Una triple amenaza planea sobre la economía
Los engranajes económicos chirrían cada vez más. El aumento del precio de la energía está disparando los costes de producción, mientras que la inflación desbocada está frenando el consumo y el incremento de los tipos de interés encarece los créditos para empresas y familias.
Agosto fue el mes con la electricidad más cara de la historia en Cataluña, ya que el precio medio en el mercado mayorista fue de 307,80 euros/MWh, según datos del Operador del Mercado Ibérico de la Electricidad (OMIE). Y eso a pesar de aplicarse la “excepción ibérica” desde junio en España y Portugal, que ha desacoplado el gas del mercado mayorista de la electricidad para reducir su precio. En definitiva, en un año la electricidad se ha encarecido un 190 % y el precio ha subido un 585 % respecto a dos años atrás.
Los precios de todos los combustibles se han disparado por la guerra en Ucrania y países como Alemania o Países Bajos ya han tenido que recurrir al carbón para compensar en parte los problemas con el suministro de gas y petróleo.
El encarecimiento de la energía hace que los costes de producción de las empresas crezcan exponencialmente en toda Europa. El Índice de Precios Industriales (IPRI), que mide la evolución de los precios de los productos fabricados en el Estado español y vendidos en el mercado interior en la primera etapa de su comercialización, indica que en julio de 2022 fueron un 40 % más caros que el año anterior. De ese incremento, más de la mitad se debe directamente al aumento del precio de la energía. Y, en Alemania, los datos de agosto reflejan un encarecimiento del 45 % en los precios industriales respecto al mismo mes de 2021.
En esta situación, las empresas se encuentran ante la disyuntiva de trasladar el aumento de costes al consumidor final, con lo cual corren el riesgo de perder ventas, o reducir sus márgenes, con lo cual también salen perdiendo. En definitiva, no hay una decisión buena, la decisión óptima es la menos mala.
Una inflación de dos dígitos
Un segundo problema que atenaza la economía es la inflación desbocada. En Cataluña, la variación interanual se situó en agosto en el 10,2 %, con lo que alcanzaba por segundo mes consecutivo un incremento de doble dígito.
Además de la energía, los precios de los alimentos también se han disparado, sobre todo por los costes de los combustibles y los fertilizantes, que podrían aumentar este año hasta un 70 %. Globalmente, se prevé que los precios de las materias primas agrícolas aumenten un 18 % en 2022. Y los incrementos están afectando especialmente a productos de primera necesidad como los tomates, la carne, el aceite o la leche.
La escasez sostenida de alimentos y sus elevados precios podrían llevar a millones de personas a problemas de desnutrición y generar revueltas populares. De hecho, en Sri Lanka y Perú ya se han producido disturbios y países como Turquía o Egipto podrían seguir sus pasos.
Sin embargo, no toda la responsabilidad del aumento de la inflación corresponde a los alimentos y la energía, que son los productos con valores más volátiles: la inflación subyacente, que no tiene en cuenta estas categorías de productos, ya roza el 6 % en Cataluña.
Por descontado, además de devaluar nuestros ahorros, el incremento de la inflación supone una pérdida de poder adquisitivo para los ciudadanos, lo cual lastra el consumo y estrangula un poco más el mercado para las empresas. Así, una segunda losa cae sobre el tejido productivo.
Tipos de interés al alza
Ante la escalada inflacionaria, la mayoría de bancos centrales se han visto obligados a subir los tipos de interés para enfriar la economía, empujados por la agresiva política monetaria de Estados Unidos, que acaba de subirlos un 0,75 % por tercera vez este año. Y eso tradicionalmente ha llevado asociadas más dificultades en Europa y crisis financieras en los mercados emergentes y las economías en desarrollo.
De momento, el Banco Central Europeo ha subido los tipos de interés un 1,25 % en poco más de dos meses y se espera que siga incrementándolos en sus próximas reuniones. Esta subida de los tipos de interés asfixia todavía más a la economía, ya que encarece tanto los créditos que necesitan las empresas para invertir e innovar como los créditos al consumo, imprescindibles para dinamizar determinados mercados.
En definitiva, con la subida de los tipos, una tercera losa cae sobre los engranajes de la economía. Por ello no es de extrañar que en agosto desaparecieran en el Estado español unas 20.000 pymes y que hasta 90.000 se encuentren en quiebra técnica, como indica el último barómetro del Consejo General de Colegios de Gestores Administrativos de España. Y las previsiones para los próximos meses no son optimistas, ya que unas 700.000 tienen problemas de liquidez.
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La elevada inflación ha obligado al Banco Central Europeo a incrementar los tipos de interés por encima de lo previsto. Y se dan por seguras más subidas para los próximos meses. La cuestión es cuánto aumentarán y en qué medida afectará a la marcha económica de la eurozona.
Hoy entran en vigor los nuevos tipos de interés aprobados la semana pasada por el Banco Central Europeo. Aunque la previsión era que el incremento fuera de un 0,25 %, la entidad que preside Christine Lagarde sorprendió a los mercados con una subida del 0,50 %. Se trata del primer aumento en 11 años y el mayor desde el año 2000.
La decisión del Consejo de Gobierno del BCE afecta a los tres tipos de interés clave, con lo que el de las operaciones principales de financiación se sitúa en el 0,50 %, el de la facilidad marginal de crédito pasa a ser del 0,75 % y el de la facilidad de depósito abandona el interés negativo para quedar en el 0,00 %.
Con esta decisión, el BCE se suma a la mayoría de bancos centrales del mundo, que en los últimos meses ya han dado el paso de incrementar sus tasas de interés para combatir la escalada de precios. Los pésimos datos sobre la inflación, que en junio alcanzó el 8,6 % en la eurozona, han empujado al BCE a realizar una subida mayor de la prevista. También la fuerte subida de los tipos de interés en países como Estados Unidos, que ha aumentado los tipos tres veces desde mayo, y la debilidad del euro han influido en la decisión.
¿Cómo evolucionarán los tipos de interés?
Todo indica que los tipos de interés seguirán subiendo en los próximos meses, aunque el porcentaje se irá decidiendo “reunión a reunión”, según el regulador bancario europeo. El objetivo es recuperar tasas del “2 % de inflación a medio plazo”.
Los analistas especulan que la horquilla de los tipos de interés podría situarse el año que viene entre el 1 % y el 3 %. Como referencia, el gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, estimaba recientemente que podría ser de entre el 1% y el 2%.
En cualquier caso, el BCE parece decidido a priorizar la contención de la inflación, aunque la subida de intereses acabe generando una recesión en algunos países de la zona euro. De hecho, ya hay quien considera que provocar una recesión es la única fórmula realista para devolver la inflación a niveles razonables.
Se debe tener en cuenta que la subida de tipos encarecerá tanto los préstamos tanto de particulares (hipotecas incluidas) como de empresas. Por tanto, debería reducir el consumo privado y las inversiones corporativas, lo cual enfriará la economía.
De momento, todo indica que la próxima subida de tipos se producirá en septiembre, cuando se vuelva a reunir el Consejo de Gobierno del BCE. Más allá de esa fecha, Lagarde solo indicaba que, “si vemos que la inflación se estabiliza en un 2% a medio plazo, será apropiada una mayor normalización progresiva de los tipos de interés hacia una tasa neutral”.
Primas de riesgo bajo vigilancia
Las primeras damnificadas por la subida de los tipos de interés son las primas de riesgo de la deuda de los países de la eurozona con una situación más vulnerable: Grecia, Italia, España y Portugal. Ante la posibilidad de una recesión económica provocada por el aumento de tipos, los inversores son cada vez más reacios a adquirir deuda de los países con una economía más frágil.
Por eso, el BCE ha acompañado el anuncio de la subida de tipos con el de la creación del TPI [siglas en inglés del Instrumento para la Protección de la Transmisión de la política monetaria], un mecanismo para evitar que se disparen las primas de riesgo de los países periféricos y se produzca una fragmentación financiera de la zona euro. No se puede olvidar la situación de inestabilidad que vive Italia, por ejemplo, con la dimisión días atrás de Mario Draghi como primer ministro y la convocatoria de elecciones.
En su comunicado, el BCE indica que este TPI “será un complemento del conjunto de instrumentos del consejo de gobierno, y puede activarse para contrarrestar una dinámica de mercado desordenada e injustificada que suponga una grave amenaza para la transmisión de la política monetaria en toda la zona del euro. Y añade que la magnitud de las compras del TPI dependerá “de la gravedad de los riesgos que afectan a la transmisión de la política monetaria”. En cualquier caso, el BCE pretende que esta herramienta sea el último recurso, ya que la primera línea de defensa será la reinversión “flexible” de los bonos soberanos que ahora tiene en cartera.
Además, esta intervención no estará exenta de condiciones, ya que los países “rescatados” deberán cumplir los compromisos y reformas que fija el Fondo de Recuperación y las diferentes recomendaciones de la UE.
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La revolución tecnológica que ya no inquieta solo a los obreros, sino también a los profesionales del conocimiento. Durante décadas, la tecnología había mantenido una especie de pacto implícito con la sociedad. Las máquinas sustituirían los trabajos más repetitivos, más físicos o más peligrosos, mientras que el conocimiento, la creatividad y la capacidad de razonar seguirían siendo patrimonio de los seres humanos. Estudiar, especializarse y acumular experiencia parecía el mejor seguro frente a los cambios económicos.
Pero ese pacto está empezando a resquebrajarse. La irrupción de la inteligencia artificial generativa está cambiando la percepción social sobre la tecnología y, por primera vez en mucho tiempo, el debate ya no gira únicamente en torno a las oportunidades que ofrece, sino también a los riesgos que conlleva. Cada vez más ciudadanos cuestionan una herramienta que hasta hace poco se presentaba casi como un sinónimo inevitable de progreso.
No es casualidad. Según una encuesta reciente recogida por el portal especializado Futurism, el apoyo social a la inteligencia artificial se está erosionando, principalmente por la creciente preocupación por la destrucción de puestos de trabajo cualificados, la desinformación y la concentración de poder en manos de unas pocas grandes empresas tecnológicas. El miedo no es nuevo. Lo que sí es nuevo es quién lo siente.
Cuando estudiar ya no es una garantía
Las primeras grandes revoluciones industriales transformaron sobre todo el trabajo manual. Los telares mecánicos sustituyeron a los artesanos, las cadenas de montaje redujeron la necesidad de mano de obra especializada y la robotización transformó las fábricas. Cada innovación generó resistencias, pero también consolidó una idea que parecía indiscutible: el conocimiento era mucho más difícil de automatizar que la fuerza física.
La inteligencia artificial está poniendo en duda esa certeza. Los grandes modelos lingüísticos ya redactan contratos, escriben programas informáticos, generan informes financieros, traducen textos, crean ilustraciones, elaboran diagnósticos preliminares o producen contenidos que, hasta hace muy poco, exigían años de estudios y experiencia profesional. Por primera vez desde la Revolución Industrial, una tecnología no compite únicamente con los músculos. También compite con el cerebro.
Los potenciales afectados ya no son únicamente operarios de fábrica o trabajadores de almacén. Ahora también aparecen abogados, periodistas, arquitectos, consultores, analistas financieros, programadores, profesores, diseñadores gráficos o traductores. Es precisamente esta novedad la que explica buena parte del cambio de actitud frente a la IA. Las clases profesionales que durante años habían interpretado la digitalización como una oportunidad descubren ahora que también pueden convertirse en competencia directa de los algoritmos.
Un miedo con más de doscientos años de historia
Esta inquietud puede parecer completamente nueva, pero la historia económica nos dice lo contrario. Entre 1811 y 1816, en plena Revolución Industrial, miles de artesanos textiles ingleses comenzaron a destruir los telares mecánicos que se extendían por las fábricas. Aquel movimiento pasaría a la historia con el nombre de ludismo, inspirado en la figura —probablemente legendaria— de Ned Ludd.
Durante mucho tiempo, los luditas han sido retratados como enemigos del progreso, incapaces de comprender los beneficios de la mecanización. Pero esta interpretación es profundamente injusta. Los trabajadores no destruían las máquinas porque rechazaran la tecnología, sino porque consideraban que el nuevo modelo productivo los condenaba a perder su trabajo, reducía el valor de su oficio y concentraba los beneficios en manos de los propietarios de las fábricas. Su protesta no iba contra las máquinas. Iba contra la forma en que se estaba organizando el progreso.
Del telar al algoritmo
Las diferencias entre aquel mundo y el nuestro son enormes, pero también lo son las similitudes. Los luditas podían ver físicamente la máquina que los sustituía. El telar ocupaba un espacio concreto dentro de la fábrica y simbolizaba el cambio que transformaba su forma de vivir. La inteligencia artificial, en cambio, es invisible. Funciona desde centros de datos situados a miles de kilómetros y puede alterar simultáneamente el trabajo de un abogado en Barcelona, de un periodista en Londres o de un arquitecto en Nueva York.
También ha cambiado el perfil de los afectados. Hace dos siglos, la mecanización ponía en riesgo principalmente habilidades manuales. Hoy es el trabajo intelectual el que entra en competencia con la tecnología. Por eso algunos economistas e historiadores ya hablan de neoludismo, no para describir una guerra contra la IA, sino para explicar el resurgimiento de una misma inquietud: el miedo a que una revolución tecnológica altere profundamente las reglas del mercado laboral.
Este nuevo ludismo no se manifiesta destruyendo máquinas. Se traduce en demandas de regulación, huelgas de artistas y creadores, litigios sobre derechos de autor, debates sobre la propiedad de los datos y una creciente preocupación por el futuro de muchas profesiones cualificadas.
¿Quién se quedará con los beneficios del progreso?
La historia económica nos muestra que las grandes revoluciones tecnológicas suelen generar más riqueza, más productividad y nuevas oportunidades de crecimiento. Ocurrió con la máquina de vapor, con la electricidad, con la informatización y también con Internet. Todo apunta a que la inteligencia artificial seguirá ese mismo camino. Ahora bien, la historia también nos enseña que los beneficios del progreso nunca se reparten de forma automática.
Este es, probablemente, el punto que conecta con más fuerza el ludismo del siglo XIX con el debate actual sobre la inteligencia artificial. Los artesanos ingleses no se oponían a las máquinas porque fueran contrarios a la innovación. Lo que cuestionaban era un modelo económico en el que las ganancias derivadas de la mecanización se concentraban en manos de los propietarios de las fábricas, mientras los trabajadores asumían en solitario los costes de la transformación.
Dos siglos después, la pregunta sigue siendo extraordinariamente vigente. La inteligencia artificial promete incrementos de productividad sin precedentes, pero también plantea interrogantes sobre cómo se distribuirá esta nueva riqueza. Si una parte creciente del trabajo intelectual puede ser automatizada, ¿quién capturará el valor que antes generaban millones de profesionales? ¿Las empresas que desarrollan los grandes modelos de IA? ¿Las organizaciones que los incorporen a sus procesos? ¿O esta nueva productividad acabará traduciéndose en una mayor prosperidad para el conjunto de la sociedad?
No es una cuestión menor. Buena parte del malestar que hoy despierta la inteligencia artificial no proviene de la tecnología en sí misma, sino de la percepción de que los beneficios podrían volver a concentrarse en muy pocas manos, mientras los costes —la reconversión profesional, la presión sobre los salarios o la desaparición de determinadas ocupaciones— recaerían sobre una parte mucho más amplia de la población.
Quizá, más que ante una revolución tecnológica, nos encontramos ante un viejo debate económico que se repite con herramientas diferentes. Y es precisamente esa continuidad histórica la que explica por qué, dos siglos después de Ned Ludd, la misma pregunta vuelve a resonar con fuerza: ¿quién controlará los beneficios del progreso y quién asumirá sus costes?
La lección del ludismo
Durante casi dos siglos, muchos profesionales cualificados pensaron que las grandes revoluciones tecnológicas afectaban sobre todo a los demás: los tejedores, los mineros, los obreros de las fábricas. La inteligencia artificial está rompiendo esa percepción. Por primera vez desde la Revolución Industrial, una parte importante de las clases medias cualificadas descubre que su formación ya no es una garantía absoluta frente a la automatización.
Quizá esa sea la gran novedad de nuestro tiempo. No que la tecnología sustituya a las personas —eso ya ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia—, sino que ahora también cuestiona profesiones que hasta hace poco parecían reservadas exclusivamente al talento humano.
Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no debería reducirse a decidir si estamos a favor o en contra de la tecnología. La historia demuestra que intentar detener el progreso es una batalla perdida. La verdadera cuestión es otra: cómo conseguimos que las enormes ganancias de productividad que promete esta nueva revolución tecnológica se traduzcan en una mayor prosperidad colectiva y no solo en una concentración todavía mayor de riqueza y poder. Es exactamente la misma pregunta que se hacían los luditas hace más de doscientos años. Y, visto el debate que hoy despierta la inteligencia artificial, quizá nunca había sido tan actual.
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Quan parlem d’or, parlem de valor. Però no tot l’or és igual: el que realment en determina el preu i l’ús és el grau de puresa. I aquí és on entren en joc dues maneres de mesurar-lo: els quirats (k) i les mil·lèsimes (‰).
Tot i que a les botigues de joieria sentim parlar d’or de 18 o 24 quirats, en el món de la inversió i la compravenda internacional, el sistema més habitual és el de les mil·lèsimes, una mesura molt més precisa.
Què vol dir la puresa de l’or?
La puresa de l’or indica la proporció d’or pur present en una peça respecte al total del seu pes. L’or pur —és a dir, sense barreja amb altres metalls— és químicament conegut com a Au i pertany a la família dels metalls nobles. Això vol dir que no s’oxida ni es degrada amb el temps, no reacciona fàcilment amb altres elements i té una resistència excepcional als àcids.
Aquestes propietats fan de l’or un metall especialment valuós, escàs i durador, però també massa tou per a alguns usos pràctics, com ara la fabricació de joies o monedes de circulació. Per això sovint es combina amb altres metalls com el coure, la plata o el pal·ladi, per augmentar-ne la resistència o alterar-ne el color.
Quirats: la mesura tradicional en joieria
El sistema dels quirats divideix la puresa en 24 parts. Així:
- 24 quirats (24 k): or pur (100%)
- 22 quirats (22 k): 91,6% d’or + 8,4% d’altres metalls
- 18 quirats (18 k): 75% d’or + 25% d’altres metalls
- 14 quirats (14 k): 58,5% d’or
- 9 quirats (9 k): 37,5% d’or
L’or de 18 quirats és el més habitual en joieria a Europa, ja que ofereix un bon equilibri entre qualitat, durabilitat i cost. En canvi, en països com l’Índia o els Emirats Àrabs Units, l’or de 22 quirats és més comú, especialment per peces tradicionals.
Mil·lèsimes: la mesura estàndard en la inversió en or
En l’àmbit de la inversió i la indústria, s’utilitza un sistema decimal molt més precís: les mil·lèsimes, que expressen la quantitat d’or pur per cada 1.000 parts.
- 999,9‰ (o “quatre noves”): or d’altíssima puresa, usat en lingots i monedes d’inversió. És el més proper a l’or pur real.
- 995‰: estàndard mínim per considerar un lingot com a “d’inversió” segons les directrius internacionals.
- 916‰: equival aproximadament a l’or de 22 quirats.
- 750‰: equival a 18 quirats.
- 585‰: equival a 14 quirats.
El 999,9‰ ja es considera or pur en els mercats internacionals. És el que trobem en lingots, monedes bullion i altres productes d’inversió reconeguts.
Com es presenta l’or d’inversió?
L’or d’inversió es comercialitza principalment en lingots i monedes. Els lingots poden pesar des d’1 gram fins a 1 kg o més, tot i que els formats més habituals en l’àmbit minorista són de 2,5 g, 5 g, 10 g, 20 g, 50 g i 100 g.
Les monedes bullion són emeses per bancs centrals o cases de la moneda oficials, i combinen valor de mercat amb una certa col·leccionabilitat. Exemples coneguts:
- Krugerrand (Sud-àfrica): 1 unça (31,1 g) d’or de 22 què
- Maple Leaf (Canadà): or pur 999,9‰
- Philharmoniker (Àustria): 999,9‰
- American Eagle (EUA): 22 què amb pes total d’una unça
- Britannia (Regne Unit): 999,9‰ des de 2013
Totes aquestes monedes han de dur gravades el pes i la puresa exactes, fet que garanteix la seva acceptació al mercat global.
I com s’aconsegueix l’or pur?
L’or no es troba a la natura en estat pur, sinó en forma de granets, vetes o barreges amb altres materials. Per convertir-lo en or d’inversió o d’alta qualitat, cal passar-lo per processos de refinament que poden incloure fosa a altes temperatures, processos químics amb àcids i posterior purificació.
Aquest or pur és el que es fa servir per fabricar lingots i monedes d’alt valor. Però en joieria, com ja hem dit, la puresa sovint es redueix expressament per motius tècnics o estètics.
Per què és important conèixer la puresa de l’or?
Saber si estem davant d’un or de 18 k, 22 k o 999,9‰ no és només una qüestió tècnica, sinó una garantia de valor, transparència i seguretat. Tant si el comprem com a inversió, com si es tracta d’una joia o herència familiar, identificar correctament la puresa ens ajuda a prendre decisions informades.
A més, en un món on l’or torna a guanyar protagonisme com a refugi davant la incertesa econòmica, conèixer el seu valor real és més rellevant que mai.
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Mientras los tipos de interés continúan elevados, los bancos centrales acumulan oro al ritmo más alto de las últimas décadas. ¿Qué están viendo que el resto todavía no ve?
Durante años, la relación entre los tipos de interés y el oro parecía una de las pocas certezas indiscutibles de los mercados financieros. Cuando los bancos centrales elevaban el precio del dinero, los activos que ofrecían rentabilidad solían ganar atractivo, mientras que el oro, que no paga intereses ni dividendos, tendía a perder protagonismo. Era una de las reglas básicas que repetían economistas, gestores patrimoniales y manuales de inversión.
Sin embargo, algo ha cambiado.Después de la pandemia, la Reserva Federal estadounidense y el Banco Central Europeo han protagonizado el ciclo de subidas de tipos más agresivo de las últimas cuatro décadas. El coste del crédito se ha disparado, las hipotecas se han encarecido y el dinero ha dejado de ser barato. Según la teoría tradicional, este escenario debería haber frenado el interés por el oro. Pero la realidad ha sido justamente la contraria.
El metal precioso no solo ha resistido.
Ha continuado escalando posiciones hasta alcanzar nuevos máximos históricos. La contradicción es tan evidente que cada vez más analistas se hacen la misma pregunta: si los tipos elevados deberían perjudicar al oro, ¿por qué sigue subiendo? Y, sobre todo, ¿por qué los propios bancos centrales están comprando oro al ritmo más alto de las últimas décadas? Quizás la pregunta correcta ya no sea qué está pasando con el oro. Quizás la pregunta sea qué está pasando con el sistema monetario global.
La divergencia refleja una realidad que va mucho más allá de los tipos de interés. Los inversores no solo observan la rentabilidad de los bonos o de los depósitos. También observan la inflación, el nivel de endeudamiento de los estados, la salud del sistema financiero y la estabilidad geopolítica. Y es precisamente aquí donde aparecen los motivos que explican la actual fortaleza del oro.
Aunque la inflación se ha moderado respecto a los máximos alcanzados en 2022, los precios acumulan varios años de subidas y han erosionado significativamente el poder adquisitivo de las familias. Muchos ahorradores han comprobado que mantener dinero en la cuenta corriente no garantiza conservar su valor real. En este contexto, el oro recupera una de las funciones que lo han acompañado durante milenios: actuar como una reserva de valor cuando la confianza en la moneda se debilita.
Pero probablemente el factor más importante sea otro. El mundo se ha acostumbrado a vivir endeudado. Según el Fondo Monetario Internacional, la deuda pública mundial continúa situándose en niveles históricamente elevados después de la pandemia. Estados Unidos acumula más de 36 billones de dólares de deuda, mientras que buena parte de las economías desarrolladas dependen cada vez más de la refinanciación constante de sus obligaciones. Esta realidad plantea una pregunta incómoda. ¿Es posible mantener tipos de interés elevados durante muchos años en economías que han construido su crecimiento sobre el endeudamiento?
Cada vez más inversores sospechan que no.
Si los bancos centrales se ven obligados a reducir los tipos para facilitar la financiación de los estados, las monedas fiduciarias podrían volver a perder valor. Y es precisamente en este tipo de escenarios cuando el oro suele recuperar protagonismo.
Pero probablemente el dato más revelador no se encuentra en los mercados financieros ni en los informes de los economistas. Se encuentra en las decisiones de los propios bancos centrales. Según el World Gold Council, las compras netas de oro por parte de los bancos centrales superaron las 1.000 toneladas tanto en 2022 como en 2023, situándose entre las más elevadas registradas desde que existen estadísticas modernas. Los datos más recientes indican que esta tendencia continúa muy por encima de la media histórica.
Se trata de un dato extraordinario.
Los bancos centrales son los guardianes del sistema monetario. Gestionan reservas estratégicas y trabajan con horizontes temporales de décadas. Cuando aumentan sus reservas de oro de forma sostenida, están enviando un mensaje que merece ser escuchado.
Entre los casos más significativos destaca China, que ha pasado de poco más de 1.000 toneladas a superar las 2.290 toneladas actuales. India ha reforzado gradualmente sus reservas hasta superar las 880 toneladas, mientras que Polonia ha protagonizado una de las expansiones más espectaculares, multiplicando varias veces sus existencias hasta superar las 480 toneladas. Turquía, a pesar de las oscilaciones de los últimos años, también mantiene una de las reservas más importantes del mundo emergente.
Estas compras coinciden con otra tendencia de gran trascendencia: la progresiva desdolarización de una parte de la economía mundial. Diversas economías emergentes buscan reducir su dependencia del dólar tanto en el comercio internacional como en las reservas oficiales. En este contexto, el oro reaparece como un activo neutral, independiente de cualquier gobierno y reconocido globalmente.
No es casualidad que China sea al mismo tiempo uno de los principales compradores de oro y uno de los actores que más activamente promueve alternativas al sistema monetario dominado por el dólar. Quizás lo que estamos observando no sea simplemente una subida del precio del oro. Quizás estamos observando una transformación gradual de la manera en que los estados entienden la seguridad financiera.
Por eso el oro sigue siendo relevante. No porque sea una apuesta especulativa ni porque garantice rendimientos futuros, sino porque durante siglos ha actuado como un seguro patrimonial frente a la inflación, la inestabilidad monetaria, las crisis financieras y la incertidumbre geopolítica.
Durante más de cinco mil años, imperios, reinos, repúblicas y bancos centrales han ido cambiando sus monedas. El oro, en cambio, sigue aquí. Quizás por eso, cada vez que aumenta la incertidumbre sobre el futuro económico, los inversores vuelven a mirar hacia el mismo lugar. Entender por qué ocurre no es solo una cuestión de inversión. Es una manera de comprender cómo funciona el sistema monetario que condiciona nuestros ahorros, nuestro patrimonio y nuestro futuro.
Por eso cada vez más ahorradores vuelven a considerar el oro no como una inversión especulativa, sino como una herramienta de diversificación y preservación patrimonial a largo plazo. Si los bancos centrales continúan reforzando sus reservas y el oro mantiene su papel histórico como refugio frente a la incertidumbre, comprender qué lugar puede ocupar dentro de una estrategia de ahorro se convierte en una cuestión cada vez más relevante.
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Más allá de la conveniencia de contar con un seguro del hogar para hacer frente a los imprevistos que se pueden producir, hay circunstancias en que los propietarios o los arrendatarios se pueden ver obligados legalmente a contratar este tipo de seguro.
Siete de cada diez personas de nuestro país ya cuentan con un seguro del hogar. En muchos casos, disponer de este tipo de seguro es simplemente una cuestión de elección para ahorrarse dolores de cabeza en caso de siniestro, pero en otras situaciones los propietarios o los arrendatarios están obligados legalmente a contratarlo.
Como indica el agente de 11Onze Amadeu Vilaginés, el propietario de una vivienda puede verse obligado a contratar un seguro del hogar cuando solicita una hipoteca, pero aclara que la entidad bancaria solo nos puede obligar a contratar una cobertura básica y que tenemos plena libertad para hacerlo con la aseguradora que queramos, tal como recoge la normativa europea. En el caso de los arrendatarios, solo están obligados a contratar este tipo de seguro cuando así lo indica el contrato de alquiler firmado.
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Lo intentaron, pero no pudieron blanquear la Historia. La memoria del pasado tiene que perdurar para aprender de los errores y no caer en las mismas trampas. Los vencedores se emperraron a alterar la realidad histórica y mantener el ‘yo’ por encima del ‘tú’. Pero, vientos del norte ayudaron a cambiar la situación que, con voluntad, perseverancia y con la valentía de muchas mujeres, consiguieron poner las cosas en su lugar. Seguimos con el ejercicio histórico sobre la aproximación a la Historia de la Mujer contemporánea.
La implantación de la ultraconservadorismo dentro de la sociedad española —después de la Guerra Civil— solo supuso una efervescencia momentánea falta de soluciones reales. La legitimación internacional obtenida por el régimen, materializada a finales de los cuarenta y que había descolocado a la oposición, no aportó ninguna mejora sustancial respecto a la estabilidad económica, ni tampoco en cuanto a las mejoras estructurales que necesitaba España. En cambio, la represión sí que permitió lograr un estricto control sobre las reivindicaciones, en todos los ámbitos.
Pero, pasados veinticinco años desde el final de la Guerra Civil, al franquismo se le presentará una segunda oportunidad para transformarse. La potencia que le ofrecieron la entrada masiva de capitales extranjeros —con la supervisión del Fondo Monetario Internacional—, permitieron al régimen transitar desde la autarquía hacia un crecimiento económico sin precedentes. Fue a través de la implantación de los famosos planes de estabilización iniciados a finales de los cincuenta que España entró en el siglo XX.
Y para conmemorar aquella efeméride —el final de la guerra—, el franquismo lanzó una amplísima campaña propagandística con el sarcástico eslogan: “XXV Años de Paz”. El acontecimiento serviría para exaltar y legitimar internacionalmente el régimen como garante de la paz, el orden, el progreso y la estabilidad. Cegados por el “desarrollismo”, la dictadura franquista aprovechó para difundir su extraordinario oxímoron político: la democracia orgánica —actualmente evolucionada a monarquía parlamentaria— que le permitiría sobrevivir unas cuantas décadas más. ¡Muchas más!
Aun así, no dejaba de ser un lavado de cara de puertas afuera, dado que puertas adentro las mejoras sociales y políticas todavía estaban para venir. Entonces, sin saberlo —o sí—, el “milagro económico” favoreció la aparición de la sociedad de consumo que contribuiría a una mayor movilidad de la población, la cual le daría acceso a una diferente tipología de información. Todo ello desembocaría en una pérdida progresiva de influencia de la Iglesia —sobre todo en el ámbito doméstico— y la aparición de nuevos hábitos sociales y sexuales.
El modelo progresista europeo hace evolucionar el régimen
Las modas y costumbres —llegadas de Europa— produjeron un cambio significativo en la mentalidad de la generación de los años sesenta. A pesar de todo, el aperturismo —siguiendo los cánones europeos— obligará el régimen a aceptar el retorno de la mujer al mundo laboral que, conjuntamente con la llegada de las turistas extranjeras y el resurgimiento del feminismo, provocará que el modelo de mujer franquista —sumisa, doméstica y católica— se vaya desmenuzando progresivamente.
No obstante, el franquismo combatió esta injerencia social foránea hasta el final. Desde las ondas de radio, el régimen apoyó el programa radiofónico del ‘Consultorio de Elena Francis’, el cual aconteció un auténtico fenómeno sociológico durante décadas. Por lo tanto, la dictadura —a través de la ‘Sección Femenina’— utilizó este medio para continuar transmitiendo su ideología y moral ultraconservadora hacia la mujer.
El ‘Consultorio de Elena Francis’ recomendaba a las mujeres abnegación, resignación, mirar a otro lado, hacer la vista gorda, tener paciencia, esperar que las cosas cambiaran o sacrificarse por los hijos y la familia. Realmente, el trasfondo que escondía la cotidianidad femenina a través del formato radiofónico era otro: amas de casa solas, relegadas al hogar y a las tareas domésticas, una sexualidad ligada a la maternidad, una homosexualidad ignorada o rechazada, un matrimonio indisoluble y una culpabilidad siempre atribuible a la mujer. ¡Un drama!
Ofuscados al pivotar el discurso oficial hacia el “desarrollismo”, el bienestar y el progreso de España, el régimen buscaba incansablemente dejar atrás todos los ecos que llevaran a recuperar la memoria sobre la Guerra Civil. Por este motivo —y de manera intencionada—, durante décadas se van yendo silenciando las voces de miles de personas que habían tenido que atravesar la frontera en enero de 1939. Miles de exiliados habían sido rechazados de forma oficial por la Dictadura y forzados a convertirse en apátridas.
“Españoles, Franco ha muerto”
Después de la muerte del dictador, surgieron muchas preguntas inquietantes dentro de la sociedad española. Una de las primeras fue: ¿Qué había sido de los exiliados? Montserrat Roig y Fransitorra (1946-1991) la respondió.
La obra ‘Els catalans als camps nazis’ (1977) de Montserrat Roig, mostró una realidad escondida por el franquismo y desconocida por buena parte de las generaciones nacidas a partir de los años cuarenta. Puso cara y dio voz a toda aquella generación que tuvo que exiliarse por estar en las antípodas de los vencedores de la guerra. Roig consiguió deshacer el miedo que impedía hablar a muchos de los protagonistas del exilio y el holocausto. Recuperó del anonimato a mujeres tan impactantes y con una vida tan intensa como, por ejemplo, la de Neus Català la cual daría a conocer el relato de su vida de resistente en Francia y estancia en el campo de concentración nazi de Ravensbrück.
El eco de este documento de testimonio sobre la vida de los exiliados en los campos de concentración nazis fue tan inmenso, que aportó a Roig una gran notoriedad dentro de la sociedad de finales de los setenta. Pocos años más tarde, ampliaría la historia de los deportados en la tercera parte de su novela ‘L’hora violeta’ (1980). Antes de trabajar sobre el exilio olvidado, la autora -premio Sant Jordi por la novela ‘El temps de les cireres’ (1976)- le había buscado un sentido a la vida -desde la mirada femenina de Natàlia- en la Barcelona tardofranquista. Por todo ello, Montserrat Roig se convertiría en una de las escritoras más leídas y admiradas de la literatura catalana contemporánea. De hecho, ¡su áurea todavía perdura!
Pero, a partir de aquí, la narrativa de Montserrat Roig cambiará progresivamente, dado que ella experimentará un profundo desencanto con la nueva realidad política que se estaba construyendo. Por un lado, su mirada sobre el incipiente Estado democrático –aquello que han definido como la ‘Transición modélica’- la llevará a tener problemas serios de censuras y prohibiciones con el ente público que la había contratado para realizar una serie de entrevistas televisivas. El escándalo fue tan mayúsculo que incluso llegó al Congreso y al Senado español. Y por el otro, la imposición de la visión pujolista sobre cómo tenía que ser Cataluña -la cual no compartía-, la llevarán centrarse más en la literatura, en la investigación de su voz, única e intransferible. Poco antes de morir -por cierto, de cáncer de mama- se publicará una compilación de artículos con el sugerente título ‘Digues que m’estimes encara que sigui mentida’’, en el que reflexionará sobre su universo personal -de mujer y narradora-, y analizará la sociedad cultural en que se inscribe.
En el ensayo ‘Digues que m’estimes encara que sigui mentida’’, Montserrat Roig nos habla de la literatura como coartada para fijar el tiempo que huye inclemente. Nos habla de las manipulaciones de la memoria y de los medios de comunicación. Nos enseña a ver Barcelona a través de una ventana por donde se aboca la mirada de una mujer, autora, en un mundo dominado por los cánones de creación masculina. Y, por encima de todo, nos confiesa una serie de reflexiones que nos suenan terriblemente próximas, porque nos explican cosas de las geografías personales y las patrias colectivas que nos ha tocado compartir.
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El sol se puso. Una larga noche, fría y decadente, se extendió por toda la geografía española durante casi cuarenta años. Finalmente, las armas habían impuesto el “yo por encima de ti”. Pero la convicción y tenacidad de muchas mujeres permitió cambiar la situación a medida que avanzaba el siglo. Continuamos con el ejercicio histórico sobre la historia de la mujer contemporánea.
El drama aumentó cuando unas 500.000 personas atravesaron la frontera con Francia entre las postrimerías del 1938 y enero de 1939, huyendo del horror. De hecho, hacía meses que se intuía que eso pasaría. La victoria del fascismo en el Estado español fue una realidad a partir de abril de 1939, cuando se truncaron definitivamente las esperanzas e ilusiones de una mayoría social que había trabajado para crear una sociedad más justa e igualitaria. A partir de entonces, la paz se impondría bajo la amenaza constante de prisión por los disidentes hacia el nuevo orden.
El régimen impuesto a través de las armas se fundamentaba en el nacionalsindicalismo, pero después de la Segunda Guerra Mundial se vio obligado a transitar hacia otra concepción del poder con el fin de garantizar su supervivencia. El mundo surgido a partir de 1945 ya no sería el mismo que el del final de la guerra civil española, dado que la realidad histórica se construiría a partir del enfrentamiento de los bloques capitalista y comunista.
Fue entonces cuando el franquismo apostó decididamente por el nacionalcatolicismo como articulación social. La retórica católica sería más asumible por los aliados occidentales, ganadores del conflicto bélico mundial. Y la manifestación más visible de esta concepción del poder sería volver a otorgar la hegemonía a la Iglesia, la cual controlaría todos los aspectos de la vida pública y privada de la sociedad. El Estado pondría en la nómina a los clérigos y dotaría a la Iglesia de una amplia exención de impuestos y, lo más importante, le volvería a otorgar la absoluta libertad en la gestión de la educación.
Involución del papel de la mujer
La dictadura franquista destruiría todos los logros conseguidos durante la República. La Iglesia legitimaría la redefinición del papel de la mujer dentro de la sociedad. Así, el franquismo frenaría todas las conquistas femeninas del periodo anterior, arguyendo un discurso antifeminista, en el cual la mujer se percibiría como un ser inferior al hombre, tanto espiritualmente como intelectualmente.
Con este pretexto, el nuevo régimen relegaría a la mujer a las tareas del hogar, como madre y como esposa. Muchas mujeres sufrirían la represión del régimen, sobre todo en el periodo 1939-1945. Alimentar, socorrer o curar combatientes republicanos fue considerado un delito por el cual muchas mujeres fueron encarceladas, enviadas a campos de concentración o incluso fusiladas. Otras, condicionadas por el miedo, silenciaron su participación en los campos de batalla, convirtiéndose en un recuerdo puramente privado.
Aun así, el régimen legitimó dos organizaciones juveniles, la Sección Femenina y el Frente de Juventudes, las cuales fueron constituidas para adoctrinar a todos los jóvenes en los principios del ‘movimiento’. De este modo, se pretendía construir una nueva sociedad articulada obligatoriamente por los nuevos valores que fundamentaban el franquismo.
Nuevo giro político
Hacia finales de la década de 1950 algo empezó a cambiar. El fracaso de la autarquía y la tensa situación internacional, con la Guerra Fría de fondo, llevarán al régimen hacia una obligada reorganización de fuerzas en las familias de poder. Los falangistas, grandes dominadores de la escena política hasta entonces y garantes de la simbología y retórica fascista, serán sustituidos por jóvenes políticos tecnócratas vinculados al Opus Dei.
Este cambio permitirá al régimen generar un nuevo discurso ideológico y proyectar una imagen social más moderna hacia el exterior. De este modo, el ‘desarrollismo’ favorecerá el crecimiento de una clase media española que sustentará el régimen durante unas décadas más, pero también le causaría la aniquilación. Este aperturismo controlado, por ejemplo, tolerará la edición de obras en catalán, pero también permitirá rescatar de las buhardillas de la memoria las reivindicaciones sobre la igualdad social de género.
La mujer en Cataluña
En este contexto fue en el que Maria Aurèlia Capmany i Farnés (1918-1991) publicó su famoso ensayo ‘La mujer en Cataluña’ (1966), una de las obras capitales para la recuperación de las reivindicaciones del feminismo en Cataluña. Era hija del folclorista Aureli Capmany i Maria Farnés, y nieta del periodista y político catalanista Sebastià Farnés. Desde pequeña, Maria Aurèlia Capmany manifestó una habilidad innata para la escritura y las actividades literarias en general. El impacto que supuso su ensayo le permitió dejar la docencia para dedicarse íntegramente a las actividades literarias y el teatro.
La tesis principal que plantea Maria Aurèlia Capmany en ‘La mujer en Cataluña’ pivota sobre la idea de que no se puede avanzar en el problema del género si antes no se arreglan los problemas sociales y políticos de Cataluña. Y esto lo escribe una persona que era mujer, catalana y socialista. O sea, ¡el demonio para el Régimen!
Un problema palpable
Para Capmany, el problema de género existe y es palpable dentro de la sociedad. Su ensayo manifiesta dos problemáticas importantes: por un lado, la definición de las mujeres como alteridad y dependencia; y, por otra, las desigualdades sociales y el acceso de las mujeres al mundo público. [Recordémoslo, controlado por la Iglesia.] Y, en este sentido, la conclusión a la cual llega Maria Aurèlia Capmany es muy clara: las mujeres tienen el mismo estatus social que los hombres, pero solo en apariencia, porque la realidad es que todas tienen conciencia de su falta de integración, del estado de evolución y de la inestabilidad de su inserción en la sociedad en que viven.
La mujer que trabaja puede descubrir fácilmente las condiciones objetivas de su marginación, puesto que trabaja igual que un hombre, estudia las mismas asignaturas, obtiene los mismos títulos que un hombre, pero con estos títulos hará un trabajo de segunda. Por lo tanto, si una mujer quiere dedicarse a una actividad más allá de las paredes de su casa, lo tendrá que hacer discretamente y sin dar importancia.
En consecuencia, Capmany volverá a plantear la tesis de los años treinta, que defiende enconadamente el “yo igual que tú”. Aun así, a lo largo de su dilatada carrera, primero como escritora y después como política, trabajará incansablemente para la igualdad y la integración de la mujer dentro de la sociedad. Combatirá el ultraconservadorismo rancio del régimen franquista a través de su prolífica obra, llegando a la conclusión que la palabra clave por la liberación de la mujer es la emancipación. Cómo dice su canción de ‘Teatro de cabaré’, fue una mujer emancipada que tuvo que pensar y decidir, suela y sensata, y lo hizo desde la libertad y el diálogo.
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Actualmente en el mundo existen más dispositivos móviles que personas. Los móviles han cambiado nuestra manera de vivir, de trabajar, de comunicarnos e incluso nuestra calidad de vida, el bienestar y la salud.
Una aplicación es un software autónomo hecho para cumplir una tarea determinada y que se optimiza para usarlo en smartphones, tablets o relojes inteligentes en función de las características disponibles. Cuando se trata de una aplicación de salud se denomina mobile Health (mHealth) y según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es una “prestación de servicios e información sanitaria mediante tecnologías móviles”.
¿Qué es una aplicación de salud?
Se integra dentro del campo de la eSalud, entendido como el uso de tecnologías de la comunicación e información aplicadas a los servicios de salud (ordenadores, teléfonos móviles, GPS, monitores de instrumental médico conectado, robots médicos, etc.). No dejan de ser programas informáticos que se utilizan en plataformas móviles y que a menudo están conectados a dispositivos médicos que nos indican cómo mejorar nuestra salud o prevenir riesgos. Además también existen aplicaciones de diagnóstico, para tratar a pacientes o comunicarnos con nuestro sistema de salud.
La Comisión Europea avala que la práctica médica y de salud pública es compatible con teléfonos móviles, dispositivos de monitorización de pacientes, asistentes digitales personales y otros dispositivos inalámbricos. Además, incluye en esta categoría aplicaciones relacionadas con la información sanitaria a la población, recordatorios de medicamentos enviados por SMS, telemedicina, sistemas de formación y orientación e incluso aplicaciones de estilo de vida y bienestar creadas con el objetivo de mantener o mejorar los hábitos saludables de la población mediante la práctica del deporte y del wellness.
¿Cómo se controlan y qué criterios de calidad se utilizan?
En Cataluña ya hace tiempo que se usa un método de evaluación de las aplicaciones móviles de salud mediante variables objetivas, denominado iSYScore.
Los criterios que utiliza iSYScore para seleccionar las apps móviles de salud más adecuadas a las necesidades se elaboran a partir de las opiniones de los usuarios, desarrolladores y profesionales de la sanidad, y se basan en tres criterios: la popularidad, la confianza y la utilidad.
¿Qué problemas tienen estas aplicaciones?
Básicamente, la poca fidelización. Hay pocas aplicaciones que hayan conseguido una estabilidad a largo plazo. Un estudio confirma que el 70% de enfermos crónicos que las han utilizado las dejan de usar al cabo de seis meses. Y el 80% de las aplicaciones se abandonan en tan solo dos semanas. Para mejorar estas cifras, sería recomendable una personalización a partir de diferentes perfiles. Cada persona es única y estas aplicaciones actúan de forma genérica.
Otro problema al que se deben afrontar es el de la propiedad y protección de datos, sumado al desprestigio que puede tener el producto si al primer usuario que lo prueba no le funciona.
Consejos para escoger una aplicación fiable
- Informarnos: Buscar y comparar aplicaciones en buscadores como Google.
- Reseñas: Buscar en foros la opinión de los usuarios.
- Listado de opciones: Elegir entre 4 o 5 aplicaciones.
- Fiabilidad: Asegurarnos de que tengan una evidencia científica y un buen lugar para hacerlo es buscar las referencias en PubMed (National Center for Biotechnology Information).
- Testear: Sería aconsejable testear (probar) la aplicación con algún amigo. Si por ejemplo sufres de insomnio, es importante que tu amigo no lo sufra y así podéis poner en común cómo ha ido.
- ¿Quién hay detrás? Para ser una aplicación de calidad (fiable), es importante que en su proceso hayan participado técnicos, profesionales de la salud (que serán diferentes en función del objetivo del producto) y expertos en legislación y gestión de datos.
- Obsolescencia: Los estudios clínicos requieren tiempos y en el mundo de las nuevas tecnologías es algo que pasa muy rápidamente y que, por lo tanto, hay que tener en cuenta.
Seguir estos simples pasos te asegurará que las aplicaciones que utilices sean del todo fiables.
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Una investigación científica ha demostrado por primera vez que los microplásticos ya corren por nuestro torrente sanguíneo, que viene a ser el río de la vida en nuestro organismo. El siguiente paso será comprobar hasta qué punto se depositan en órganos como el cerebro y cuál es su efecto.
Se habían encontrado microplásticos en lugares remotos como el Himalaya y el glaciar Vatnajokull, la mayor capa de hielo de Europa. Incluso se habían hallado restos de plástico en la placenta humana. Pero todavía no había evidencia científica de que los microplásticos corrieran por nuestras venas. Hasta ahora.
Un estudio dirigido por Heather Leslie y Marja Lamoree, de la Universidad Libre de Ámsterdam, ha constatado por primera vez que minúsculos trozos de plástico provenientes de nuestro entorno pueden ser absorbidos por el torrente sanguíneo humano. Los resultados de su investigación se publicaron a finales de marzo en la revista científica ‘Environment International’.
Tres de cada cuatro
El equipo investigador analizó la sangre de 22 personas para detectar la presencia de cinco polímeros diferentes, que son los componentes básicos del plástico. El resultado indica que tres cuartas partes de los sujetos examinados presentaban nanoplásticos o microplásticos en su torrente sanguíneo, es decir, partículas de plástico de menos de cinco milímetros. Solo uno de cada cuatro participantes en el estudio estaba libre de cantidades detectables de plástico.
El tereftalato de polietileno (PET), el polietileno y los polímeros de estireno eran los más abundantes en las muestras de sangre, seguidos del polimetilmetacrilato. En cuanto al polipropileno, las concentraciones eran demasiado bajas para una medición precisa.
El PET se utiliza mucho en los envases de bebidas y comidas, así como en la industria textil; el polietileno se emplea, entre muchas otras cosas, en las bolsas de los supermercados; los polímeros de estireno están presentes en envases ligeros, y el polimetilmetacrilato se utiliza mayoritariamente en medicina.
¿De la sangre a los órganos?
La investigadora principal, Heather Leslie, ha declarado que este estudio demuestra que “nuestro torrente sanguíneo, nuestro río de la vida, por así decirlo, tiene plástico”. El siguiente paso sería conocer en qué medida esas partículas pasan del torrente sanguíneo a los tejidos y a órganos como el cerebro. Así se podrá determinar mejor en qué grado la exposición a las partículas de plástico supone una amenaza para la salud pública.
Esta investigación ha sido financiada por la ONG Common Seas y el programa ZonMw Microplásticos y Salud, cuyo objetivo es determinar los efectos de las partículas de plástico sobre nuestra salud. Se trata de una de las múltiples iniciativas europeas que quieren establecer hasta qué punto la exposición a los microplásticos resulta nociva para la salud humana. En este marco, un grupo de científicos italianos publicó a principios de año una investigación que también constataba la presencia de microplásticos en la placenta humana.
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