¿Cuál es el principal activo financiero del mundo?

Encontrar un lugar donde vivir ha dejado de ser una necesidad básica para convertirse en una competición global. Ya no se trata solo de pagar un techo, sino de entrar —o quedar excluido— de un mercado dominado por grandes capitales. En España, muchas familias destinan más del 40% de sus ingresos al alquiler, mientras que en Cataluña la pobreza crece a pesar de la expansión económica. Y el precio de la vivienda no se detiene. La pregunta es clara: ¿cómo ha ocurrido que un derecho esencial se haya convertido en el principal activo financiero del mundo… y quién está pagando el precio?

 

Durante décadas, la vivienda fue un pilar de seguridad vital. Un espacio para vivir, formar una familia y construir estabilidad. Pero este paradigma se rompió a finales del siglo XX, cuando la financiarización de la economía transformó el ladrillo en un vehículo de inversión dentro del sistema global. Igual que acciones o bonos, pero con una diferencia determinante: es limitado e imprescindible. Esta doble naturaleza lo convierte en un activo extraordinariamente atractivo.

En un contexto de tipos de interés bajos y exceso de liquidez, los grandes capitales identificaron rápidamente esta oportunidad. Invertir en vivienda ofrecía rentabilidad, seguridad y una demanda garantizada. El resultado ha sido una competencia desigual, donde los ciudadanos han dejado de competir entre ellos para pasar a hacerlo contra fondos globales con capacidad casi ilimitada. Así, el mercado inmobiliario ha dejado de responder a necesidades sociales para obedecer lógicas puramente financieras.

Este proceso no es accidental. Responde a un modelo económico que convierte los activos reales en instrumentos de extracción de renta. Ya no es necesario controlar territorios: basta con controlar los activos clave. Y entre todos ellos, la vivienda destaca por encima del resto. Porque no es solo una inversión. Es una necesidad vital. Y es precisamente ahí donde reside su fuerza… y su peligro.

 

Salarios que no siguen el ritmo

Los salarios no están siguiendo el ritmo del coste de la vivienda, y aquí reside el núcleo del problema. Según el Área Metropolitana de Barcelona, se necesitan más de 1.300 euros mensuales para vivir dignamente, una cifra a la que muchos trabajadores no llegan. Mientras tanto, la vivienda puede absorber hasta el 34% del gasto familiar, o hasta el 45% si se suman los suministros.

Este desajuste está consolidando una nueva realidad: la de los trabajadores pobres, personas con empleo que no pueden garantizar una vida digna. Trabajar ya no garantiza vivir. Y este es el verdadero cambio de paradigma.

En paralelo, la inflación ha acelerado este desequilibrio de forma silenciosa pero contundente. La liquidez inyectada por los bancos centrales no se distribuye de manera uniforme, sino que se canaliza hacia los activos: bolsa, materias primas… y vivienda. Esto genera una inflación de activos que dispara los precios sin que los salarios se ajusten al mismo ritmo, erosionando el poder adquisitivo de la mayoría.

Además, esta inflación tiene un efecto fiscal perverso. El aumento de precios eleva impuestos como el IVA y puede empujar a los trabajadores a tramos superiores de IRPF sin una mejora real de sus ingresos. El resultado es claro: cada vez se paga más, pero se vive peor. Una dinámica que evidencia la fractura entre la economía real y la financiera.

 

Cuando el mercado deja de servir a la sociedad

El problema de la vivienda no es solo social, es estructural. El modelo económico actual opera como un sistema extractivo que concentra riqueza a través de activos clave, y la vivienda es su mejor ejemplo. Genera ingresos recurrentes, se revaloriza con el tiempo y es indispensable para vivir. Esta combinación la convierte en una herramienta perfecta para extraer renta de la población.

No es un error del sistema. Es el sistema funcionando tal como está diseñado, porque este mecanismo se ve reforzado por dinámicas de capitalismo clientelar, donde las relaciones entre poder político y económico pueden favorecer a los grandes tenedores. Así, el mercado deja de responder a una lógica de oferta y demanda para operar según intereses concentrados. El resultado es un sistema que perpetúa desigualdades y limita el acceso a un derecho fundamental.

Cataluña ejemplifica esta contradicción con claridad. La economía crece, el turismo marca récords y la inversión aumenta, pero la pobreza también lo hace. Crece la economía, pero no el bienestar. Y esto no es una contradicción: es una consecuencia. La vivienda es su reflejo más evidente: mientras los precios suben, cada vez más personas quedan excluidas o acceden en condiciones precarias.

 

Vivir en un activo

El cambio de paradigma es radical. Antes vivíamos en viviendas; hoy vivimos dentro de activos financieros. Esto implica que el alquiler ya no paga solo un servicio, sino que alimenta una rentabilidad, a menudo global y desvinculada del territorio. Aquí emerge la gran paradoja: cuanto más sube el valor de la vivienda, más se debilita la capacidad económica de la sociedad que vive en ella.

Ante este escenario, el debate público a menudo se queda en la superficie. Se habla de regulación de precios, ayudas o vivienda social, pero rara vez se aborda la raíz del problema. Y es que la cuestión no es solo social, sino sistémica: un modelo económico que convierte necesidades básicas en instrumentos de rentabilidad y pone el beneficio por delante del bienestar colectivo. Sin entender esto, cualquier respuesta será incompleta.

Lo que estamos viviendo es una transferencia de riqueza silenciosa pero constante. De las rentas del trabajo hacia los propietarios de activos. De la clase media hacia los grandes capitales. La vivienda se ha convertido en el principal canal de este proceso, redefiniendo de facto el contrato social sobre el que se había construido la estabilidad de las sociedades modernas.

Entender este cambio es el primer paso para recuperar el control. Solo con educación financiera podemos identificar los mecanismos que nos afectan y tomar decisiones con criterio. Porque cuando la vivienda se convierte en activo, el derecho a vivir se convierte en privilegio.

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Se estancan las negociaciones entre el Ministerio de Trabajo, los sindicatos y la patronal, sobre la implementación de la reducción de la jornada laboral semanal a 37,5 horas. Su potencial impacto en los diversos sectores económicos perpetúa un tira y afloja infructuoso entre estos tres actores.

 

La propuesta del Gobierno, con el visto bueno de los sindicatos, tiene como objetivo reducir el límite legal de la jornada laboral de 40 a 37,5 horas semanales en dos fases: a 38,5 horas en lo que queda de 2024 y a 37,5 horas semanales máximas de jornada laboral a lo largo de 2025. Esta reducción de jornada laboral no tendría que comportar una disminución salarial.

Si finalmente se implementa la propuesta sobre la nueva jornada laboral, afectará, en teoría, alrededor del 70% de la población activa del Estado español que trabaja por cuenta ajena, equivaliendo en unos 16,1 millones de trabajadores, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondientes al primer trimestre de 2024.

A la práctica, pero, aunque el límite legal actual es de 40 horas, la jornada laboral efectiva media en España ya es de 37,7 horas para trabajos a tiempo completo. Por lo tanto, según la Encuesta de Población Activa (EPA), esta medida afectaría unos 8 millones de trabajadores que actualmente trabajan más de 37,5 horas semanales.

 

Tiene el apoyo generalizado de la población

Según las encuestas, el 80% de la población activa en España está a favor que se reduzca la jornada laboral si no supone una reducción de salario. Mientras que un 70% seguiría estando a favor, aunque supusiera una reducción salarial.

Por otro lado, casi dos de cada tres pymes y autónomos, un 58,8%, cree que no será beneficiosa. Entre las razones que articulan para defender esta posición, un 40% afirma que no se ajusta al perfil de la empresa, un 17,1% cree que la productividad bajará y un 10,1% cree que provocará problemas económicos.

 

Se repite un conocido patrón de negociaciones

Tal como pasó cuando entró en vigor la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales el 1983, la nueva propuesta se ha topado con la negativa de la patronal. Representada por la CEOE y la Cepyme, viene a repetir, a pesar de que en términos más políticamente correctos, lo que ya dijo hace más de 40 años: si la gente quiere trabajar menos, tendrá que cobrar menos. Argumentando que la reducción de horas laborales aumentaría los costes de personal y afectaría la competitividad de las empresas.

Por su parte, los sindicatos CCOO y UGT muestran su apoyo a la medida, aun así, ante la frustración por la falta de resultados en los avances hacia un acuerdo satisfactorio, la secretaria de Acción Sindical de CCOO, Mª Cruz Vicente ha avisado que “Si la negociación no avanza, convocaremos movilizaciones”.

En este contexto, el Ministerio de Trabajo se muestra dispuesto a facilitar una implementación gradual y adaptada a las necesidades de diferentes sectores económicos, mientras el Gobierno insiste que la reducción de la jornada laboral se implementará, aunque está dispuesto a negociar los detalles y plazos.

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¿Cómo podemos reducir la cantidad de plástico que cada año acaba en nuestros océanos? Hay medidas que dependen de los Gobiernos, pero también hay acciones cotidianas que pueden reducir nuestro impacto en el entorno.

 

Como advierte la agente de 11Onze Mònica Cornudella, muchos peces mueren ahogados cada año porque confunden una bolsa de plástico con una medusa e intentan comérsela, o porque quedan atrapados a las anillas de plástico de los packs de latas de refrescos.

El vertido de plásticos a mares y océanos es un problema que perdurará porque son productos que tardan mucho tiempo en degradarse. Por ejemplo, una bolsa de plástico tarda entre 20 y 50 años, pero, como indica Cornudella, las temidas botellas de plástico “necesitan cerca de 500 años” y un neumático que haya ido a parar al mar puede tardar “hasta 1.000 años”.

Se calcula que en 2050 “habrá más plásticos que peces en nuestros mares y océanos” porque cada año se vierten al mar “entre 8 y 15 millones de toneladas de residuos plásticos”, como explica la agente de 11Onze. En términos económicos, el vertido de los plásticos al mar genera daños a los ecosistemas marinos por valor de 11.800 millones de euros, según el programa medioambiental de las Naciones Unidas.

Medidas para frenar el desastre ecológico

Ante esta situación, Mònica Cornudella plantea la acción institucional en tres grandes ámbitos para parar, o al menos reducir, la magnitud del problema.

Una primera medida sería impulsar “la educación ambiental” para formar a los niños en el compromiso con el entorno, puesto que “los hábitos adquiridos desde pequeños perduran siempre en la vida adulta”. Y en este sentido, Cornudella propone “incrementar la sostenibilidad de los centros escolares”.

Otro ámbito es el fomento del “voluntariado” para colaborar con iniciativas que se llevan a cabo en múltiples lugares para proteger el entorno. Como ejemplos, Cornudella cita la limpieza de playas, bosques y lugares públicos, que en algunas ocasiones están muy degradados.

La tercera cuestión que plantea la agente de 11Onze es el marco legal. “Hay que dar un paso atrás y volver a utilizar las botellas de vidrio, las cajas de cartón y la madera”. Frente a un lobby de fabricantes de envases y plásticos muy poderoso, “se necesitaría contar con unas leyes que prohibieran y regularan el uso excesivo y sin medida del plástico”.

 

La importancia de las acciones cotidianas

Más allá de estas cuestiones genéricas, también las “pequeñas acciones diarias” pueden ayudar a proteger la salud de nuestros océanos. En esta línea, Cornudella recomienda “practicar las tres erres, sobre las que se basa la economía circular: reducir, reutilizar y reciclar”. Además de reducir los plásticos que generamos, esto nos permitirá “reducir la huella de carbono y a la vez combatir el cambio climático”. Y, en la era del ciberactivismo, Mònica Cornudella insiste en “compartir iniciativas en las redes sociales”.

“Implantar la economía circular y proteger la flora y fauna marinas ante el cambio climático” tendrían que ser, según la agente de 11Onze, un objetivo común para la humanidad. “Cada acción, por pequeña que sea, nos ayuda a conseguir un planeta más sano y a proteger los mares y océanos”, concluye Cornudella.

 

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Pagos instantáneos, apps bancarias, dinero digital. Todo parece cómodo. Pero detrás de la tecnología financiera hay decisiones políticas y de poder.

 

La tecnología financiera se ha integrado en la vida cotidiana con una rapidez sorprendente. Pagamos con el móvil, enviamos dinero en segundos, contratamos servicios financieros con dos clics. Todo es más ágil, más eficiente, más “user-friendly”. Pero esta comodidad tiene un reverso que a menudo pasa desapercibido: la tecnología financiera no es neutral. Nunca lo ha sido.

Cada infraestructura digital incorpora una visión del mundo. Y, en el caso del dinero, esta visión tiene consecuencias profundas sobre la libertad económica, la privacidad y el poder de decisión de los ciudadanos.

 

El fin del dinero anónimo

Durante siglos, el dinero en efectivo ha permitido algo fundamental: anonimato. Comprar, vender o ahorrar sin dejar rastro. No como un privilegio criminal, sino como una expresión básica de libertad individual.

La digitalización total del sistema financiero cambia radicalmente este paradigma. Pagos electrónicos, tarjetas, apps bancarias y proyectos de moneda digital implican trazabilidad absoluta. Cada transacción queda registrada. Quién paga, cuánto, dónde y cuándo.

Lo que a menudo se presenta como eficiencia y lucha contra el fraude también abre la puerta a un nivel de control inédito. No solo por parte de las entidades financieras, sino también de los estados. En este contexto, iniciativas como las monedas digitales de banco central —impulsadas, entre otros, por el Banco Central Europeo— generan un debate legítimo: ¿hasta dónde llega la comodidad y dónde empieza la vigilancia?

Eliminar el efectivo no es solo un cambio tecnológico. Es un cambio de contrato social.

 

Cuando cada gesto deja huella

En un sistema completamente digitalizado, el dinero deja de ser solo un medio de intercambio para convertirse en datos… y los datos tienen valor.

Hábitos de consumo, frecuencia de pagos, tipos de comercios, localización geográfica. Todo puede ser analizado, cruzado y explotado. No necesariamente con malas intenciones, pero sí con incentivos claros: control de riesgo, segmentación de clientes, optimización de beneficios.

El problema no es solamente quién recoge estos datos, sino quién decide cómo se utilizan. Y aquí el ciudadano a menudo queda en una posición pasiva, con poco margen de maniobra y escasa capacidad de supervisión.

 

Algoritmos que deciden por ti

Crédito concedido o denegado. Límites de gasto. Primas de seguro. Condiciones de financiación. Cada vez más decisiones financieras pasan por sistemas automatizados.

Estos algoritmos no son objetivos por definición. Son modelos diseñados por humanos, entrenados con datos históricos y orientados a maximizar determinados resultados. A menudo, la eficiencia y la reducción del riesgo para la entidad, no necesariamente el bienestar del cliente.

El problema es la opacidad. Cuando una decisión la toma una persona, se puede preguntar, negociar o recurrir. Cuando la toma un algoritmo, la respuesta suele ser un “no cumple los criterios”. Sin explicaciones claras. Sin contexto. Sin derecho real a réplica.

Esto genera una nueva asimetría de poder: sistemas que deciden sobre la vida económica de las personas sin que estas entiendan cómo ni por qué.

 

Automatización y dependencia

La tecnología financiera promete autonomía, pero puede generar dependencia. Dependencia de plataformas, de infraestructuras privadas y de criterios que no controlamos.

Cuando todo pasa por apps y sistemas digitales, quedar excluido —por edad, conocimiento, recursos o decisión personal— implica una marginación real. El acceso al dinero deja de ser universal para convertirse en condicional.

Además, la concentración tecnológica en pocas manos refuerza dinámicas de poder difíciles de revertir. El sistema se vuelve eficiente, sí. Pero también más frágil y menos plural.

 

Tecnología sí, pero con espíritu crítico

La tecnología no es buena ni mala por sí misma. Depende de quién la diseñe, con qué incentivos y bajo qué reglas. Aceptarla acríticamente es tan ingenuo como rechazarla en bloque.

El reto no es frenar la innovación, sino gobernarla. Garantizar que la digitalización financiera respete derechos fundamentales como la privacidad, la libertad de decisión y el acceso universal. Hay que asegurar que la tecnología esté al servicio de la ciudadanía, y no solo del sistema financiero o del control institucional.

Esto exige regulación, transparencia y, sobre todo, ciudadanos informados. Sin conocimiento, no hay capacidad de elegir. Y sin capacidad de elegir, la libertad se diluye.

 

El conocimiento como defensa

Entender cómo funcionan los sistemas financieros digitales no es una cuestión técnica reservada a expertos. Es una herramienta de soberanía personal.

Saber qué implica pagar sin efectivo. Comprender cómo se toman las decisiones automatizadas. Cuestionar qué datos cedemos y a cambio de qué. Todo ello forma parte de una nueva alfabetización imprescindible.

En un mundo donde el dinero es cada vez más digital, la ignorancia ya no es neutral. Juega en contra. Entender la tecnología financiera es esencial para preservar la libertad económica.

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El embate de sanciones económicas contra Rusia por parte de los Estados Unidos y la Unión Europea pretendía desestabilizar el gobierno y hundir la economía rusa. Sin embargo, las reservas de oro rusas han jugado un papel clave al hacer fracasar el intento de socavar la estabilidad financiera del país.

 

Las sanciones económicas sin precedentes impuestas por el bloque occidental a Rusia están pensadas para atacar la economía rusa en todos los frentes. Por un lado, castrar su capacidad de financiación, requisando la mitad de las reservas de divisas y de oro del país, cerca de 400.000 millones de euros, que se encuentran mayoritariamente en manos del banco estadounidense J.P. Morgan. Así como imposibilitar que Rusia pague su deuda exterior en dólares, todo y su voluntad y capacidad de hacerlo, para forzar una suspensión de pagos.

Por la otra, limitar sus exportaciones y capacidad de ingresar capital, a través de sanciones, excluyendo al país del comercio internacional con la expulsión de algunos de sus principales bancos del sistema SWIFT. Así mismo, la prohibición de la compra de carbón ruso, las restricciones en las importaciones de gas y el embargo parcial de sus exportaciones petróleo, buscan eliminar las principales fuentes de ingresos de la economía del país.

La última lista de medidas económicas contra Rusia aprobadas por la Unión Europea y su socio americano el pasado mes de junio prohibían la compra de oro ruso. Hay que tener en cuenta que Rusia es el segundo país productor de oro del mundo, después de China. Solo al mercado londinense, exportó oro por un valor de 15.500 millones de euros en 2021 y es el país con la quinta mayor reserva mundial de oro.

 

Un antídoto contra las sanciones económicas

A pesar de que países no-alineados a los intereses geopolíticos de los Estados Unidos hace una década que compran oro de forma masiva, la oleada de compra de oro por parte de Rusia se disparó en respuesta a las sanciones occidentales que siguieron a la anexión de Crimea el 2014. En menos de un año, las reservas de oro rusas pasaron del 8,4% al 10,6%, y el 2021 la cifra se situaba en torno al 20%.

El uso de sanciones económicas por parte de los Estados Unidos y de sus estados clientelares como instrumento de coacción no es nuevo. Países como China, Cuba, Venezuela, Irán, Rusia e incluso el bloque de la Unión Europea, hace años que sufren, en mayor o menor medida, las consecuencias de esta doctrina geopolítica ligada a una guerra comercial incesante.

Es por eso que muchos países se han visto forzados a implementar medidas contra las sanciones y a buscar alternativas a la interdependencia financiera occidental, para garantizar su soberanía y blindar sus economías. Los acontecimientos de los últimos años no han hecho más que afianzar la necesidad de estas medidas y confirmar la calidad del oro como valor refugio y antídoto contra las sanciones económicas.

La convertibilidad, temporal, del rublo al oro a un precio fijo no significó una vuelta al “patrón oro”, pero aconteció una herramienta clave para recuperar y estabilizar el valor del rublo después de la caída experimentada por las sanciones. Una revalorización del rublo en relación con el dólar que incluso ha permitido al Banco Central de Rusia bajar los tipos de interés, para evitar una excesiva apreciación de la moneda estatal.

 

China aumenta exponencialmente la compra de oro ruso

Después de que una gran parte de los gobiernos occidentales prohibieran las importaciones de oro ruso, China ha estado comprando este metal precioso ruso en cifras récord. Solo en julio importó por un valor de 109 millones de euros, un aumento del 750% respecto al mes anterior y de un 4.800% respecto al mismo mes del año pasado.

Los países del G7,Alemania, Canadá, los Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, el Reino Unido y la Unión Europea, compraban un 90% del oro proveniente de Rusia, lo cual equivalía a unos 19.000 millones de euros anuales. China y otros países no-alineados están más que dispuestos a rellenar el vacío dejado por Occidente.

Otra consecuencia de las sanciones ha sido el anuncio por parte del gobierno ruso de la creación de su propia bolsa de metales preciosos, denominada provisionalmente Moscow World Standard (MWS), para competir con la London Bullion Market Association (LBMA), a menudo acusada de manipular el precio del oro. Un escenario que podría suponer un cambio de paradigma si otros grandes productores y compradores de oro como China, Venezuela, India o Perú le dan apoyo, controlando el 62% del mercado de oro mundial.

 

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Durant molt de temps el sud-est asiàtic ha observat de reüll l’expansió dels BRICS, però en els últims mesos cada vegada més països de l’ASEAN estan considerant la possibilitat d’unir-se al grup a la recerca de noves oportunitats comercials i com a cobertura enfront dels riscos geopolítics.

 

L’acrònim anglès BRICS, de Brasil, Rússia, Índia, Xina i Sud-àfrica, va ser suposadament encunyat per un economista de Goldman Sachs per referir-se a les economies emergents. Inicialment com a BRIC, amb la “S” afegida més tard quan Sud-àfrica es va unir formalment al grup el 2010. 

D’aquests cinc membres originals, l’organització intergovernamental s’ha anat ampliant fins a conformar deu membres, afegint Egipte, Etiòpia, l’Iran, l’Aràbia Saudita i els Emirats Àrabs al grup que ara es coneix com a BRICS+. Els diferents països membres exerceixen la presidència de manera rotativa durant un any, sent també el país que presideix l’encarregat de dirigir el cim anual.

La popularitat d’aquesta força multipolar que pretén redefinir l’ordre polític i econòmic internacional, fins ara dominat per les organitzacions creades per les potències occidentals que sovint han vetllat pels seus propis interessos i han descuidat les necessitats de les economies en vies de desenvolupament, s’ha vist reflectida en els més de 40 països que han manifestat el seu interès per unir-se a l’agrupació.

Durant molts anys, els països del Sud-est Asiàtic, una regió vital del Sud Global, han estat els grans absents dels BRICS. Una conjuntura que està a punt de canviar després d’observar d’aprop com l’associació s’ha convertit en el bloc de producte interior brut (PIB) més gran del món, contribuint amb un 31.5% al ​​PIB mundial. 

 

Diversificació i noves oportunitats de comerç

Més enllà del PIB, els BRICS+ representen el 45% de la població mundial, el 25% del comerç mundial i una gran oportunitat per a les economies en vies de desenvolupament que volen diversificar les seves aliances econòmiques i polítiques en un món cada cop més multipolar.

Malàisia i Tailàndia són les últimes nacions del sud-est asiàtic que han presentat una sol·licitud d’adhesió al grup ampliat dels BRICS, mentre altres nacions com Myanmar, Laos, Cambodja, Vietnam i Indonèsia també han manifestat el seu interès per unir-se a aquesta associació d’economies emergents.

La Xina és el major soci comercial de Malàisia i Tailàndia des de fa més d’una dècada, per tant, que aquestes nacions formin part dels BRICS és una progressió natural de les seves bones relacions amb el gegant asiàtic. Segons James Chin, professor d’Estudis Asiàtics de la Universitat de Tasmània, “tant Tailàndia com Malàisia són vistes com a potències mitjanes. És millor que s’uneixin a grups com el dels BRICS per a tenir més veu en l’escena internacional. Però el benefici més gran serà el comerç.”

Per altra banda, el creixent antagonisme de Washington amb l’ús de sancions econòmiques contra la Xina, Rússia o qualsevol altre país que desafiï la seva hegemonia econòmica i geopolítica, està provocant que l’opinió pública es giri en contra dels Estats Units. Segons l’última enquesta sobre l’Estat del Sud-est Asiàtic 2024 de l’Institut Yusof Ishak (SSEA), la majoria dels enquestats conclou que, si es veiessin obligats a triar, preferirien que l’ASEAN s’alineés amb la Xina abans que amb els Estats Units. 

Això suposa una inversió de les tendències d’anys anteriors, en els quals es va observar un major suport regional a l’alineació amb els Estats Units. Si més no, és un clar exemple que els BRICS no són només un grup purament econòmic, com afirmen algunes de les parts, sinó que s’han convertit en un actor important del joc d’escacs geopolític global, on la Xina i Rússia cada vegada hi tenen més influència en detriment dels poders establerts occidentals.

 

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La nueva guerra fría entre los Estados Unidos y Rusia se ha visto espoleada por el conflicto en Ucrania. Las sanciones económicas impuestas por el bloque occidental controlado por el gigante americano están castigando la economía rusa, pero también la de la Unión Europea. Rusia ha tomado medidas para contrarrestar la amenaza americana y el oro juega un papel clave que puede desencadenar un cambio de paradigma en el orden económico internacional.

 

El uso de sanciones económicas por parte de los Estados Unidos y de sus estados clientelistas como instrumento de coacción no es nuevo. En las últimas décadas ha acontecido una doctrina que se ha aplicado extensamente desde la administración americana. Tanto demócratas como republicanos las han utilizado contra cualquier país que se oponga a los intereses económicos o políticos norteamericanos.

A lo largo de la historia se ha demostrado que la aplicación de sanciones no es efectiva a la hora de forzar un cambio de comportamiento. Aun así, puede ser una herramienta útil cuando se quiere castigar económicamente a un país, especialmente a la clase trabajadora, o debilitar su capacidad defensiva en preparación para un golpe de estado o una intervención militar. Aun así, la aplicación de estas medidas de coerción económica también tiene una contrapartida.

Mientras que países con poca capacidad militar o influencia económica global no tienen más remedio que recurrir al mercado negro o a acuerdos comerciales con estados no aliados a Occidente a fin de eludir las sanciones económicas, grandes actores globales como China o Rusia están creando un sistema económico alternativo o multilateral para blindar sus economías, así como su capacidad tecnológica y militar.

 

Alternativas a la interdependencia occidental

Como en tantos conflictos internacionales, la retórica aplicada por los medios de información y políticos occidentales cuando repiten constantemente que la “comunidad internacional” han decidido según qué cosas o que condenan las acciones de según qué países, no podemos olvidar que esta supuesta “comunidad internacional” solo engloba a los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, la Unión Europea, y quizás Australia, Japón y alguna isla de la Micronesia, pero deja fuera de juego a gran parte de la comunidad internacional que o bien es contraria a esta retórica o prefiere mantenerse neutral.

Por lo tanto, tenemos que tener presente este mundo multilateral a la hora de entender que, si bien la mal llamada “comunidad internacional” incluye una parte muy significativa de los actores globales más influyentes, hay otros bloques económicos importantes como el asiático, encabezado por China, bastante relevantes y que están aumentando su influencia global año tras año.

Dicho esto, es cierto que el poder de influencia del que presume Occidente gracias a su dominio de las herramientas de interconexión del sistema financiero mundial va más allá de su miópica definición de comunidad internacional. La hegemonía del dólar como moneda de reserva mundial, el protocolo Swift de comunicaciones entre bancos, transacciones bancarias a través de Visa o Mastercard, junto con el control del Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial, otorgan a Occidente, especialmente a los Estados Unidos, una capacidad de persuasión sin parangón.

En este sentido, tanto Rusia como China ya han creado sistemas alternativos que han entrado en funcionamiento en los últimos años y que en mayor o menor medida están menguando los efectos negativos de las sanciones impuestas por parte de Occidente en las últimas décadas, y más recientemente debido al conflicto en Ucrania. El dinero digital nacional o sistemas de pagos entre comerciantes, como UnionPay y Mir, ven incrementada su popularidad más allá de las fronteras de estos dos países.

 

La nueva fiebre del oro nos acerca al patrón

No es ningún secreto que países fuera de la esfera occidental hace años que están comprando grandes cantidades de oro, pero quizás no es tan conocido que bancos centrales de otros estados están haciendo lo mismo. El valor refugio de este metal precioso en tiempo de crisis está más que establecido, pero el incremento del interés en la compra de oro transciende la preocupación por la burbuja de la deuda soberana de los estados o una inflación desbocada.

Cómo se vio el mes pasado desde Rusia, también puede servir para estabilizar un sistema monetario según el cual el valor de las divisas esté sostenido por su convertibilidad al oro. Lo que se conoce como el “patrón oro”. Así, pues, el Gobierno ruso anunció la convertibilidad, temporal, del rublo al oro a un precio fijo, lo cual estabilizó el valor del rublo, recuperándose de la caída ante el dólar.

Aun así, queda por ver qué estrategia final se quiere seguir y las consecuencias para el sistema monetario internacional. El anuncio por parte del Gobierno ruso que países que aplicaran las sanciones impuestas por los Estados Unidos tendrían que comprar petróleo y gas natural pagando en rublos o en oro podría provocar que gran parte del comercio mundial de energía se aleje del dólar, rompiendo el statu quo establecido.

Aunque, como informó el ministro de Finanzas ruso, Antón Siluanov, las sanciones occidentales han congelado la mitad de las reservas de divisas y de oro del país, cerca de 300.000 millones de dólares, Rusia sigue siendo el segundo productor de oro mundial, después de China, y tiene reservas por un valor de 140.000 millones de dólares. La dificultad intrínseca de hacer un seguimiento de las compras o ventas hechas con metales preciosos pone en entredicho la efectividad de las sanciones.

La viabilidad de que Rusia mantenga el rublo ligado al oro está estrechamente relacionada con la demanda de energía rusa. La interdependencia con países de la Unión Europea menguará, a pesar de que países como Hungría y Alemania ya han anunciado que seguirán comprando gas a Rusia pagando en rublos, o euros convertidos a rublos, a través de la cuenta bancaria de Gazprom.

Aun así, teniendo en cuenta la multi-polaridad del poder global y la respuesta de la comunidad internacional (real), no se puede subestimar la habilidad de Moscú para dar un movimiento ganador en esta partida de juego de ajedrez geopolítico internacional.

 

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El mundo evoluciona constantemente, pero la información no siempre se mueve al mismo ritmo. Wikipedia recoge esta necesidad y la hace su fortaleza: todo lo que necesitas saber, lo tienes a un clic. Hablamos con Pau Colominas, wikipedista y uno de los responsables de redes sociales de la versión en lengua catalana de esta enciclopedia.

 

En un mundo donde todo avanza a un ritmo acelerado, mantener la información actualizada al momento es prácticamente un lujo exclusivo de las redes sociales. Con un filtro de objetividad (en más o menos medida) y bajo códigos deontológicos, se suman los medios de comunicación para explicar los acontecimientos diarios que suceden por todas partes. Pero, ¿dónde queda recogida toda esta información? Sean hechos, personas, conceptos o fechas, el alcance de información desde internet es tan compleja que llega a ser difusa y, incluso, poco fiable.

En un nuevo episodio de Personas, hablamos con Pau Colominas sobre la Wikipedia, una enciclopedia libre donde un gran número de voluntarios recogen y difunden todo tipo de contenidos en nuestra lengua. Todo lo que encontraríamos en una enciclopedia impresa, está. Con un matiz importante: la información se puede actualizar al momento. Un hito que solo se puede conseguir gracias a la digitalización y al esfuerzo de centenares de wikipedistas que dedican tiempo a difundir conocimiento en catalán para la comunidad catalana e internacional.

 

Búsquedas en catalán y de calidad

Pau Colominas pone sobre la mesa un dato crucial: “el catalán fue la segunda lengua en colgar contenidos a la plataforma, por detrás del inglés”. Desde entonces, la creación de contenidos en nuestra lengua ha ido en aumento, hasta llegar a los 700.000 artículos que encontramos actualmente. El impacto de nuestra lengua en la plataforma es relevante, y Colominas destaca especialmente la calidad de este contenido, que, a menudo, comenta, “es hasta superior al de otras lenguas”.

El foco del problema, pero, se mantiene a la hora de hacer las búsquedas, y nos remarca que “incluso los catalanes nativos suelen hacer búsquedas a internet en lengua castellana”. Entre los motivos, Colominas identifica la configuración de los ordenadores y buscadores, y el imaginario de tiempos pasados en que la presencia del catalán en internet era baja y con contenidos de menor calidad.

La implicación de toda una comunidad para difundir conocimiento

Un gran equipo de voluntarios hace posible que la misión de la Wikipedia llegue a buen puerto. Nos explica Colominas que no hace falta ser un erudito en ninguno de las materias, sino tener la voluntad de dedicar tiempo. Remarca que la difusión de conocimiento no parte del contenido , sino de las fuentes: “la garantía de la Wikipedia es la garantía de las fuentes que usas”.

Toda la información que recoge la Wikipedia se caracteriza porque ha sido publicada con anterioridad, y esto por sí solo ya reduce el margen para la inventiva. Además, un equipo de wikipedistas como el Pau filtran e identifican cualquier contenido que pueda atentar contra personas o colectivos o bien que pueda suponer un conflicto de intereses.

 

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La mayoría de las veces aprendemos sobre economía de forma autodidacta. En la escuela no se enseñan suficientes conceptos financieros. Por eso, si quieres que tu hijo o hija tenga conocimientos en este campo, te recomendamos cinco libros para entender el valor del dinero y del ahorro.

‘Mi primer libro de economía: ahorro e inversión’, María Jesús Soto (2012)

Nico, Carol y su perro Euro explican conceptos financieros de forma sencilla para que tus hijos puedan entender mejor cómo funciona la economía, desde el origen del dinero hasta qué significa la inflación.

Recomendado a partir de 4 años.

‘Mon y Nedita: mi primer libro de economía’, Montse Junyent Ferrer y Lucía Serrano (2017)

Trata sobre dos ratones que quieren hacer un regalo a su madre y comienzan una aventura para descubrir el valor del dinero. Ayuda a entender a los más pequeños que cada cosa tiene un precio y que para retirar dinero de un cajero automático antes se tiene que depositar en el banco.

Recomendado a partir de 4 años.

‘Finanzas para ardillas (Vol. 1): El Dinero’, Gabriela L. del Cid y Pablo A. Blázquez (2017)

A través de juegos y manualidades interactivas, los más pequeños de la casa aprenderán sobre economía con la ardilla Gardi, que explica qué es el dinero, sus funciones, su origen y su evolución a lo largo del tiempo.

Recomendado a partir de 5 años.

Serie ‘Simplemente dinero’, Steve Way y Mark Beech (2013)

Esta serie consta de seis libros y enseñará a tus hijos, a través de historias, ilustraciones, fotos y diagramas, cómo surgió el dinero, cómo ha evolucionado en los diferentes lugares del mundo y cómo lo utilizamos.

Serie recomendada a partir de 6 años.

‘¿Dónde crece el dinero?’, Laura Mascaró (2019)

A partir de diferentes curiosidades, este libro ilustrado enseña a los niños conceptos financieros básicos, como valor y precio.

Recomendado a partir de 9 años.

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La diada de Sant Jordi celebra libros y rosas. Cultura y emoción. Pero, ¿y si este año añadimos una tercera capa? Comprender cómo funciona el mundo que nos rodea. En un contexto de crisis permanente —inflación, incertidumbre geopolítica, presión fiscal—, leer ya no es solo un placer: es una herramienta de defensa. Y aquí es donde La Plaça de 11Onze cobra sentido.

 

Sant Jordi siempre ha sido una fiesta de cultura. Pero hoy, la cultura económica es más necesaria que nunca. No se trata solo de saber qué pasa, sino de entender por qué pasa. Vivimos en una realidad compleja, donde conceptos como inflación, tipos de interés o deuda pública condicionan nuestro día a día, pero siguen siendo grandes desconocidos para la mayoría.

Esto no es casual. Tal como muestra el artículo sobre educación financiera infantil, el sistema educativo dedica menos horas a estos contenidos que otros países, a pesar de tener jornadas escolares más largas. ¿El resultado? Adultos que toman decisiones económicas sin herramientas. Leer, por tanto, se convierte en una forma de autodefensa.

 

La Plaça: mucho más que contenido

La Plaça no es solo un espacio donde se publican artículos. Es un ecosistema de conocimiento pensado para empoderar a la comunidad. Aquí no encontrarás solo titulares. Encontrarás contexto. Cuando se habla del coste de la vida, no se queda en la superficie: se explica que el salario mínimo necesario para vivir dignamente en el área metropolitana de Barcelona supera ampliamente el SMI oficial. Esta diferencia no es una anécdota: es la clave para entender por qué cada vez es más difícil ahorrar.

Cuando se habla de impuestos, no se limita a decir que suben. Se analiza cómo la inflación actúa como un impuesto oculto que incrementa la presión fiscal sin necesidad de cambiar los tipos impositivos.

Y cuando se habla de dinero, se cuestiona el sistema. Los artículos sobre las CBDC ponen sobre la mesa un debate incómodo: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ceder control a cambio de comodidad? Este espacio no te dice qué pensar. Te da herramientas para que pienses.

Hay una idea que atraviesa muchos de los contenidos: el sistema económico actual no es neutral. La serie de artículos que analiza el sistema extractivo muestra cómo las grandes potencias han construido un modelo que concentra poder a través de la moneda, la tecnología y las finanzas. O el concepto de capitalismo clientelar, que evidencia cómo las relaciones entre política y grandes empresas pueden distorsionar el mercado y perjudicar a la mayoría. Esta mirada crítica es clave, porque entender el sistema no es solo una cuestión intelectual: es una cuestión de supervivencia financiera.

 

Decidir con criterio

Uno de los grandes retos actuales es saber dónde poner el dinero. En un mundo de incertidumbre constante, tomar decisiones financieras sin criterio puede salir muy caro. Es aquí donde este ecosistema marca la diferencia: no se limita a dar respuestas rápidas, sino que abre el abanico de opciones y te ayuda a entenderlas. El oro, por ejemplo, se presenta como un activo refugio con miles de años de historia, capaz de preservar valor en momentos de crisis e inestabilidad.

Al mismo tiempo, se analizan las criptomonedas como un fenómeno disruptivo que está transformando el sistema financiero, pero también se destaca su volatilidad y los riesgos asociados. Porque aquí no se trata de seguir modas ni de buscar fórmulas mágicas. Se trata de entender qué hay detrás de cada decisión. De entender las reglas del juego para dejar de jugar en desventaja. Eso es lo que ofrece La Plaça: criterio, contexto y herramientas para que dejes de reaccionar y empieces a decidir.

 

Sant Jordi: cultura que protege

Regalar un libro por Sant Jordi es regalar una historia. Pero también puede ser regalar conciencia. En un mundo donde los titulares simplifican y las redes aceleran, detenerse a leer es casi un acto revolucionario. Y si lo que lees, además, te ayuda a entender cómo funciona el dinero, el sistema y el poder, aún más. La Plaça convierte la lectura en una herramienta práctica: no solo informa, transforma.

Quizás la gran pregunta es esta: ¿de qué sirve ganar dinero si no entendemos el sistema en el que lo utilizamos? Sin educación financiera, cualquier crisis puede pillarnos desprevenidos. Con conocimiento, en cambio, podemos anticipar, proteger y decidir. Este Sant Jordi, entre rosas y libros, hay una oportunidad clara: empezar a mirar la economía con otros ojos.

Si quieres ir más allá de los titulares, si quieres entender qué pasa con tu dinero y formar parte de una comunidad que apuesta por el conocimiento y la transparencia, La Plaça es donde empieza este cambio de mirada. Adéntrate en La Plaça de 11Onze y empieza a leer el mundo con criterio.

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