El valor del oro: una historia de riquezas

A lo largo de la humanidad, se han derrumbado imperios, muchos sistemas económicos han quebrado y se han producido decenas de colapsos de divisas. Sin embargo, el oro siempre ha sido el valor refugio en el que escudarse para proteger patrimonios y riquezas. En 11Onze hacemos un repaso de la historia del valor del oro.

 

Esta historia de las riquezas y del oro comienza hace cerca del año 3000 a. Los egipcios antiguos fueron los primeros en crear joyas con este metal precioso. Sin embargo, no fue hasta el siglo VI a. cuando el oro empezó a utilizarse como moneda de cambio. Fue de la mano de los comerciantes, que buscaban un modelo que les permitiera estandarizar sus transacciones.

Este modelo que utilizaba el oro se hizo hegemónico en el mundo conocido, tanto en Europa como en África, Asia o América. El oro se convirtió en un verdadero símbolo de riqueza y patrimonio. Y, poco a poco, se buscaron formas de refinar ese sistema. La primera vez que se estandarizó el valor de una moneda que todavía continúa en circulación por representar al gobierno de un país fue en Gran Bretaña cerca de 1066. Así se dio nombre a la libra esterlina.

Y fue precisamente sobre la libra esterlina que se estableció por primera vez el patrón oro. Pero no fue hasta muchos siglos más tarde, según los historiadores. Así, en 1717 se establece el primer estándar basado en el oro, y lo hace de la mano, nada menos, que de Isaac Newton. Es el científico quien, en un ensayo sobre el sistema monetario, establece una proporción de oro a plata que define una relación entre las monedas de oro y el penique de plata que debería ser la unidad de cuenta estándar en la Ley de la Reina Ana de Gran Bretaña.

Sin embargo, un verdadero patrón oro pide que haya una fuente de billetes y monedas de curso legal, y que esta fuente esté sostenida por la convertibilidad en el oro. Y esto no sucedió en Inglaterra hasta que David Hume desarrolla el sistema de patrón oro en 1752. A partir de entonces, este patrón oro fue extendiéndose al resto de países y será el sistema monetario característico del siglo XIX.

De esta forma, en el patrón oro se establece que la moneda de un país es totalmente convertible en gramos de oro, es decir, se estandariza qué proporción de oro hay en cada una de las monedas troqueladas en circulación. De hecho, los bancos centrales tenían la obligación de cambiar divisas en oro si un ciudadano lo pedía. Y, además, existía la libre circulación de capital, es decir, que los individuos podían exportar e importar capitales en oro, representados a menudo en papel moneda más que en metálico.

Aunque el dólar ya era una moneda española en circulación en las Américas, no fue hasta 20 años después de su fundación, en 1792, que Estados Unidos también adoptó el patrón oro para acuñar al dólar americano y, al hacerlo, fue ganando protagonismo en el mundo monetario. Sin embargo, después de la Primera Guerra Mundial y del crack de 1929 y la Gran Depresión, muchos países decidieron abandonar el patrón oro para poder devaluar sus monedas y recuperar una economía que iba de mal borrar.

 

El fin del patrón oro

La conferencia de Bretton Woods de 1944 marcó el camino: se acordó que se vincularían a todas las divisas al dólar, con la condición de mantener el dólar a un tipo de cambio fijo con el precio del oro. Sin embargo, el modelo duró unos escasos 30 años, hasta 1971, cuando el presidente Richard Nixon puso fin al patrón oro para poder reflotar la economía americana durante la guerra de Vietnam, al igual que lo habían hecho antes otros gobiernos por el crack de 1929.

A partir de ese momento, el dólar y el resto de divisas que hay en el mundo, incluidas las criptomonedas como el bitcoin, son lo que se llama monedas ‘fiat’, es decir, que dependen completamente de la confianza que les damos, como ha explicado en La Plaça el responsable de producto de 11Onze, Jordi Sánchez. Por tanto, no están avaladas por metales preciosos y esto hace que sean más inestables.

De hecho, el fin del patrón oro es, para muchos expertos, el inicio de la perversión de todo el sistema monetario, que imprime billetes cuando le conviene, y que hace que, actualmente, el valor del dólar esté sobredimensionado y ocasione turbulencias en la economía que pueden desencadenar una crisis global de deuda. Por eso el oro vuelve a ser el valor seguro que da protección a los inversores.

 

Protegerse y evitar las burbujas de oro

El oro nunca ha dejado de tener importancia en la economía mundial. Sin ir más lejos, los balances de los bancos centrales europeos, como el Banco Central Europeo (BCE), la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra, y organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) deben mantener aproximadamente la quinta parte de las reservas mundiales del metal precioso. Así se evitan burbujas del oro y se controla su cotización.

Además, en contextos convulsos como el que vivimos, los gobiernos protegen las reservas del país comprando oro, como están haciendo China e India actualmente, tal y como desgranaba el ex secretario general de Cecot, David Garrofé, en uno de los últimos episodios del podcast “Ens Interessa”. Precisamente para que la ciudadanía corriente también tenga la oportunidad de proteger su patrimonio de la inflación rampante, 11Onze ha lanzado Preciosos 11Onze.

 

El material que florece de la tierra

Hay que tener presente que el oro es un material precioso limitado, por lo que es difícil que pierda su valor, y se encuentra en la naturaleza en estado puro, en trocitos alargados o en partículas pequeñas. A finales de 2006, se estimaba que el oro que se había minado a lo largo de la historia equivalía a 158.000 toneladas, lo que representa solamente un cubo de 20 metros de lado.

El oro como elemento, aparte de su color amarillo metálico inigualable, destaca entre el resto de metales por ser el más maleable y dúctil que se conoce. Los científicos valoran su densidad y su alto punto de fusión. También la alta afinidad electrónica, que le hace un buen conductor del calor y la electricidad. Además, no le afecta el aire ni la mayoría de agentes químicos. En economía, el oro es también así confiable.

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Toni Mata gana el XV Premio Carlemany para el Fomento de la Lectura con una novela que sitúa la educación financiera en el centro de la trama. El libro ha sido escogido por un jurado de jóvenes lectoras que han destacado su complejidad, su mirada y su buena escritura. Ahora puedes conseguirlo con 11Onze.

 

Hay temas que, a pesar de condicionar profundamente nuestras vidas, siguen siendo incómodos. El dinero es uno de ellos. Hablamos de trabajo, de vivienda, de inflación o de salarios, pero a menudo evitamos abordar aquello que conecta todas estas cuestiones: la relación que mantenemos con el dinero y el papel que tiene en la construcción de nuestra identidad.

Esta es una de las reflexiones que Toni Mata comparte en una reciente entrevista radiofónica con motivo de la publicación de su nueva novela “ El centro del mundo”, publicada por Columna, una obra galardonada con el Premio Carlemany para el Fomento de la Lectura y que plantea una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿qué ocurre cuando una adolescente descubre que el dinero está en el centro de muchas de las decisiones que acabarán definiendo su vida adulta?

 

La protagonista es Paula, una joven de diecisiete años que vive en la periferia de Sabadell y que se encuentra en ese momento de la vida en el que todas las preguntas parecen abiertas. Debe decidir qué quiere hacer con su futuro, qué camino quiere seguir y qué tipo de adulta aspira a ser. Como tantos otros jóvenes, se debate entre hacer aquello que le gusta o aquello que le permitirá ganarse la vida. Pero, a diferencia de muchas novelas juveniles convencionales, Paula también observa cómo el dinero levanta muros invisibles entre las personas, condiciona oportunidades y se convierte a menudo en una herramienta de poder.

Se trata de un tema poco habitual en la literatura juvenil y, de hecho, fue rechazado por la editorial donde el autor había publicado varios libros. El motivo era sencillo: difícilmente aquel tema resultaría atractivo para el público joven. Por esta razón, Toni Mata afirmaba que “El centro del mundo” solo podía publicarse si así lo querían los lectores, motivo por el cual presentó la obra al Premio Carlemany, donde son los jóvenes lectores quienes toman la decisión final. La paradoja es evidente: vivimos en una sociedad en la que el dinero condiciona prácticamente todas las decisiones importantes de la vida adulta, pero seguimos considerando que no es un tema adecuado para nuestros jóvenes.

La novela “El centro del mundo” rechaza esta mirada paternalista. Mata defiende que los jóvenes deben ser tratados con respeto intelectual, sin simplificar excesivamente el lenguaje ni evitar determinados temas. Por ello, la historia utiliza un lenguaje rico, un planteamiento realista y una mirada crítica sobre cuestiones como la digitalización, la soledad, las desigualdades sociales o el papel del dinero dentro de nuestra sociedad.

La obra incorpora también una dimensión de educación financiera poco habitual en la literatura contemporánea. Sin convertirse en un manual, aborda cuestiones relacionadas con la creación del dinero, el papel de la banca, la digitalización de la economía y la influencia del dinero en las oportunidades vitales de las personas. Una preocupación que el autor comenzó a desarrollar durante los años dedicados a la divulgación financiera vinculada a 11Onze.

Antes de escribir la novela, Toni Mata obtuvo una beca de creación literaria de la Institució de les Lletres Catalanes para sacar adelante el proyecto. El autor explica que no le habría gustado que una obra financiada con recursos públicos acabara olvidada en un cajón. Ahora, con el Premio Carlemany bajo el brazo, la obra ya se encuentra disponible en todas las librerías del país, publicada por Columna Edicions.

Quizá el principal acierto de la novela sea recordarnos que crecer no consiste únicamente en cumplir años. Crecer significa entender que las decisiones tienen consecuencias, que la libertad exige responsabilidad y que el dinero, nos guste o no, forma parte de muchas de las cuestiones que acabarán configurando nuestra vida.

 

11Onze regala 110 ejemplares

Para celebrar la publicación de una obra que pone el foco en la educación financiera, 11Onze regalará 110 ejemplares de la novela a su comunidad.

Participar es muy sencillo. Solo hay que rellenar el formulario adjunto. Las personas seleccionadas recibirán un ticket con un código identificativo y las instrucciones necesarias para recoger su ejemplar en la librería seleccionada.

Una oportunidad para descubrir una historia que habla de juventud, literatura y dinero, pero sobre todo de las preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez cuando hemos empezado a construir nuestro futuro. Una novela para jóvenes y para adultos porque observa la sociedad que nos rodea y analiza el centro del mundo.

El calor pegajoso. El olor a pólvora. El ruido de los petardos resonando por las calles. Las hogueras iluminando las playas. La coca sobre la mesa. Gente bañándose en el mar a medianoche, como si el agua todavía conservara algún poder antiguo. Año tras año, cuando llega la verbena de San Juan, el Mediterráneo parece recordar algo que nosotros ya no sabemos explicar del todo. Pero lo repetimos. Y eso, en historia, nunca es menor.

 

Porque San Juan no es solo una fiesta popular. Es una supervivencia. Una memoria colectiva disfrazada de verbena. Un ritual ancestral que ha atravesado imperios, religiones, cambios de calendario, revoluciones industriales, urbanizaciones masivas y pantallas digitales sin perder del todo su centro simbólico: el fuego, el agua, la noche, el cuerpo, la comunidad y el paso del tiempo.

Hay tradiciones que duran porque son bonitas. Otras duran porque son útiles. Pero hay unas pocas que persisten porque responden a una necesidad profunda. San Juan pertenece a esta última categoría. En una sociedad acelerada, fragmentada y cada vez más artificial, seguimos necesitando rituales que nos devuelvan —aunque sea por unas horas— a la naturaleza, a la comunidad y a una forma más antigua de comprendernos. La modernidad ha cambiado las herramientas, pero no ha eliminado las necesidades.

 

Cuando el sol gobernaba el tiempo

Antes de los relojes, de los calendarios laborales y de las notificaciones en el móvil, el tiempo lo marcaba el cielo. No era una abstracción administrativa, sino una experiencia física. Se veía, se sufría y se celebraba. Los pueblos agrícolas y ganaderos vivían pendientes de los ciclos solares porque de ello dependía literalmente su supervivencia: sembrar demasiado pronto o cosechar demasiado tarde podía significar el hambre.

El solsticio de verano era, en este sentido, uno de los grandes puntos de inflexión del año. La noche más corta. El día más largo. El momento en que la luz parecía imponerse definitivamente sobre la oscuridad, aunque solo fuera para empezar, inmediatamente después, su lento retroceso. Esta paradoja —el triunfo que ya contiene la decadencia— explica buena parte de su fuerza simbólica.

Los pueblos mediterráneos entendían la naturaleza como una sucesión de ciclos: nacimiento, crecimiento, plenitud, cosecha y desaparición. Nada era lineal. Todo volvía, pero nunca exactamente igual. En este mundo, el fuego no era solo calor ni espectáculo. Era purificación, protección y fertilidad. Era una manera de hablar con lo invisible.

Por eso se encendían hogueras. Para ahuyentar malos espíritus, para proteger las cosechas, para quemar lo viejo e iniciar un nuevo ciclo. Saltar el fuego no era una simple prueba de atrevimiento juvenil, sino un gesto de paso: atravesar las llamas para dejar atrás una piel antigua. Del mismo modo, bañarse en el mar durante aquella noche tenía una dimensión purificadora. El agua y el fuego, aparentemente opuestos, compartían una misma función: limpiar, renovar, recomenzar. Hoy lo hacemos casi por inercia, pero la inercia, a menudo, es una memoria que ha olvidado sus palabras.

Los pueblos agrícolas y ganaderos vivían pendientes de los ciclos solares porque de ello dependía literalmente su supervivencia: sembrar demasiado pronto o cosechar demasiado tarde podía significar el hambre.

El Mediterráneo y el Atlántico: dos maneras de vivir juntos

La verbena de San Juan también explica una manera mediterránea de entender la vida. Porque el Mediterráneo no es solo una geografía. Es una forma cultural, una manera de habitar el tiempo, el espacio y a los demás.

Es la calle como extensión de la casa. Es la plaza como escenario natural de la vida pública. Es la comida compartida, la conversación larga, la mesa que siempre admite una silla más, el ruido como prueba de que todavía hay vida. Es también una cierta resistencia a convertir la existencia en una sucesión de espacios privados, silenciosos y funcionalmente eficientes.

Frente a esta mirada, hay otra, más atlántica, que ha ordenado históricamente la vida de una manera diferente. No peor, pero sí distinta. El Atlántico ha sido a menudo el mundo de la distancia, del puerto abierto hacia fuera, de la navegación larga, del comercio, de la lluvia persistente y del interior doméstico como refugio. Allí donde el Mediterráneo tiende a exponer la vida en la calle, el Atlántico ha tendido a protegerla dentro de la casa, el club, la institución o la norma.

No es solo una cuestión de clima, aunque el clima nunca es inocente. Es una manera de mirar. El Mediterráneo celebra la proximidad; el Atlántico administra la distancia. El Mediterráneo improvisa alrededor de una mesa; el Atlántico construye procedimientos. El Mediterráneo entiende la comunidad como pacto; el Atlántico, a menudo, como imposición. En un caso, la vida colectiva nace del contacto. En el otro, de la organización.

La península Ibérica es interesante precisamente porque contiene estas dos miradas. Aunque algunos se empeñen en homogeneizarla —como si una frontera administrativa pudiera borrar siglos de geografía moral—, la península no es una sola manera de vivir. Es una convivencia de paisajes, ritmos y culturas. Hay una Iberia mediterránea, abierta a la calle, al fuego, a la plaza y a la fiesta compartida. Y hay una Iberia atlántica, hecha de nieblas, puertos, piedra húmeda, distancias largas y una relación más contenida con el espacio público. El problema no es que convivan. El problema es querer negarlo.

Porque una comunidad política madura no necesita fingir uniformidad. Al contrario: debería saber leer sus diferencias sin convertirlas siempre en conflicto. La geografía no determina mecánicamente el carácter de los pueblos, pero sí educa hábitos, horarios, formas de encuentro y maneras de celebrar. Y, en este sentido, San Juan es una fiesta profundamente mediterránea porque saca la vida fuera. La pone bajo el cielo. La hace visible, corporal y compartida.

Mientras muchas sociedades modernas han ido encerrando la vida dentro de interiores cada vez más individualizados —la casa, el coche, la oficina, la pantalla—, el Mediterráneo conserva una inclinación antigua hacia el exterior. Aquí, la vida todavía necesita aire, cuerpo y presencia. San Juan es una expresión clara de ello: la gente sale de casa, ocupa calles y playas, comparte mesa, mira el fuego, escucha petardos, come coca, se baña, brinda, ríe, se abraza. Puede parecer algo menor, pero no lo es en absoluto.

Las sociedades no se mantienen solo con leyes, mercados e infraestructuras. También necesitan rituales compartidos. Necesitan momentos en que la comunidad se represente a sí misma, aunque no lo formule así. Un pueblo que solo produce, consume y se comunica digitalmente puede seguir funcionando; pero puede dejar, lentamente, de sentirse comunidad.

Los rituales crean pertenencia porque convierten el tiempo en relato. Nos recuerdan que formamos parte de algo más grande que nuestra biografía inmediata. Por eso estas celebraciones sobreviven incluso en plena era digital, porque hay necesidades humanas que ningún algoritmo puede sustituir: la presencia, el contacto, el ritmo compartido, la conciencia de que no vivimos solos. La tecnología conecta. El ritual vincula. Y no es lo mismo.

 

La cristianización de una fiesta más antigua

Como tantas otras tradiciones europeas, la fiesta de San Juan fue absorbida y reinterpretada por el cristianismo. La Iglesia situó la celebración del nacimiento de San Juan Bautista el 24 de junio, muy cerca del solsticio de verano, integrando dentro del calendario cristiano unos rituales que ya estaban profundamente arraigados entre la población.

Esta operación no fue excepcional. El cristianismo, como toda gran arquitectura cultural, no solo sustituyó creencias anteriores; a menudo las tradujo. Puso nombres nuevos a gestos antiguos. Dio una doctrina a prácticas que venían de mucho antes. Lo que no se podía eliminar, se podía ordenar. Lo que no se podía prohibir del todo, se podía bautizar. Pero bajo la capa cristiana, muchas prácticas ancestrales continuaron respirando. Las hierbas medicinales recogidas aquella noche. Los baños en el mar. Las hogueras. Los rituales vinculados a la fertilidad, a la protección, a la suerte y a la renovación. Todo ello forma parte de un sustrato cultural antiquísimo que atraviesa siglos y civilizaciones.

Y eso nos recuerda una idea importante: las culturas raramente desaparecen de golpe. Se transforman. Se mezclan. Se adaptan. Cambian de lenguaje, de calendario y de justificación moral. Pero muchas veces siguen viviendo bajo formas nuevas, como las brasas que persisten bajo la ceniza. San Juan es precisamente eso: una brasa antigua bajo una fiesta moderna.

Es una manera de mirar. El Mediterráneo celebra la proximidad; el Atlántico administra la distancia. El Mediterráneo improvisa alrededor de una mesa; el Atlántico construye procedimientos. El Mediterráneo entiende la comunidad como pacto; el Atlántico, a menudo, como imposición.

Seguimos necesitando el fuego

Es curioso. Vivimos rodeados de tecnología, inteligencia artificial, consumo instantáneo e hiperconectividad. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos. Nunca habíamos podido enviar tantos mensajes, compartir tantas imágenes, acumular tantos datos sobre nosotros mismos. Y, sin embargo, pocas épocas han hablado tanto de soledad, ansiedad y desconexión emocional. Tal vez por eso seguimos reuniéndonos alrededor del fuego.

El fuego obliga a detenerse. Tiene una autoridad silenciosa. Hipnotiza sin exigir nada. Genera conversación y contemplación al mismo tiempo. Frente a una hoguera, el tiempo deja de ser productivo y vuelve a ser humano. Nadie mira una llama con prisa. Nadie calcula el rendimiento de un instante cuando el fuego danza frente al mar.

La modernidad nos ha hecho más eficientes, pero no necesariamente más enteros. Hemos ganado comodidad, velocidad y acceso inmediato a casi todo. Pero también hemos perdido pausas, umbrales, silencios compartidos y formas simbólicas de marcar el paso del tiempo. La vida contemporánea tiende a disolver los ciclos: todo está disponible, todo es simultáneo, todo es ahora. San Juan, en cambio, nos recuerda que la vida humana necesita ritmo. Que no basta con vivir días; hay que saber distinguirlos.

Por eso el fuego sigue hablándonos, porque nos devuelve a una parte muy antigua de nosotros mismos. Nos recuerda que somos seres simbólicos antes que usuarios, consumidores o perfiles digitales. Que necesitamos celebrar. Que necesitamos dejar atrás y que necesitamos empezar de nuevo. Y que, incluso en un mundo dominado por pantallas, todavía buscamos sentido mirando unas llamas danzar frente al agua.

 

Cuando la tradición se convierte en consumo

Naturalmente, San Juan tampoco ha escapado de la mercantilización. Ninguna celebración popular queda al margen de un tiempo que lo convierte casi todo en producto, espectáculo o exceso. La industria del consumo tiene una gran habilidad para vaciar los rituales de su sentido y conservar solo su envoltorio.

Petardos industriales, turismo masivo, alcoholización de la verbena, suciedad en las playas, ruido sin medida y una progresiva pérdida del simbolismo original conviven hoy con el poso ancestral de la fiesta. El riesgo es evidente: que el ritual deje de ser una experiencia de comunidad y renovación para convertirse solo en entretenimiento intensivo.

Pero incluso aquí conviene evitar la nostalgia fácil. Nunca ha existido una tradición completamente pura. Toda fiesta popular ha mezclado siempre espiritualidad y exceso, orden y desorden, comunidad y transgresión. La cuestión no es idealizar un pasado que probablemente tampoco existió como lo imaginamos, sino preguntarnos qué queremos preservar del ritual. Porque una tradición no muere solo cuando deja de practicarse. También muere cuando sigue practicándose sin entender nada de lo que significaba.

Y San Juan todavía tiene algo que decirnos. Bajo el ruido, el consumo y la superficie, sigue existiendo aquella necesidad humana de encontrar momentos colectivos que den sentido al paso del tiempo. Seguimos encendiendo hogueras porque, en el fondo, seguimos necesitando lo que representan: purificar, reunir, recordar, recomenzar. El problema no es que la fiesta cambie, sino que cambie hasta quedar vacía.

 

El fuego que todavía nos une

Cada año, durante la noche de San Juan, el Mediterráneo vuelve a iluminarse con fuegos pequeños y efímeros. Las llamas duran poco, pero el gesto viene de muy lejos. Tal vez sin saberlo, repetimos un ritual milenario que habla de comunidad, renovación y esperanza. Y tal vez esa sea la fuerza real de las tradiciones: nos permiten participar de una memoria que no hace falta comprender del todo para sentirla viva.

En una época marcada por la incertidumbre, la velocidad y la desconexión, San Juan nos recuerda algo esencial: los humanos necesitamos sentirnos parte de un relato compartido. No basta con existir individualmente. Hay que pertenecer. Hay que celebrar. Hay que encontrar momentos en que el tiempo deje de pasar simplemente y adquiera sentido.

Tal vez por eso San Juan sigue emocionándonos, porque durante unas horas recuperamos una memoria antigua: la de un mundo que entendía que la vida tenía ritmos, ciclos y momentos sagrados. Un mundo que sabía que la luz no podía darse por descontada y que, precisamente por eso, había que celebrarla. La noche de San Juan no nos devuelve al pasado. Nos recuerda que el pasado todavía arde dentro de nosotros. Y mientras sigamos mirando el fuego frente al mar, tal vez todavía no lo hayamos olvidado todo.

Y tal vez esta sea la verdadera función de las fiestas que sobreviven a los siglos: recordarnos que una comunidad no se construye solo compartiendo instituciones, mercados o infraestructuras, sino compartiendo símbolos, rituales y memorias. Durante la noche de San Juan, aunque sea solo por unas horas, volvemos a sentir que formamos parte de algo colectivo. De una cadena humana mucho más antigua que nosotros mismos. El fuego nos reúne, la calle nos reconecta y la celebración nos recuerda que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre el individualismo. Porque, al final, toda comunidad necesita momentos en los que mirarse a sí misma y reconocerse viva.

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La historiografía española tradicional, articulada en torno a la Real Academia de la Historia —con sede permanente en Madrid—, todavía en el siglo XXI sigue sosteniendo el concepto de “Reconquista”. Un término cargado de intencionalidad política, que sirve para alimentar a los postulados más unitaristas de la política española —especialmente de la derecha y la ultraderecha—, lo que permite perpetuar una visión monolítica y teleológica del pasado peninsular.

 

Por suerte, desde el fin de la dictadura franquista, una nueva generación de historiadores rompió con los dogmas impuestos por el régimen, inspirándose en las metodologías de la Escuela de los Anales y del modelo científico francés. Este giro supuso asumir que las fuentes documentales no reflejaban la totalidad de la realidad social, sino únicamente lo que el poder había decidido registrar. Así, la mayor parte de la sociedad —sobre todo las comunidades campesinas— había quedado deliberadamente excluida de ese relato épico oficial.

La progresiva incorporación de la arqueología como fuente primaria permitió compensar el sesgo documental. Esta mirada renovada desmontó la narrativa tradicional y abrió la puerta a estudiar formas de organización social y modelos de asentamiento históricamente invisibilizados. Gracias a ello, pudieron investigarse dinámicas productivas, procesos de distribución y reorganizaciones territoriales que hasta hace pocas décadas permanecían escondidos.

Además, esta metodología ha ido evidenciando las contradicciones flagrantes entre el registro documental y los restos arqueológicos, poniendo al descubierto numerosos casos de documentación falsificada, especialmente en litigios entre instituciones eclesiásticas y comunidades campesinas, sobre todo en lo que se refiere a propiedades, derechos de explotación o límites territoriales. Este hecho ha puesto de manifiesto que el poder no solamente controlaba la producción del excedente, sino que legitimaba su derecho a hacerlo.

Hoy en día, el consenso historiográfico está claro: la formación del feudalismo en la península Ibérica no puede entenderse como un proceso lineal ni homogéneo. Las investigaciones más recientes muestran que no hubo un único “modelo feudal peninsular”, sino una constelación de procesos territoriales con cronologías, intensidades y formas de articulación diversas. Lejos de una simple importación del modelo franco, el feudalismo castellanoleonés se construyó sobre una base compleja en la que confluyen estructuras heredadas de la Antigüedad tardía, transformaciones internas derivadas de la presión militar en la frontera con Al-Ándalus y la concentración del poder territorial en manos de una minoría de élites locales.

En definitiva, estos estudios han mostrado que, a lo largo de los siglos, las estructuras de poder han ejercido una coerción sistémica sobre las capas subalternas, imponiendo progresivamente la generación de excedentes para sostener a los sectores más improductivos de la sociedad. Solo a través de una mirada poliédrica —económica, social, cultural y mental— será posible comprender la complejidad de una realidad peninsular radicalmente plural y diversa, muy alejada de la simplificación que pivota sobre la supuesta e inalterable esencia de España.

 

La creación de una nueva realidad histórica

La expansión castellano-leonesa puede ser leída —si se quiere— como una historia del Far West por la sorprendente similitud entre ambas expansiones, tanto en la dinámica de empleo y transformación como en su posterior consolidación territorial. Así, si se sustituye las cimitarras árabes por arcos y flechas indios, las espadas por revólveres de cowboys y los castillos de piedra por los fuertes de madera del séptimo de caballería, el resultado es un relato digno de la industria cinematográfica del western.

Sin embargo, esta analogía debe servirnos para alejarnos de la épica española fundamentada en el “destino en lo universal” y asumir —de una vez por todas— que el proceso vivido por el mundo astur a finales del siglo VIII no es un hecho aislado ni, con mucho, el resultado de una idea sustancial inmundo. Se trata, más bien, de eventos plenamente similares a los que se produjeron en otros territorios del solar hispánico.

Un caso paradigmático fue el reino de Pamplona, ​​que, solo medio siglo más tarde, adoptó un mecanismo de legitimación muy parecido: la proclamación regía —sin aval carolingio ni presión califal inmediata—, sustentada por la Iglesia y por un relato heroico —Roldán y Roncesvalles— que, a imagen del modelo asturiano real.

A partir de este postulado, podemos entender cómo se gestó la nueva realidad política del noroeste peninsular a partir del siglo IX. La aparición de una nueva oligarquía de magnates ovetenses, enriquecidos gracias a una eficiente economía del pillaje — sobre tierras califales— alteró el status quo tribal de elección colectiva, sustituyéndolo por la transmisión hereditaria del poder dentro de una sola familia. Esta ruptura con el pasado tomó forma concreta y perdurable con la fundación de una nueva capital sobre los restos de un antiguo campamento militar romano. De este modo, León se convirtió en el nuevo epicentro del poder regio astur-leonés.

El gesto no solo implicó el desplazamiento del epicentro político de Oviedo a León, sino también la adopción de una nueva intitulación —Rex Hispaniae—, lo que evocaba la noción plural de la Hispania, configurada a partir de las antiguas provincias tardorromanas. Sin embargo, los navarros proclamarán a Eneko Aritza —o Íñigo Arista— como Rex Pampilonensium, una titulación que subrayaba su autonomía y que, a su vez, reivindicaba un poder anclado en un territorio concreto y en una comunidad política diferenciada. La coexistencia de estas dos fórmulas —una de alcance peninsular y otra de raíz estrictamente regional— ilustra perfectamente la fragmentación del poder y la pluralidad de proyectos políticos que caracterizaron a la península Ibérica en la alta edad media. En definitiva, la noción de “Hispania” quedaba lejos de unificarse bajo una sola corona, sino que se convertía en un espacio disputado, donde cada reino buscaba legitimarse a partir de su propia tradición y genealogía.

La nueva dinastía leonesa reorganizó su espacio político en cuatro territorios: Galicia, Asturias, Cantabria y Bardulia— partir del siglo X, conocido como Castilla— articulados mediante una moderna red urbana concebida para satisfacer las necesidades de una aristocracia cada vez más dependiente de la política expansiva real. En paralelo, el sur fue objeto de un intenso encumbramiento militar para garantizar la seguridad del reino. Desde entonces, aquel territorio situado al sur de la frontera fue conocido— tanto como entidad política sino como espacio de marca defensiva— con el nombre de Extremadura, del latín Extrema Durii, “el extremo del Duero”

A diferencia de los valles asturianos del norte, esta Extremadura —es decir, la franja comprendida entre los ríos Duero y Tajo— ofrecía amplias llanuras y bosques aptos para imponer, de forma progresiva y coercitiva, la producción cerealística y ganadera a gran escala, base de la supervivencia del reino leonés.

Únicamente esa mirada explica el porqué del enorme dinamismo económico que la dinastía leonesa experimentó a lo largo de los siglos X–XII. Por tanto, continuando con la analogía del Far West —como un buscador de oro enloquecido—, el reino de León siempre necesitó nuevos territorios para seguir alimentando su codicia y la de sus aliados, a fin de mantener la estructura política, económica y cultural del reino.

Si se sustituye las cimitarras árabes por arcos y flechas indios, las espadas por revólveres de cowboys y los castillos de piedra por los fuertes de madera del séptimo de caballería, el resultado es un relato digno de la industria cinematográfica del western.

La propaganda como arma de destrucción masiva

Cada vez que las arcas del reino leonés exigían mayores ingresos, la receta era invariable: expandirse a costa de las tierras bajo jurisdicción califal. Esta sed constante de recursos obedecía —sobre todo— a los caprichos de las élites: la ampliación de algún palacio o catedral, el encargo de una pintura mural que respondía a gusto puramente ornamental e ideológico, la adquisición de reliquias de procedencia más que dudosa, la compra de fastuosas joyas para con especies venidas de Oriente, y —aún más importante— varios viajes devotos —y muy costosos— para venerar al Santo Sepulcro de Jerusalén. En resumen, gastos absolutamente imprescindibles para la buena marcha de la economía interna del reino.

Además, era necesario mantener una élite guerrera que garantizara el estatus de las élites, lo que representaba una sangría económica tan grande para las arcas reales —y, de paso, para las comunidades campesinas— que la única manera de legitimarla era tener a estos guerreros siempre en movimiento. No vaya a ser que, aburridos, empezaran a buscar enemigos dentro de casa, como muestran numerosos episodios documentados en el siglo XI. Ante este peligro, las élites leonesas optaron por canalizar la violencia feudal hacia afuera, inventando y magnificando a un enemigo externo: el infiel del mundo califal que, al defenderse de los ataques feudales, justificaba aún más la política expansiva leonesa.

Pero ninguna conquista puede perdurar sin un relato que le dé cobertura moral. Las crónicas —como hoy la televisión o el cine— eran el amplificador perfecto: escogían el plan, recortaban la realidad, hinchaban la victoria más escasa y escondían la derrota más humillante. Todo envuelto en un discurso heroico que convertía un saqueo en obra pía y una maniobra indigna en gesta fundacional. No explicaban lo que ocurría, sino lo que convenía que quedara para la posteridad.

Y aquí es donde entran en escena las crónicas Albeldense, Rotense y Sebastianense: plumas que escriben al ritmo que marca la espada, redactadas ex post para levantar una memoria hecha a medida. Gracias a ellas, la usurpación se disfrazó de gesta y la dinastía leonesa se autoproclamó heredera directa del legendario reino de los vasos. Paradoja suprema: la misma dinastía que, en su momento, había hecho todo lo posible para diferenciarse —o incluso renegar— de ese legado, ahora le reivindicaba como pedigrí fundacional.

Para dar cuerpo a la leyenda, no dudaron en inventar héroes como Pelayo y batallas como Covadonga —episodios que, en el mejor de los casos, solo aparecen mencionados de paso en relatos redactados siglos después de los hechos que pretenden describir. De hecho, las crónicas árabes contemporáneas ni siquiera hacen mención de ello, lo que revela hasta qué punto estos mitos son construcciones políticas más que testigos históricos.

Estas crónicas— fundamento sobre el que se levanta la idea historiográfica de la “Reconquista”— no son una ventana transparente al pasado, sino un escaparate de propaganda política y económica al servicio de una dinastía y de una aristocracia con hambre de tierras y con voluntad de perpetuar su estatus. Lejos de limitarse a explicar acontecimientos, anclan la ficción de una misión histórica y construyen un derecho inventado para intervenir sobre territorios y comunidades que, hasta entonces, habían vivido al margen de la nueva maquinaria de poder. Una ficción que, más de un milenio después, todavía respira… y que, en algunos ámbitos académicos castellanos, sigue siendo venerada con la fe ciega de un dogma.

 

Un territorio de “personas libres”

Desde el inicio de la expansión feudal —a inicios del siglo IX— los territorios del noroeste peninsular se configuraron bajo la fórmula jurídico-administrativa —fundamentada en el derecho romano— del dominium, lo que designaba que, como titular de la propiedad de la tierra, había un dominus o señor. Por tanto, el rey o el conde se convirtió —desde el principio— en el propietario final de todas aquellas tierras que se fueran expropiando.

Ningún señor tendría interés en poseer tierras, aguas, rebaños o molinos si no hubiera campesinos capaces de organizar procesos de trabajo estables que convirtieran el esfuerzo en renta. Por eso, a partir del siglo X, la política expansiva leonesa se ejecutó por medio de las comunidades de “villa y tierra”, que se convertirían en el elemento clave de organización político-jurídica dentro de los nuevos territorios expropiados.

Contrariamente a lo que sostiene la historiografía tradicional, estos territorios no eran un desierto en el sentido literal de la palabra, es decir, completamente vacíos de población. El término desierto se ha utilizado de forma interesada para justificar el empleo, cuando en realidad hacía referencia a zonas que no se encontraban bajo jurisdicción efectiva del poder leonés o castellano. Vivían comunidades campesinas libres, con formas propias de autogobierno y gestión de recursos, que escapaban al control fiscal y jurisdiccional de los nuevos señores.

El verdadero peligro para la aristocracia no era, pues, un supuesto vacío demográfico, sino la existencia de estos grupos independientes a someter. Para conseguirlo, se crearon mecanismos de endeudamiento brutal —cartas de poblamiento, contratos de “presura”— que inmovilizaban a la población, la adscribían a la tierra y permitían imponer la producción cerealista y ganadera a gran escala, con el objetivo de asegurar la continuidad de las rentas de los señores.

Con el tiempo, las tierras terminaban cedidas a otros señores, entidades eclesiásticas o monasterios, generando la diversidad de regímenes de propiedad —realense, abadense, solariego, behetría— que, a partir del siglo XIV, desembocarían en la concentración de poder y tierra en pocas manos. La historiografía ha definido este proceso como señorío.

Pero, a principios del siglo XIII, esta política territorial acabó ahogando a la sociedad leonesa. La ambición de los rentistas —nobleza y clero— exigía más tierras y, por tanto, más campesinos que las convirtieran en renta. Sin embargo, puesto que parte de la población autóctona había sido expulsada o masacrada, León —ahora sí— se encontró con amplios territorios despoblados. Además, la población leonesa no tenía capacidad demográfica suficiente como consecuencia de una natalidad insuficiente que impedía revertir la situación. Por este motivo, el modelo feudal leonés se convirtió, a la larga, en poco flexible; y, a pesar de aportar estabilidad social, acabó por frenar la innovación y la capacidad expansiva.

En paralelo, el feudalismo castellano —el cual también había nacido en la frontera con Al-Ándalus— se configuró a partir de una sociedad aún más militarizada, donde los campesinos eran agricultores y soldados a la vez, obligados a defender el territorio mientras producían el excedente. Por tanto, en cada nueva conquista se exigía levantar fortificaciones y establecer poblamientos que transformaban comunidades enteras en unidades defensivas.

Esta dinámica convirtió a Castilla en una sociedad extremadamente adaptable a las diferentes coyunturas expansivas de los sucesivos siglos. Por este motivo, tanto la aristocracia— y eclesiástica— como los campesinos compartían la misma función social: garantizar el dominio territorial. Mientras León preservaba un feudalismo conservador, Castilla desplegaba un sistema feudal mucho más agresivo, adaptable y dinámico, capaz de proyectarse hegemónicamente sobre el resto de territorios. Este modelo funcionó mientras hubo territorio suficiente para implementarlo, es decir, hasta el siglo XIV.

Ante este panorama de agotamiento estructural, la familia real leonesa optó por una solución “pragmática”: vender el reino de León en Castilla por una suma anual de 15.000 maravedises —unos 2 millones de euros actuales— para cada miembro de la familia hasta su muerte. El acuerdo quedó sellado en la Concordia de Benavent (1230).

Ningún señor tendría interés en poseer tierras, aguas, rebaños o molinos si no hubiera campesinos capaces de organizar procesos de trabajo estables que convirtieran el esfuerzo en renta.

El modelo extractivo castellano

Tras la compraventa del reino de León, su integración en la órbita castellana no solo transformó el equilibrio político peninsular, sino que marcó un punto de inflexión en el modelo de explotación del territorio. La antigua diversidad de estructuras políticas y económicas quedó absorbida por un sistema de gobierno que concentraba el poder y la tierra en manos de una minoría rentista, a menudo absentista, que vivía alejada de la actividad productiva. Estas élites, ya fueran la monarquía, la gran nobleza o la alta jerarquía eclesiástica, se desvinculaban progresivamente de las necesidades materiales de la población y se centraban en la perpetuación de sus privilegios.

La economía peninsular castellana evolucionó hacia un modelo extractivo en el que la riqueza no provenía de la innovación, la manufactura o el comercio interno, sino de la capacidad de extraer rentas agrarias y fiscales de unas masas campesinas sometidas, después de haber experimentado el proceso de señorío o pérdida de libertades. Ahora el territorio era percibido como una fuente inagotable de explotación, y no como un espacio de innovación. Esta lógica consolidó una estructura de desigualdad sistémica, en la que el trabajo productivo quedaba relegado a las capas más bajas, mientras las élites concentraban la riqueza y el poder político.

Cuando, a partir del siglo XVI, empezaron a llegar a la península las remesas masivas de oro y plata procedentes de América, este colosal influjo de metal precioso no se destinó a diversificar la economía, crear infraestructuras o impulsar una base industrial propia. Al contrario: se convirtió en combustible para financiar guerras lejanas, sostener una corte profundamente corrupta, mantener una aristocracia cada vez más parasitaria y pagar deudas perpetuas con banqueros alemanes e italianos. La corrupción no era una desviación del sistema, sino un pilar de su funcionamiento: el reparto de honores, cargos y privilegios servía para asegurar lealtades políticas y perpetuar el círculo rentista. El resultado fue que, mientras las arcas reales castellanas veían entrar toneladas de oro, las estructuras productivas internas seguían ancladas en patrones medievales y dependientes de la extracción de rentas.

Así, a su llegada al siglo XVIII, Castilla arrastraba un déficit estructural que convertía la debilidad del tejido urbano, la fragmentación de los mercados y la persistente concentración de la tierra en obstáculos insalvables para la modernización y la industrialización. Las estructuras señoriales, la falta de una burguesía autónoma capaz de desafiar al poder aristocrático y la preeminencia de rentas agrarias sobre la producción manufacturera habían moldeado un país dual: un norte con algunos núcleos urbanos dinámicos pero sin capacidad de tracción, y un sur dominado por grandes latifundios improductivos.

Este desequilibrio no era fruto de circunstancias puntuales, sino la continuación —bajo nuevas formas y nuevos nombres— del modelo económico y político nacido con la integración de León en Castilla. Un modelo que sobrevivió intacto a cada cambio de dinastía y que, con la llegada de los Borbones, no únicamente no se reformaría, sino que acabaría amplificándose.

 

Una dinámica que pervive hasta la fecha

A principios del siglo XVIII, la muerte del último Austria desencadena una cruenta guerra sucesoria. Cuando finalmente el trono hispánico pasa a manos de los Borbones, muchos creyeron que sería el inicio de una reforma profunda del Estado, dado que Felipe V heredaba una hacienda saneada gracias a la gestión de su predecesor, Carlos II, ya la primera deflación controlada documentada en Europa occidental. Las arcas reales presentaban superávit, una situación inaudita para un monarca acostumbrado a la corte francesa permanentemente endeudada por los lujos pantagruélicos de Luis XIV.

Pero en poco menos de diez años, aquella almohada económica se volatilizó. El centralismo borbónico no reformó el sistema, sino que lo blindó. El Estado siguió viviendo de las rentas y dependiendo de recursos externos, mientras el patrimonio público seguía al servicio de los intereses privados de los círculos de poder —una inercia que, de hecho, ha llegado hasta nuestros días.

El nuevo aparato administrativo, calco del modelo francés, marcado por la mentalidad del hexágono francés —aquella concepción de que Francia no es solo un estado, sino un proyecto territorial que siempre se quiere más compacto, más controlado y con fronteras “perfectas”— sirvió para controlar más directamente todos los territorios peninsulares y el flujo de riqueza que se generaba. Por tanto, este sistema no fue empleado para modernizar la economía, y menos aún para redistribuir oportunidades. El clientelismo, la corrupción y el reparto de cargos a fieles no solamente se mantenían: se convirtieron en una estructura sistémica. De esta forma, el desequilibrio histórico entre los territorios peninsulares se consolidó de forma perpetua.

Castilla arrastraba un déficit estructural que convertía la debilidad del tejido urbano, la fragmentación de los mercados y la persistente concentración de la tierra en obstáculos insalvables para la modernización y la industrialización.

El hexágono que nunca se cierra

En definitiva, el cambio de dinastía no supuso el nacimiento de una España moderna, sino la continuidad de un mecanismo secular, ahora con acento francés y envuelto en un relato más pulido. Un relato que bebía de la mentalidad expansionista del hexágono, pero todavía hoy inacabado.

Siguiendo esta lógica política, Castilla llegó hasta las Cortes de Cádiz (1812) —en plena guerra contra Napoleón— para formular por primera vez “España” como estado unitario. El objetivo de fondo era la homogeneización territorial, algo que nunca llegó a alcanzarse debido a la existencia de una diversidad lingüística, jurídica, cultural y económica interna.

La derrota de Napoleón y el posterior Congreso de Viena (1814–1815) dibujaron un nuevo mapa continental. Las grandes potencias europeas, obsesionadas con contener a Francia, crearon varios “estados tapón” —como Países Bajos, Baviera o Piamonte-Cerdeña— para frenar posibles expansiones futuras francesas. En este contexto, Cataluña, por su posición geográfica, identidad histórica y tradición política, tuvo la posibilidad de convertirse en la cuarta pata de este cinturón defensivo en el sur. Pero la combinación de una España gobernada por un Fernando VII absolutista y desacreditado, y de unas élites económicas catalanas más interesadas en mantener los privilegios comerciales en el imperio que en redefinir su soberanía, cerraron aquella oportunidad histórica. Un episodio que demuestra que las fronteras no siempre las marca la geografía, sino las decisiones —y a renuncias— políticas.

Desde entonces, el sistema clientelar y la corrupción estructural española no sólo han sobrevivido, sino que se han adaptado a cada régimen: de las redes de influencia tejidas durante la expansión feudal, evolucionadas después por el proceso de señorío del Antiguo Régimen, a los caciques del siglo XIX, a las elites de la Restauración, a los intermediarios XX y XXI. El mecanismo ha sido siempre el mismo: concentrar poder y recursos en una minoría afín, mientras se proclama un discurso cohesionador que ignora o borra las diferencias internas.

Y aquí es donde el concepto de “Reconquista” se convierte en la pieza clave de toda la ideología política española de los últimos doscientos años. A través de un relato aparentemente histórico—con una duración ininterrumpida de unos mil años— este concepto fue utilizado por las élites castellanas no solo para justificar la unidad, sino para presentarla como condición indispensable para sostener la propia estructura del Estado. Esta estructura se alimenta creando dependencias económicas y políticas de las élites territoriales frente al centro: privilegios, contratos, cargos y ayudas que aseguran su lealtad y neutralizan cualquier disidencia. Sin esta red de dependencias —donde la corrupción actúa como cemento—, el sistema se convertiría en ingobernable.

Asimismo, esta dinámica del Estado español también ha generado una resistencia interna en algunos territorios que, pese a las presiones, han sabido luchar por preservar su singularidad, lengua, cultura e instituciones propias. Pero esta resistencia —a menudo menospreciada— también ha tenido que combatir no solamente la ofensiva del centro, sino la traición de aquellos que, sin escrúpulos, han vendido su país a cambio de favores y rentas perpetuas.

Así, la imposición de la supremacía castellana sobre la pluralidad peninsular es el mecanismo que permite perpetuar esa arquitectura de poder. El hexágono todavía está inacabado, no por falta de voluntad centralizadora, sino porque la realidad peninsular —radicalmente diversa desde sus orígenes— nunca se ha acabado homogeneizando hacia el centro. Únicamente una mirada poliédrica permitiría a España vertebrarse definitivamente.

 

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Quin abast històric té el relat que apareix a la “Cronica Fratris Salimbene di Adam Ordinis Minorum” la qual en dona fe d’una hipotètica ascensió del rei En Pere II el Gran al cim del Canigó, l’any 1285? I quina relació hi ha entre aquesta narració i la revolta popular esdevinguda a Sicília la primavera de 1282, coneguda com les vespres sicilianes?

 

A finals del segle XIII, el vell frare franciscà Salimbene d’Adam o de Parma (1221-1290), reclòs en el monestir de Montefalcone (Itàlia), tot realitzant un acte de memòria, redacta les seves impressions personals sobre la seva atzarosa vida. No es tracta d’un cronista apocalíptic, sinó profètic. No proposa una visió tremendista del seu món, sinó que narra uns fets per a la seva posterior reflexió. La seva “Cronica Fratris Salimbene di Adam Ordinis Minorum” escrita entre 1283 i 1290, és una mica de tot: autobiogràfica, història de l’orde, història de les ciutats del nord d’Itàlia, crònica universal del temps de Frederic II Hohenstaufen “stupor mundi” o diari de viatges a França i Itàlia.  

L’origen del mite

La tardor del 1889, G. Uzielle publicava dins del “Bollettino del Club Alpí Italià un extens article titulat: “Leonardo da Vinci e le Alpi”. Aquest treball estava complementat per tres apèndixs, el tercer dels quals responia al títol: “Ascensione di Pietro III d’Aragona al Canigou. De fet, es tracta d’un fragment (pàg. 354 – 355 de la primera edició) de la cèlebre crònica d’en Salimbene d’Adam. 

La primera edició moderna de la crònica es va realitzar dins de l’obra “Monumenta Historica ad provincias Parmensem et Placentinensem pertinentia, III (Parma, 1857). La segona edició, més completa i elegant, fou dirigida per Oswald Holder-Egger i la podem trobar al “Monumenta Germania Historica: Scriptores, llibre XXXII (Hanover, 1906). Així doncs, la importància de Salimbene d’Adam pel Pirineisme es deu al foli 459 (pàg. 597 – 599 de la segona edició) que duu per nom: “Sobre la mort del rei Pere d’Aragó.

El context en el qual apareix l’article d’Uzielle al “Bollettino” italià és el context en el qual s’està a punt de materialitzar la gran obra del Pirineisme escrita per Henri Beraldi: “Cent ans aux Pyrénées”. Amb l’edició d’aquesta magna obra —set volums en total— es comença a edificar el corpus de coneixements que posteriorment coneixerem com a Pirineisme el qual es tracta d’una barreja entre la pràctica esportiva combinada amb l’emoció estètica i cultural, sempre desenvolupada dins la serralada dels Pirineus. D’alguna manera, el Pirineisme va ser creat com l’antagònic a l’Alpinisme perquè aquest només representava la pràctica esportiva.  

Beraldi, com a bibliòfil empedreït, crea tot aquest món; rescata personatges del passat: De Carbonnières, Russell, Cadier, Passet, els enginyers geodèsics, Brulle o Lister, etc. Els grans mites de les grans gestes pirinenques hi són presents. Però la cosa no acaba aquí. Cap a 1911, Beraldi signa un article titulat “Tentative de Pierre III au Canigou”, publicat a “Le passé du Pyrénéisme”, on escriu: “Finalment, ens trobem davant d’un primer fet ben caracteritzat d’alpinisme. Pujar per pujar, per conquerir un cim. Tres anys després de les Vespres Sicilianes. Ascensió per Vallmanya o Taurinyà, ascensió dels Cortalets seguida fins al clot dels Estanyols, un lloc molt impressionant amb un temps fosc; sobrevinguda brusca d’una broma negra. Amb poques paraules, temptativa al Canigó el 1285.”

Així doncs, arran d’aquests dos articles i de posteriors treballs més actuals, la historiografia situa com a primera ascensió al cim d’una muntanya la protagonitzada pel rei En Pere II el Gran l’any 1285, al cim del Canigó. Com veurem, el foli 459 de la crònica de Salimbene d’Adam ha estat erròniament interpretat com a verídic, quan en realitat és un tractament metafòric de les disputes de poder entre dos reis —Pere de Catalunya i Carles d’Anjou— i dos territoris, Catalunya i França.

La tessitura a la qual Salimbene d’Adam escriu la seva crònica es realitza dins d’un context molt particular. I és per això que cal analitzar tot el text de la crònica amb rigor i contextualitzar el succés narrat dins d’ella amb la mentalitat social i política del segle XIII. La mirada del present cap al passat s’ha de fer amb ulls crítics perquè, si no ho fem, estem condemnats a deformar la realitat històrica.   

Per tant, tot el que estigui fora d’aquesta línia de treball —rigorositat i contextualització— genera un debat estèril. La principal tasca de l’historiador és crear coneixement i, per a fer-ho possible, no hem de desvincular els esdeveniments ni del seu espai ni del seu temps. Perquè això no succeeixi, tenim al nostre abast un conjunt d’eines —documents, cròniques, anals, cronologies, restes arqueològics, història oral— que ens ajudaran a apropar-nos amb la transparència possible a l’estudi del passat. Però això no acaba aquí. Així doncs, apareix la segona norma que hem de seguir: la lectura de la documentació. La simple lectura no ens porta enlloc, sinó tan sols a la distorsió històrica. Per tant, cal saber llegir entre línies. I aquest és l’error el qual es pretén reparar.

“La historiografia situa com a primera ascensió al cim d’una muntanya la protagonitzada pel rei En Pere II el Gran de Catalunya l’any 1285, al cim del Canigó.”

Una mirada rere la crònica

Per a comprendre el rerefons que amaga la crònica de Salimbene d’Adam sobre la narració del Canigó, hem de realitzar un doble esforç: per una banda, hem d’entendre el context sociopolític en la qual fou redactada la crònica i, per l’altre, hem d’analitzar pacientment els successos esdevinguts entre 1280 i 1285. Aquests cinc anys són la clau que ens permetrà desemmascarar el mite.     

El foli 459, apartat A, comença amb el significatiu títol: “De la mort de Pere, rei d’Aragó. Malgrat aquest inici, Salimbene ja ens ho adverteix en el foli 445, apartat B, quan ens comenta: Coneixent per avançat, que en menys d’un any, quatre il·lustres personatges, seran lliurades a la mort per voluntat de Déu, allí on es troba el sepulcre de tot vivent” seguit de “El primer serà el rei Carles, el segon el papa Martí, el tercer Felip, rei de França, el quart Pere, rei d’Aragó.” Així doncs, el rei En Pere d’Aragó (de Catalunya) serà la quarta persona rellevant del panorama polític internacional de l’època que passà a millor vida durant aquell any de 1285. 

Recordant el que s’escriu anteriorment, Salimbene comença el text dient-nos que “De la mateixa manera, en el present mil·lenni, durant la vetlla del beat Martí, Pere, rei d’Aragó, va tancar, va concloure amb la seva pròpia mort, el darrer dia; en aquest, el menor dels germans, el guardià que el va escoltar en confessió; fou enterrat a Vila-Nova, en el mateix lloc que els germans menors.” Efectivament, el rei En Pere II de Catalunya va morir la nit del 10 a l’11 de novembre de 1285 —diada de Sant Martí— a Vilafranca del Penedès, encara que el cronista escrigui Villa-nova. De fet, ja feia unes setmanes que havia caigut greument malalt mentre es dirigia cap a Salou per embarcar-se direcció a Mallorca, per arreglar les qüestions familiars amb el seu germà Jaume, donat que aquest havia pres part activa en favor de la croada francesa contra ell rei En Pere. Feia una mica més d’un mes —l’1 d’octubre— que l’exercit del rei En Pere havia vençut les tropes croades al Coll de Panissars.

Les vespres sicilianes 

Però els conflictes no només es reduïen a qüestions familiars. A l’origen de la croada s’hi trobava la qüestió siciliana. Veient-se la mort de prop i sota pressió, el rei En Pere va demanar que Sicília tornés a l’Església i va demanar “enviar una ambaixada al papa Honori —quart—, per a obtenir concòrdia entre els fills de Pere d’Aragó i els fills de França que es comentava que eren consanguinis i així resoldre el conflicte polític. 

Finalment, el darrer problema que havia de solucionar —arran de la croada francesa— era la qüestió castellà per la Regió de Múrcia. Però ni els problemes familiars, ni la qüestió siciliana i, ni de bon tros, els problemes amb Castella pogué fer-se’n càrrec, ja que la malaltia va posar fi a la seva vida.

El foli 459, apartat B, comença amb el suggerent títol: “Sobre la recomanació de Pere, rei d’Aragó, que queda evidenciat amb un exemple del que s’ha exposat amb anterioritat”. Aquest exemple és el que més controvèrsia ha suscitat dins del panorama historiogràfic.

Salimbene d’Adam ens presenta el protagonista de la seva narració, elogiant-lo de manera heroica Aquest rei Pere d’Aragó fou un home de gran cor, un fort soldat, i savi en la guerra” i demostrada per mitjà d’actes passats. “Doncs aquest home tingué una gran audàcia, i molta empenta”, i més concretament pel “… que es fa palès en l’empresa del regne de Sicília, que contra el rei Carles —d’Anjou— i el papa Martí —quart— es va atrevir a envair-los.” Al llarg de tota la crònica, Salimbene d’Adam ens descriu detalladament tot aquest afer. De fet, el tema sicilià serà un dels grans conflictes del segle XIII. A l’origen del conflicte s’hi troba la qüestió de qui ha de posseir l’illa. L’interès sobre Sicília es deu, principalment, a què l’illa és el graner de la Mediterrània i la clau de la ruta del comerç cap a orient.

Carles d’Anjou havia cercat projectar la seva persona per tota la Mediterrània per mitjà d’una nova croada. Amb la intenció de donar un cop d’efecte als seus adversaris, projectava un nou saqueig sobre Constantinoble, reproduint els esquemes de la quarta croada (1204). Però la situació es va torçar quan el sud italià s’enfrontà obertament a la seva política personal. Els sicilians havien començat a comprendre que la seva projecció com a república —similar a la de Gènova o Venècia— estava en greu perill. Aquest debat, Carles no el va entendre i va preferir destruir tal iniciativa.

Seguint la política insular del seu pare —el rei En Jaume el Conqueridor—, el 30 d’agost de 1282 un poderós estol català comandat pel rei En Pere va desembarcar a les costes de Sicília —concretament a Trapani—, provinent de la costa tunisenca d’Al-Coll, on hi havia anat a ajudar el seu vassall i aliat Abu-Bekr, senyor de Constantina. Un cop a Sicília, el rei En Pere es dirigirà cap a Palerm per ser coronat rei el 27 de setembre de 1282. La seva presència allí no era gratuïta: la seva esposa era Constança de Sicília, neta de Frederic II Hohenstaufen “stupor mundi”. Amb aquest acte, el rei En Pere reivindicava la memòria del passat de la família Hohenstaufen a l’illa, el passat que havia intentat esborrar la política de Carles d’Anjou. Els sicilians estaven convençuts que aquesta —la catalana— era la millor opció i la més encertada per a forjar el seu projecte. És per això que els sicilians, el 31 de març de 1282, s’havien alçat en armes contra el domini francès a l’illa. Aquest fet fou conegut com la revolta de les vespres sicilianes.

El conflicte va posar en escac la política de Carles, conduint-lo a una situació tensa. La negativa del rei En Pere d’abandonar Sicília el va conduir a dos nous horitzons: la disputa bèl·lica contra Carles i la disputa legal contra el papa. D’ambdues en va sortir victoriós. Mentre que a Carles el va esclafar a Nicotera —Calàbria— a les forces del papa les va destrossar a Panissars.

“El tema sicilià serà un dels grans conflictes del segle XIII. A l’origen del conflicte s’hi troba la qüestió de qui ha de posseir l’illa. L’interès sobre Sicília es deu, principalment, a què l’illa és el graner de la Mediterrània i la clau de la ruta del comerç cap a orient.”

Un exemple per l’audiència 

Salimbene ens explica que per a demostrar tot això, posarà un altre exemple sobre la valentia demostrada pel rei En Pere: Evident, encara que seguit d’un altre exemple, amb això que clarament exposem. Cal dir que a l’edat mitjana era molt normal recórrer a exemples fantàstics, impossibles de realitzar pels mortals, un terreny reservat tan sols per als herois. La finalitat de l’exemple és captar millor l’atenció del lector, com així ha estat. Aquest recurs de ficcionar un episodi per reforçar la imatge d’un rei valent no és un cas aïllat en la literatura medieval. Per exemple, en la tradició francesa, es troben històries similars sobre Carlemany i la seva llegendària ascensió als Pirineus, on es diu que va rebre una revelació divina sobre la seva missió a Hispània. Aquesta narració simbolitza la seva campanya per expandir el cristianisme i el seu paper com a defensor de la fe. De la mateixa manera, també es poden trobar paral·lelismes amb Ricard Cor de Lleó i les seves aventures a Terra Santa, així les novel·les cavalleresques franceses, situa l’heroi dins d’un espai d’incertesa —d’aventura— com és el bosc, per reafirmar el seu poder i coratge.

Salimbene ens situa el seu exemple en un espai concret En els confins de Provença i d’Hispània” i ens presenta l’objectiu “s’aixeca una alta muntanya, que la gent del país l’anomena Mont Canigó” i l’envolta de misteri “encara que nosaltres podríem anomenar-la Mont Tenebrós.” Atès que el protagonista de l’exemple és el rei català, Salimbene, segurament va optar per escollir un espai geogràfic del territori del rei.

Des de temps llunyans, el Canigó havia estat considerada com la muntanya més alta de la serralada dels Pirineus, impossible d’arribar-hi. Però per si no havia quedat prou clar que l’empresa és molt arriscada, recorre a una descripció geogràfica que li ofereix el gram geògraf grec del segle II, Ptolemaeus d’Alexandria a la seva “Geographia” el qual va recollir observacions empíriques que permetien identificar punts de referència geogràfics rellevants per a la navegació: Doncs, aquesta muntanya que els mariners veuen primer a l’arribada, després de partir és el darrer punt que podem veure, perquè quan ha desaparegut, cap altre és visible.” D’aquesta manera, l’objectiu impossible ha quedat fixat. Malgrat haver tingut alguns problemes interns, com ara les guerres amb els sarraïns, la revolta dels barons o els problemes familiars, la política insular iniciada pel rei En Pere arran del seu casori amb Constança de Sicília —el 13 de juny de 1262— ja no tindrà fre. El rei En Pere seguirà la seva política fins a les darreres conseqüències, encara que això esdevingui una qüestió personal.

Després d’emfasitzar sobre la perillositat de l’empresa plantejada pel rei En Pere, el cronista continua escrivint: “Mai cap home hi ha habitat, ni cap fill d’home s’ha atrevit a pujar-hi a causa de la seva alçada extraordinària, per la dificultat de l’itinerari i per l’esforç”. Malgrat haver tingut alguns recels importants a l’interior del reialme, sobretot per part de l’Església sobre les seves intencions d’envair Sicília, el rei En Pere va persistir en la idea inicial i va decidir tirar endavant amb l’aventura. En un primer moment, el rei En Pere comptarà amb el suport polític de dos importants aliats: Castella i Constantinoble. És per això que Salimbene ens diu: “Doncs bé, Pere d’Aragó havent decidit a pujar a la muntanya va cridar al seu costat a dos cavallers, amics íntims, que ell honrava amb el seu afecte, cosa que li prometeren no separar-se mai d’ell.

Com ja hem dit abans, la campanya de Sicília va començar el 30 d’agost de 1282. Un cop iniciada, aturar-la era quasi impossible, malgrat l’excomunicació papal del 9 de novembre de 1282. En aquest punt, Salimbene ens parla que “Mentre pujaven sentiren trons espantosos i del tot terribles sentiren trons espantosos i del tot terribles” fins que els seus companys caigueren a terra, morts de por sota el pes de la por i de l’espant d’allò que els havia vingut” que malgrat els esforços del rei En Pere per a restituir la situació, els dos companys “fins a perdre el coratge.” En realitat, les dues aliances que havia signat amb Castella i Constantinoble mai arribaren a fer-se efectives. Per altra banda, vist que l’excomunicació papal no havia donat resultats, el papa va lliurar els regnes del rei En Pere a qualsevol príncep cristià que els volgués conquerir. Per això, el 27 d’agost de 1283 l’oferia al rei de França i el 27 de febrer de 1284 —en una cerimònia celebrada a París— donava la investidura a Felip III de França, l’Ardit. Des d’aquell moment, la croada començava a dibuixar-se. Malgrat tot això, el rei En Pere va continuar amb la seva empresa.

“Als confins de Provença i d’Hispània, s’aixeca una alta muntanya que la gent del país l’anomena Mont Canigó, encara que nosaltres podríem anomenar-la Mont Tenebrós. Doncs, aquesta muntanya que els mariners veuen primer a l’arribada, després de partir és el darrer punt que podem veure, perquè quan ha desaparegut, cap altre és visible. Mai cap home hi ha habitat, ni cap fill d’home s’ha atrevit a pujar-hi a causa de la seva alçada extraordinària, per la dificultat de l’itinerari i per l’esforç. Doncs bé, Pere d’Aragó havent decidit a pujar a la muntanya va cridar al seu costat a dos cavallers, amics íntims, que ell honrava amb el seu afecte, cosa que li prometeren no separar-se mai d’ell. Mentre pujaven, sentiren trons espantosos i del tot terribles sentiren trons espantosos i del tot terribles i els companys caigueren a terra, morts de por sota el pes de la por i de l’espant d’allò que els havia vingut, fins a perdre el coratge. Pere va decidir pujar amb grans dificultats tot sol.”

El desafiament de Bordeus 

Però hi ha un fet que encara honra més la figura del rei Pere. Al foli 427, Salimbene ens explica amb gran detall el famós desafiament de Bordeus. Carles d’Anjou havia comunicat, per mitjà d’una ambaixada al rei En Pere, que aquest no havia estat cavalleresc i que havia entrat a Sicília sense raó. Per tant, aquesta qüestió l’havien de solucionar cavallerosament —o sigui, a cops d’espasa— i per aquest motiu se citaren per l’1 de juny de 1283 a la ciutat de Bordeus amb la finalitat de solucionar la qüestió siciliana. Ràpidament, el rei En Pere, s’adonà que es tractava d’una maniobra de distracció del rei francès per allunyar-lo i matar-lo lluny del seu regne —com li havia succeït al seu avi a Muret— cosa que l’alertà a marxar prematurament de Bordeus. I preveient la imminent invasió de Catalunya per les trobes croades del papa i del rei francès, el rei En Pere va demanar ajuda als seus aliats. La negativa fou total i al rei En Pere no li va quedar cap altre remei que afrontar la situació tot sol. És per motiu que Salimbene ens diu que davant d’aquest fet “Pere va decidir pujar amb grans dificultats tot sol.

Així doncs, el rei En Pere va disposar el seu exèrcit —per tal de barrar al pas a les tropes croades— en els principals colls de la serra de l’Albera: Panissars, Pertús i Banyuls. Malgrat els intents dels croats per passar-hi, les tropes del rei En Pere van poder frenar els intents. Però va ser l’abat de Sant Pere de Rodes qui va mostrar a les tropes croades el pas del Coll de la Maçana —prop el castell de Requesens—, la qual cosa els va permetre travessar l’Albera —12 de juny de 1285— i arribar ràpidament fins a Girona per posar-hi setge. Després d’uns mesos d’intensos combats —terrestres i navals— les tropes catalanes venceren les tropes croades. Potser, de totes elles, la coneguda és la batalla del Coll de Panissars de l’1 d’octubre de 1285

El doble sentit de la crònica

I ara entrem en la qüestió més delirant de la narració. Salimbene ens explica que “I quan fou al cim de la muntanyael rei En Pere—, hi va trobar un llac” i en veure’l “aquell lloc, hi va tirar una pedra. Aleshores sortir un drac horrible, de gran dimensió que es va posar a volar per tot l’aire que omplia d’ombres i que l’enfosquia amb el seu alè. Després —d’aquest succés— el rei En Pere va iniciar el descens.”

Aquest és el fragment on rau la gran metàfora que amaga el text de Salimbene per explicar el regnat d’En Pere II el Gran. La política insular del rei En Pere el va conduir a fitxar com a objectiu principal Sicília (el llac); després de temptejar la zona amb les campanyes de Tunísia, finalment hi ha el desembarcament a Trapani (tira la pedra); el papa Martí IV l’excomunica i posa tot els seus regnes sota la jurisdicció del rei francès (surt un gran i horrible drac); els francesos envaeixen Catalunya seguint la proclama de la croada dictaminada per la Santa Seu (el cel s’enfosqueix amb l’alè del drac); finalment, el rei En Pere surt victoriós de Bordeus i de la croada contra Catalunya (inicia el descens).

Finalitzada la seva aventura, Salimbene li reconeix els seus mèrits i les compara amb les empreses realitzades pel gran heroi llatí: Alexandre el gran. És per això que Salimbene ens diu: “Segons jo —Salimbene—, la gesta de Pere d’Aragó es pot comparar amb les gestes d’Alexandre, que amb moltes terribles empreses i gestes es va esforçar per a merèixer els elogis de la posteritat.”

“I quan fou al cim de la muntanya, hi va trobar un llac i aquell lloc, hi va tirar una pedra.  Aleshores sortir un drac horrible, de gran dimensió que es va posar a volar per tot l’aire que omplia d’ombres i que l’enfosquia amb el seu alè. Després —d’aquest fet— el rei En Pere va iniciar el descens. Segons jo, la gesta de Pere d’Aragó es pot comparar amb les gestes d’Alexandre, que amb moltes terribles empreses i gestes es va esforçar per a merèixer els elogis de la posteritat.”

La fi del mite

La figura del rei En Pere II el Gran de Catalunya no deixa de ser interessant pels esdeveniments que són lligats a ella. No es va astorar davant de tantes adversitats, arribant a meravellar als seus adversaris. Va saber afrontar el seu repte i el va superar. I aquesta és la seva metàfora; la seva existència personal. I aquesta és la mirada que recull Salimbene a la seva crònica. És per això que el context en la qual apareix la figura del rei En Pere II de Catalunya (d’Aragó) dins la crònica és sempre relatiu a la problemàtica siciliana. Aquesta qüestió, Salimbene la descriu d’una manera clara, descrivint l’evolució des de l’època de l’emperador Frederic II Hohenstaufen “stupor mundi”, passant pel període del rei Manfred i Carles d’Anjou fins a arribar al rei En Pere II de Catalunya.

Salimbene intueix que el rei En Pere II el Gran de Catalunya —igual que ho serà Carles d’Anjou— serà un dels personatges rellevants del panorama polític del segle XIII. Ho creu perquè coneix de primera mà els esdeveniments. Sap que el rei En Pere va haver de recórrer un llarg camí i va haver d’afrontar-se a tota mena de penalitats per assolir el seu objectiu final. És per això que Salimbene, reconeixent-li la seva tenacitat i la seva convicció de si mateix, ens mostra una certa simpatia vers el rei català. I per aquesta raó no ens ha d’estranyar la lloança metafòrica que realitza a la seva crònica un cop s’assabenta que el rei ha mort.

El problema —com sempre— rau en la mirada amb la qual ens apropem al passat. Des d’un punt de vista rigorós, tothom sap que l’existència d’un llac al cim d’una muntanya és més que improbable, perquè si així fos estaríem desafiant a les lleis de la física. És de sentit comú. Per no parlar sobre l’existència de dracs. Si neguem aquestes dues premisses, el nostre pensament com a historiadors ens ha de situar enfront d’una pregunta clau: Què ens intenta explicar el cronista a través de la seva narració? 

En canvi, si no realitzem aquest petit esforç i reconduïm la narració fictícia cap a la realitat, amb la finalitat de donar-li veracitat, ens endinsem per un camí molt perillós. Malgrat això, hom s’hi ha endinsat. És per això que trobem datacions a l’acció que narra en Salimbene. Ni el 1276, i encara menys el 1285 són possibles. No ho són perquè mai va existir l’aventura del Canigó, encara que la idea romàntica d’un feudal davant la muntanya sigui tan suggerent: La veritable aventura fou Sicília. El Pirineisme comença quan l’home té curiositat per entendre la realitat i es llança a l’aventura de l’observació, però… això són figues d’un altre paner. 

 

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Des de temps immemorials, allò que els geògrafs grecs van definir com a Península Ibèrica, ha esdevingut el solar on s’ha construït una Història, la qual ha anat forjant diferents realitats i maneres de ser. Però amb l’esdevenir d’Espanya —a principis del XIX— diferents concepcions polítiques han cercat la manera de vertebrar-la a qualsevol preu. Per aquest motiu, alguns s’han entestat a demostrar una fictícia uniformitat històrica i territorial, pel simple fet de compartir una mateixa geografia. Catalunya ha compartit aquest solar, però la seva realitat històrica és una altra i és bo recordar-ho, ara que el debat torna a estar obert.  

 

La història tradicional d’Espanya s’ha construït d’acord amb la premissa d’atorgar un protagonisme únic a Castellaperllongada amb Andalusia i Extremadura— la qual ha estat exclusivament identificada amb Espanya. A la perifèria, especialment el llevant mediterrani i el nord-oest peninsular, se li ha permès tenir o bé un paper secundari o bé adquirir una certa rellevància de manera puntual, sobretot en els moments on la decadència castellana es feia més palesa. 

Així doncs, Castella —sempre sota una òptica negacionista— ha fet creure que existeix una “nació espanyola” i unes identitats “perifèriques” que les ha autodefinit com a nacionalitats. Però la realitat és una altra. La nació espanyola com la nació catalana o la nació basca són, existeixen, perquè són viscudes i percebudes pels qui així mateix diuen formar-ne part. Per tant, es torna a fer ús de la banalització per tal de confondre l’opinió pública i intentar evitar qualsevol procés d’autodeterminació legítim. En aquest sentit, la construcció identitària de la nació espanyola es torna ben sovint una destrucció sistemàtica de les “perifèries”, és a dir, l’espanyolisme acaba construint la seva identitat a còpia de reprimir les diferències del territori que considera nacional. 

Aquesta visió ha posat de manifest el greu problema sobre la realitat històrica d’Espanya. En primer lloc, ha evidenciat la imperfecció d’Espanya com a projecte polític atès que ha mostrat reiteradament els continus problemes d’adaptabilitat a l’estàndard occidental, sobretot pel que fa a dinàmiques d’adopció del capitalisme, el liberalisme i el racionalisme en el triple aspecte de l’econòmic, el polític i el cultural. I, en segon lloc, i encara més important, el fracàs més absolut de Castella en la seva tasca de fer d’Espanya una comunitat harmònica, plenament satisfeta amb ella mateixa i tolerant amb la resta de territoris que la componen. Si s’amaga la plurinacionalitat de l’estat, es deforma el passat.

S’ha evidenciat la imperfecció d’Espanya com a projecte polític atès que ha mostrat reiteradament els continus problemes d’adaptabilitat a l’estàndard occidental.

Esmicolant “la unitat de destí en el fet universal”

Dins del sistema escolar franquista, la historiografia es va articular en funció del concepte de “Reconquesta”, el qual es tracta d’un concepte historiogràfic —emprat encara en els currículums de secundària de Castella— que descriu el procés de recuperació —puix els musulmans no eren legítims propietaris de la geografia hispànica— del món feudal per sobre del món musulmà i jueu. Aquest procés arrencaria poc després de l’arribada dels àrabs a la península Ibèrica (segle VIII) i finalitzaria amb els Reis Catòlics (segle XV), els quals acabarien unificant “Espanya” com un Estat integral. Aquesta Reconquesta acabaria forjant “l’esperit espanyol”. 

A mitjan segle passat, un conjunt d’historiadors —a fi de legitimar els vencedors de la Guerra Civil— emprengueren la tasca de construir els arguments històrics on se sustentés el nou règim. El corpus teòric es va basar a trobar “l’essència d’Espanya”. Per tant, la historiografia espanyolista va arribar a “demostrar” que realment existien uns trets distintius de continuïtat entre el passat prehistòric fins a l’actualitat els quals defineixen aquest “esperit espanyol”.  

Actualment, les investigacions tendeixen a trencar l’homogeneïtat territorial de les províncies i mostren una predisposició cada vegada més clara a realitzar recerques que subratllin més les diferències socials i territorials, com per exemple els darrers estudis sobre els hispanogots del segle VIII, on es constaten diferències significatives entre les societats peninsulars, principalment condicionades pels hàbitats on desenvolupen les seves activitats. Les evidències arqueològiques —sense defugir de les fonts documentals— demostren fefaentment que el procés de romanització les va afectar de manera molt diferent.  

Per tant, les crisis de l’antiguitat tardana dels segles III al VIII provocarien canvis molt més profunds, els quals afectarien de manera desigual als diferents territoris peninsulars. En conseqüència, l’arribada dels àrabs a la península Ibèrica també afectaria aquestes societats de diferent manera, per la qual cosa, la idea de la continuïtat entre el regne visigot i les consegüents formacions polítiques es diluiria com el sucre.

L’arqueologia ha confirmat que la penetració del món musulmà dins el territori peninsular no va ser tan traumàtic com s’ha volgut fer creure. Les restes arqueològiques revelen que, després de la conquesta, el territori peninsular mai va ser abandonat. Per tant, tot això demostraria que molts hispanogots van professar la nova fe musulmana, no tant per convicció com per mantenir la propietat de la terra. I aquesta terra es veurà transformada per la introducció de nous sistemes de producció agrària, basats principalment en la gestió i la força de l’aigua.

Les investigacions tendeixen a trencar l’homogeneïtat territorial de les províncies i mostren una predisposició cada vegada més clara a realitzar recerques que subratllin més les diferències socials i territorials.

Deslegitimar l’origen per anul·lar la diferència 

A partir del segle IX, la majoria dels territoris peninsulars s’organitzaran com a regnes, i el rei esdevindrà el seu màxim representant. En canvi, als territoris del nord-est peninsular el comtat serà l’estructura administrativa que s’implementarà, i el comte —imposat des d’Aquisgrà— s’encarregarà d’administrar justícia, garantir l’ordre públic i gestionar la fiscalitat.

Aquest element diferenciador —com fou l’organització carolíngia del territori català— serà àmpliament combatut per la historiografia franquista a través d’una política de disminució de la seva rellevància. Per aquest motiu, se la considerarà una estructura de govern amb poca rellevància històrica i, per això es durà a terme una nul·la voluntat de difusió —tant en els cercles acadèmics com en els currículums escolars— la qual cosa afectarà el seu coneixement. 

Per tant, no ens ha de resultar estrany que aquests d’historiadors no vulguin entendre que la nostra singularitat és el resultat d’un enquadrament jurídic diferent de la matriu hispànica. El territori català serà adscrit seguint la política carolíngia de la Renovatio Imperii. Segurament, fou per aquest motiu la seva nul·la difusió, atès que l’essència d’Espanya quedava molt llunyana! 

Certament, el títol de rei és un dels càrrecs polítics més antics i coneguts. L’arrel més antiga de la paraula la trobem a l’indoeuropeu REG (regir/governar) la qual evolucionarà al llatí com a REX. En el context de les transformacions polítiques que es van succeir a partir del segle IV a l’occident europeu, amplis territoris seran governats per líders militars d’origen germànic, els quals progressivament s’alliberaran del domini de Roma i s’organitzaran com a regnes. Els nous cabdills territorials —siguin gots, francs o sueus— seguiran la seva tradició jurídica i adoptaran el títol de rex com a màxima figura política. 

Per tant, tots els sobirans peninsulars seran continuadors de la seva legalitat jurídica. Mentre que les dinasties astur-lleonesa o na­varresa o castellana continuaran utilitzant el títol de rei, el sobirà català utilitzarà el títol de comte, atès que legalment continuarà lligat a la dinastia francesa —hereva de la legalitat carolíngia a través de la família Capeta— i legitimada pel Papa, fins a la signatura del Tractat de Corbeil i ratificat al Tractat d’Anagni de mitjan segle XIII. A la pràc­tica, tots seran sobirans amb la mateixa potestat, tant si són reis com si som comtes.

El fet més paradoxal sobre la història d’Espanya —edificada a partir del concepte historiogràfic de la Reconquesta— és que es construeix a partir d’una falsa premissa com és la d’assignar una legitimitat continuadora del regne visigot vers el regne astur. 

Està àmpliament estudiada que aquesta màxima no és certa. Els experts han demostrat que les poblacions indígenes cantàbriques —siguin asturs, càntabres o vascons— sempre van mantenir una relació molt distant i bèl·lica amb el món romà, visigot, àrab o carolingi. Per tant, el seu aïllament es deuria més per un problema d’escàs enquadrament administratiu que no pas per una resistència ferotge contra uns conqueridors romans, visigots, àrabs o carolingis. En conseqüència, el pamflet propagandístic que suposen les tres cròniques d’Alfons III d’Astúries —sobretot l’Albeldense, que de fet és d’on surt el famós concepte de Reconquesta— s’han de llegir com allò que són: una legitimació jurídica davant l’opinió pública (i Déu) de l’agressió efectuada contra una part de la població hispànica que l’única cosa que tenen de diferent —respecte a la resta de la població— és que professen una religió diferent.

La història d’Espanya —edificada a partir del concepte historiogràfic de la Reconquesta— es construeix a partir d’una falsa premissa.

La voluntat d’alterar la realitat

In Dei nomine. Ego Ramirus, Dei gratia rex aragonensis, dono tibi, Raimundo [Berengario], barchinonensium comes et marchio, filiam meam in uxorem, cum tocius regni aragonensis integritate, sicut pater meus Sancius, rex, vel fratres mei, Petrus et Ildefonsus és, sens dubte, un dels fragments claus de la història de Catalunya que ha suscitat major bel·ligerància historiogràfica, sobretot per la part aragonesa. 

Aquest fragment correspon a les famoses “Capitulacions Matrimonials de Barbastre”, les quals van ser ratificades amb la “Renúncia de Saragossa” —ambdues de l’any 1137— per la qual el rei Ramir II d’Aragó, el Monjo, comunicava públicament als seus súbdits que donava la seva filla, el seu regne i els seus honors al comte Ramon Berenguer IV, comte de Barcelona, i que aquesta donació se segellarà a través del matrimoni entre el comte de Barcelona i la seva filla, Peronella.  

En conseqüència, el comte de Barcelona serà nomenat príncep hereu d’Aragó, i Ramir —tot i mantenir el títol— retornarà al monestir de Sant Pere el Vell d’Osca, d’on va sortir a correcuita per ser coronat rei. Per la seva banda, Peronella —amb tan sols un any— serà enviada a Barcelona per ser educada com a futura comtessa consort de Barcelona i reina d’Aragó. Tretze anys més tard, el comte Ramon Berenguer es casarà amb ella a Lleida, un cop va tenir l’edat legal per fer-ho, o sigui, catorze anys. Aleshores, serà el primogènit d’aquesta unió —Alfons el Trobador— qui esdevindrà la primera persona que ostentarà els dos títols —el de comte i el de rei— la qual cosa legitimarà la nova concepció política sorgida d’aquella donació. 

La realitat històrica no manipulada referma el fet que després de la “Renúncia pública de Saragossa” el regne d’Aragó quedà en un segon pla polític, atès que voluntàriament s’havia desposseït del seu valor successori, element clau al segle XII. Malgrat això, els successius comtes de Barcelona respectaran i mantindran sempre totes les institucions aragoneses, marcant l’inici de la Confederació Catalanoaragonesa. 

Per tant, és bàsic no caure en el parany polític que circula entre certs cercles espanyolistes, els quals argumenten que Peronella d’Aragó fou l’element clau que va permetre annexionar els comtats catalans al regne d’Aragó. Voler fer creure que una princesa d’un any enamori a un comte de Barcelona de vint-i-quatre anys, i que aquest —en plena expansió dels seus dominis— ofereixi els seus territoris a Aragó a canvi d’obtenir “un títol de més prestigi”, és ser un neci! I per reblar el clau, el fet de construir dues genealogies paral·leles —Alfons I de Catalunya és el mateix que Alfons II d’Aragó— demostra que existeix maldat i voluntat de tergiversar la realitat. 

La veritable problemàtica a la qual s’enfronta Aragó a principis del segle XII és la de trobar una solució jurídica al testament del rei Alfons I el Batallador, el qual havent mort sense descendència, havia donat tots els seus territoris als Ordes militars, i això va provocar un terrabastall institucional. Els castellans —aprofitant aquest buit de poder i legitimats per la repudiada exmuller del rei— iniciaren la invasió de Saragossa, seguida per la desconnexió de Navarra a través de la figura de Garcia Ramírez, conegut com el Restaurador. D’aquesta manera, Aragó quedava molt debilitada econòmicament amb el consegüent risc de desaparèixer. 

En contra del que han difós els extremistes aragonesos, la unió d’Aragó amb els comtats catalans va ser l’única sortida viable per a l’oligarquia aragonesa. Va ser l’única forma per frenar la pressió exercida, tant per castellans com per navarresos, i així poder potenciar la seva economia agrària i ramadera amb una sortida clara als mercats mediterranis.

Voler fer creure que una princesa d’un any enamori a un comte de Barcelona de vint-i-quatre anys, i que aquest —en plena expansió dels seus dominis— ofereixi els seus territoris a Aragó a canvi d’obtenir “un títol de més prestigi”, és ser un neci!

Posar els límits al poder

A finals del segle XI, una nova mentalitat aparegué dins la societat barcelonina, la qual es basà en el treball, la moral empresarial i l’amistat. Per aquest motiu, Barcelona va poder desenvolupar una forma pròpia d’acumulació de capitals, assentada en l’augment i la millora de la producció agrícola del seu territori, cosa que li permeté esdevenir l’epicentre administratiu dels comtats catalans. Les nocions de benefici, d’inversió i de capital cristal·litzen al llarg del segle XII i condueixen als comtes de Barcelona a la conquesta de les ciutats de Tortosa, Lleida i Balaguer, i a l’intent frustrat de conquerir Mallorca. 

I tot plegat serà possible gràcies a un clima d’estabilitat social que després del terrabastall polític que havien suposat les revoltes feudals, es van acabar imposant les convenientiae o pactes feudals entre iguals. A partir d’aleshores, la cultura del pacte es va anar generalitzant per tots els comtats catalans i esdevindrà una de les particularitats de la nostra manera de ser. Fruit d’aquell pacte, es redactaria la primera versió dels Usatges de Barcelona, base del dret consuetudinari català. 

De manera gradual, la sobirania catalana s’anirà repartint entre els diferents braços —comte, noblesa, clergat i ciutadans honrats— que representaran gran part de la societat. Per tant, aquesta política constitucionalista serà un dels trets distintius de la Corona que a partir del segle XIII s’anirà ampliant a mesura que es continuïn executant les polítiques expansionistes comtals. Aquests nous territoris seran configurats com a Estats, on la Corona vetllarà per a mantenir les particularitats de cada territori. Aleshores, Catalunya passarà a definir-se com a Principat, atès que la seva màxima autoritat serà la figura d’un príncep o el primer entre iguals

A diferència de la resta de territoris peninsulars —on la problemàtica del poder se centrarà sobre la sacralització— a Catalunya, el conflicte se situarà sobre el seu ús. La constant evolució del dret català acabarà atorgant poder al comte per cessió (entre iguals). Per tant, se l’obligarà a gestionar correctament la seva despesa i a respectar els diferents furs, costums, privilegis o usatges dels seus territoris. D’aquesta manera, es fomentarà el pactisme entre iguals, amb la finalitat d’equilibrar els interessos econòmics entre la noblesa, el clergat i la burgesia, a fi de mantenir l’estabilitat social.  

Com a resultat —i molt abans que els anglesos— les Corts Catalanes esdevindran el model perfecte de parlamentarisme, les quals constituiran el nucli de la tradició pactista catalana que ha arribat fins als nostres dies. Malauradament, amb la derrota del 1714 i la implantació del Decret de Nova Planta, la Confederació Catalanoaragonesa va ser fulminada i esmicolada en diferents províncies d’una nova monarquia centralitzada que governaria per a tota la península Ibèrica sense diferències legals.  

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La primera ley de Newton apunta que un objeto siempre tiende a estar o bien en reposo o bien en un movimiento uniforme y rectilíneo, a menos que una fuerza externa le obligue a alterar su estado. Por este motivo, si una fuerza centrípeta actúa sobre este objeto, este se verá atrapado por una fuerza invisible llamada central. De este modo, el objeto verá alterado su movimiento, modificada su inercia y se le complicará volver a su estadio físico original.

 

El economista e historiador aragonés José Larraz López, miembro destacado de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, escribió el 1943 un interesante libro de economía titulado “La época del mercantilismo en Castilla (1500-1700)”. Por quien fue procurador a las Cortes franquistas y ministro de Franco el 1939, apenas acababa la guerra civil —por lo tanto, hombre comprometido hasta el muelle del hueso con la dictadura franquista— a la hora de referirse a la unidad de España argumentaba que aquella realidad política —entre los siglos XV y el XVIII— había estado muy diferente respecto a la de su tiempo. En consecuencia, no era posible hablar de la existencia de un mismo Estado unitario —España— durando todas aquellas centurias, cosa que sí qué pasaría a partir de la llegada de Borbones.

El hecho es que tanto Galicia, Asturias, Cantabria, León y Castilla —el núcleo primitivo del reino— como las tres provincias vascas —Álava, Guipúzcoa y Vizcaya—, más Extremadura, Andalucía y Murcia acabarán formando parte de un mismo cuerpo integrado. De este modo, la parte central de la península Ibérica —el espacio que va desde el litoral cantábrico hasta el estrecho de Gibraltar— acabará compartiendo una misma frontera, y los territorios serán legislados por unas mismas Cortes —las castellanas— que utilizarán una misma moneda y todos juntos seguirán una misma política económica y fiscal. Perdón, menos las tres provincias vascas que, ya desde el siglo XIV, quedarán exentas de todas las cargas impositivas castellanas. Por lo tanto, queda patente que el resto de territorios peninsulares —Portugal y la Confederación Catalanoaragonesa— nunca formaron parte de esta matriz castellana.

Ciertamente, a mediados de siglo XV, la península Ibérica estaba dividida en cinco bloques políticos de importancia desigual: Portugal, los territorios de la corona de Castilla, el reino de Navarra, la Confederación Catalanoaragonesa y el emirato musulmán de Granada. De hecho, a mediados de siglo XV, cada uno de aquellos conjuntos de territorios acabarán para adquirir una personalidad muy diferenciada, y se constituirán en sociedades originales, con sus costumbres, sus particularidades jurídicas, sus propias instituciones y, incluso, con su propia lengua.

Que un historiador de la época más oscura de la dictadura —como es José Larraz López— sirva para combatir la colosal desinformación o ignorancia querida por el españolismo actual. Esto tendría que avergonzar una parte de la clase política, los medios de comunicación —incluidos los “influencers” escondidos detrás las redes— que una y otra vez, desde sus supremas tribunas no se han cansado ni se cansarán nunca de proclamar la existencia de una España unitaria desde hace más quinientos años.

La oligarquía castellana —desde hace demasiado tiempo y aunque hablando catalán en la intimidad— repite una y otra vez el mismo error cuando hablan de España como realidad política ya desde el siglo XV, refiriéndose como “la nación más antigua de Europa”. Si entendieran de una vez por todas que desde el siglo XV hasta principios del XVIII, Castilla llevó a cabo una política de nula de integración del mundo mediterráneo —y portugués—, y que esta solo sería posible gracias al uso de la fuerza. Esta debería ser combinada con una represión persistente y a un expolio constante de los recursos económicos a fin de modular sus legítimas aspiraciones, seguramente los ayudaría a entender muchas cuestiones que nos suceden hoy en día como Estado. Y más concretamente, los ayudaría a entender que el proyecto de España —tal como está planteado desde la llegada de Borbones— es del todo insostenible.

“A mediados de siglo XV, la península Ibérica estaba dividida en cinco bloques políticos de importancia desigual: Portugal, los territorios de la corona de Castilla, el reino de Navarra, la Confederación Catalanoaragonesa y el emirato musulmán de Granada.”

El inicio de las divergencias hispánicas

Después de las Navas de Tolosa, Castilla se adentró definitivamente por el interior de la Meseta inferior, cosa que le provocó una etapa de extrema euforia viendo las posibilidades que le ofrecía el nuevo territorio. Pero pronto se dio cuenta de que, a pesar de tener mucha voluntad, tropezaba con el mismo problema qué había topado León a finales del siglo XII. Después de la Concordia de Benavent —acuerdo de compra del reino de León por parte de Castilla— fue cuando Castilla —excepto el territorio nazarí— adquirió prácticamente el perímetro actual.

La Meseta inferior, con un terreno montañoso y abrupta —sobre todo en las zonas más próximas al sistema Central— disponía de unas tierras poco aptas para la agricultura —excepto el valle del Guadalquivir—, con escasez y poca calidad de los pastos, que sumadas a la fuerte variabilidad climática entre verano e invierno, acontecían factores demasiado adversos para poder tomar el control rápidamente. Además, hay que añadir tres elementos todavía más determinantes como son la baja natalidad de la población del norte, la nula movilidad de habitantes del norte hacia el sur —a pesar de fomentar las “presuras” o repartos territoriales— y las consecuencias de aplicar una política excesivamente represiva contra la población autóctona —argumentando tonterías— que culminará con la expulsión de los moriscos andaluces.

Todos estos factores repercutirán muy negativamente en la economía castellana porque se partirá de raíz cualquier actividad manufacturera y comercial, como por ejemplo el comercio con Oriente o África a través del estrecho. En cualquier caso, la Monarquía —a fin de prolongar su política expansiva —continuó necesitando aumentar sus ingresos regulares, cosa que contribuyó a una situación de extrema inflación, que repercutió en una alteración monetaria y generó un déficit permanente en su balanza comercial.

Como solución, la Monarquía ejerció una fuerte presión fiscal sobre algunos sectores de la población —como por ejemplo los judíos—, pero sobre todo hacia las grandes manadas trashumantes de la Meseta superior, justo en el momento que tanto Flandes como el norte de Italia se convertían en los grandes compradores de la lana castellana. Este tráfico llanero había catapultado Burgos hacia la primera línea de ciudades de Europa y convirtió el cantábrico como un importante eje marítimo verso Europa, cosa que estimuló el nacimiento de una industria textil. Pero todo se desvaneció en el momento que los intereses de la nobleza —propietaria de las tierras, fundamentada en antiguos derechos de conquista— prevalecieron por encima de cualquier iniciativa privada de los llaneros, cosa que imposibilitó el florecimiento económico de los siglos posteriores.

Ante el ahogo económico, la Monarquía —a fin de dinamizar la economía— recurrió al crédito que ofrecían las comunidades judías, asentadas en las principales ciudades hispanas. Así fue, antes que tarde, que tanto reyes, nobles como órdenes militares, comunidades eclesiásticas o “concejos” —e incluso particulares o “situados”, como se los conocía en la época— acabaron abusando del crédito, lo cual aconteció a la larga un verdadero problema interno. Ante el fuerte endeudamiento del tesoro público castellano, la Monarquía —a consecuencia de la generalización de impagos— inició una reforma de su sistema financiero, aunque el verdadero desencadenante fue la promulgación del Edicto de Granada —también conocido como Decreto de la Alhambra— por el cual los Reyes Católicos decretaban la expulsión de todos los judíos de los territorios hispanos, cosa que supuso obtener grandes bienes para la Monarquía a corto plazo.

En cuanto al resto de territorios peninsulares —sobre todo el mundo mediterráneo y el mundo atlántico portugués—, supieron encontrar en el mar una palanca de crecimiento que los permitió continuar con sus políticas expansivas. Por ejemplo, la burguesía comercial catalana supo aprovechar las consecuencias de la guerra con Francia —la famosa cruzada de Felipe Ardid— para potenciar su industria manufacturera. La creación de los Consulados de Mar y la ampliación de antiguas rutas marítimas —comenzadas en el siglo X— fueron los mecanismos de penetración que aprovechó la Confederación Catalanoaragonesa para satisfacer la demanda que tenían sus productos —trapos, herramientas de hierro, corales, cueros, especies o esclavos— tanto en los mercados peninsulares —Lisboa, Donosti, Bilbao o Sevilla— como en los mercados extranjeros de Cerdeña, Sicilia, Brujas, Constantinopla, Túnez o Alejandría.

 

Un territorio formado por “personas libres”

Desde el inicio de la expansión feudal —a inicios del siglo IX—, los territorios del noroeste peninsular se configuraron bajo la fórmula jurídica administrativa del “dominium”, fundamentada en el derecho romano, cosa que significaba que el titular de la propiedad de la tierra era un “dominus” o señor. Por lo tanto, el rey o el conde —máxima figura en la pirámide social— desde el principio aconteció el propietario final —directamente o indirecta— de todas aquellas tierras que se fueran expropiante.

Tenemos que tener presente que ningún señor tendría el menor interés a poseer tierras, aguas, manadas o molinos si no hubiera campesinos capaces de organizar procesos de trabajo estables que propiciaran la conversión del esfuerzo en una renta. Por lo tanto, con la creación de la Extremadura a partir del siglo IX, la política expansiva castellanoleonesa se ejecutó por medio de las comunidades de “villa y tierra”, las cuales acontecerían el elemento clave de organización político-jurídica dentro de los “nuevos territorios expropiados”. De este modo, el paisaje de la Meseta fue articulado a partir de la fundación de una serie de villas mayores —amuralladas y con representación a las Cortes castellanas— de las cuales dependían seis u ocho aldeas sin muralla situados alrededor de la villa principal.

Para los señores, el verdadero peligro pivotaba en la existencia —dentro de aquel vasto territorio— de comunidades campesinas libres que escaparan de aquella nueva jurisdicción. Por este motivo, crearon mecanismos que supusieran un endeudamiento brutal de aquellas comunidades de “villa y tierra” a través de las famosas cartas de poblamiento o “asentamientos” y de los contratos de “presura”, con el fin de que perdieran toda posible movilidad, quedaran adscritos en la tierra y, de este modo, aseguraran el retorno de las deudas contraídas.

Y como que la vida del rey era tan “sacrificada” —todavía hoy lo es cuando se permiten el lujo de ir a cazar elefantes— estos acababan cediendo las tierras por los servicios prestados a otros señores, entidades eclesiásticas o monasterios. Por lo tanto, dependía de quién era el rentista final —o sea, el propietario— que las tierras eran conocidas como realengas, si era del rey; si era de un abad o de un obispo; de solariego, si era de un noble o una orden militar; o de behetría, si eran los mismos aldeanos quienes escogían el señor. A la larga, toda esta tipología de propiedades contribuirá a la formación de los grandes latifundios mesetarios —conocido como el proceso de señorarización— que a partir del siglo XIV propiciará la concentración de mucho de poder, tanto económico como territorial, en una parte muy ínfima de la población castellana.

“A partir del siglo IX, la política expansiva castellanoleonesa se ejecutó por medio de las comunidades de “villa y tierra”, las cuales acontecerían el elemento clave de organización político-jurídica dentro de los “nuevos territorios expropiados.

Hacia una nueva concepción del Estado

A finales del siglo XV, el mundo castellanoleonés acabará “expropiando” unos 385.000 km² de tierras —entre la Meseta superior y la inferior—, en las cuales vivirán cerca de cuatro millones y medio de personas, incluida la población nazarí. Y al resto de la península, la población estará repartida de la siguiente manera: en los territorios de la Confederación Catalanoaragonesa vivirán cerca de novecientas mil personas en unos 110.000 km²; unos ciento veinte mil personas vivirán en 11.000 km² a Navarra; y en Portugal un millón de personas vivirán en 88.000 km².

Castilla, aunque era el territorio con más extensión de la península Ibérica, continuó experimentando continuos problemas económicos y demográficos, principalmente empujado por el proceso de consolidación del señorío, en detrimento de la agotada economía expansiva, la cual se había basado en la expropiación indiscriminada de tierras y la reasignación de propiedades a través de la coerción física.

Entonces, durante la segunda mitad del siglo XV, la Monarquía castellana inició un proceso de transformación económica a través de una reforma monetaria y fiscal, cosa que le provocó un importante desajuste social, hasta el punto que acabó repercutiendo directamente en los intereses nobiliarios. De este modo estallarán importantes disturbios por todo el reino y, al verse incapaz de calmar los ánimos, la Monarquía aplicará una política de satisfacción señorial a través del ofrecimiento de más tierras, más derechos y más pensiones vitalicias a expensas del erario público y financiado mediante un impuesto especial sobre la población de las ciudades comuneras. Y para remachar el clavo, a principios del siglo XVI, las principales Comunidades de Castilla se vieron obligadas a asumir un considerable impuesto para cubrir la compra del título Imperial —por parte de la familia de los Habsburgo— cosa que desembocó en la famosa Revuelta de los Comuneros.

Aun así, esta política tuvo un impacto insuficiente a la hora de aplacar las ambiciones señoriales, cosa que hizo aflorar la existencia de una división encara mucho más profunda en el seno de la aristocracia castellana. Pronto se palpó la existencia de dos facciones políticamente antagónicas: por un lado, encontramos las familias de los Pacheco, Villena o Girón, los cuales eran partidarios de tomar parte más activa en las grandes decisiones políticas del reino y, por lo tanto, veían necesario debilitar la Monarquía para controlarla. Y por la otra, había los Santillana o los Mendoza, que entendían que había llegado el momento de abstenerse del poder, porque la Monarquía era quien tenía que garantizar la estabilidad del reino a fin de asegurar sus privilegios señoriales… “in saecula saeculorum”.

Después de la Guerra Civil castellana (1475-1479), los dos territorios más extensos de la península Ibérica —el reino de Castilla y la Confederación Catalanoaragonesa— crearon plegados una nueva entidad política conocida con el nombre de Monarquía Hispánica, a la cual pronto le sumarían Granada (1492), Portugal (1497) y Navarra (1512). Aquel nuevo estado dinástico fue configurado con la unión de solo dos elementos clave: el ejército y la política exterior. Para el resto de elementos que configurarán el Estado moderno, como por ejemplo fronteras, monedas, leyes e instituciones, permanecerán totalmente separados.

De este modo, la configuración y reparto del poder —acordado a la Concordia de Segovia por ambas partes— se estructuró de la siguiente manera: mientras Castilla se articulará según la autoridad sacralizada de la reina y siempre por encima de la nobleza y la iglesia —gracias a una eficaz política de adormecimiento de las Cortes—, la Confederación Catalanoaragonesa se organizó alrededor de la Constitución de la Observancia, la cual obligará siempre al rey a gobernar y pactar de acuerdo con las leyes del Principado.

A la larga, Castilla ofrecerá menos resistencia a los monarcas hispanos, cosa que no pasará dentro de la Confederación Catalanoaragonesa, la cual respetando todas sus realidades jurídico-políticas, acabarán limitando las iniciativas no pactadas entre los diferentes brazos —conde-rey, nobleza, clero y ciudadanos honrados— que representarán parte de la sociedad confederada. El historiador John Elliott en su famoso libro “Imperial Spain (1469-1716)” muy acertadamente lo definió de la siguiente manera: los soberanos españoles (castellanos) eran reyes absolutos en Castilla y monarcas constitucionales en Aragón (Cataluña).

“Los soberanos españoles (castellanos) eran reyes absolutos en Castilla y monarcas constitucionales en Aragón (Cataluña).”

El imperio inconsciente

Solo el azar y los alisios condujeron a los primeros navegantes de la Confederación Catalanoaragonesa a la zona más poblada del continente americano. Desde el principio de los viajes hacia el oeste, los primeros navegantes tuvieron la certeza y la conciencia que allí donde habían llegado no eran las Indias Orientales, sino que se trataba de un territorio completamente diferente. Y al darse cuenta de este hecho, la Monarquía castellana desplegó toda su moderna maquinaria jurídica y administrativa para poseerlo legítimamente. Sin encomendarse a nadie y por derecho de conquista, la Monarquía volvió a adjudicarse la propiedad de aquellos territorios, ignorando la población autóctona.

El descubrimiento de importantes yacimientos de metales preciosos —entre México y Perú— propiciará la fundación o refundación de importantes ciudades americanas, las cuales adquirirán otro rol territorial a fin de asegurar considerables flujos regulares de riqueza hacia Castilla. Por lo tanto, actuando como nuevos ricos, Castilla gastará una cantidad indecente de recursos económicos para construir su concepto de civilización, fundamentada en el catolicismo. Esta obsesión —a veces incontrolada— los llevará a embarcarse en infinidad de conflictos de todo tipo, como por ejemplo: disputas teológicas, conflictos familiares, asuntos comerciales o fastuosas construcciones megalómanas.

Pero a principios del XVII, las minas americanas empezaron a mostrar signos de agotamiento, cosa que se acentuará a medida que avanza el siglo. Ante esta desaceleración, y a fin de mantener el mismo ritmo de gasto, la Monarquía recurrirá al préstamo de bancos alemanes —los Fugger o los Welser— y la banca genovesa de los Spínola, Centurione, Balbi, Strata y, sobre todo, Gio Luca Pallavicino. Entonces, se verá obligada a subir los impuestos y a ejercer una presión fiscal sobre el conjunto de toda la sociedad hispánica. Recordamos la famosa “Unión de Armas” de la Cuenta-Duque de Olivares. Ante una avalancha generalizada de impagos, el Estado entrará en un proceso de sucesivas bancarrotas (1627, 1647, 1652 y 1662), cosa que contribuirá a proyectarle una imagen muy desfavorable ante el resto de cancillerías europeas.

La historia de España todavía hoy continúa estigmatizada por una “leyenda negra” concebida entre los siglos XVI y XVII —tanto por los luteranos de Wittenberg como por los holandeses de Dillenburg—, la cual buscaba desmenuzar su hegemonía en el mundo. Posteriormente, con el fin de controlar las materias primas de las colonias castellanas y portuguesas, los ingleses amplificarán la propaganda protestante, como elemento clave de desprestigio ante las élites coloniales, cosa que los ayudaría a iniciar y financiar los procesos de independencia de las colonias hispanas a lo largo del siglo XIX.

La deriva borbónica

De manera reiterada, Castilla —y después España— se ha encontrado siempre ante un peligroso círculo vicioso, en el cual el gasto contraído por el Estado ha estado excesivo, y ha necesitado aumentar continuamente los impuestos para equilibrar los ingresos, cosa que lo ha llevado —de manera prolongada en el tiempo— a una desmesurada presión fiscal sobre el conjunto de la población.

Con la entrada de los Borbones —después de una larga campaña de desprestigio contra los Austrias— los problemas económicos se agraviaron cuando, a través de la utilización de continuos préstamos, représtamos, negociaciones y renegociaciones, estos solo sirvieron para satisfacer su “grandeur” personal, en detrimento de la modernización de la sociedad de acuerdo con el espíritu ilustrado que imperaba en todo Europa.

Los Borbones siempre fueron conscientes de que la única manera de sustentar económicamente todo el reino hispánico era anexionando todos los territorios peninsulares y, de este modo, configurar un nuevo hexágono geopolítico. Pero esto no fue posible porque desde finales del XVII Portugal ya no formaba parte de la Monarquía Hispánica, aunque se intentará anexionarlo en tres ocasiones durante el XIX y XX. Por lo tanto, los esfuerzos solo se pudieron centrar sobre los territorios del Levante peninsular que, primero con la guerra de Sucesión y después con los Decretos de Nueva Planta, permitió a Borbones vincular sectores productivos —maestros, artesanos y mercaderes— al nuevo sistema centralista. Como consecuencia, esta fidelización hacia Borbones les permitió —a los afines al nuevo régimen— acceder a los grandes contratos públicos, cosa que los abocó hacia una dependencia absoluta del nuevo sistema centralista la cual acabará tejiendo una red de corrupción generalizada en todos los niveles de la gestión pública.

De ejemplos no faltan, como cuando a principios del siglo XIX la reina María Cristina —viuda de Fernando VII— libró el poder a los liberales españoles, que a la vez pactaron con la burguesía industrial catalana para forjar una interesada alianza política y sociobiológica que se materializaría con la institución de un sistema proteccionista. De este modo se dilapidaba la tradición mercantil catalana y se traicionaba el espíritu del 1705, porque la negativa borbónica hacia el libre mercado del Principado con Inglaterra y los Países Bajos —sus principales socios comerciales— inició todo el proceso que convergería en el 11 de septiembre de 1714.

Tampoco con la instauración del “régimen democrático del 78” la cosa mejoró por los intereses del Levante peninsular. De hecho, sus consecuencias las sufrimos diariamente los catalanes, valencianos y baleares cuando año tras año aportamos cifras monstruosas de nuestros PIB a las arcas del Estado en pro de una “centralidad solidaria” y recordémoslo, con el visto bueno de políticos, industriales y banqueros. Y la historia continúa hasta la actualidad, cuando después de una década políticamente y social intensa, el Estado acaba de proponerle a Cataluña —pronto también se lo propondrá a València y a las Islas— una financiación singular, seguramente condicionada por una gran solidaridad. ¡En fin!

La historia ya advirtió Felipe II cuando visitó por última vez a su padre, el emperador Carlos de Habsburgo, en el monasterio de Yuste cuando le aconsejó que si quería aumentar el imperio, era necesario que situara la capital en Lisboa, porque esto significaría ligarla con el Nuevo Mundo; si quería conservarlo, la situara en Barcelona, es decir, entroncarla con la tradición clásica; y que si quería perderlo, situara la capital en Madrid. Y, efectivamente, Madrid fue la capital más mal comunicada de Europa hasta comienzos del siglo XX, cuando, gracias al desarrollo de las líneas aéreas y la construcción de los pantanos, se consiguió dinamizar aquella soledad en medio de la Meseta castellana.

Volvemos a Newton. Y ¿cómo pasaremos de una fuerza centrípeta hacia una fuerza centrífuga? Pues esta solo será posible si existe una aceleración tangencial que permita variar el módulo de velocidad del objeto y, de este modo, podrá volver a su estadio físico original. Por lo tanto, ¿será la innovación tecnológica quien provocará una aceleración del movimiento económico que aprovechándose de “el Open Banking” y “el Embedded Finance” acontezcan la fuerza tangencial que posibilite devolver a nuestro estadio original? ¡Conseguirlo está en nuestras manos!

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Durante siglos, el poder no se ha definido solo por la fuerza, la bandera o la ley. Se ha definido, sobre todo, por una pregunta mucho más elemental: quién recauda, quién administra y quién decide. La política puede vestirse de grandes palabras, pero su arquitectura real suele encontrarse en un lugar mucho menos retórico: la caja.

 

Cataluña lo sabe bastante bien. Cada vez que el debate sobre la financiación vuelve al centro de la vida pública, reaparece una cuestión de fondo que a menudo queda tapada por la niebla del tacticismo: no se trata solo de cuánto dinero llega, sino de quién tiene la capacidad efectiva de decidir sobre ese dinero. La diferencia es sustancial. Una cosa es disponer de los propios recursos; otra, muy distinta, es esperar que te sean devueltos en forma de promesa, inversión o compromiso plurianual.

La Generalitat defiende que el nuevo modelo de financiación comportaría 4.686 millones de euros adicionales para Cataluña y reforzaría la autonomía financiera del país. Pero, al mismo tiempo, el debate continúa rodeado de matices, calendarios, reformas legales y negociaciones pendientes. La misma discusión sobre la recaudación del IRPF ha ido apareciendo y reconfigurándose en medio de acuerdos políticos, aplazamientos y propuestas de aplicación progresiva.

Mientras tanto, sobre la mesa pública aparecen grandes inversiones de impacto inmediato. Corredores ferroviarios, infraestructuras estratégicas, modernizaciones pendientes, planes plurianuales y compromisos que a menudo se presentan como históricos. La línea orbital ferroviaria, planteada con un coste aproximado de 5.200 millones de euros y un horizonte de ejecución hasta 2040, es un ejemplo reciente y elocuente. La infraestructura puede ser necesaria, incluso urgente. Pero la pregunta política no es solo si hay que hacerla. La pregunta decisiva es otra: ¿quién decide, quién paga, quién ejecuta y quién administra el calendario?

 

Cuando la inversión sustituye a la soberanía

Una inversión millonaria puede parecer una victoria. Puede generar titulares, fotografías, ruedas de prensa y esa sensación tan contemporánea de que algo se mueve. Pero si esa inversión depende del calendario del Estado, de la fuerza negociadora del momento y de la bilateralidad política, entonces no es poder propio. Es asignación condicionada.

Y toda asignación condicionada tiene una naturaleza frágil: puede acelerarse, retrasarse, fragmentarse o reinterpretarse.

La inversión no es soberanía. Puede ser útil, puede ser justa, puede ser imprescindible. Pero no equivale a tener la llave de la caja. Una administración que recauda, gestiona y decide directamente sobre sus recursos puede planificar con responsabilidad. Puede establecer prioridades. Puede equivocarse, naturalmente, pero el error es suyo y la decisión también. En cambio, cuando un territorio aporta, espera y negocia, entra en una lógica diferente. Ya no actúa plenamente como sujeto fiscal, sino como demandante ante un centro que conserva la capacidad de conceder. Y la concesión, incluso cuando es abundante, no deja de ser concesión.

 

Un país nuevo con infraestructuras viejas

Este debate se vuelve todavía más urgente cuando se observa el estado material del país. Cataluña ha cambiado de dimensión, pero muchas de sus infraestructuras continúan pensadas para una sociedad anterior. No es solo que sean viejas; es que a menudo responden a una escala demográfica que ya no existe. El país de los seis millones ha quedado atrás. Cataluña ya supera los 8,2 millones de habitantes, según las estimaciones provisionales del Idescat a 1 de enero de 2026, y en solo un cuarto de siglo ha crecido cerca de dos millones de personas. Este dato no es una curiosidad estadística. Es una advertencia política.

Un país que crece de esta manera necesita trenes, carreteras, vivienda, energía, agua, hospitales, escuelas, aeropuertos y polígonos dimensionados para la realidad presente y para el horizonte futuro. Aunque las proyecciones oficiales puedan oscilar según escenarios demográficos, la planificación pública debería asumir una pregunta exigente: ¿qué pasa si tenemos que gobernar un país de más de nueve millones o, en términos de presión real sobre servicios y movilidad, una Cataluña que debe pensar ya en el escenario de los diez millones? Planificar no es esperar a que la realidad llame a la puerta. Planificar es abrirla antes de que la gente se acumule en el rellano.

Y aquí es donde la trampa de las inversiones se vuelve más evidente. Porque cuando una infraestructura es necesaria hoy, pero se promete para dentro de quince o veinte años, el país no está planificando: está administrando el retraso. Una obra prevista para resolver un problema presente puede acabar inaugurándose cuando el problema ya ha cambiado de escala. Entonces, la inversión llega tarde, cara y a menudo insuficiente.

 

El calendario como instrumento de poder

Cataluña conoce demasiado bien esta liturgia del retraso. La línea 9 del metro de Barcelona empezó las obras en 2002 y la conexión completa se ha situado en el horizonte de 2031, casi tres décadas después del inicio de los trabajos. La Sagrera acumula años de demora: debía estar operativa en 2012 y las previsiones la han desplazado hacia 2027 o más allá, según los calendarios y las fases del proyecto. La ampliación del aeropuerto de El Prat, por su parte, reaparece cíclicamente como una promesa estratégica, rodeada de desacuerdos institucionales, condicionantes ambientales y calendarios políticos que parecen avanzar siempre más lentamente que las necesidades del país. Esto no es solo mala gestión. Es una forma de estructura.

Cuando las grandes decisiones dependen de ciclos políticos largos, de administraciones superpuestas y de una capacidad fiscal limitada, el tiempo deja de ser una variable técnica y se convierte en un instrumento de poder. Quien puede prometer también puede aplazar. Quien puede aplazar también puede condicionar. Y quien condiciona el calendario acaba condicionando el desarrollo.

El problema, por tanto, no es que lleguen inversiones. Cataluña necesita infraestructuras, modernización ferroviaria, ejecución presupuestaria y una corrección evidente de déficits acumulados. El problema es confundir inversión con autonomía. Recibir más dinero no significa necesariamente decidir mejor. Y disponer de más compromisos no significa tener más poder si la decisión última continúa situada fuera del propio marco institucional.

Esta es la gran sustitución psicológica: dejar de preguntar “¿cómo gestionamos nuestros recursos?” y empezar a preguntar “¿qué nos prometerán?”. Es un cambio sutil, pero profundo. El centro del debate se desplaza de la responsabilidad a la expectativa; de la capacidad fiscal al anuncio; de la soberanía económica a la negociación permanente.

 

El BOE, el crédito y la dependencia invisible

Ningún Estado moderno renuncia fácilmente a las herramientas que le permiten modular el territorio. La inversión pública es una de las más eficaces porque opera con apariencia de neutralidad técnica. No hace falta imaginar conspiraciones oscuras. El mecanismo es mucho más simple y mucho más antiguo: quien controla el flujo de los recursos controla también una parte del comportamiento institucional de quienes dependen de ellos. La política de la zanahoria no necesita grandes discursos. Le basta con calendarios.

Pero esta modulación no afecta solo a las instituciones. También penetra en la sociedad civil y, sobre todo, en el tejido empresarial. Cuando el BOE, las licitaciones, las subvenciones, los PERTE, los fondos europeos o los grandes contratos públicos pasan por filtros administrativos controlados desde el centro, muchas empresas catalanas quedan atrapadas en una telaraña sutil: no están formalmente obligadas a nada, pero aprenden rápidamente qué conviene decir, qué conviene callar y hasta dónde conviene llegar. La dependencia económica produce prudencia política; y la prudencia, cuando se convierte en hábito, acaba fabricando silencio.

El Estado no necesita imponer una consigna explícita si puede administrar los incentivos. Le basta con convertir el acceso a los recursos en una gramática de comportamiento. Así, una parte de la sociedad catalana deja de pensar en términos de proyecto colectivo y empieza a pensar en términos de expediente, convocatoria y resolución favorable. No es represión, sino que más bien es domesticación administrativa. Y quizá por eso es tan eficaz. Al final, esta dependencia moderna rara vez lleva uniforme y sí formularios.

Aquí la telaraña se completa. El Estado puede administrar la inversión, el BOE puede ordenar los incentivos y la banca puede capturar una parte de las plusvalías generadas por el propio tejido productivo. Muchas empresas catalanas crean valor, pero ese valor no siempre se transforma en capacidad expansiva propia. A menudo queda absorbido por pólizas de crédito, refinanciaciones, avales, productos financieros, comisiones y una relación permanente de dependencia con la entidad bancaria.

El banco no solo presta dinero: administra el margen de maniobra. Decide ritmos, riesgos, garantías y condiciones. Y cuando la empresa vive pendiente del crédito, su libertad estratégica se estrecha. Puede facturar más, crecer más y exportar más, pero continuar atrapada en una economía donde el oxígeno financiero no le pertenece del todo.

Es la forma más sofisticada de dependencia: producir riqueza sin controlar plenamente su destino. El Estado promete, el BOE filtra, la subvención orienta y el banco retiene. La telaraña perfecta no encarcela con muros; encarcela con calendarios, expedientes y deuda.

Esto no quiere decir que toda subvención sea nociva, que toda inversión sea una trampa o que todo crédito sea una forma de sumisión. La realidad es más compleja, y precisamente por eso hay que mirarla sin consignas. Las subvenciones pueden impulsar proyectos necesarios. El crédito puede permitir crecer. La inversión pública puede corregir déficits históricos. Pero cuando estos tres mecanismos se convierten en sustitutos de la capacidad propia de decidir, entonces dejan de ser instrumentos y pasan a ser dependencias.

Una economía sana utiliza el crédito, pero no vive arrodillada ante él. Una empresa fuerte puede acceder a ayudas, pero no debe depender de ellas para orientar su estrategia. Un país maduro puede recibir inversiones, pero no puede construir su futuro esperando a que alguien más decida cuándo toca modernizarlo.

Cuando una obra estratégica depende de un acuerdo político, de una comisión bilateral o de una mayoría parlamentaria concreta, la infraestructura deja de ser solo infraestructura. Se convierte también en mensaje. Dice quién puede prometer, quién puede esperar, quién puede presionar y quién debe agradecer. Y en política, el agradecimiento institucional es a menudo la forma más elegante de la dependencia.

Esto no invalida ninguna inversión concreta. La línea orbital puede ser necesaria. La L9 es imprescindible. La Sagrera puede transformar la movilidad metropolitana. El aeropuerto requiere un debate serio, riguroso y no propagandístico. El refuerzo de la financiación puede ser positivo. La llegada de más recursos puede aliviar tensiones reales en servicios públicos, movilidad y administración. Pero nada de esto resuelve automáticamente la cuestión central: ¿Cataluña quiere más promesas o quiere más capacidad de decisión?

 

Decidir o esperar

Una economía madura no puede basar su futuro en promesas plurianuales administradas políticamente. Necesita capacidad fiscal, estabilidad normativa, ejecución presupuestaria y responsabilidad directa. Necesita poder vincular aquello que aporta con aquello que decide. Necesita, en definitiva, dejar de vivir pendiente de si la inversión llega, cuándo llega y bajo qué condiciones llega.

Porque el debate de fondo no es contable. Es político en el sentido más profundo del término. ¿Quién decide el ritmo de tu desarrollo? ¿Quién ordena las prioridades de tu territorio? ¿Quién transforma tus impuestos en escuelas, trenes, hospitales, vivienda o investigación? ¿Tú? ¿O aquel que primero concentra los recursos y después administra su retorno?

La respuesta a esta pregunta define la calidad real del autogobierno. Por eso, la trampa de las inversiones consiste en hacer pasar por poder aquello que a menudo solo es retorno condicionado. Consiste en convertir una promesa en horizonte, un calendario en esperanza y una asignación presupuestaria en sustituto de la soberanía fiscal. No es lo mismo disponer de tus recursos que esperar a que te los devuelvan.

Y un país que ha pasado de los seis a los ocho millones de habitantes no puede continuar gobernándose con infraestructuras pensadas para el pasado, calendarios que llegan tarde, empresas pendientes del BOE y un sistema productivo demasiado a menudo obligado a negociar su propio oxígeno financiero. Porque la dependencia, aunque llegue en alta velocidad, envuelta en cifras históricas o disfrazada de producto bancario, continúa siendo dependencia. Y la libertad económica de un país no empieza cuando le prometen inversiones, sino cuando puede decidir qué hacer con la riqueza que él mismo genera.

Proteger los ahorros con oro físico ha sido una de las principales aportaciones de 11Onze a su comunidad y, ahora, se amplía el abanico de productos. Por eso, ante la volatilidad, la todavía alta inflación y la creciente crisis de confianza en el sistema bancario, el oro vuelve a reforzarse como valor refugio. Descubre el Or Semilla en Preciosos 11Onze.

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La exuberancia económica de finales del siglo XVII hará creer a las monarquías europeas que la riqueza del mundo es estática y que solo hay que repartirla. La constante entrada de oro y de plata dentro de la economía les permitirá universalizar su idea de civilización, y se aprovecharán de la maravilla causada en aquellas culturas con prácticas y creencias ancestrales. De los 700 millones de personas que habitarán el mundo, casi 120 millones vivirán en Europa, dado que la mundialización —iniciada dos siglos antes— les posibilitará una variedad alimentaria que les permitirá alargar su esperanza de vida.

 

Al finalizar el siglo, los europeos habrán verificado empíricamente toda la tierra, lo cual les permitirá generar una cartografía basada en la observación de la realidad. Lejos quedará aquella geografía imaginaria fundamentada en las supersticiones dogmáticas. De este modo, aparecerán infinitud de descripciones sobre civilizaciones exóticas dentro del imaginario europeo, el cual dibujará un cambio en los gustos —más orientalizados— y suscitará una progresiva actitud crítica ante las creencias que los europeos tienen sobre el mundo. Este sentimiento de universalidad cultural se irá diluyendo a medida que el europeo entienda que el mundo también está habitado por una multitud de culturas y civilizaciones, las cuales son diferentes de las descripciones contenidas a la Biblia.

Por lo tanto, la adopción del pensamiento crítico comportará la codificación enciclopédica de la naturaleza a través del revolucionario método científico, el cual se basará en la observación, la experimentación y la especulación empírica. La física —escrita con lenguaje matemático— describirá las formas y las medidas de los cuerpos celestes, mediante el uso de la recientemente creada geometría analítica. Y a partir de este momento, la ciencia será un corpus de conocimiento diferenciado de la filosofía y la religión. Todo ello desembocará en una percepción de la realidad que provocará que las élites intelectuales europeas se cuestionen conceptos tan básicos como la propiedad, la justicia, el poder y, por encima de todo, la religión.

“La adopción del pensamiento crítico comportará la codificación enciclopédica de la naturaleza a través del revolucionario método científico, el cual se basará en la observación, la experimentación y la especulación empírica.”

El cuestionamiento de la divinización del poder

De manera clara, la Iglesia — tanto la católica como la protestante— tendrá que hacer frente a multitud de voces discordantes que dudarán sobre el origen divino de los textos sagrados, dado que se cuestionará la autoría divina de las Sagradas Escrituras. Entonces, la religión se convertirá en un asunto individual y privado entre el hombre o la mujer con Dios. Y en virtud de esta privatización, los europeos progresivamente se liberarán de depender obligatoriamente de las disciplinas dogmáticas impuestas por la Iglesia desde el siglo X.

El hecho de cuestionar el cimiento sagrado que justificaba la existencia de los Estados cristianos, agrietará la legitimidad confesional de la autoridad política representada por el monarca. Con la toma de conciencia del propio yo —a través del principio racional “cogito ergo sum”— se inaugurará la filosofía moderna que llevará a los sabios ilustrados a cuestionar abiertamente la divinización del poder real

Este innovador pensamiento racional provocará un choque frontal entre los partidarios del poder absoluto —en manos de una sola persona y defendido enconadamente por todas las monarquías europeas— contra los defensores del estado natural del ser humano, los cuales argumentarán que “ningún hombre no puede ser sometido a la voluntad arbitraria de otro hombre, ni puede ser obligado a obedecer leyes que otro hombre no seguiría como él.” Este pensamiento provocará una profunda crisis de la conciencia europea, la cual abrirá el camino hacia la invención de la libertad y la reclamación de la igualdad social.

El poder absoluto y el mercantilismo

Los teóricos del poder monárquico —como Jean Bodin o Thomas Hobbes— justificarán el absolutismo como la forma más perfecta de gobierno y la única capaz de gestionar la gran acumulación de riquezas que se extraen de las colonias. El alto funcionariado —designado por el mismo rey— desarrollará mecanismos cada vez más eficaces para organizar meticulosamente las finanzas del Estado, dado que sus ganancias no solo se conseguirán por medio de la introducción de gran cantidad de oro y de plata dentro del sistema económico, sino que también se maximizarán las exportaciones y minimizarán las importaciones con la ayuda de estratégicos aranceles.

Convencidos de que la riqueza del mundo era estática porque solo había que cogerla, intercambiarla o robarla, las monarquías absolutistas perseguirán cualquier intromisión o iniciativa privada que desestabilice el sistema del comercio internacional, como por ejemplo la persecución sistemática de la piratería. En cambio, la multitud de conflictos bélicos entre las diferentes monarquías europeas —a lo largo del XVII y XVIII— serán vistos como un intercambio necesario de riquezas, territorios o personas en que todas saldrán ganando o perdiendo, y de este modo se mantendrá el sistema económico vive, el cual siempre tendrá que sumar cero.

Las monarquías europeas —anonadadas por la abundancia— se olvidarán completamente de la vida de sus súbditos. Maravilladas por la situación, serán incapaces de aplicar mejoras sociales y económicas y pronto toparán con el grave problema de la pobreza colectiva dentro de sus sociedades. Y en un contexto de un incipiente conflicto social —como será el de principios del siglo XVIII—, los economistas de la época, Colbert, Mun, Serra o Misselden, defenderán la aplicación de una política de salarios bajos como única vía para conseguir la competitividad en el comercio internacional, seguido del perverso argumento que “si la población dispone de salarios superiores al nivel de subsistencia, estos serán los causantes de la reducción en el esfuerzo laboral.”

La riqueza extraída de las colonias, no solo se acumulará o se transformará en los recursos productivos que la economía requiere, sino que sobre todo se utilizará para ser exhibida a través de las artes —arquitectura, pintura y escultura—, las ciencias y la cultura. Y todo ello desembocará en una paradoja cuando las principales monarquías absolutistas —francesa, austríaca, rusa o castellana— serán capaces de vivir dentro de sus fastuosos palacios, en la más exquisita y refinada opulencia, sin importarles la escasez de recursos con los cuales vivían la mayoría de sus súbditos. Aun así, esta dinámica estructural se desmenuzará con la irrupción del racionalismo ilustrado dentro del pensamiento europeo, que contribuirá a la rotura definitiva del statu quo de siglos de excesos monárquicos. El despotismo ilustrado le atribuirá al monarca la misión de llevar el progreso económico y el bienestar social a todos sus súbditos, cosa que producirá infinitud de conflictos sociales. Y en este punto, no todas las monarquías europeas abordarán el problema de redistribuir la riqueza del mismo modo.

“Las principales monarquías absolutistas serán capaces de vivir dentro de sus fastuosos palacios, en la más exquisita y refinada opulencia, sin importarles la escasez de recursos con los cuales vivían la mayoría de sus súbditos.”

Dos soluciones para un mismo problema

Una de las respuestas la dará la Corona de Castilla a través de sus políticas económicas, las cuales todavía le permitirán ostentar una relativa predominancia internacional. A pesar de todo, la extracción masiva de metales preciosos del “Nuevo Mundo” —que le había permitido obcecarse con su particular idea de universalización cultural— le había provocado una miopía y una nula adaptabilidad a los movimientos cambiantes de la economía. Por lo tanto, ante el reto de redistribuir la prosperidad entre sus súbditos, se encontrará atrapada entre una deuda gigantesca y una sociedad poco dinámica que dependerá mayoritariamente de las decisiones reales y de los recursos que llegan de las colonias. Todo ello pondrá de manifiesto la existencia de una pirámide social parasitaria que provocará que un solo campesino —condicionado por el sistema de censos y de fueros— esté obligado a alimentar a treinta no-productores.

Por lo tanto, la estrategia que seguirá la Corona de Castilla —a través de los ‘válidos’ del rey, los famosos duque de Lerma, el conde-duque de Olivares o el padre Nithard— será la de ejercer una fuerte presión fiscal mediante el incremento o creación de nuevos impuestos sobre las frágiles economías campesinas, o sobre las clases urbanas por medio de constantes subidas de precios y bajadas de salarios. Este programa económico buscará obtener los máximos recursos para continuar sustentando la idea de Imperio, dado que hasta entonces los había permitido disfrutar de una balanza comercial positiva. En contraposición, se situarán la nobleza y el clero, los cuales quedarán totalmente exentos de todas estas cargas fiscales, aparte de permitirles incrementar el cobro de sus rentas. Al final, todo desembocará en un importante empobrecimiento de la sociedad castellana, con consecuencias tan desastrosas sobre la natalidad y el despoblamiento de grandes territorios de la Meseta, y que no se recuperará totalmente hasta principios del siglo XX. Y para remachar el clavo, la sociedad será secuestrada por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, la cual velará —a través de la censura, la crema de libros “prohibidos” y un integrismo misógino— para que no germine ningún pensamiento crítico que rehúya de la línea oficialista.

Por otro lado, encontramos la respuesta de los territorios del norte de Europa —como son la Corona inglesa y las diecisiete Provincias Unidas— la cual supondrá introducir con firmeza las ideas ilustradas dentro de la sociedad, la política y la economía. Mientras Inglaterra acabará constituyéndose en una monarquía parlamentaria, a través de un proceso político que limitará el poder del monarca y la separación de poderes, la unión militar de Utrecht —constituida por las diecisiete Provincias Unidas— combatirá enérgicamente hasta la Paz de Münster la ocupación de la Corona de Castilla por devenir la república de las Provincias Unidas del Norte. Ambos territorios adoptarán una nueva mirada sobre el comercio que provocará la mutación del sistema económico y adoptará una lógica de libre mercado sin restricciones ni protecciones estatales. La generación de riqueza ya no se hará a través de la sangre, sino que será por medio de la habilidad que tenga el individuo en la acumulación de capitales cosa que hará aparecer la plusvalía, origen de la nueva conflictividad. Y en este nuevo paradigma económico, el Estado ya no tendrá cabida dado que los elementos básicos e irreducibles que impulsarán esta nueva mentalidad será —tanto para empresas como para individuos— bajo el imperativo económico de maximizar las ganancias y minimizar las pérdidas.

“En contraposición, se situarán la nobleza y el clero, los cuales quedarán totalmente exentos de todas estas cargas fiscales, aparte de permitirles incrementar el cobro de las sus rentas.”

Cambio de paradigma económico

La universalidad cultural que había imperado hasta entonces será sustituida por nuevos razonamientos basados en “si se puede demostrar que el rendimiento económico que toda la producción industrial del mundo tiene que estar concentrada en Madagascar o en las islas Fiyi o que toda la población de África negra se tiene que trasladar al Nuevo Mundo para trabajar en las plantaciones de algodón o de la caña de azúcar, no existe ningún argumento económico que pueda parar estas iniciativas.” Y de este modo, el capitalismo impondrá una globalización cada vez más extensa y llegará a regiones cada vez más remotas, las cuales serán transformadas de manera más profunda.

El mundo se dividirá en parcelas productivas siguiendo criterios globales como “no tiene ningún sentido producir plátanos en Noruega porque su producción es mucho más barata en Honduras”. Por lo tanto, cuando los terratenientes argentinos solo produzcan carne o los granjeros australianos solo serán expertos productores de lana, será el momento en que habrán abandonado su propia producción agrícola, puesto que les resultará más beneficioso comprar las producciones cereales para el autoconsumo en el exterior. De este modo, estas transacciones les permitirá especular y sacar más rendimiento económico a sus inversiones.

Y en este sentido, tanto Inglaterra como Holanda serán los únicos exportadores de capitales y servicios financieros a las colonias americanas o asiáticas con el fin de desestabilizar los antiguos imperios —Castilla y Portugal— y de este modo asegurarse las materias primeras para la incipiente revolución industrial. Las bolsas de Londres o Amberes —fundadas a finales del XVII— se convertirán las capitales comerciales de la nueva economía que se basará sobre las expectativas de un dinamismo especulativo, las cuales serán participadas principalmente por los descendentes de aquellos judíos sefardíes expulsados por la Monarquía Hispánica a finales de los XV.

Desde el principio, tanto Inglaterra como Holanda tuvieron la certeza que para desarrollar el nuevo paradigma económico había que poner en marcha un proceso de concentración de la actividad económica por medio de la urbanización de las zonas costeras, cosa que les posibilitó el impulso de la construcción naval y el desarrollo de manufacturas próximas a los puertos. Esto les permitió convertir sus litorales en espacios económicamente muy dinámicos y potentes. Un hecho similar sucederá en la costa peninsular mediterránea, la cual pasará a ser uno de los territorios con un crecimiento económico similar al de los territorios del norte de Europa. Será entonces cuando Cataluña adquirirá la cohesión territorial sobre las bases de un sistema urbano estrechamente entrelazado con Barcelona —como centro comercial y político— a la vez que se desarrollará la industria para los pueblos próximos —Sants y San Martín de Provenzales— y la actividad mercantil se reorientará hacia el Atlántico y el interior peninsular.

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La Unió Europea s’enfronta al seu declivi polític, econòmic i militar en el món. Els interessos particulars dels diferents Estats li priven d’una veu forta en el context internacional, on habitualment actua supeditada als desitjos dels Estats Units. En aquest context, la sobirania real d’Europa és gairebé una utopia.

 

S’apropen temps convulsos a Europa. La guerra d’Ucraïna ha disparat la tensió amb Rússia, que cada vegada estreta més els seus llaços amb la Xina. El conflicte ha portat els governs europeus a reforçar la seva aliança amb els Estats Units i replantejar-se les seves polítiques de defensa i energia. A més, la guerra ha provocat tensions en el propi si de la Unió Europea, que probablement aniran en augment.

On podem arribar? És difícil de dir. Europa ha recorregut un llarg camí des del pla Schuman de 1950 i el Tractat de Roma de 1957, que l’ha convertit en la segona major democràcia i la tercera major economia del món. Però, després del somni d’unió i prosperitat europea que va generar la caiguda del bloc comunista l’any 1989, l’idealisme europeu s’ha anat fonent com un terròs de sucre. Ho ha fet en un “desordre internacional” tutelat pels Estats Units i marcat per crisis econòmiques, pandèmies, un procés de desglobalització parcial i conflictes entre les grans potències.

Mai com ara la Unió Europea havia hagut de fer front a una situació internacional que avança cap a la multipolaritat i està plagada de crisi que plantegen nombroses amenaces i reptes. I ni tan sols ha estat capaç de desenvolupar la tan anhelada Política Exterior i de Seguretat Comuna (PESC).

Una certesa: la política exterior continua encara és un dels elements menys integrats de la UE. Així ho va demostrar, per exemple, el canceller alemany Olaf Scholz en un viatge a la Xina a principis de novembre de 2022. Aquesta visita va rebre una pluja de crítiques per part dels socis europeus perquè denotava un unilateralisme descarnat, ja que els interessos d’Alemanya xocaven amb els de la resta dels membres de la Unió Europea.

 

La desunió europea

No és cap secret que cada país defensa els seus interessos. Com advertia recentment Martin Wolf, responsable d’economia del ‘Financial Times’, alguns dels principals problemes als quals s’enfronta la UE tenen el seu origen en el fet que no es tracta d’un Estat, sinó d’una confederació d’Estats. D’aquí es deriven les dificultats de gestionar economies divergents dins d’una unió monetària en la qual el Banc Central Europeu exerceix un paper essencialment polític per evitar desequilibris insalvables entre les diferents economies.

Falta una veritable integració. La realitat és que el mercat únic europeu no està integrat com ho està el dels Estats Units, per exemple. La falta de dinamisme en un sector crucial en l’actualitat, com ho és el de les tecnologies de la informació i la comunicació, s’explica en gran manera per aquest fet. És simptomàtic que només una empresa europea, ASML, figuri entre les deu empreses tecnològiques més valuoses del món.

Res convida a l’optimisme. En un context internacional més fragmentat i amb majors pulsions nacionalistes, fins i tot Alemanya, que és l’autèntic motor d’Europa, cada vegada té més dificultats per trobar mercats que absorbeixin la seva producció. Els elevats costos energètics són una amenaça per a la seva indústria pesant. I s’afegeix l’embranzida de la Xina i els avenços dels Estats Units cap a una política intervencionista i proteccionista.

Aquesta situació fa que es trobi a faltar una veritable política europea comuna, llastrada pels interessos nacionals particulars, que fins i tot amenacen l’existència del mercat únic.

 

El rol d’Europa en el món

Una qüestió vital per a Europa, com assenyala Wolf, és definir el paper que vol exercir en el món, si desitja continuar sent un aliat “servil” dels Estats Units, convertir-se en un pont entre blocs o recuperar l’estatus de potència. La primera opció sembla la més plausible, ja que per tornar a convertir-se en una potència necessitaria una unió política i fiscal molt més profunda, a més de superar les desconfiances internes.

L’ascens de la Xina, l’Índia, Rússia i altres països com a potències econòmiques i militars obliga la Unió Europea a ser un actor amb una única veu en assumptes d’importància global si aspira a ser un dels “pols” rellevants en el futur multipolar. Però, com més activa i independent vulgui ser la Unió Europea, més crucial serà aprofundir en el seu federalisme, un procés plagat d’espines per les reticències nacionalistes.

 

L’auge populista

L’avanç dels moviments populistes a Europa des de la crisi financera de 2008 i la crisi migratòria de 2016 suposa una amenaça en aquest sentit. La majoria es caracteritzen pel seu euroescepticisme, ja que consideren que l’arrel dels problemes socioeconòmics a Europa és la integració europea i la presa de decisions de Brussel·les.

No estem davant un moviment marginal: un estudi del Pew Research Center mostra que els partits euroescèptics ja ocupen el 29% dels escons del Parlament Europeu, la xifra més alta de la història. Per tant, una part important dels qui prenen les grans decisions sobre el futur de la Unió Europea són també els qui s’oposen a una major integració. I, sense aquesta integració, és difícil que Europa recuperi un paper protagonista en el panorama internacional.

 

Escassos avenços

La Unió Europea va establir diverses prioritats per al període 2019-2024, entre elles la protecció i la llibertat dels ciutadans, el desenvolupament d’una economia forta, la sostenibilitat a Europa i la promoció dels valors i interessos europeus a escala mundial. Per desgràcia, els avenços en aquests àmbits han estat escassos.

Vivim en un món caracteritzat pel desordre, el creixent proteccionisme i els conflictes entre grans potències. Sens dubte, no és el món amb el qual somiaven els fundadors de la Unió Europea. Però si els seus dirigents actuals desitgen preservar alguna cosa de l’esperit original, haurien d’enfortir les bases del projecte i avançar cap a una sobirania real d’Europa. Per a això seria imprescindible frenar la desindustrialització, impulsar la transformació digital, aprofundir en la integració i establir una veu única en el món.

 

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