumir pérdidas reales. El relato tranquilizador oculta así una verdad incómoda: la transición será económicamente dolorosa si no se hace con criterio, equidad y realismo. Negarlo solo sirve para aplazar conflictos sociales y económicos que acabarán emergiendo con más fuerza.

Todo esto puede parecer lejano, abstracto. Pero no lo es. Davos no habla directamente de ti, pero sus dinámicas te afectan cada día: cuando la inflación erosiona los ahorros, cuando la volatilidad sacude los mercados, cuando la deuda condiciona las políticas públicas y cuando la tecnología redefine el trabajo. En este contexto, la pregunta clave no es qué dice Davos, sino cómo te proteges tú. Y aquí es donde el relato oficial falla: porque pide confianza en el sistema, pero ofrece pocas garantías reales. El sistema necesita que la ciudadanía confíe… incluso cuando los cimientos son frágiles.

 

La idea-fuerza que Davos evita

Tal vez lo que no se está diciendo en Davos es, precisamente, lo más importante: que la protección del patrimonio y del futuro no vendrá de arriba. No vendrá de cumbres, ni de declaraciones solemnes, ni de promesas institucionales. Vendrá del conocimiento, del criterio propio y de decisiones informadas. Entender cómo funciona realmente el sistema no es ser pesimista, es ser responsable. Y en un mundo de incertidumbres estructurales, la mejor herramienta no es la fe ciega, sino la conciencia económica.

Davos seguirá existiendo. Seguirá marcando tendencias y generando titulares. Pero la responsabilidad última no es suya. Es nuestra. En 11Onze lo tenemos claro: hablar de economía es hablar de soberanía personal. De cómo protegemos el ahorro, de cómo entendemos los riesgos y de cómo dejamos de ser simples espectadores para convertirnos en actores informados. Porque el futuro no se decide solo en Davos… también se decide en tu casa.

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Se nos hace difícil hablar de la muerte, pero todavía lo es más hablar del precio que tiene morir. Queremos romper el tabú para radiografiar el procedimiento y los costes de los servicios funerarios, históricamente criticados por los elevados precios y la falta de transparencia.

 

La pandemia de la Covid-19 nos ha dejado cifras muy desagradables, encabezadas por las 23.000 defunciones que se han registrado en Cataluña desde el inicio de la pandemia. A este número se suma la desesperación de muchas familias a la hora de hacer frente al entierro para despedir a su ser querido dignamente, ya sea por falta de recursos económicos, por los elevados gastos de la funeraria o, en algunos casos, por no poderse permitir o disponer de un seguro de decesos. 

 

Barcelona crea un protocolo de buenas prácticas 

El primer obstáculo con que se encuentran muchas familias empieza en el mismo centro sanitario: por falta de información, en muchos casos desconocen el procedimiento para contratar en el hospital los servicios funerarios por la muerte de un familiar. Para dar respuesta a esta necesidad, el Ayuntamiento de Barcelona ha creado un protocolo de buenas prácticas sobre servicios funerarios, al que ya se han adherido diez centros hospitalarios de la ciudad.

La finalidad de este protocolo es facilitar información a las familias sobre los pasos a seguir y favorecer la libertad a la hora de escoger una empresa funeraria. Por eso, los centros sanitarios, conjuntamente con los cementerios de la ciudad de Barcelona, disponen de un tríptico donde se informa sobre precios, derechos, empresas operadoras, el procedimiento a seguir en caso de seguro, los servicios gratuitos y los servicios bonificados. El protocolo también detalla cómo toda esta información la tiene que facilitar el personal sanitario en una zona habilitada, para mantener la privacidad.

 

El precio de los entierros, limitado por el coronavirus

El impacto de la pandemia y la situación de desamparo en la que se han encontrado muchas familias ha llevado a la Generalitat a establecer que “en ningún caso los precios de los servicios funerarios podrán ser superiores a los vigentes con anterioridad al 14 de marzo de 2020”. Una mala praxis que ya habían denunciado algunos usuarios de funerarias, que alertaban de unos precios demasiado elevados para los difuntos por coronavirus.

Actualmente, por la falta de transparencia y de información por parte de las funerarias y el agravante del coronavirus, se hace complicado establecer un precio mediano de entierro en Cataluña. Pero para hacernos una idea, en Barcelona, la limitación de los servicios funerarios durante la pandemia se situó en los 1.948,10 euros.

 

 

La recurrente falta de transparencia

La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) llevó a cabo en 2020 un estudio donde analizaba las páginas web de 50 funerarias de diferentes ciudades del Estado español, y llegó a la conclusión que la falta de transparencia es constante y recurrente en este sector. Solo cinco funerarias de las 50 que se analizaron informaban y detallaban sus tarifas; otras mostraban el precio de determinados servicios o simplemente el coste total; y las 37 restantes directamente no informaban de precios.

A esta falta de transparencia se suma la falta de libertad a la hora de escoger funerarias, especialmente para personas con seguros de decesos, que solo pueden escoger entre las opciones que la aseguradora indica. En el Estado español, prácticamente la mitad de la población difunta en 2020 tenía seguro (46,6%) y, por lo tanto, se le limitaba la elección. La asociación de pequeñas funerarias Esfune alertaba este mismo año a la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia de esta falta de libertad, que según su estudio afecta al 70% de las familias, tengan o no seguro.

Nada nos libra de la muerte. Por eso es tan importante que el sector funerario ofrezca facilidades y garantías a las familias y se comprometa con la transparencia. Porque el deber de las funerarias es dar una buena muerte.

 

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El año 2026 ha comenzado con unos Estados Unidos que han abandonado el lenguaje amable del orden liberal. El mundo ya no gira en torno a valores compartidos, sino a recursos escasos. Y cuando estos recursos se vuelven vitales, la diplomacia deja paso a la presión. Lo que estamos viendo no es una suma de conflictos, sino un cambio de paradigma.

 

Durante décadas, Washington se presentó como el garante de un orden internacional basado en normas, mercados abiertos e instituciones multilaterales. El relato era claro: libre comercio, democracia, estabilidad. Pero este modelo tenía una condición implícita: que Estados Unidos controlara las palancas clave del sistema —energía, finanzas, rutas comerciales y moneda.

Hoy, ese control ya no es indiscutible. China desafía la hegemonía industrial, Rusia cuestiona la arquitectura de seguridad europea y cada vez más países buscan alternativas al dólar. En este contexto, la política exterior norteamericana ha cambiado de tono: menos sermones, más músculo.

No se trata de una deriva improvisada, sino de una respuesta defensiva. Una geopolítica de supervivencia sistémica en un mundo donde el poder ya no se da por sentado.

 

Cuando las sanciones sustituyen a la invasión

El caso de Venezuela ilustra mejor que ningún otro cómo ha ido evolucionando el ejercicio del poder global. El relato oficial sigue hablando de democracia y derechos humanos, pero en la práctica apunta en otra dirección. El control energético ya no se ejerce con marines, sino con sanciones.

Venezuela concentra las mayores reservas de petróleo del planeta. Durante años, el bloqueo financiero y comercial impuesto por Estados Unidos ha estrangulado su capacidad productiva sin necesidad de una sola bota sobre el terreno. De este modo, la economía ha hecho el trabajo que antes hacía el ejército.

Cuando el mercado energético global se ha tensionado —por la guerra de Ucrania, la inflación y la inseguridad de los suministros— Washington ha ajustado el mecanismo. Ha relajado parcialmente las sanciones, no por convicción política, sino por interés estratégico. El bloqueo no desaparece, pero se dosifica.

Las licencias especiales concedidas a empresas como la estadounidense Chevron no significan una normalización de las relaciones políticas, sino una gestión quirúrgica de la escasez. Ahora Washington decide quién puede extraer, en qué cantidad, a qué ritmo y bajo qué condiciones. El castigo se transforma en permiso, y la sanción se convierte en la nueva herramienta de gobernanza.

Este modelo tiene una ventaja evidente para la hegemonía, ya que no es necesario ocupar un territorio ni derrocar regímenes, práctica muy extendida durante el siglo XX. Ahora basta con controlar el grifo financiero y energético. Pero el coste, a largo plazo, será demasiado elevado, porque el uso sistemático de sanciones erosionará la confianza internacional y acelerará la búsqueda de alternativas. De este modo, ya han empezado a aparecer pagos fuera del sistema dominante, acuerdos bilaterales y salidas progresivas del circuito del dólar.

Por tanto, el mundo se enfrenta a una paradoja muy clara: cuanto más se utilice la sanción como arma geopolítica, menos neutral parecerá la moneda que la hace posible.

 

Cuando el Ártico deja de ser periferia

Si Venezuela representa el sur energético, Groenlandia simboliza el norte estratégico. Durante décadas, la isla fue percibida como un espacio remoto, casi anecdótico, pero hoy se ha convertido en una pieza central del tablero global.

El deshielo del Ártico —como consecuencia del cambio climático— abre nuevas rutas marítimas, reduce distancias comerciales y expone recursos hasta ahora inaccesibles, como tierras raras, uranio y minerales críticos para la transición energética. En paralelo, Groenlandia alberga infraestructuras militares clave para el sistema de alerta temprana y la defensa espacial norteamericana.

La presión de Washington sobre Nuuk y Copenhague no es un capricho ni una salida de tono diplomática, sino un mensaje claro: el Ártico no puede quedar fuera de su radio de control. Ni por influencia china, ni por una autonomía plena que escape a la órbita atlántica.

Aquí la geopolítica adopta una forma más clásica: presencia militar, inversión selectiva, presión diplomática. Pero el fondo es el mismo que en Venezuela: asegurar recursos y corredores antes de que lo hagan los rivales.

 

¿Qué une Caracas y Nuuk?

Este giro de la política exterior norteamericana no responde a un único factor ni a una coyuntura pasajera. Es el resultado de una combinación de presiones estructurales que afectan al corazón mismo de su poder. Si Venezuela y Groenlandia parecen escenarios lejanos e inconexos, es porque esconden un mismo patrón.

Detrás de la nueva asertividad de Washington confluyen tres vectores clave que explican por qué ha cambiado el lenguaje y por qué la coerción económica y estratégica ha sustituido al consenso como herramienta principal.

  1. La reindustrialización. Estados Unidos ha entendido que depender de cadenas globales frágiles es un riesgo estratégico. Energía barata y minerales críticos son imprescindibles para recuperar capacidad productiva. 
  2. La geopolítica del dólar. La moneda norteamericana sigue siendo hegemónica, pero ya no es incontestable. Cada sanción, cada exclusión del sistema financiero, alimenta la idea de que es necesario buscar alternativas. No se trata de una desdolarización repentina, pero sí de una erosión constante. 
  3. La credibilidad del poder. Cuando una potencia percibe que su liderazgo es cuestionado, tiende a actuar de forma más contundente. No por fuerza, sino para evitar parecer débil. La firmeza se convierte en un fin en sí mismo.

El resultado es una política exterior más directa, menos retórica y mucho más pragmática. Una política que ya no promete un mundo mejor, sino que intenta evitar un mundo peor… para sus intereses.

 

El riesgo de un mundo bajo permiso

Este giro de la política global tiene consecuencias profundas. Normaliza la idea de que la seguridad justifica sanciones indefinidas, extractivismo acelerado y la militarización de rutas comerciales. La economía mundial deja de funcionar como un espacio de reglas compartidas y se transforma en un sistema de licencias y excepciones, donde el poder decide quién puede producir, comerciar o prosperar… y quién no.

Para Europa —y para el ahorrador consciente— el mensaje es inequívoco. El riesgo ya no es solo financiero, ni siquiera económico: es sistémico. Entender la geopolítica deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una necesidad patrimonial. En un mundo fragmentado, ignorar el contexto global ya no es neutral; es una forma de exposición.

De Venezuela a Groenlandia, Estados Unidos no improvisa. Se adapta a un mundo más competitivo y menos dócil, donde el poder se concentra y los márgenes se estrechan. Y en este escenario, el ahorro deja de ser un gesto pasivo para convertirse en una decisión estratégica: preservar valor, reducir dependencias y ganar autonomía. Cuando la geopolítica aprieta, la ignorancia sale cara. Por eso, en 11Onze apostamos por mirar más allá del titular, entender el fondo de los movimientos y tomar decisiones informadas que protejan el ahorro y el patrimonio en tiempos inciertos.

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La economía catalana está conformada por una verdadera “gran telaraña”, como le llama Roger Vinton al título de su libro. Ante esta idea, y de la sospecha de que los nudos y los actores de esta telaraña están poco explicados, han aparecido de forma recurrente un buen nombre de libros que intenten desenterañarla. En 11Onze hacemos un repaso.

 

Las reflexiones que recogemos a continuación, sean de corte memoríalístico, como los de Josep Pla y Cristian Segura, o en forma de ensayo periodístico, como los de Roger Vinton, Gemma Garcia Fàbregas, Jordi Amat, Pere Cullell y Andreu Farràs, describen cómo funciona la economía productiva y financiera en manos de unas élites que prefieren permanecer siempre en la sombra.

  • Homenots (1958-1962) de Josep Pla. La obra es una serie de 60 semejanzas hechas por Josep Pla sobre personajes de su tiempo. Se publicaron entre 1958 y 1962 en la Editorial Selecta y entre 1969 y 1974 en la Editorial Destino en cuatro volúmenes. En el prefacio de uno de los volúmenes, Pla afirmaba que, para él, “un hombrecillo es un tipo singular, insólito, una persona que se ha significado, en una cualquier actividad, de una manera remarcable”. Entre estos perfiles destacan los de Prat de la Riba, Jaume Bofill, Joan Miquel Avellí y Ramon Godó, entre otros muchos, que configuran el sustrato económico y político del país. 
  • L’oasi català (2001) de Pere Cullell y Andreu Farràs. El oasis catalán hace referencia a las estrechas relaciones que se gestaron entre la burguesía catalana y el centralismo de la corte en Madrid del siglo XIX. El término parece ser acuñado por el periodista Manuel Brunet. Y parece que, hoy en día, habría unas 400 personas que representarían a esta élite catalana repartida en centros culturales y económicos. Con esta expresión titularon los periodistas Pere Cullell y Andreu Farràs su ensayo, donde explican las relaciones familiares, educativas y de veraneo de buena parte de estos prohombres de la sociedad catalana, y que abarcan todo el abanico político catalán.
  • Els senyors del boom (2014) de Gemma Garcia Fàbregas. La periodista toca a fondo una historia muy sensible, la de la fiebre del oro inmobiliario vivida en los Països Catalans y sus impactos sociales, políticos y económicos, con información de primera mano y un análisis muy documentado que abre una perspectiva nueva sobre los motivos de una catástrofe anunciada como fue la de la burbuja inmobiliaria.  
  • La gran teranyina (2017) de Roger Vinton. La gran telaraña revela la estructura opaca desde donde determinados agentes ejercen el poder a través del cual controlan hechos y situaciones que afectan a diario a nuestra sociedad. Este libro nos permite, en palabras del propio Vinton, “abrir los ojos y ser conscientes del inmenso poder del individuo”. Una investigación profunda que cambia la percepción que se tiene de Catalunya y que algunos han considerado un verdadero manual de consulta o brújula en la selva del poder. 
  • El fill del xofer (2020) de Jordi Amat. A raíz de la figura oscura de Alfons Quintà —periodista, abogado, oficial de la Marina Mercante y juez, que el 19 de diciembre de 2016 asesinó a su mujer y después se suicidó con una escopeta de caza—, Jordi Amat hace una reflexión sobre el poder. Detrás de una carrera periodística fulgurante, que transcurre por la dirección de TV3 o las tertulias de Intereconomía, se oculta una trayectoria oscura llena de chantajes, persecuciones sexuales, abusos de autoridad y trapicheos diversos, que muestra cómo funcionan las cloacas del poder en Cataluña.
  • Gent d’ordre (2021) de Cristian Segura. A medio camino entre el ensayo, unas memorias y una crónica periodística, Cristian Segura escribe un retrato exhaustivo de las élites barcelonesas. Una sociedad en transformación por causa de la globalización, de la consolidación del estado del bienestar y también por la hegemonía del nacionalismo catalán. Las élites no desaparecen, se transforman. Y Barcelona es su paradigma.

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Durante décadas, el dólar ha sido mucho más que una moneda. Ha sido una arquitectura de poder. Una herramienta silenciosa que ha permitido a Estados Unidos financiar déficits crónicos, proyectar influencia global y condicionar la política exterior de medio mundo. Pero este sistema —el del petrodólar— ya no descansa exclusivamente sobre la confianza.

 

Hoy, cada vez más, el dólar se sostiene también sobre la coerción. Y cuando una moneda deja de dominar porque es útil y pasa a hacerlo porque infunde miedo, su fragilidad se vuelve estructural.

Para entender el presente hay que volver al pasado. En 1971, el presidente Richard Nixon puso fin unilateralmente al patrón oro. El dólar dejaba de ser convertible en metal precioso y pasaba a ser una moneda fiduciaria. En apariencia, una decisión técnica. En realidad, un terremoto monetario con consecuencias globales.

La respuesta norteamericana fue tan simple como brillante: vincular el dólar al petróleo. A través de acuerdos con la OPEP, y especialmente con Arabia Saudí, el crudo mundial comenzó a comercializarse casi exclusivamente en dólares. Cualquier país que quisiera energía debía pasar antes por el sistema financiero estadounidense. Y cualquier excedente de dólares acababa reciclándose en deuda pública de Estados Unidos.

Así nació el petrodólar: un sistema que permite a EE. UU. importar bienes reales a cambio de dinero creado de la nada, sosteniendo un modelo de crecimiento que ninguna otra economía podría replicar sin colapsar.

 

El privilegio exorbitante

Durante décadas, este sistema funcionó porque era, sencillamente, eficiente. El dólar era líquido, estable y ampliamente aceptado. Se convirtió en el centro natural del comercio internacional y en la principal reserva de valor para gobiernos, empresas y bancos centrales. Esta hegemonía no necesitaba imponerse por la fuerza: se fundamentaba en la confianza. Es lo que los economistas llaman poder blando, una forma de dominación sutil pero extraordinariamente efectiva.

Este privilegio ha permitido a Estados Unidos vivir durante años por encima de sus posibilidades sin pagar un precio inmediato. Déficits comerciales, estructurales, endeudamiento creciente y expansión monetaria sostenida no han provocado una crisis de confianza como la que sufriría cualquier otra economía. Washington ha podido hacerlo porque el mundo ha seguido demandando dólares, impulsado por el comercio energético y por el papel central de su sistema financiero. Pero todo privilegio genera abusos. Y todo abuso, reacciones.

 

Del poder blando al poder duro

En las últimas dos décadas, el dólar ha dejado de ser solo una herramienta económica para convertirse en un instrumento de presión geopolítica. Las sanciones financieras, la congelación de reservas soberanas, el bloqueo de activos y la expulsión de países del sistema de pagos internacional han evidenciado que el sistema del dólar no es neutral.

Cuando algunos Estados han intentado explorar vías alternativas para comercializar sus recursos energéticos fuera del dólar, el coste no siempre ha sido económico. A menudo ha sido político, diplomático o estratégico. No se trata de afirmar una causalidad simple, sino de identificar un patrón: salir del sistema del petrodólar tiene costes. Y esos costes no siempre se pagan en los mercados.

Cuando los países acumulan dólares porque son útiles, el sistema es sólido. Cuando lo hacen porque temen las consecuencias de no hacerlo, el sistema se vuelve frágil. Aquí nace la desdolarización: no como una rebelión ideológica, sino como una estrategia defensiva.

 

Las alternativas monetarias: resquebrajar el monopolio

En este contexto emerge China, no como sustituto inmediato de Estados Unidos, sino como arquitecto de alternativas. Pekín no pretende derribar el orden existente, sino resquebrajarlo desde dentro. El comercio bilateral en yuanes, el sistema de pagos CIPS —alternativa al sistema de pagos SWIFT—, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras y la Nueva Ruta de la Seda ofrecen a los países una opción hasta hace poco impensable: comerciar, invertir y financiarse sin tener que pasar necesariamente por el dólar.

Esta alternativa es parcial e imperfecta, pero suficiente para alterar los incentivos globales. Cuando exportadores medios de petróleo —de África, Asia Central o América Latina— detectan vías de diversificación monetaria, el cálculo estratégico cambia. Diversificar no es rebelarse: es protegerse. Cada contrato energético fuera del dólar no es una ruptura, pero sí un precedente. Y los precedentes, cuando se acumulan, transforman sistemas enteros.

 

Europa y Mercosur: el tercer eje monetario

Durante mucho tiempo, Europa ha sido presentada como un actor pasivo, subordinado a la órbita norteamericana. Esta lectura, sin embargo, empieza a quedarse incompleta. El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur marca un punto de inflexión geoestratégico que va más allá del comercio.

Mercosur no es solo un acuerdo comercial: es una palanca monetaria. Por primera vez en décadas, la UE consolida un espacio de intercambio masivo de materias primas, energía y bienes industriales donde las transacciones pueden realizarse tanto en dólares como en euros. No es un desafío frontal al petrodólar, pero sí una grieta relevante en su monopolio.

Esto sitúa a Europa en un papel nuevo: ambiguo pero activo. Sin romper con Washington ni alinearse plenamente con Pekín, la UE introduce un tercer eje: el de la competencia monetaria silenciosa. Permitir que una parte del comercio estratégico del sur global se denomine en euros no es una decisión técnica, sino profundamente política. Europa no se convierte en una potencia hegemónica alternativa, pero deja de ser solo espectadora. En un mundo multipolar, ofrecer opciones ya es ejercer poder.

 

¿Estamos ante el final del petrodólar?

Hablar del derribo del petrodólar no es hablar de un colapso inminente. El dólar seguirá siendo central durante años. Ninguna otra moneda puede sustituirlo hoy en liquidez, profundidad de mercado y confianza acumulada. Pero una cosa es la centralidad y otra muy distinta es la incontestabilidad. Y esta última es la que empieza a resquebrajarse.

El sistema del petrodólar no caerá de un día para otro. Nunca lo hacen los imperios monetarios. Se desmoronará lentamente, acuerdo a acuerdo, excepción a excepción, contrato a contrato. Cuando el “caso excepcional” se repite suficientes veces, deja de serlo.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué ocurre cuando una moneda se mantiene no por su fortaleza económica, sino por el miedo que genera salir de ella? La historia monetaria es clara: cuando la confianza se transforma en coerción, el sistema entra en fase defensiva. Y tarde o temprano, alguien se atreve a decir basta. No por ideología, sino por necesidad.

Para el ahorrador, para las empresas y para las economías pequeñas, este cambio de era no es una abstracción geopolítica. Tiene consecuencias directas sobre la inflación, los tipos de interés, la estabilidad financiera y la preservación del patrimonio. En este escenario, depender de una sola moneda, de un solo sistema o de un solo centro de poder deja de ser una garantía y se convierte en un riesgo.

Entender cómo funciona el sistema del petrodólar ya no es un ejercicio académico. Es una herramienta de supervivencia económica. En 11Onze hace tiempo que advertimos que la soberanía financiera empieza por el conocimiento. Y en un mundo que cambia las reglas del juego, quien no las entiende, las paga

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La inflación interanual en España el 2022 fue del 8,4%. El oro de Preciosos 11Onze se ha revalorizado un 9,5%. En febrero de 2022 poníamos en marcha Preciosos 11Onze, ofreciendo a los miembros de nuestra comunidad comprar oro para protegerse de la inflación. Casi un año después, la cotización del oro confirma el pronóstico.

 

No es ningún secreto que analizando la evolución histórica del valor del oro se demuestra que, todo y algunos momentos puntuales de fluctuación a la baja, es un verdadero valor refugio que protege nuestros ahorros, especialmente en momentos de crisis económica. Esto se hizo patente durante el periodo de tres años que duró la crisis sanitaria, en que la cotización del oro aumentó en un 40%.

Después de la vuelta a la ‘normalidad’, el 2022 se presentaba como el año para consolidar la recuperación económica. Aun así, la incertidumbre geopolítica y la crisis energética, junto con la elevada inflación y la tensión monetaria a causa de la pérdida de valor del euro respecto al dólar, provocó que muchas familias perdieran gran parte de su poder adquisitivo.

Un valor seguro ante la incertidumbre

En este contexto, comprar oro no era una inversión o un instrumento de especulación, sino una de las pocas opciones que tenía la gente para salvaguardar su dinero. Es por eso que estrenamos Preciosos 11Onze, como una herramienta para que nuestra comunidad pudiera proteger sus ahorros en un contexto extremadamente convulso.

La fortaleza del dólar y la incertidumbre sobre la posible subida de los tipos de interés contribuyeron a la fluctuación del precio del oro durante el 2021, pero a principios del 2022 se confirmaba una nueva tendencia al alza. Así pues, desde entonces, ¿ha mantenido su reputación como valor refugio? Sin ningún tipo de duda podemos decir que sí. Cuando estrenamos Preciosos 11Onze, la onza de oro cotizaba a 1,599 €, y hoy tiene un precio de 1,749 €, una subida de valor de casi un 9.5%.

Esto significa que ante la depreciación del euro por la inflación y por la competencia del dólar, tener tu dinero en oro no solo habría evitado la pérdida de su valor, sino que lo habría aumentado de manera considerable. Evidentemente, hay que tener en cuenta que la rentabilidad histórica no es indicativa de la rentabilidad a futuro y que cualquier compra de metales preciosos comporta cierto riesgo, pero como hemos visto, dejar el dinero en el banco puede ser mucho peor.

 

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Ante la crisis que viene, diversifica el ahorro

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El reconocido economista Robert Kiyosaki ha pronosticado

11Onze

En marcha la primera compra de oro

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La respuesta de la comunidad ha sido masiva y ya se está



Las familias reducen el ahorro acumulado durante la pandemia para sostener el gasto ante las fuertes subidas de precios. La caída de la tasa de ahorro se ve reflejada en la disminución de la riqueza financiera de los hogares.

 

Mientras que la subida de precios hace meses que estrangula a las familias, el aumento de los tipos de interés de los bancos centrales para intentar atajar la inflación dispara los precios de las hipotecas sumándose a una tormenta perfecta, que fuerza a los hogares a usar el ahorro acumulado durante la crisis sanitaria para mantener el mismo nivel de consumo a precios mucho más elevados.

Los datos recogidos por el Banco de España y por el Instituto Nacional de Estadística (INE) apuntan a que las familias ahorraron unos 269.000 millones de euros durante las fases de más incidencia de la pandemia. Aun así, la reapertura gradual de la economía y el encarecimiento del coste de la vida ha hecho evaporar una buena parte de esta bolsa de ahorro acumulada.

El informe del INE muestra que en el tercer trimestre de 2022 la tasa de ahorro de los hogares se situó en el 5,7% de su renta disponible, la cifra más baja en cuatro años. Hay que tener en cuenta que esta tasa se calcula eliminando los efectos estacionales y de calendario, por el hecho que el ahorro acostumbra a disminuir en el primer y tercer trimestre, aumentando en los otros dos. Si obviamos estos ajustes estacionales, los datos muestran una tasa de ahorro negativa del -3,2% frente al 6,4% del mismo trimestre del año anterior.

Menos ahorro y menos inversión

A pesar de que el Banco de España ha mejorado su previsión de crecimiento del PIB en tres décimas hasta el 1,6%, la previsión del consumo privado disminuye siete décimas y pasa del 1,9% al 1,2%. Por una parte, el encarecimiento del coste de la vida ha hecho aumentar ‘artificialmente’ las cifras de consumo, pero, por otro lado, la subida de los tipos de interés y la reducción de la bolsa de ahorro acumulado hacen prever una debilidad en el aumento del gasto de las familias. Una desaceleración del consumo que podría afectar directamente a la actividad económica al ser un componente fundamental del PIB.

Otra consecuencia del aumento en gasto y reducción de la capacidad de ahorro provocada por la inflación se ve reflejada en una disminución en la tasa de inversión de las familias. El stock de activos financieros de los hogares, ya sea en la participación en capital y fondos de inversión (FI) o reducción de los depósitos bancarios, se ha visto reducido en 53.431 millones de euros, o un -2%, una caída que no se había visto desde principios de 2020.

En este contexto, las últimas proyecciones macroeconómicas del Banco Central Europeo (BCE) apuntan que a pesar de que se espera que el consumo real de los hogares se recupere gradualmente a medida que se reduzca la caída de la renta real de las familias a causa de la inflación y los problemas en el suministro de energía, la tasa de ahorro de los hogares seguirá bajando este año hasta un nivel próximo al registrado antes de la pandemia.

 

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L’or d’11Onze corregeix la inflació

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La inflació interanual a Espanya el 2022 va ser del 8,4%.



Cerramos un año donde la subida generalizada de precios ha provocado que muchas familias tengan dificultades para llegar a fin de mes. ¿Cómo evolucionará la economía el 2023? ¿Qué podemos hacer para ajustar el presupuesto familiar? Hablamos de ello con Xavi Viñolas, redactor de 11Onze y Gemma Vallet, directora de 11Onze District, en un nuevo episodio de La Plaça, el magacín radiofónico de Territori 17.

 

Con una inflación interanual del 8.4%, el 2022 ha sido un año desastroso para muchas familias que han visto como su poder adquisitivo disminuía hasta límites insostenibles. La subida de precios desbocada ha hecho incrementar el coste de la vida en un momento que muchos hogares apenas se recuperaban del golpe de la pandemia. ¿Qué nos espera para el 2023?

Este año veremos si los bancos centrales serán capaces de parar la subida de precios sin castrar la recuperación de las economías. Los analistas financieros prevén que la inflación bajará hasta el 5%, pero como apunta Viñolas, “en un contexto de incertidumbre y alta volatilidad económica, nos tenemos que coger cualquier previsión económica con pinzas, los mismos expertos nos decían que la inflación actual duraría cuatro días”.

Proactividad al reducir los gastos

Ahora, más que nunca, es necesario disponer de una hucha para posibles imprevistos. Pero, frente a un contexto económico que no favorece el ahorro y donde nuestro dinero ha perdido una buena parte de su valor, no es nada fácil reducir nuestros gastos mensuales para ahorrar.

El redactor de 11Onze nos propone ser proactivos y fijarnos al reducir algunos gastos fijos, que no siempre son difíciles de recortar. Servicios contratados en régimen de permanencia, como el seguro del hogar o del coche, se pueden renegociar o simplemente podemos hacer un cambio de proveedor que ofrezca una póliza sin permanencia y más ajustada a nuestras necesidades, que nos puede salir mucho más económica.

Así mismo, los proveedores de suministros, como la electricidad, nos pueden dar cierto margen de maniobra, cambiando la potencia contratada o pasando del mercado libre al mercado regulado. Modificar el contrato o buscar ofertas más asequibles puede significar un ahorro considerable y ayudarnos a cuadrar el presupuesto a final de mes.

 

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Economía

Una amenaza planea sobre la economía

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Los engranajes económicos chirrían cada vez más.



2026 no llegará con una gran crisis repentina ni con una nueva edad de oro económica. No habrá un gran colapso que lo haga saltar todo por los aires, ni tampoco un retorno cómodo a la estabilidad del pasado. Llegará con una sensación mucho más incómoda: la constatación de que el viejo orden ya no funciona, pero que el nuevo aún no está definido. Una especie de tierra de nadie económica en la que las reglas antiguas han perdido eficacia y las nuevas todavía no ofrecen seguridad.

 

La tecnología, los mercados, la energía y el dinero seguirán marcando la agenda global, pero lo harán bajo una lógica diferente. Ya no se trata tanto de crecer más rápido como de resistir mejor. Ya no se trata tanto de optimizar como de protegerse. Y este cambio de prioridades marcará profundamente el comportamiento de los Estados, de las empresas y, sobre todo, de los ahorradores.

 

El final de la globalización cómoda

Durante casi tres décadas, la economía mundial operó como una gran máquina de optimización permanente. Se producía allí donde era más barato, se financiaba con dinero casi gratuito y se consumía como si los límites no existieran. La globalización prometía eficiencia infinita, estabilidad y crecimiento sostenido. Parecía que el sistema se autocorregía solo.

Pero ese modelo, tal como lo conocimos, ya no volverá. No porque el comercio internacional desaparezca, sino porque las condiciones que lo hacían posible se han agotado. 2026 consolidará un escenario radicalmente diferente: un mundo fragmentado, dividido en bloques económicos que priorizarán la seguridad, el control y la alineación política por delante de la eficiencia pura. No será el fin del comercio global, pero sí el final de una globalización ingenua, basada en la confianza ciega y en una dependencia excesiva de terceros.

Las consecuencias ya han empezado a hacerse visibles a lo largo de 2025. Cadenas de suministro más cortas y menos flexibles. Producción relocalizada o regionalizada. Costes estructuralmente más elevados y un margen de error cada vez más reducido para empresas y gobiernos. El viejo modelo del “just in time” deja paso a una lógica mucho más defensiva: el por si acaso.

Todo ello alimenta una inflación menos explosiva que la de 2022, pero mucho más persistente y difícil de combatir. Una inflación que ya no responde solo a choques puntuales, sino a cambios profundos en la manera en que funciona la economía global. Por este motivo, la lección es clara: el mundo que viene será menos eficiente… e inevitablemente más caro.

 

Productividad para unos, dependencia para muchos

La tecnología seguirá siendo un motor clave de la economía en 2026, pero el relato optimista que la ha acompañado durante años empieza a resquebrajarse. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización masiva ya no se presentan solo como herramientas de progreso, sino como vectores de poder. Y el poder, cuando se acumula, rara vez se reparte de forma equitativa.

Estas tecnologías no son neutrales. Redistribuyen capacidad productiva, pero también control. Algunas empresas serán capaces de multiplicar su eficiencia con menos trabajadores, menos costes y más margen. Plataformas, grandes corporaciones y actores con acceso a datos y capital tecnológico ampliarán aún más su ventaja competitiva frente al resto del tejido económico.

Al mismo tiempo, muchos Estados verán en la tecnología una oportunidad para reforzar la supervisión sobre flujos clave de la economía: datos personales, sistemas de pago, consumo energético o comportamientos financieros. La digitalización permite agilidad, sí, pero también trazabilidad total. Y cuando todo es medible, todo es potencialmente controlable.

La cara menos visible de este proceso es el mercado laboral. Millones de profesionales —especialmente en trabajos cualificados, pero repetitivos— verán cómo su valor relativo se diluye. No porque desaparezca el trabajo, sino porque cambia la relación de fuerza entre quien ofrece el empleo y quien controla la tecnología. La promesa de una economía más productiva no implica necesariamente salarios más altos ni mayor estabilidad.

El progreso tecnológico, por sí solo, no garantiza bienestar colectivo ni prosperidad compartida. Garantiza ventaja competitiva. Y, como siempre, esa ventaja recae en manos de quien controla la infraestructura, los datos y los algoritmos. La gran pregunta de 2026 ya no es hasta dónde puede llegar la tecnología, sino quién decidirá las reglas del juego.

 

Ganadores claros, perdedores silenciosos

2026 no será el año del “todo sube”. La renta variable seguirá ofreciendo oportunidades, pero lo hará en un entorno mucho más desigual y exigente que el de la década pasada. Los mercados ya no se moverán impulsados por una marea general de optimismo, sino por corrientes selectivas que beneficiarán solo a algunos sectores y empresas muy concretas.

Los tipos de interés ya no son cero. El capital ha vuelto a tener coste, y eso cambia profundamente las reglas del juego. Modelos de negocio altamente endeudados, empresas que han crecido a base de expectativas y proyectos que solo eran viables con financiación barata quedarán expuestos. El tiempo de comprar crecimiento sin mirar el balance se ha acabado.

En cuanto a los índices, el mercado puede aguantar. Pero bajo la superficie habrá mucha rotación, mucha selección y bastantes decepciones. Empresas que durante años han sido intocables pueden entrar en una fase de corrección silenciosa, mientras otras —más sólidas, más eficientes o mejor posicionadas— captarán el capital con discreción.

Invertir ya no será seguir una tendencia ni replicar un índice de manera acrítica. Será entender riesgos, diferenciar calidad de ruido y asumir que no todas las inversiones están hechas para todos los perfiles. La volatilidad no desaparece, pero cambia de forma. El mercado deja de ser un refugio automático y vuelve a ser lo que siempre debería haber sido: una herramienta. Y como cualquier herramienta potente, exige criterio, disciplina y conciencia del riesgo.

 

Entre la necesidad y la contradicción

La sostenibilidad seguirá ocupando un lugar central en el discurso económico de 2026. Gobiernos, empresas e instituciones financieras la presentarán como una prioridad incuestionable. Pero, a medida que el relato avanza, el choque con la realidad se hace cada vez más evidente. La transición verde es necesaria, pero no es ni rápida ni indolora.

Transformar el sistema energético requiere inversiones masivas, recursos escasos y, sobre todo, tiempo. Y mientras este proceso se despliega, la energía es más cara. Las materias primas son más caras. Y la presión sobre familias y empresas aumenta, especialmente en un contexto de crecimiento débil y poder adquisitivo tensionado.

Muchos proyectos etiquetados como verdes solo son viables gracias al apoyo público: subvenciones, incentivos fiscales o regulación favorable. Pero cuando los Estados arrastran déficits crónicos y niveles de deuda elevados, la sostenibilidad financiera entra inevitablemente en conflicto con la sostenibilidad ambiental. El margen para financiarlo todo no es infinito.

En este contexto, el capital empieza a afinar la mirada. Los inversores ya no se conforman con etiquetas ni relatos bienintencionados. Progresivamente, se traza una línea entre proyectos con impacto real y modelos que dependen exclusivamente de la ayuda pública para sobrevivir. 2026 marcará así un punto de inflexión: menos eslóganes verdes y más escrutinio. Menos promesas genéricas y más preguntas incómodas. El capital empezará a separar lo verde real de lo verde subvencionado.

 

El retorno del mundo físico

Tras años de financiación casi ilimitada y de creer que la economía podía crecer desligada del mundo material, 2026 confirma una obviedad a menudo olvidada: la economía digital necesita una base física. Algoritmos, plataformas y servicios virtuales dependen, en última instancia, de energía, materiales y recursos tangibles.

Energía, metales preciosos, alimentos y recursos naturales vuelven al centro del escenario económico. No solo porque la demanda crece, sino porque ampliar la oferta es cada vez más complejo. Nuevos proyectos extractivos requieren tiempo, inversiones elevadas y superan obstáculos regulatorios y sociales crecientes.

A esta realidad se suma un entorno más tenso: más regulación ambiental, más conflictos geopolíticos y más dependencias estratégicas entre países. El control de determinadas materias primas se convierte en una cuestión de seguridad nacional, no solo de competitividad económica.

El resultado es un mercado marcado por la volatilidad, pero también por un valor estructural que gana peso a medio y largo plazo. Los recursos esenciales pueden sufrir oscilaciones de precio, pero difícilmente perderán su relevancia. El mundo puede imprimir dinero con facilidad. Lo que no puede hacer es imprimir energía, metales preciosos o alimentos.

 

Política monetaria: gestionar el límite, no controlarlo

Los bancos centrales seguirán intentando transmitir calma en 2026. Lo harán con discursos medidos, mensajes de control y promesas de estabilidad. Pero la realidad es más incómoda: el margen de actuación es hoy mucho más reducido de lo que sugiere la retórica oficial.

Tras años de dinero barato y de expansión monetaria masiva, las deudas públicas han alcanzado niveles elevadísimos. En este contexto, subir los tipos de interés tiene costes fiscales inmediatos y consecuencias políticas difíciles de asumir. Pero no hacerlo también tiene un precio: erosiona el poder adquisitivo, alimenta la inflación y desgasta la confianza en la moneda.

Los bancos centrales se mueven así en un terreno estrecho y lleno de contradicciones. Cualquier decisión implica renuncias. No hay soluciones limpias ni salidas indoloras. El resultado es un equilibrio frágil, sostenido más por la gestión del relato que por un control real de las variables económicas.

La idea de una “normalidad monetaria” como la que existía antes de 2008 ya no es realista. 2026 no será un año de retorno al orden anterior, sino de gestión del daño acumulado. De contener tensiones, aplazar ajustes y evitar rupturas bruscas del sistema. La confianza en el dinero fiduciario no se desvanece de un día para otro. Pero tampoco es inmutable. Se desgasta lentamente, decisión tras decisión, año tras año. Y este desgaste silencioso es una de las fuerzas subterráneas que marcarán el escenario económico de los próximos tiempos.

 

El ahorrador, ante un nuevo escenario mental

Quizá la gran tendencia de 2026 no sea estrictamente macroeconómica, sino cultural. Más allá de datos, índices y previsiones, cada vez más personas asumen una realidad incómoda: la estabilidad ya no está garantizada. Ni para los Estados, ni para los mercados, ni para las familias.

Ahorrar cuesta más que nunca. La inflación erosiona el valor del dinero, los ingresos no siempre crecen al mismo ritmo y el margen de error se estrecha. Al mismo tiempo, delegar decisiones financieras conlleva riesgos que antes parecían invisibles. Y confiar ciegamente —en instituciones, en productos o en relatos tranquilizadores— ya no parece una opción prudente.

Este cambio de contexto provoca también un cambio de mentalidad. La pregunta clásica de “¿cuánto puedo ganar?” Pierde centralidad, y emerge otra más fundamental: “¿qué puedo preservar?”. No se trata solo de rentabilidad, sino de resistencia. De capacidad de proteger el valor acumulado en un entorno lleno de ruido, volatilidad e incertidumbre.

En este nuevo escenario, conservar valor deja de ser una actitud conservadora para convertirse en una estrategia inteligente. 2026 no premia tanto la audacia acrítica como el criterio, la información y la conciencia del riesgo. El ahorrador ya no busca promesas fáciles, sino herramientas para navegar un mundo que ha dejado de ser previsible.

Quizá 2026 no sea un año espectacular, pero sí un año revelador. Revelará quién ha entendido el cambio de paradigma y quién todavía espera que todo vuelva a ser como antes. La economía entra en una fase más adulta, más dura y menos amable. Pero también más honesta. Con menos promesas… y más responsabilidad individual.

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Val més que ens preparem per no caure en l’anomenada oniomania.

 

Quantes vegades has marxat d’una botiga amb un carro ple de coses que no necessites? Segons l’Associació Centre Català per les Addiccions Socials (ACENCAS), les compres per impuls han augmentat un 20% durant la pandèmia. Les compres per impuls són aquelles que es realitzen de forma espontània i són l’antitesi de les compres rutinàries. El disseny dels supermercats i els grans magatzems, les estratègies de màrqueting i la publicitat han excel·lit en l’art de parar-nos trampes perquè comprem, però els experts alerten que aquestes compres impulsives poden ocasionar problemes greus a l’economia domèstica.

Quan aquest impuls es converteix en obsessió, aleshores parlem d’oniomania o compra compulsiva, un terme que va ser emprat per primera vegada pel psiquiatre alemany Emil Kraepelin, i que descriu el desig irrefrenable de comprar. La compra compulsiva genera, tal com assenyalen els psiquiatres, una satisfacció immediata que ens omple de sentit i amb la qual aconseguim esborrar els problemes temporalment. Per això, les persones que compren de forma compulsiva fins al punt de considerar que tenen un trastorn, sovint amaguen els objectes que han comprat avergonyits i es mostren irascibles o deprimits. Aquest sentiment de culpa el compensen amb una nova compra. És un peix que es mossega la cua.

  1. No aneu mai a comprar amb la panxa buida. Ja ho hem apuntat unes línies més amunt: els supermercats i els grans magatzems estan organitzats amb una cura mil·limètrica per despertar tots els instints més baixos. Classifiquen els productes, estableixen relacions entre les marques, deixen l’espai necessari perquè observis les prestatgeries, il·luminen l’espai perquè centris la mirada en una direcció concreta, col·loquen els productes poc buscats prop de les caixes o deixen ben exposades les ofertes, entre molts altres trucs. Per això, un bon consell quan anem a comprar és fer-ho amb la panxa buida. Quan un té gana, és més fàcil que caigui en la temptació de comprar un desig.
  2. Porta la llista de la compra de casa. Una altra manera d’evitar les temptacions d’última hora és fer una llista a casa d’allò que necessites. Amb la llista a la mà, pots estar segur que no compres de més i, si ho fas, en seràs ben conscient.
  3. Evita les ofertes 2×1. Cal evitar tant com sigui possible totes aquelles ofertes que només ens fan anar a casa amb productes de més. Per què necessites tres raspalls de dents si vius sol? Si necessites una camisa, per què n’has de comprar dues? És important no deixar-se endur per la sensació que comprant ofertes estem estalviant, perquè no és veritat.
  4. Si les compres impulsives es tornen compulsives, consulta el metge. Si les compres et produeixen malestar, baixa autoestima, buit emocional o por, però no les pots evitar, potser és hora que parlis amb un metge. La psicoteràpia és necessària per superar aquest trastorn, sense la qual la compra compulsiva pot persistir tota una vida i, fins i tot, provocar la ruïna financera de la persona afectada i el seu entorn més pròxim.

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