La mejor publicidad de nuestra historia

Cataluña es un país con una sólida tradición publicitaria. De Barcelona han surgido agencias de publicidad de renombre internacional, que han sido reconocidas por su creatividad. La publicidad catalana arranca hace más de 150 años. En 11Onze repasamos los mejores momentos de nuestra historia.

 

La primera empresa dedicada a la publicidad del Estado español nace en Cataluña de la mano de Rafael Roldós (1846-1918). Su familia estaba vinculada al mundo de la impresión y él empezó su trayectoria profesional como corredor de anuncios para el ‘Diari de Barcelona’ y bien pronto fundó Roldós y Compañía en 1872. La exposición ‘Publicitat a Catalunya 1857-1957. Roldós i els pioners’, que se mostró en el Palau Robert, recoge todo este legado.

Actualmente, Roldós S.A es una de las empresas de publicidad más antiguas del mundo y durante más de 100 años fue el ejemplo a seguir por el resto de agencias de publicidad catalanas. A la experiencia de Roldós se sumaron otras agencias publicitarias, como las de Pere Prat Gaballí, Rafael Bori, Joan Aubeyzon, José Gardó o Malcolm Thomson, que ayudaron a consolidar la profesión que hace de mediador entre los anunciantes y los medios de comunicación. En un primer momento, está claro, las publicidades no tenían casi ilustraciones y los textos eran directos. “Lavado de cabello”, “Chollo, de verdad”, “Aviso al público”, “Gran surtido” eran los eslóganes comunes para llamar la atención de los lectores.

 

El ascenso del cartelismo

Sin embargo, poco a poco las ilustraciones ganan peso. Y también es Cataluña el primer lugar del Estado español donde aparece el cartel moderno. La industrialización y la burguesía fueron los grandes impulsores del Modernismo, estilo cargado y preciosista, donde también se incorporó la publicidad, siempre a la última moda. Sobre todo a raíz de la Exposición Universal de 1888, el cartelismo se extendió en todo el territorio, donde se convocaron incluso concursos. El libro que mejor recoge esta historia es, sin duda, la obra dirigida por Carolina Serra, ‘Història de la publicitat de Catalunya’, donde se reivindica la importancia de este sector.

Así, el primer cartel modernista es de Alexandre de Riquer para una marca de fotografía en 1895. Y pronto se sumarán otros de Llorenç Brunet, Modest de Casademunt, Ramon Casas, Joan Llaverías o Francisco de Cidón. Posiblemente el cartel más reconocido de la época es ‘4 gats. Pere Romeu’ de Casas, en el que vemos a Romeu en la barra del famoso restaurante barcelonés Els Quatre Gats mirando directamente al lector. Pero hay otros, como los del Anís del Mono o los de Codorniu.

 

Guerra y represión: la aparición de nuevos formatos

Con la difusión de la radio, a finales de los 20 del siglo XX, aparecen nuevos formatos publicitarios que hacen cambiar toda su fisonomía. La publicidad se incorpora al mundo educativo y los profesionales se empiezan a organizar en asociaciones. El cartelismo, además, toma una estética racionalista y, sobre todo durante la Guerra Civil, triunfarán los mensajes políticos y las proclamas. Entonces, destaca el trabajo del Comisariado de Propaganda de la Generalitat republicana para luchar contra el fascismo, con Jaume Miravitlles al frente. De esta época son las reconocidas fotografías-cartel de Pere Català i Pic o la campaña transmedia “El més petit de tots”.

Después de la Guerra Civil, el aislamiento internacional y la represión harán desaparecer completamente el catalán en la publicidad. Y no será hasta principios de los años 50 que la sociedad catalana volverá a mostrar interés por el consumo. De esa época son anuncios como Potax o Cerebrino Mandri. Pero será en 1956 el año que marcará un antes y un después, porque es cuando Televisión Española inicia sus primeras emisiones y aparecen nuevas agencias de publicidad que cambiarán para siempre los formatos publicitarios.

 

Los Juegos Olímpicos y el auge del audiovisual

Es durante la década de los 60, 70 y 80 que se perfeccionará la producción, el arte y el cine publicitarios. Se exploran nuevas ideas, se crea, se innova y, finalmente, se vende. Hay que entender que, en aquella época, los equipos de publicistas no habían estudiado ningún grado universitario: construyen la profesión a medida que la practican. Así es como se conformaron equipos multidisciplinarios, con cineastas, grafistas, fotógrafos, directores de arte, productores y comerciales.

De los mensajes sencillos de los 60, como el “OMO lava más blanco”, a los rodajes pasarán tan solo unas pocas décadas. Con el boom publicitario de Estados Unidos y Reino Unido, triunfan las fotografías y montajes psicodélicos de Leopoldo Pomés. El más famoso posiblemente es del coñac Terry con el eslogan “Terry me va”. También destacan nombres como el de Jaime de la Peña o Pepe Fons, de Group Films. Peña se llevó el León de Oro en el Festival Internacional de Cine Publicitario de Cannes por el anuncio “I Feel Lois”, de 1979. Y también entonces adquieren renombre los hermanos Moro, que extienden el uso del ‘jingle’. De ellos son el “Está como nunca” de Fundador (1960) o el anuncio de Gallina Blanca del mismo año, donde una gallina hace un ‘striptease’ a cámara.

Pero es a partir de los 80 que todo toma una nueva dimensión, que culminará con una imagen nueva para Cataluña y Barcelona con los Juegos Olímpicos del 1992, y la realización de la película olímpica por parte de las productoras Ovideo, Group Films y Lolafilms. Entonces, el arte underground de fanzines y revistas culturales tendrá una influencia capital de la mano de ilustradores como Mariscal o Nazario. A Group Films se suman otras agencias como MMLB o RCP o Bassat & Asociados, y Barcelona se convierte en la fábrica de anuncios de todo el Estado español. Nenuco, Cruz Roja, Byly, Trex… Hacia la década de los 90, se incorporan los efectos especiales y la animación digital, y hasta hoy.

La publicidad forma parte de nuestra memoria colectiva. Por eso, todavía recordamos la canción de la campaña por la lengua “Parla sense vergonya”, aquella otra de “Envàs, on vas?” o la sensación de paz del anuncio de Audi con el eslogan “¿Te gusta conducir?”. Hemos organizado incluso redadas vecinales para conseguir el cartel de La Mercè de este año o el de la ilustradora Paula Bonet. Y esperamos con entusiasmo cada verano el anuncio “Mediterràniament” de Estrella Damm; y cada Navidad, el de La Grossa y el de Campofrío. La publicidad, queramos o no, nos explica y nos hace.

 

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En nuestra memoria perdura intensamente la fecha de 1714. Poco o mucho, todo el mundo sabría explicar qué significó para Cataluña. Aun así, este periodo oscuro de la historia empieza a cambiar con el Real Decreto de libre comercio con América. Este texto normativo será la grieta que propiciará la industrialización en nuestro país. Lo descubrimos de la mano del agente Oriol Garcia Farré.

 

Después de la guerra de 1714 a Cataluña se le había prohibido el comercio directo con las colonias americanas, lo cual supuso un empobrecimiento brutal. A partir de la década de 1750 esto empezó a cambiar. El sistema de privilegios de la política comercial borbónica hacía aguas y los poderes fácticos se vieron obligados a introducir nuevos agentes para garantizar la viabilidad del comercio con América. 

De este modo, en 1756 la Corona permite de nuevo a los barcos salir de los puertos catalanes hacia el nuevo continente y el 1778 Carlos III firma el Real Decreto de libre comercio y pone fin al monopolio de Cádiz y Sevilla y favorece de nuevo el comercio de Cataluña. Así se iniciará una relevante exportación de productos agrícolas, como el vino, el aguardiente, los frutos secos o el papel, que permite que la balanza comercial de Cataluña aumente de forma espectacular. Este hecho es la verdadera génesis de la industrialización de Cataluña.

Comerciantes e indianos, crónica de unos emprendedores

Los comerciantes serán los impulsores necesarios de esta modernización del país. Las compañías comerciales del siglo XVIII serán el modelo a seguir durante más de un siglo para organizar las exportaciones e importaciones. El comercio del algodón con las colonias será importantísimo para que Cataluña inicie un proceso de mecanización, que propiciará el principio de la revolución industrial.

Pocos años después, una generación de emprendedores sacudirán y transformarán las estructuras económicas y sociales de Cataluña. Los primeros en hacerlo fueron Josep Bonaplata, Joan Vilaregut y Joan Rull, los tres vinculados a la fabricación textil. El 1832 crearon la primera industria textil movida por la fuerza del vapor de todo el Estado español, la Fábrica Bonaplata.

La idea supondrá un antes y un después, el paso definitivo hacia la modernidad. La innovación tecnológica que supone la mecanización les permitirá ser líderes en su sector, e impulsar toda la industria textil en Cataluña. La inquietud, la transformación y la mejora que caracterizaron aquella época están todavía en el ADN del comercio catalán.

El vapor, clave de la industrialización del país 

La economía surgida de la utilización del vapor conllevó la obligatoriedad de moverse a una mayor velocidad. A la innovación tecnológica y al emprendimiento había que darles de un nuevo sistema de transporte. El ferrocarril fue quien propició la intercomunicación de los principales centros productivos del textil del país hacia el puerto de Barcelona, vertebrando así todo el territorio.

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A 11Onze ens hem engrescat i hem recopilat alguns dels llibres que s’han escrit en català sobre l’avarícia. Com s’ha construït aquesta mala fama que diu que els catalans tenim un desig excessiu d’adquirir riqueses per guardar-les?

 

A través de tots aquests personatges avars, patètics, miserables i egòlatres, els escriptors catalans han retratat, no només la gasiveria de la burgesia catalana i la mesquinesa del ‘lumpen’ que malda per sobreviure, sinó la societat del seu temps en el seu conjunt, tan patològicament malalta com tots aquells que l’habiten. 

  • L’escanyapobres’ (1884), de Narcís Oller. L’escriptor Narcís Oller (1846-1930) ha deixat a la literatura catalana algunes obres mestres. A ‘L’escanyapobres’, que sovint és lectura obligatòria de batxillerat, abandona el romanticisme i se submergeix de ple en el realisme i el naturalisme. La novel·la narra les desventures de l’Oleguer, l’avar que viu a la masia de la Coma i que, per culpa del seu caràcter esquerp, es baralla amb tots els pagesos de la contrada. Oleguer sempre mostra dues cares: de cara enfora, l’home treballador que manté la masia; però, de cara endins, l’home obsessionat amb els diners que humilia els seus subalterns. A banda de ‘L’escanyapobres’, és obligatori esmentar La febre d’or (1890-1892), perquè és la gran novel·la de la Barcelona del segle XIX, on la burgesia creix sense aturador gràcies a una especulació malsana. L’obra és un retrat d’un moment crucial de la història de Catalunya.
  • Terra Baixa’ (1897), d’Àngel Guimerà. A Catalunya, sobretot durant les primeres dècades del segle XX, hem estat molt dels drames rurals i l’obra teatral d’Àngel Guimerà (1845-1924) és possiblement la que millor ho exemplifica. ‘Terra baixa’ mostra de forma descarnada el conflicte entre les imaginàries terra alta i terra baixa. A partir d’una història d’amor possessiva, el drama tracta les misèries de la vida al camp, les penúries de les llars catalanes de l’època i l’estructura jeràrquica de les societats rurals.
  • Drames rurals’ (1904), de Víctor Català. També narra els drames rurals de la Catalunya de principis de segle XX la nostra Víctor Català (1869-1966), el pseudònim amb què va publicar Caterina Albert. Club Editor recopila en tres volums els contes d’aquesta gran autora catalana, que representa amb una sensibilitat sense precedents la cara més fosca de la vida rural, i que sovint s’acarnissa amb les dones.
  • La Xava’ (1905), de Juli Vallmitjana. Rescatat de l’oblit no fa massa, l’escriptor Juli Vallmitjana (1873-1937) va retratar els ambients més pobres de la Barcelona de principis del segle XX. A ‘La Xava’, com també fa a ‘La ciutat vella’, mostra la parla del carrer als barris de sota de Montjuïc, la lluita descarnada per sobreviure i com els senyorets de Barcelona, avars i narcisistes, feien servir la pobresa més negra per construir la seva bohèmia d’or. Les seves obres, plenes d’històries petites, narren també els grans esdeveniments col·lectius de l’època, i el combat de les classes proletàries i la burgesia.
  • L’auca del senyor Esteve’ (1907), de Santiago Rusiñol. L’obra de Rusiñol (1861-1931), també de principis del segle XX, narra la confrontació i la reconciliació entre el senyor Esteve, un comerciant arquetípic de la petita burgesia, i el seu fill, un artista modernista que no vol heretar el negoci familiar. L’obra va resseguint la vida del protagonista, un home prudent i pràctic, que ja de petit vol dedicar-se exclusivament a la seva botiga de vetes i fils, La Puntual, i que es casa amb Tomaseta, una dona del mateix tarannà. De fons, s’hi endevina Barcelona com una ciutat en procés de modernització.
  • Vida Privada’ (1932), de Josep Maria de Sagarra. Després d’anys de prosperitat de la burgesia catalana a costa de l’explotació dels més pobres, qui narra com ningú la seva decadència és Sagarra (1894-1961). Ho fa a través de la història familiar dels Lloberola, que veu com s’esvaiex tot el seu patrimoni en mans dels més joves de la casa. Sagarra retrata amb ironia el procés de degradació social i moral de la família i fa un retrat de l’alta i la baixa societat, a través de les reunions en salons, sales de juntes i bordells. De Sagarra també cal esmentar altres obres seves, com ‘La rambla de les floristes’ (1935), ‘El cafè de la Marina’ (1933) o ‘L’hostal de la Glòria’ (1931), perquè fan un retrat calidoscòpic dels avars i els miserables que poblen la història de Catalunya del segle XX.
  • El carrer de les Camèlies’ (1966), de Mercè Rodoreda. Qui retrata els anys de la Guerra Civil i la postguerra és Rodorera (1908-1983) a ‘El carrer de les Camèlies’. La novel·la ressegueix la vida de Cecília, una supervivent, que comença la seva vida miserable a La Rambla. Després, viu engabiada en un pis de l’Eixample i acaba venent-se en unes barraques del Carmel. Rodoreda retrata una societat consumida per l’avarícia dels anys anteriors, un viatge a la fosca. Aquesta tristor grisa serà una constant en les obres de Rodoreda, com ara a ‘Aloma’ (1936) o a la famosa ‘La plaça del diamant’ (1962). També retrà comptes amb el passat a la novel·la ‘Mirall trencat’ (1974), un retrat de la decadència burgesa a l’estil de Sagarra. 
  • Feliçment soc una dona’ (1969), de Maria Aurèlia de Capmany. Com ho fa Rodoreda a ‘El carrer de les Camèlies’, Capmany (1918-1991) retrata la societat del seu temps a través del personatge de la Carola, que ha viscut intensament i ha estat víctima dels clarobscurs d’una ciutat avara que creix de manera desordenada. La protagonista enceta, al principi, un viatge a la recerca de la felicitat, però agafa el camí equivocat que li farà perdre tota la innocència. Capmany també retrata aquesta ciutat vençuda pels anys avars a ‘Betúlia’ (1974).
  • Benzina’ (1983), de Quim Monzó. L’efervescència avariciosa dels feliços anys vuitanta del segle XX la retrata Monzó a través de la història de l’Heribert. El personatge, que ha triomfat al món de l’art després d’una conquesta àrdua, viu una vida condescendent i avorrida fins que s’adona que els seus amors l’enganyen amb homes extravagants.
  • El cau del conill’ (2011), de Cristian Segura. Ja al segle XXI, Segura retrata la plàcida existència de l’empresari Amadeu Conill: les partides de tenis al migdia, les demostracions de popularitat a la tribuna del Barça, els vermuts al Turó Park o les tardes de compres a l’Illa Diagonal. ‘El cau del conill’ relata les tribulacions d’un prohom de la burgesia barcelonina en caiguda lliure i el relleu generacional d’una classe social en una decadència feliçment aconseguida en ple món globalitzat.
  • Tsunami’ (2020), d’Albert Pijuan. Finalment, hi trobem els tres cosins de Pijuan, fills dels tres germans fundadors d’un grup turístic amb hotels arreu del món. Als divuit anys, gaudeixen com mai i com ningú durant la inauguració del nou hotel a Sri Lanka: festes, alcohol, submarinisme, paisatges exòtics, luxe asiàtic… Però les coses canviaran dràsticament quan una alerta de tsunami s’escampa per tots els racons de l’oceà Índic.

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Dicen que no eres tanto lo que dices como lo que haces, y en este sentido los catalanes hacen muchas cosas, y lo más importante, es que las hacen de forma conjunta. En Cataluña se contabilizan 74.438 asociaciones, según datos del Departamento de Justicia de 2020. Una cifra que sirve para entender la magnitud de esta red en el ámbito social. La autoorganización marca y define la sociedad catalana.

 

Como concepto, el asociacionismo se refiere a la organización voluntaria de personas que buscan un interés común, ya sea de carácter cultural, político, deportivo, de asistencia social, de ocio o de cualquier otro ámbito. El punto importante es que esta actividad se hace sin ánimo de lucro y buscando el beneficio de la sociedad.

 

De la clandestinidad a la creación del tejido social

Históricamente, el término asociacionismo nace en el siglo XIX a raíz de las teorías del socialismo utópico y aunque en la época medieval ya se crearon gremios y cofradías con la intención de defender los intereses generales, no fue hasta la era de la Revolución Industrial que proliferaron las asociaciones como tales. La finalidad siempre ha sido la misma: velar por las necesidades de la sociedad. En el momento que el sistema económico y empresarial apuntaba hacia el capitalismo incipiente, la aparición del obrerismo organizado empezó a ser necesario.

A lo largo del siglo XIX y XX, la sociedad catalana creó asociaciones en diferentes ámbitos, como es el caso de ateneos, escuelas, cooperativas o sindicatos. La aparición de muchas de estas entidades correspondía a la carencia de estos servicios básicos, como la escolarización, la salud o la defensa de los intereses laborales de los trabajadores. En los ámbitos donde no existía protección social, era la misma sociedad la que buscaba mecanismos para protegerse. También fue en estas décadas que el movimiento de recuperación de conciencia nacional afloró en un intento de reivindicar la personalidad propia de Cataluña y luchar por su preservación. Un hito que quedó desdibujado en la época franquista, cuando todas las instituciones nacionales catalanas y la red de asociaciones fueron perseguidas y reprimidas. En este contexto, el derecho a asociación queda prácticamente inhabilitado, pero el asociacionismo catalán sobrevive en la clandestinidad.

“La aparición de muchas de estas entidades correspondía a la carencia de estos servicios básicos, como la escolarización, la salud o la defensa de los intereses laborales de los trabajadores.”

El asociacionismo como reflejo del pueblo catalán

Los valores del asociacionismo marcan el camino hacia una sociedad más comprometida y menos individualista. De hecho, si analizamos algunos elementos básicos de la cultura catalana, vemos que esta idea está en sintonía con la realidad cultural. Romerías, sardanas, fiestas mayores, Sant Jordi … todo implica juntarse, organizarse, convivir y compartir. No es casualidad, por tanto, que la mayoría de catalanes destinen parte de su tiempo libre en actividades asociativas o sociales con afán de mejorar la calidad de vida del conjunto del país.

En la variedad está el gusto, y en cuanto a entidades, hay para todos los gustos. Cualquier catalán puede encontrar, hoy en día, alguna asociación que sea de su interés, y donde pueda aportar su grano de arena. Inquietudes deportivas, históricas, del mundo de la alimentación, científicas, académicas, de asistencia social … todo tiene cabida en el tejido asociativo catalán porque todos tienen un lugar en el tejido asociativo.

Más allá de donde llegan los organismos públicos, esta red de personas imparables pueden contribuir de forma activa y muy significativa a crear oportunidades y velar por el beneficio de todos los colectivos; nadie puede quedar atrás desde un punto de vista social. En especial, desde las asociaciones se ha hecho y se sigue haciendo una tarea imprescindible enfocada a colectivos excluidos, emergencias sociales, personas con menos recursos, afectadas por abusos bancarios o del sistema, enfermedades minoritarias, grupos de apoyo, y un largo etcétera. Entidades que han tenido que organizarse de forma interna y, en muchos casos, sin ayuda pública, para satisfacer necesidades básicas de los ciudadanos, tanto físicas como psíquicas, para mejorar así su calidad de vida.

Una tarea que nunca ha recibido el apoyo merecido y que, en muchos casos, se financia a través de donativos y ayudas de los ciudadanos. Por suerte, la conciencia social cada vez tiene más peso y la cooperación va más allá de la misma asociación para abrirse a toda la ciudadanía en una circunstancia en la que el apoyo de todos y cada uno de los colaboradores es imprescindible. Con ello se escenifica que el tejido asociativo tiene una doble vertiente: la participación activa desde dentro o la colaboración desde fuera, por lo que acaba formando parte toda la sociedad.

“La conciencia social cada vez tiene más peso y la cooperación va más allá de la misma asociación para abrirse a toda la ciudadanía.”

La cultura, un pilar básico de desarrollo

En Cataluña, la cultura de todo un pueblo se ha mantenido a lo largo de los años haciendo frente a todo tipo de situaciones sociales y políticas, gracias, en buena parte, a las asociaciones y su labor de preservación y fortalecimiento del tejido cultural. Para hacernos una idea del peso que supone, de las 74.438 asociaciones anteriormente mencionadas, 34.261 son de carácter cultural. La lectura que se deriva, es que la sociedad catalana apuesta por la cultura y, con ello, apuesta por el conocimiento, por la libertad de expresión y fomenta el pensamiento crítico.

La cultura juega un papel clave en el desarrollo de un territorio y se convierte en una parte imprescindible en la vida de los ciudadanos. Más allá de los libros, las series o los museos, la cultura también es la lengua, la forma de relacionarnos con los demás y con el entorno, son las costumbres que nos hacen vivir de una determinada manera, celebrando unas fechas concretas o dar valor a un sentimiento de pertenencia en un territorio. La solidaridad social o la cooperación son dos valores que también están altamente influidos por la cultura y que, a su vez, pueden influir, y mucho, en el funcionamiento social de un pueblo. La cultura lo es prácticamente todo y las asociaciones adoptan la función de conservar este valor identitario a través de organizaciones y actividades que dinamizan su preservación.

“La cultura juega un papel clave en el desarrollo de un territorio y se convierte en una parte imprescindible en la vida de los ciudadanos.”

La cooperación social, una apuesta de valor

El asociacionismo entiende la creación de una comunidad desde la base de la inclusión y con el fin de reforzar estos vínculos para que el trabajo conjunto permita a la sociedad avanzar más y avanzar mejor. En ningún caso, sin embargo, esta unión de personas deben trabajar desde la exclusión hacia todos los que no forman parte. Un hecho que puede derivar en sentimientos negativos por parte del resto de ciudadanos y que se aleja de la razón de ser de este tipo de entidades donde el respeto y el trabajo en equipo marcan su existencia. Perder esta esencia supondría individualizar el movimiento y condenarlo a desaparecer.

El sentimiento de identidad puede tener un gran impacto en una sociedad y puede ser determinante en su desarrollo. Un territorio que crea en sus personas, que quiera defender la cultura y que promueva todo tipo de actividades, desde la autoorganización y la labor voluntaria, es, sin duda, un territorio con inquietudes por evolucionar constantemente. En Cataluña, el tejido asociativo es testigo de esta voluntad y crece cada día con la mirada puesta en el futuro, pero sin perder de vista los orígenes. Trabajar colectivamente por un futuro con una sociedad más justa y comprometida es apostar por las personas y asegurar que, desde las asociaciones, se velará por su bienestar y el del territorio.

 

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Todos hemos sido víctimas e, incluso, contribuímos a ello sin darnos cuenta. La desinformación, entendida como aquella información manipulada que se difunde con intención de engañar, es un fenómeno tan antiguo como la comunicación. Combatir las conocidas ‘fake news’ está al alcance de cada uno de nosotros.

 

“La desinformación tiene una parte de falsedad y una parte de discurso del odio. Para combatirla, hay que trabajar el respeto por la opinión de los otros, la empatía, la ética y la conversación”. Nereida Carrillo, periodista e impulsora de Learn to Check, advierte de la razón principal de la desinformación: el engaño. Intereses, poder e información se mezclan en un contexto social y tecnológico que hace que cualquier contenido de este tipo se viralice y circule por todo el mundo en cuestión de segundos. La veracidad de la información traspasa los roles de los periodistas y queda en manos del usuario.

La desinformación ha aumentado significativamente los últimos años a causa de las nuevas tecnologías, que permiten una circulación de la información más rápida y global. Pero no solo las redes sociales son altavoces de esta desinformación: también lo son los grandes medios de comunicación, aunque a menudo les cueste admitirlo. Porque el fenómeno de la desinformación es tan antiguo como la comunicación y la voluntad del poder hegemónico de imponer su relato. Además, cualquier información, nos explica Carrillo, siempre parte del prisma que aporta el autor: “La información objetiva no existe, siempre hay un relato de los hechos y explicamos qué pasa en el mundo a través de nuestros filtros culturales, de género o de edad”, razona.

Convencer con argumentos

El Colegio de Periodistas de Cataluña describe en el primer artículo del Código Deontológico que hay que informar de manera cuidadosa y precisa. Dejando la búsqueda de la verdad para la filosofía, tanto en periodismo como en los contenidos que se crean y difunden por redes lo que se persigue es la honestidad y la veracidad. La información tiene que ser plural, no tiene que confundir, tiene que ir orientada a informar y hay que contrastar las fuentes para evitar manipulaciones. 

Cuando menos, en todo esto es en lo que nos tendríamos que fijar a la hora de verificar la información. Uno de los objetivos ambiciosos de Learn to Check es que cualquier persona sea capaz de contrastar la información que le llegue. Por eso sólo hay un camino: la formación en herramientas y en espíritu crítico. Gracias a los conocimientos que su plataforma comparte en abierto, cualquiera puede verificar, sin depender de mediadores. Una forma de empoderar a la ciudadanía y conseguir, entre todos, frenar la desinformación en lo que se llama verificación distribuida. La doctora en comunicación también advierte que en las redes nos hemos acostumbrado a defender nuestra posición desde los extremos: “Los algoritmos de las redes sociales polarizan, nos sitúan a todos en polos opuestos y parece que los matices no existen, que no pueda haber intercambio o conversaciones”.

Veracidad: el filtro lo pones tú

En entornos cerrados como WhatsApp o Telegram, es muy difícil rastrear de dónde proviene la información, y a menudo esto nos lleva a confundir fuentes de confianza con fuentes fiables, nos explica Carrillo. Las fiables son aquellas que han sido contrastadas y, por lo tanto, parten de la veracidad; mientras que las primeras parten de la confianza hacia la persona que nos lo envía. Este es el principal problema de la gente mayor, que se dejan llevar por la confianza y verifican la información según quien envía el mensaje e, incluso, según qué medio informa de una noticia.

Para combatir la desinformación, especialmente en la era de redes sociales, Carrillo defiende que hay que volver a la conversación y aprender a difundir información y, sobre todo, nuestras ideas, de forma razonada y con argumentos. “Mentir es una forma muy fácil y poco ética de convencer”, remarca, y añade que escuchar a las personas que no piensan como nosotros, aunque quizás no te haga cambiar de opinión, te permitirá entender al otro. Más empatía y más veracidad para encarar la era de la comunicación global.

 

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Como ya había sucedido con la resolución de pasados conflictos bélicos, el encuentro entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en la ciudad alemana de Potsdam el verano de 1945 volvió a dividir al mundo en dos bloques. Las grandes potencias occidentales pusieron en práctica un nuevo modelo económico que les permitiría imponer su preeminencia por encima de otros países.

 

Dos modelos políticos, sociales y económicos —en principio antagónicos— que durante décadas se enfrentarían varias veces en pequeños conflictos armados, de baja intensidad y que acontecerían la gran palanca de crecimiento económico para el mundo occidental.

Pero la Conferencia de Potsdam también constató que el capitalismo industrial —iniciado a finales del siglo XVIII— era un modelo económico agotado. Los más de sesenta millones de muertes a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, obligaba a las antiguas monarquías europeas —ahora evolucionadas a democracias occidentales— a adoptar formas mucho más sibilinas de conseguir sus objetivos económicos. Por lo tanto, la nueva estrategia extractiva tenía que ser menos catastrófica y más efectiva. Por este motivo, el nuevo modelo económico que se irá desplegando progresivamente ya no implicará tener que ocupar un territorio físicamente, sino que será suficiente controlar las élites locales.

Con esta nueva estrategia, los Estados Unidos, como grandes vencedores y sustentados por una potente maquinaria militar, serán capaces de desplazar el centro económico mundial —de Europa a Norteamérica— por medio de la imposición de su moneda, la presión financiera ejercida por sus bancos, y con la creación de una dependencia tecnológica a escala global. Por lo tanto, la implantación de sus más que conocidas multinacionales —Amazon, Nike, Coca-Cola, Pepsi, Apple, McDonald, Disney o HP, entre otras— les permitirá conquistar directamente o indirectamente a la casi totalidad del mundo. El entretenimiento, principalmente el cine y los grandes eventos deportivos como los Juegos Olímpicos, la Super Bowl o Mundiales de Fútbol, serán las verdaderas armas de subyugación mental y material que posibilitarán extender el sueño norteamericano a todo el mundo.

Los Estados Unidos serán capaces de desplazar el centro económico mundial —de Europa a Norteamérica— por medio de la imposición de su moneda, la presión financiera ejercida por sus bancos, y con la creación de una dependencia tecnológica a escala global.

La paz social, base de la nueva eficiencia económica

Todo empezó la primavera del 1951 en Montreal, cuando representantes de diferentes agencias de inteligencia occidentales se reunieron en secreto con profesores universitarios de psiquiatría en el hotel Ritz-Carlton de la ciudad canadiense. Del resultado de aquella reunión se sabe, por documentos desclasificados, que el ejército norteamericano invirtió una gran cantidad de dinero en la Universidad McGill de Montreal para investigar sobre el aislamiento sensorial.

La investigación fue iniciada por el Dr. Donald Olding Hebb, quien acabaría abandonando el proyecto al darse cuenta de la magnitud de la tragedia, y finalizada por el Dr. Donald Ewen Cameron, el cual la llevaría hasta un nivel superior. Cameron llegó a experimentar con un gran número de pacientes que fueron sometidos a una multitud de sesiones de electrochoques, combinadas con curas de sueño y una constante repetición de mensajes grabados hasta la extenuación mental.

El estudio constató que el aislamiento sensorial no deja de ser una manera de generar una monotonía extrema que acababa provocando una reducción de la capacidad de pensamiento crítico a través de la confusión de la mente del individuo. Por lo tanto, cuando una persona no es capaz de razonar… ¡Mal asunto!

Los resultados de todos estos experimentos permitirán a las agencias de inteligencia occidental diseñar mecanismos de control sobre su propia población con el objetivo de garantizar la estabilidad social dentro de las democracias. En consecuencia, se repetirá hasta la saciedad la idea de libertad de expresión, libertad de prensa y el derecho a la propiedad privada, base fundamental del libre mercado. Y a fin de garantizar la eficiencia económica, se hará de la competencia un instrumento para impulsar el crecimiento económico, constando con la premisa que “si la empresa del lado tiene mejores productos y más ventas que yo, como consecuencia, tendré que desarrollar mejores ideas para ser mejor que mi competencia.”

Y otra cuestión no menor en cuanto a los estudios sobre el aislamiento sensorial, es que permitirán a las agencias de inteligencia occidentales elaborar manuales de interrogatorio —como el famoso manual KUBARK del ejército de los EE. UU. y de la CIA— los cuales se pondrán en práctica contra los disidentes del sistema, tanto internos como externos, a los postulados occidentales.

La gestión del miedo

El avance tecnológico que supuso la Segunda Guerra Mundial llevaría la humanidad a salir al espacio exterior —a la Luna y más allá— pero también supuso el desarrollo de la bomba atómica como arma de destrucción global. Esta será empleada como instrumento de presión política que todavía hoy persiste.

Los cinco países principales que fabrican armas en el mundo —Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China— son los que tienen nuestra paz a su cargo. Hacen el negocio de la guerra, pero venden la paz, sobre todo a través de los medios de información al servicio de los poderes hegemónicos occidentales que hacen un examen de democracia a cada país. Son grandes medios de comunicación que confunden la libertad de expresión con la libertad de presión y deciden quién es un dictador o un golpista, que curiosamente tiene la “mala costumbre” de hacer votar a la gente para saber qué piensan sobre aquella política u otra cuestión que los pueda afectar. Y aquellos medios que no siguen estas directrices son clausurados o llevados a los confines del sistema. ¡Los medios muestran una realidad que muchas veces no existe a fin de sugestionar, incomunicarnos y enfrentarnos entre nosotros!

Países como los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China— son los que tienen nuestra paz a su cargo. Hacen el negocio de la guerra, pero venden la paz, sobre todo a través de los grandes medios de información al servicio de los poderes hegemónicos occidentales que hacen un examen de democracia a cada país.

La terapia de choque económico

Como todo el mundo sabe, el crac del 1929 en Wall Street desencadenó la Gran Depresión de los años treinta. Hasta el 1932, unos 5.096 bancos se declararon en suspensión de pagos. Su derrumbamiento arrastró muchas empresas a la quiebra, las cuales veían como se acumulaban los stocks de mercancías, y comportó un importante descenso de los precios, especialmente en el sector agrario. Finalmente, el descenso de la actividad económica provocó un aumento desbocado de la desocupación.

Influenciado por el economista John M. Keynes, el recientemente proclamado presidente de los Estados Unidos, F. D. Roosevelt, puso en marcha un importante programa de ocupación pública para que la gente pudiera volver a trabajar: la política conocida como New Deal. Pero no será hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando finalizará la depresión, gracias en gran parte a la implantación del famoso plan Marshall, el cual generalizará el modelo regulador e intervencionista de Keynes a la mayoría de los territorios occidentales.

Contrario a los postulados de Keynes, encontramos ya a finales de los años cuarenta del siglo XX, un reducido grupo de intelectuales —conocidos con el nombre de la Sociedad Mont Pelerin y dirigidos por el economista austríaco Friedrich August von Hayek— los cuales estaban convencidos de que si los gobiernos dejaban de prestar servicios y de regular los mercados, los problemas de la economía mundial se resolverían solos. Uno de sus máximos representantes y profesor de economía en la Universidad de Chicago, Milton Friedman, creía que a través de una terapia de choque económico impulsaría a las sociedades a aceptar un capitalismo más puro y desregulado.

Ciertamente, las tesis de la doctrina del choque se han acabado imponiendo en todo el mundo en diferentes procesos. Estas medidas radicales han triunfado no tanto de la mano de la libertad y la democracia, como de su imposición gracias a choques, crisis y estados de emergencia. Por lo tanto, lejos de endulzar el papel de los Estados Unidos a la hora de convertirse en un país hegemónico a escala mundial, su capacidad de controlar el mundo se debe a las sanciones, restricciones, bloqueos, congelaciones, confiscaciones o la intervención militar.

Y por encima de todo, ha sido esencial el papel que ha jugado la creación de una burocracia internacional específica, generada estrictamente por no depender de las Naciones Unidas y, por lo tanto, por estar exenta de cualquier control directo que pueda molestar a la comunidad internacional. Estos organismos supranacionales —Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio y Fondo Monetario Internacional— han ejecutado milimétricamente todas estas terapias de choque económico en todo el mundo, combinando la presión política con la extorsión. ¡Y no faltan ejemplos!

En Milton Friedman creía que a través de una terapia de choque económico impulsaría a las sociedades a aceptar un capitalismo más puro y desregulado.

Un sistema necesitado de gánsteres económicos

En 2004, el norteamericano John Perkins —un antiguo trabajador de la consultora americana CHA Consulting, Inc.— publicó un interesante libro titulado Confessions of an Economic Hit Man”, en el cual explica con todo tipo de detalles como participó en diferentes procesos de colonización económica de los países del Tercer Mundo, especialmente en el continente sudamericano, durante los años ochenta.

Perkins, como economista en jefe de CHA Consulting, tenía la tarea de identificar países con recursos naturales que interesaban a los clientes —mayoritariamente corporaciones— que representaba su consultora.

Una vez identificados, la siguiente fase consistía en enviar un “pequeño ejército de chacales” hacia el país en cuestión para prometerles que, con la venta de sus recursos, el país lograría el estándar occidental, en cuanto a bienestar social y estabilidad económica. Y finalmente, se obligaba al país a solicitar un gran préstamo —a través del Banco Mundial u otras organizaciones vinculadas— justificado ante la opinión pública como parte del acuerdo y por el hecho de no disponer ni de la tecnología ni de la infraestructura necesaria para extraer, producir o manufacturar el recurso natural.

Pero esta cantidad de dinero no llegaba nunca al país en cuestión, puesto que salía del Banco Mundial —con sede a Washington— y se desviaba a una cuenta en Houston, Texas o San Francisco, donde curiosamente el titular era una empresa que trabajaba para la consultora, y que estaba especializada en la construcción de la infraestructura necesaria para extraer, producir o manufacturar el recurso natural.

Por lo tanto, el dinero servía para pagar los gastos de las obras —centrales eléctricas, carreteras, parques industriales, puertos— que al final solo generaban grandes beneficios para las empresas adjudicatarias. Cierto es que, en menor grado, también acababan enriqueciendo a una minoría local que poseían las industrias básicas o los establecimientos comerciales, pero en detrimento de la mayoría. Por lo tanto, al final del proceso todos los recursos económicos del país destinados a la sanidad, educación u otros servicios públicos servían para pagar aquellos préstamos. Tal como explica John Perkins, el hecho de conocer ‘a prioiri’ la incapacidad del país para devolver los préstamos era una parte importante para ejecutar el plan.

De este modo, el sistema ha permitido que corporaciones occidentales u organismos supranacionales —Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio y Fondo Monetario Internacional— acaben creando un tipo de imperio paralelo que controla amplias zonas del planeta: las llamadas “zonas de influencia”. Es por este motivo, que las democracias occidentales tienen la capacidad de decir a uno de estos países “influenciados voluntariamente” que si no puede pagar sus préstamos, siempre puede venderse la explotación de sus recursos… eso sí, sin la obligación de un compromiso social o medioambiental; o que tiene que permitir la construcción de una base militar en su territorio, o que tiene que votar contra determinados países considerados “enemigos” al siguiente encuentro de las Naciones Unidas.

Cuando el presidente de uno de estos países no acepta, la mayor parte de las veces se acaba interviniendo o derrocando el gobierno. El proceso se inicia con una fuerte campaña de desprestigio nacional e internacional, se crean noticias falsas de todo tipo para condicionar la opinión pública y, al final —en favor de la democracia—, se ejecuta el golpe de estado totalmente justificado. Y si la cosa no sale bien, se le acababa asesinando. La historia contemporánea está llena de ejemplos: Mossadeq en Irán (1953), Ngô Đình Diệm en el Vietnam (1955), Lumumba en el Congo (1960) o Allende en Chile (1973). Y más recientemente, las presiones de todo tipo que han tenido que soportar Lula da Silva para frenar la deforestación de la Amazonia brasileña, Maduro para nacionalizar el petróleo venezolano o Petro por la descarbonización de la economía Colombiana.

La economía de la muerte

En 2009, en plena recesión global, el psicólogo inglés Oliver James publicó el libro “The Selfish Capitalist”, el cual concluye que detrás de las enfermedades mentales de la sociedad occidental actual, se esconde el capitalismo practicado los últimos cincuenta años. Simplificando mucho, la tesis del libro expone como la economía neoliberal anglosajona ha empujado a los individuos a querer tener cada vez más y más coches, teléfonos móviles, ropa, dinero… y todo ello ha desembocado en una insatisfacción permanente del individuo. Basándose en un estudio publicado por la Organización Mundial de la Salud en el año 2004, concluye que las enfermedades mentales afectan a casi un 23% de la población del mundo anglosajón y a un 11,5% del resto de los países europeos, dado que entraron más tarde en la rueda neoliberal.

Por ejemplo, en los Estados Unidos, el número de jóvenes estudiantes con una deuda descomunal va en aumento, del mismo modo que hay un número brutal de gente endeudada por tratamientos sanitarios, por tarjetas de crédito o por hipotecas. Por lo tanto, este sistema que se diseñó para explotar a los países denominados “en vías de desarrollo”, ahora se ha vuelto en contra de occidente.

Por otro lado, la economía neoliberal ha buscado maximizar los beneficios a corto plazo sin tener en cuenta el coste social y el impacto medioambiental. Y en este aspecto, los neoliberales como Friedman se equivocaron: más allá del corto plazo, hay que incrementar los beneficios a largo plazo, de este modo saldremos todos ganando. Si nos guiamos por el propósito de pagar una tasa de rendimiento decente a los inversores que invierten, podremos empezar a cambiar el modelo.

Según el último informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial total aumentó un 3,7% en términos reales en el 2022, hasta lograr un nuevo máximo histórico de 2,24 billones de dólares. Si gran parte de este dinero se destinara a pagar a las mismas empresas que obtienen estos contratos millonarios, pero en vez de pagar para fabricar misiles, se hiciera para recoger todos los plásticos de los océanos, recuperar los medios naturales destruidos, limpiar los vertidos de residuos de los océanos… el planeta saldría ganando. Y en este proceso, las nuevas tecnologías nos pueden ayudar a hacerlo posible.

Este sistema, que se diseñó para explotar a los países denominados “en vías de desarrollo”, ahora se ha vuelto en contra de occidente.

La multipolaridad

Este sistema ha funcionado mientras los ganadores han sido los Estados Unidos, puesto que permitía que sus aliados se llevaran un trozo del pastel con la condición de que apoyaran su política internacional o facilitaran el acceso de sus empresas a sus mercados. Los Estados Unidos han sido capaces de compartir el pastel con todos aquellos que se alinearan, pero no con aquellos que estuvieran dispuestos a disputarle sus intereses económicos.

Llegados aquí, entramos en una nueva era donde la distribución del poder político, militar y financiero ya no recaerá en un solo país. En pocas palabras, el mundo dejará de bailar al tono de una sola música. De hecho, ya hemos empezado a bailar al tono de la música oriental, bajo ritmos de la balalaica, combinada con un poco de samba, unos toques de Indi-pop y una pincelada de mbaqanga.

 

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Fue a finales del siglo XI cuando el feudalismo finalmente se impondría. Los señores feudales, nobles o miembros de la Iglesia, obligarían los campesinos a entregar un excedente sobre su trabajo, castrando sus libertades y forzando el endeudamiento de una gran parte de la población. Oriol Garcia Farré, agente de 11Onze e historiador, nos lo explica.

 

Se trataba de un sistema político, económico, jurídico y social establecido durante la Edad Media por todo el continente Europeo. Los reinos se dividían en pequeños territorios que tenían cierta independencia, los cuales eran administrados por los nuevos señores feudales, laicos y eclesiásticos, que proporcionaban ‘protección’ a los campesinos adscritos a la tierra, a cambio de tributos y trabajo.

Al menos esta era la retórica oficial, como explica Garcia, “la mayoría de la documentación existente sobre el proceso de feudalización solo explica lo que a los señores o a los eclesiásticos les interesó documentar”, y continúa, “tened presente que en esta documentación quedarán al margen amplios sectores de la sociedad, como por ejemplo los campesinos”.

Obligatoriedad de generar un excedente

Con la imposición del feudalismo, la producción agrícola y ganadera se convirtió en el pilar de la economía. La explotación sistemática de los campesinos a través del cobro de tributos, sin los cuales “no habría sido nunca posible la construcción de castillos, torres, monasterios o las portaladas románicas”, apunta Garcia, dará paso a la necesidad de “demandar y ligar nuevas tierras para labrar”.

Así pues, se produjo una intensificación de la agricultura espoleada por la coerción de los señores feudales ejercida sobre las comunidades de campesinos libres, “que durante todo este proceso de feudalización fueron forzados a abandonar su economía de subsistencia, con la única finalidad de generar un excedente”, afirma Garcia.

 

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Banco Sabadell y CaixaBank nacieron en Cataluña, pero en 2017 ya tenían más del 70% del negocio fuera del país que los hizo prosperar. Mucha gente lo descubrió cuando en octubre de 2017 las dos entidades trasladaron su sede, como respuesta al movimiento independentista.

 

En 1844 nació La Caixa d’Estalvis i Mont de Pietat de Barcelona, que más adelante daría lugar a La Caixa. En 1881 la burguesía industrial sabadellense creó Banco Sabadell. Las dos entidades nacieron y crecieron en Cataluña hasta convertirse en actores muy relevantes en el sistema financiero español. En octubre de 2017 las dos entidades trasladaron sus sedes sociales fuera de Cataluña, como reacción al movimiento social independentista y el referéndum del 1 de octubre. ¿Pero qué sentido tenía todo ello?

 

Las razones para irse de Cataluña

La principal razón para abandonar a los catalanes fue que “la gente no tenía claro que el banco continuara en la zona euro” si mantenía su sede en Barcelona, según explicó la entonces presidente de CaixaBank, Jordi Gual, en febrero de 2020 en la comisión del Parlamento sobre la aplicación del artículo 155 de la Constitución española. Una excusa débil, porque la licencia bancaria depende del Banco de España, tengas la sede en Barcelona, Valencia, París o a cualquier otro lugar.

Hay muchos bancos extranjeros que operan en España, solo hay que tramitar la licencia y que el Banco de España la autorice. Por lo tanto, en el supuesto de que Cataluña se hubiera independizado, los bancos catalanes habrían seguido operando bajo el paraguas del Banco de España, a no ser que este hubiera cancelado la licencia. Evidentemente, esto sería muy difícil de hacer porque se crearía desconfianza en el sistema financiero español y en el mismo Banco de España.

Un motivo claro para entender el traslado de los dos bancos fuera de Cataluña y comprender que, de hecho, el Banco de España nunca les habría retirado la licencia, es que en 2017 ninguno de los dos bancos era catalán. Banco Sabadell concentraba entonces solo el 29% de su negocio en Cataluña. Y CaixaBank todavía menos, el 22%. Es evidente que el Banco de España no retiraría la licencia para operar en España de dos bancos con más del 70% de activos en el estado español (excluyendo Cataluña).

 

Entidades hechas por los catalanes

La respuesta transversal de la sociedad catalana el 3 de octubre fue determinante. El 5 de octubre Banco Sabadell anunciaba el traslado de su domicilio social a Alicante, aprovechando que ya contaba con instalaciones allí. Se convertía en la primera gran empresa del Ibex en salir de Cataluña. Al día siguiente era CaixaBank la que aprobaba su traslado en Valencia, aprovechando las instalaciones que tenía del Banco de Valencia, y la Fundación La Caixa se iba a Palma de Mallorca.

El movimiento fue interpretado como una presión indisimulada de los dos bancos a la ciudadanía catalana que los había hecho grandes. Pero la realidad es que lo único que hicieron las dos entidades es trasladarse siguiendo su modelo de negocio. Cataluña representaba menos del 30% del volumen del Sabadell y CaixaBank. En octubre del 2017 ya no eran bancos catalanes trabajando para los catalanes, es una idea falsa que la ciudadanía descubrió de manera traumática aquel octubre de hace cinco años. CaixaBank y Banco Sabadell ya eran grandes corporaciones financieras con más negocio fuera de Cataluña que dentro. Por lo tanto, siguieron sus intereses.

A finales de octubre, la cotización de CaixaBank era de 192.717 millones de euros en depósitos y Banco Sabadell, 98.654 millones de euros. En cuanto a su valor en Bolsa, la recuperación costó meses: no fue hasta principios de 2018 cuando tanto CaixaBank como Banco Sabadell recuperaron su valoración previa al referéndum de independencia. En el caso de CaixaBank, volvía a situarse por encima de los 25.000 millones de euros y Banco Sabadell subía por encima de los 10.000 millones de euros.

 

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La economía ha sido una de las grandes protagonistas de la relación entre Cataluña y España. Realizando un ejercicio de síntesis, recopilamos nueve de estos momentos clave de nuestra historia. Quizás no son los más conocidos, pero, sin duda, sí son los que han marcado un antes y un después. Uno tras otro, ofrecen una cronología de encuentros y desencuentros.

 

“Mientras España no comprenda el hecho catalán,
España estará sometida a todos los infortunios.”
Américo Castro, 1924

 

1479. La construcción de un Estado dinástico

Después de la Guerra Civil castellana, los dos reinos más extensos de la Península Ibérica (Castilla y la Confederación Catalana) crearon juntos una nueva entidad política conocida con el nombre de Monarquía Hispánica. Este Estado dinástico se configuró a partir de la unión de tan solo dos elementos: el ejército y la política exterior. Respecto al resto de elementos que configuran un Estado moderno, como fronteras, monedas, leyes e instituciones, permanecieron totalmente separados. Así, en cuanto a la configuración y reparto del poder, hay que tener presente que, mientras Castilla se articulaba según la autoridad de la reina (Isabel), siempre por encima de la nobleza y la iglesia, en cambio, la Corona de Aragón se organizó alrededor de la Constitució de l’Observança, que obligaba al rey (Ferran) a gobernar y pactar de acuerdo con las leyes del Principado. He aquí una primera diferencia en el sistema de organización político y económico entre España y Cataluña.

 

1556. La deriva de la historia

Con la muerte de la reina castellana (Isabel), el Estado dinástico peninsular estuvo a punto de deshacerse. Después de vicisitudes familiares, el trono lo acabará ocupando el nieto, por incapacidad de la hija (Juana) y por la muerte del yerno (Felipe). De este modo, la unión dinástica entre los dos reinos quedó confirmada definitivamente en las personas de Carlos (futuro emperador) y sus sucesores. Durante años, el emperador Carlos buscó consolidar la idea de una monarquía universal que fuera políglota y abierta para todo el territorio del imperio de Habsburgo. La política del emperador se encaminó a cambiar el rumbo de la historia europea. De nada le sirvió creer que era posible la convivencia entre los derechos de las ciudades y de las regiones con la estructura imperial, dado que la idea del Estado-Nación se estaba imponiendo, empujada en gran parte por la Reforma. Tampoco consiguió nunca crear las complicidades necesarias entre castellanos y catalanes para forjar un país común.

1585. La perversidad del sistema

En otoño de 1585, el rey Felipe II de Castilla presidió la celebración de las Cortes Generales de la Confederación Catalana en Monzón. Siguiendo la tradición instaurada por su padre (Carlos), Felipe II reconocía así la dualidad de poder en el territorio peninsular que conformaban las coronas de Castilla y Cataluña. El sistema parlamentario siempre comporta tensiones —porque el debate es lo que tiene—, pero parecía que se llegaría a un acuerdo. El problema surgió cuando los oficiales reales intentaron boicotear descaradamente las resoluciones de las Cortes. Y todavía es más perverso cuando la Monarquía —de manera unilateral— decide manipular y volver a redactar los acuerdos tomados por las Cortes Catalanas para favorecer sus intereses. Entre las alteraciones más destacadas y que afectaron a toda la Confederación Catalana, se encontraban aquellas relativas al control del comercio, al aumento del gasto de la Real Audiencia en territorio catalán y que diluyeron el control que la Diputación del General (la Generalitat) pudiera tener sobre el Santo Oficio (la Inquisición), el brazo represor de la monarquía.

 

1626. Hacia una unidad centralizada única

En marzo de 1626, Barcelona recibe al rey de Castilla, Felipe IV, que había llegado a la ciudad para jurar las Constituciones catalanas. El motivo no fue otro que poder desencallar el ambicioso plan del ministro del rey, el conde duque de Olivares. El proyecto, conocido como la “Unión de Armas”, pretendía que cada reino que formaba parte de Castilla —o sea, principalmente, la Confederación Catalana— aportara un número determinado de dinero y soldados. Pero lo que no calibraron bien las oligarquías castellanas fue que si Felipe IV juraba las Constituciones catalanas, ciertamente se le otorgaba automáticamente el título de conde de Barcelona, cosa que lo obligaba a fiscalizar sus recursos. Por lo tanto, los catalanes estaban más interesados en que se aprobaran sus propuestas de nuevas Constituciones catalanas y que se atendieran sus agravios, que no en participar en guerras absurdas. Curiosamente, dos décadas más tarde, el territorio norte-catalán será arrancado del cuerpo principal de manera deshonesta. Y no será hasta cuarenta años más tarde que Castilla notificará oficialmente a la Generalitat la pérdida del territorio norte-catalán.

1760. Las reglas del juego cambian

Desde hacía unas décadas, una nueva familia de origen francés ostentaba el trono de Castilla, los Borbones. Atrás había quedado la disputa abierta sobre aquel ascenso, hasta el punto que se había tenido que dirimir en el campo de batalla. Pasadas cuatro décadas del Decreto de Nueva Planta, el rey Carlos III convocó las Cortes Generales en Madrid. En aquel nuevo paradigma político surgido del campo de batalla, los representantes de los antiguos territorios de la Confederación Catalana —formada por Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca— presentaron juntos un memorial que contenía una crítica frontal al sistema borbónico vigente. Simplificando mucho, el documento conocido como “Memorial de Agravios” defendía que el nuevo Estado tenía que velar por la pluralidad territorial y tenía que alejarse de estructuras centralistas y unificadoras.

 

1810. La construcción de una nueva realidad política

En un contexto de guerra europea, llegaron hasta Cádiz más de 240 diputados de todo el territorio convencidos que iban a hacer historia, porque se iba a redactar una moderna Constitución. El rey Carlos IV de España había sido depuesto por absolutista, después de la ocupación francesa del territorio peninsular. En las Cortes de Cádiz se estableció que el poder residía en el conjunto de los ciudadanos, representados por las Cortes. Pero Cádiz también supuso —por primera vez— la oportunidad real para que los políticos catalanes fueran invitados a participar activamente en el nuevo sistema político español que se estaba creando. En aquel revolucionario contexto, la delegación catalana defendió abiertamente la propuesta de modernizar España de acuerdo con el proyecto austriacista liquidado hacía menos de un siglo. Por lo tanto, había que fundamentar el desarrollo económico y social de acuerdo con la industrialización de los territorios. Pero por el Tratado de Valençay se restituyó en el trono a Fernando VII como monarca absoluto, y frustró todas aquellas ideas modernas surgidas de las Cortes de Cádiz y de su revolucionaria Constitución, que había sacudido España.

1870. La historia siempre da una segunda oportunidad

Aquel verano de 1870 en París, María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, reina de España, abdicó. Esa renuncia de poder —igual que el emperador Carlos— era la consecuencia de un intenso debate político sobre cómo se tenía que articular la modernidad de España. La disputa entre carlistas y liberales se había dirimido en los campos de batalla durante las últimas tres décadas. Pero durante las décadas siguientes el callejón sin salida continuaría. España había entrado en un laberinto del cual tardará cien años en salir. La modernidad comportó una profunda transformación estructural, incluido el reparto de poder. La historiografía ha abordado este periodo desde la perspectiva de la primera crisis del capitalismo español. Pero, en realidad, en el origen del problema económico se encontraba la corrupción. 

Políticos, militares y nobles especularon tanto en las compañías ferroviarias como en la construcción, hasta el punto que a finales de la década hubo un crac bursátil de dimensiones bíblicas. La Guerra Civil de los Estados Unidos provocó un aumento de los precios de la materia prima —el algodón—, motor de la industria textil catalana, que —por carencia de previsión del Estado— provocó la ruina de muchos empresarios de este sector. Y un periodo prolongado de malas cosechas provocó un aumento estrepitoso del precio de los alimentos básicos, que afectó negativamente a las clases más populares. En este contexto tan difícil y puesto que el Estado estaba tan endeudado, se aportaron dos soluciones: por un lado, aumentar la presión fiscal sobre las clases populares y, por otro, embarcarse en una aventura colonial como fue la Guerra de las Islas Chincha, ante las costas del Perú.

 

1931. La montaña es un buen lugar para pensar

Aquella primavera de 1931, España optó por gestionar el poder siguiendo una fórmula fracasada en el pasado. La corrupción había agotado el sistema de la Restauración borbónica y, por lo tanto, había que buscar una nueva relación con el poder. La pregunta que se planteaba entonces —y todavía hoy— era si España podía ser una federación de naciones. ¡Había que probarlo! En este contexto, se instalaron en el Santuario de Nuria los diputados del recientemente creado Gobierno de la Generalitat de Cataluña, encargados de redactar una propuesta de relación entre Cataluña y España. Todo el mundo tenía la certeza de estar ante un momento histórico. 

El resultado fue un texto constitucional que respondía a la voluntad de Cataluña y a su legítimo derecho de ejercer la autodeterminación. Se estaba proponiendo una situación de igualdad jurídica y política respecto a los otros pueblos del Estado. Se planteaba ampliar la mirada. Pero el Estado se puso nervioso. Un año más tarde, las Cortes españolas aprobaron un Estatuto que ya no tenía nada que ver con el que había refrendado meses atrás el pueblo de Cataluña. Se rechazaba la fórmula federal, se reducían competencias de la Generalitat y se instauraba la cooficialidad del catalán y el castellano en un modelo bilingüe. Cataluña quedaba reducida a una “región autónoma dentro del Estado español”. Fue entonces cuando en la lejanía empezó a oírse ruido de sables que obligaron a España a volver al campo de batalla.

 

2004. Hacia un nuevo paradigma histórico

Con la resaca de los acontecimientos de la última década del siglo pasado, todo el mundo creyó que España había optado por reconocer su diversidad. La lengua catalana se hablaba —incluso— en los círculos más íntimos de la oligarquía castellana. En un clima de pujanza económica, estabilidad social y de reconocimiento mutuo, Cataluña creyó que podía volver a plantear su relación con España. ¿Era posible? La escrupulosidad de la misión —igual que en el pasado—, en la elaboración de un nuevo marco constitucional como fue el nuevo Estatuto de Cataluña, supuso un importante esfuerzo para encontrar un punto de encuentro donde estuvieran representados todos los estratos sociales. Cómo sigue esta historia es conocido por todo el mundo. El 1 de octubre de 2017 es la constatación de la imposibilidad del diálogo y la necesidad de volver al inicio de todo: a mucho antes de la Guerra Civil castellana de 1479.

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Desde tiempos inmemoriales, aquello que los geógrafos griegos definieron como Península Ibérica, ha pasado a ser el solar donde se ha construido una Historia, la cual ha ido forjando diferentes realidades y maneras de ser. Pero con el devenir de España —a principios del XIX— diferentes concepciones políticas han buscado la manera de vertebrarla a cualquier precio. Por este motivo, algunos se han empeñado en demostrar una ficticia uniformidad histórica y territorial, por el simple hecho de compartir una misma geografía. Cataluña ha compartido este solar, pero su realidad histórica es otra y es bueno recordarlo, ahora que el debate vuelve a estar abierto.

 

La historia tradicional de España se ha construido de acuerdo con la premisa de otorgar un protagonismo único a Castilla —prolongada con Andalucía y Extremadura— la cual ha sido exclusivamente identificada con España. A la periferia, especialmente el levante mediterráneo y el noroeste peninsular, se le ha permitido tener o bien un papel secundario o bien adquirir cierta relevancia de manera puntual, sobre todo en los momentos donde la decadencia castellana se hacía más patente.

Así pues, Castilla —siempre bajo una óptica negacionista— ha hecho creer que existe una “nación española” y unas identidades “periféricas” que las ha autodefinido como nacionalidades. Pero la realidad es otra. La nación española como la nación catalana o la nación vasca son, existen, porque son vividas y percibidas por quien así mismo dicen formar parte. Por lo tanto, se vuelve a hacer uso de la banalización para confundir la opinión pública e intentar evitar cualquier proceso de autodeterminación legítimo. En este sentido, la construcción identitaria de la nación española se vuelve bien a menudo una destrucción sistemática de las “periferias”, es decir, el españolismo acaba construyendo su identidad reprimiendo las diferencias del territorio que considera nacional.

Esta visión ha puesto de manifiesto el grave problema sobre la realidad histórica de España. En primer lugar, ha evidenciado la imperfección de España como proyecto político dado que ha mostrado reiteradamente los continuos problemas de adaptabilidad al estándar occidental, sobre todo en cuanto a dinámicas de adopción del capitalismo, el liberalismo y el racionalismo en el triple aspecto de lo económico, lo político y lo cultural. Y, en segundo lugar, y todavía más importante, el fracaso más absoluto de Castilla en su tarea de hacer de España una comunidad armónica, plenamente satisfecha con ella misma y tolerante con el resto de territorios que la componen. Si se esconde la plurinacionalidad del estado, se deforma el pasado.

Se ha evidenciado la imperfección de España como proyecto político dado que ha mostrado reiteradamente los continuos problemas de adaptabilidad al estándar occidental.

Desmantelando “la unidad de destino en el hecho universal”

Dentro del sistema escolar franquista, la historiografía se articuló en función del concepto de “Reconquista”, el cual se trata de un concepto historiográfico —empleado todavía en los currículums de secundaria de Castilla— que describe el proceso de recuperación —pues los musulmanes no eran legítimos propietarios de la geografía hispánica— del mundo feudal por encima del mundo musulmán y judío. Este proceso arrancaría al poco de la llegada de los árabes a la península Ibérica (siglo VIII) y finalizaría con los Reyes Católicos (siglo XV), los cuales acabarían unificando “España” como un Estado integral. Esta Reconquista acabaría forjando “el espíritu español”.

A mediados de siglo pasado, un conjunto de historiadores —a fin de legitimar los vencedores de la Guerra Civil— emprendieron la tarea de construir los argumentos históricos donde se sustentara el nuevo régimen. El corpus teórico se basó en encontrar “la esencia de España”. Por lo tanto, la historiografía españolista llegó a “demostrar” que realmente existían unas características distintivas de continuidad entre el pasado prehistórico hasta la actualidad, las cuales definen este “espíritu español”.

Actualmente, las investigaciones tienden a romper la homogeneidad territorial de las provincias y muestran una predisposición cada vez más clara en realizar investigaciones que subrayen más las diferencias sociales y territoriales, como por ejemplo los últimos estudios sobre los hispanogodos del siglo VIII, donde se constatan diferencias significativas entre las sociedades peninsulares, principalmente condicionadas por los hábitats donde desarrollan sus actividades. Las evidencias arqueológicas —sin rehuir de las fuentes documentales— demuestran fehacientemente que el proceso de romanización les afectó de manera muy diferente.

Por lo tanto, las crisis de la antigüedad tardía de los siglos III al VIII provocarían cambios mucho más profundos, los cuales afectarían de manera desigual a los diferentes territorios peninsulares. En consecuencia, la llegada de los árabes a la península Ibérica también afectaría estas sociedades de diferente manera, por lo cual, la idea de la continuidad entre el reino visigodo y las consiguientes formaciones políticas se diluiría como el azúcar.

La arqueología ha confirmado que la penetración del mundo musulmán dentro del territorio peninsular no fue tan traumático como se ha querido hacer creer. Los restos arqueológicos revelan que, después de la conquista, el territorio peninsular nunca fue abandonado. Por lo tanto, todo esto demostraría que muchos hispanogodos profesaron la nueva fe musulmana, no tanto por convicción, sino para mantener la propiedad de la tierra. Y esta tierra se verá transformada por la introducción de nuevos sistemas de producción agraria, basados principalmente en la gestión y la fuerza del agua.

Las investigaciones tienden a romper la homogeneidad territorial de las provincias y muestran una predisposición cada vez más clara en realizar investigaciones que subrayen más las diferencias sociales y territoriales.

Deslegitimar el origen para anular la diferencia

A partir del siglo IX, la mayoría de los territorios peninsulares se organizarán como reinos, y el rey será su máximo representante. En cambio, en los territorios del nordeste peninsular el condado será la estructura administrativa que se implementará, y el conde —impuesto desde Aquisgrán— se encargará de administrar justicia, garantizar el orden público y gestionar la fiscalidad.

Este elemento diferenciador —como fue la organización carolingia del territorio catalán— será ampliamente combatido por la historiografía franquista a través de una política de disminución de su relevancia. Por este motivo, se la considerará una estructura de gobierno con poca relevancia histórica y, por eso, se llevará a cabo una nula voluntad de difusión —tanto en los círculos académicos como en los currículums escolares— lo cual afectará su conocimiento.

Por lo tanto, no nos tiene que resultar extraño que estos de historiadores no quieran entender que nuestra singularidad es el resultado de un encuadre jurídico diferente a la matriz hispánica. El territorio catalán será adscrito siguiendo la política carolingia de la Renovatio Imperii. Seguramente, de aquí vino su nula difusión, dado que ¡la esencia de España quedaba muy lejana!

Ciertamente, el título de rey es uno de los cargos políticos más antiguos y conocidos. La raíz más antigua de la palabra la encontramos en el indoeuropeo REG (regir/gobernar) la cual evolucionará al latín como REX. En el contexto de las transformaciones políticas que se sucedieron a partir del siglo IV en el occidente europeo, amplios territorios serán gobernados por líderes militares de origen germánico, los cuales progresivamente se liberarán del dominio de Roma y se organizarán como reinos. Los nuevos caudillos territoriales —sean godos, francos o suevos— seguirán su tradición jurídica y adoptarán el título de rex como máxima figura política.

Por lo tanto, todos los soberanos peninsulares serán continuadores de su legalidad jurídica. Mientras que las dinastías astur-leonesa o navarra o castellana continuarán utilizando el título de rey, el soberano catalán utilizará el título de conde, dado que legalmente continuará ligado a la dinastía francesa —heredera de la legalidad carolingia a través de la familia Capeta— y legitimada por el Papa, hasta la firma del Tratado de Corbeil y ratificado al Tratado de Anagni de mediados de siglo XIII. En la práctica, todos serán soberanos con la misma potestad, tanto si son reyes como si somos condes.

El hecho más paradójico sobre la historia de España —edificada a partir del concepto historiográfico de la Reconquista— es que se construye a partir de una falsa premisa como es la de asignar una legitimidad continuadora del reino visigodo hacia el reino astur.

Está ampliamente estudiada que esta máxima no es cierta. Los expertos han demostrado que las poblaciones indígenas cantábricas —sean astures, cántabras o vascones— siempre mantuvieron una relación muy distante y bélica con el mundo romano, visigodo, árabe o carolingio. Por lo tanto, su aislamiento se debería más por un problema de escaso encuadre administrativo que no por una resistencia feroz contra unos conquistadores romanos, visigodos, árabes o carolingios. En consecuencia, el panfleto propagandístico que suponen las tres crónicas de Alfonso III de Asturias —sobre todo la Albeldense, que de hecho es de donde sale el famoso concepto de Reconquista— se tienen que leer como aquello que son: una legitimación jurídica ante la opinión pública (y Dios) de la agresión efectuada contra una parte de la población hispánica que lo único que tienen de diferente —respecto al resto de la población— es que profesan una religión diferente.

La historia de España —edificada a partir del concepto historiográfico de la Reconquista— se construye a partir de una falsa premisa.

La voluntad de alterar la realidad

In Dei nomine. Ego Ramirus, Dei gratia rex aragonensis, dono tibi, Raimundo [Berengario], barchinonensium comes et marchio, filiam meam in uxorem, cum tocius regni aragonensis integritate, sicut pater meus Sancius, rex, vel fratres mei, Petrus et Ildefonsus  es, sin duda, uno de los fragmentos claves de la historia de Cataluña que ha suscitado mayor beligerancia historiográfica, sobre todo por la parte aragonesa.

Este fragmento corresponde a las famosas “Capitulaciones Matrimoniales de Barbastro”, las cuales fueron ratificadas con la “Renuncia de Zaragoza” —ambas del año 1137— por la cual el rey Ramiro II de Aragón, el Monje, comunicaba públicamente a sus súbditos que daba su hija, su reino y sus honores al conde Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, y que esta donación se sellará a través del matrimonio entre el conde de Barcelona y su hija, Peronella.

En consecuencia, el conde de Barcelona será nombrado príncipe heredero de Aragón, y Ramiro —a pesar de mantener el título— devolverá al monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca, de donde salió deprisa y corriendo para ser coronado rey. Por su parte, Peronella —con tan solo un año— será enviada en Barcelona para ser educada como futura condesa consorte de Barcelona y reina de Aragón. Trece años más tarde, el conde Ramón Berenguer se casará con ella en Lleida, una vez tuvo la edad legal para hacerlo, o sea, catorce años. Entonces, será el primogénito de esta unión —Alfonso el Trovador— quien se convertirá en la primera persona que ostentará los dos títulos —el de conde y el de rey— lo cual legitimará la nueva concepción política surgida de aquella donación.

La realidad histórica no manipulada afirma el hecho de que después de la “Renuncia pública de Zaragoza” el reino de Aragón quedó en un segundo plano político, dado que voluntariamente se había desposeído de su valor sucesorio, elemento clave en el siglo XII. A pesar de esto, los sucesivos condes de Barcelona respetarán y mantendrán siempre todas las instituciones aragonesas, marcando el inicio de la Confederación Catalanoaragonesa.

Por lo tanto, es básico no caer en la trampa política que circula entre ciertos círculos españolistas, los cuales argumentan que Peronella de Aragón fue el elemento clave que permitió anexionar los condados catalanes al reino de Aragón. Querer hacer creer que una princesa de un año enamore a un conde de Barcelona de veinticuatro años y que este —en pleno auge de sus dominios— ofrezca sus territorios a Aragón a cambio de obtener “un título de más prestigio”, ¡es ser un necio! Y por si fuera poco, el hecho de construir dos genealogías paralelas —Alfonso I de Cataluña es el mismo que Alfonso II de Aragón— demuestra que existe maldad y voluntad de tergiversar la realidad.

La verdadera problemática a la cual se enfrenta Aragón a principios del siglo XI es la de encontrar una solución jurídica en el testamento del rey Alfonso I el Batallador, el cual habiendo muerto sin descendencia, había dado todos sus territorios a las Órdenes militares, y esto provocó un debacle institucional. Los castellanos —aprovechando este vacío de poder y legitimados por la repudiada exmujer del rey— iniciaron la invasión de Zaragoza, seguida por la desconexión de Navarra a través de la figura de García Ramírez, conocido como el Restaurador. De este modo, Aragón quedaba muy debilitada económicamente con el consiguiente riesgo de desaparecer.

En contra de lo que han difundido los extremistas aragoneses, la unión de Aragón con los condados catalanes fue la única salida viable para la oligarquía aragonesa. Fue la única forma para frenar la presión ejercida, tanto por castellanos como por navarros, y así poder potenciar su economía agraria y ganadera con una salida clara a los mercados mediterráneos.

Querer hacer creer que una princesa de un año enamore a un conde de Barcelona de veinticuatro años, y que este —en pleno auge de sus dominios— ofrezca sus territorios a Aragón a cambio de obtener “un título de más prestigio”, ¡es ser un necio!

Poner los límites al poder

A finales del siglo XI, una nueva mentalidad apareció dentro de la sociedad barcelonesa, la cual se basó en el trabajo, la moral empresarial y la amistad. Por este motivo, Barcelona pudo desarrollar una forma propia de acumulación de capitales, asentada en el aumento y la mejora de la producción agrícola de su territorio, cosa que le permitió ser el epicentro administrativo de los condados catalanes. Las nociones de beneficio, de inversión y de capital cristalizan a lo largo del siglo XII y conducen a los condes de Barcelona a la conquista de las ciudades de Tortosa, Lleida y Balaguer, y al intento frustrado de conquistar Mallorca.

Y todo ello será posible gracias a un clima de estabilidad social que, después del desastre político que habían supuesto las revueltas feudales, se acabaron imponiendo las convenientiae o pactos feudales entre iguales. A partir de entonces, la cultura del pacto se fue generalizando por todos los condados catalanes y se convertirá una de las particularidades de nuestra manera de ser. Fruto de aquel pacto, se redactaría la primera versión de los Usatges de Barcelona, base del derecho consuetudinario catalán.

De manera gradual, la soberanía catalana se irá repartiendo entre las diferentes bases —conde, nobleza, clero y ciudadanos honrados— que representarán gran parte de la sociedad. Por lo tanto, esta política constitucionalista será uno de los rasgos distintivos de la Corona que a partir del siglo XIII se irá ampliando a medida que se continúen ejecutando las políticas expansionistas condales. Estos nuevos territorios serán configurados como Estados, donde la Corona velará para mantener las particularidades de cada territorio. Entonces, Cataluña pasará a definirse como Principado, dado que su máxima autoridad será la figura de un príncipe o el primero entre iguales.

A diferencia del resto de territorios peninsulares, —donde la problemática del poder se centrará sobre la sacralización— en Cataluña, el conflicto se situará sobre su uso. La constante evolución del derecho catalán acabará otorgando poder al conde por cesión (entre iguales). Por lo tanto, se lo obligará a gestionar correctamente su gasto y a respetar los diferentes fueros, costumbres, privilegios o usajes de sus territorios. De este modo, se fomentará el pactismo entre iguales, con el fin de equilibrar los intereses económicos entre la nobleza, el clero y la burguesía, a fin de mantener la estabilidad social.

Como resultado —y mucho antes que los ingleses— las Cortes Catalanas serán el modelo perfecto de parlamentarismo, las cuales constituirán el núcleo de la tradición pactista catalana que ha llegado hasta nuestros días. Desgraciadamente, con la derrota del 1714 y la implantación del Decreto de Nueva Planta, la Confederación Catalanoaragonesa fue fulminada y desmenuzada en diferentes provincias de una nueva monarquía centralizada que gobernaría para toda la península Ibérica sin diferencias legales.

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