La actualidad del sistema extractivo

Como ya había sucedido con la resolución de pasados conflictos bélicos, el encuentro entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en la ciudad alemana de Potsdam el verano de 1945 volvió a dividir al mundo en dos bloques. Las grandes potencias occidentales pusieron en práctica un nuevo modelo económico que les permitiría imponer su preeminencia por encima de otros países.

 

Dos modelos políticos, sociales y económicos —en principio antagónicos— que durante décadas se enfrentarían varias veces en pequeños conflictos armados, de baja intensidad y que acontecerían la gran palanca de crecimiento económico para el mundo occidental.

Pero la Conferencia de Potsdam también constató que el capitalismo industrial —iniciado a finales del siglo XVIII— era un modelo económico agotado. Los más de sesenta millones de muertes a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, obligaba a las antiguas monarquías europeas —ahora evolucionadas a democracias occidentales— a adoptar formas mucho más sibilinas de conseguir sus objetivos económicos. Por lo tanto, la nueva estrategia extractiva tenía que ser menos catastrófica y más efectiva. Por este motivo, el nuevo modelo económico que se irá desplegando progresivamente ya no implicará tener que ocupar un territorio físicamente, sino que será suficiente controlar las élites locales.

Con esta nueva estrategia, los Estados Unidos, como grandes vencedores y sustentados por una potente maquinaria militar, serán capaces de desplazar el centro económico mundial —de Europa a Norteamérica— por medio de la imposición de su moneda, la presión financiera ejercida por sus bancos, y con la creación de una dependencia tecnológica a escala global. Por lo tanto, la implantación de sus más que conocidas multinacionales —Amazon, Nike, Coca-Cola, Pepsi, Apple, McDonald, Disney o HP, entre otras— les permitirá conquistar directamente o indirectamente a la casi totalidad del mundo. El entretenimiento, principalmente el cine y los grandes eventos deportivos como los Juegos Olímpicos, la Super Bowl o Mundiales de Fútbol, serán las verdaderas armas de subyugación mental y material que posibilitarán extender el sueño norteamericano a todo el mundo.

Los Estados Unidos serán capaces de desplazar el centro económico mundial —de Europa a Norteamérica— por medio de la imposición de su moneda, la presión financiera ejercida por sus bancos, y con la creación de una dependencia tecnológica a escala global.

La paz social, base de la nueva eficiencia económica

Todo empezó la primavera del 1951 en Montreal, cuando representantes de diferentes agencias de inteligencia occidentales se reunieron en secreto con profesores universitarios de psiquiatría en el hotel Ritz-Carlton de la ciudad canadiense. Del resultado de aquella reunión se sabe, por documentos desclasificados, que el ejército norteamericano invirtió una gran cantidad de dinero en la Universidad McGill de Montreal para investigar sobre el aislamiento sensorial.

La investigación fue iniciada por el Dr. Donald Olding Hebb, quien acabaría abandonando el proyecto al darse cuenta de la magnitud de la tragedia, y finalizada por el Dr. Donald Ewen Cameron, el cual la llevaría hasta un nivel superior. Cameron llegó a experimentar con un gran número de pacientes que fueron sometidos a una multitud de sesiones de electrochoques, combinadas con curas de sueño y una constante repetición de mensajes grabados hasta la extenuación mental.

El estudio constató que el aislamiento sensorial no deja de ser una manera de generar una monotonía extrema que acababa provocando una reducción de la capacidad de pensamiento crítico a través de la confusión de la mente del individuo. Por lo tanto, cuando una persona no es capaz de razonar… ¡Mal asunto!

Los resultados de todos estos experimentos permitirán a las agencias de inteligencia occidental diseñar mecanismos de control sobre su propia población con el objetivo de garantizar la estabilidad social dentro de las democracias. En consecuencia, se repetirá hasta la saciedad la idea de libertad de expresión, libertad de prensa y el derecho a la propiedad privada, base fundamental del libre mercado. Y a fin de garantizar la eficiencia económica, se hará de la competencia un instrumento para impulsar el crecimiento económico, constando con la premisa que “si la empresa del lado tiene mejores productos y más ventas que yo, como consecuencia, tendré que desarrollar mejores ideas para ser mejor que mi competencia.”

Y otra cuestión no menor en cuanto a los estudios sobre el aislamiento sensorial, es que permitirán a las agencias de inteligencia occidentales elaborar manuales de interrogatorio —como el famoso manual KUBARK del ejército de los EE. UU. y de la CIA— los cuales se pondrán en práctica contra los disidentes del sistema, tanto internos como externos, a los postulados occidentales.

La gestión del miedo

El avance tecnológico que supuso la Segunda Guerra Mundial llevaría la humanidad a salir al espacio exterior —a la Luna y más allá— pero también supuso el desarrollo de la bomba atómica como arma de destrucción global. Esta será empleada como instrumento de presión política que todavía hoy persiste.

Los cinco países principales que fabrican armas en el mundo —Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China— son los que tienen nuestra paz a su cargo. Hacen el negocio de la guerra, pero venden la paz, sobre todo a través de los medios de información al servicio de los poderes hegemónicos occidentales que hacen un examen de democracia a cada país. Son grandes medios de comunicación que confunden la libertad de expresión con la libertad de presión y deciden quién es un dictador o un golpista, que curiosamente tiene la “mala costumbre” de hacer votar a la gente para saber qué piensan sobre aquella política u otra cuestión que los pueda afectar. Y aquellos medios que no siguen estas directrices son clausurados o llevados a los confines del sistema. ¡Los medios muestran una realidad que muchas veces no existe a fin de sugestionar, incomunicarnos y enfrentarnos entre nosotros!

Países como los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China— son los que tienen nuestra paz a su cargo. Hacen el negocio de la guerra, pero venden la paz, sobre todo a través de los grandes medios de información al servicio de los poderes hegemónicos occidentales que hacen un examen de democracia a cada país.

La terapia de choque económico

Como todo el mundo sabe, el crac del 1929 en Wall Street desencadenó la Gran Depresión de los años treinta. Hasta el 1932, unos 5.096 bancos se declararon en suspensión de pagos. Su derrumbamiento arrastró muchas empresas a la quiebra, las cuales veían como se acumulaban los stocks de mercancías, y comportó un importante descenso de los precios, especialmente en el sector agrario. Finalmente, el descenso de la actividad económica provocó un aumento desbocado de la desocupación.

Influenciado por el economista John M. Keynes, el recientemente proclamado presidente de los Estados Unidos, F. D. Roosevelt, puso en marcha un importante programa de ocupación pública para que la gente pudiera volver a trabajar: la política conocida como New Deal. Pero no será hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando finalizará la depresión, gracias en gran parte a la implantación del famoso plan Marshall, el cual generalizará el modelo regulador e intervencionista de Keynes a la mayoría de los territorios occidentales.

Contrario a los postulados de Keynes, encontramos ya a finales de los años cuarenta del siglo XX, un reducido grupo de intelectuales —conocidos con el nombre de la Sociedad Mont Pelerin y dirigidos por el economista austríaco Friedrich August von Hayek— los cuales estaban convencidos de que si los gobiernos dejaban de prestar servicios y de regular los mercados, los problemas de la economía mundial se resolverían solos. Uno de sus máximos representantes y profesor de economía en la Universidad de Chicago, Milton Friedman, creía que a través de una terapia de choque económico impulsaría a las sociedades a aceptar un capitalismo más puro y desregulado.

Ciertamente, las tesis de la doctrina del choque se han acabado imponiendo en todo el mundo en diferentes procesos. Estas medidas radicales han triunfado no tanto de la mano de la libertad y la democracia, como de su imposición gracias a choques, crisis y estados de emergencia. Por lo tanto, lejos de endulzar el papel de los Estados Unidos a la hora de convertirse en un país hegemónico a escala mundial, su capacidad de controlar el mundo se debe a las sanciones, restricciones, bloqueos, congelaciones, confiscaciones o la intervención militar.

Y por encima de todo, ha sido esencial el papel que ha jugado la creación de una burocracia internacional específica, generada estrictamente por no depender de las Naciones Unidas y, por lo tanto, por estar exenta de cualquier control directo que pueda molestar a la comunidad internacional. Estos organismos supranacionales —Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio y Fondo Monetario Internacional— han ejecutado milimétricamente todas estas terapias de choque económico en todo el mundo, combinando la presión política con la extorsión. ¡Y no faltan ejemplos!

En Milton Friedman creía que a través de una terapia de choque económico impulsaría a las sociedades a aceptar un capitalismo más puro y desregulado.

Un sistema necesitado de gánsteres económicos

En 2004, el norteamericano John Perkins —un antiguo trabajador de la consultora americana CHA Consulting, Inc.— publicó un interesante libro titulado Confessions of an Economic Hit Man”, en el cual explica con todo tipo de detalles como participó en diferentes procesos de colonización económica de los países del Tercer Mundo, especialmente en el continente sudamericano, durante los años ochenta.

Perkins, como economista en jefe de CHA Consulting, tenía la tarea de identificar países con recursos naturales que interesaban a los clientes —mayoritariamente corporaciones— que representaba su consultora.

Una vez identificados, la siguiente fase consistía en enviar un “pequeño ejército de chacales” hacia el país en cuestión para prometerles que, con la venta de sus recursos, el país lograría el estándar occidental, en cuanto a bienestar social y estabilidad económica. Y finalmente, se obligaba al país a solicitar un gran préstamo —a través del Banco Mundial u otras organizaciones vinculadas— justificado ante la opinión pública como parte del acuerdo y por el hecho de no disponer ni de la tecnología ni de la infraestructura necesaria para extraer, producir o manufacturar el recurso natural.

Pero esta cantidad de dinero no llegaba nunca al país en cuestión, puesto que salía del Banco Mundial —con sede a Washington— y se desviaba a una cuenta en Houston, Texas o San Francisco, donde curiosamente el titular era una empresa que trabajaba para la consultora, y que estaba especializada en la construcción de la infraestructura necesaria para extraer, producir o manufacturar el recurso natural.

Por lo tanto, el dinero servía para pagar los gastos de las obras —centrales eléctricas, carreteras, parques industriales, puertos— que al final solo generaban grandes beneficios para las empresas adjudicatarias. Cierto es que, en menor grado, también acababan enriqueciendo a una minoría local que poseían las industrias básicas o los establecimientos comerciales, pero en detrimento de la mayoría. Por lo tanto, al final del proceso todos los recursos económicos del país destinados a la sanidad, educación u otros servicios públicos servían para pagar aquellos préstamos. Tal como explica John Perkins, el hecho de conocer ‘a prioiri’ la incapacidad del país para devolver los préstamos era una parte importante para ejecutar el plan.

De este modo, el sistema ha permitido que corporaciones occidentales u organismos supranacionales —Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio y Fondo Monetario Internacional— acaben creando un tipo de imperio paralelo que controla amplias zonas del planeta: las llamadas “zonas de influencia”. Es por este motivo, que las democracias occidentales tienen la capacidad de decir a uno de estos países “influenciados voluntariamente” que si no puede pagar sus préstamos, siempre puede venderse la explotación de sus recursos… eso sí, sin la obligación de un compromiso social o medioambiental; o que tiene que permitir la construcción de una base militar en su territorio, o que tiene que votar contra determinados países considerados “enemigos” al siguiente encuentro de las Naciones Unidas.

Cuando el presidente de uno de estos países no acepta, la mayor parte de las veces se acaba interviniendo o derrocando el gobierno. El proceso se inicia con una fuerte campaña de desprestigio nacional e internacional, se crean noticias falsas de todo tipo para condicionar la opinión pública y, al final —en favor de la democracia—, se ejecuta el golpe de estado totalmente justificado. Y si la cosa no sale bien, se le acababa asesinando. La historia contemporánea está llena de ejemplos: Mossadeq en Irán (1953), Ngô Đình Diệm en el Vietnam (1955), Lumumba en el Congo (1960) o Allende en Chile (1973). Y más recientemente, las presiones de todo tipo que han tenido que soportar Lula da Silva para frenar la deforestación de la Amazonia brasileña, Maduro para nacionalizar el petróleo venezolano o Petro por la descarbonización de la economía Colombiana.

La economía de la muerte

En 2009, en plena recesión global, el psicólogo inglés Oliver James publicó el libro “The Selfish Capitalist”, el cual concluye que detrás de las enfermedades mentales de la sociedad occidental actual, se esconde el capitalismo practicado los últimos cincuenta años. Simplificando mucho, la tesis del libro expone como la economía neoliberal anglosajona ha empujado a los individuos a querer tener cada vez más y más coches, teléfonos móviles, ropa, dinero… y todo ello ha desembocado en una insatisfacción permanente del individuo. Basándose en un estudio publicado por la Organización Mundial de la Salud en el año 2004, concluye que las enfermedades mentales afectan a casi un 23% de la población del mundo anglosajón y a un 11,5% del resto de los países europeos, dado que entraron más tarde en la rueda neoliberal.

Por ejemplo, en los Estados Unidos, el número de jóvenes estudiantes con una deuda descomunal va en aumento, del mismo modo que hay un número brutal de gente endeudada por tratamientos sanitarios, por tarjetas de crédito o por hipotecas. Por lo tanto, este sistema que se diseñó para explotar a los países denominados “en vías de desarrollo”, ahora se ha vuelto en contra de occidente.

Por otro lado, la economía neoliberal ha buscado maximizar los beneficios a corto plazo sin tener en cuenta el coste social y el impacto medioambiental. Y en este aspecto, los neoliberales como Friedman se equivocaron: más allá del corto plazo, hay que incrementar los beneficios a largo plazo, de este modo saldremos todos ganando. Si nos guiamos por el propósito de pagar una tasa de rendimiento decente a los inversores que invierten, podremos empezar a cambiar el modelo.

Según el último informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial total aumentó un 3,7% en términos reales en el 2022, hasta lograr un nuevo máximo histórico de 2,24 billones de dólares. Si gran parte de este dinero se destinara a pagar a las mismas empresas que obtienen estos contratos millonarios, pero en vez de pagar para fabricar misiles, se hiciera para recoger todos los plásticos de los océanos, recuperar los medios naturales destruidos, limpiar los vertidos de residuos de los océanos… el planeta saldría ganando. Y en este proceso, las nuevas tecnologías nos pueden ayudar a hacerlo posible.

Este sistema, que se diseñó para explotar a los países denominados “en vías de desarrollo”, ahora se ha vuelto en contra de occidente.

La multipolaridad

Este sistema ha funcionado mientras los ganadores han sido los Estados Unidos, puesto que permitía que sus aliados se llevaran un trozo del pastel con la condición de que apoyaran su política internacional o facilitaran el acceso de sus empresas a sus mercados. Los Estados Unidos han sido capaces de compartir el pastel con todos aquellos que se alinearan, pero no con aquellos que estuvieran dispuestos a disputarle sus intereses económicos.

Llegados aquí, entramos en una nueva era donde la distribución del poder político, militar y financiero ya no recaerá en un solo país. En pocas palabras, el mundo dejará de bailar al tono de una sola música. De hecho, ya hemos empezado a bailar al tono de la música oriental, bajo ritmos de la balalaica, combinada con un poco de samba, unos toques de Indi-pop y una pincelada de mbaqanga.

 

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La economía ha sido una de las grandes protagonistas de la relación entre Cataluña y España. Realizando un ejercicio de síntesis, recopilamos nueve de estos momentos clave de nuestra historia. Quizás no son los más conocidos, pero, sin duda, sí son los que han marcado un antes y un después. Uno tras otro, ofrecen una cronología de encuentros y desencuentros.

 

“Mientras España no comprenda el hecho catalán,
España estará sometida a todos los infortunios.”
Américo Castro, 1924

 

1479. La construcción de un Estado dinástico

Después de la Guerra Civil castellana, los dos reinos más extensos de la Península Ibérica (Castilla y la Confederación Catalana) crearon juntos una nueva entidad política conocida con el nombre de Monarquía Hispánica. Este Estado dinástico se configuró a partir de la unión de tan solo dos elementos: el ejército y la política exterior. Respecto al resto de elementos que configuran un Estado moderno, como fronteras, monedas, leyes e instituciones, permanecieron totalmente separados. Así, en cuanto a la configuración y reparto del poder, hay que tener presente que, mientras Castilla se articulaba según la autoridad de la reina (Isabel), siempre por encima de la nobleza y la iglesia, en cambio, la Corona de Aragón se organizó alrededor de la Constitució de l’Observança, que obligaba al rey (Ferran) a gobernar y pactar de acuerdo con las leyes del Principado. He aquí una primera diferencia en el sistema de organización político y económico entre España y Cataluña.

 

1556. La deriva de la historia

Con la muerte de la reina castellana (Isabel), el Estado dinástico peninsular estuvo a punto de deshacerse. Después de vicisitudes familiares, el trono lo acabará ocupando el nieto, por incapacidad de la hija (Juana) y por la muerte del yerno (Felipe). De este modo, la unión dinástica entre los dos reinos quedó confirmada definitivamente en las personas de Carlos (futuro emperador) y sus sucesores. Durante años, el emperador Carlos buscó consolidar la idea de una monarquía universal que fuera políglota y abierta para todo el territorio del imperio de Habsburgo. La política del emperador se encaminó a cambiar el rumbo de la historia europea. De nada le sirvió creer que era posible la convivencia entre los derechos de las ciudades y de las regiones con la estructura imperial, dado que la idea del Estado-Nación se estaba imponiendo, empujada en gran parte por la Reforma. Tampoco consiguió nunca crear las complicidades necesarias entre castellanos y catalanes para forjar un país común.

1585. La perversidad del sistema

En otoño de 1585, el rey Felipe II de Castilla presidió la celebración de las Cortes Generales de la Confederación Catalana en Monzón. Siguiendo la tradición instaurada por su padre (Carlos), Felipe II reconocía así la dualidad de poder en el territorio peninsular que conformaban las coronas de Castilla y Cataluña. El sistema parlamentario siempre comporta tensiones —porque el debate es lo que tiene—, pero parecía que se llegaría a un acuerdo. El problema surgió cuando los oficiales reales intentaron boicotear descaradamente las resoluciones de las Cortes. Y todavía es más perverso cuando la Monarquía —de manera unilateral— decide manipular y volver a redactar los acuerdos tomados por las Cortes Catalanas para favorecer sus intereses. Entre las alteraciones más destacadas y que afectaron a toda la Confederación Catalana, se encontraban aquellas relativas al control del comercio, al aumento del gasto de la Real Audiencia en territorio catalán y que diluyeron el control que la Diputación del General (la Generalitat) pudiera tener sobre el Santo Oficio (la Inquisición), el brazo represor de la monarquía.

 

1626. Hacia una unidad centralizada única

En marzo de 1626, Barcelona recibe al rey de Castilla, Felipe IV, que había llegado a la ciudad para jurar las Constituciones catalanas. El motivo no fue otro que poder desencallar el ambicioso plan del ministro del rey, el conde duque de Olivares. El proyecto, conocido como la “Unión de Armas”, pretendía que cada reino que formaba parte de Castilla —o sea, principalmente, la Confederación Catalana— aportara un número determinado de dinero y soldados. Pero lo que no calibraron bien las oligarquías castellanas fue que si Felipe IV juraba las Constituciones catalanas, ciertamente se le otorgaba automáticamente el título de conde de Barcelona, cosa que lo obligaba a fiscalizar sus recursos. Por lo tanto, los catalanes estaban más interesados en que se aprobaran sus propuestas de nuevas Constituciones catalanas y que se atendieran sus agravios, que no en participar en guerras absurdas. Curiosamente, dos décadas más tarde, el territorio norte-catalán será arrancado del cuerpo principal de manera deshonesta. Y no será hasta cuarenta años más tarde que Castilla notificará oficialmente a la Generalitat la pérdida del territorio norte-catalán.

1760. Las reglas del juego cambian

Desde hacía unas décadas, una nueva familia de origen francés ostentaba el trono de Castilla, los Borbones. Atrás había quedado la disputa abierta sobre aquel ascenso, hasta el punto que se había tenido que dirimir en el campo de batalla. Pasadas cuatro décadas del Decreto de Nueva Planta, el rey Carlos III convocó las Cortes Generales en Madrid. En aquel nuevo paradigma político surgido del campo de batalla, los representantes de los antiguos territorios de la Confederación Catalana —formada por Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca— presentaron juntos un memorial que contenía una crítica frontal al sistema borbónico vigente. Simplificando mucho, el documento conocido como “Memorial de Agravios” defendía que el nuevo Estado tenía que velar por la pluralidad territorial y tenía que alejarse de estructuras centralistas y unificadoras.

 

1810. La construcción de una nueva realidad política

En un contexto de guerra europea, llegaron hasta Cádiz más de 240 diputados de todo el territorio convencidos que iban a hacer historia, porque se iba a redactar una moderna Constitución. El rey Carlos IV de España había sido depuesto por absolutista, después de la ocupación francesa del territorio peninsular. En las Cortes de Cádiz se estableció que el poder residía en el conjunto de los ciudadanos, representados por las Cortes. Pero Cádiz también supuso —por primera vez— la oportunidad real para que los políticos catalanes fueran invitados a participar activamente en el nuevo sistema político español que se estaba creando. En aquel revolucionario contexto, la delegación catalana defendió abiertamente la propuesta de modernizar España de acuerdo con el proyecto austriacista liquidado hacía menos de un siglo. Por lo tanto, había que fundamentar el desarrollo económico y social de acuerdo con la industrialización de los territorios. Pero por el Tratado de Valençay se restituyó en el trono a Fernando VII como monarca absoluto, y frustró todas aquellas ideas modernas surgidas de las Cortes de Cádiz y de su revolucionaria Constitución, que había sacudido España.

1870. La historia siempre da una segunda oportunidad

Aquel verano de 1870 en París, María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, reina de España, abdicó. Esa renuncia de poder —igual que el emperador Carlos— era la consecuencia de un intenso debate político sobre cómo se tenía que articular la modernidad de España. La disputa entre carlistas y liberales se había dirimido en los campos de batalla durante las últimas tres décadas. Pero durante las décadas siguientes el callejón sin salida continuaría. España había entrado en un laberinto del cual tardará cien años en salir. La modernidad comportó una profunda transformación estructural, incluido el reparto de poder. La historiografía ha abordado este periodo desde la perspectiva de la primera crisis del capitalismo español. Pero, en realidad, en el origen del problema económico se encontraba la corrupción. 

Políticos, militares y nobles especularon tanto en las compañías ferroviarias como en la construcción, hasta el punto que a finales de la década hubo un crac bursátil de dimensiones bíblicas. La Guerra Civil de los Estados Unidos provocó un aumento de los precios de la materia prima —el algodón—, motor de la industria textil catalana, que —por carencia de previsión del Estado— provocó la ruina de muchos empresarios de este sector. Y un periodo prolongado de malas cosechas provocó un aumento estrepitoso del precio de los alimentos básicos, que afectó negativamente a las clases más populares. En este contexto tan difícil y puesto que el Estado estaba tan endeudado, se aportaron dos soluciones: por un lado, aumentar la presión fiscal sobre las clases populares y, por otro, embarcarse en una aventura colonial como fue la Guerra de las Islas Chincha, ante las costas del Perú.

 

1931. La montaña es un buen lugar para pensar

Aquella primavera de 1931, España optó por gestionar el poder siguiendo una fórmula fracasada en el pasado. La corrupción había agotado el sistema de la Restauración borbónica y, por lo tanto, había que buscar una nueva relación con el poder. La pregunta que se planteaba entonces —y todavía hoy— era si España podía ser una federación de naciones. ¡Había que probarlo! En este contexto, se instalaron en el Santuario de Nuria los diputados del recientemente creado Gobierno de la Generalitat de Cataluña, encargados de redactar una propuesta de relación entre Cataluña y España. Todo el mundo tenía la certeza de estar ante un momento histórico. 

El resultado fue un texto constitucional que respondía a la voluntad de Cataluña y a su legítimo derecho de ejercer la autodeterminación. Se estaba proponiendo una situación de igualdad jurídica y política respecto a los otros pueblos del Estado. Se planteaba ampliar la mirada. Pero el Estado se puso nervioso. Un año más tarde, las Cortes españolas aprobaron un Estatuto que ya no tenía nada que ver con el que había refrendado meses atrás el pueblo de Cataluña. Se rechazaba la fórmula federal, se reducían competencias de la Generalitat y se instauraba la cooficialidad del catalán y el castellano en un modelo bilingüe. Cataluña quedaba reducida a una “región autónoma dentro del Estado español”. Fue entonces cuando en la lejanía empezó a oírse ruido de sables que obligaron a España a volver al campo de batalla.

 

2004. Hacia un nuevo paradigma histórico

Con la resaca de los acontecimientos de la última década del siglo pasado, todo el mundo creyó que España había optado por reconocer su diversidad. La lengua catalana se hablaba —incluso— en los círculos más íntimos de la oligarquía castellana. En un clima de pujanza económica, estabilidad social y de reconocimiento mutuo, Cataluña creyó que podía volver a plantear su relación con España. ¿Era posible? La escrupulosidad de la misión —igual que en el pasado—, en la elaboración de un nuevo marco constitucional como fue el nuevo Estatuto de Cataluña, supuso un importante esfuerzo para encontrar un punto de encuentro donde estuvieran representados todos los estratos sociales. Cómo sigue esta historia es conocido por todo el mundo. El 1 de octubre de 2017 es la constatación de la imposibilidad del diálogo y la necesidad de volver al inicio de todo: a mucho antes de la Guerra Civil castellana de 1479.

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Desde tiempos inmemoriales, aquello que los geógrafos griegos definieron como Península Ibérica, ha pasado a ser el solar donde se ha construido una Historia, la cual ha ido forjando diferentes realidades y maneras de ser. Pero con el devenir de España —a principios del XIX— diferentes concepciones políticas han buscado la manera de vertebrarla a cualquier precio. Por este motivo, algunos se han empeñado en demostrar una ficticia uniformidad histórica y territorial, por el simple hecho de compartir una misma geografía. Cataluña ha compartido este solar, pero su realidad histórica es otra y es bueno recordarlo, ahora que el debate vuelve a estar abierto.

 

La historia tradicional de España se ha construido de acuerdo con la premisa de otorgar un protagonismo único a Castilla —prolongada con Andalucía y Extremadura— la cual ha sido exclusivamente identificada con España. A la periferia, especialmente el levante mediterráneo y el noroeste peninsular, se le ha permitido tener o bien un papel secundario o bien adquirir cierta relevancia de manera puntual, sobre todo en los momentos donde la decadencia castellana se hacía más patente.

Así pues, Castilla —siempre bajo una óptica negacionista— ha hecho creer que existe una “nación española” y unas identidades “periféricas” que las ha autodefinido como nacionalidades. Pero la realidad es otra. La nación española como la nación catalana o la nación vasca son, existen, porque son vividas y percibidas por quien así mismo dicen formar parte. Por lo tanto, se vuelve a hacer uso de la banalización para confundir la opinión pública e intentar evitar cualquier proceso de autodeterminación legítimo. En este sentido, la construcción identitaria de la nación española se vuelve bien a menudo una destrucción sistemática de las “periferias”, es decir, el españolismo acaba construyendo su identidad reprimiendo las diferencias del territorio que considera nacional.

Esta visión ha puesto de manifiesto el grave problema sobre la realidad histórica de España. En primer lugar, ha evidenciado la imperfección de España como proyecto político dado que ha mostrado reiteradamente los continuos problemas de adaptabilidad al estándar occidental, sobre todo en cuanto a dinámicas de adopción del capitalismo, el liberalismo y el racionalismo en el triple aspecto de lo económico, lo político y lo cultural. Y, en segundo lugar, y todavía más importante, el fracaso más absoluto de Castilla en su tarea de hacer de España una comunidad armónica, plenamente satisfecha con ella misma y tolerante con el resto de territorios que la componen. Si se esconde la plurinacionalidad del estado, se deforma el pasado.

Se ha evidenciado la imperfección de España como proyecto político dado que ha mostrado reiteradamente los continuos problemas de adaptabilidad al estándar occidental.

Desmantelando “la unidad de destino en el hecho universal”

Dentro del sistema escolar franquista, la historiografía se articuló en función del concepto de “Reconquista”, el cual se trata de un concepto historiográfico —empleado todavía en los currículums de secundaria de Castilla— que describe el proceso de recuperación —pues los musulmanes no eran legítimos propietarios de la geografía hispánica— del mundo feudal por encima del mundo musulmán y judío. Este proceso arrancaría al poco de la llegada de los árabes a la península Ibérica (siglo VIII) y finalizaría con los Reyes Católicos (siglo XV), los cuales acabarían unificando “España” como un Estado integral. Esta Reconquista acabaría forjando “el espíritu español”.

A mediados de siglo pasado, un conjunto de historiadores —a fin de legitimar los vencedores de la Guerra Civil— emprendieron la tarea de construir los argumentos históricos donde se sustentara el nuevo régimen. El corpus teórico se basó en encontrar “la esencia de España”. Por lo tanto, la historiografía españolista llegó a “demostrar” que realmente existían unas características distintivas de continuidad entre el pasado prehistórico hasta la actualidad, las cuales definen este “espíritu español”.

Actualmente, las investigaciones tienden a romper la homogeneidad territorial de las provincias y muestran una predisposición cada vez más clara en realizar investigaciones que subrayen más las diferencias sociales y territoriales, como por ejemplo los últimos estudios sobre los hispanogodos del siglo VIII, donde se constatan diferencias significativas entre las sociedades peninsulares, principalmente condicionadas por los hábitats donde desarrollan sus actividades. Las evidencias arqueológicas —sin rehuir de las fuentes documentales— demuestran fehacientemente que el proceso de romanización les afectó de manera muy diferente.

Por lo tanto, las crisis de la antigüedad tardía de los siglos III al VIII provocarían cambios mucho más profundos, los cuales afectarían de manera desigual a los diferentes territorios peninsulares. En consecuencia, la llegada de los árabes a la península Ibérica también afectaría estas sociedades de diferente manera, por lo cual, la idea de la continuidad entre el reino visigodo y las consiguientes formaciones políticas se diluiría como el azúcar.

La arqueología ha confirmado que la penetración del mundo musulmán dentro del territorio peninsular no fue tan traumático como se ha querido hacer creer. Los restos arqueológicos revelan que, después de la conquista, el territorio peninsular nunca fue abandonado. Por lo tanto, todo esto demostraría que muchos hispanogodos profesaron la nueva fe musulmana, no tanto por convicción, sino para mantener la propiedad de la tierra. Y esta tierra se verá transformada por la introducción de nuevos sistemas de producción agraria, basados principalmente en la gestión y la fuerza del agua.

Las investigaciones tienden a romper la homogeneidad territorial de las provincias y muestran una predisposición cada vez más clara en realizar investigaciones que subrayen más las diferencias sociales y territoriales.

Deslegitimar el origen para anular la diferencia

A partir del siglo IX, la mayoría de los territorios peninsulares se organizarán como reinos, y el rey será su máximo representante. En cambio, en los territorios del nordeste peninsular el condado será la estructura administrativa que se implementará, y el conde —impuesto desde Aquisgrán— se encargará de administrar justicia, garantizar el orden público y gestionar la fiscalidad.

Este elemento diferenciador —como fue la organización carolingia del territorio catalán— será ampliamente combatido por la historiografía franquista a través de una política de disminución de su relevancia. Por este motivo, se la considerará una estructura de gobierno con poca relevancia histórica y, por eso, se llevará a cabo una nula voluntad de difusión —tanto en los círculos académicos como en los currículums escolares— lo cual afectará su conocimiento.

Por lo tanto, no nos tiene que resultar extraño que estos de historiadores no quieran entender que nuestra singularidad es el resultado de un encuadre jurídico diferente a la matriz hispánica. El territorio catalán será adscrito siguiendo la política carolingia de la Renovatio Imperii. Seguramente, de aquí vino su nula difusión, dado que ¡la esencia de España quedaba muy lejana!

Ciertamente, el título de rey es uno de los cargos políticos más antiguos y conocidos. La raíz más antigua de la palabra la encontramos en el indoeuropeo REG (regir/gobernar) la cual evolucionará al latín como REX. En el contexto de las transformaciones políticas que se sucedieron a partir del siglo IV en el occidente europeo, amplios territorios serán gobernados por líderes militares de origen germánico, los cuales progresivamente se liberarán del dominio de Roma y se organizarán como reinos. Los nuevos caudillos territoriales —sean godos, francos o suevos— seguirán su tradición jurídica y adoptarán el título de rex como máxima figura política.

Por lo tanto, todos los soberanos peninsulares serán continuadores de su legalidad jurídica. Mientras que las dinastías astur-leonesa o navarra o castellana continuarán utilizando el título de rey, el soberano catalán utilizará el título de conde, dado que legalmente continuará ligado a la dinastía francesa —heredera de la legalidad carolingia a través de la familia Capeta— y legitimada por el Papa, hasta la firma del Tratado de Corbeil y ratificado al Tratado de Anagni de mediados de siglo XIII. En la práctica, todos serán soberanos con la misma potestad, tanto si son reyes como si somos condes.

El hecho más paradójico sobre la historia de España —edificada a partir del concepto historiográfico de la Reconquista— es que se construye a partir de una falsa premisa como es la de asignar una legitimidad continuadora del reino visigodo hacia el reino astur.

Está ampliamente estudiada que esta máxima no es cierta. Los expertos han demostrado que las poblaciones indígenas cantábricas —sean astures, cántabras o vascones— siempre mantuvieron una relación muy distante y bélica con el mundo romano, visigodo, árabe o carolingio. Por lo tanto, su aislamiento se debería más por un problema de escaso encuadre administrativo que no por una resistencia feroz contra unos conquistadores romanos, visigodos, árabes o carolingios. En consecuencia, el panfleto propagandístico que suponen las tres crónicas de Alfonso III de Asturias —sobre todo la Albeldense, que de hecho es de donde sale el famoso concepto de Reconquista— se tienen que leer como aquello que son: una legitimación jurídica ante la opinión pública (y Dios) de la agresión efectuada contra una parte de la población hispánica que lo único que tienen de diferente —respecto al resto de la población— es que profesan una religión diferente.

La historia de España —edificada a partir del concepto historiográfico de la Reconquista— se construye a partir de una falsa premisa.

La voluntad de alterar la realidad

In Dei nomine. Ego Ramirus, Dei gratia rex aragonensis, dono tibi, Raimundo [Berengario], barchinonensium comes et marchio, filiam meam in uxorem, cum tocius regni aragonensis integritate, sicut pater meus Sancius, rex, vel fratres mei, Petrus et Ildefonsus  es, sin duda, uno de los fragmentos claves de la historia de Cataluña que ha suscitado mayor beligerancia historiográfica, sobre todo por la parte aragonesa.

Este fragmento corresponde a las famosas “Capitulaciones Matrimoniales de Barbastro”, las cuales fueron ratificadas con la “Renuncia de Zaragoza” —ambas del año 1137— por la cual el rey Ramiro II de Aragón, el Monje, comunicaba públicamente a sus súbditos que daba su hija, su reino y sus honores al conde Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, y que esta donación se sellará a través del matrimonio entre el conde de Barcelona y su hija, Peronella.

En consecuencia, el conde de Barcelona será nombrado príncipe heredero de Aragón, y Ramiro —a pesar de mantener el título— devolverá al monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca, de donde salió deprisa y corriendo para ser coronado rey. Por su parte, Peronella —con tan solo un año— será enviada en Barcelona para ser educada como futura condesa consorte de Barcelona y reina de Aragón. Trece años más tarde, el conde Ramón Berenguer se casará con ella en Lleida, una vez tuvo la edad legal para hacerlo, o sea, catorce años. Entonces, será el primogénito de esta unión —Alfonso el Trovador— quien se convertirá en la primera persona que ostentará los dos títulos —el de conde y el de rey— lo cual legitimará la nueva concepción política surgida de aquella donación.

La realidad histórica no manipulada afirma el hecho de que después de la “Renuncia pública de Zaragoza” el reino de Aragón quedó en un segundo plano político, dado que voluntariamente se había desposeído de su valor sucesorio, elemento clave en el siglo XII. A pesar de esto, los sucesivos condes de Barcelona respetarán y mantendrán siempre todas las instituciones aragonesas, marcando el inicio de la Confederación Catalanoaragonesa.

Por lo tanto, es básico no caer en la trampa política que circula entre ciertos círculos españolistas, los cuales argumentan que Peronella de Aragón fue el elemento clave que permitió anexionar los condados catalanes al reino de Aragón. Querer hacer creer que una princesa de un año enamore a un conde de Barcelona de veinticuatro años y que este —en pleno auge de sus dominios— ofrezca sus territorios a Aragón a cambio de obtener “un título de más prestigio”, ¡es ser un necio! Y por si fuera poco, el hecho de construir dos genealogías paralelas —Alfonso I de Cataluña es el mismo que Alfonso II de Aragón— demuestra que existe maldad y voluntad de tergiversar la realidad.

La verdadera problemática a la cual se enfrenta Aragón a principios del siglo XI es la de encontrar una solución jurídica en el testamento del rey Alfonso I el Batallador, el cual habiendo muerto sin descendencia, había dado todos sus territorios a las Órdenes militares, y esto provocó un debacle institucional. Los castellanos —aprovechando este vacío de poder y legitimados por la repudiada exmujer del rey— iniciaron la invasión de Zaragoza, seguida por la desconexión de Navarra a través de la figura de García Ramírez, conocido como el Restaurador. De este modo, Aragón quedaba muy debilitada económicamente con el consiguiente riesgo de desaparecer.

En contra de lo que han difundido los extremistas aragoneses, la unión de Aragón con los condados catalanes fue la única salida viable para la oligarquía aragonesa. Fue la única forma para frenar la presión ejercida, tanto por castellanos como por navarros, y así poder potenciar su economía agraria y ganadera con una salida clara a los mercados mediterráneos.

Querer hacer creer que una princesa de un año enamore a un conde de Barcelona de veinticuatro años, y que este —en pleno auge de sus dominios— ofrezca sus territorios a Aragón a cambio de obtener “un título de más prestigio”, ¡es ser un necio!

Poner los límites al poder

A finales del siglo XI, una nueva mentalidad apareció dentro de la sociedad barcelonesa, la cual se basó en el trabajo, la moral empresarial y la amistad. Por este motivo, Barcelona pudo desarrollar una forma propia de acumulación de capitales, asentada en el aumento y la mejora de la producción agrícola de su territorio, cosa que le permitió ser el epicentro administrativo de los condados catalanes. Las nociones de beneficio, de inversión y de capital cristalizan a lo largo del siglo XII y conducen a los condes de Barcelona a la conquista de las ciudades de Tortosa, Lleida y Balaguer, y al intento frustrado de conquistar Mallorca.

Y todo ello será posible gracias a un clima de estabilidad social que, después del desastre político que habían supuesto las revueltas feudales, se acabaron imponiendo las convenientiae o pactos feudales entre iguales. A partir de entonces, la cultura del pacto se fue generalizando por todos los condados catalanes y se convertirá una de las particularidades de nuestra manera de ser. Fruto de aquel pacto, se redactaría la primera versión de los Usatges de Barcelona, base del derecho consuetudinario catalán.

De manera gradual, la soberanía catalana se irá repartiendo entre las diferentes bases —conde, nobleza, clero y ciudadanos honrados— que representarán gran parte de la sociedad. Por lo tanto, esta política constitucionalista será uno de los rasgos distintivos de la Corona que a partir del siglo XIII se irá ampliando a medida que se continúen ejecutando las políticas expansionistas condales. Estos nuevos territorios serán configurados como Estados, donde la Corona velará para mantener las particularidades de cada territorio. Entonces, Cataluña pasará a definirse como Principado, dado que su máxima autoridad será la figura de un príncipe o el primero entre iguales.

A diferencia del resto de territorios peninsulares, —donde la problemática del poder se centrará sobre la sacralización— en Cataluña, el conflicto se situará sobre su uso. La constante evolución del derecho catalán acabará otorgando poder al conde por cesión (entre iguales). Por lo tanto, se lo obligará a gestionar correctamente su gasto y a respetar los diferentes fueros, costumbres, privilegios o usajes de sus territorios. De este modo, se fomentará el pactismo entre iguales, con el fin de equilibrar los intereses económicos entre la nobleza, el clero y la burguesía, a fin de mantener la estabilidad social.

Como resultado —y mucho antes que los ingleses— las Cortes Catalanas serán el modelo perfecto de parlamentarismo, las cuales constituirán el núcleo de la tradición pactista catalana que ha llegado hasta nuestros días. Desgraciadamente, con la derrota del 1714 y la implantación del Decreto de Nueva Planta, la Confederación Catalanoaragonesa fue fulminada y desmenuzada en diferentes provincias de una nueva monarquía centralizada que gobernaría para toda la península Ibérica sin diferencias legales.

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El arco cronológico que va desde el Tratado de Tordesillas hasta la declaración de independencia de los Estados Unidades de América supone el primer proceso —a escala mundial— del reparto y explotación de todo el mundo, por parte de las monarquías europeas. Durante este periodo, se pasará de los suculentos ingresos producidos por los botines de guerra o por los saqueos indiscriminados de las poblaciones autóctonas a una borrachera de oro y de plata —sin precedentes— introducida dentro de la economía europea. Por este motivo, la construcción de los primeros imperios coloniales se basarán en una economía mercantil que les permitirá estar a la altura de las expectativas.

 

Desde el inicio, las monarquías europeas tuvieron la convicción que todos los territorios del mundo los pertenecían por derecho de conquista. De este modo, la cartografía les permitió ir ampliando y poseyendo la propiedad de una tierra, sobre la cual se autolegitimaron como posesores para imponer —no siempre a través de la fuerza— su modelo de civilización por sobre las sociedades nativas.

Este proceso de supremacía cultural se fundamentó sobre la certeza religiosa de cuestionar la verdadera naturaleza humana de los nativos. Y la firme creencia en este razonamiento motivará las monarquías europeas a proyectar una geografía de grandes espacios para cristianizar. La codicia de los recién llegados dará lugar a numerosos abusos y genocidios, pero también supondrá una catástrofe demográfica sin precedentes en cuánto los territorios del nuevo mundo verán reducida a un 80% de su población nativa.

El progresivo desarrollo de las técnicas marítimas —como por ejemplo, la mejora de la brújula, la construcción de las carabelas o la actualización de los mapamundis— permitirá a los europeos ser capaces de navegar por todos los mares y océanos que configuran el planeta en pocos años. Esta gesta tendrá como consecuencia la división del mundo en dos mitades, dos líneas geográficas que, trazadas entre los dos polos, les otorgará la potestad rubricada por la autoridad papal a repartirse el mundo por zonas de navegación, de pesca y de conquista. La primera línea se situará a 370 leguas en el oeste de las Islas del Cabo Verde, mientras que la segunda se fijará a 297,5 leguas al este de las islas Molucas.

El descubrimiento de importantes yacimientos de metales preciosos en América —entre México y Perú— o la llegada en las islas de las especies del sudeste asiático, propició la fundación o refundación de importantes ciudades americanas, africanas o asiáticas, las cuales adquirirán otro rol territorial a fin de asegurar importantes flujos de riqueza hacia Europa regularmente. De este modo, las monarquías europeas empezaron a controlar todo el comercio que pasará por sus territorios, con la voluntad de proteger sus ganancias económicas.

Desde principios del siglo XVI hasta mediados de siglo XVIII, los primeros imperios coloniales mantendrán un estricto monopolio mercantilista con sus colonias, y se prohibirá comerciar con personas o empresas que no sean súbditos o afines en la Corona. Castilla, por ejemplo, considerará los ingleses, holandeses o franceses, no como competidores sino como enemigos y causantes de prácticas corsarias e instigadores de actos de pirateria.

 

El sistema mercantilista colonial

El comercio con las colonias se fundamentará bajo la premisa que los colonos tendrán que vender sus materias primas —abajo precio y con altos impuestos— exclusivamente a empresas designadas por la Corona. A la vez, los colonos solo podrán comprar los productos de consumo manufacturados por este selecto grupo de empresarios. De este modo, las monarquías favorecerán el enriquecimiento ilimitado de empresas e individuos próximos en el Estado, dado que se les anulará la competencia. Este sistema mercantilista creará necesidades inútiles para los nativos y buscará el mantenimiento perpetuo del subdesarrollo de las colonias —tanto americanas, africanas como asiáticas— con el propósito de anular posibles competidores directos con la metrópolis.

Y para rizar el rizo, el alto funcionariado próximo al consejo del rey también jugará un papel muy destacado en este innovador sistema económico, puesto que disponía de la capacidad de agilizar o atrasar trámites burocráticos para favorecer unos u otros. Por lo tanto, será inevitable la aparición de un comercio ilícito y paralelo entre colonias y propiciará que muchos empresarios, tanto grandes como pequeños, busquen la manera de burlarse de los controles burocráticos impuestos por la misma Corona.

Actuando como nuevos ricos, los primeros imperios coloniales —principalmente Castilla— gastarán una cantidad indecente de recursos económicos para construir su concepto de civilización. Esta obsesión —a veces incontrolada— les llevará a embarcarse en infinidad de conflictos de todo tipo, como por ejemplo: disputas teológicas, conflictos familiares, asuntos comerciales o fastuosas construcciones megalómanas.

“Este sistema mercantilista creará necesidades inútiles para los nativos y buscará el mantenimiento perpetuo del subdesarrollo de las colonias —tanto americanas, africanas como asiáticas— con el propósito de anular posibles competidores directos con la metrópolis.”

Financiando el imperio con metales preciosos

Coincidiendo con el momento de mayor extracción económica de las colonias americanas —entre finales XVI y principios del XVII— Castilla destinará más de 7 millones de ducados al mantenimiento de su flota en el Mediterráneo durante la famosa batalla de Lepanto. En unos siete años aproximadamente, se gastará la barbaridad de 11,7 millones de ducados para financiar las innumerables campañas de Flandes.

Para conmemorar la victoria en la batalla de Saint-Quentin contra las tropas francesas, se destinarán cerca más de 6,5 millones de ducados para construir el fastuoso Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Gracias a la construcción y puesta en marcha de la Grande y Felicísima Armada, la conocidísima Armada invencible por sus adversarios, enviarán 9 millones de ducados directamente al fondo del mar. Y como no podía ser de otro modo, esta civilización católica y universal necesitará la construcción de una nueva capital a la orilla del río Manzanares. Para el lector que tenga curiosidad por la conversión, el ducado del siglo XVI y de comienzos del siglo XVII tendría actualmente una equivalencia de unos 167,1 euros. ¡Cierto, las cifras son… estremecedoras!

Por lo tanto, entre el 1500 y el 1650, la monarquía castellana —y por proximidad, el resto de monarquías europeas— vivirá dentro de una verdadera burbuja económica generada por la entrada masiva de los metales preciosos. Los últimos estudios estiman que la Corona castellana habría extraído de las colonias americanas unas 17.000 toneladas de plata y unas 70 toneladas de oro. Esta borrachera de metales conducirá al Estado a tener una visión tergiversada de la economía real.

La paradoja se producirá cuando, a pesar de la ingente entrada de oro y de plata y el cobro de impuestos elevados, no llegarán a cubrir todos los gastos producidos por el Estado. Tengamos presente que la Corona castellana solo utilizará esta extraordinaria riqueza para financiar todos los delirios de grandeza de las élites castellanas, que en la mayoría de las veces topará directamente con las necesidades reales de la población. Por este motivo, cuando las oligarquías de un país están más interesadas en trabajar por la fastuosidad que no por las posibilidades reales que ofrece la reinversión de capitales, todo ello conduce a la destrucción del propio tejido productivo.

 

Endeudamiento de la Corona castellana

A mediados de siglo XVII, la Corona castellana llegará a tener una deuda económica de más de 100 millones de ducados. Esta deuda gigantesca los obligará a declarar sucesivas suspensiones de pagos. Para tapar este agujero, la Corona se verá obligada a emitir gran cantidad de deuda pública que irá a parar en manos de los principales bancos europeos, como por ejemplo la banca alemana —los Fugger o los Welser— y la banca genovesa dels Spínola, Centurione, Balbi, Strata i, sobretot, Gio Luca Pallavicino. La Corona pagará los Welser a través de la concesión de la explotación de las minas de México y el derecho de conquista sobre extensos territorios a las actuales Venezuela y Colombia. Por su parte, los Fugger conseguirán todas las concesiones comerciales sobre los territorios de Chile y Perú. Actualmente, son unas de las familias más poderosas del continente. Y, todos los lujosos palacios de la strada nuova de Génova, arteria del lujo de la ciudad, aún hoy constituyen la concentración más grande de residencias aristocráticas de toda Europa.

Ante las sucesivas crisis financieras que la Corona castellana empezará a sufrir, muchos empresarios europeos residentes a las colonias americanas preferirán no embarcar sus metales preciosos hacia los puertos castellanos —monopolio concedido en Cádiz y Sevilla— por miedo a las masivas confiscaciones decretadas por la Corona. Por eso, buscarán invertir sus activos en otros sectores emergentes de la economía colonial de finales del siglo XVII, como serán la agricultura, la ganadería y la producción de manufacturas.

Por lo tanto, la Corona castellana se verá obligada a buscar nuevas fuentes regulares de ingresos. Por este motivo, pondrá en marcha el ambicioso plan del ministro del rey —el conde duque de Olivares— conocido cómo la Unión de Armas, el cual pretenderá que cada reino que forme parte de la Monarquía Hispánica —o sea, principalmente Portugal y la Corona de Aragón— aporten un número determinado de dinero y soldados.

“A mediados de siglo XVII, la Corona castellana llegará a tener una deuda económica de más de 100 millones de ducados. Esta deuda gigantesca les obligará a declarar sucesivas suspensiones de pagos.”

Flexibilizando el monopolio comercial

Portugal, que formaba parte de la Monarquía Hispánica desde finales del siglo XVI, se negará a conceder cualquier aportación económica de más, dado que Castilla explota sus colonias, lo cual acabará con un conflicto bélico que durará más de 28 años. Finalmente, con el apoyo económico de Inglaterra y Holanda, Portugal conseguirá desatarse del control de los Austrias, pero el precio que tendrá que pagar comportará la cesión de importantes territorios del Brasil y el cambio de titularidad sobre las colonias de Ceilán —actual Sri Lanka—, Ciudad del Cabo, Goa, Bombay, Macao y Nagasaki, entre otros.

En cuanto a la Corona de Aragón, la oligarquía castellana no calibrará la situación correctamente cuando acepte que el rey Felipe IV jure las constituciones catalanas, condición sine qua non para obtener los fondos deseados. La ignorancia sobre las leyes que regulaban las funciones del rey dentro de los territorios catalanes será el foco de importantes discusiones institucionales, dado que el rey —dentro del Principado— estaba obligado por ley a dar explicaciones sobre la utilización de los recursos concedidos. Por su parte, los catalanes estaban más interesados a aprobar sus propuestas de nuevas constituciones catalanas y que se atendieran los agravios, que no en participar en guerras absurdas.

Pero a la génesis del debate institucional —entre Castilla y el Principado— encontramos un problema mucho más profundo. Si desde finales del siglo XVI, Castilla había transitado hacia un sistema político de carácter absolutista, donde el poder solo reside en una sola persona, la cual decide sin tener que rendir cuentas en ningún parlamento, en el Principado pasaba el contrario, donde las Cortes Generales de Cataluña eran el órgano legislativo que representaba todos los estamentos de la sociedad, incluido el rey.

La entrada constante de metales preciosos dentro de la economía castellana se mantendrá estable hasta mediados de siglo XVIII, pero solo un porcentaje muy ínfimo restará dentro del sistema económico castellano, dado que el resto continuará utilizándose para enjugar la monstruosa deuda del Estado. La historiografía estima que hasta el año 1820, el Estado español no se recuperará de este grandioso gasto y será —en gran parte— por el hecho de haberse anexionado la economía productiva de toda la franja mediterránea peninsular a principios del siglo XVIII.

El sistema de privilegios y monopolios desarrollados por la política comercial borbónica continuará haciendo aguas y se verá con la necesidad de introducir nuevos agentes para garantizar la viabilidad del comercio con América. Por lo tanto, con el Real Decreto de Libre Comercio del 2 de febrero de 1778 romperá definitivamente el monopolio de Cádiz y Sevilla y favorecerá el comercio directo de Cataluña con América, que aportará una nueva manera de hacer. Actualmente, y curiosamente, el 34% del PIB del Estado español lo continúa aportando la economía productiva de toda la franja mediterránea peninsular. Por lo tanto, nada es casual…

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La festividad de los Reyes Magos es la celebración más conocida del ciclo navideño. Y, en cambio, solo el evangelio de San Mateo da noticias específicas de estos prohombres, pero de manera bastante enigmática. Ni siquiera concreta los nombres, el número o la procedencia exacta. Entonces, ¿cuál es la historia verdadera de los Reyes Magos? 

 

Empecemos fijándonos bien en cómo San Mateo introduce a los Reyes Magos en su evangelio. Primero, asegura que Jesús nació en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes y, después, relata la aparición de los magos de la siguiente manera: “Poco después llegaron a Jerusalén unos magos que venían de Oriente y que preguntaron ‘¿Dónde es el rey de los judíos, que acaba de nacer? Hemos visto allá en Oriente su estrella y venimos a postrarnos ante él’”.

De hecho, la noticia, nos dice San Mateo en el evangelio, “turbó mucho al rey Herodes, y con él a toda Jerusalén”. Es así que Herodes deja ir a los magos, pero les pide que, antes de volver a sus pueblos, le informen del lugar exacto dónde ha nacido el niño, de forma que también él pueda ir a adorarlo. Pero los magos parece que no cumplieron con la palabra dada a Herodes…

El evangelio dice que los prohombres continúan su camino, siempre siguiendo la estrella, hasta que justo se para en el punto donde se encuentra Jesús. Entonces, San Mateo narra: “Y entraron en la casa, vieron al niño con María, […] se postraron ante él y abrieron los cofres que llevaban para ofrecerle presentes de oro, incienso y mirra. Y como un sueño les advirtió que no tenían que volver a ver a Herodes, volvieron a su país por otro camino”. Después de esto, no se vuelve a hablar nunca más de ellos.

La maraña que envuelve la historia

Si analizamos cuidadosamente la narración evangélica de San Mateo, rápidamente nos damos cuenta de que en ningún momento se nos dice que fueran tres personajes, pero, en cambio, sí que nos dice que “unos magos” dejaron tres regalos (el oro, el incienso y la mirra). Tampoco se nos concreta el punto exacto del encuentro. Y lo más sorprendente de todo: en ningún momento se nos especifica el estatus de rey de estos personajes.

Si buscamos más información canónica —la oficial— sobre estos personajes, en ninguna parte encontramos más contenido. Aun así, si vamos al otro evangelio que narra el nacimiento y la infancia de Jesús, el de San Lucas, en ninguna parte se citan los magos, ni la matanza de inocentes, ni la huída a Egipto. En cambio, San Lucas sí aporta detalles sobre la anunciación, el traslado de José y María embarazada en Belén, para inscribirse en el censo ordenado por el emperador romano Augusto, la adoración de los pastores y el nacimiento de Jesús en un establo. 

Por lo tanto, el Nuevo Testamento ofrece versiones de Navidad muy diferentes que, con la maduración del paso de los siglos, con aportaciones intencionadas e interpretaciones sesgadas, han acabado configurando el fantástico y trenzado relato que conocemos. No tenemos que perder de vista que por el camino también se le fueron añadiendo nuevos personajes, como el buey y la mula, que el papa Benedicto XVI ha rechazado públicamente, o el cuarto rey mago y otras invenciones.

“Si la palabra original en griego fue traducida de una palabra del persa antiguo, ‘maguusha’, entonces el significado sería: sacerdote. ¡La más probable!”

¿Magos quiere decir mágicos?

La pregunta, pues, que nos sugiere el relato inicial es: ¿por qué Mateo hace aparecer a estos curiosos personajes? El hecho importante y a tener muy presente es que el evangelio original de San Mateo fue escrito en griego, manuscrito del cual no nos ha llegado hasta nuestros días. Solo disponemos de la versión traducida al latín por San Jerónimo, pero ya en el siglo IV.

Si seguimos analizando el texto, la clave de todo reside en la palabra “mago”. ¿Es esta la palabra empleada en el texto original escrito en griego? Y entonces nos asalta otra pregunta bastante inquietante: ¿qué significaba ser un mago en el contexto en el cual se escribe el evangelio?

La etimología histórica nos ofrece dos posibilidades. Si la palabra original escrita fuera en griego “μάγο”, sería usada con una connotación peyorativa. Una expresión dirigida a definir brujos, interpretadores de sueños, encantadores, practicantes de ritos oscuros e, incluso, charlatanes. ¡Parece que no es el caso! En cambio, si la palabra original en griego fue traducida de una palabra del persa antiguo, “maguusha”, entonces el significado sería: sacerdote. ¡Seguramente, la más probable!

Por lo tanto, si seguimos por este camino etimológico, encontramos en el pasado babilónico una casta religiosa de sacerdotes persas conocidos como “magos” con un reconocido prestigio en conocimientos astrológicos y seguidores de la religión zoroástrica. Para entender todavía mejor la etimología histórica, hay que tener presente que la presencia judía en Persia fue muy notable desde la época de Nabucodonosor (siglo VI a. C.), cuando el gobernante babilónico conquistó Judá y esclavizó a los judíos. 

Estas comunidades hebreas, que esperaban al Mesías, seguramente habrían influido en la tradición astrológica persa. En el siglo VI d. C., estos magos —ahora sí, con nombre y número— fueron representados al estilo persa —principalmente por su indumentaria— en el conocido mosaico de San Apolinar el Nuevo de la basílica de Rávena (Italia).

“El análisis textual nos sitúa ante un relato puramente propagandístico: demostrar que el cristianismo era amplio, integrador de culturas y universal”

La leyenda se consolida con el canon bíblico

Tanto si la visita de los Reyes Magos sucedió como si no, llegamos al Concilio de Nicea del 325, cuando el discurso oficial de la Iglesia queda institucionalizado y se acuerda que serán solo cuatro los evangelios oficiales —Mateo, Lucas, Juan y Marcos—, que marcarán el discurso del dogma. El resto de textos, más de 70, serán considerados apócrifos, es decir, poco fiables, dado que se basan en suposiciones que no se pueden contrastar.

Es curioso porque todos estos textos fueron escritos a la misma época que los cuatro evangelios canónicos. Lo que resulta evidente es que, con el paso de los siglos, se fue forjando la teología, la liturgia y la tradición cristiana, complementadas con otros escritos que llenan los vacíos que habían dejado los textos oficiales. Fue en este proceso que fue tomando forma el relato de los magos persas.

Si rehuimos de lo fantástico y somos absolutamente racionales, el análisis textual nos sitúa ante un relato puramente propagandístico. El incipiente y moderno discurso cristiano surgido de Nicea tuvo la necesidad de demostrar que su radio de acción era amplio, integrador de culturas y dotado de una dimensión universal. El relato de los Reyes Magos cumplía con este mensaje y —no menos importante— permitía enlazar las profecías del Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento, dado que demostraba que las sagradas escrituras no se equivocaban en el hecho que “todos los reyes venidos de todas partes se postrarán ante él”.

Tampoco es casual que se fijara en tres el número de los magos: porque es el número de la divinidad por excelencia, de la Santísima Trinidad; porque es el reflejo de las tres edades del ser humano, la juventud, la madurez y la vejez; porque son los tres continentes conocidos en aquel momento, Europa, Asia y África; y porque son las tres dimensiones del tiempo, pasado, presente y futuro.

Los pedazos que construyen la historia

Fue a partir de entonces que se empezó a crear una iconografía especial, con significados diversos. Pronto dejó de ser relevante la auténtica realidad de los personajes de Oriente y tomó importancia el simbolismo ritual de la edad media. El mundo Carolingio los convirtió en reyes. La historia dice que Federico I Barbarroja, durante la Tercera Cruzada, encontró los cuerpos de los tres reyes magos en Constantinopla y los llevó hasta Alemania. Actualmente, la catedral de Colonia conserva las reliquias de los Reyes Magos. Las órdenes mendicantes del siglo XIII aportaron a la tradición de hacer el pesebre y, la epifanía tiene un lugar destacado. El Renacimiento aportó la negrura al rey Baltasar

La larga noche del tiempo fue fijando y generando nuevos detalles sobre los Reyes Magos, los cuales impregnaron la tradición cultural europea por siempre jamás. La historia de los Reyes Magos es una historia construida a pedazos, que ha cambiado generación tras generación y que ha llegado hasta nuestros días convertida en espectáculo comercial. Y, como toda buena historia, está hecha a fuego lento.

 

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La teoría evolutiva es mucho más compleja que una reducción a simples competencias individuales. El caso es que, a partir de la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin, se llegó a la conclusión de que las jerarquías sociales existentes dentro de las sociedades contemporáneas eran el resultado de una “selección natural” o de la “supervivencia del más apto”. Aun así, la selectiva aplicación de conceptos biológicos en un marco social y antropológico puede ser muy lesiva por la humanidad.

 

A finales del siglo XIX, el naturalista y filósofo inglés Herbert Spencer impulsó la aplicación de los conceptos biológicos de la “selección natural” y de la “supervivencia del más fuerte” en el campo de las Ciencias Sociales. De este modo, Spencer inventó el concepto de “darwinismo social”, el cual suponía una aplicación tergiversada e intencionada de la teoría evolutiva de Darwin.

El concepto hizo mucho furor dentro de los círculos académicos, como por ejemplo en la escuela económica neoclásica o marginalista, representada por los economistas Jevons, Menger, Walras, Pareto o Marshall. Esta corriente de pensamiento económico se centró principalmente a explicar los comportamientos individuales y el intercambio de bienes y servicios, abandonando los grandes temas clásicos referentes a la generación de riqueza y su distribución, las cuales habían ocupado los análisis económicos desde medios del XVII.

Aun así, no es por casualidad que este concepto tuviera gran aceptación —sobre todo entre el alta sociedad europea— dado que apareció justo en el momento en que las antiguas monarquías europeas se transformaban en los modernos Estados actuales, adoptaban el capitalismo como el único sistema socioeconómico y abandonaban el mercantilismo para siempre.

De este modo, los Estados occidentales —incluyendo los emergentes Estados Unidos— empezaron a dar gran importancia a la competencia entre individuos —entiéndase aquí también entre empresas, territorios o países— dentro del siempre defendido libre mercado y a justificar el porqué existen actores fuertes que ven aumentar su riqueza y su poder, en contraposición de los agentes considerados débiles que ven disminuir su riqueza y su poder, ¡si es que alguna vez tuvieron!

Por lo tanto, el “darwinismo social” solo significaría la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes. Desde entonces, el concepto ha acontecido muy popular entre las sociedades occidentales, el cual ha sido ampliamente divulgado en los círculos académicos y sociales, dado que ha proporcionado a las sociedades occidentales una justificación seudocientífica de sus posiciones privilegiadas en todo el mundo. Además, ha permitido continuar justificando racionalmente su pasado colonizador de América, África y Asia. E incluso, les ha permitido justificar la misoginia.

Los Estados occidentales —incluyendo los emergentes Estados Unidos— justifican el porqué existen actores fuertes que ven aumentar su riqueza y su poder, en contraposición de los considerados agentes débiles que ven disminuir su riqueza y su poder.

Naturalmente, ¡existen otras opciones!

A las antípodas de Spencer encontramos al geógrafo y zoólogo ruso Piotr Kropotkin quien, a finales del XIX, aportará una mirada totalmente opuesta al “darwinismo social”. Para Kropotkin, la cooperación es el factor clave en la evolución humana, mientras que la competencia acontece una cuestión paralela.

A través de su libro “El apoyo mutuo: un factor en la evolución”, Kropotkin desgrana como la cooperación y la ayuda recíproca son prácticas comunes y esenciales dentro de la naturaleza. Si los humanos renunciamos a la solidaridad y la sustituimos por la codicia, será cuando aparecerá la estratificación social, se justificará el absolutismo y se acabará endulzando el fascismo. Este último estado no lo pudo observar Piotr Kropotkin, pero, en cambio, sí que lo pudo describir magníficamente George Orwell en su conocida fábula de “La revuelta de los animales”.

De este modo, solo una moral basada en la libertad, la solidaridad y la justicia podrá superar nuestros instintos destructivos, los cuales también forman parte de la naturaleza humana. Por lo tanto, será de vital importancia que la ciencia sea el cimiento de la ética, obligándola a rehuir de cualquier principio que sacralice el poder. Y también será importando el estudio constante de las estructuras sociales, las cuales nos permitirán producir el conocimiento necesario para cubrir las necesidades humanas, base para el desarrollo de una sociedad libre.

Aquellos que piensen que “la libertad es hacer todo aquello que uno quiere”, ¡son tontos! Hegel afirmaba que “la libertad es conciencia de la necesidad” y Montesquieu, muy bellamente decía que “la libertad es poder hacer aquello que tenemos que hacer”. Después hay los farsantes que dicen que “la libertad es no tener límites”. ¿Y dónde encuentra esto? Quizás en la geometría, donde solo hay el punto y la recta o las curvas regulares. No, la vida es pura exigencia con límites. Una libertad que no sea con responsabilidad es un fraude —afirma el filósofo español Antonio Escohotado en su obra “Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad”.

Por lo tanto, el apoyo mutuo es el término que describe la cooperación, la reciprocidad y el trabajo en equipo, el cual compuerta o implica un beneficio mutuo para las personas que cooperan o que están involucradas. Existen infinidad de ejemplos de mutualismo dentro del reino animal y vegetal, como por ejemplo el trabajo colaborativo que hacen las hormigas a la hora de recoger los alimentos para el invierno; o la estrategia tan eficaz de las plantas, que aprovechan la interacción con los insectos y pájaros para polinizar. Más de ciento setenta mil especies acaban contribuyendo al 35 % de la producción global de cultivos alimentarios.

Ciertamente, la naturaleza está llena de ejemplos y Kropotkin aporta infinidad de argumentos para demostrar que los humanos somos interdependientes. De hecho, esta es la clave de nuestro éxito como especie dentro de la evolución humana, hasta el punto de que las primeras sociedades humanas practicaron esta estrategia cuando era una cuestión de supervivencia.

La idea del individuo socialmente independiente es un mito que ha sido ampliamente promovido por los Estados occidentales —sobre todo en el mundo anglosajón— y por las grandes corporaciones multinacionales, las cuales han proyectado infinidad de modelos triunfantes de hombres y de mujeres hechos a sí mismos. La clara visualización de sus triunfos ha permitido al sistema modelarnos a partir del concepto de Spencer. De alguna manera, se ha conseguido convertirnos en consumidores atomizados y fácilmente controlables, dado que desde que somos pequeños se nos educa para acontecer personas individuales, autosuficientes, independientes, posesores de propiedades o portadores de smartphones que, a pesar de que nos facilitan la conexión entre nosotros, paradójicamente nos abocan al aislamiento. Sin saberlo, llevamos incrustado el darwinismo social dentro de nuestros cerebros.

La idea del individuo socialmente independiente es un mito el cual ha sido ampliamente promovido por los Estados occidentales —sobre todo en el mundo anglosajón— y por las grandes corporaciones multinacionales, las cuales han proyectado infinidad de modelos triunfantes de hombres y de mujeres hechos a sí mismos.

Nuevas maneras por viejas estrategias

Célebre es la frase de Voltaire cuando dice que “la civilización no suprime la barbarie, sino que la perfecciona.” Aunque parezca extraña, la frase continúa siendo actual. La esclavitud ha existido siempre y siempre existirá, solo que el mundo contemporáneo ha suavizado los métodos. ¿Cuáles son los dos aspectos que un ser humano defendería con su vida? Sus hijos y un lugar donde permanecer.

Y actualmente, ¿cuáles son los dos mecanismos que nos subyugan al sistema? Pues, formar una familia y adquirir una vivienda. La habilidad del sistema rae en el hecho de que ha sido capaz de crear negocios rentables alrededor de estos dos principios. Es por eso que se ha fomentado el deseo de la propiedad privada y la formación de la familia ideal como entidad de consumo, al mismo tiempo que se han ido congelando los salarios, han subido los precios de las viviendas y han ido aumentando el coste de la vida. De este modo, se ha conseguido una población de dependientes y convencidos por gran parte de sus vidas. Estos son quien se endeudará y se someterá ante un trabajo precario o de una ley injusta a fin de mantener estos estándares que impone el sistema. Es por eso que está en nuestras manos decir ¡no más!

El mutualismo en Cataluña

En Cataluña, existen infinidad de ejemplos de mutualismo, los cuales tienen su origen en los gremios y las cofradías de la edad media. Desde finales del siglo XIX, las mutuas, las cooperativas o las asociaciones han acontecido uno de los rasgos distintivos de la sociedad catalana. ¡Solo hay que ver la recaudación de la Maratón de TV3 año tras año! La riqueza de su tejido asociativo muestra una gran diversidad de entidades que vertebran nuestro país, que van desde asociaciones de ocio y deporte, de mutuas o aseguradoras de salud, de previsión social, a cooperativas agrarias, pasando por asociaciones culturales o vecinales hasta llegar a las organizaciones políticas, las cajas de ahorro o la banca comunitaria.

La banca comunitaria se sustenta sobre el principio del mutualismo, el cual se basa en las tendencias asociativas de los seres humanos para conseguir satisfacer sus necesidades a través de la cooperación voluntaria y pacífica, la ayuda mutua y la solidaridad en un modelo donde los productores intercambian libremente productos y servicios.

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Desde hace tiempo, la historia nos devuelve a un viejo debate aún no resuelto: ¿qué es exactamente España? Una pregunta difícil que ha tenido que afrontar un puñado de generaciones. Por el camino ha habido toda clase de debates, promesas, triunfos y derrotas. Y, a pesar de todo, todavía estamos lejos de encontrar una respuesta.

Oriol Garcia Farré, historiador y agente 11Onze

 

Después de la larga noche franquista, a España se le plantearon nuevos retos a partir de 1975. El Estado tenía que encontrar el equilibrio entre la reforma que proponía el gobierno franquista y la ruptura que pedía parto de la oposición. La solución pactada fue la de transitar juntos hacia un nuevo régimen fundamentado en una nueva Carta Magna. La Constitución Española de 1978 se dividió en diez títulos y 169 artículos. En el texto, el término “nación” aparece tan solo en dos ocasiones, mientras que el término “Estado” contiene 90 entradas.

La primera y más importante mención a la “nación” es la que abre el Preámbulo. “La nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de todos los que la integran, en uso de su soberanía…”, empieza el texto fundacional, tal como si la misma nación redactara el que se leerá. Más adelante, esta “nación” autoproclamada expresa la voluntad de “constituirse en un Estado social y democrático de derecho”, el cual desplegará todos sus órganos y funciones.

 

La “nación”, objeto de litigio

Según parece, la alusión a “los que la integran” se refiere a los individuos. En efecto, el artículo 2 fundamenta la Constitución en “la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, la cual “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y las regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Justamente este artículo es objeto de continuo litigio.

Este famoso artículo 2, en realidad, parece que nos está diciendo que no son los individuos quienes deciden o desean una cosa, sino la nación. Porque la nación es quien ostenta la soberanía, no el pueblo. Y quien hace esta proclamación de la soberanía tampoco es el pueblo, sino que está personificada en la figura del Rey de España. Por lo tanto, todo aquello que integra la nación resulta confuso.

El reino de las “nacionalidades”

Ciertamente, la alusión a las nacionalidades y a las regiones apunta a la vieja idea de la división territorial del reino. Esta palabra —“reino”— no se menciona en ninguna parte en la Constitución. Cosa extraña, dado que España se configura, en su forma, como reino. Reino de España, en singular. Pero entonces, ¿qué son las nacionalidades? ¿Qué esconde el término para referirse a estas entidades orgánicas etnoculturales?

Parece evidente que se trata de un expediente púdico para aludir, sin denominarlos, a los antiguos reinos de Hispania, además de Castilla, formados por: Cataluña, Valencia, Mallorca, Aragón, Navarra, Galicia, el País Vasco, Andalucía (y Portugal). Por lo tanto, ¿cuál es el sentido y la función de las nacionalidades y de las regiones? Imposible saberlo, puesto que estos conceptos no vuelven a aparecer en todo el redactado de la Constitución.

 

Todo gira en torno a la “reconquista”

Contra el discurso repetido como un mantra dentro del sistema escolar franquista, el aprendizaje de España se articuló en función del concepto de “reconquista”. Se trata de un término historiográfico —empleado todavía en los currículums de secundaria de Castilla— que describe el proceso de recuperación del mundo feudal por encima del mundo musulmán y judío, porque se entiende que los musulmanes no eran los legítimos propietarios de la geografía hispánica…

Este proceso arrancó al poco de la llegada de los árabes a la península Ibérica en el siglo VIII y finalizó con los Reyes Católicos en el siglo XV, los cuales acabarían unificando “España” como un Estado integral. Esta Reconquista acabaría forjando “el espíritu español”. O sea, argumentos históricos para justificar el nacionalcatolicismo impuesto después de la Guerra Civil.

Aun así, no parece que haya existido nunca ‘de facto’ una “nación española”, es decir, integradora de nacionalidades y regiones, como nos quiere hacer creer la Constitución actual. Ni siquiera es seguro que se haya consolidado nunca como Estado-nación, en el sentido moderno. ¡Lo vemos a continuación!

“No parece que haya existido nunca ‘de facto’ una ‘nación española’, es decir, integradora de nacionalidades y regiones, como nos quiere hacer creer la Constitución actual”

De la confederación al absolutismo

El Estado dinástico, iniciado por los Reyes Católicos, como hemos afirmado, acabó convirtiéndose en un Estado absolutista. Antes de serlo, había tenido que restringir el poder de la nobleza, forzar la adscripción a la religión católica y cohesionar todo el poder en una devoción leal al Rey. En contra de lo que piensan algunos, la lengua quedó al margen de este esquema de poder. Por lo tanto, no fue nunca un elemento unificador hasta principios del XVIII, aunque el franquismo intentara falsear la historia una vez más.

El poder se fue organizando alrededor de cinco Consejos de Estado: Castilla, Aragón, Italia, los Países Bajos, Portugal (1580-1640) y las Indias Occidentales. Por lo tanto, los diferentes territorios que configuraban la geografía de la Corona de Hispaniae —plural de Hispania— mantenían la administración, la moneda y las leyes propias. En este sentido, se trataría de un tipo de confederación de nacionalidades, las cuales conservaban sus peculiaridades, fueros y tradiciones.

El predominio de Castilla (que aglutinaba a Galicia, Asturias y León) sobre los otros reinos existentes de la península Ibérica cada vez fue más evidente, por extensión y población y, sobre todo, después de incorporar a las Indias Occidentales en el reino castellano, que lo hizo a título de “descubrimiento”, con todo lo que significó. De este modo, la progresiva traslación de la economía del mediterráneo hacia el atlántico comportó un cambio de paradigma en las relaciones entre los diferentes territorios que configuraban la Corona Hispánica.

Esta pluralidad, no sin sobresaltos, fue derivando hacia una mayor centralización del poder. Pero el salto definitivo se produjo después de la guerra de Sucesión y la subsiguiente entronización de la dinastía borbónica al trono castellano. Entre 1707 y 1716, el nuevo rey Felipe V fue promulgando los conocidos Decretos de Nueva Planta por los diferentes territorios de la corona de Aragón como castigo por su rebelión y como derecho de conquista. En cambio, esta pérdida de autonomía no afectó nunca ni a Navarra ni a las Provincias Vascas, dado que estos territorios habían sido fieles a la causa borbónica.

Fue entonces cuando Castilla se transformó en la España borbónica: una monarquía absoluta y fuertemente centralizada. Prueba de este proceso, Felipe V escribía el 1717: “He juzgado por conveniente […] reducir todos mis Reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y tribunales, gobernándose todos igualmente por las leyes de Castilla”. Así, como resultado de una represión y por derecho de conquista, una España castellanizada a la fuerza se empieza a configurar como un moderno Estado (de importación francesa) nacional (de exportación castellana). Naturalmente, la ilusión duró muy poco.

“De las nueve constituciones españolas contemporáneas, todas tienen en común una misma afirmación: son una constitución de la monarquía y de confesión católica”

La ilusión fallida de la “república federativa”

El ilustrado y escritor José Marchena (1769-1821), exiliado en Bayona para escapar de la Inquisición, escribió en 1792 un revelador informe para Jacques Pierre Brissot, un girondino y ministro de asuntos exteriores de la República Francesa, sobre las dificultades de implantar en España una constitución parecida a la francesa de 1791. Sus palabras son bastante reveladoras: “Francia ha adoptado ahora una constitución que hace de esta vasta nación una república unida e indivisible. Pero en España, las diversas provincias de las cuales tienen costumbres y usos muy diferentes y a la cual se tiene que unir Portugal, solo tendría que poderse formar una república federativa”.

En un sentido similar, en 1808, en Cádiz, el célebre político gerundense, Antonio de Campmany, escribió, apenas empezada la Guerra del Francés, en la famosa publicación ‘El Sentinella’: “… En Francia, pues, no hay provincias, ni naciones; no hay Provenza, ni provenzales; ni Normandía, ni normandos. Todos se borraron del mapa de sus territorios e incluso sus nombres […]. Todos se llaman franceses”. Y más adelante detalla: “¿Entonces, que sería ya de los españoles si no hubiera habido Aragoneses, Valencianos, Murcianos, Andaluces, Asturianos, Gallegos, Extremeños, Catalanes, Castellanos? Cada uno de estos nombres inflama el orgullo de estas pequeñas naciones, las cuales configuran la gran nación”.

Década detrás década, de las nueve constituciones españolas redactadas durante la edad contemporánea (1812-1978), todas tienen en común —con pequeños matices—, una misma afirmación: son una constitución de la monarquía y de confesión católica, la religión del Rey y de la nación. Por lo tanto, la unidad de la nación es la unidad de la monarquía.

¿Existe, pues, una nación de naciones?

 

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¿Hay algo mágico en el Día de Todos los Santos? ¿Celebramos la Castanyada como quien celebra el Halloween en los países anglosajones? ¿Veneramos la muerte o la vida? Festejar el otoño con panellets, castañas y boniatos quizás tiene más que ver con nuestro pasado agrícola de lo que pensamos.

 

El proceso genético y cultural que los humanos experimentamos hace unos cinco millones de años nos capacitó para transformar objetos en utensilios, hecho que nos permitió adaptarnos con más eficacia a los diferentes climas de la tierra. La movilidad fue clave para nuestra supervivencia. Pero, hace 10.000 años aproximadamente, ese nomadismo se vio alterado por un descubrimiento aún más revolucionario: la agricultura

La posibilidad de producir el propio alimento comportó que nos estableciéramos en zonas aptas para el cultivo y, al mismo tiempo, nos permitió estabular las manadas salvajes para asegurarnos la proteína de todo el año. Estas sociedades sedentarias primitivas quedaron condicionadas para siempre jamás más por un calendario agrícola y ganadero. Será entonces cuando aparecerán las primeras evidencias del culto a los dioses, a las diosas y a los antepasados. 

¿Y que tiene que ver todo esto con Todos los Santos? Pues que la antropología ha estudiado a fondo cómo, en el origen de la festividad hay un patrón, una creencia, que se da de manera similar en infinidad de culturas de todo el mundo. Su punto de partida siempre es el mismo: la celebración del nacimiento de un periodo de oscuridad que se alarga hasta un periodo de luz. Así es como encontramos festividades como las de la Pomona romana, la del Samhain celta o el Udazkena vasco. 

De este modo, el Samhain o el Udazkena marcaban el inicio en el calendario agrícola del periodo en el que los campos y las tierras se volvían yermos —similar al mundo de los difuntos— hasta que, con la llegada de la primavera, todo volvía a empezar. Se iniciaba así un nuevo ciclo de la vida. Estas creencias paganas que practicaban los habitantes del ‘pagus’ —los payeses— se mantuvieron muy arraigadas durante milenios hasta la irrupción del cristianismo en el siglo I. 

El mundo católico se apropia de las tradiciones paganas

El inicio del fin del paganismo vino de la mano del Papa Bonifacio IV, que en el 610 consagró el Panteón romano de Agripa, que hasta entonces se había dedicado al culto pagano de Júpiter. Aprovechando este hecho, instituyó una fiesta que conmemoraba a todos los santos desconocidos y anónimos de la cristiandad y que se celebraba el 13 de mayo. 

Pero no fue hasta mediados del siglo IX, a raíz del Renacimiento carolingio, cuando se instaura, definitivamente y por todo el occidente medieval, lo que conocemos como la festividad de Todos los Santos. La encíclica papal de Gregorio IV del año 840 promulgó la cristianización definitiva de todos los territorios del imperio y obligó a sustituir las fiestas paganas, como por ejemplo el Samhain o las de Pomona, por la de Todos los Santos, cambiando la fecha de celebración al 1 de noviembre. Durante centurias, el mundo católico continuó su política de suplantar tradiciones ancestrales paganas por acontecimientos de iglesia, mientras que en el mundo anglosajón, donde el protestantismo era preeminente, relajó esta presión. 

Hoy en día, observamos que mientras Todos los Santos es más bien un día oscuro, triste, de recogimiento, en cambio, Halloween —‘All Hallow’s Eve’— es festiva, dulce, divertida y, eso sí, muy amplificada por el aparato propagandístico norteamericano. En el resto del mundo, como por ejemplo en Filipinas o México —y sobre todo a raíz de la película ‘Coco’, de Pixar—, la festividad tiene, todavía más, un cariz festivo: no solo se visita la tumba del difunto, sino que se celebra un picnic familiar a su alrededor, donde se colocan máscaras, cintas de colores e, incluso, se cocinan platos especiales. 

 

En Cataluña, alegría y severidad

En cuanto a nuestra cultura, según narra el folclorista y etnólogo Joan Amades en su conocido ‘Costumari català’ (Salvat Editores, 1982), el Día de Todos los Santos tiene dos caras muy diferentes: la alegre y festiva de la mañana y la rigurosa y severa de la tarde. Esto es así porque, tal y como recuerda Amades, existe la creencia que, justo cuando se cumple el medio día del 1 de noviembre, las personas que han muerto hace poco tiempo vuelven unas horas a vivir con su familia. 

Incluso había la tradición, en algunas casas de Barcelona, de poner los cubiertos sobre la mesa para el difunto, como si fuera un invitado más. Así mismo, era muy común, el 1 de noviembre, convocar a los difuntos en casa, pero también ayudarlos a volver a la eternidad. Por eso, en la fachada de las casas era habitual colgar unos farolillos, y también se ponían sobre las tumbas. 

En el ‘Costumari català’, Amades también rememora una costumbre típica de las poblaciones rurales, donde era popular hacer ofrendas de pan a los difuntos dentro de los cementerios. Esta tradición evolucionó hasta los populares panellets, que los panaderos convirtieron en un negocio. 

Siguiendo con la gastronomía, por estas fechas las castañas, los boniatos y los panellets han sido y son los alimentos más usuales. Como anécdota, por ejemplo, se explica que en algunas zonas de Cataluña había la superstición de que, si comías castañas, se te caía el pelo y, por eso, las mujeres no querían comerlas. Por este motivo, las castañas se sustituían por piñones. Quizás por eso muchos panellets se envuelven con las semillas del pino.

En definitiva, el Día de Todos los Santos, de hoy, de antes y de mucho antes, siempre responde al mismo espíritu: mantener viva la memoria de nuestros antepasados y venerar el ciclo de la vida que tan bien se expresa en el mundo campesino.

 

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Hasta mediados de siglo XX, la versión oficial sobre la expedición transoceánica que supuso el descubrimiento del “Nuevo Mundo” se movió entre el mito y el argumentario romántico. Pero nada de lo que se había explicado hasta entonces ha resultado ser del todo cierto, ni siquiera lo son los lugares tanto de salida como de vuelta. Durante décadas, un reducido grupo de historiadores —rechazados por la Academia e ignorados por los medios— han persistido en su trabajo de descoyuntar una telaraña premeditada de falsedades que rodean los verdaderos hechos.

 

Si rehuimos de la fantasía y nos centramos en hacer un verdadero análisis de la realidad histórica, la cual está fundamentada en el estudio objetivo y científico de las fuentes documentales —sean directas o indirectas, primarias o secundarias— rápidamente nos daremos cuenta de que la usurpación de la identidad histórica sobre la expedición transoceánica realizada contra el almirante catalán Cristóbal Colón es un hecho real. ¡Y así es!

Sin ninguna mochila —ni económica ni institucional— que condicione las investigaciones, un reducido grupo de historiadores han sido capaces de encontrar la mirada silenciada por la censura castellana sobre el descubrimiento de América y la identidad real de sus protagonistas. Los estudios comparativos de manuales divulgativos, historias generales o planisferios, tanto de ediciones castellanas, portuguesas como francesas, han permitido descubrir como la Corona de Castilla —a través de una penetrante censura apoyada por unas de leyes específicas— llegó a controlar la mayor parte de los textos que narran los hechos sobre la emprendida americana. Por suerte, la curiosidad ha desenmascarado la manipulación y ha revelado la tosquedad con la cual trabajó la Corona de Castilla para fiscalizar los hechos, a fin de confundir la opinión pública sobre la verdadera autoría del descubrimiento.

Por lo tanto, tampoco nos tiene que extrañar que la epopeya castellana aparezca a principios del siglo XVI, justo cuando Colón es desposeído de todos los títulos firmados en las “Capitulaciones de Santa Fe” que, recordémoslo, fue el marco jurídico por donde se sustentó todo el descubrimiento de América. Con aquel juicio, la Corona consiguió que los Colón fueran una familia inofensiva para el poder. Ciertamente, a partir de entonces se inició un largo periodo de litigios —primero contra Cristóbal Colón y después hacia sus descendentes— para anular los acuerdos. Durante más de ochenta años, la familia Colón pleiteará contra la monarquía, pero se convertirá una cuestión estéril.

 

Una documentación adulterada

La tarea puesta en marcha —primero por la Corona de Castilla y más tarde por España— ha promovido a lo largo de los siglos un seguido de versiones oficiales y singulares, con infinidad de datos mezclados, lugares inverosímiles de vuelta, personajes reales mezclados con ficticios, cambios de identidad o disparidad de orígenes naturales de los principales personajes. Esto ha permitido configurar un relato novelesco, mutable a los gustos de la audiencia y perfecto para cubrir las necesidades de la política de España, en cada momento. Por lo tanto, no nos debería extrañar que la épica se haya fundamentado en una premeditada nebulosa. Pero esta premeditada confusión se ha empezado a disipar con la aparición de destacados estudios foráneos a los círculos españolistas, los cuales han conseguido revertir la tendencia de repetir como un mantra la narración oficial.

Un ejemplo de este cambio de tendencia han sido las investigaciones de la historiadora norteamericana Alícia Gould, las cuales han permitido reseguir todos los apellidos de los expedicionarios que aparecen en los supuestos registros oficiales de los diferentes viajes de Colón, y se ha llegado a la siguiente conclusión: ¡nada es verdadero, todo es humo! Porque su investigación ha ido mucho más allá de los textos donde aparecen los listados de los nombres de los tripulantes. La investigación ha constatado que la mayoría de los apellidos de los tripulantes no tienen ninguna continuación documental que certifique que tal marinero o personaje —que aparece a los listados— tuvo una existencia efectiva y real. Pero también sorprende muchísimo que en estos famosos listados no aparezca ningún apellido catalán entre la tripulación. Entonces, si pensamos que todos estos apellidos han sido adulterados y buscamos sus equivalentes en catalán —Garay por Garau o Fernández por Ferrandis o Cases por Casaus—, resulta que todos encajan con apellidos muy documentados, no solo como personajes reales catalanes de carne y huesos, sino como marineros, cosmógrafos o militares.

En conclusión, las crónicas colombinas que nos han llegado denotan una clara adulteración, dado que están llenas de anacronismos e importantes incoherencias temporales, cosa que parece inexplicable cuando teóricamente —la fuente principal— fue escrita por un bibliófilo, culto y con gran memoria, como fue el hijo de Colón. La crítica textual ha permitido demostrar que todos estos supuestos originales han sido retocados. Por este motivo, creerse las fuentes a ojos cerrados, sin ejercer ningún tipo de crítica documental, ni sospechar de las intencionalidades políticas de los arreglistas de los libros, nos lleva, más que al rigor y al academicismo historiográfico, directamente a la fe.

La tarea puesta en marcha —primero por la Corona de Castilla y más tarde por España— ha promovido a lo largo de los siglos un seguido de versiones oficiales que permiten configurar un relato novelesco, mutable a los gustos de la audiencia y perfecto para cubrir las necesidades de la política de España, en cada momento.

El punto de salida de la expedición

Hoy sabemos por destacados trabajos de investigación de las historiadoras —tanto de la pionera Núria Coll como de Eva Sans— que la villa de Pals d’Empordà tuvo un importante puerto natural. Y lo sabemos porque estos estudios han permitido documentar infinidad de testigos que hablan sobre transacciones comerciales que se llevaban a cabo y, por lo tanto, se había convertido en un relevante puerto comercial desde principios del siglo XIII. Además, la toponimia y la arqueología del paisaje han permitido identificar tanto restos de edificaciones como accidentes geográficos documentados en antiguas cartografías. Todo esto, compaginado con estudios paleo-hidrográficos del entorno de Pals, vienen a confirmar aquello que los documentos testimonian.

Si tenemos presente que la superficie del planeta está expuesta a un cambio constante que provoca movimientos regulares, y entendemos que los mares se alejan de las playas o al revés, entenderemos que el entorno de Pals de finales del siglo XV no tiene nada que ver con el paisaje de Pals que vemos hoy en día. ¡Es obvio!

Por lo tanto, aquello que sorprende más de la versión oficial —en lo referente al punto de salida de la expedición transoceánica de Colón— es el topónimo de donde sale: Palos de Moguer. Sin duda es el mismo caso que Sant Esteve de les Roures, dos lugares que no existen, ni han existido nunca. Ciertamente, en la provincia onubense existen dos pueblos, separados por 16 km, que responden al topónimo de Palos de la Frontera y Moguer. Ambos casos se encuentran además de 40 km del litoral atlántico. Y por si no fuera suficiente, todavía sorprende más cuando averiguamos que ninguno de los dos lugares ha sido nunca rodeado por murallas ni han tenido un campanario de estilo gótico catalán de 21,28 metros de altura.

Tengamos presente que en el siglo XV, Cataluña se había convertido en una importante potencia náutica europea. De hecho, es donde se encontraban las más destacadas escuelas de pilotos, centros de cosmografía, talleres de instrumentación por la navegación y montón de especialistas en confección de cartas náuticas. Además, desde mediados de siglo XIII, el Principado había llevado a cabo una política insular muy activa que consolidó más de un centenar de consulados de mar esparcidos en todo el Mediterráneo.

En cambio, por la misma época, en Castilla no había ni escuelas de náutica, ni escuelas de pilotos, ni centros de cosmografía, ni ningún tipo de infraestructura náutica capaz de llevar a cabo una expedición transoceánica como la que realizó el almirante catalán Cristóbal Colón. Son muchos los historiadores que remarcan la profunda contradicción que supone la expedición americana en sí misma, dado que esta sería ejecutada en un contexto donde Castilla todavía continuaba guerreando dentro de su territorio contra el mundo árabe, no disponía de ninguna infraestructura comercial desarrollada, y menos todavía, tenía una flota naval suficientemente potente para llevarla a cabo. En un contexto de una profunda crisis económica —que acabará con la revuelta de las Comunidades castellanas— se hace extraño que Castilla tuviera a la vez suficiente capacidad militar, y sobre todo náutica, para poner en marcha una expedición transatlántica. Como dato relevante, la creación del primer consulado castellano —el de Sevilla— se hará efectivo en 1543.

Pero la prueba definitiva sobre el punto de salida de la expedición de Colón nos la da Antonio de Herrera en la portada de su obra “Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Oceano”, donde en ambas ediciones de 1601 y la de 1726 aparece un grabado que teóricamente quiere ilustrar “la villa de Palos” de Andalucía, cuando en realidad nos está representando meticulosamente la silueta de villa de Pals d’Empordà. Solo hay que observar el grabado para reconocer rápidamente su característico campanario. Aun así, aparece la representación de las tres carabelas, las cuales curiosamente llevan la bandera catalana, cosa que se repite sucesivamente en los grabados que ilustran el interior de la obra. Y por si todo esto no fuera suficiente, la cita que acompaña el grabado dice textualmente: “El Almirante salió de Palos, villa del conde de Miranda, a descubrir”. Pues, como ha remarcado la historiografía española, el Palos andaluz pertenecía al conde de Niebla. En cambio, el señor de Miranda era el conde d’Empúries. ¡Continuamos!

Palos de Moguer es, sin duda, el mismo caso que Sant Esteve de les Roures, ¡dos lugares que no existen, ni han existido nunca!

El punto de vuelta y recepción de la expedición

Hoy sabemos de lo cierto que el almirante catalán Cristóbal Colón fue recibido con todos los honores por los monarcas católicos en el Palacio Real de Barcelona, el 3 de abril de 1493, después de haber completado el primer viaje transoceánico. Y este acontecimiento —aceptado por toda la historiografía— fue absolutamente silenciado por la versión oficial hasta no hace mucho.

Durante siglos, tanto Portugal como Andalucía ostentaron de este privilegio, hasta la irrupción del estudio del historiador Antoni Rumeu de Armas, quen a través de su extenso trabajo “Colón en Barcelona” —y publicado en plena dictadura franquista (1944)— tuvo la valentía de documentar la llegada del Descubridor de América a la capital catalana. El estudio de Rumeu de Armas fue un trabajo clave para el futuro de los estudios colombinos, y contribuyó con una innovadora investigación —por el detalle y por la precisión de la investigación— en testimoniar como la ciudad de Barcelona tuvo un papel fundamental en el descubrimiento del “Nuevo Mundo”. A partir de entonces, no han parado de aparecer documentos de todo tipo que constatan que el recibimiento del descubridor se hizo en Barcelona.

Rumeu de Armas fue capaz de demostrar que la versión oficial estaba edificada sobre una falsedad cuando se hablaba de Palos de Moguer como el lugar de salida y vuelta de la expedición. El análisis de la documentación —sobre todo del diario de a bordo— permitió demostrar que el binomio Pals de Ampurdán-Barcelona fueran los verdaderos puntos de salida, vuelta y recepción de la expedición. Del diario de a bordo también se deduce que la expedición fue planificada como un viaje de reconocimiento. Por lo tanto, de una corta duración y con una vuelta más o menos fijada.

En este primer viaje, Colón había conseguido encontrar el continente perdido del cual hablaban infinidad de textos antiguos: las tierras existentes en el otro lado del Atlántico “y que desde el hundimiento de la Atlántida habían quedado incomunicadas”. Y como prueba de este descubrimiento, de este “Nuevo Mundo”, presentó ante los reyes y las altas instancias del reino, los indígenas, animales, metales preciosos y plantas que habían traído. Pruebas fehacientes que demostraban que venían de unas tierras hasta entonces desconocidas.

Aun así, los Reyes Católicos —desde el verano de 1492— se alojaron entre Barcelona, Girona y Figueres, dado que el Principado se encontraba inmerso en un conflicto territorial con los franceses, que habían invadido la Cerdaña y el Rosselló, a fin de intercambiarlos por el reino de Nápoles. Entonces, el rey Fernando el Católico —que velaba por los intereses de sus estados— empezó a organizar la defensa militar del territorio. Y es por este motivo que ambos monarcas encontrándose en Cataluña y sabiendo que la expedición era solo de reconocimiento y, por lo tanto, de corta duración, esperaron la vuelta de Colón a Barcelona. Y fue allí hasta donde se acercó una delegación portuguesa para negociar el reparto de las nuevas tierras descubiertas, proceso que finalizará con el Tratado de Tordesillas. Y también fue hasta allí donde llegaron las bulas de donación pontificia —del Papa Borja, “il papa catalano”— las cuales serían hechos públicos por el obispo Pedro Garcia de Barcelona. Además, las crónicas contemporáneas explican que la audiencia de Barcelona tuvo un grandísimo eco, y que el recibimiento fue una auténtica fiesta popular y espontánea, con todos los barceloneses festejándolo en la calle, un hecho que no recoge ninguna crónica castellana.

Tal como explica la crónica del Padre Casaus, el oro que llegó del segundo viaje de Colón fue requisado íntegramente por los oficiales y aduaneros del reino, cosa que permitió sufragar la campaña de recuperación de la Cerdaña y el Rosselló, y permitió financiar la construcción de la fortaleza de Salses. Pero el hecho más preocupante sucederá en el decurso del tercer viaje, cuando Francisco de Bobadilla —con amplios poderes para juzgar al almirante— confiscará la totalidad de su mercancía argumentando que no se habían enviado todas las riquezas promesas a la Corona. De este modo empezó una auténtica campaña de desprestigio público que acabaría con la detención de Colón.

Toda la documentación sobre el proceso contra Colón ha desaparecido. Por fuentes indirectas, se sabe que la Corona requisó toda la documentación que Colón tenía que aportar en defensa propia. Y también se sabe que los informes en que se basaron las acusaciones fueron elaborados por Pere Bertran Margarit y Bernat Boïl, representantes de la Corona. Por lo tanto, no nos debe que extrañar el tipo de juicio-farsa —cosa a la que ya nos tiene acostumbrados la Corona de Castilla— en el cual se vio involucrado primero Cristóbal Colón y después su familia. En un acto de osadía extraordinaria, la Corona se extralimitó cuando desposeyó por medio de falsedades —al navegante más famoso del momento— de todos sus títulos adquiridos merecidamente.

Llegados hasta aquí, la historia del descubrimiento de América es una cuestión inmoral para los catalanes. Desde el siglo XV, la catalanofobia ha marcado las relaciones entre Castilla y Cataluña. No podemos continuar aceptando el origen genovés del Descubridor, no podemos continuar creyendo que la configuración de la tripulación de las tres carabelas fuera castellana y —por encima de todo— no podemos continuar legitimando a Castilla como la promotora de la expedición transoceánica que supuso el descubrimiento del “Nuevo Mundo”. Perdón, según la versión oficial, con la ayuda inestimable de la reina Isabel de Castilla que —con el empeño de sus joyas personales— ayudó a sufragar todos los gastos del viaje. Todo ello, ¡no tiene ningún sentido!

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Antonio Rumeu de Armas: En Colom a Barcelona, Editorial Llibres de l’Índex, 2012. 
  • Eva Sans i Narcís Subirana: El Port de Pals. ANNALS de l’Institut d’Estudis Gironins, Volum LIV, Girona, 2013.
  • David Bassa i Jordi Bilbeny: Totes les preguntes sobre Cristòfor Colom. Col·lecció Descoberta, Editorial Llibres de l’Índex, 2015.
  • Jordi Vila: Les Capitulacions colombines de 1492: un document català. 1r Simposi sobre la Descoberta Catalana d’Amèrica, Arenys de Munt, 2001.
  • Jordi Bilbeny: Cristòfor Colom, príncep de Catalunya, Proa, Col. Perfils, Barcelona, 2006.
  • Jordi Bilbeny: Inquisició i Decadència: Orígens del genocidi lingüístic i cultural a la Catalunya del segle XVI, Librooks, Barcelona, 2018.

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La adopción de una nueva lógica económica a principios del siglo XIX, permitirá adquirir una posición dominante a ingleses y holandeses por encima del resto de economías europeas, y por extensión, por encima del resto de economías del mundo. Este hecho provocó que las antiguas monarquías europeas —Castilla, Portugal, Francia, Austria, Prusia o Rusia— buscaran la manera de abrazar aquella moderna visión socioeconómica con el fin de erradicar su pobreza endémica, pero a diferencia de los primeros, les causará unos tumultuosos procesos de adaptabilidad hacia el nuevo sistema económico.

 

A principios del siglo XVII, los primeros imperios coloniales de raíz profundamente católica —como Castilla o Portugal— se desangraban estructuralmente a consecuencia del combate encarnizado durante décadas contra el mundo protestante y turco, cosa que les estaba provocando importantes pérdidas de recursos económicos y una creciente deslegitimación territorial. La represión ejercida por los integristas católicos castellanos —con su rey al frente— contra el mundo calvinista holandés, lejos de subyugar definitivamente aquellos territorios, provocó el efecto contrario, puesto que les hizo aflorar un instinto de supervivencia ampliamente estudiado por las Ciencias Sociales.

En el origen del conflicto encontramos la negativa holandesa de contribuir económicamente a la causa imperial hispana, la cual buscaba universalizar la cultura católica. Durante más de ochenta años, los encuentros imperiales buscaron la manera de romper el anillo protector holandés que se había ido construyendo para contrarrestar la presión ejercida por los famosos tercios de Flandes. Esta línea de defensa estaba compuesta por cuarenta y tres ciudades y cincuenta y cinco fortificaciones. Obligados a vivir dentro de aquel microcosmo territorial, la supervivencia holandesa —como pueblo— exigía racionalizar y sistematizar las iniciativas públicas y privadas.

Antes que nada, Ámsterdam se convertiría el epicentro del poder de las diecisiete Provincias Unidas. Desde allí, se fomentaría la creación de un mercado libre y abierto que fuera capaz de satisfacer las necesidades —en aquel contexto de guerra permanente— de todas las ciudades del territorio neerlandés. Por eso, se animaría a diversificar la agricultura como base de la futura especialización y división del trabajo, se fomentaría la innovación tecnológica a fin de mejorar la producción agrícola, se promoverían ferias y mercados para fomentar el intercambio de bienes y servicios, se amplificarían las redes comerciales internas y se buscarían rutas comerciales externas a través del desarrollo de una potente industria naval, y se garantizaría el derecho a la propiedad privada de los medios productivos. Pero por encima de todo, el gobierno de la federación de las Provincias Unidas velaría por el cumplimiento de todos los contratos comerciales y aseguraría la plena libertad de movimiento, tanto de personas como de mercancías, por medio de la creación de un ejército permanente holandés.

Por lo tanto, todo este nivel de organización fruto de la conjunción entre la cosa pública y el hecho privado estaría pensado para satisfacer las necesidades de la población ante la presión católica, la cual provocaría un aumento significativo del gasto público. Para reducirlo, se desarrollaría un mecanismo de financiación que consistiría en la emisión de títulos de deuda pública a largo plazo, los cuales serían negociados en la recientemente creada bolsa de valores de Ámsterdam.

Obligados a vivir dentro de aquel microcosmo territorial, la supervivencia holandesa —como pueblo— exigía racionalizar y sistematizar las iniciativas públicas y privadas.

¡Y Descartes vino al rescate!

Un hecho trascendente será la contribución del filósofo René Descartes a la mentalidad de la sociedad del norte de Europa. A través de su tratado “El Hombre” argumentará que los humanos estamos divididos por dos componentes distintos: una mente inmaterial y un cuerpo material, entendido este último como una máquina perfecta. De este modo, conseguirá separar la mente del cuerpo y establecer una relación jerárquica entre ambos. Por lo tanto, dado que las clases señoriales dominan la naturaleza y buscan controlarla con fines productivos, la mente tendrá que dominar el cuerpo con el mismo propósito.

Esta mirada será aprovechada por los calvinistas para modelar al “buen cristiano”, dado que será aquel que controle su cuerpo, sus pasiones, sus deseos y de este modo acabará autoimponiéndose una orden regular y productiva. Por lo tanto, cualquier inclinación hacia la alegría, el juego, la espontaneidad o los placeres de la experiencia corporal se considerarán potencialmente inmorales.

Todas estas ideas se fusionarán en un nuevo sistema de valores explícitos: la ociosidad es pecado y la productividad es virtud. Dentro de la teología calvinista, la ganancia se convertirá en símbolo del éxito moral. Será la prueba de la salvación. Para maximizar la ganancia, se animará a las personas a que organicen sus vidas en torno a la productividad y aquellos que se queden atrás —durante la carrera por la productividad o caigan en la pobreza— serán marcados con el estigma del pecado. Esta nueva ética de disciplina y de autodominio se convertirá en el centro de la cultura del capitalismo.

La creación de nuevos monopolios

Hasta entonces, las expediciones comerciales funcionaban a partir de pequeñas flotas creadas y controladas expresamente por las monarquías. La mayor parte de las veces, la empresa se constituía por un solo viaje comercial y, a su retorno, la pequeña flota se liquidaba con el fin de no asumir los costes de mantenimiento. Por lo tanto, la inversión en estas empresas era costosísima y resultaba de alto riesgo, no solo por los peligros habituales de la piratería, las enfermedades y los naufragios, sino también por las condiciones del mercado de especias, donde actuaba una demanda inelástica —poco sensible en el cambio de precios— con una oferta relativamente elástica —cambio de precios que hacía aumentar la oferta—, lo cual podía provocar que los precios cayeran justo en el momento equivocado y arruinaran las perspectivas de rentabilidad de la empresa.

Por lo tanto, si la expedición comercial tenía éxito, se ha calculado que la rentabilidad estaba cerca del 400% respecto a la inversión inicial, cosa que permitía a la Corona dinamizar su economía. En cambio, si resultaba un fracaso, era la misma Corona quien asumía las pérdidas y, en consecuencia, era la población quien acababa pagando la deuda a través de la subida de impuestos y la reducción de salarios, dado que la Monarquía gestionaba la violencia.

Pero a principios del XVII, a través de la formalización de unos acuerdos estables —conocidos como cárteles— se obtuvo de los respectivos gobiernos de Inglaterra y de Holanda unas cartas de privilegio concedidas a iniciativas privadas del sector de las especies para comerciar con las Indias Orientales. Con la creación de la Compañía Británica de las Indias Orientales y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales se pusieron en marcha unos mecanismos empresariales capaces de controlar la oferta y minimizar el riesgo en el comercio mundial de las especies.

La novedad rae en el proceso fundacional de ambas compañías cuando toparon con la problemática de la financiación. Dada la envergadura y los altos costes asociados, los fundadores de las compañías no fueron capaces de financiar la totalidad del coste del proyecto, cosa que provocó la obligatoriedad de conseguir financiación mediante la venta de parte de sus valores a mercaderes y pequeños ahorradores, a los cuales los concedieron una parte de los futuros beneficios de las compañías a cambio.

La bolsa se convierte en la clave del nuevo sistema

De este modo, tanto la Compañía Británica de las Indias Orientales como la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales serán las primeras empresas participadas por accionistas, las cuales cotizarán en la bolsa de valores de Londres y Ámsterdam, respectivamente. A partir de entonces, cualquier empresa inglesa que buscara financiación tendría la posibilidad de comerciar con sus propios valores. En menos de cien años, más de un centenar de empresas inglesas comercializarán sus propios valores en la bolsa de Londres. Por su parte, cualquier residente dentro de las Provincias Unidas tendrá la posibilidad de registrar por escrito —en cualquiera de las 17 Cámaras holandesas— la cantidad de dinero que quiera invertir en bolsa. A principios del siglo XIX, ambas compañías repartirán dividendos anuales por valor de un 40% a todos sus accionistas y serán las primeras compañías que publicarán sus beneficios anualmente.

Sustentados por la racionalidad metódica propia del mundo protestante, tanto ingleses como holandeses conseguirán dar continuidad comercial a aquellas compañías, que a la larga se convertirán en verdaderas multinacionales durante casi trescientos años, gracias a la utilización de la bolsa de valores como mecanismo para financiar las futuras expansiones comerciales. De este modo, el nuevo sistema económico se autorregulará de manera más dinámica y eficiente, a diferencia del antiguo sistema centralizado, el cual todavía restará plenamente vigente. Los nuevos mecanismos financieros y las continuas iniciativas privadas desmenuzarán en pocos años los antiguos monopolios comerciales controlados por los primeros imperios coloniales, los cuales se habían autolegitimado por derecho de conquista a través de los Tratados de Tordesillas, Zaragoza y Cateau-Cambrésis.

Las dos compañías se estructurarán como una corporación moderna de la cadena de suministro global integrada verticalmente y dividida por un conglomerado de empresas que les permitirá diversificarse en múltiples actividades comerciales e industriales, como por ejemplo el comercio internacional, la construcción naval y la producción y comercialización de especias. Las compañías adquirirán tal envergadura a principios del XIX que obtendrán poderes casi gubernamentales sobre sus colonias, como por ejemplo la capacidad de hacer la guerra, encarcelar y ejecutar condenados, negociar tratados, emitir moneda, disponer de bandera propia o conquistar nuevos territorios. El caso más extremo se dará con la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernará India hasta su disolución —a finales del XIX— cuando pasará directamente a manos de la Corona británica.

Por lo tanto, nunca podremos entender la revolución industrial inglesa de finales del siglo XVIII, si la desatamos de la revolución financiera iniciada a principios del siglo XVII. A medida que Inglaterra sea capaz de conseguir más materias primas y más mercados se verá abocada a mecanizar todos sus procesos productivos, a fin de satisfacer la creciente demanda mundial. A mediados de siglo XIX, llegará a controlar el 30% de los mercados mundiales, aunque esto cambiará al finalizar el siglo cuando aparezcan nuevos competidores.

Nunca podremos entender la revolución industrial inglesa de finales del siglo XVIII, si la desatamos de la revolución financiera iniciada a principios del siglo XVII.

Un sistema para satisfacer el bienestar social

A diferencia del mercantilismo, el capitalismo decidirá no consumir todos sus bienes, dado que se organizará de manera racional y metódica con el único propósito de producir, acumular e invertir sus bienes para producir cada vez más. En este sentido, las decisiones de inversión de capital estarán determinadas por las expectativas del beneficio, por lo cual la rentabilidad del capital invertido tendrá un papel fundamental en cualquier actividad económica.

Los sabios ilustrados defendían el capitalismo como el único sistema económico capaz de generar suficiente riqueza para satisfacer el bienestar social, el cual solo sería posible mantener a condición de que se generara un crecimiento económico continuado en la producción de bienes y servicios. Así pues, cubrir esta crucial necesidad social solo será posible si se da una progresiva especialización en el trabajo o bien si se van adquiriendo nuevas habilidades por parte de individuos, empresas, territorios o países. Pero también habrá que mantener inalterable y sin intromisiones la existencia de la libre competencia —argumentada mediante la ley de la oferta y la demanda— la cual requerirá una voluntad de querer hacerlo sin coerciones ni fraudes por parte de los partícipes durante las transacciones comerciales.

Este innovador sistema económico implicará una nueva manera de hacer que se fundamentará sobre la existencia de tres axiomas claves: la acumulación de capitales como fuente para el desarrollo económico, una fuerte privatización de los medios productivos y la obligatoriedad de obtener beneficios constantes. Por lo tanto, los teóricos del capitalismo serán conocedores que el mantenimiento del nuevo sistema económico obligará a buscar sistemáticamente nuevos mercados y a crear nuevas dependencias de consumo cada vez más agresivas entre individuos, empresas, territorios o países de todo el mundo.

El mantenimiento del nuevo sistema económico obligará a buscar sistemáticamente nuevos mercados y a crear nuevas dependencias de consumo cada vez más agresivas entre individuos, empresas, territorios o países de todo el mundo.

La perversidad del sistema

Dentro del mismo sistema se esconde el detonante de autodestrucción que se activa cuando un bien empieza a subir cada vez más de precio, empujado por la idea que su valor nunca podrá caer. Existen pocos ámbitos de la actividad humana en que la memoria histórica cuente tan poco como en el campo de las finanzas.

Las crisis y las burbujas financieras se han ido repitiendo —de una manera más o menos cíclica— desde que el 6 de febrero de 1637, la inversión en bulbos de tulipanes en Holanda hinchara los precios hasta el punto que un bulbo podía llegar a valer lo mismo que una casa, o cuando en 1720 el Estado inglés se dedicó a modificar fraudulentamente el valor real de las acciones de la Compañía de los Mares del Sur para colocar deuda, cosa que les acabaría desencadenando una crisis de dimensiones bíblicas dentro de su economía.

Podrán ser tulipanes, participaciones de empresas públicas, deuda de un país que está creciendo, inversiones en ferrocarriles, acciones de empresas puntocom o activos financieros complejos, pero al final siempre habrá un detonante: una guerra, una quiebra, un rumor o simplemente alguien más listo que provocará que unos cuántos se avancen y vendan los valores, y detrás de ellos lo intente el resto sin conseguirlo. Esto que actualmente denominamos “el estallido de la burbuja”. Se contrae el crédito, el flujo de dinero se paraliza, y aquello que antes valía mucho ahora no vale nada. Empieza la crisis. Cada vez más grande, más expansiva y mucho más contagiosa.

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