Turismo sostenible

El turismo es una de las industrias que mueve más capital en todo el mundo. Según el informe de la Organización Mundial del Turismo (UNWTO), en el año 2019 se registraron 1.400 millones de turistas internacionales y se contabilizan entre 100 y 120 millones de puestos de trabajo vinculados.

 

Es un sector, por lo tanto, con un peso innegable en la economía mundial y, más particularmente, con una afectación directa a prácticamente todos los habitantes del planeta, ya sea de forma activa como viajeros o pasiva como locales.

 

El sector turístico pide regulación y responsabilidad

Dada su importancia, desde hace años son cada vez más los organismos, empresas y colectivos que piden un sistema de turismo sostenible que sea capaz de mantenerse en el tiempo y favorecer a la población. Todo apunta a que la industria seguirá creciendo en los próximos años y, si no cambia el modelo, aumentará al mismo ritmo el impacto negativo que genera. Actualmente todos estamos familiarizados con el concepto de sostenibilidad e incluso hemos adoptado ciertas conductas diarias que contribuyen a respetar el medio ambiente. Una actitud que cambia en mayor o menor medida cuando viajamos: dejar luces encendidas, reciclar, cuidar el espacio público, utilizar métodos de transporte más ecológicos, gastar el agua necesaria, utilizar menos plástico… Acciones que nos pueden pasar por alto cuando estamos de vacaciones y que, por sí solas, no generan impacto, pero que pueden suponer una gran problemática cuando las multiplicamos por 1.400 millones de personas.

En este contexto, y con la urgencia de cambiar el modelo turístico hacia una perspectiva más responsable, aparece el concepto de turismo sostenible, entendido como aquel que «satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades», como se describe en el informe Brundtland. Se tratará, pues, de minimizar el impacto negativo que genera el sector actualmente y maximizar los beneficios, principalmente desde tres grandes pilares: medioambiental, sociocultural y económico.

 

Reducir el impacto medioambiental para preservar el futuro

El turismo depende de la calidad del medio ambiente para sobrevivir y evolucionar, pero paradójicamente, es una de las principales actividades que lo perjudica. Construcción de infraestructuras como aeropuertos y carreteras, sistemas de transporte altamente contaminantes por tierra, mar y aire, creación de equipamientos y complejos turísticos como restaurantes, tiendas, campos de golf o zonas deportivas son ejemplo del impacto negativo que supone para cualquier región. Todo esto también pone en peligro la fauna y flora de la zona y en los últimos años ha agravado la situación de cientos de especies, especialmente marinas, que no han soportado los cambios que la contaminación humana ha provocado en su hábitat natural.

Paralelamente, ha sido gracias al turismo que algunas zonas naturales se han convertido en espacios protegidos o bien se tiene un cuidado especial orientado a la preservación del espacio para el futuro. Este es el impacto positivo por el que debe apostar el turismo sostenible, conseguir el mantenimiento y cuidado de los espacios, tanto naturales como urbanos, por parte de los organismos gobernantes y favorecer así tanto a los ciudadanos locales como a los futuros visitantes.

 

Controlar el impacto sociocultural y apostar por la riqueza de la diversidad

La voluntad de viajar a menudo viene motivada por la inquietud de conocer otros países, con todo lo que ello implica: cultura, lengua, comida y costumbres. Se busca la diversidad dentro de la globalidad, y esto impulsa el respeto, la tolerancia y el conocimiento por ambas partes, pero especialmente desde el punto de vista visitante. Para el turismo sostenible es indispensable esta preservación cultural, pero sobre todo lo es el respeto por esta. Garantizar una experiencia de valor, en este sentido, debe suponer garantizar la riqueza sociocultural.

Un turismo no planificado, más allá de ser una molestia para los habitantes locales, puede provocar consecuencias nefastas en su vida y calidad de vida, un hecho que algunas zonas de Cataluña ya han vivido de primera mano en términos de gentrificación, es decir, un aumento desmesurado de los precios de las viviendas y terrenos que obligan a los ciudadanos a buscar alternativas más económicas, dejando paso a aquellos que pueden invertir. Un hecho que en algunas ocasiones puede no tener relación directa con el turismo, pero que sin duda ha agravado la situación.

El aumento de los precios de los productos en zonas turísticas es otra de las causas que desestabiliza a los locales, obligándolos a asumir unos precios muy por encima de los estándares que podrían encontrar en cualquier otra calle de la ciudad no transitada por turistas. En el caso de Barcelona, ​​la crisis del coronavirus obligó a muchos restaurantes de zonas turísticas a rebajar los precios hasta equipararse a los del resto de la ciudad, mostrando así la guerra de precios que supone la industria del turismo. Evitar esto a través de políticas reguladoras no solo protegería a los ciudadanos locales, sino que también aseguraría a los turistas que se está pagando el precio justo por el producto.

 

Impacto económico positivo: invertir en las personas

Desde un punto de vista económico, es lógico que, como industria, el turismo debe proporcionar beneficios a la zona en cuestión, pero el reto es hacerlo de forma equitativa y sostenible. De nada servirá mejorar la facturación si esto no crea un impacto positivo en la zona de acogida. Es decir, para que tenga un beneficio real, debe suponer una ventaja para todas las partes implicadas, y si se gestiona de forma eficiente y controlada, el turismo puede tener el gran poder de enriquecer a la población a través de la creación y mantenimiento de puestos de trabajo, sean directos o indirectos.

Contrariamente, algunas multinacionales, lejos de aplicar un sistema de turismo sostenible optan por hacer todo lo contrario, la llamada «fuga». Son modelos de negocio donde el dinero generado no se queda en el país de acogida ni suponen un beneficio para este, por ejemplo en el caso de hoteles con un régimen de todo incluido, en el que los clientes no se mueven del recinto, con lo cual no generan impacto positivo en la economía de la zona. Sí que generan impacto, sin embargo, de carácter negativo en cuanto a impuestos, ya que las infraestructuras necesarias para acoger el turismo a menudo se financian a través de esta vía. Habrá, pues, que poner en la balanza el impacto que genera el turismo en la zona y el coste que supone para la población. Si no existe este equilibrio, seguramente nos encontramos ante un sistema poco sostenible y que, por tanto, habrá que remodelar.

El turismo, al fin y al cabo, es responsabilidad de todos, ya que todos en algún momento hemos estado implicados. Hay acciones que dependen únicamente de la responsabilidad y el compromiso individual de apostar por un modelo de vida sostenible, también cuando viajamos. La otra parte de la gestión, y la de más impacto, corresponde a las organizaciones privadas y organismos públicos que deberán planificar el turismo de los próximos años con una premisa clara: una apuesta por la sostenibilidad será una apuesta por el futuro.

 

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Las luces se apagan y decenas de miles de personas fijan la mirada en un escenario de San José, en el corazón de Silicon Valley. Cuando aparece Jensen Huang, vestido con su inseparable cazadora negra de cuero, el público lo recibe como si fuera una estrella del rock. No es una exageración. Los anuncios que hará durante las horas siguientes pueden modificar los planes de inversión de las empresas más poderosas del mundo, alterar las expectativas de los mercados y determinar la velocidad con la que avanzará la inteligencia artificial.

 

Jensen Huang es el fundador y consejero delegado de Nvidia, una compañía que no hace mucho era conocida principalmente por los aficionados a los videojuegos. Hoy, su conferencia anual GTC reúne a más de 30.000 desarrolladores, investigadores y directivos, y se ha convertido en una especie de cumbre mundial de la nueva economía digital. Cuando Huang presenta una arquitectura de procesadores, no está anunciando una tarjeta gráfica más potente. Está mostrando la infraestructura sobre la que Meta, Microsoft, Google, Amazon u OpenAI intentarán construir sus negocios durante los próximos años.

Esta es la gran paradoja de la inteligencia artificial: las empresas más ricas de la historia compiten encarnizadamente entre ellas, pero todas dependen, en mayor o menor medida, del mismo proveedor. Nvidia ha conseguido situarse en el centro de un cuello de botella tecnológico que le permite marcar el ritmo de toda la industria. Ahora, sus mejores clientes intentan escapar de esta dependencia sin dejar de comprarle miles de millones de dólares en microchips.

 

Nvidia no vende microchips: vende tiempo

El ascenso de Nvidia no puede entenderse únicamente observando el rendimiento de sus procesadores. Durante años, la empresa intuyó que las unidades de procesamiento gráfico, las conocidas GPU, servían para mucho más que generar imágenes de videojuegos. Su capacidad para ejecutar miles de cálculos en paralelo las hacía especialmente útiles para entrenar redes neuronales y modelos de inteligencia artificial.

La compañía no se limitó a fabricar el hardware. También creó CUDA, una plataforma de programación que permite a los desarrolladores utilizar las GPU para tareas de computación avanzada. Con el paso de los años, universidades, laboratorios y empresas adoptaron este ecosistema hasta convertirlo en un estándar de facto. Por eso, abandonar Nvidia no es tan sencillo como sustituir una pieza por otra: implica adaptar programas, bibliotecas, equipos humanos y centros de datos que han sido diseñados durante años alrededor de su tecnología.

Esta combinación de microchips, software, redes y sistemas completos ha convertido a Nvidia en mucho más que un fabricante de semiconductores. Cuando una empresa consigue acceder antes que sus competidores a una nueva generación de aceleradores, no compra simplemente más capacidad de cálculo. Compra meses de ventaja.

En un sector en el que lanzar un modelo de inteligencia artificial medio año antes puede significar captar a millones de usuarios, esta diferencia tiene un valor extraordinario. Nvidia, por tanto, no vende únicamente silicio. Vende velocidad, escala y tiempo. Y el tiempo es probablemente la mercancía más cara de Silicon Valley.

 

El dilema de Zuckerberg

Mark Zuckerberg conoce bien el riesgo de depender de plataformas ajenas. Durante años, el negocio de Meta ha estado condicionado por los sistemas operativos de Apple y Google, que controlan los teléfonos desde los que se accede a Facebook, Instagram o WhatsApp. Cuando Apple modificó sus normas de privacidad, Meta comprobó cómo una decisión tomada fuera de su sede podía afectar profundamente a su modelo publicitario.

La inteligencia artificial amenazaba con repetir la historia, pero a una escala todavía mayor.

Meta gestiona servicios utilizados diariamente por miles de millones de personas. Cada recomendación de Instagram, cada anuncio seleccionado por Facebook y cada futura respuesta generada por Meta AI exigen capacidad de cálculo. Una consulta individual puede parecer insignificante, pero cuando se multiplica por una comunidad global, el resultado es una demanda colosal de electricidad, centros de datos y procesadores.

Si Meta quiere integrar asistentes inteligentes en WhatsApp, Instagram y Facebook, no le basta con entrenar un gran modelo. Después tiene que ejecutarlo continuamente para miles de millones de usuarios. Esta fase, conocida como inferencia, puede acabar representando una parte enorme del coste total de la inteligencia artificial.

Es aquí donde la dependencia de Nvidia se convierte en un problema estratégico. Si la oferta de procesadores es insuficiente, si las entregas se retrasan o si el precio de la infraestructura aumenta, Meta no controla completamente el calendario de su propia revolución tecnológica.

Su respuesta ha sido desarrollar la familia de chips MTIA, las siglas de Meta Training and Inference Accelerator. No se trata de una nueva empresa independiente de microchips, sino de un programa de silicio propio integrado dentro de la estrategia de infraestructuras de Meta. El objetivo es diseñar aceleradores adaptados a tareas específicas, como ordenar contenidos, generar recomendaciones y ejecutar servicios de inteligencia artificial con mayor eficiencia. Meta prevé desplegar varias generaciones nuevas de MTIA y ha reforzado la colaboración con empresas como Broadcom y Arm para acelerar su desarrollo.

Esto no significa que Zuckerberg esté rompiendo con Nvidia. Meta insiste en que seguirá una estrategia de cartera, combinando los chips propios con hardware de varios proveedores. De hecho, la compañía también ha anunciado acuerdos para diversificar su infraestructura con AMD. La meta no es conseguir una independencia absoluta, sino evitar que todo su futuro dependa de una única puerta de entrada.

 

La guerra de independencia de Silicon Valley

Meta no es la única que intenta reducir el peaje de Nvidia. Google lleva años utilizando sus TPU para entrenar y ejecutar modelos. Amazon ha desarrollado Trainium e Inferentia para los clientes de su nube. Microsoft trabaja en los aceleradores Maia, mientras que Tesla ha dedicado recursos a la plataforma Dojo. Apple ya había demostrado que diseñar procesadores propios podía permitirle abandonar Intel y controlar mejor la evolución de sus productos.

Todas han llegado a una conclusión similar: cuando una tecnología se convierte en el núcleo del negocio, delegar completamente su control es peligroso.

Esta estrategia no implica necesariamente construir un competidor directo de los procesadores más avanzados de Nvidia. Las GPU son herramientas muy flexibles, capaces de gestionar una gran variedad de modelos y aplicaciones. En cambio, un chip personalizado puede estar optimizado para ejecutar unas pocas funciones repetitivas de manera más barata y eficiente.

La comparación es similar a la diferencia entre una navaja suiza y una herramienta industrial creada para realizar siempre el mismo movimiento. La navaja sirve para muchas situaciones; la herramienta específica puede ser muy superior cuando hay que repetir una tarea miles de millones de veces. Por eso, Nvidia puede continuar dominando el entrenamiento de los modelos más exigentes mientras sus clientes le van arrebatando, gradualmente, determinadas cargas de trabajo. El riesgo para la compañía no es que Meta, Google o Amazon dejen de comprarle procesadores mañana, sino que aprendan a reservarlos únicamente para las tareas en las que sean realmente imprescindibles.

 

TSMC, la fábrica que sostiene la revolución

La historia se complica todavía más cuando descubrimos que Nvidia tampoco es completamente independiente. La empresa diseña sus procesadores, pero no dispone de las fábricas necesarias para producirlos a gran escala. Esta responsabilidad recae principalmente en TSMC, el gigante taiwanés que también fabrica microchips para Apple, AMD, Qualcomm y cientos de otros clientes.

TSMC es el gran especialista mundial en la fabricación por encargo. Su ventaja procede de décadas de experiencia, inversiones enormes y una capacidad extraordinaria para fabricar estructuras cada vez más pequeñas sin perder rendimiento ni fiabilidad. En 2025, los procesos avanzados de siete nanómetros o menos ya representaban el 74 % de sus ingresos por obleas, un dato que muestra hasta qué punto la compañía se ha situado en el centro de la tecnología más sofisticada. Ese mismo año fabricó más de 12.000 productos diferentes para 534 clientes.

Esta concentración explica por qué Taiwán tiene una importancia que supera ampliamente su dimensión territorial. Una interrupción grave de las fábricas de TSMC no afectaría únicamente a Nvidia. Sacudiría la producción de teléfonos, ordenadores, automóviles, equipos de telecomunicaciones y centros de datos en todo el mundo.

A menudo se habla del «escudo de silicio» taiwanés: la idea de que la importancia de TSMC ofrece a la isla una cierta protección geopolítica porque ninguna gran potencia puede permitirse que su producción desaparezca. Pero un escudo también puede ser una vulnerabilidad. Cuanto más depende el mundo de un pequeño número de fábricas, más devastadoras pueden ser las consecuencias de un conflicto o de un bloqueo.

 

ASML, la empresa que fabrica lo imposible

Todavía existe otro nivel de dependencia. Para producir los microchips más avanzados, TSMC necesita unas máquinas que únicamente puede suministrar una empresa neerlandesa: ASML.

Estas máquinas utilizan litografía ultravioleta extrema, conocida como EUV, para proyectar patrones microscópicos sobre las obleas de silicio. Trabajan con luz de una longitud de onda de 13,5 nanómetros, próxima a la de los rayos X, y permiten fabricar los circuitos que alimentan las generaciones más modernas de procesadores. Las nuevas plataformas de ASML ya están diseñadas para dar soporte a la producción de chips de dos nanómetros y, en algunos casos, inferiores.

El proceso es tan complejo que parece extraído de la ciencia ficción. Para generar la luz necesaria, la máquina dispara pulsos láser sobre pequeñas gotas de estaño hasta convertirlas en plasma. Después, un sistema de espejos de una precisión extraordinaria dirige esta luz para imprimir las formas del circuito.

ASML no fabrica los cerebros digitales del siglo XXI. Fabrica la herramienta sin la cual nadie podría construirlos. Esta posición la ha convertido en una pieza central de la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, porque controlar el acceso a la litografía avanzada equivale a controlar, en parte, quién puede fabricar los procesadores del futuro.

La cadena queda así expuesta con toda claridad: Meta necesita aceleradores para desplegar su inteligencia artificial; Nvidia diseña muchos de los más potentes; TSMC los fabrica, y ASML proporciona las máquinas que hacen posible esta fabricación. Las empresas que aparentemente dominan el mundo digital dependen, a su vez, de una red industrial estrecha, costosa y geográficamente vulnerable.

 

El poder ya no sale del subsuelo

Durante el siglo XX, las grandes potencias se disputaban pozos de petróleo, minas, puertos y rutas marítimas. El siglo XXI no ha eliminado aquellas luchas, pero ha añadido un nuevo recurso estratégico: la capacidad de cálculo.

Este poder no se extrae directamente de la tierra. Se fabrica en salas blancas donde una partícula microscópica puede arruinar una producción multimillonaria, dentro de máquinas que trabajan con una precisión difícil de imaginar y mediante una cadena de suministro que atraviesa continentes.

La batalla entre Meta y Nvidia es, por tanto, únicamente una parte de una transformación mucho más profunda. Zuckerberg no pretende destruir Nvidia, sino recuperar suficiente autonomía para decidir su propio ritmo. Google, Amazon, Microsoft y el resto de gigantes persiguen el mismo objetivo.

Nvidia continúa siendo la gran vencedora de la explosión de la inteligencia artificial. Pero su éxito contiene también la semilla del principal desafío que tendrá que afrontar: cuanto más poder acumula, más incentivos da a sus clientes para buscar una salida. La guerra de los microchips no decidirá únicamente quién fabrica el procesador más rápido. Decidirá quién controla el coste, la velocidad y el acceso a la infraestructura que está redefiniendo la economía mundial. Y ninguna de las grandes tecnológicas parece dispuesta a dejar este poder, indefinidamente, en manos de un solo hombre con una cazadora negra de cuero.

 

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Llegar a casa, mirar al techo y ver una gran mancha de humedad que no estaba ayer. Esta escena, tanto habitual como incómoda, suele ser la primera señal de una filtración de agua proveniente del piso de arriba. De hecho, según las aseguradoras, los daños por agua son uno de los siniestros más comunes en los hogares, ya menudo tienen su origen en una avería ajena a la misma vivienda.

 

En muchos casos, el problema es causado por una tubería reventada, un desagüe dañado o un grifo mal cerrado. Todo en casa del vecino. Y entonces comienza el dolor de cabeza: detectar el origen, contactar con la otra parte, evaluar los daños y, sobre todo, saber quién debe pagar qué.

Lo primero que hay que hacer ante una filtración es localizar al vecino de arriba lo antes posible y avisarle del problema. En casos como este, la rapidez puede evitar que el daño vaya a más. Si el escape es activo, es imprescindible cortar inmediatamente el agua de su vivienda hasta que un técnico pueda reparar la avería.

Es importante dejar constancia de todo: fotografías, vídeos, conversaciones. Cualquier prueba puede ser útil si la situación se acaba complicando y es necesario realizar una reclamación formal. También conviene revisar si el propio seguro del hogar incluye la cobertura de defensa jurídica, que puede facilitar mucho el proceso.

 

¿Tengo derecho a una indemnización?

La respuesta es sí. Aunque el problema provenga del piso de arriba, tienes derecho a ser compensado por los daños causados en tu casa. Ahora bien, cómo se materializa esta compensación dependerá, en gran medida, de si tu vecino tiene o no seguro, y de las condiciones de su póliza.

En la mayoría de los casos, si el vecino dispone de un seguro de hogar, será su compañía quien se hará cargo de la reparación de tus desperfectos. Sin embargo, existen excepciones importantes a tener en cuenta.

 

Cuando el seguro no se hace cargo

Hay situaciones en las que el seguro de tu vecino puede rehusar asumir la responsabilidad. Por ejemplo, si el escape se ha producido porque se ha dejado un grifo abierto y ha estado fuera de casa durante más de 72 horas, la compañía puede considerarlo un caso de negligencia y rechazar el siniestro.

Lo mismo ocurre si se detecta una falta de mantenimiento evidente en su hogar —por ejemplo, una instalación muy deteriorada que nunca se ha revisado. En estos casos, la responsabilidad recae personalmente en el propietario de la vivienda afectada.

Otro escenario habitual es el de las obras. Si la filtración es consecuencia directa de una reforma en casa de tu vecino, la responsabilidad recae sobre la empresa o profesional que la ha ejecutado, y es esa persona quien debe tener contratado un seguro de responsabilidad civil para hacer frente a los daños causados.

 

¿Y si nadie quiere pagar?

Aunque el responsable del escape no tenga seguro, sigue estando obligado legalmente a cubrir los desperfectos que ha provocado. Puede hacerlo pagando directamente la reparación o abonando la factura si has tenido que adelantar el coste.

Ahora bien, ¿qué ocurre si se niega a hacerlo? En este caso, es fundamental tener documentación gráfica del daño (fotos, vídeos) y solicitar un informe pericial a través de tu propio seguro, si lo tienes. Este documento será clave si es necesario recurrir a la vía judicial.

Si dispones de cobertura de defensa jurídica, puedes pedir que la compañía te proporcione un abogado que se encargue de realizar la reclamación formal. El procedimiento habitual es el envío de una carta en la que se exponen los hechos y se pide la reparación o pago.

Si no hay respuesta o negativa, el siguiente paso es interponer una demanda. Los procesos judiciales en estos casos suelen ser rápidos y sencillos, ya menudo terminan con una sentencia favorable a la parte perjudicada. Si, sin embargo, el responsable sigue negando a pagar, se puede pedir la ejecución de la sentencia y proceder a un embargo para recuperar el dinero.

 

Una situación común, pero evitable

Los daños por agua son comunes, pero no por eso deben ser una pesadilla. Una buena comunicación con el vecino, un seguro adecuado y una respuesta rápida pueden marcar la diferencia entre una anécdota y una batalla legal.

Por eso, es esencial conocer tus derechos, revisar las condiciones de tu póliza y actuar con determinación desde el primer momento. Ante una gotera, no hace falta perder los nervios… pero tampoco hace falta quedarse con los brazos cruzados.

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Planear las vacaciones, hacer la maleta y coger un libro. El verano es sinónimo de desconexión y la lectura es la gran protagonista. Os traemos una recomendación de libros para que viajen con vosotros este verano.

 

Recientemente, un estudio constataba que leer nos hace ser más empáticos. Con la única condición de que sea literatura de calidad, los investigadores constataron que las personas que leen son capaces de reconocer el estado emocional de los personajes y mejoran la imaginación y la agilidad mental. 

Y no solo esto, también se dice popularmente que leer nos hace atractivos; de hecho, sería como la gimnasia cerebral: estimula la actividad mental, la concentración, nos desconecta de problemas y angustias, y nos permite viajar a nuevos mundos. Son muchos los beneficios de la lectura, y todos explican la importancia de fomentarla desde muy pequeños. Así que apunta los títulos que no te puedes perder este verano y ¡empieza a entrenar el cerebro!

  • 21 lecciones para el siglo XXI (2018) de Yuval Noah Harari. En esta nueva entrega, el autor de Sapiens (2014) y Homo Deus (2016) nos describe las lecciones fundamentales para vivir en este siglo. Con sus teorías nos invita a la reflexión, dibujando escenarios que describen los principales retos actuales. Repasa cuestiones sociales, políticas y existenciales, y alerta de los peligros tecnológicos, desde un punto de vista cotidiano que define el impacto de todo esto en nuestra vida, presente y futura.
  •  Fake You: Fake news y desinformación (2018) de Simona Levi. El fenómeno de las noticias falsas cuestiona la salud informativa de medios, partidos políticos, gobiernos o empresas. A menudo, controlarlo pasa para recortar libertad de expresión y de información a los ciudadanos. Simona Levi cuestiona esta legislación, basada en romper derechos fundamentales, en una obra que se convierte en un arma para luchar contra la manipulación, la mentira y la falsificación.
  •  La vegetariana (2017) de Han Kang. No trata el vegetarianismo, aunque la historia comienza cuando la protagonista deja de comer carne. Una decisión individual que se convierte en un reto social, un símbolo de rebeldía contra lo que es convencional. Abandonar la sumisión y hacer frente al sistema. Un relato conmovedor e incómodo para describir qué ocurre cuando cuestionas lo que está aceptado y te saltas las normas, y hasta dónde llega la capacidad humana para llevarlo a cabo hasta las últimas consecuencias.
  • Las uvas de la ira (1939) de John Steinbeck. Narra el derrumbe del sueño americano a raíz de la Gran Depresión. Un contexto de crisis económica y financiera que aboca la familia protagonista a emigrar e iniciar una investigación vital para asegurarse el trabajo, la dignidad y el futuro. Un relato más actual que nunca donde se confronta el poder, la igualdad y la justicia en los Estados Unidos.
  • El hambre (2014) de Martín Caparrós. Desperdiciar comida y pasar hambre son los principales conceptos que repasa Caparrós en este libro que lo ha llevado a viajar por países de todo el mundo donde el hambre es la gran protagonista. Un libro que repasa la comida desde todos los puntos de vista, desde los que especulan hasta los que la necesitan, para explicar y denunciar una problemática mundial en la que todos estamos implicados.
  • El cuento de la sirvienta (1985) de Margaret Atwood. Una inquietante distopía que ha vuelto a ser de actualidad. En una sociedad totalitaria y teocrática, las mujeres se han reducido a meros instrumentos de reproducción. Atwood alerta del peligro real que supone la pérdida de derechos conquistados. La lectura es dura pero necesaria.
  • El orden del día (2017) de Éric Vuillard. Ganadora del premio Goncourt, esta breve, pero incisiva obra narra las entrañas del poder económico y político en la víspera del nazismo. Con un estilo irónico y lúcido, Vuillard retrata cómo los grandes acontecimientos históricos se entrelazan con la mediocridad de quienes deciden.
  • Las invisibles (2020) de Toni Morrison. Una elección personal: cualquier obra de Toni Morrison vale la pena, pero Les invisibles destaca por su profundidad y sensibilidad. La historia de mujeres afroamericanas que luchan por encontrar voz, identidad y libertad en un mundo que las ignora. Poético y sobrecogedor.

Hay libros que distraen, otros que conmueven, y algunos que te cambian la forma de ver las cosas. Sea cual sea tu ritmo estival, escoge uno y déjate llevar. Quizás este verano no cambiarás el mundo, pero quizás un buen libro te haga verlo con otros ojos.

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Todos somos conscientes de la necesidad de reducir el consumo de plástico para mitigar su impacto sobre el planeta. Por eso es importante que seamos proactivos al introducir pequeños cambios en nuestros hábitos que permitan eliminar o hacer un mejor uso de los plásticos.

 

Los enormes problemas medioambientales causados por los plásticos de un solo uso están muy documentados. Cada año tiramos millones de toneladas de residuos plásticos en los mares y océanos, que acaban formando, literalmente, extensas islas de basura no biodegradable que se acumulan gracias a las corrientes marinas.

Los gobiernos, las corporaciones y las grandes marcas de supermercados están implementando cambios para reducir su consumo y mitigar el impacto ambiental de los desechos plásticos generados. Aun así, nosotros podemos aprovechar el poder que tenemos como consumidores para espolear un cambio de paradigma que no puede esperar más.

Así pues, proponemos cinco opciones que podemos incluir en nuestra rutina habitual para reducir fácilmente la cantidad de plástico que utilizamos.

 

Utiliza bolsas de tela

A pesar de que la prohibición de la entrega gratuita de bolsas de plástico entró en vigor en Cataluña el marzo del 2017 y que a partir del 1 de enero del 2021 se establecía la prohibición de la entrega de las bolsas de plástico ligeras que se ofrecen a los consumidores, todavía usamos bolsas que, si bien son compostables, contienen una gran cantidad de plástico. Llevar bolsas de tela, una cesta o un carro de la compra nos ahorra un consumo innecesario de plástico.

 

Compra alimentos a granel

La compra a granel elimina envases innecesarios y promueve un consumo responsable porque nos permite llevarnos de la tienda únicamente aquello que consumiremos. Nuestras bolsas y envases, preferiblemente de vidrio, se pueden reutilizar muchas veces.

 

Usa detergentes ecológicos

Algunos de los ingredientes más comunes en los detergentes convencionales pueden ser altamente perjudiciales para el medio ambiente. Afortunadamente, hay productos de limpieza elaborados con criterios ecológicos, como las tiras de detergente biodegradables de Natulim, que no generan residuos medioambientales y evitan el uso del plástico en su envasado.

Elimina los productos de un solo uso

Los envases y productos desechables, como pueden ser los cubiertos, platos, vasos, pajitas y maquinillas de afeitar de plástico, pueden ser prácticos, pero crean grandes cantidades de residuos que podríamos evitar fácilmente sustituyéndolos por productos hechos de vidrio, metal u otros materiales.

 

Evita o recicla las cápsulas de café

Es evidente que comprar café molido y hacerlo con una cafetera tradicional resulta mucho más ecológico que consumir cápsulas de café. Dicho esto, no todo el mundo tiene el tiempo o la paciencia para hacer un café como los de siempre una vez acostumbrados a las cápsulas monodosis. Por suerte, algunos fabricantes de cápsulas ofrecen planes de reciclaje para aprovechar este residuo y darle una segunda vida.

 

Si quieres lavar la ropa sin ensuciar el planeta, 11Onze Recomienda Natulim.

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Desde 11Onze Segurs hemos puesto en marcha un nuevo modelo de seguros justos socialmente. Y a partir de ahora ya puedes usar nuestro simulador para obtener un seguro de hogar adaptado a tus necesidades y al mejor precio. ¡Te explicamos cómo hacerlo!

 

Calcular el precio de tu seguro del hogar con nuestro simulador es muy fácil. Te pediremos algunos datos sobre tu vivienda: como la dirección, el tipo de vivienda, metros cuadrados, si tienes alarma… Y en función de esta información, en solo 3 minutos te mostraremos la cuota mensual de un seguro de hogar adaptado a tus necesidades. Descubrirás que los precios de 11Onze Segurs son muy competitivos, sobre todo en zonas urbanas.

En el simulador verás un listado de todos los importes asegurados, ampliables, en las coberturas básicas. Aun así, si tienes pertenencias valiosas con un valor individual superior a los 2.000 € (límite de cobertura de la póliza básica), los podrás añadir a tu póliza para tener una cobertura total.

 

Coberturas adicionales

También te mostraremos varias opciones para poder ampliar las coberturas de tu seguro, ajustándolas a tus necesidades individuales. Por ejemplo, puedes añadir a otras personas que vivan contigo, pero que no sean familia directa.

Si quieres ir de vacaciones con tranquilidad, puedes añadir la cobertura de los costes legales en caso de que sufras una okupación en tu vivienda. O una cobertura por robo fuera de casa que incluso te cubre si sufres un atraco por la calle, dentro de todo el ámbito territorial de la Unión Europea.

También te ofrecemos la opción de estar protegido ante cualquier accidente. Con solo una franquicia de 90 euros por siniestro, tendrás protección total por daños accidentales al continente y contenido de tu hogar.

Aunque el proceso de simulación está pensado para que puedas obtener un presupuesto tú mismo, de una manera sencilla y rápida, los agentes de 11Onze están disponibles las 24 horas del día para responder a cualquier pregunta o resolver posibles dudas que puedas tener. Además, si lo prefieres, sigues teniendo la opción de que un agente te haga la simulación.

 

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Nuestra relación con las entidades financieras ha cambiado mucho en los últimos años. ¿Has tenido un gestor de confianza durante años y en la misma oficina? ¿Una persona que te acompañara desde la apertura de tu primera cuenta hasta la contratación de la hipoteca? El tiempo en que un cliente podía ir a una sucursal y sentirse partícipe ha quedado muy atrás. 

 

La situación actual es que el cliente, de forma genérica, está profundamente descontento con el sistema financiero. No se trata de una desazón puntual o de una entidad concreta, el sistema ha evolucionado mucho en los últimos años y no ha sabido (o querido) explicar al cliente este cambio. Así, año tras año, el cliente solo ha visto como la entidad de la que formaba parte cambiaba de forma, de colores y de personal sin entender demasiado bien qué pasaba. Las nuevas fintech recogen este malestar y nacen, precisamente, desde la perspectiva de volver a los clientes aquello que hace años perdieron: una relación de confianza con la entidad financiera.

 

La digitalización propicia una nueva interacción

Venimos de una sociedad marcada por la interacción social, y la irrupción de las nuevas tecnologías lo ha revolucionado todo: otra forma de comunicación es posible, también con las entidades financieras. Este cambio de mentalidad puede tener muchas lecturas, pero, si se usa correctamente, los beneficios pueden ser múltiples para clientes y entidades.

Hablar de digitalización financiera es hablar de fintech. En términos de comunicación, tienen mucho que decir. Son las primeras entidades financieras que han cambiado la forma de comunicarse con los clientes. Han propiciado un sistema de interacción íntegramente digital, que hace que la banca tradicional vaya a remolque.

En un primer momento, puede parecer que muchos clientes, especialmente los que no han nacido en la era digital, no se sumarán a este cambio, por más ventajas que los suponga, y que, por lo tanto, mantendrán la atención presencial y directa como principal vía de contacto. Pero, ¿hasta qué punto esto les puede suponer una ventaja? 

 

Una experiencia digital con calidad humana

Lo primero que busca un usuario al acceder a una entidad financiera es la atención en el momento. Nadie quiere perder la mañana haciendo colas infinitas para acabar siendo despachado en cuestión de minutos. Cada problema requiere una inversión de tiempo por las dos partes. Una fintech como 11Onze, que ha nacido ya con la digitalización, mantendrá este principio en todas las interacciones con el usuario, que ante cualquier consulta tendrá las herramientas para preguntar y obtener respuesta. Los chats automáticos han permitido mejorar la experiencia en este aspecto, proporcionando información al usuario a partir de palabras clave. Algunos, incluso, van más allá y ofrecen atención personal y humana desde estos chats. El correo electrónico o la atención por teléfono son las dos otras vías.

Otro requisito es que la comprensión sea rápida, y aquí es donde las máquinas todavía tienen margen de mejora. Para la mayoría de clientes, recibir una atención telefónica humana será más satisfactoria que una llamada con un robot, donde se puede perder mucho de tiempo sin llegar a ninguna respuesta concreta. A pesar de que las entidades digitales trabajan para mejorar en este aspecto, serán las fintech con atención personalizada las que ganarán terreno.

En la misma línea, la atención a oficinas también permite a los usuarios tener la certeza que podrán aclarar todas las dudas que les surjan. Un punto que no siempre se resuelve satisfactoriamente, puesto que hace falta una inversión de tiempo hacia el cliente que actualmente no todas las entidades están dispuestas a ofrecer. Si lo hacen, no siempre es desde la claridad y la transparencia.

En este sentido, la apuesta de las fintech sigue siendo la atención personal y personalizada, poniendo especial énfasis en este segundo punto. Ser conscientes que cada persona tiene unas necesidades, inquietudes y requiere más o menos tiempos para adquirir información. Respetar el tiempo de cada cual es un valor clave que diferencia una buena experiencia de una de mala, tanto en el entorno digital como de forma presencial.

Finalmente, el último factor que busca un cliente en una oficina, y el más decisivo, es la confianza; saber que hay una persona que nos informará debidamente y procurará por nosotros desde la honestidad y la profesionalidad. Pero, ¿y si todos los trabajadores de la oficina o de la entidad entera fueran como tu gestor preferido? ¿Y si todos procuraran por las necesidades del cliente y le informaran desde la honestidad y la profesionalidad? Entonces ya no sería necesaria una asignación personal, porque la confianza no sería con una persona sola sino con una entidad. Este es el verdadero cambio de mentalidad de las fintech.

 

La experiencia de cliente marca el futuro

En una fintech no prevalece el tiempo de atención, ni la asignación de clientes, ni la presión de ventas o la cuenta de clientes atendidos. En una fintech la atención es constante y permanente, desde cualquier canal o dispositivo. Prevalecen las personas por encima de los productos; sus necesidades por encima de las de la entidad; y se trabaja cada día para evolucionar y mejorar esta experiencia. Para acercar el mundo financiero al usuario y ofrecerle, por primera vez, todo aquello que puede necesitar a un solo clic. 

En definitiva, una fintech es volver a los orígenes de las financieras y ofrecer al cliente una relación de confianza basada en el respeto y el beneficio mutuo. Una relación a la que se suman todos los adelantos tecnológicos y las facilidades que esto puede ofrecer, y se restan aquellas prácticas presenciales que, en vez de facilitar la vida al cliente, la complican. La comodidad a un solo clic. Bienvenidos a la nueva era financiera.

 

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El inversor más admirado del mundo acumula una cantidad récord de efectivo mientras las bolsas siguen marcando máximos. ¿Cómo decide si el mercado está demasiado caro? La respuesta es una fórmula tan sencilla que cualquiera puede entender.

 

Imagina que tienes más de 300.000 millones de dólares disponibles para invertir y, aun así, decides esperar. Es exactamente lo que ha hecho Warren Buffett en los últimos años mientras las bolsas seguían marcando máximos históricos.

Mientras casi todo el mundo tiene prisa por comprar, él prefiere mantenerse al margen. No porque haya dejado de confiar en las empresas ni porque crea que se acerca una gran crisis, sino porque considera que, muchas veces, el mejor negocio es tener paciencia.

Esta manera de pensar es la que ha convertido a Buffett en una auténtica leyenda de las finanzas.

 

El Oráculo de Omaha

A sus 95 años, Warren Buffett sigue siendo una de las personas más influyentes del mundo de la inversión. Al frente de Berkshire Hathaway, ha construido una fortuna que lo sitúa habitualmente entre las personas más ricas del planeta, pero su prestigio no proviene únicamente del dinero.

Buffett es admirado porque ha conseguido algo extraordinariamente difícil: obtener grandes rentabilidades durante más de seis décadas sin dejarse llevar por las modas ni por la euforia de los mercados.

Quizá por eso es conocido en todo el mundo como el Oráculo de Omaha, la ciudad estadounidense donde todavía vive en la misma casa que compró hace más de sesenta años. Su filosofía es tan sencilla como exigente: invertir solo cuando el precio tiene sentido.

De hecho, una de sus frases más conocidas resume perfectamente esta manera de entender la inversión: «El precio es lo que pagas. El valor es lo que obtienes».

 

Una fórmula que cualquiera puede entender

Para saber si el mercado está demasiado caro o todavía ofrece oportunidades, Buffett suele fijarse en un indicador sorprendentemente sencillo.

Compara el valor total de todas las empresas que cotizan en bolsa con el producto interior bruto (PIB) del país. En otras palabras, pone en relación lo que los inversores están dispuestos a pagar por las empresas con la riqueza que genera la economía real.

La idea es casi de sentido común. Si el valor de todas las empresas crece mucho más deprisa que la economía que las sustenta, quizá sea legítimo preguntarse si los precios no se han disparado demasiado.

 

El ejemplo de la panadería

Imaginemos una panadería que factura medio millón de euros al año. Tiene buenos clientes, un negocio estable y todavía puede crecer. Pero si alguien nos pide cinco millones de euros para comprarla, probablemente nos detendríamos un momento antes de decir que sí.

No porque la panadería sea un mal negocio. Sino porque querríamos saber si ese precio está justificado.El indicador Buffett plantea exactamente esa misma pregunta, pero aplicada al conjunto de la bolsa.

 

¿Y qué dice hoy?

Actualmente, este indicador en Estados Unidos sigue situándose muy por encima de su media histórica. Esto no significa que una corrección sea inminente ni que la bolsa vaya a caer mañana mismo. Los mercados pueden mantener valoraciones elevadas durante mucho tiempo.

Lo que sí sugiere es que los inversores están pagando un precio muy exigente por los beneficios futuros de las empresas y que, cuando eso ocurre, el margen de error suele reducirse.

Como cualquier indicador, tampoco es infalible. Las grandes multinacionales estadounidenses obtienen buena parte de sus ingresos en todo el mundo, y eso hace que compararlas únicamente con el PIB de Estados Unidos tenga limitaciones. Por eso los economistas lo consideran una brújula, no una bola de cristal.

 

Una lección que va más allá de la bolsa

Quizá la mayor aportación de Warren Buffett no sea este indicador, sino la manera en que entiende la inversión. Mientras muchos intentan adivinar qué hará la bolsa la semana que viene, él sigue haciéndose una pregunta mucho más sencilla: ¿lo que estoy pagando tiene realmente sentido?

Es una reflexión que sirve tanto para comprar acciones como para adquirir una vivienda, invertir en un negocio o tomar cualquier decisión financiera importante.

Porque, al fin y al cabo, los mercados pueden cambiar de humor de un día para otro. Pero el sentido común sigue siendo una de las inversiones más rentables que existen.

 

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El Fondo Monetario Internacional se fundó con el objetivo de promover la cooperación monetaria internacional, facilitar el comercio global y contribuir a la estabilidad financiera. Aun así, a lo largo del tiempo su mandato se amplió para dar “apoyo” a las economías en dificultades y ha evolucionado hasta convertirse en una herramienta al servicio de los intereses neoliberales.

 

Entre el 15 y 20 de abril se está celebrando a Washington la reunión anual de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial. Estas reuniones se hacen, oficialmente, para agrupar esfuerzos para poner fin a la pobreza extrema y promover una prosperidad compartida.

Este organismo internacional se estableció el 1944 con el objetivo de promover la cooperación monetaria, facilitar el comercio internacional y contribuir a la estabilidad financiera. Desde su fundación, quería eliminar las restricciones que dificultan la expansión del comercio mundial, la estabilidad cambiaria y evitar las devaluaciones competitivas de divisas entre países.

Con el fin de los sistemas de cambio fijos después de que se eliminó el patrón oro durante los años setenta, su función cambió. La llegada del neoliberalismo a las políticas económicas de los Estados Unidos y de la Europa Occidental significó un nuevo rol para el FMI, que pasó a financiar a naciones que tenían problemas para pagar su deuda y cuadrar sus balanzas de pagos.

 

Un salvavidas que comporta disturbios civiles y miseria social

La ayuda financiera del FMI no es gratuita, como es muy sabido, los préstamos vienen acompañados de fuertes medidas de austeridad, anti-obreras y anti-populares, que afectan desmesuradamente a los sectores de la población con menos recursos y a menudo acaban beneficiando a las élites.

El mecanismo que suele utilizar el FMI a tal efecto es la imposición de condicionalidades, como la condonación de préstamos a países que necesitan apoyo para su balanza de pagos, o como en el caso de Pakistán, la transferencia de armas en Ucrania. Dicho de otra manera, se usa el FMI como una herramienta más de la política exterior de las corporatocracias occidentales.

Las condiciones que se imponen a los países deudores abren sus economías a la penetración del capital, corporaciones e inversores extranjeros. Esto se lleva a cabo con privatizaciones de los servicios públicos y con la venta de las joyas de la corona de los países que reciben esta “ayuda”, especialmente en cuanto a los recursos naturales y a sus tierras.

Por norma general, el FMI exige que los gobiernos reduzcan el gasto público, suban los impuestos y apliquen reformas destinadas a reducir su ratio deuda/PIB. Recortar las subvenciones sociales a los combustibles y a los alimentos o reducir la inversión pública en hospitales, escuelas y carreteras, acontecen la “nueva normalidad”.

Evidentemente, estas medidas draconianas de austeridad provocan manifestaciones y revueltas entre las poblaciones afectadas que se conocen en el mundo anglosajón como “IMF riots”. Un término acuñado para describir las oleadas de protestas que se produjeron en los países en vías de desarrollo durante las décadas de 1980 y 1990, y que definen perfectamente las consecuencias de las acciones de un bombero financiero que se dedica a encender fuegos.

Las crisis económicas de México o Grecia y posteriores rescates del FMI destacaron el papel negativo que ha jugado este organismo en los últimos años, pero el historial, ampliamente documentado, de sus intervenciones en los últimos 50 ha sido más que pésimo. Aunque organizaciones humanitarias como Oxfam y CAFOD no se cansan de avisar que las “campañas de austeridad” del FMI perjudican gravemente a los países pobres y que ha jugado un papel “devastador en la crisis mundial de la deuda, el organismo de crédito internacional da pocas señales de cambiar de rumbo.

 

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A pesar de tener el sueldo medio más alto de la historia, el salario medio español es casi 450 euros más bajo que la media de la Unión Europea, y continúa teniendo una de las tasas más altas de precariedad laboral de Europa.

 

La inflación se ha comido los incrementos salariales y ha reducido el poder adquisitivo de los ciudadanos hasta un punto no visto desde hace trece años. Este fregado económico no es exclusivo del Estado español, pero se ve exacerbado por el bajo nivel salarial de España, un mal endémico que se arrastra de hace décadas.

Todo y que la última subida sin precedentes del SMI ha reducido la brecha, tanto el salario medio bruto (1.126 euros) como el salario mínimo interprofesional español (1.751 euros) son de los más bajos de la Unión Europea, un 20,2% menos que sus socios europeos.

Dentro del bloque occidental, con una media de salarios por encima de los 2.500 euros mensuales, España está a la cola, seguida de Portugal (1.106 euros) y Grecia (1.034 euros). Se observan amplias diferencias con países como Francia (2.446 euros), Bélgica (2.830 euros), Holanda (2.883 euros), Alemania (3.303 euros). El Estado español solo sale bien parado cuando lo comparamos con los países menos desarrollados del Este de Europa.

 

Salario mínimo UE

Salario medio UE

Baja productividad y elevada desocupación

La precariedad laboral de una gran parte de la población frente al mundo empresarial es un mal endémico histórico en España. La inseguridad creada por el miedo a la desocupación hace que los trabajadores acepten sueldos bajos y condiciones de trabajo que serían impensables en otros países desarrollados.

Cuando después de la pandemia sanitaria los medios de información hablaban de “La Gran Renuncia”, en referencia al hecho que en muchos países occidentales una gran cantidad de trabajadores se replanteaban sus prioridades, renunciando a sus trabajos de siempre para conseguir otros mejores, desde aquí, con más de tres millones de parados y sueldos equivalentes a una China de la Europa occidental, lo mirábamos cómo si hablaran de otro planeta.

La elevada cantidad de trabajadores a tiempo parcial y con contratos temporales de jornada completa hace que muchos empleados no reciban una formación como es debido, ni mantengan una carrera profesional, lo cual afecta negativamente la productividad. Un hecho que se agravia a causa del gran peso que tiene para la economía española el sector de los servicios, de poco valor añadido, con bajos salarios, y propensa a la externalización de la actividad laboral. La composición de nuestro tejido productivo ha sufrido un gradual deterioro de sectores que históricamente contaban con mejores remuneraciones.

Y esto se le añade otra tendencia prevalente en Cataluña y en el Estado, pero que no se observa en el bloque europeo desarrollado, la enorme brecha salarial entre los trabajadores más jóvenes y los más veteranos. Los bajos salarios percibidos por los empleados más jóvenes, que tendrán que sustentar la economía el día de mañana, hacen peligrar el sostén económico del país y un sistema de pensiones solidario.

 

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