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Coberturas adicionales
También te mostraremos varias opciones para poder ampliar las coberturas de tu seguro, ajustándolas a tus necesidades individuales. Por ejemplo, puedes añadir a otras personas que vivan contigo, pero que no sean familia directa.
Si quieres ir de vacaciones con tranquilidad, puedes añadir la cobertura de los costes legales en caso de que sufras una okupación en tu vivienda. O una cobertura por robo fuera de casa que incluso te cubre si sufres un atraco por la calle, dentro de todo el ámbito territorial de la Unión Europea.
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Nuestra relación con las entidades financieras ha cambiado mucho en los últimos años. ¿Has tenido un gestor de confianza durante años y en la misma oficina? ¿Una persona que te acompañara desde la apertura de tu primera cuenta hasta la contratación de la hipoteca? El tiempo en que un cliente podía ir a una sucursal y sentirse partícipe ha quedado muy atrás.
La situación actual es que el cliente, de forma genérica, está profundamente descontento con el sistema financiero. No se trata de una desazón puntual o de una entidad concreta, el sistema ha evolucionado mucho en los últimos años y no ha sabido (o querido) explicar al cliente este cambio. Así, año tras año, el cliente solo ha visto como la entidad de la que formaba parte cambiaba de forma, de colores y de personal sin entender demasiado bien qué pasaba. Las nuevas fintech recogen este malestar y nacen, precisamente, desde la perspectiva de volver a los clientes aquello que hace años perdieron: una relación de confianza con la entidad financiera.
La digitalización propicia una nueva interacción
Venimos de una sociedad marcada por la interacción social, y la irrupción de las nuevas tecnologías lo ha revolucionado todo: otra forma de comunicación es posible, también con las entidades financieras. Este cambio de mentalidad puede tener muchas lecturas, pero, si se usa correctamente, los beneficios pueden ser múltiples para clientes y entidades.
Hablar de digitalización financiera es hablar de fintech. En términos de comunicación, tienen mucho que decir. Son las primeras entidades financieras que han cambiado la forma de comunicarse con los clientes. Han propiciado un sistema de interacción íntegramente digital, que hace que la banca tradicional vaya a remolque.
En un primer momento, puede parecer que muchos clientes, especialmente los que no han nacido en la era digital, no se sumarán a este cambio, por más ventajas que los suponga, y que, por lo tanto, mantendrán la atención presencial y directa como principal vía de contacto. Pero, ¿hasta qué punto esto les puede suponer una ventaja?
Una experiencia digital con calidad humana
Lo primero que busca un usuario al acceder a una entidad financiera es la atención en el momento. Nadie quiere perder la mañana haciendo colas infinitas para acabar siendo despachado en cuestión de minutos. Cada problema requiere una inversión de tiempo por las dos partes. Una fintech como 11Onze, que ha nacido ya con la digitalización, mantendrá este principio en todas las interacciones con el usuario, que ante cualquier consulta tendrá las herramientas para preguntar y obtener respuesta. Los chats automáticos han permitido mejorar la experiencia en este aspecto, proporcionando información al usuario a partir de palabras clave. Algunos, incluso, van más allá y ofrecen atención personal y humana desde estos chats. El correo electrónico o la atención por teléfono son las dos otras vías.
Otro requisito es que la comprensión sea rápida, y aquí es donde las máquinas todavía tienen margen de mejora. Para la mayoría de clientes, recibir una atención telefónica humana será más satisfactoria que una llamada con un robot, donde se puede perder mucho de tiempo sin llegar a ninguna respuesta concreta. A pesar de que las entidades digitales trabajan para mejorar en este aspecto, serán las fintech con atención personalizada las que ganarán terreno.
En la misma línea, la atención a oficinas también permite a los usuarios tener la certeza que podrán aclarar todas las dudas que les surjan. Un punto que no siempre se resuelve satisfactoriamente, puesto que hace falta una inversión de tiempo hacia el cliente que actualmente no todas las entidades están dispuestas a ofrecer. Si lo hacen, no siempre es desde la claridad y la transparencia.
En este sentido, la apuesta de las fintech sigue siendo la atención personal y personalizada, poniendo especial énfasis en este segundo punto. Ser conscientes que cada persona tiene unas necesidades, inquietudes y requiere más o menos tiempos para adquirir información. Respetar el tiempo de cada cual es un valor clave que diferencia una buena experiencia de una de mala, tanto en el entorno digital como de forma presencial.
Finalmente, el último factor que busca un cliente en una oficina, y el más decisivo, es la confianza; saber que hay una persona que nos informará debidamente y procurará por nosotros desde la honestidad y la profesionalidad. Pero, ¿y si todos los trabajadores de la oficina o de la entidad entera fueran como tu gestor preferido? ¿Y si todos procuraran por las necesidades del cliente y le informaran desde la honestidad y la profesionalidad? Entonces ya no sería necesaria una asignación personal, porque la confianza no sería con una persona sola sino con una entidad. Este es el verdadero cambio de mentalidad de las fintech.
La experiencia de cliente marca el futuro
En una fintech no prevalece el tiempo de atención, ni la asignación de clientes, ni la presión de ventas o la cuenta de clientes atendidos. En una fintech la atención es constante y permanente, desde cualquier canal o dispositivo. Prevalecen las personas por encima de los productos; sus necesidades por encima de las de la entidad; y se trabaja cada día para evolucionar y mejorar esta experiencia. Para acercar el mundo financiero al usuario y ofrecerle, por primera vez, todo aquello que puede necesitar a un solo clic.
En definitiva, una fintech es volver a los orígenes de las financieras y ofrecer al cliente una relación de confianza basada en el respeto y el beneficio mutuo. Una relación a la que se suman todos los adelantos tecnológicos y las facilidades que esto puede ofrecer, y se restan aquellas prácticas presenciales que, en vez de facilitar la vida al cliente, la complican. La comodidad a un solo clic. Bienvenidos a la nueva era financiera.
11Onze es la fintech comunitaria de Cataluña. Abre una cuenta descargando la app El Canut para Android o iOS. ¡Únete a la revolución!
El inversor más admirado del mundo acumula una cantidad récord de efectivo mientras las bolsas siguen marcando máximos. ¿Cómo decide si el mercado está demasiado caro? La respuesta es una fórmula tan sencilla que cualquiera puede entender.
Imagina que tienes más de 300.000 millones de dólares disponibles para invertir y, aun así, decides esperar. Es exactamente lo que ha hecho Warren Buffett en los últimos años mientras las bolsas seguían marcando máximos históricos.
Mientras casi todo el mundo tiene prisa por comprar, él prefiere mantenerse al margen. No porque haya dejado de confiar en las empresas ni porque crea que se acerca una gran crisis, sino porque considera que, muchas veces, el mejor negocio es tener paciencia.
Esta manera de pensar es la que ha convertido a Buffett en una auténtica leyenda de las finanzas.
El Oráculo de Omaha
A sus 95 años, Warren Buffett sigue siendo una de las personas más influyentes del mundo de la inversión. Al frente de Berkshire Hathaway, ha construido una fortuna que lo sitúa habitualmente entre las personas más ricas del planeta, pero su prestigio no proviene únicamente del dinero.
Buffett es admirado porque ha conseguido algo extraordinariamente difícil: obtener grandes rentabilidades durante más de seis décadas sin dejarse llevar por las modas ni por la euforia de los mercados.
Quizá por eso es conocido en todo el mundo como el Oráculo de Omaha, la ciudad estadounidense donde todavía vive en la misma casa que compró hace más de sesenta años. Su filosofía es tan sencilla como exigente: invertir solo cuando el precio tiene sentido.
De hecho, una de sus frases más conocidas resume perfectamente esta manera de entender la inversión: «El precio es lo que pagas. El valor es lo que obtienes».
Una fórmula que cualquiera puede entender
Para saber si el mercado está demasiado caro o todavía ofrece oportunidades, Buffett suele fijarse en un indicador sorprendentemente sencillo.
Compara el valor total de todas las empresas que cotizan en bolsa con el producto interior bruto (PIB) del país. En otras palabras, pone en relación lo que los inversores están dispuestos a pagar por las empresas con la riqueza que genera la economía real.
La idea es casi de sentido común. Si el valor de todas las empresas crece mucho más deprisa que la economía que las sustenta, quizá sea legítimo preguntarse si los precios no se han disparado demasiado.
El ejemplo de la panadería
Imaginemos una panadería que factura medio millón de euros al año. Tiene buenos clientes, un negocio estable y todavía puede crecer. Pero si alguien nos pide cinco millones de euros para comprarla, probablemente nos detendríamos un momento antes de decir que sí.
No porque la panadería sea un mal negocio. Sino porque querríamos saber si ese precio está justificado.El indicador Buffett plantea exactamente esa misma pregunta, pero aplicada al conjunto de la bolsa.
¿Y qué dice hoy?
Actualmente, este indicador en Estados Unidos sigue situándose muy por encima de su media histórica. Esto no significa que una corrección sea inminente ni que la bolsa vaya a caer mañana mismo. Los mercados pueden mantener valoraciones elevadas durante mucho tiempo.
Lo que sí sugiere es que los inversores están pagando un precio muy exigente por los beneficios futuros de las empresas y que, cuando eso ocurre, el margen de error suele reducirse.
Como cualquier indicador, tampoco es infalible. Las grandes multinacionales estadounidenses obtienen buena parte de sus ingresos en todo el mundo, y eso hace que compararlas únicamente con el PIB de Estados Unidos tenga limitaciones. Por eso los economistas lo consideran una brújula, no una bola de cristal.
Una lección que va más allá de la bolsa
Quizá la mayor aportación de Warren Buffett no sea este indicador, sino la manera en que entiende la inversión. Mientras muchos intentan adivinar qué hará la bolsa la semana que viene, él sigue haciéndose una pregunta mucho más sencilla: ¿lo que estoy pagando tiene realmente sentido?
Es una reflexión que sirve tanto para comprar acciones como para adquirir una vivienda, invertir en un negocio o tomar cualquier decisión financiera importante.
Porque, al fin y al cabo, los mercados pueden cambiar de humor de un día para otro. Pero el sentido común sigue siendo una de las inversiones más rentables que existen.
Proteger los ahorros con oro físico ha sido una de las principales aportaciones de 11Onze a su comunidad y, ahora, amplía su gama de productos. Por eso, ante la volatilidad, la todavía elevada inflación y la creciente crisis de confianza en el sistema bancario, el oro vuelve a reforzarse como valor refugio. Descubre Or Llavor en Preciosos 11Onze.
El Fondo Monetario Internacional se fundó con el objetivo de promover la cooperación monetaria internacional, facilitar el comercio global y contribuir a la estabilidad financiera. Aun así, a lo largo del tiempo su mandato se amplió para dar “apoyo” a las economías en dificultades y ha evolucionado hasta convertirse en una herramienta al servicio de los intereses neoliberales.
Entre el 15 y 20 de abril se está celebrando a Washington la reunión anual de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial. Estas reuniones se hacen, oficialmente, para agrupar esfuerzos para poner fin a la pobreza extrema y promover una prosperidad compartida.
Este organismo internacional se estableció el 1944 con el objetivo de promover la cooperación monetaria, facilitar el comercio internacional y contribuir a la estabilidad financiera. Desde su fundación, quería eliminar las restricciones que dificultan la expansión del comercio mundial, la estabilidad cambiaria y evitar las devaluaciones competitivas de divisas entre países.
Con el fin de los sistemas de cambio fijos después de que se eliminó el patrón oro durante los años setenta, su función cambió. La llegada del neoliberalismo a las políticas económicas de los Estados Unidos y de la Europa Occidental significó un nuevo rol para el FMI, que pasó a financiar a naciones que tenían problemas para pagar su deuda y cuadrar sus balanzas de pagos.
Un salvavidas que comporta disturbios civiles y miseria social
La ayuda financiera del FMI no es gratuita, como es muy sabido, los préstamos vienen acompañados de fuertes medidas de austeridad, anti-obreras y anti-populares, que afectan desmesuradamente a los sectores de la población con menos recursos y a menudo acaban beneficiando a las élites.
El mecanismo que suele utilizar el FMI a tal efecto es la imposición de condicionalidades, como la condonación de préstamos a países que necesitan apoyo para su balanza de pagos, o como en el caso de Pakistán, la transferencia de armas en Ucrania. Dicho de otra manera, se usa el FMI como una herramienta más de la política exterior de las corporatocracias occidentales.
Las condiciones que se imponen a los países deudores abren sus economías a la penetración del capital, corporaciones e inversores extranjeros. Esto se lleva a cabo con privatizaciones de los servicios públicos y con la venta de las joyas de la corona de los países que reciben esta “ayuda”, especialmente en cuanto a los recursos naturales y a sus tierras.
Por norma general, el FMI exige que los gobiernos reduzcan el gasto público, suban los impuestos y apliquen reformas destinadas a reducir su ratio deuda/PIB. Recortar las subvenciones sociales a los combustibles y a los alimentos o reducir la inversión pública en hospitales, escuelas y carreteras, acontecen la “nueva normalidad”.
Evidentemente, estas medidas draconianas de austeridad provocan manifestaciones y revueltas entre las poblaciones afectadas que se conocen en el mundo anglosajón como “IMF riots”. Un término acuñado para describir las oleadas de protestas que se produjeron en los países en vías de desarrollo durante las décadas de 1980 y 1990, y que definen perfectamente las consecuencias de las acciones de un bombero financiero que se dedica a encender fuegos.
Las crisis económicas de México o Grecia y posteriores rescates del FMI destacaron el papel negativo que ha jugado este organismo en los últimos años, pero el historial, ampliamente documentado, de sus intervenciones en los últimos 50 ha sido más que pésimo. Aunque organizaciones humanitarias como Oxfam y CAFOD no se cansan de avisar que las “campañas de austeridad” del FMI perjudican gravemente a los países pobres y que ha jugado un papel “devastador” en la crisis mundial de la deuda, el organismo de crédito internacional da pocas señales de cambiar de rumbo.
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A pesar de tener el sueldo medio más alto de la historia, el salario medio español es casi 450 euros más bajo que la media de la Unión Europea, y continúa teniendo una de las tasas más altas de precariedad laboral de Europa.
La inflación se ha comido los incrementos salariales y ha reducido el poder adquisitivo de los ciudadanos hasta un punto no visto desde hace trece años. Este fregado económico no es exclusivo del Estado español, pero se ve exacerbado por el bajo nivel salarial de España, un mal endémico que se arrastra de hace décadas.
Todo y que la última subida sin precedentes del SMI ha reducido la brecha, tanto el salario medio bruto (1.126 euros) como el salario mínimo interprofesional español (1.751 euros) son de los más bajos de la Unión Europea, un 20,2% menos que sus socios europeos.
Dentro del bloque occidental, con una media de salarios por encima de los 2.500 euros mensuales, España está a la cola, seguida de Portugal (1.106 euros) y Grecia (1.034 euros). Se observan amplias diferencias con países como Francia (2.446 euros), Bélgica (2.830 euros), Holanda (2.883 euros), Alemania (3.303 euros). El Estado español solo sale bien parado cuando lo comparamos con los países menos desarrollados del Este de Europa.
Salario mínimo UE
Salario medio UE
Baja productividad y elevada desocupación
La precariedad laboral de una gran parte de la población frente al mundo empresarial es un mal endémico histórico en España. La inseguridad creada por el miedo a la desocupación hace que los trabajadores acepten sueldos bajos y condiciones de trabajo que serían impensables en otros países desarrollados.
Cuando después de la pandemia sanitaria los medios de información hablaban de “La Gran Renuncia”, en referencia al hecho que en muchos países occidentales una gran cantidad de trabajadores se replanteaban sus prioridades, renunciando a sus trabajos de siempre para conseguir otros mejores, desde aquí, con más de tres millones de parados y sueldos equivalentes a una China de la Europa occidental, lo mirábamos cómo si hablaran de otro planeta.
La elevada cantidad de trabajadores a tiempo parcial y con contratos temporales de jornada completa hace que muchos empleados no reciban una formación como es debido, ni mantengan una carrera profesional, lo cual afecta negativamente la productividad. Un hecho que se agravia a causa del gran peso que tiene para la economía española el sector de los servicios, de poco valor añadido, con bajos salarios, y propensa a la externalización de la actividad laboral. La composición de nuestro tejido productivo ha sufrido un gradual deterioro de sectores que históricamente contaban con mejores remuneraciones.
Y esto se le añade otra tendencia prevalente en Cataluña y en el Estado, pero que no se observa en el bloque europeo desarrollado, la enorme brecha salarial entre los trabajadores más jóvenes y los más veteranos. Los bajos salarios percibidos por los empleados más jóvenes, que tendrán que sustentar la economía el día de mañana, hacen peligrar el sostén económico del país y un sistema de pensiones solidario.
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Durante más de un siglo, el capitalismo tenía una lógica aparentemente sencilla: quien aportaba el capital solía ser también quien tomaba las decisiones. Hoy esa relación se ha invertido. Millones de personas siguen siendo las propietarias de sus ahorros, pero su gestión se ha concentrado en muy pocas manos. ¿Cómo se ha producido esta transformación? ¿Y qué nos dice sobre el capitalismo del siglo XXI?
Cada final de mes, Marc recibe su nómina. Como millones de trabajadores de todo el mundo, una pequeña parte de su salario se destina automáticamente a su plan de pensiones. Es un gesto casi mecánico. El dinero desaparece de su cuenta corriente y pasa a formar parte de un ahorro que, en teoría, deberá acompañarle el día en que se jubile.
Marc no piensa mucho más en ello. Confía en que alguien invertirá ese dinero con criterio para que, con el paso de los años, vaya ganando valor. Lo que probablemente desconoce es que una parte de sus ahorros acabará invertida en empresas como Apple, Microsoft, Amazon, Nvidia o Coca-Cola. Y todavía hay un detalle que difícilmente podría imaginar: esas acciones compartirán gestor con los ahorros de millones de personas que viven al otro lado del planeta.
Sin saberlo, Marc participa cada mes en una de las transformaciones más profundas que ha experimentado el capitalismo en el último medio siglo. Durante décadas, el poder económico tenía una imagen muy definida. Cuando se hablaba de la industria automovilística, era inevitable pensar en Henry Ford. El petróleo evocaba inmediatamente a John D. Rockefeller. La familia Agnelli representaba a Fiat y, todavía hoy, Amancio Ortega continúa estrechamente vinculado a Inditex. Los grandes empresarios no solo poseían una parte significativa de sus empresas; también las dirigían, asumían los riesgos y decidían hacia dónde debían avanzar.
Aquel modelo no ha desaparecido por completo. Todavía existen grandes compañías controladas por sus fundadores o por familias empresarias. Pero, sin grandes titulares ni aparentes revoluciones, el centro de gravedad del capitalismo ha ido desplazándose. Si hoy consultamos los principales accionistas de Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet, Coca-Cola o JPMorgan, descubriremos que los mismos tres nombres aparecen una y otra vez: BlackRock, Vanguard y State Street.
Es una coincidencia demasiado repetida para ser casual. Y, sin embargo, su explicación no tiene nada que ver con las teorías conspirativas que a menudo circulan por internet. Al contrario. Es el resultado de una revolución financiera que comenzó con una idea sorprendentemente sencilla.
El hombre que cuestionó Wall Street
La historia nos lleva hasta el año 1975. John Clifton Bogle acababa de fundar una pequeña gestora llamada The Vanguard Group después de haber sido despedido de Wellington Management. Lejos de querer demostrar que era mejor que el resto de profesionales de Wall Street, Bogle había llegado a una conclusión mucho más radical: quizá el problema era, precisamente, querer demostrarlo.
Durante años había observado cómo los grandes gestores dedicaban enormes recursos a intentar descubrir qué empresas ofrecerían las mejores rentabilidades. Contrataban analistas, estudiaban balances, visitaban empresas y elaboraban sofisticados modelos financieros con el objetivo de superar los principales índices bursátiles. Pero, con el paso de los años, la realidad era tozuda. Una vez descontadas las comisiones, la mayoría obtenía unos resultados iguales o incluso inferiores a los del propio mercado que intentaban batir.
Bogle decidió darle la vuelta a aquella lógica. En lugar de intentar descubrir cuál sería la mejor empresa del futuro, propuso comprarlas todas.
Aquella idea, que muchos analistas ridiculizaron en su momento, acabaría convirtiéndose en una de las innovaciones más influyentes de la historia de las finanzas. Hoy, casi cincuenta años después, Vanguard administra cerca de 10 billones de dólares en activos, una cifra equivalente a varias veces el producto interior bruto de Alemania.
No fue solo el éxito de una empresa. Fue el comienzo de una nueva forma de entender la inversión.
Cuando invertir dejó de ser un juego de expertos
La idea de Bogle era revolucionaria porque simplificaba enormemente una actividad que hasta entonces parecía reservada a los profesionales. Imaginemos a una persona que entra en una frutería dispuesta a comprar la mejor fruta posible. Puede dedicar mucho tiempo a escoger una por una las piezas que considera mejores o, por el contrario, optar por una cesta que ya contiene una selección equilibrada de fruta de temporada. Probablemente no todas las piezas serán excelentes, pero tampoco dependerá de haber acertado siempre con la mejor elección.
Los fondos indexados funcionan exactamente con esta filosofía. En lugar de intentar adivinar qué empresas crecerán más, compran todas las que forman parte de un determinado índice bursátil. Si el índice es el S&P 500, el fondo adquirirá acciones de las quinientas empresas más importantes de Estados Unidos. Si replica el MSCI World, invertirá simultáneamente en miles de compañías repartidas por decenas de países.
El resultado es una cartera muy diversificada, con costes muy inferiores a los de la gestión tradicional y que, según numerosos estudios, acaba superando a largo plazo a una gran parte de los fondos gestionados activamente.
Aquella filosofía terminó extendiéndose mucho más allá de Vanguard. Con el tiempo, prácticamente toda la industria financiera comenzó a desarrollar productos similares.
La llegada de los ETF aceleró la revolución
La segunda gran transformación llegaría en los años noventa con la popularización de los ETF, siglas de Exchange Traded Fund. A pesar de su nombre técnico, su funcionamiento es extraordinariamente sencillo. Un ETF es un fondo que cotiza en bolsa igual que una acción. Cuando un inversor compra una participación de este fondo, no está adquiriendo una única empresa, sino una pequeña parte de una cesta que puede contener cientos o incluso miles de compañías.
Este pequeño cambio tuvo unas consecuencias enormes. Por primera vez, cualquier persona podía invertir de forma muy diversificada, con costes reducidos y sin necesidad de seguir diariamente la evolución de los mercados. Lo que antes estaba reservado a los grandes patrimonios pasaba a estar al alcance de prácticamente cualquier ahorrador.
Las cifras ilustran la magnitud del fenómeno. Si a finales de los años noventa los ETF representaban un mercado casi testimonial, hoy administran más de 15 billones de dólares en todo el mundo y continúan creciendo a un ritmo superior al de muchos otros productos financieros.
Tres gestoras que crecieron con los ahorros del mundo
Mientras Vanguard comenzaba a consolidar su apuesta por la gestión indexada, otra empresa iniciaba un camino muy diferente. En 1988, Larry Fink fundó BlackRock después de haber perdido cerca de cien millones de dólares en una operación con bonos hipotecarios mientras trabajaba en First Boston. Aquel episodio le dejó una convicción que marcaría toda su trayectoria: antes de buscar rentabilidad, es necesario comprender el riesgo.
Esa filosofía acabaría convirtiendo a BlackRock en la mayor gestora del planeta. Actualmente administra cerca de 11,6 billones de dólares, una cifra tan elevada que solo Estados Unidos y China generan anualmente un PIB superior.
State Street, por su parte, tenía una historia mucho más antigua. Fundada en 1792, desempeñó un papel decisivo en esta revolución cuando, en 1993, impulsó el primer gran ETF moderno vinculado al S&P 500. Aquel producto demostraría definitivamente que invertir en un índice podía ser tan sencillo como comprar cualquier otra acción.
Ninguna de estas empresas pretendía convertirse en la propietaria del capitalismo mundial. Su objetivo era mucho más modesto: administrar de la forma más eficiente posible el dinero que millones de personas les confiaban. Pero, precisamente porque millones de personas comenzaron a tomar la misma decisión, el resultado acabaría siendo extraordinario. Cuando hoy consultamos el registro de accionistas de las grandes multinacionales, sus nombres aparecen una y otra vez. Y es aquí donde comienza la parte más sorprendente de esta historia.
El dinero sigue siendo tuyo. La influencia, ya no tanto.
Cuando el lector descubre que BlackRock, Vanguard y State Street aparecen entre los principales accionistas de prácticamente todas las grandes empresas occidentales, es fácil llegar a una conclusión equivocada: pensar que estas tres gestoras son las auténticas propietarias del capitalismo mundial. La realidad es mucho más matizada.
Los propietarios siguen siendo millones de personas anónimas. Son trabajadores como Marc, que cada mes aportan una parte de su sueldo a su plan de pensiones; son familias que ahorran a través de un fondo de inversión; son universidades, aseguradoras, administraciones públicas o pequeños inversores que compran un ETF desde su banco. Todos ellos siguen siendo los titulares últimos de sus ahorros.
Lo que hacen estas gestoras es otra cosa: administrarlos. La diferencia parece sutil, pero es esencial para entender cómo funciona hoy el sistema financiero. Cuando un propietario encarga la gestión de un edificio a un administrador, no deja de ser su propietario. Con los ahorros ocurre exactamente lo mismo. El dinero sigue perteneciendo a los inversores, pero su gestión se delega en instituciones especializadas que deciden cómo distribuirlo entre miles de activos diferentes.
Esta explicación desmonta buena parte de los relatos simplistas que a menudo circulan por las redes sociales. BlackRock, Vanguard o State Street no han comprado todas las grandes empresas con dinero propio. Han crecido porque cientos de millones de personas de todo el mundo han llegado, de forma independiente, a la misma conclusión: es más eficiente delegar la gestión de los ahorros en grandes gestores diversificados que intentar escoger personalmente las empresas ganadoras.
Pero esta respuesta abre inmediatamente una nueva pregunta. Si el dinero sigue perteneciendo a los inversores, ¿quién ejerce los derechos que incorporan esas acciones?
La separación entre la propiedad y el poder
Este es, probablemente, el cambio más profundo que ha experimentado el capitalismo durante las últimas décadas.
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, propiedad y poder solían ir de la mano. Los grandes accionistas eran también quienes dirigían las empresas, nombraban los consejos de administración y decidían las grandes estrategias corporativas. El capitalismo mantenía una relación casi directa entre quien aportaba el dinero y quien tomaba las decisiones. Hoy esa relación es mucho más compleja.
Cuando una gestora compra acciones en representación de sus clientes, también asume, en la mayoría de los casos, el ejercicio de los derechos políticos asociados a esas participaciones. Esto significa votar en las juntas de accionistas, pronunciarse sobre las políticas de remuneración de los directivos, aprobar la incorporación de nuevos consejeros o posicionarse ante determinadas decisiones estratégicas.
Eso no significa que BlackRock decida cuál será el próximo iPhone o que Vanguard elija qué empresa comprará Microsoft. Esas siguen siendo responsabilidades de los equipos directivos y de los consejos de administración de cada compañía. Su influencia es mucho menos visible, pero también mucho más transversal. Se manifiesta en la manera de entender el gobierno corporativo, en los criterios de transparencia, en las políticas de sostenibilidad o en las normas que afectan simultáneamente a cientos de grandes empresas.
Es un poder discreto, ejercido casi siempre lejos de los focos, pero que adquiere una dimensión extraordinaria cuando una misma gestora participa en el accionariado de miles de compañías repartidas por todo el mundo. Gestionar los ahorros de millones de personas significa, inevitablemente, gestionar también una parte muy importante de los derechos políticos vinculados a esos ahorros. Y para hacerlo se necesita una capacidad tecnológica que, hace apenas unas décadas, habría parecido ciencia ficción.
Aladdin: la tecnología detrás de la gestión de billones de dólares
Pocas herramientas despiertan tanta curiosidad como Aladdin.
El nombre puede recordar al personaje de los cuentos orientales, pero en realidad corresponde a una de las plataformas de gestión de riesgos más sofisticadas del mundo financiero. Larry Fink la impulsó con una idea muy clara después de perder cerca de cien millones de dólares en una operación durante los primeros años de su carrera: antes de asumir cualquier riesgo, hay que comprenderlo. Esa filosofía sigue definiendo a BlackRock.
Aladdin no compra acciones ni toma decisiones de forma autónoma. Su función es mucho menos espectacular, pero infinitamente más útil. Analiza millones de datos, simula escenarios económicos, calcula riesgos, detecta vulnerabilidades y ayuda a los gestores a comprender cómo podría reaccionar una cartera ante una subida de los tipos de interés, una guerra comercial, una crisis energética o una recesión global.
Según la propia BlackRock, esta plataforma da soporte a la gestión de más de 21 billones de dólares en activos, utilizados no solo por la propia gestora, sino también por bancos, aseguradoras, fondos soberanos e instituciones financieras de todo el mundo.
Es comprensible que una infraestructura de esta dimensión haya alimentado toda clase de mitos. Pero la realidad es menos novelesca de lo que a menudo se dice. Aladdin no controla los mercados. Lo que hace es algo mucho más prosaico: ayudar a tomar decisiones en un sistema financiero que mueve unas cantidades de dinero difíciles de imaginar.
El debate que preocupa a universidades y reguladores
El fenómeno no ha pasado desapercibido. Desde hace años, economistas, juristas y autoridades de competencia analizan las consecuencias de esta concentración de la gestión del ahorro. El concepto que centra buena parte del debate es el de common ownership, es decir, la presencia de los mismos grandes accionistas institucionales en empresas que compiten entre sí.
La pregunta es legítima. Si los mismos gestores participan simultáneamente en el accionariado de las principales aerolíneas, bancos o empresas tecnológicas, ¿podría esto reducir los incentivos para competir de forma más agresiva?
En 2018, economistas como José Azar, Martin Schmalz e Isabel Tecu dieron una gran proyección internacional a este debate con un estudio sobre el sector aéreo estadounidense. Sus conclusiones generaron una intensa controversia académica que sigue abierta. Desde entonces, instituciones como Harvard, el National Bureau of Economic Research (NBER), la Securities and Exchange Commission (SEC) o la Federal Trade Commission (FTC) han analizado esta cuestión desde perspectivas diversas. Algunos estudios consideran que podría existir un impacto sobre la competencia en determinados sectores; otros, en cambio, sostienen que las evidencias todavía no son lo suficientemente sólidas como para llegar a esa conclusión.
Esta falta de consenso no resta importancia al debate. Muy al contrario. Demuestra que nos encontramos ante un fenómeno nuevo, complejo y todavía en evolución, que obliga a replantear conceptos tan tradicionales como la propiedad, el control empresarial o la propia competencia entre compañías.
Una revolución que casi nadie vio venir
Cuando John Bogle creó Vanguard en 1975, difícilmente podía imaginar que su idea acabaría transformando el capitalismo global. Su objetivo era mucho más modesto: ofrecer a los pequeños inversores una forma más eficiente, más barata y más transparente de invertir sus ahorros. En ese sentido, su revolución ha sido un éxito extraordinario.
Nunca antes había sido tan sencillo invertir en las principales empresas del mundo.
Nunca antes los costes habían sido tan bajos. Y nunca antes tantos pequeños ahorradores habían podido participar en el crecimiento de la economía global sin necesidad de disponer de un gran patrimonio.
Sin embargo, toda revolución tiene consecuencias inesperadas. A medida que millones de personas delegaban la gestión de sus ahorros, esa gestión se iba concentrando progresivamente en un número muy reducido de instituciones. No porque existiera un plan preconcebido, sino porque los mismos mecanismos que hacían más eficiente la inversión también favorecían las grandes economías de escala.
Es esta paradoja la que define buena parte del capitalismo contemporáneo. La propiedad se ha democratizado como nunca antes. Pero la gestión se ha concentrado como nunca antes. No es una buena noticia ni una mala noticia por sí misma. Es, sobre todo, una realidad que conviene comprender antes de juzgarla. Quizá, dentro de unas décadas, los historiadores explicarán esta transformación con la misma naturalidad con la que hoy explican la Revolución Industrial o el nacimiento de las sociedades anónimas. Porque, sin hacer ruido y casi sin ocupar titulares, el capitalismo ha cambiado una de sus reglas más básicas.
Los propietarios siguen siendo millones de personas como Marc. Pero las manos que administran una parte creciente de su capital son cada vez menos. Y es ahí donde nace la gran pregunta que probablemente marcará los próximos años. Ya no se trata de saber quién es propietario de las grandes empresas. La cuestión es mucho más profunda.
¿Quién decide en nombre de los propietarios?
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La producción de alimentos genera un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, aun así, es insuficiente para millones de personas que sufren inseguridad alimentaria y nutricional. Algunos estudios proponen un cambio de enfoque hacia un sistema más sostenible, centrándose tanto en el bienestar humano como en el medioambiental.
Un informe elaborado por la comunidad de las Nuevas Fronteras de la Nutrición del Foro Económico Mundial, en colaboración con Accenture, aboga por un cambio significativo en la estrategia de transformación del sistema alimentario mundial que esté basado en la salud humana y planetaria. Una vía hacia un sistema alimentario sostenible que permitiría a las personas llevar una vida más feliz, saludable y productiva.
Se trata de una iniciativa que integra a los sectores públicos, privados y comunitarios, centrándose a aumentar la disponibilidad, el acceso y la adopción de opciones alimentarias nutritivas, sin dejar de lado los objetivos de sostenibilidad. Subraya la necesidad de una colaboración intersectorial para transformar los sistemas y las políticas alimentarias con el objetivo final de conseguir un panorama alimentario más equitativo y sostenible con mejores resultados para la salud mundial.
La iniciativa detalla los pasos a seguir para lograr dietas más sanas, haciendo hincapié en los alimentos ricos en nutrientes, mínimamente procesados y predominantemente vegetales. Entre las principales sugerencias figuran incentivar la producción de alimentos orgánicos que sean asequibles y accesibles, mientras se refuerza el vínculo entre alimentación y salud en la conciencia de los consumidores.
Así mismo, propone facilitar un entorno de venta al por menor que haga de las opciones nutritivas la opción por defecto. Porque, a pesar de que la mayoría de los indicadores que hacen referencia a las dietas inadecuadas que afectan los sectores de la sociedad más vulnerables se centran en la desnutrición, la malnutrición también se define por la falta de vitaminas, minerales, fibra y otros micronutrientes clave.
Una oportunidad económica en la transformación de los sistemas alimentarios
Las conclusiones del Foro Económico Mundial coinciden con otro informe mundial elaborado por destacados economistas y científicos de la Food System Economics Commission (FSEC), que constata que los sistemas alimentarios existentes destruyen más valor del que crean, especialmente a causa de los costes medioambientales y sanitarios.
Y es que la mala alimentación también está relacionada con un mayor riesgo de sufrir enfermedades mentales comunes. Solo la depresión, tiene un coste de un billón de dólares al año para la economía mundial en pérdidas de productividad laboral.
De hecho, un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que los costes medioambientales, sociales y sanitarios ocultos de los sistemas agroalimentarios actuales ascendieron además de 11 billones de euros en 2020.
En este sentido, el cambio hacia un sistema alimentario mundial más sostenible podría generar hasta 7,9 billones de euros de beneficios al año, además de mejorar nuestra salud y aliviar la crisis climática. Por lo tanto, el coste de la transformación sería mucho menor que los potenciales dividendos, proporcionando una vida mejor a centenares de millones de personas.
El estudio propone desviar las subvenciones y los incentivos fiscales de los monocultivos a gran escala que son destructivos y que dependen de los fertilizantes, los pesticidas y la tala de bosques, a los pequeños y medianos productores. Cuando menos como una alternativa al sistema actual que empuja a los agricultores a gestionar grandes explotaciones intensivamente industrializadas.
No obstante, el principal reto de una transición hacia este nuevo modelo agroalimentario es el aumento de los costes de los alimentos. Un cambio de paradigma que requiere no solo una concienciación del consumidor, sino tener en cuenta la situación económica actual, salvo que queramos pasar de las protestas de los agricultores a una revuelta popular globalizada.
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Com ja havia succeït amb la resolució de passats conflictes bèl·lics, la trobada entre els vencedors de la Segona Guerra Mundial a la ciutat alemanya de Potsdam l’estiu de 1945 va tornar a dividir el món en dos blocs. Les grans potències occidentals van posar en pràctica un nou model econòmic que els permetria imposar la seva preeminència per sobre d’altres països.
Dos models polítics, socials i econòmics —en principi antagònics— que durant dècades s’enfrontarien diverses vegades en petits conflictes armats, de baixa intensitat i que esdevindrien la gran palanca de creixement econòmic per al món occidental.
Però la Conferència de Potsdam també va constatar que el capitalisme industrial —iniciat a finals del segle XVIII— era un model econòmic esgotat. Els més de seixanta milions de morts a conseqüència de la Segona Guerra Mundial, obligava les antigues monarquies europees —ara evolucionades a democràcies occidentals— a adoptar formes molt més sibil·lines d’aconseguir els seus objectius econòmics. Per tant, la nova estratègia extractiva havia de ser menys catastròfica i més efectiva. Per aquest motiu, el nou model econòmic que s’anirà desplegant progressivament ja no implicarà haver d’ocupar un territori físicament, sinó que n’hi haurà prou amb controlar les elits locals.
Amb aquesta nova estratègia, els Estats Units, com a grans vencedors i sustentats per una potent maquinària militar, seran capaços de desplaçar el centre econòmic mundial —d’Europa a Amèrica del Nord— per mitjà de la imposició de la seva moneda, la pressió financera exercida pels seus bancs, i amb la creació d’una dependència tecnològica a escala global. Per tant, la implantació de les seves més que conegudes multinacionals —Amazon, Nike, Coca-Cola, Pepsi, Apple, McDonald, Disney o HP, entre d’altres— els permetrà conquerir directament o indirectament a la quasi totalitat del món. L’entreteniment, principalment el cinema i els grans esdeveniments esportius com els Jocs Olímpics, la Super Bowl o Mundials de Futbol, seran les veritables armes de subjugació mental i material que possibilitaran estendre el somni nord-americà arreu del món.

Els Estats Units seran capaços de desplaçar el centre econòmic mundial —d’Europa vers a Nord-amèrica— per mitjà de la imposició de la seva moneda, una pressió financera exercida pels seus bancs, i per la creació d’una dependència tecnològica a escala global.
La pau social, base de la nova eficiència econòmica
Tot va començar la primavera del 1951 a Mont-real, quan representants de diferents agències d’intel·ligència occidentals es van reunir en secret amb professors universitaris de psiquiatria a l’hotel Ritz-Carlton de la ciutat canadenca. Del resultat d’aquella reunió se sap, per documents desclassificats, que l’exèrcit nord-americà va invertir una gran quantitat de diners a la Universitat McGill de Mont-real per a investigar sobre l’aïllament sensorial.
La investigació va ser iniciada pel Dr. Donald Olding Hebb, qui acabaria abandonant el projecte en adonar-se de la magnitud de la tragèdia, i acabada pel Dr. Donald Ewen Cameron, el qual les portaria fins a un nivell superior. Cameron arribà a experimentar amb un gran nombre de pacients que van ser sotmesos a una multitud de sessions d’electroxocs, combinades amb cures de son i una constant repetició de missatges gravats fins a l’extenuació mental.
L’estudi va constatar que l’aïllament sensorial no deixa de ser una manera de generar una monotonia extrema que acabava provocant una reducció de la capacitat de pensament crític a través de l’ennuvolament de la ment de l’individu. Per tant, quan una persona no és capaç de raonar… mal assumpte!
Els resultats de tots aquests experiments permetran a les agències d’intel·ligència occidental dissenyar mecanismes de control sobre la seva pròpia població amb l’objectiu de garantir l’estabilitat social dins les democràcies. En conseqüència, es repetirà fins a l’avorriment la idea de llibertat d’expressió, llibertat de premsa i el dret a la propietat privada, base fonamental del lliure mercat. I a fi de garantir l’eficiència econòmica, es farà de la competència un instrument per a impulsar el creixement econòmic, constant amb la premissa que “si l’empresa del costat té millors productes i més vendes que jo, en conseqüència, hauré de desenvolupar millors idees per a ser millor que la meva competència.”
I una altra qüestió no menor respecte als estudis sobre l’aïllament sensorial, és que permetran a les agències d’intel·ligència occidentals elaborar manuals d’interrogatori —com el famós manual KUBARK de l’exèrcit dels EUA i de la CIA— els quals es posaran en pràctica contra els dissidents del sistema, tant interns com externs, als postulats occidentals.
La gestió de la por
L’avenç tecnològic que va suposar la Segona Guerra Mundial portaria la humanitat a sortir a l’espai exterior —a la Lluna i més enllà— però també va suposar el desenvolupament de la bomba atòmica com arma de destrucció global. Aquesta serà emprada com a instrument de pressió política que encara avui persisteix.
Els cinc països principals que fabriquen armes al món — els Estats Units, Anglaterra, França, Rússia i la Xina— són els que tenen a càrrec seu la nostra pau. Fan el negoci de la guerra, però venen la pau, sobretot a través dels mitjans d’informació al servei dels poders hegemònics occidentals que fan un examen de democràcia a cada país. Són grans mitjans de comunicació que confonen la llibertat d’expressió amb la llibertat de pressió i decideixen qui és un dictador o un colpista, que curiosament té el “mal costum” de fer votar a la gent per saber què pensen sobre aquella política o una altra qüestió que els pugui afectar. I aquells mitjans que no segueixen aquestes directrius són clausurats o portats als confins del sistema. Els mitjans mostren una realitat que moltes vegades no existeix a fi de suggestionar-nos, incomunicar-nos i enfrontar-nos entre nosaltres!

Països com els Estats Units, Anglaterra, França, Rússia i la Xina fan el negoci de la guerra, però venen la pau, sobretot a través dels mitjans d’informació al servei dels poders hegemònics occidentals que fan un examen de democràcia a cada país.
La teràpia de xoc econòmic
Com tothom sap, el crac del 1929 a Wall Street va desencadenar la Gran Depressió dels anys trenta. Fins al 1932, uns 5.096 bancs es van declarar en suspensió de pagaments. El seu esfondrament va arrossegar moltes empreses a la fallida, les quals veien com s’acumulaven els estocs de mercaderies, i va comportar un important descens dels preus, especialment en el sector agrari. Finalment, el descens de l’activitat econòmica va provocar un augment desbocat de la desocupació.
Influenciat per l’economista John M. Keynes, el recentment proclamat president dels Estats Units, F. D. Roosevelt, va posar en marxa un important programa d’ocupació pública perquè la gent pogués tornar a treballar: la política coneguda com a New Deal. Però no serà fins després de la Segona Guerra Mundial quan finalitzarà la depressió, gràcies en gran part a la implantació del famós pla Marshall, el qual generalitzarà el model regulador i intervencionista de Keynes a la majoria dels territoris occidentals.
Contrari als postulats de Keynes, trobem ja a finals dels anys quaranta del segle XX, un reduït grup d’intel·lectuals —coneguts amb el nom de la Societat Mont Pelerin i dirigits per l’economista austríac Friedrich August von Hayek— els quals estaven convençuts que si els governs deixaven de prestar serveis i de regular els mercats, els problemes de l’economia mundial es resoldrien sols. Un dels seus màxims representants i professor d’economia a la Universitat de Chicago, Milton Friedman, creia que a través d’una teràpia de xoc econòmic impulsaria a les societats a acceptar un capitalisme més pur i desregulat.
Certament, les tesis de la doctrina del xoc s’han acabat imposant arreu del món en diferents processos. Aquestes mesures radicals han triomfat no tant de la mà de la llibertat i la democràcia, com de la seva imposició gràcies a xocs, crisis i estats d’emergència. Per tant, lluny d’endolcir el paper dels Estats Units a l’hora d’esdevenir un país hegemònic en l’àmbit mundial, la seva capacitat de controlar el món ve donada per les sancions, restriccions, bloquejos, congelacions, confiscacions o la intervenció militar.
I per damunt de tot, ha estat fonamental el paper que ha jugat la creació d’una burocràcia internacional específica, generada estrictament per no dependre de les Nacions Unides i, per tant, per estar exempta de qualsevol control directe que pugui molestar a la comunitat internacional. Aquests organismes supranacionals —Banc Mundial, Organització Mundial del Comerç i Fons Monetari Internacional— han executat mil·limètricament totes aquestes teràpies de xoc econòmic arreu del món, combinant la pressió política amb l’extorsió. I d’exemples no en falten!

En Milton Friedman creia que a través d’una teràpia de xoc econòmic impulsaria a les societats a acceptar un capitalisme més pur i desregulat
Un sistema necessitat de gàngsters econòmics
El 2004, el nord-americà John Perkins —un antic treballador de la consultora americana CHA Consulting, Inc.— va publicar un interessant llibre titulat “Confessions of an Economic Hit Man”, en el qual explica amb tota mena de detalls com va participar en diferents processos de colonització econòmica dels països del Tercer Món, especialment al continent sud-americà, durant els anys vuitanta.
Perkins, com a economista en cap de CHA Consulting, tenia la tasca d’identificar països amb recursos naturals que interessaven als clients —majoritàriament corporacions— que representava la seva consultora.
Un cop identificats, la següent fase consistia a enviar un “petit exèrcit de xacals” cap al país en qüestió per a prometre’ls que, amb la venda dels seus recursos, el país assoliria l’estàndard occidental, pel que fa a benestar social i estabilitat econòmica. I finalment, s’obligava el país a sol·licitar un gran préstec —a través del Banc Mundial o altres organitzacions vinculades— justificat davant l’opinió pública com a part de l’acord i pel fet de no disposar ni de la tecnologia ni de la infraestructura necessària per extreure, produir o manufacturar el recurs natural.
Però aquesta quantitat de diners no arribaven mai al país en qüestió, ja que sortien del Banc Mundial —amb seu a Washington— i es desviaven a un compte a Houston, Texas o San Francisco, on curiosament el titular era una empresa que treballava per a la consultora, i que estava especialitzada en la construcció de la infraestructura necessària per extreure, produir o manufacturar el recurs natural.
Per tant, els diners servien per a pagar les despeses de les obres —centrals elèctriques, carreteres, parcs industrials, ports— que al final només generaven grans beneficis per a les empreses adjudicatàries. Cert és que, en grau menor, també acabaven enriquint a una minoria local que posseïen les indústries bàsiques o els establiments comercials, però en detriment de la majoria. Per tant, al final del procés tots els recursos econòmics del país destinats a la sanitat, l’educació o altres serveis públics servien per a pagar aquells préstecs. Tal com explica en John Perkins, el fet de conèixer ‘a prioiri’ la incapacitat del país per retornar els préstecs era una part important per executar el pla.
D’aquesta manera, el sistema ha permès que corporacions occidentals o organismes supranacionals —Banc Mundial, Organització Mundial del Comerç i Fons Monetari Internacional— acabin creant una mena d’imperi paral·lel que controla àmplies zones del planeta: les anomenades “zones d’influència”. És per aquest motiu, que les democràcies occidentals tenen la capacitat de dir a un d’aquests països “influenciats voluntàriament” que si no pot pagar els seus préstecs, sempre pot vendre’s l’explotació dels seus recursos… això sí, sense l’obligació d’un compromís social o mediambiental; o ha de permetre la construcció d’una base militar al seu territori, o ha de votar contra determinats països considerats “enemics” a la següent trobada de les Nacions Unides.
Quan el president d’un d’aquests països no accepta, la major part de les vegades s’acaba intervenint o enderrocant el govern. El procés s’inicia amb una forta campanya de desprestigi nacional i internacional, es creen notícies falses de tota mena per condicionar l’opinió pública i, al final —en favor de la democràcia—, s’executa el cop d’estat totalment justificat. I si la cosa no surt bé, se l’acabava assassinant. La història contemporània està plena d’exemples: Mossadeq a l’Iran (1953), Ngô Đình Diệm al Vietnam (1955), Lumumba al Congo (1960) o Allende a Xile (1973). I més recentment, les pressions de tota mena que han hagut de suportar en Lula da Silva per frenar la desforestació de l’Amazònia brasilera, Maduro per nacionalitzar el petroli veneçolà o Petro per la descarbonització de l’economia Colombiana.
L’economia de la mort
El 2009, en plena recessió global, el psicòleg anglès Oliver James va publicar el llibre “The Selfish Capitalist”, el qual conclou que darrere de les malalties mentals de la societat occidental actual, s’hi amaga el capitalisme practicat els darrers cinquanta anys. Simplificant molt, la tesi del llibre exposa com l’economia neoliberal anglosaxona ha empès als individus a voler tenir cada cop més i més cotxes, telèfons mòbils, roba, diners… i tot plegat ha desembocat en una insatisfacció permanent de l’individu. Basant-se en un estudi publicat per l’Organització Mundial de la Salut el 2004, conclou que les malalties mentals afecten quasi un 23% de la població al món anglosaxó i a un 11,5% a la resta dels països europeus, atès que van entrar més tard en la roda neoliberal.
Per exemple, als Estats Units, el nombre de joves estudiants amb un deute descomunal va en augment, de la mateixa manera que hi ha un nombre brutal de gent endeutada per tractaments sanitaris, per targetes de crèdit o per hipoteques. Per tant, aquest sistema que es va dissenyar per a explotar els països anomenats “en vies de desenvolupament”, ara s’ha girat en contra d’occident.
Per altra banda, l’economia neoliberal ha buscat maximitzar els beneficis a curt termini sense tenir en compte el cost social i l’impacte mediambiental. I en aquest aspecte, els neoliberals com en Friedman es van equivocar: més enllà del curt termini, cal incrementar els beneficis a llarg termini, d’aquesta manera hi sortirem tots guanyant. Si ens guiem pel propòsit de pagar una taxa de rendiment decent als inversors que inverteixen, podrem començar a canviar el model.Segons el darrer informe de l’Institut Internacional d’Estudis per a la Pau d’Estocolm (SIPRI), la despesa militar mundial total va augmentar un 3,7% en termes reals el 2022, fins a assolir un nou màxim històric de 2,24 bilions de dòlars. Si gran part d’aquests diners es destinessin a pagar a les mateixes empreses que obtenen aquests contractes milionaris, però en comptes de pagar per fabricar míssils, es fes per a recollir tots els plàstics dels oceans, recuperar els medis naturals destruïts, netejar els abocaments de residus dels oceans… el planeta en sortiria guanyant. I en aquest procés, les noves tecnologies ens poden ajudar a fer-ho possible.

Aquest sistema que es va dissenyar per a explotar els països anomenats “en vies de desenvolupament” i ara s’ha girat en contra d’occident.
La multipolaritat
Aquest sistema ha funcionat mentre els guanyadors han estat els Estats Units, ja que permetia que els seus aliats s’emportessin un tros del pastís amb la condició que recolzessin la seva política internacional o facilitessin l’accés de les seves empreses als seus mercats. Els Estats Units han estat capaços de compartir el pastís amb tots aquells que s’alineessin, però no amb aquells que estiguessin disposats a disputar-li els seus interessos econòmics.
Arribats aquí, entrem en una nova era on la distribució del poder polític, militar i financer ja no recaurà en un sol país. En poques paraules, el món deixarà de ballar al so d’una sola música. De fet, ja hem començat a ballar al so de la música oriental, sota ritmes de la balalaica, combinada amb una mica de samba, uns tocs d’Indi-pop i una pinzellada de mbaqanga.
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Després d’una reducció temporal provocada per la pandèmia, la petjada de carboni torna a créixer i el canvi climàtic s’accelera. Individus, empreses i reguladors poden contribuir a minorar l’emissió de gasos d’efecte d’hivernacle. Vegem com està evolucionant i quines mesures contribuirien a mitigar-la.
Només les necessitats energètiques de l’activitat humana van generar 36.000 milions de tones de diòxid de carboni (CO₂) el 2021, segons l’Agència Internacional de l’Energia. Una referència per a assimilar la magnitud d’aquesta xifra? Pensa que tota la població mundial posada en una balança no arribaria als 400 milions de tones. És a dir, el CO₂ que emetem en només un any multiplica per cent el pes de tota la humanitat.
El diòxid de carboni és el gas d’efecte hivernacle més abundant i que més ha contribuït a l’escalfament global en les últimes dècades. Les emissions directes i indirectes d’aquest gas, juntament amb el metà, l’òxid de nitrogen, l’hexafluorur de sofre, els hidrofluorocarburs i els perfluorocarburs, conformen el que es coneix com a “petjada de carboni”. Es tracta d’un indicador ambiental encunyat als anys noranta per a mesurar la contribució de l’activitat humana a l’escalfament del planeta.
La realitat és que estem molt lluny dels objectius marcats per a aturar el canvi climàtic. Els científics adverteixen que les emissions netes de CO₂ haurien de reduir-se a zero d’ara el 2050 si volem evitar les seves conseqüències catastròfiques. L’augment de temperatura global porta aparellats fenòmens meteorològics extrems i una pujada del nivell del mar a causa del desglaç.
Emergència climàtica
L’ONU estima que des de 1990 les emissions de diòxid de carboni s’han incrementat gairebé un 50 %. De fet, l’Organització Meteorològica Mundial apunta que els nivells actuals de CO₂ a l’atmosfera són similars als de fa tres milions d’anys, quan la temperatura mitjana de la Terra era 3 °C més elevada i el nivell del mar se situava molt per sobre de l’actual.
Per això, és lògic que un dels Objectius de Desenvolupament Sostenible establerts per l’ONU incideixi en la necessitat d’aturar el canvi climàtic. La fórmula demana prendre mesures que en els pròxims anys ens portin a una economia baixa en diòxid de carboni.
De fet, la immensa majoria de països del món van signar el 2015 l’Acord de París, un tractat internacional que pretén limitar l’escalfament global. Així i tot, la nostra petjada de carboni ha continuat creixent. Les emissions de gasos d’efecte hivernacle només es van reduir el 2020. I la raó va ser l’aturada econòmica que va provocar la pandèmia.
L’informe Climate Transparecy Report calcula que les emissions dels països del G-20, responsables del 75% dels gasos d’efecte hivernacle, van tornar a créixer un quatre per cent el 2022. La Xina, l’Índia, Indonèsia i l’Argentina ja estan en nivells superiors als de 2019.
Per zones geogràfiques, la Xina, els Estats Units, la Unió Europea i l’Índia sumen més de la meitat dels gasos emesos a l’última dècada. Quant a activitats, les que produeixen més CO₂ són la generació d’energia i calor (40%), el transport de béns i persones (20%) i l’activitat industrial (20%).
Calcula la teva petjada de carboni personal
La quantitat de gasos d’efecte hivernacle que genera cada individu a la seva vida quotidiana en desplaçar-se, alimentar-se i consumir recursos es coneix com a petjada de carboni personal. Per a evitar un augment de temperatura global superior als 2 °C, The Nature Conservancy, una ONG mediambiental, calcula que hauríem de reduir-la a la meitat abans de 2050.
Existeixen nombroses eines per a calcular la petjada de carboni personal. En concret, la calculadora de l’ONU té en compte aspectes com les característiques de la nostra llar, el consum d’energia, el tipus de transport que utilitzem diàriament, la quantitat de vols que realitzem, els nostres hàbits alimentaris i quant reciclem.
Algunes mesures per a reduir la nostra petjada de carboni personal són apostar per un consum responsable, moure’s de forma més sostenible, moderar la despesa energètica i rebaixar la quantitat de residus que generem.
El pes de les empreses
Bastant superior a la petjada de carboni personal és la que deixen les empreses en processos com la fabricació o el transport de mercaderies. És el que es coneix com a petjada de carboni corporativa. D’aquí la importància d’incidir en aquest apartat per a reduir l’escalfament global.
Les companyies poden reduir el seu impacte mediambiental millorant la seva eficiència energètica o incrementant el percentatge d’energia renovable que consumeixen. També poden recórrer a eines de compensació, com la inversió en projectes mediambientals, el pagament d’impostos verds o la compra de drets d’emissió de CO₂.
Una tendència a l’alça
Milers d’empreses ja publiquen la seva petjada de carboni, però no totes la calculen igual. La major part de les grans multinacionals obvien les emissions indirectes, aquelles que formen part de la seva cadena de valor, però que no depenen directament d’elles.
Un exemple paradigmàtic és el d’Amazon. La pressió d’activistes i inversors va portar a aquest gegant del comerç en línia a fer pública la seva petjada de carboni per primera vegada l’any passat. No obstant això, s’acaba de conèixer que en el seu informe només comptabilitzava una petita part de les emissions generades amb les seves vendes.
A diferència d’altres comerços, Amazon només comptabilitzava l’impacte mediambiental total dels productes propis, que suposen únicament l’1% de les seves vendes. La companyia no assumeix les emissions generades per l’ús d’un producte d’una altra marca una vegada que els seus repartidors el lliuren al client.
Un incentiu per a la sostenibilitat
El gran impacte de l’activitat empresarial en el medi ambient ha fet que cada vegada més veus reclamin l’obligatorietat per a les companyies de publicar la seva petjada de carboni als informes anuals.
Tant és així que la Securities and Exchange Commission, el regulador borsari dels Estats Units, acaba de proposar que les empreses cotitzades en aquest país hagin de revelar les seves emissions de gasos d’efecte d’hivernacle. I, molt important també, que ho facin seguint uns mateixos criteris.
Segons molts experts, obligar les empreses a publicar la seva petjada de carboni pot contribuir decisivament a escurçar el camí cap a una economia lliure d’emissions contaminants. Cada cop més inversors valoren les qüestions mediambientals en les seves decisions d’inversió.
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Los agricultores europeos están en pie de guerra. El aumento de costes, la supresión de subsidios, las nuevas medidas medioambientales y los recortes para financiar la guerra en Ucrania, estrangulan a un sector esencial para la soberanía alimentaria del continente que se ha convertido en la cabeza de turco de los eurócratas.
Después de ver las imágenes de media Alemania bloqueada por la avalancha de tractores dirigiéndose hacia la puerta de Brandeburgo, alguien podría pensar que quien siembra vientos, recoge tempestades. Y es que la clase política europea hace tiempo que fomenta la discordia contra el sector agrario y solo era una cuestión de tiempo que un día u otro pagara las consecuencias.
Estas protestas son las últimas de una serie de manifestaciones de agricultores que se han producido en todo Europa. Anteriormente, se han podido ver manifestaciones similares en los Países Bajos, Bélgica, Francia, España y otros estados europeos, donde los agricultores también han salido a la calle para expresar su malestar por los efectos de las reformas medioambientales previstas y los elevados costes de producción.
El casus belli de la revuelta agraria alemana
Aunque es tentador agrupar todas las manifestaciones bajo un denominador común, estas se han desencadenado principalmente por situaciones nacionales específicas. El sector agrario alemán se opone a los recortes propuestos en las subvenciones a los combustibles utilizados en la agricultura. Una política de austeridad que el Gobierno alemán argumenta que se hizo necesaria después de que un veredicto del Tribunal Constitucional prohibiera a la coalición de gobierno el traspaso de 60.000 millones de euros de crédito para paliar los efectos de la pandemia en la lucha contra el cambio climático.
Con los recortes se querían eliminar las ventajas fiscales existentes para el diésel y la exención del impuesto de circulación para los vehículos agrícolas y forestales. Esto habría permitido en el Gobierno federal registrar casi 1.000 millones de euros en ingresos adicionales a restar del montante oficial que tiene que ahorrar durante el ejercicio del 2024 -pendiente todavía de aprobación parlamentaria- de unos 17.000 millones de euros sobre un presupuesto de 450.000 millones.
Esto pasa en el contexto de la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia. Un conflicto bélico instigado y perpetuado por los Estados Unidos y sus estados clientelares en Europa, que ha sido devastador para la economía y el sector industrial alemán. Aun así, Berlín se ha comprometido aportar más de 17.100 millones de euros en ayuda militar a Ucrania desde el 24 de enero de 2022, la misma cantidad que tendría que ahorrar con recortes durante el 2024.
Pero está claro, estos miles de millones de euros en «ayuda» militar se reciclan hacia la industria armamentística alemana que, como la de los Estados Unidos, está haciendo el agosto con esta guerra, cortesía de los contribuyentes y campesinos que sufren los recortes porque no hay dinero y de los ucranianos que sirven de carne de cañón de los intereses corporativos que hay detrás de estos conflictos. Como no se cansa de repetir el presidente Biden para evitar que se cierre el grifo, el dinero que se destina a “Ucrania” es una buena inversión.
Objetivos climáticos vs. soberanía alimentaria
A pesar de que se han perdido más de 5 millones de explotaciones agrarias desde el 2005, un descenso del 37%, Europa es en general autosuficiente en la mayoría de alimentos. No obstante, las ayudas a los agricultores que proporciona la Política Agrícola Común son esenciales al asegurar la continuidad de granjas y cultivos en la UE. Especialmente, desde el incremento de costes causado por la crisis sanitaria, el embudo logístico y la guerra en Ucrania.
Los eurócratas de Bruselas ven con nerviosismo la revuelta agraria en el continente. La Unión Europea se ha fijado el objetivo global de conseguir emisiones cero en 2050 y a sus funcionarios les preocupa el retroceso que esta avalancha de protestas puede provocar en los ambiciosos objetivos climáticos plasmados por la Comisión Europea.
Según Greenpeace, el sistema actual, que empuja a los agricultores a gestionar grandes explotaciones intensivamente industrializadas, está roto y protestar para que las cosas sigan igual no servirá de nada. En cualquier caso, la situación de abandono político en que se encuentra el mundo rural es claramente insostenible y la transición hacia un modelo más sostenible tiene que garantizar mucho más que la mera supervivencia del sector.
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