Cuando Suecia creó los bancos centrales

Los bancos centrales se han convertido en una herramienta imprescindible para el funcionamiento y la regulación del sistema monetario mundial. Pero todo empezó con el pánico financiero provocado por el banquero Johan Palmstruch, creador de los billetes modernos.

 

A Johan Palmstruch hoy se le recuerda como un pionero, pero también lo podríamos considerar un estafador. Este empresario y comerciante holandés, del siglo XVII, modernizó el sistema monetario y bancario mundial casi sin querer. Solo para ir haciendo.

 

El primer banco central

Suecia estaba inmersa en conflictos armados que requerían que la corona invirtiera más y más dinero. Por eso, Palmstruch convenció al rey Carlos X Gustavo de Suecia de crear el Stockholms Banco en 1657. Era un banco privado, pero el director era rey y la mitad de los beneficios eran por la corona. Fue, por lo tanto, el precursor de los bancos centrales.

El negocio era evidente, porque el banco recibía el apoyo del gobierno sueco. En aquella época en el país había monedas de cobre, de plata y de oro. Suecia era un gran productor de cobre, pero las deudas por las aventuras bélicas se acumulaban y la paridad de la moneda de cobre con las de plata y oro cada vez era más difícil. El cobre se depreciaba por la llegada de cobre de Asia de bajo coste, hecho que provocaba que se llegaran fabricar monedas de cobre de 19 kilos para mantener la paridad.

 

El papel de los depósitos

En este contexto, Palmstruch introdujo otra novedad: pidió permiso para utilizar los depósitos de los clientes para hacer préstamos. Esto ahora es muy normal, pero entonces era innovador. Él hacía un cálculo de riesgo y pensaba que no se daría nunca la situación que todos los clientes se presentaran para reclamar su dinero. Se equivocaba.

El cobre siguió depreciándose y en 1660 el gobierno sueco decidió emitir nuevas monedas. Los clientes del banco pidieron retirar sus viejas monedas para gastarlas antes de que siguieran perdiendo valor, pero Palmstruch no podía devolver el dinero a todo el mundo. ¿Qué idea tuvo a continuación?

 

La creación del billete moderno

Ahora los billetes son nuestra moneda de uso común, pero entonces no fueron nada más que una fuga hacia adelante. Un tipo de pagaré que se inventó y consiguió que la corona le autorizara. Los billetes que imprimían no eran nada más que una promesa de pago. Los Palmstruchers, que es como se les conocía, fueron los primeros billetes modernos. Insistimos que se trata de una innovación monetaria que nace, solo, para tapar un agujero financiero.

El papel moneda como certificado de depósito ya hacía tiempo que circulaba. Pero los Palmstruchers fueron los primeros billetes en el sentido actual: emitidos en papel por una cantidad fija, al portador, apoyados por el Gobierno y sin necesidad de especificar el depositante, la cantidad del depósito o el interés. ¿Fue suficiente? Evidentemente que no.

 

Rescate y banco central

El Stockholms Banco emitió demasiados billetes y el crédito se disparó. El banco quebró en 1664 y el gobierno lo tuvo que rescatar y devolver el dinero a los clientes. Palmstruch fue a la prisión, salió en 1670 y un año después murió.

Había sido condenado por fraude y, curiosamente, acabó creando las entidades que tendrían que regular que no haya fraude. Como que el Stockholms Banco fue liquidado en 1667, el año siguiente el gobierno creó el Banco de Estocolmo. Ahora sí, el primer banco central completamente público. Con control del parlamento, con el objetivo de financiar en el gobierno y con la prohibición de emitir billetes.

 

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Hace años que asistimos a un cambio en los hábitos de compra. Mientras que en el comercio tradicional los clientes visitan físicamente la tienda, miran, escogen y pagan, en el comercio electrónico la esencia es exactamente la misma, pero en el mundo digital. Así que uno define al otro, ¿pero cuáles son las diferencias? Las resume el agente Mònica Cornudella. 

 

La primera gran diferencia entre uno y otro, está claro, es el espacio: la tienda física o la tienda virtual. Con el comercio electrónico, se puede comprar desde casa, y esto es una gran ventaja. A favor del comercio electrónico también juega la segunda diferencia, el horario. Mientras que en el comercio tradicional nos tenemos que ceñir a un horario comercial, en el comercio electrónico podemos comprar a cualquier hora del día. Además, la ubicación es un tercer factor diferencial: mientras que el uno te permite comprar de proximidad, con el otro puedes encontrar productos de la otra punta del mundo.

Pero, alerta, porque la cuarta diferencia es la relación entre el comprador y el vendedor, y en este punto quién sale más beneficiado, hoy por hoy, es el comercio tradicional, porque la compra física permite establecer una relación próxima, mientras que en el comercio electrónico todo el proceso se ha automatizado y la interacción es mucho más fría.

Además, hay que tener en cuenta aún una quinta diferencia: cómo el comprador asegura la calidad del producto. Si en el comercio tradicional, puedes tocar y comparar los productos, en el comercio electrónico como mucho puedes ver una buena galería de fotografías o videos. La última diferencia es en el pago: ¿qué es mejor, pagar en el momento o cuando te llega el producto a casa? Acaba de descubrirlo en el video de abajo.

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Que si tiene de todo, que si es de su talla, que si le gustará… Regalar por Navidad a veces puede ser un rollo. Pero no tenemos que comprar por comprar. Podemos hacer regalos de forma consciente, responsable y solidaria. La jefa de producto junior Sara Casals nos da algunas pistas.

 

Con los regalos solidarios acertarás siempre y hay tanta variedad como organizaciones no gubernamentales, entidades sociales y federaciones hay en el mundo. De entrada, el regalo puede ser una tarjeta solidaria con la que hacemos una donación en nombre de una tercera persona. Pero también pueden ser regalos, porque estas entidades acostumbran a tener tiendas virtuales donde difunden su causa con merchandising. Os listamos algunas:

  • Arrels Fundació, un taller de dignidad. Esta entidad que apoya a las personas sin hogar, hace tiempo que las ayuda mediante un taller ocupacional, donde elaboran un amplio abanico de productos. En su tienda encontraréis un montón de objetos hechos por personas en situación de vulnerabilidad. Este año, además, han abierto una tienda física en el centro de Barcelona, La Troballa, donde se pueden encontrar todos sus productos.
  • Proactiva Open Arms, contra la crisis del refugio. La ONG que rescata personas a las puertas de Europa, en el mar mediterráneo, tiene una tienda donde vende todo tipo de productos de merchandising, pero dónde además puedes encontrar regalos especiales, como entradas a conciertos solidarios o tarjetas de regalo para apoyar a su causa.
  • Botiga solidària de Sant Joan de Déu, el regalo doble. En esta tienda solidaria puedes hacer dos regalos en uno: harás feliz a la persona que recibirá el regalo, pero ayudarás a todas las personas que necesitan ser cuidadas. Se pueden encontrar desde calcetines, hasta barquillos, pulseras, libretas, cajas de chocolatinas y caramelos e, incluso, regalos de empresa.
  • Top Manta, la tienda de la diversidad. Un buen número de vendedores ambulantes de Barcelona, hartos de la persecución policial y agotados por las trabas en la regularización de su situación administrativa, fundaron Top manta, una marca ecológica, diversa, solidaria y de diseño. Tienen prendas de ropa exclusivas realizadas por diseñadores e ilustradores de renombre y su último modelo de bamba, la Ande Dem, ha sido todo un éxito de ventas.

Busca por internet y encuentra muchas más: la asociación de payasos de hospital Pallapupas, la Fundació Josep Carreras contra la leucemia, Amics de la Gent Gran, la AFANOC contra el cáncer infantil… ¡La lista es interminable, pero te animamos para que la explores entera!

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Los cantamos sin querer, y sirven para vender productos, servicios o candidatos políticos sin distinción. Durante las fiestas de Navidad, el ‘jingle’, y más concretamente, los ‘jingles’ navideños, suenan a todas horas en los centros comerciales, en las tiendas y en la televisión. Pero, ¿por qué son tan pegadizos?

 

Los expertos aseguran que la primera canción comercial de la historia fue por una publicidad de cereales de 1926. Se titulaba “Have You Tried Wheaties?”, sonaba un cuarteto a capella y la produjo Note Line Music Productions en Estados Unidos. Pero fue a partir de la década de los 30 del siglo XX que el ‘jingle’ se popularizó y, con la expansión de la televisión, cogió una nueva dimensión.

Un ‘jingle’ es un mensaje publicitario que se canta. Normalmente, son cancioncitas de duración muy corta, de no más de 60 segundos, que no podemos dejar de tararear. Los ‘jingles’ acompañan los anuncios radiofónicos y televisivos, porque son fáciles de recordar, suelen mencionar el nombre de la marca o el eslogan, y son muy repetitivos. Es el que se conoce como ‘branding’ auditivo. 

 

La efectividad hecha melodía

De hecho, según los expertos, la música produce niveles de reconocimiento de hasta el 90%, mientras que los elementos verbales solo llegan al 60%. Se calcula que los ‘jingles’ que contienen palabras funcionan un 14% mejor que aquellos que solo son melódicos. Además, los que mencionan el nombre de la marca son un 30% más efectivos que los que no lo mencionan. Si encima despiertan la emoción, la empatía y la confianza, los publicistas han llegado a buen puerto.

Los profesionales del ‘jingle’ aseguran que no es solo una canción, ni mucho menos, y requiere mucho arte. De entrada, el ‘jingle’ tiene que ser persuasivo y debe cumplir de pe a pa con la estrategia publicitaria que se le haya encomendado. Por eso, el estilo musical tiene que ser coherente con la identidad de la marca y el producto que anuncia.

Cuanto más directo sea más incidirá en nuestro cerebro bombardeado de mensajes. En resumen, tiene que ser claro, corto y sencillo. ‘Jingles’ los hay publicitarios, es decir, para vender un producto o un servicio; identificadores, que permiten identificar fácilmente una marca; y políticos, que difunden una idea.

 

Navidad, la época dorada

La época recoge todo el espíritu de los ‘jingles’ es Navidad: la obsesión del ‘jingle’ contamina a los artistas más reconocidos. Y, a partir de aquí, no hay límites. Hace más de 40 años que se versionan canciones y villancicos, y siempre tienen éxito. Desde el “Let It Snow! Let It Snow! Let It Snow!” de Frank Sinatra, hasta el “Blue Christmas” de Elvis Presley, pasando por el “What Are You Doing New Year’s Eve” de Ella Fitzgerald o el “White Christmas” de Otis Redding. Sin contar los discos de Navidad de Michael Bublé, el caso más sonado es el de Mariah Carey y su “All I Want For Christmas Is You”. Precisamente este año, la canción ha llegado a los 1.000 millones de reproducciones, una locura nunca vista para un ‘jingle’ y que le ha valido el certificado de diamante.

En el Estado español, los ‘jingles’ navideños están muy representados por villancicos de todo tipo: los míticos de Raphael, que este 2021, después de 56 años ininterrumpidos, no protagonizará la famosa gala de Navidad de TVE, pero también los más modernos, como “Aquí és Nadal i estic content!” de La Pegatina, “Simplement” de Blaumut o “Si ens veiessis” de Joan Dausà y Sara Pi. 

¿Y por qué recordamos tan bien los ‘jingles’, sean o no de Navidad? Al menos hay tres razones, según los psicólogos, que hacen que escuchar música y recordarla sea como montar en bicicleta: por simple exposición, porque vinculamos las canciones a recuerdos concretos de nuestra vida y por la llamada memoria motora, es decir, porque nuestro cerebro procesa las letras de las canciones de forma subconsciente, como si fueran un hábito más, como andar, conducir o nadar. Y tú,¿ cuántos ‘jingles’ eres capaz de recordar?

 

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Fa més de 3.000 anys, abans de la irrupció de Grècia, la humanitat ja disposava de societats desenvolupades i interconnectades econòmicament. Aquesta mena de globalisme pretèrit va provocar una fallida en cadena quan el canvi climàtic, les migracions i les noves tecnologies van fer caure la primera peça del dòmino.

 

La globalització no és un invent del segle XXI, ni del XX, ni tan sols del colonialisme i l’imperialisme que tanta sang van vessar. Molt abans la humanitat ja havia teixit una xarxa comercial connectant societats més avançades del que sovint pensem. A l’Edat de Bronze, cap al segon mil·lenni abans de Crist, hi havia diverses civilitzacions ben desenvolupades al voltant del mar Mediterrani. Parlem de l’antiga Babilònia (a l’actual Iraq), la cultura Micènica (a l’actual Grècia, que controlava el comerç amb la península Itàlica), l’imperi Hitita (actual Turquia) i l’Antic Egipte. Aquestes quatre civilitzacions havien establert unes relacions comercials que, més enllà de conflictes puntuals, els permetien el progrés mutu.

 

Com van col·lapsar?

Aquell món globalitzat i cosmopolita va ser esborrat del mapa en la que és considerada com una de les grans catàstrofes de la humanitat. I tot va començar amb catàstrofes climàtiques: una forta disminució de les pluges (durant tres segles) va deixar molt tocats els centres de producció d’aliments claus de la civilització. El mirall amb l’actualitat és espaordidor si pensem en l’acumulació de males collites i la conseqüent pujada de preus dels aliments bàsics que ja fa anys que escuren les butxaques dels ciutadans del nostre país.

La falta de pluges va provocar la fam i la fam va convertir-se en una migració desesperada i violenta. Ara aquells miserables són coneguts com els Pobles de la Mar, una munió de pobles units per la gana que es movien pel món buscant alguna cosa per menjar i que van arrasar primer Micenes, després l’imperi Hitita i que van trobar el seu mur de contenció amb Egipte. El faraó Ramsès III els va poder aturar a la desembocadura del Nil, però la grandíssima despesa bèl·lica va deixar la seva societat també tocada de mort. Així la pobresa es va estendre per Egipte i Babilònia, sobretot perquè havien perdut els seus dos principals clients i no tenien a qui vendre ni a qui comprar. Aquells imperis moderns i interconnectats van fer fallida i van donar lloc a petites ciutats-estat autàrquiques, tancades en si mateixes, mirant només de sobreviure. És el que es coneix com l’Època Fosca, que es va allargar fins a l’aparició de les polis gregues.

 

Repetirem la història?

Les societats i les economies modernes estan més connectades que mai, d’una manera que no és comparable a l’Edat de Bronze. Si al Japó hi ha un sotrac econòmic, la fiblada arriba tot el món en un devastador efecte papallona. Així mateix, però, hi ha més mecanismes i recursos dels que hi ha hagut en cap altre moment de la història per tal d’evitar que la catàstrofe sigui tràgica.

La primera clau, com ens ensenya la història, és la producció d’aliments. Garantir un nivell mínim de benestar al gruix de la població mundial és essencial per a la supervivència mútua. Ara bé, hi ha elements difícils de controlar. La natura, el canvi climàtic, les pors i desconfiances que generen conflictes de tota mena… el món és un polvorí sempre a punt per explotar. La qüestió és si la humanitat serà hàbil per mullar la metxa.

 

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L’estira-i-arronsa geopolític dels últims anys entre Orient i Occident ha posat de manifest un canvi de paradigma que és cada dia més evident. Hem tornat a un món multipolar on l’hegemonia dels Estats Units va perdent força any rere any. Analitzem les causes i conseqüències d’aquest reequilibri i repartiment del poder global.

 

El món està més interconnectat que mai, però el poder està més repartit. La distribució del poder en la geopolítica mundial ha variat històricament entre els Estats. Del sistema bipolar establert durant el període de la Guerra Freda, en què dues grans potències compartien el poder, es va passar a un món unipolar després del col·lapse de l’URSS i el bloc comunista. Aquest canvi de l’ordre mundial va establir una hegemonia nord-americana substantivament basada en dues columnes: el poder militar i l’econòmic.

Tanmateix, l’abast i la preeminència de la influència geopolítica estatunidenca era única i anava molt més enllà de la definició d’una superpotència tradicional. D. Hubert Vedrine, ministre d’Afers Exteriors francès, va encunyar un nou terme, hiperpotència, per descriure un domini de poder que no només dictava l’àmbit econòmic, tecnològic o militar global, sinó que també incloïa l’imperialisme cultural que detallaven sarcàsticament els membres del grup de música alemany Rammstein en la coneguda cançó Amerika.

Dit això, la comunitat internacional no va trigar a plantar les llavors per desafiar aquest nou statu quo. Economies emergents, com el bloc format pels BRICS, van començar a situar-se de manera organitzada en l’escena internacional, donant sentit al concepte de món multipolar que definia les bases d’un nou ordre polític i econòmic.

 

L’ascens d’Àsia i el declivi d’Occident

El 1988, el líder xinès Deng Xiaoping va dir al llavors primer ministre indi Rajiv Gandhi

que l’arribada del ‘segle asiàtic’ estava lluny de ser un fet fins que la Xina, l’Índia i els països veïns es desenvolupessin. Tres dècades després, pocs dubten que estem vivint una nova època daurada del continent asiàtic. Àsia és la regió de major creixement del món i el contribuent més gran al PIB global, amb la Xina com la segona economia mundial.

Els cicles econòmics i els mercats financers se centren cada vegada menys en els Estats Units. L’ús i abús de les sancions econòmiques en vers qualsevol corporació o país, fins i tot països aliats, que no se sotmet als interessos del gegant americà, no fa més que consolidar els esforços per part de la Xina, Rússia i altres països no alineats al bloc geopolític occidental a crear sistemes econòmics alternatius.

Beijing, amb el seu enfocament en aconseguir la independència tecnològica i vinculació d’altres països a la Iniciativa del Cinturó i Ruta de la Seda (del seu nom en anglès Belt and Road Initiative), inverteix el seu capital, ajudant a aixecar les economies regionals de parts del món oblidades per Occident, o a les que els antics poders colonials exigeixen molt més, sovint amb l’ús de la força, per rebre molt poc a canvi. Tot un conjunt de múltiples aliances que divideixen i distribueixen encara més els centres de poder i influència.

Encara que ens trobem davant d’un reequilibri necessari i inevitable de l’ordre mundial, en última instància, que els Estats puguin fer un bon ús de la ressurgència d’aquesta nova tendència cap a la multipolaritat dependrà de la seva ubicació geoestratègica, demografia, recursos energètics i, sobretot, del seu poder econòmic, que demarcarà els límits de la seva autonomia relativa a les superpotències establertes.

 

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Dicen que la Constitución de 1978 es el pilar de la democracia española. Tal vez lo sea, pero también es su cinturón de castidad. Todo lo que intenta respirar fuera del centro es reprimido en nombre de la unidad. Lo que se redactó para garantizar la autonomía ha acabado convirtiéndose en un mecanismo de sumisión: un texto que confunde lealtad con obediencia y convivencia con silencio.

 

Cuando el actual presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, afirmó que “todo el dinero de los catalanes es nuestro”, no hacía una boutade electoral, sino que expresaba sin filtros la verdad más profunda de un sistema diseñado para transformar la solidaridad en apropiación. Desde la centralización borbónica del siglo XVIII hasta el régimen constitucional de 1978, España ha construido un modelo que confunde unidad con sumisión y que encuentra en Madrid su centro gravitatorio. Lo que históricamente fue una necesidad administrativa se ha convertido hoy en una forma de dominación económica y simbólica.

Mientras la capital se proclama motor del progreso, la realidad es más prosaica: Madrid no genera riqueza, la absorbe. Su llamado “milagro madrileño” es el resultado de una arquitectura fiscal y jurídica creada para concentrar poder y renta, asfixiando a los territorios productivos que sostienen al país.

 

El vínculo directo con la “España vaciada”

Según la Agencia Tributaria, Madrid aportaba el 19,5 % del PIB estatal en 2023, pero declaraba el 24 % de las rentas más altas. La diferencia no es productividad, sino absorción: la riqueza nace en la periferia —Cataluña, País Valenciano y Baleares— y se declara en el centro. El Estado ha construido un modelo radial en el que todo —empresas, instituciones, medios y deporte— orbita en torno a un único núcleo, mientras el territorio se vacía.

Con la bonificación del 100 % en el Impuesto de Patrimonio y Sucesiones y una fiscalidad a medida para las grandes fortunas, Madrid ha creado un paraíso fiscal interno dentro del propio Estado. Más de 25.000 contribuyentes de alto patrimonio han fijado allí su residencia en la última década. El capital se refugia, la periferia se agota y el Estado observa satisfecho, porque este desequilibrio le resulta funcional.

Esa concentración de riqueza en el centro no solo empobrece a los territorios productivos, sino que acelera el vaciamiento de buena parte del país. Las zonas rurales e industriales, privadas de inversión y de actividad económica, sufren un éxodo constante de población joven y una dependencia creciente de las subvenciones. La llamada “España vaciada” no es un fenómeno natural y demográfico, sino la consecuencia directa de un Estado que chupa recursos, talento y oportunidades hacia Madrid.

Esta competencia desleal no se corrige: se fomenta. La supuesta solidaridad constitucional es, en realidad, un mecanismo de expolio legalizado por todo el territorio. Y cuando algún territorio denuncia el abuso, se le tilda inmediatamente de insolidario. La paradoja es demasiado compleja, porque quien sostiene al Estado es acusado de querer romperlo.

El “milagro” madrileño no es más que el resultado de una arquitectura fiscal y jurídica diseñada para concentrar poder y renta, asfixiando a los territorios productivos que mantienen al país.

La densidad como estrategia de dominación

La demografía fue su primera consecuencia visible. A partir de 1950, la Meseta comenzó a vaciarse de forma sostenida, empujada por la necesidad de alimentar a Madrid con grandes dosis de capital humano.

Aquel flujo interno de población no fue espontáneo: respondía a una estrategia de Estado destinada a reforzar el centro político y administrativo. Madrid no creció para ser el motor económico del país, sino para convertirse en su sede de poder.

Esa concentración masiva transformó la ciudad en un ecosistema de funcionarios, gestores, servidores públicos y comisionistas, más que en un espacio de productores o innovadores. No fue una casualidad geográfica, sino el resultado de un proyecto político de densidad poblacional, porque allí donde se acumula población, se acumula representación; y donde hay representación, hay legitimidad.

La mayoría parlamentaria que sostiene este statu quo no es fruto del azar. El 45 % de los escaños del Congreso se reparten entre Madrid y las dos Mesetas, una configuración que convierte la concentración demográfica en hegemonía política permanente. La Ley Electoral, diseñada para sobrerrepresentar la provincia como unidad de voto, garantiza que el centro gobierne incluso sin mayoría social.

Así, el bipartidismo —PSOE y PP— actúa como las dos caras de un mismo régimen, alternándose en el poder sin alterar sus cimientos. Madrid no solo se ha blindado con leyes y votos, sino también con la moral del poder, bajo la convicción de que todo lo central es racional y todo lo periférico, sospechoso.

Con el tiempo, esa demografía inducida y esa sobrerrepresentación se convirtieron en la base material y simbólica del poder central. Cuando llegó la democracia, Madrid ya concentraba suficiente peso electoral para condicionar cualquier mayoría. El equilibrio territorial dejó de ser un objetivo para convertirse en una anomalía estadística. Desde entonces, la concentración se interpreta como “eficiencia” y el vaciamiento de la periferia como una consecuencia natural del mercado.

Pero incluso en esto, la lógica es la de siempre, donde la dependencia como método de cohesión. El centro crece a costa de la periferia, y la periferia se mantiene fiel porque depende de las transferencias, los contratos o la presencia institucional. Como en toda estructura histórica de dominación, la corrupción actúa como mecanismo de paz social que compensa agravios, compra lealtades y evita reformas que podrían deshacer el sistema.

Así, la política demográfica, la economía radial y la corrupción estructural forman un único engranaje. El poder no solo se ejerce desde el centro, sino que se fabrica desde el centro, con población, recursos y narrativas puestas al servicio de una misma finalidad: mantener la unidad por medio de la dependencia.

 

La corrupción como argamasa

Ninguna estructura se sostiene sin cemento, y en España ese cemento es la corrupción. No es un vicio moderno, sino una herencia orgánica. Ya en las Cortes leonesas del siglo XI, el favor era la moneda del poder: la burocracia servía para conceder, no para administrar. Tanto con los Austrias como con los Borbones, aquel sistema cortesano se amplificó y perfeccionó hasta convertirse en un método incrustado en las entrañas del Estado. Cuando España todavía no lo era —cuando solamente era un mosaico de reinos gobernados desde el centro —a través del proyecto fallido de la Monarquía Hispánica— la gracia sustituía al derecho, y la lealtad política pasaba por la obediencia económica.

Este patrón nunca se rompió, solo se modernizó. Donde antes había mercedes reales, hoy hay contratos públicos; donde había virreyes, hoy hay delegaciones del Gobierno; y donde había clientelas, hoy hay partidos. La corrupción actúa como la continuidad histórica del poder personalista, el pegamento invisible que une a las élites del centro con las periferias obedientes.

Y cuando la obediencia falla, el mecanismo es el endeudamiento. Provocar deuda es la forma moderna de someter al territorio. Las autonomías, carentes de soberanía fiscal y obligadas a financiar servicios esenciales con recursos insuficientes, se ven forzadas a recurrir al Fondo de Liquidez Autonómico (FLA), un instrumento creado por el Ministerio de Hacienda para suministrar liquidez… a cambio de dependencia estructural.

A través del FLA, lo que antes se negaba en financiación —imponiendo condiciones y controles— se devuelve como deuda condicionada. Así, la necesidad se transforma en sumisión política y la dependencia, en lealtad forzada. El expolio y el endeudamiento son las dos caras de la misma moneda, donde una que siempre cae de cara para el centro y de cruz para la periferia.

Y cuando la obediencia falla, el mecanismo es el endeudamiento. Provocar la deuda es la forma moderna de someter al territorio.

La ley como escudo

El cimiento de esta arquitectura no es económico, sino jurídico. La Constitución de 1978, presentada como pacto de convivencia, consagró la unidad de España como principio dogmático.

El artículo 2 la define como “indisoluble”; el artículo 138 promete equilibrio económico entre territorios, pero sin fijar mecanismos efectivos; y el 156 reconoce la autonomía financiera de las comunidades… siempre que no cuestione la unidad. El resultado es un derecho constitucional al centralismo, donde toda descentralización real se percibe como concesión y no como derecho.

La propia estructura jurídica refuerza esta asimetría. El Estado mantiene competencias “básicas” en casi todos los ámbitos —sanidad, educación, energía, fiscalidad— a través de lo que el Tribunal Constitucional llama “principio de igualdad básica de los españoles”. Este principio, aparentemente neutro, permite recentralizar competencias siempre que el gobierno central considere que es necesario “garantizar la cohesión nacional” o “evitar desigualdades territoriales”. Es el mecanismo jurídico que hace posible que el Estado decida sobre impuestos, infraestructuras o recursos naturales que en otros países federales serían competencia propia de los territorios.

El sistema de financiación autonómica es un ejemplo paradigmático: las comunidades recaudan una parte limitada de los impuestos, pero dependen de transferencias anuales que el Ministerio de Hacienda puede ajustar discrecionalmente. Esto genera una dependencia estructural que transforma el principio de autonomía en una ficción administrativa.

Y en ese engranaje legal y financiero, los bancos juegan un papel esencial. Entidades como La Caixa o el Banco Sabadell —originariamente nacidas para canalizar el ahorro y el crédito productivo del tejido catalán— han acabado actuando como peones estructurales del sistema centralista. No por ideología, sino por necesidad de supervivencia en un marco regulador, fiscal y político que recompensa la sumisión y castiga la disidencia.

El traslado de sedes sociales tras el referéndum de 2017 es la prueba más evidente de ello: una operación jurídica presentada como “decisión empresarial”, pero que respondía a una presión política explícita del Estado y del Banco de España, decidida a utilizar el miedo financiero como herramienta de control territorial.

Así, las propias entidades que nacieron para apoyar la economía productiva catalana se han convertido en garantes del statu quo, asegurando que los flujos de crédito e inversión sigan pasando por el centro y que la estructura de dependencia no se rompa.

De esta forma, Madrid puede actuar como paraíso fiscal, aplicando bonificaciones y rebajas de impuestos que atraen capitales, mientras Cataluña o la Comunidad Valenciana no pueden gestionar íntegramente sus propios recursos sin ser acusados ​​de romper la unidad de España. Entonces, el mensaje está claro: la libertad económica del centro es “eficiencia”; la de los demás, “insolidaridad”.

La ley se erige así en el escudo del privilegio, transformando la desigualdad en norma y la disidencia en delito moral. De esta forma, permite el centralismo no defenderse con el ejército, sino que por medio de códigos legales, bancos dóciles e instituciones económicas disciplinadas que hacen del poder una cuestión de derecho, y del derecho, una herramienta de control.

Cuando el territorio cuestiona el sistema

El movimiento independentista catalán no fue —como quiso presentarse— un delirio identitario, sino una reacción política ante un sistema económico e institucional insostenible.

Durante décadas, Cataluña había confiado en que el autogobierno podía coexistir con la lealtad constitucional, pero la sentencia del Tribunal Constitucional del 2010 contra el Estatuto de Autonomía rompió definitivamente esta ficción.

Cuando el Estado declaró inconstitucionales artículos aprobados en referendo y ratificados por el Congreso, dejó claro que la autonomía tenía límites de cartón: el autogobierno existía solo mientras no pusiera en cuestión el centro. La demanda de una financiación justa no era únicamente una cuestión contable; era, en realidad, una denuncia del modelo extractivo que alimenta el corazón del Estado con los recursos de todo el levante peninsular.

Porque en el centro del debate económico aparecieron las balanzas fiscales, el déficit de inversiones, las infraestructuras radiales, lo que desembocó en un cuestionamiento de soberanía política, puesto que evidenciaba que la dependencia financiera es el verdadero mecanismo de sumisión.

El Proceso de 2017 puso en evidencia que el centralismo no es una disfunción del sistema, sino su esencia fundacional. Cuando una parte del territorio se atrevió a ponerlo en cuestión, el Estado respondió no con diálogo, sino con represalia institucional y movilización judicial. En esa respuesta, la monarquía borbónica jugó un papel especialmente activo, convirtiéndose en garante simbólico del viejo orden.

Con la aplicación del artículo 155, la intervención de la Generalitat y la persecución penal de líderes políticos y civiles mostraron la cruda realidad: la Constitución no es un marco de convivencia, sino un contrato de sumisión que se activa cuando alguien prueba los límites.

Por este motivo, la supuesta “Nueva Financiación Singular” que hoy el PSOE y su filial pregonan a los cuatro vientos, ofreciéndole a Cataluña, es una absoluta contradicción en todos sus términos. Porque si fuera realmente singular, rompería la uniformidad fiscal que garantiza el poder del centro e implosionaría el edificio constitucional sobre el que se construye el régimen del 78.

El sistema no puede reformarse sin destruirse, porque su fortaleza es su rigidez. Este sistema fue creado para vivir de la centralización y la centralización es incompatible con la libertad económica de los territorios.

Madrid puede actuar como paraíso fiscal aplicando bonificaciones y rebajas fiscales que atraen capitales, mientras Cataluña o el País Valenciano no pueden gestionar plenamente sus propios recursos sin ser acusados de romper la unidad de España.

Detrás del espejismo del 78

Como ya advertía Montesquieu, “cuando el poder se concentra, la libertad se desvanece”. España ha convertido a esta máxima en programa de Estado. Madrid actúa como una metrópoli interior que gobierna por atracción y dependencia: fiscal, mediática, política y deportiva. La corrupción engorda los engranajes, la ley consagra su legitimidad y la demografía garantiza su continuidad.

Por eso, hablar de financiación singular es hoy un oxímoron: ninguna singularidad es posible dentro de un sistema diseñado para anularla. El centralismo madrileño no es una patología, sino que es el corazón mismo del régimen.

Y mientras la riqueza siga viajando del levante peninsular hacia el centro, España seguirá siendo un Estado de dependencias con apariencia de democracia. El verdadero milagro no es Madrid: es que el país aún aguante. Porque —como siempre— el poder no reside dónde se trabaja, sino dónde se arbitra la distribución del mérito. Quizás la pregunta no es si España puede cambiar, sino si realmente quiere hacerlo.

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Des de fa temps, la història ens retorna a un vell debat encara no resolt: què és ben bé Espanya? Una pregunta difícil que han hagut d’afrontar un grapat de generacions. Pel camí hi ha hagut tota meva de debats, promeses, triomfs i derrotes. I, malgrat tot, encara estem lluny de trobar una resposta. 

 

Després de la llarga nit franquista, a Espanya se li van plantejar nous reptes a partir de 1975. L’Estat havia de trobar l’equilibri entre la reforma que proposava el govern franquista i la ruptura que demanava part de l’oposició. La solució pactada va ser la de transitar plegats cap a un nou règim fonamentat en una nova Carta Magna. La Constitució espanyola de 1978 es va dividir en deu títols i 169 articles. Al text, el terme “nació” apareix tan sols en dues ocasions, mentre que el terme “Estat” conté 90 entrades.

La primera i més important menció a la “nació” és la que obre el Preàmbul. “La nació espanyola, desitjant establir la justícia, la llibertat i la seguretat i promoure el bé de tots els que la integren, fent ús de la seva sobirania…”, comença el text fundacional, tal com si la mateixa nació redactés el que s’hi llegirà. Més endavant, aquesta “nació” autoproclamada expressa la voluntat de “constituir-se en un Estat social i democràtic de dret”, el qual desplegarà tots els seus òrgans i funcions. 

La “nació”, objecte de litigi

Segons sembla, l’al·lusió a “els que la integren” es refereix als individus. En efecte, l’article 2 fonamenta la Constitució en “la indissoluble unitat de la nació espanyola, pàtria comuna i indivisible de tots els espanyols”, la qual “reconeix i garanteix el dret a l’autonomia de les nacionalitats i les regions que la integren i la solidaritat entre totes elles”. Justament aquest article és objecte de continu litigi. 

Aquest famós article 2, en realitat, sembla que ens està dient que no són els individus els qui decideixen o desitgen una cosa, sinó que és la nació. Perquè la nació és qui ostenta la sobirania, no el poble. I qui anuncia aquesta proclamació de la sobirania tampoc és el poble, sinó que està personificada en la figura del Rei d’Espanya. Per tant, tot allò que integra la nació resulta confús.

“No són els individus els qui decideixen o desitgen una cosa, sinó que és la nació. Perquè la nació és qui ostenta la sobirania del poble, no el poble.”

El regne de les “nacionalitats”

Certament, l’al·lusió a les nacionalitats i a les regions apunta a la vella idea de la divisió territorial del regne. Aquesta paraula —“regne”— no s’esmenta enlloc a la Constitució. Cosa estranya, atès que Espanya es configura, en la seva forma, com a regne. Regne d’Espanya, en singular. Però aleshores, què són les nacionalitats? Què amaga el terme per referir-se a aquestes entitats orgàniques etnoculturals?

Sembla evident que es tracta d’un expedient púdic per al·ludir, sense anomenar-los, als antics regnes d’Hispània, a part de Castella, formats per: Catalunya, València, Mallorca, Aragó, Navarra, Galícia, el País Basc, Andalusia (i Portugal). Per tant, quin és el sentit i quina és la funció de les nacionalitats i de les regions? Impossible saber-ho, ja que aquests conceptes no tornen a aparèixer en tot el redactat de la Constitució.

Tot gira entorn de la “reconquesta”

Contra el discurs repetit com un mantra dins del sistema escolar franquista, l’aprenentatge d’Espanya es va articular en funció del concepte de “reconquesta”. Es tracta d’un terme historiogràfic —emprat encara en els currículums de secundària de Castella— que descriu el procés de recuperació del món feudal per sobre del món musulmà i jueu, perquè s’entén que els musulmans no eren els legítims propietaris de la geografia hispànica…

Aquest procés va arrencar poc després de l’arribada dels àrabs a la península Ibèrica al segle VIII i va finalitzar amb els Reis Catòlics al segle XV, els quals acabarien unificant “Espanya” com un Estat integral. Aquesta Reconquesta acabaria forjant “l’esperit espanyol”. O sigui, arguments històrics per justificar el nacionalcatolicisme imposat després de la Guerra Civil.

Tanmateix, no sembla que hagi existit mai ‘de facto’ una “nació espanyola”, és a dir, integradora de nacionalitats i regions, com ens vol fer creure la Constitució actual. Ni tan sols és segur que s’hagi consolidat mai com a Estat-nació, en el sentit modern. Ho veiem a continuació!

“No sembla que hagi existit mai ‘de facto’ una ‘nació espanyola’, és a dir, integradora de nacionalitats i regions, com ens vol fer creure la Constitució actual”

De la confederació a l’absolutisme

L’Estat dinàstic, iniciat pels Reis Catòlics, com hem dit, va acabar esdevenint un Estat absolutista. Abans de ser-ho, havia hagut de restringir el poder de la noblesa, forçar l’adscripció a la religió catòlica i cohesionar tot el poder en una devoció lleial al Rei. En contra del que pensen alguns, la llengua va restar al marge d’aquest esquema de poder. Per tant, no va ser mai un element unificador fins a principis del XVIII, encara que el franquisme intentés falsejar la història una vegada més.

El poder es va anar organitzant al voltant de cinc Consells d’Estat: Castella, Aragó, Itàlia, els Països Baixos, Portugal (1580-1640) i les Índies Occidentals. Per tant, els diferents territoris que configuraven la geografia de la Corona d’Hispaniae —plural d’Hispània— mantenien l’administració, la moneda i les lleis pròpies. En aquest sentit, es tractaria d’una mena confederació de nacionalitats, les quals conservaven les seves peculiaritats, furs i tradicions.

El predomini de Castella (que aglutinava Galícia, Astúries i Lleó) sobre els altres regnes existents de la península Ibèrica cada vegada va ser més evident, per extensió i població i, sobretot, després d’incorporar les Índies Occidentals al regne castellà, que ho va fer a títol de “descobriment”, amb tot el que va significar. D’aquesta manera, la progressiva translació de l’economia del mediterrani cap a l’atlàntic va comportar un canvi de paradigma en les relacions entre els diferents territoris que configuraven la Corona Hispànica.

Aquesta pluralitat, no sense sobresalts, va anar derivant cap a una major centralització del poder. Però el salt definitiu va ser després de la guerra de Successió i la subsegüent entronització de la dinastia borbònica al tron castellà. Entre 1707 i 1716, el nou rei Felip V va anar promulgant els coneguts Decrets de Nova Planta pels diferents territoris de la corona d’Aragó com a càstig per la seva rebel·lió i com a dret de conquesta. En canvi, aquesta pèrdua d’autonomia no va afectar mai ni Navarra ni les Províncies Basques, atès que aquests territoris havien estat fidels a la causa borbònica.

Va ser llavors quan Castella es va transformar en l’Espanya borbònica: una monarquia absoluta i fortament centralitzada. Prova d’aquest procés, Felip V escrivia el 1717: “He jutjat per convenient […] reduir tots els meus Regnes d’Espanya a la uniformitat d’unes mateixes lleis, usos, costums i tribunals, governant-se tots igualment per les lleis de Castella”. Així, com a resultat d’una repressió i per dret de conquesta, una Espanya castellanitzada per força es comença a configurar com un modern Estat (d’importació francesa) nacional (d’exportació castellana). Naturalment, la il·lusió va durar ben poc.

“De les nou constitucions espanyoles contemporànies, totes tenen en comú una mateixa afirmació: són una constitució de la monarquia i de confessió catòlica”

La il·lusió fallida de la “república federativa”

L’il·lustrat i escriptor José Marchena (1769-1821), exiliat a Baiona per escapar de la Inquisició, va escriure el 1792 un revelador informe per Jacques Pierre Brissot, un girondí i ministre d’assumptes exteriors de la República Francesa, sobre les dificultats d’implantar a Espanya una constitució semblant a la francesa del 1791. Les seves paraules són força reveladores: “França ha adoptat ara una constitució que fa d’aquesta vasta nació una república unida i indivisible. Però a Espanya, les diverses províncies de les quals tenen costums i usos molt diferents i a la qual s’hi ha d’unir Portugal, només hauria de poder-se formar una república federativa”.

En un sentit similar, el 1808, a Cadis, el cèlebre polític gironí, Antoni de Campmany va escriure, tot just començada la Guerra del Francès, en la famosa publicació ‘El Sentinella’: “… A França, doncs, no hi ha províncies ni nacions; no hi ha Provença ni provençals; ni Normandia ni normands. Tots s’esborraren del mapa dels seus territoris i fins i tot els seus noms […]. Tots es diuen francesos”. I més endavant detalla: “Llavors, què seria ja dels espanyols si no hi hagués hagut Aragonesos, Valencians, Murcians, Andalusos, Asturians, Gallecs, Extremenys, Catalans, Castellans? Cadascun d’aquests noms inflama l’orgull d’aquestes petites nacions, les quals configuren la gran nació”.

Dècada rere dècada, de les nou constitucions espanyoles redactades durant l’edat contemporània (1812-1978), totes tenen en comú —amb petits matisos—, una mateixa afirmació: són una constitució de la monarquia i de confessió catòlica, la religió del Rei i de la nació. Per tant, la unitat de la nació és la unitat de la monarquia.

Existeix, doncs, una nació de nacions?

 

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Solo uno de cada tres ciudadanos adultos europeos tiene conocimientos financieros mínimos, según un nuevo informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Esto significa que la mayoría de las personas no tienen los conocimientos necesarios para gestionar eficazmente su dinero.

 

La educación financiera es una competencia necesaria esencial en el día a día de la ciudadanía. Es complicado tomar las decisiones acertadas en la gestión del hogar, la planificación del ahorro, la solicitud de un crédito o la contratación de una hipoteca si no tenemos unos conocimientos financieros mínimos.

En este contexto, y en pleno debate sobre los malos resultados académicos de los alumnos catalanes de cuarto de ESO en las pruebas PISA, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) presentaba un informe devastador sobre la educación financiera en Europa. Según el cual, solo el 34% de los adultos europeos tienen conocimientos mínimos en educación financiera. Por lo tanto, una gran parte de la ciudadanía no tiene la capacidad necesaria para gestionar sus finanzas de una manera eficaz.

De hecho, tan solo los ciudadanos irlandeses y alemanes logran el umbral mínimo de conocimientos financieros de 70 puntos sobre 100. Unos resultados preocupantes dadas las presiones que sufren los presupuestos de los hogares en el contexto económico actual, cosa que aumenta el riesgo de endeudamiento y otras situaciones económicas desfavorables.

Cultura financiera bajo mínimos

Mientras que un 84% de los adultos de los 39 países participantes en el estudio entienden la definición de inflación, solo el 63% saben aplicar el concepto de valor temporal del dinero a sus propios ahorros. Concretamente, cómo la inflación impacta el valor temporal del dinero al reducir el poder adquisitivo del dinero a lo largo del tiempo.

Además, a pesar de que los resultados muestran que alrededor del 77% de los adultos entienden la relación entre riesgo y recompensa, únicamente el 42% de los encuestados entre todos los países pueden responder correctamente a una pregunta sobre el interés compuesto (interés que se va sumando en el capital inicial y sobre el cual se van generando nuevos intereses). Incluso entre los adultos que tienen contratados productos de ahorro en estos países, solo el 46% entienden este concepto del interés compuesto.

La OCDE también avisa que la propagación de los servicios financieros digitales, que se aceleró durante la pandemia, hace más necesario que nunca de dotar a las personas de los conocimientos y habilidades adecuados para utilizar estos productos y servicios de manera segura. Por otro lado, la introducción de las monedas digitales y otros criptoactivos en el ecosistema económico, compuerta una mayor incidencia y complejidad de los fraudes y las estafas financieras, que también ponen de relieve la necesidad de reforzar los conocimientos financieros de los adultos para evitar el cibercrimen.

Plan de educación financiera de 11Onze

Empoderar a la ciudadanía a través de la educación financiera ha estado en el corazón de 11Onze desde sus inicios. Ampliar los conocimientos sobre economía y finanzas de nuestra comunidad, poniendo a su alcance todas las herramientas necesarias, es uno de los pilares fundacionales de la primera fintech comunitaria de Cataluña.

Desde el lanzamiento de 11Onze Escola, un proyecto que ofrece sesiones formativas sobre el mundo de las fintechs para que centros educativos, empresas y colegios profesionales de todo el país puedan formar a sus alumnos en materia económica y financiera, disponemos de una plataforma única que permite complementar el currículum escolar educando a los jóvenes en cuestiones monetarias y que pone a su alcance herramientas para la creación de riqueza.

Con el mismo propósito de formar a nuestra comunidad, se impulsan las lecciones de la sección Aprender, que ofrece contenidos como la serie El Diner, las Formacions 11Onze hechas por los mismos trabajadores o nuestros Cursos cortos. Además, en el apartado Descobreix de 11Onze TV también encontraréis piezas de nuestros agentes sobre temas de interés para nuestro día a día. Porque desde un buen principio teníamos claro que sin una buena formación financiera difícilmente seremos una sociedad libre que pueda decidir su futuro.

 

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¿Hay algo mágico en el Día de Todos los Santos? ¿Celebramos la Castanyada como quien celebra el Halloween en los países anglosajones? ¿Veneramos la muerte o la vida? Festejar el otoño con panellets, castañas y boniatos quizás tiene más que ver con nuestro pasado agrícola de lo que pensamos.

 

El proceso genético y cultural que los humanos experimentamos hace unos cinco millones de años nos capacitó para transformar objetos en utensilios, hecho que nos permitió adaptarnos con más eficacia a los diferentes climas de la tierra. La movilidad fue clave para nuestra supervivencia. Pero, hace 10.000 años aproximadamente, ese nomadismo se vio alterado por un descubrimiento aún más revolucionario: la agricultura

La posibilidad de producir el propio alimento comportó que nos estableciéramos en zonas aptas para el cultivo y, al mismo tiempo, nos permitió estabular las manadas salvajes para asegurarnos la proteína de todo el año. Estas sociedades sedentarias primitivas quedaron condicionadas para siempre jamás más por un calendario agrícola y ganadero. Será entonces cuando aparecerán las primeras evidencias del culto a los dioses, a las diosas y a los antepasados. 

¿Y qué tiene que ver todo esto con Todos los Santos? Pues que la antropología ha estudiado a fondo cómo, en el origen de la festividad, hay un patrón, una creencia, que se da de manera similar en infinidad de culturas de todo el mundo. Su punto de partida siempre es el mismo: la celebración del nacimiento de un periodo de oscuridad que se alarga hasta un periodo de luz. Así es como encontramos festividades como las de la Pomona romana, la del Samhain celta o el Udazkena vasco. 

De este modo, el Samhain o el Udazkena marcaban el inicio en el calendario agrícola del periodo en el que los campos y las tierras se volvían yermos —similar al mundo de los difuntos— hasta que, con la llegada de la primavera, todo volvía a empezar. Se iniciaba así un nuevo ciclo de la vida. Estas creencias paganas que practicaban los habitantes del ‘pagus’ —los payeses— se mantuvieron muy arraigadas durante milenios hasta la irrupción del cristianismo en el siglo I.

El mundo católico se apropia de las tradiciones paganas

El inicio del fin del paganismo vino de la mano del Papa Bonifacio IV, que en el 610 consagró el Panteón romano de Agripa, que hasta entonces se había dedicado al culto pagano de Júpiter. Aprovechando este hecho, instituyó una fiesta que conmemoraba a todos los santos desconocidos y anónimos de la cristiandad y que se celebraba el 13 de mayo. 

Pero no fue hasta mediados del siglo IX, a raíz del Renacimiento carolingio, cuando se instaura, definitivamente y por todo el occidente medieval, lo que conocemos como la festividad de Todos los Santos. La encíclica papal de Gregorio IV del año 840 promulgó la cristianización definitiva de todos los territorios del imperio y obligó a sustituir las fiestas paganas, como por ejemplo el Samhain o las de Pomona, por la de Todos los Santos, cambiando la fecha de celebración al 1 de noviembre. Durante centurias, el mundo católico continuó su política de suplantar tradiciones ancestrales paganas por eventos de iglesia, mientras que en el mundo anglosajón, donde el protestantismo era preeminente, relajó esta presión.

Hoy en día, observamos que mientras Todos los Santos es más bien un día oscuro, triste, de recogimiento, en cambio, Halloween —‘All Hallow’s Eve’— es festiva, dulce, divertida y, eso sí, muy amplificada por el aparato propagandístico norteamericano. En el resto del mundo, como por ejemplo en Filipinas o México —y sobre todo a raíz de la película ‘Coco’, de Pixar—, la festividad tiene, todavía más, un cariz festivo: no solo se visita la tumba del difunto, sino que se celebra un pícnic familiar a su alrededor, donde se colocan máscaras, cintas de colores e, incluso, se cocinan platos especiales. 

 

En Cataluña, alegría y severidad

En cuanto a nuestra cultura, según narra el folclorista y etnólogo Joan Amades en su conocido ‘Costumari català’ (Salvat Editores, 1982), el Día de Todos los Santos tiene dos caras muy diferentes: la alegre y festiva de la mañana y la rigurosa y severa de la tarde. Esto es así porque, tal y como recuerda Amades, existe la creencia que, justo cuando se cumple el medio día del 1 de noviembre, las personas que han muerto hace poco tiempo vuelven unas horas a vivir con su familia. 

Incluso había la tradición, en algunas casas de Barcelona, de poner los cubiertos sobre la mesa para el difunto, como si fuera un invitado más. Así mismo, era muy común, el 1 de noviembre, convocar a los difuntos en casa, pero también ayudarlos a volver a la eternidad. Por eso, en la fachada de las casas era habitual colgar unos farolillos, y también se ponían sobre las tumbas. 

En el ‘Costumari català’, Amades también rememora una costumbre típica de las poblaciones rurales, donde era popular hacer ofrendas de pan a los difuntos dentro de los cementerios. Esta tradición evolucionó hasta los populares panellets, que los panaderos convirtieron en un negocio. 

Siguiendo con la gastronomía, por estas fechas las castañas, los boniatos y los panellets han sido y son los alimentos más usuales. Como anécdota, por ejemplo, se explica que en algunas zonas de Cataluña había la superstición de que, si comías castañas, se te caía el pelo y, por eso, las mujeres no querían comerlas. Por este motivo, las castañas se sustituían por piñones. Quizás por eso muchos panellets se envuelven con las semillas del pino.

En definitiva, el Día de Todos los Santos, de hoy, de antes y de mucho antes, siempre responde al mismo espíritu: mantener viva la memoria de nuestros antepasados y venerar el ciclo de la vida que tan bien se expresa en el mundo campesino.

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