El despliegue del sistema extractivo

El arco cronológico que va desde el Tratado de Tordesillas hasta la declaración de independencia de los Estados Unidades de América supone el primer proceso —a escala mundial— del reparto y explotación de todo el mundo, por parte de las monarquías europeas. Durante este periodo, se pasará de los suculentos ingresos producidos por los botines de guerra o por los saqueos indiscriminados de las poblaciones autóctonas a una borrachera de oro y de plata —sin precedentes— introducida dentro de la economía europea. Por este motivo, la construcción de los primeros imperios coloniales se basarán en una economía mercantil que les permitirá estar a la altura de las expectativas.

 

Desde el inicio, las monarquías europeas tuvieron la convicción que todos los territorios del mundo los pertenecían por derecho de conquista. De este modo, la cartografía les permitió ir ampliando y poseyendo la propiedad de una tierra, sobre la cual se autolegitimaron como posesores para imponer —no siempre a través de la fuerza— su modelo de civilización por sobre las sociedades nativas.

Este proceso de supremacía cultural se fundamentó sobre la certeza religiosa de cuestionar la verdadera naturaleza humana de los nativos. Y la firme creencia en este razonamiento motivará las monarquías europeas a proyectar una geografía de grandes espacios para cristianizar. La codicia de los recién llegados dará lugar a numerosos abusos y genocidios, pero también supondrá una catástrofe demográfica sin precedentes en cuánto los territorios del nuevo mundo verán reducida a un 80% de su población nativa.

El progresivo desarrollo de las técnicas marítimas —como por ejemplo, la mejora de la brújula, la construcción de las carabelas o la actualización de los mapamundis— permitirá a los europeos ser capaces de navegar por todos los mares y océanos que configuran el planeta en pocos años. Esta gesta tendrá como consecuencia la división del mundo en dos mitades, dos líneas geográficas que, trazadas entre los dos polos, les otorgará la potestad rubricada por la autoridad papal a repartirse el mundo por zonas de navegación, de pesca y de conquista. La primera línea se situará a 370 leguas en el oeste de las Islas del Cabo Verde, mientras que la segunda se fijará a 297,5 leguas al este de las islas Molucas.

El descubrimiento de importantes yacimientos de metales preciosos en América —entre México y Perú— o la llegada en las islas de las especies del sudeste asiático, propició la fundación o refundación de importantes ciudades americanas, africanas o asiáticas, las cuales adquirirán otro rol territorial a fin de asegurar importantes flujos de riqueza hacia Europa regularmente. De este modo, las monarquías europeas empezaron a controlar todo el comercio que pasará por sus territorios, con la voluntad de proteger sus ganancias económicas.

Desde principios del siglo XVI hasta mediados de siglo XVIII, los primeros imperios coloniales mantendrán un estricto monopolio mercantilista con sus colonias, y se prohibirá comerciar con personas o empresas que no sean súbditos o afines en la Corona. Castilla, por ejemplo, considerará los ingleses, holandeses o franceses, no como competidores sino como enemigos y causantes de prácticas corsarias e instigadores de actos de pirateria.

 

El sistema mercantilista colonial

El comercio con las colonias se fundamentará bajo la premisa que los colonos tendrán que vender sus materias primas —abajo precio y con altos impuestos— exclusivamente a empresas designadas por la Corona. A la vez, los colonos solo podrán comprar los productos de consumo manufacturados por este selecto grupo de empresarios. De este modo, las monarquías favorecerán el enriquecimiento ilimitado de empresas e individuos próximos en el Estado, dado que se les anulará la competencia. Este sistema mercantilista creará necesidades inútiles para los nativos y buscará el mantenimiento perpetuo del subdesarrollo de las colonias —tanto americanas, africanas como asiáticas— con el propósito de anular posibles competidores directos con la metrópolis.

Y para rizar el rizo, el alto funcionariado próximo al consejo del rey también jugará un papel muy destacado en este innovador sistema económico, puesto que disponía de la capacidad de agilizar o atrasar trámites burocráticos para favorecer unos u otros. Por lo tanto, será inevitable la aparición de un comercio ilícito y paralelo entre colonias y propiciará que muchos empresarios, tanto grandes como pequeños, busquen la manera de burlarse de los controles burocráticos impuestos por la misma Corona.

Actuando como nuevos ricos, los primeros imperios coloniales —principalmente Castilla— gastarán una cantidad indecente de recursos económicos para construir su concepto de civilización. Esta obsesión —a veces incontrolada— les llevará a embarcarse en infinidad de conflictos de todo tipo, como por ejemplo: disputas teológicas, conflictos familiares, asuntos comerciales o fastuosas construcciones megalómanas.

“Este sistema mercantilista creará necesidades inútiles para los nativos y buscará el mantenimiento perpetuo del subdesarrollo de las colonias —tanto americanas, africanas como asiáticas— con el propósito de anular posibles competidores directos con la metrópolis.”

Financiando el imperio con metales preciosos

Coincidiendo con el momento de mayor extracción económica de las colonias americanas —entre finales XVI y principios del XVII— Castilla destinará más de 7 millones de ducados al mantenimiento de su flota en el Mediterráneo durante la famosa batalla de Lepanto. En unos siete años aproximadamente, se gastará la barbaridad de 11,7 millones de ducados para financiar las innumerables campañas de Flandes.

Para conmemorar la victoria en la batalla de Saint-Quentin contra las tropas francesas, se destinarán cerca más de 6,5 millones de ducados para construir el fastuoso Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Gracias a la construcción y puesta en marcha de la Grande y Felicísima Armada, la conocidísima Armada invencible por sus adversarios, enviarán 9 millones de ducados directamente al fondo del mar. Y como no podía ser de otro modo, esta civilización católica y universal necesitará la construcción de una nueva capital a la orilla del río Manzanares. Para el lector que tenga curiosidad por la conversión, el ducado del siglo XVI y de comienzos del siglo XVII tendría actualmente una equivalencia de unos 167,1 euros. ¡Cierto, las cifras son… estremecedoras!

Por lo tanto, entre el 1500 y el 1650, la monarquía castellana —y por proximidad, el resto de monarquías europeas— vivirá dentro de una verdadera burbuja económica generada por la entrada masiva de los metales preciosos. Los últimos estudios estiman que la Corona castellana habría extraído de las colonias americanas unas 17.000 toneladas de plata y unas 70 toneladas de oro. Esta borrachera de metales conducirá al Estado a tener una visión tergiversada de la economía real.

La paradoja se producirá cuando, a pesar de la ingente entrada de oro y de plata y el cobro de impuestos elevados, no llegarán a cubrir todos los gastos producidos por el Estado. Tengamos presente que la Corona castellana solo utilizará esta extraordinaria riqueza para financiar todos los delirios de grandeza de las élites castellanas, que en la mayoría de las veces topará directamente con las necesidades reales de la población. Por este motivo, cuando las oligarquías de un país están más interesadas en trabajar por la fastuosidad que no por las posibilidades reales que ofrece la reinversión de capitales, todo ello conduce a la destrucción del propio tejido productivo.

 

Endeudamiento de la Corona castellana

A mediados de siglo XVII, la Corona castellana llegará a tener una deuda económica de más de 100 millones de ducados. Esta deuda gigantesca los obligará a declarar sucesivas suspensiones de pagos. Para tapar este agujero, la Corona se verá obligada a emitir gran cantidad de deuda pública que irá a parar en manos de los principales bancos europeos, como por ejemplo la banca alemana —los Fugger o los Welser— y la banca genovesa dels Spínola, Centurione, Balbi, Strata i, sobretot, Gio Luca Pallavicino. La Corona pagará los Welser a través de la concesión de la explotación de las minas de México y el derecho de conquista sobre extensos territorios a las actuales Venezuela y Colombia. Por su parte, los Fugger conseguirán todas las concesiones comerciales sobre los territorios de Chile y Perú. Actualmente, son unas de las familias más poderosas del continente. Y, todos los lujosos palacios de la strada nuova de Génova, arteria del lujo de la ciudad, aún hoy constituyen la concentración más grande de residencias aristocráticas de toda Europa.

Ante las sucesivas crisis financieras que la Corona castellana empezará a sufrir, muchos empresarios europeos residentes a las colonias americanas preferirán no embarcar sus metales preciosos hacia los puertos castellanos —monopolio concedido en Cádiz y Sevilla— por miedo a las masivas confiscaciones decretadas por la Corona. Por eso, buscarán invertir sus activos en otros sectores emergentes de la economía colonial de finales del siglo XVII, como serán la agricultura, la ganadería y la producción de manufacturas.

Por lo tanto, la Corona castellana se verá obligada a buscar nuevas fuentes regulares de ingresos. Por este motivo, pondrá en marcha el ambicioso plan del ministro del rey —el conde duque de Olivares— conocido cómo la Unión de Armas, el cual pretenderá que cada reino que forme parte de la Monarquía Hispánica —o sea, principalmente Portugal y la Corona de Aragón— aporten un número determinado de dinero y soldados.

“A mediados de siglo XVII, la Corona castellana llegará a tener una deuda económica de más de 100 millones de ducados. Esta deuda gigantesca les obligará a declarar sucesivas suspensiones de pagos.”

Flexibilizando el monopolio comercial

Portugal, que formaba parte de la Monarquía Hispánica desde finales del siglo XVI, se negará a conceder cualquier aportación económica de más, dado que Castilla explota sus colonias, lo cual acabará con un conflicto bélico que durará más de 28 años. Finalmente, con el apoyo económico de Inglaterra y Holanda, Portugal conseguirá desatarse del control de los Austrias, pero el precio que tendrá que pagar comportará la cesión de importantes territorios del Brasil y el cambio de titularidad sobre las colonias de Ceilán —actual Sri Lanka—, Ciudad del Cabo, Goa, Bombay, Macao y Nagasaki, entre otros.

En cuanto a la Corona de Aragón, la oligarquía castellana no calibrará la situación correctamente cuando acepte que el rey Felipe IV jure las constituciones catalanas, condición sine qua non para obtener los fondos deseados. La ignorancia sobre las leyes que regulaban las funciones del rey dentro de los territorios catalanes será el foco de importantes discusiones institucionales, dado que el rey —dentro del Principado— estaba obligado por ley a dar explicaciones sobre la utilización de los recursos concedidos. Por su parte, los catalanes estaban más interesados a aprobar sus propuestas de nuevas constituciones catalanas y que se atendieran los agravios, que no en participar en guerras absurdas.

Pero a la génesis del debate institucional —entre Castilla y el Principado— encontramos un problema mucho más profundo. Si desde finales del siglo XVI, Castilla había transitado hacia un sistema político de carácter absolutista, donde el poder solo reside en una sola persona, la cual decide sin tener que rendir cuentas en ningún parlamento, en el Principado pasaba el contrario, donde las Cortes Generales de Cataluña eran el órgano legislativo que representaba todos los estamentos de la sociedad, incluido el rey.

La entrada constante de metales preciosos dentro de la economía castellana se mantendrá estable hasta mediados de siglo XVIII, pero solo un porcentaje muy ínfimo restará dentro del sistema económico castellano, dado que el resto continuará utilizándose para enjugar la monstruosa deuda del Estado. La historiografía estima que hasta el año 1820, el Estado español no se recuperará de este grandioso gasto y será —en gran parte— por el hecho de haberse anexionado la economía productiva de toda la franja mediterránea peninsular a principios del siglo XVIII.

El sistema de privilegios y monopolios desarrollados por la política comercial borbónica continuará haciendo aguas y se verá con la necesidad de introducir nuevos agentes para garantizar la viabilidad del comercio con América. Por lo tanto, con el Real Decreto de Libre Comercio del 2 de febrero de 1778 romperá definitivamente el monopolio de Cádiz y Sevilla y favorecerá el comercio directo de Cataluña con América, que aportará una nueva manera de hacer. Actualmente, y curiosamente, el 34% del PIB del Estado español lo continúa aportando la economía productiva de toda la franja mediterránea peninsular. Por lo tanto, nada es casual…

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Oriol Garcia Farré Oriol Garcia Farré
  1. Joan Santacruz CarlúsJoan Santacruz Carlús says:
  2. Jordi MorenoJordi Moreno says:
    Jordi

    Moltes gràcies! Sempre es interessantisim saber-ne la història que hi ha al darrere de tota explotació econòmica👌

    • Oriol Garcia FarréOriol Garcia Farré says:
      Oriol

      Gràcies, Jordi pel teu interès! Sempre és bonic rebre les impressions dels lectors de la comunitat. Seguim a La Plaça!

      Hace 11 meses
  3. Mercè ComasMercè Comas says:
    Mercè

    Gràcies Oriol per posar els punts sobre les is de diversos relats religiosos, polítics i econòmics ( l’eix principal i el perquè de tot plegat) .
    Se m ‘ ha fet curt !

    • Oriol Garcia FarréOriol Garcia Farré says:
      Oriol

      Gràcies, Mercè! Mai el ChatGPT podrà assolir el nostre raonament. Si ho fem estarem uniformitzant el coneixement i perdrem l’esperit crític, base de la democràcia. Analitzar el passat amb ulls crítics és del tot necessari per saber que està passant. Seguim a La Plaça!

      Hace 11 meses

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