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La pandemia de la Covid-19 nos ha dejado cifras muy desagradables, encabezadas por las 23.000 defunciones que se han registrado en Cataluña desde el inicio de la pandemia. A este número se suma la desesperación de muchas familias a la hora de hacer frente al entierro para despedir a su ser querido dignamente, ya sea por falta de recursos económicos, por los elevados gastos de la funeraria o, en algunos casos, por no poderse permitir o disponer de un seguro de decesos.
El primer obstáculo con que se encuentran muchas familias empieza en el mismo centro sanitario: por falta de información, en muchos casos desconocen el procedimiento para contratar en el hospital los servicios funerarios por la muerte de un familiar. Para dar respuesta a esta necesidad, el Ayuntamiento de Barcelona ha creado un protocolo de buenas prácticas sobre servicios funerarios, al que ya se han adherido diez centros hospitalarios de la ciudad.
La finalidad de este protocolo es facilitar información a las familias sobre los pasos a seguir y favorecer la libertad a la hora de escoger una empresa funeraria. Por eso, los centros sanitarios, conjuntamente con los cementerios de la ciudad de Barcelona, disponen de un tríptico donde se informa sobre precios, derechos, empresas operadoras, el procedimiento a seguir en caso de seguro, los servicios gratuitos y los servicios bonificados. El protocolo también detalla cómo toda esta información la tiene que facilitar el personal sanitario en una zona habilitada, para mantener la privacidad.
El impacto de la pandemia y la situación de desamparo en la que se han encontrado muchas familias ha llevado a la Generalitat a establecer que “en ningún caso los precios de los servicios funerarios podrán ser superiores a los vigentes con anterioridad al 14 de marzo de 2020”. Una mala praxis que ya habían denunciado algunos usuarios de funerarias, que alertaban de unos precios demasiado elevados para los difuntos por coronavirus.
Actualmente, por la falta de transparencia y de información por parte de las funerarias y el agravante del coronavirus, se hace complicado establecer un precio mediano de entierro en Cataluña. Pero para hacernos una idea, en Barcelona, la limitación de los servicios funerarios durante la pandemia se situó en los 1.948,10 euros.
La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) llevó a cabo en 2020 un estudio donde analizaba las páginas web de 50 funerarias de diferentes ciudades del Estado español, y llegó a la conclusión que la falta de transparencia es constante y recurrente en este sector. Solo cinco funerarias de las 50 que se analizaron informaban y detallaban sus tarifas; otras mostraban el precio de determinados servicios o simplemente el coste total; y las 37 restantes directamente no informaban de precios.
A esta falta de transparencia se suma la falta de libertad a la hora de escoger funerarias, especialmente para personas con seguros de decesos, que solo pueden escoger entre las opciones que la aseguradora indica. En el Estado español, prácticamente la mitad de la población difunta en 2020 tenía seguro (46,6%) y, por lo tanto, se le limitaba la elección. La asociación de pequeñas funerarias Esfune alertaba este mismo año a la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia de esta falta de libertad, que según su estudio afecta al 70% de las familias, tengan o no seguro.
Nada nos libra de la muerte. Por eso es tan importante que el sector funerario ofrezca facilidades y garantías a las familias y se comprometa con la transparencia. Porque el deber de las funerarias es dar una buena muerte.
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Las reflexiones que recogemos a continuación, sean de corte memoríalístico, como los de Josep Pla y Cristian Segura, o en forma de ensayo periodístico, como los de Roger Vinton, Gemma Garcia Fàbregas, Jordi Amat, Pere Cullell y Andreu Farràs, describen cómo funciona la economía productiva y financiera en manos de unas élites que prefieren permanecer siempre en la sombra.
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Los creadores del concepto “capitalismo consciente” son el empresario John Mackey y el profesor de marketing Rajendra Sisodia. Ambos se han puesto manos a la obra y han fundado la ONG Capitalismo Consciente para difundir su idea e incidir en las políticas y la economía de todo el mundo. Mackey y Sisodia se basan en el poder de las empresas para transformar el mundo y crear un impacto positivo.
Pero, ¿cómo se consigue todo esto? ¿Se puede modificar el capitalismo, que se basa en la defensa de la propiedad privada y en la generación de riqueza individual, para que sea una herramienta de progreso colectivo? La clave está, según ambos autores, en la gestión empresarial, y que sintetizan a partir de cuatro objetivos básicos:
Ya hay muchas empresas que trabajan con estos cuatro consejos muy presentes y también hay cada vez más consumidores que buscan comprar productos de una forma más consciente. ¿Quieres saber más sobre capitalismo consciente? Termina de ver el video de abajo.
Se han hecho versiones de todos los famosos catalanes y de todo el mundo, y hay quién los colecciona, pero normalmente el ‘caganer’ lleva puesta una barretina, una camisa blanca, un pantalón oscuro y una faja, normalmente representando a un campesino o un pastor. Es una de las figuras más entrañables del belén, y a menudo actúa, dentro del bucólico escenario, un poco como Wally de los libros de ‘¿Dónde está Wally?’: todo el mundo se divierte buscando el rincón en el que se debe de haber escondido.
Explican los historiadores que la figura del ‘caganer’ aparece en los belenes catalanes a partir del siglo XVII. No obstante, no se hizo popular hasta el siglo XIX. La tradición del ‘caganer’, a pesar de la escatología evidente, está muy aceptada por la Iglesia. A pesar de que se desconoce por qué los catalanes decidimos colocar una figura haciendo sus necesidades en medio del belén, el imaginario colectivo ha convenido que, con sus excrementos, adoba la tierra y la fertiliza para todo el año. Sea cual sea el origen del ‘caganer’, merece la pena conocer más curiosidades sobre la figura en el video de abajo.
El origen de los turrones, según la teoría más aceptada, es árabe-judío. Sin embargo, el hecho es que hay otros que indican que su origen es de los Países Catalanes, ya sea por su nombre, “turrón”, o porque a los Países Catalanes es donde vive su punto álgido. Y es que los turrones se hacen desde hace centurias, desde Alicante hasta la Cataluña Norte, tanto de manera artesanal como de manera industrial.
Hoy en día hay turrones para todos los gustos. Además de los tradicionales —hechos de avellanas, almendras, miel o azúcar y clara de huevo, duros y blandos—, también los hay de sabores muy diferentes y adaptados a todas las necesidades de los clientes: para diabéticos, celíacos, veganos… Y para paladares y gustos diferentes: de crema, de chocolate con frutos secos, con licor, con fruta, con sal y un largo etcétera. Porque la imaginación del maestro turronero hace que cada año salgan al mercado turrones con gustos nuevos.
Los ingredientes principales del turrón son la avellana o la almendra, la miel o el azúcar y la clara de huevo. El primer recetario de cocina donde se menciona una receta de turrones es el ‘Llibre de Sent Soví’, del año 1324 y de autor anónimo. No obstante, la más antigua conservada es la del turrón de avellanas que aparece en el ‘Llibre de totes maneres de confits’ del siglo XV.
De la cocina andalusí hay un recetario de Ibn Razin, del siglo XIII. En ambas recetas se dice que los turrones se elaboran con frutos secos, miel y clara de huevo, con las mismas proporciones y siguiendo el mismo proceso. Sin embargo, hay una diferencia entre ellas: el fruto seco que se utiliza. En la receta árabe usan almendras y nueces, mientras que en la catalana se emplean avellanas. El turrón de Agramunt ha mantenido la receta medieval del ‘Llibre de totes maneres de confits’, tanto en los ingredientes como en la elaboración.
Así, los turrones pueden ser elaborados de manera artesanal y de manera industrial. Los turrones artesanales se hacen en pequeños obradores esparcidos en todo el territorio. Sin embargo, hay unos turrones especiales que tienen el sello de calidad y de procedencia. Los más tradicionales son el turrón duro y el turrón blando —popularmente conocidos como turrón de Alicante y turrón de Jijona, respectivamente— y el turrón de Agramunt.
Para garantizar la calidad y el origen del producto, se han aprobado una serie de normativas que hace que los turrones artesanos queden legalmente protegidos. Los turrones están bajo el amparo regulador de consejos reguladores de las identificaciones geográficas protegidas (IGP). Estos productos tienen que ser producidos, transformados o elaborados en el lugar que da nombre a la indicación, incluidas las denominaciones tradicionales de productos agroalimentarios, geográficas o no, si cumplen los requisitos mencionados en el Reglamento 510/2006.
De este modo, el turrón de Agramunt, hecho en la población de Agramunt (Urgell), se elabora con la receta más antigua conocida y se presenta en tabletas redondas o rectangulares en medio de pan de ángel de varias medidas y pesos. El porcentaje mínimo de almendra o avellana es del 46% al 60%, según si el turrón es de categoría extra o suprema. Se tiene constancia documental que en Agramunt se hacen turrones desde 1741, cuando había registrados siete maestros turroneros.
Los ingredientes de los turrones de Jijona y Alicante son, también, las almendras, la miel, el azúcar y la clara de huevo. La identificación geográfica de Jijona destaca que el rasgo diferencial es el procedimiento, con técnicas tradicionales propias (la tostación, la cocción “punto de bola”, el llamado “arrematat”, etc.) y utensilios autóctonos (tostadores, mecánicas, molinos de piedra, refinadores, entre otros). Se tiene constancia que en 1588 ya se hacían turrones en Jijona gracias a una noticia recogida por el historiador Joaquim Miret i Sans. Y las primeras noticias del turrón de Alicante son de la segunda mitad del siglo XVI.
En Cataluña sabemos del consumo de turrones en Navidad y en otras festividades importantes desde comienzos del siglo XIII, tal y como señala el ‘Costumario’ del monasterio de Sant Cugat del Vallès, escrito entre 1221 y 1223. Los turrones, en aquella época, ya eran unos postres festivos que compartían mesa con los barquillos y el ‘piment’ (una bebida hecha con vino, miel y especies). También hay referencias literarias durante el siglo XIV.
El franciscano Francesc Eiximenis consideraba que los turrones eran una come demasiado lujosa y en su obra, ‘Terç del Crestià’, escrita en 1384, recomendaba que no se comiera turrón para combatir el pecado de la gula. Por contra, en aquella época había recomendaciones favorables a ingerir turrones. Por ejemplo, el médico de la corte, Arnau de Vilanova, en su obra ‘Regimen sanitatis ad regem Aragonum’, alababa las virtudes dietéticas de los frutos secos cuando estaban hechas con miel o azúcar.
Por otro lado, encontramos en documentos de 1376 que en el monasterio de Pedralbes las monjas hacían turrones para otras congregaciones, como por ejemplo, para los frailes franciscanos. En el siglo XIV el consumo de turrones se extendió en todas las clases sociales, puesto que se tiene constancia que se daba a los pobres del Hospital de la Santa Cruz de Barcelona. En el siglo XV, no solo comían turrones los frailes, sino que también los nobles, que además de comer, también los regalaban.
En cuanto a su nombre, el diccionario de la lengua catalana dice: “s. XIV; de origen incierto, probablemente der. de ‘tostar’, con sufijo ‘-ó’ de acción; quizás también der. de ‘tierra’ en el sentido de ‘terrón’, por comparación con un conglomerado de tierra, que dio en cat. ante. ‘terró’, ‘terronet’, con asimilación de la ‘-e-’ a la ‘-ó’, favorecida por el verbo ‘tostar’”.
También se dice que el nombre de “turrón” viene de un pastelero barcelonés del siglo XVIII que se llamaba Torró, un apellido bastante popular en aquella época. Joan Coromines considera que la palabra “turrón”, antiguamente, era “terró”, y que probablemente deriva de tierra con el significado de terrón. Por otro lado, también se cree que se llama “turrón” porque sus ingredientes son tostados.
Los turrones, vengan de donde vengan, son sin duda un producto mediterráneo. En la antigua Grecia, durante los juegos olímpicos, se daba a los atletas una mezcla de frutos secos con miel. En la cultura árabe, hay muchos dulces hechos con frutos secos mezclados con miel o azúcar, como por ejemplo el ‘halva’, pero tienen texturas diferentes al turrón.
En el norte de Italia, en la ciudad de Cremona, se hacen unos postres llamados ‘torrone’, hechos también con los ingredientes clásicos de los turrones. Dice la leyenda que el nombre de ‘torrone’ surgió en 1441 con motivo de las bodas de Francesco Sforza y Bianca Maria Visconti, duques de Milán. Para celebrar la boda se preparó un pastel con la forma del castillo de Cremona. En Sicilia también hay tradición turronera, igual que en la Lombardía, en el Véneto y otros puntos de Italia.
Además, en la Cataluña Norte, hacer turrones o ‘tourons’ es una tradición que se ha conservado y muchas pastelerías hacen y venden estos dulces durante la época de Navidad. Queda patente que son unos postres tradicionales y arraigados cuando la cultura popular los ha convertido, incluso, en un dicho: “Nadal sin turrones, Navidad de nadie”.
Hoy en día, los turrones están presentes en todo el mundo. Este producto artesanal es considerado de alta calidad y, como en la edad mediana, se ofrece como regalo. Sus propiedades dietéticas reconocidas lo convierten en una comida sana que, además de endulzarnos la vida, nos ayuda a mantener una dieta equilibrada.
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A Johan Palmstruch hoy se le recuerda como un pionero, pero también lo podríamos considerar un estafador. Este empresario y comerciante holandés, del siglo XVII, modernizó el sistema monetario y bancario mundial casi sin querer. Solo para ir haciendo.
Suecia estaba inmersa en conflictos armados que requerían que la corona invirtiera más y más dinero. Por eso, Palmstruch convenció al rey Carlos X Gustavo de Suecia de crear el Stockholms Banco en 1657. Era un banco privado, pero el director era rey y la mitad de los beneficios eran por la corona. Fue, por lo tanto, el precursor de los bancos centrales.
El negocio era evidente, porque el banco recibía el apoyo del gobierno sueco. En aquella época en el país había monedas de cobre, de plata y de oro. Suecia era un gran productor de cobre, pero las deudas por las aventuras bélicas se acumulaban y la paridad de la moneda de cobre con las de plata y oro cada vez era más difícil. El cobre se depreciaba por la llegada de cobre de Asia de bajo coste, hecho que provocaba que se llegaran fabricar monedas de cobre de 19 kilos para mantener la paridad.
En este contexto, Palmstruch introdujo otra novedad: pidió permiso para utilizar los depósitos de los clientes para hacer préstamos. Esto ahora es muy normal, pero entonces era innovador. Él hacía un cálculo de riesgo y pensaba que no se daría nunca la situación que todos los clientes se presentaran para reclamar su dinero. Se equivocaba.
El cobre siguió depreciándose y en 1660 el gobierno sueco decidió emitir nuevas monedas. Los clientes del banco pidieron retirar sus viejas monedas para gastarlas antes de que siguieran perdiendo valor, pero Palmstruch no podía devolver el dinero a todo el mundo. ¿Qué idea tuvo a continuación?
Ahora los billetes son nuestra moneda de uso común, pero entonces no fueron nada más que una fuga hacia adelante. Un tipo de pagaré que se inventó y consiguió que la corona le autorizara. Los billetes que imprimían no eran nada más que una promesa de pago. Los Palmstruchers, que es como se les conocía, fueron los primeros billetes modernos. Insistimos que se trata de una innovación monetaria que nace, solo, para tapar un agujero financiero.
El papel moneda como certificado de depósito ya hacía tiempo que circulaba. Pero los Palmstruchers fueron los primeros billetes en el sentido actual: emitidos en papel por una cantidad fija, al portador, apoyados por el Gobierno y sin necesidad de especificar el depositante, la cantidad del depósito o el interés. ¿Fue suficiente? Evidentemente que no.
El Stockholms Banco emitió demasiados billetes y el crédito se disparó. El banco quebró en 1664 y el gobierno lo tuvo que rescatar y devolver el dinero a los clientes. Palmstruch fue a la prisión, salió en 1670 y un año después murió.
Había sido condenado por fraude y, curiosamente, acabó creando las entidades que tendrían que regular que no haya fraude. Como que el Stockholms Banco fue liquidado en 1667, el año siguiente el gobierno creó el Banco de Estocolmo. Ahora sí, el primer banco central completamente público. Con control del parlamento, con el objetivo de financiar en el gobierno y con la prohibición de emitir billetes.
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La primera gran diferencia entre uno y otro, está claro, es el espacio: la tienda física o la tienda virtual. Con el comercio electrónico, se puede comprar desde casa, y esto es una gran ventaja. A favor del comercio electrónico también juega la segunda diferencia, el horario. Mientras que en el comercio tradicional nos tenemos que ceñir a un horario comercial, en el comercio electrónico podemos comprar a cualquier hora del día. Además, la ubicación es un tercer factor diferencial: mientras que el uno te permite comprar de proximidad, con el otro puedes encontrar productos de la otra punta del mundo.
Pero, alerta, porque la cuarta diferencia es la relación entre el comprador y el vendedor, y en este punto quién sale más beneficiado, hoy por hoy, es el comercio tradicional, porque la compra física permite establecer una relación próxima, mientras que en el comercio electrónico todo el proceso se ha automatizado y la interacción es mucho más fría.
Además, hay que tener en cuenta aún una quinta diferencia: cómo el comprador asegura la calidad del producto. Si en el comercio tradicional, puedes tocar y comparar los productos, en el comercio electrónico como mucho puedes ver una buena galería de fotografías o videos. La última diferencia es en el pago: ¿qué es mejor, pagar en el momento o cuando te llega el producto a casa? Acaba de descubrirlo en el video de abajo.
Con los regalos solidarios acertarás siempre y hay tanta variedad como organizaciones no gubernamentales, entidades sociales y federaciones hay en el mundo. De entrada, el regalo puede ser una tarjeta solidaria con la que hacemos una donación en nombre de una tercera persona. Pero también pueden ser regalos, porque estas entidades acostumbran a tener tiendas virtuales donde difunden su causa con merchandising. Os listamos algunas:
Busca por internet y encuentra muchas más: la asociación de payasos de hospital Pallapupas, la Fundació Josep Carreras contra la leucemia, Amics de la Gent Gran, la AFANOC contra el cáncer infantil… ¡La lista es interminable, pero te animamos para que la explores entera!
Los expertos aseguran que la primera canción comercial de la historia fue por una publicidad de cereales de 1926. Se titulaba “Have You Tried Wheaties?”, sonaba un cuarteto a capella y la produjo Note Line Music Productions en Estados Unidos. Pero fue a partir de la década de los 30 del siglo XX que el ‘jingle’ se popularizó y, con la expansión de la televisión, cogió una nueva dimensión.
Un ‘jingle’ es un mensaje publicitario que se canta. Normalmente, son cancioncitas de duración muy corta, de no más de 60 segundos, que no podemos dejar de tararear. Los ‘jingles’ acompañan los anuncios radiofónicos y televisivos, porque son fáciles de recordar, suelen mencionar el nombre de la marca o el eslogan, y son muy repetitivos. Es el que se conoce como ‘branding’ auditivo.
De hecho, según los expertos, la música produce niveles de reconocimiento de hasta el 90%, mientras que los elementos verbales solo llegan al 60%. Se calcula que los ‘jingles’ que contienen palabras funcionan un 14% mejor que aquellos que solo son melódicos. Además, los que mencionan el nombre de la marca son un 30% más efectivos que los que no lo mencionan. Si encima despiertan la emoción, la empatía y la confianza, los publicistas han llegado a buen puerto.
Los profesionales del ‘jingle’ aseguran que no es solo una canción, ni mucho menos, y requiere mucho arte. De entrada, el ‘jingle’ tiene que ser persuasivo y debe cumplir de pe a pa con la estrategia publicitaria que se le haya encomendado. Por eso, el estilo musical tiene que ser coherente con la identidad de la marca y el producto que anuncia.
Cuanto más directo sea más incidirá en nuestro cerebro bombardeado de mensajes. En resumen, tiene que ser claro, corto y sencillo. ‘Jingles’ los hay publicitarios, es decir, para vender un producto o un servicio; identificadores, que permiten identificar fácilmente una marca; y políticos, que difunden una idea.
Navidad, la época dorada
La época recoge todo el espíritu de los ‘jingles’ es Navidad: la obsesión del ‘jingle’ contamina a los artistas más reconocidos. Y, a partir de aquí, no hay límites. Hace más de 40 años que se versionan canciones y villancicos, y siempre tienen éxito. Desde el “Let It Snow! Let It Snow! Let It Snow!” de Frank Sinatra, hasta el “Blue Christmas” de Elvis Presley, pasando por el “What Are You Doing New Year’s Eve” de Ella Fitzgerald o el “White Christmas” de Otis Redding. Sin contar los discos de Navidad de Michael Bublé, el caso más sonado es el de Mariah Carey y su “All I Want For Christmas Is You”. Precisamente este año, la canción ha llegado a los 1.000 millones de reproducciones, una locura nunca vista para un ‘jingle’ y que le ha valido el certificado de diamante.
En el Estado español, los ‘jingles’ navideños están muy representados por villancicos de todo tipo: los míticos de Raphael, que este 2021, después de 56 años ininterrumpidos, no protagonizará la famosa gala de Navidad de TVE, pero también los más modernos, como “Aquí és Nadal i estic content!” de La Pegatina, “Simplement” de Blaumut o “Si ens veiessis” de Joan Dausà y Sara Pi.
¿Y por qué recordamos tan bien los ‘jingles’, sean o no de Navidad? Al menos hay tres razones, según los psicólogos, que hacen que escuchar música y recordarla sea como montar en bicicleta: por simple exposición, porque vinculamos las canciones a recuerdos concretos de nuestra vida y por la llamada memoria motora, es decir, porque nuestro cerebro procesa las letras de las canciones de forma subconsciente, como si fueran un hábito más, como andar, conducir o nadar. Y tú,¿ cuántos ‘jingles’ eres capaz de recordar?
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