Cuando los grandes mueven ficha: el DIX y el GEX

En un entorno financiero cada vez más imprevisible, saber qué hacen los grandes inversores puede marcar la diferencia entre reaccionar tarde o anticiparse. Dos indicadores poco conocidos —el DIX y el GEX— nos ayudan a leer ese movimiento subterráneo. No hace falta ser analista de Wall Street para entenderlos: solo mirar el mercado con ojos de observador.

 

Cuando miras el precio de una acción o de un índice, solo ves la punta del iceberg. Bajo la superficie, hay miles de operaciones institucionales que no pasan por el mercado público. Los grandes fondos, bancos y aseguradoras operan a menudo en espacios llamados “dark pools” —literalmente “piscinas oscuras”— donde pueden comprar o vender grandes volúmenes sin que el mercado lo perciba de inmediato.

Estos espacios paralelos evitan movimientos bruscos de precios, pero también son una ventana al verdadero sentimiento institucional: ahí es donde los grandes mueven ficha antes de que el resto vea nada.

Para medir lo que ocurre allí, la empresa SqueezeMetrics creó el DIX o Dark Index. Este indicador muestra si, dentro de esos mercados opacos, las instituciones están comprando o vendiendo.

 

El DIX: la huella de los grandes en la oscuridad

Imagina que vas a un supermercado. En la zona pública, la gente compra con normalidad. Pero al fondo hay una puerta por donde salen carritos llenos: es la zona de los compradores grandes. El DIX nos dice si esos carritos salen cargados o vacíos. Así, cuando:

  • El DIX es alto (por encima del 45%), significa que hay compras netas institucionales. Es decir, los grandes acumulan acciones de forma silenciosa. Suele ser una señal de optimismo: compran ahora lo que creen que valdrá más mañana. 
  • En cambio, un DIX bajo (por debajo del 40%) indica ventas netas. Los grandes reducen posiciones o recogen beneficios, a menudo antes de una corrección.

Este indicador no nos dice “cuándo” subirá o bajará el mercado, pero sí “quién” se está moviendo y en qué dirección. Cuando entra dinero institucional, el mercado suele subir en las semanas siguientes. Cuando sale, suele ser preludio de turbulencias.

 

El GEX: la temperatura de la volatilidad

Si el DIX nos habla del “qué”, el GEX o Gamma Exposure nos habla del “cómo”. En este caso, nos fijamos en los market makers, los intermediarios que dan liquidez al mercado de opciones, especialmente sobre el índice S&P 500.

Estos profesionales utilizan una técnica llamada delta hedging para cubrir riesgos. Según el volumen de opciones de compra o venta en circulación, ajustan sus posiciones. El GEX mide hasta qué punto esos ajustes pueden amortiguar o amplificar los movimientos del mercado. De este modo:

  • un GEX alto indica estabilidad. Los market makers actúan como cojines, suavizando la volatilidad. 
  • un GEX bajo o negativo refleja tensión. Sus ajustes amplifican cada movimiento y el mercado se vuelve más nervioso, como una cuerda tensa que puede romperse por cualquier noticia.

En palabras simples: el GEX es el termómetro emocional del mercado. Si sube, hay calma. Si baja, hay miedo.

 

Cuando unimos el DIX y el GEX: una brújula institucional

Ningún indicador es perfecto por sí solo, pero juntos ofrecen una visión mucho más completa. El DIX nos dice qué hacen los grandes capitales institucionales, es decir, el dinero gestionado por fondos, aseguradoras, bancos o fondos de pensiones, que mueven volúmenes muy superiores a los de los inversores particulares. El GEX, en cambio, nos muestra cómo puede reaccionar el mercado ante esos movimientos. Por ejemplo, esta es la lectura combinada que hacen muchos gestores profesionales:

Un ejemplo real: marzo de 2020

Durante las primeras semanas de la pandemia, el DIX cayó en picado mientras el GEX se volvía negativo. Las instituciones vendían, los market makers amplificaban los movimientos y el resultado fue una de las caídas más rápidas de la historia de las bolsas.

Cuando, a finales de marzo, el DIX empezó a subir mientras el GEX recuperaba terreno, el mercado inició su espectacular rebote. Esta combinación anticipó, con unos días de ventaja, el cambio de tendencia que muchos inversores particulares no vieron hasta mucho más tarde. Puede que no tengas un equipo de análisis ni un algoritmo de seguimiento de flujos institucionales, pero comprender cómo funcionan estos indicadores te ayuda a interpretar mejor las emociones del mercado.

Saber cuándo entra o sale el “dinero inteligente” es como tener un mapa meteorológico: no evita la tormenta, pero te ayuda a decidir si salir con paraguas.

Este concepto se refiere a los grandes inversores profesionales —bancos, fondos de cobertura, aseguradoras o instituciones públicas— que disponen de información, herramientas y capacidad de análisis muy superiores a las de un inversor particular. A menudo son los primeros en detectar cambios de ciclo económico o movimientos de mercado, y sus flujos de capital pueden anticipar lo que después hará el resto.

Por eso, seguir la pista del dinero inteligente no es un intento de imitarlos, sino una forma de interpretar el sentimiento real del mercado. Si esas instituciones acumulan posiciones en silencio, probablemente esperan tiempos mejores. Si reducen exposición, quizá se acerca una tormenta. El reto no es adivinar el futuro, sino leer las señales que dejan quienes mueven el capital más influyente.

Además, el DIX y el GEX nos recuerdan una lección fundamental que los mercados no se mueven solo por datos o noticias, sino por el comportamiento colectivo de inversores, instituciones e intermediarios. Y entender ese comportamiento es clave para invertir con cabeza y no con corazón.

 

Saber mirar detrás del telón del mercado

El mundo financiero a menudo parece una partida de ajedrez jugada entre gigantes. Pero incluso los jugadores pequeños pueden observar el tablero y entender los movimientos. Por ello, los Indicadores como el DIX y el GEX nos permiten ver la dinámica institucional oculta, lo que no aparece en los titulares, pero sí mueve los precios.

No son herramientas mágicas ni sirven para hacer trading instantáneo, pero sí para interpretar tendencias y calibrar el riesgo. Si aprendemos a utilizarlos, podemos actuar con más criterio y menos emoción —y eso, en finanzas, marca una gran diferencia.

Los mercados no premian al que adivina, sino al que entiende. El DIX y el GEX no son bolas de cristal, pero sí ventanas que permiten entrever lo que ocurre detrás del telón de los grandes capitales. Aprender a leerlos es aprender a leer el comportamiento humano en su forma más pura: miedo, codicia y confianza.

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Las compras récord de oro por parte de los bancos centrales, que están igualando sus reservas de oro con relación al PIB con otros países, reviven el debate sobre la posibilidad de un reinicio del sistema monetario actual que esté basado en un nuevo patrón oro.

 

Los bancos centrales de todo el mundo han estado comprando cantidades récord de oro desde principios de 2022. El ritmo y la regularidad con que los bancos centrales están acumulando oro no tiene precedentes, puesto que a lo largo de la historia reciente han sido mayoritariamente vendedores del metal precioso.

Esta extraordinaria demanda de oro por parte de los bancos centrales, la más grande en los últimos 55 años, se atribuye a la voluntad de diversificar sus reservas y reducir la dependencia del dólar frente a un cambio de paradigma hacia un mundo multipolar que es cada día más evidente.

La crisis bancaria estadounidense, las tensiones geopolíticas, los conflictos bélicos y la postura de la Reserva Federal de los Estados Unidos de mantener los tipos de interés han sido algunos de los principales factores que han contribuido al hecho que el oro continuara siendo un valor refugio para los inversores y bancos centrales a lo largo de este año.

Pero más allá de la capacidad intrínseca del oro físico para mantener su valor ante la incertidumbre económica, hay indicadores que hacen pensar que esta acumulación de oro por parte de los bancos centrales no es nada más que la antesala de un reinicio del sistema monetario internacional y de un posible retorno al patrón oro.

Reservas de oro en relación con el PIB

Aerdt Houben, Director de Mercados Financieros del Banco Central Holandés (DNB), ha hablado recientemente del valor que podría tener el oro en un escenario de colapso financiero, declarando que si se produce una crisis financiera, el precio del oro se disparará, y las reservas oficiales de oro se pueden usar para sostener un nuevo patrón oro.

El DNB ha igualado sus reservas de oro, en relación con el PIB, a los otros países de la eurozona y de fuera de Europa. El mismo caso del banco central polaco, que en los últimos años ha comprado unas 300 toneladas de oro para equiparar su ratio de oro y PIB con la media de la eurozona.

No todos los bancos centrales de la eurozona son transparentes respecto a la alineación de sus reservas de oro con el PIB, pero a pesar de que no hay ningún acuerdo ni mandato oficial y que los bancos centrales europeos han comunicado que no existe ninguna obligación legal de coordinar las reservas, parece que existe un acuerdo extraoficial para equilibrar las reservas de oro entre sí mismos.

En todo caso, dada la evidente alineación de las reservas de oro de los bancos europeos en las últimas décadas, algunos analistas creen que se trata de un plan B para estabilizar sus economías pasando a un patrón oro en caso de un colapso del sistema monetario global actual. No muy diferente de lo que se especula que China y Rusia han estado haciendo en los últimos años con sus compras masivas de oro.

Las malas políticas monetarias que provocaron la burbuja inmobiliaria y la manera en que se han administrado las divisas fiat desde la crisis del 2008, depreciando el dólar y exportando problemas internos de los Estados Unidos al resto del mundo, junto con las sanciones económicas a países no-alineados con los intereses geopolíticos y económicos de Occidente, han socavado la credibilidad del sistema monetario internacional. Una alternativa basada en un nuevo patrón oro, más multipolar, más estable y menos inflacionista, parece más cerca que nunca y los bancos centrales globales no se quieren quedar atrás.

 

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Mientras los bancos centrales siguen imprimiendo dinero para mantener vivo el sistema, el precio del oro sigue escalando hasta máximos históricos. Pero ¿es realmente el oro lo que sube, o es el dinero el que pierde valor?

 

En agosto de 1971, Richard Nixon anunció que Estados Unidos rompía el vínculo entre el dólar y el oro. Aquel gesto, aparentemente técnico, dio la vuelta al sistema monetario global. Desde entonces, el dinero no está avalado por ningún activo físico. Son “fíat”, es decir, dependen únicamente de la confianza en quien los emite. Su valor ya no procede de una cantidad de oro, sino de la fe colectiva que seguirán sirviendo para comprar bienes y pagar deudas. Pero hay un problema: la confianza, cuando se fuerza, también se hincha. Y cuanto más dinero se crea, menos valor tiene cada uno de ellos.

Los bancos centrales del mundo han multiplicado la masa monetaria como nunca. Solamente entre 2020 y 2023, la base monetaria global creció más de un 120%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), mientras que la producción de riqueza real —el PIB mundial— únicamente lo hizo un 10%.

La diferencia la pagamos todos, tanto en forma de inflación como en pérdida de poder adquisitivo y aumento del coste de la vida. Este proceso, conocido como sobreemisión monetaria, genera la paradoja que vivimos hoy: tenemos más dinero, pero podemos comprar menos cosas. Y, de rebote, se distorsiona el valor de todos los activos.

 

Una montaña de deuda sin oro detrás

Según el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), la deuda global supera ya los 338 billones de dólares. En cambio, todo el oro conocido en el planeta —unas 273.000 toneladas, según el World Gold Council— representa la base física que históricamente ha servido para garantizar el valor del dinero.

Si dividiésemos ese volumen total de deuda por la cantidad de oro existente, cada kilo de oro debería “cubrir” más de 1,2 millones de dólares de pasivos financieros. Dicho de otro modo, si el oro volviera a desempeñar su papel como medida real de la riqueza, su precio debería ser entre diez y once veces superior al actual.

Esta desproporción pone de manifiesto décadas de expansión monetaria sin freno y la profunda desconexión entre el dinero creado y el valor real que representan. Cuando vemos el precio del oro en máximos históricos —precio actual por onza— es tentador pensar que el metal se ha encarecido. Pero es lo contrario, porque es el dinero el que ha perdido valor.

El oro puede comprar hoy prácticamente lo mismo que hace cincuenta años: un coche modesto, unas cuantas toneladas de trigo o unas pocas semanas de trabajo calificado. En cambio, el dinero de hoy tiene una capacidad de compra muy inferior. En palabras simples: el oro no se ha revalorizado, el dinero se ha diluido.

No es casualidad que los bancos centrales sean hoy mayores compradores de oro del mundo. El World Gold Council registra compras récord en los últimos tres años, con China, Rusia, Turquía y Polonia a la cabeza. Solo en 2024, los bancos centrales adquirieron 1.037 toneladas netas, el mayor volumen desde 1950. Mientras proclaman estabilidad monetaria, acumulan oro como seguro contra el mismo sistema que gestionan. Es una contradicción reveladora: confían más en el oro que en sus propias monedas.

Además, la sobre emisión monetaria es una forma de deuda invisible. Cada vez que un banco central crea dinero para financiar déficits o rescates, el coste real recae sobre la ciudadanía. Los ahorros existentes pierden valor sin que nadie vote esa decisión. Es un impuesto silencioso y regresivo, devastador para las rentas medias y el ahorro familiar.

El resultado es un círculo vicioso: más inflación, más endeudamiento y mayor emisión de dinero para sostenerlo.

 

Hacia el límite del sistema

Este desajuste monetario está llevando al sistema a un punto crítico. La confianza —el pilar invisible del dinero fiado— empieza a resquebrajarse. Cada crisis financiera, cada rescate, cada impresión masiva erosiona la credibilidad de las instituciones monetarias. Y la historia muestra que ningún sistema basado únicamente en la confianza ha perdurado indefinidamente.

Varios analistas hablan ya de un posible “reset monetario” global, donde el oro y otros activos reales recuperen su papel como referencia de valor. Quizás no volveremos al patrón oro, pero la necesidad de una base tangible es más evidente que nunca. En un mundo donde el dinero se crea con un clic, el oro nos recuerda una verdad incómoda: el valor real no se puede imprimir.

Las monedas pueden perder sentido, los mercados pueden tambalearse, pero el oro sigue ahí, inmutable, como medida física del valor y como refugio ante la incertidumbre. Quizá no sea únicamente una inversión. Posiblemente, sea una forma de memoria económica: la garantía de que, pase lo que pase con el dinero de papel o las cifras digitales, siempre habrá algo real detrás del concepto de riqueza.

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Alguns conceptes són bàsics per a entendre per què estem a la vora d’una recessió, cap a on s’encamina el nou ordre econòmic mundial i quins seran els seus protagonistes.

 

El “Gran Reinici” és el nom d’una iniciativa del Fòrum Econòmic Mundial que pretenia repensar el model econòmic capitalista una vegada superats els estralls provocats per la pandèmia. La realitat és que a la crisi sanitària s’han sumat una crisi de deute i una crisi inflacionària que ens han situat a la vora de la recessió.

En el context actual, el “gran reinici del capitalisme” que reclamava aquest organisme internacional es fa més necessari que mai. Repassem alguns conceptes clau per entendre com hem arribat a una situació pròxima al col·lapse i quins factors condicionaran el futur pròxim de l’economia.

 

Àsia

L’eix de l’economia global s’està desplaçant d’Europa i els Estats Units cap a Àsia. Segons un estudi de la consultora McKinsey, l’any 2040 el continent asiàtic suposarà més de la meitat del producte interior brut mundial i un 40 % del consum. La pèrdua de protagonisme d’Europa és evident i l’FMI preveu que almenys la meitat dels països de l’eurozona entraran en recessió en els pròxims mesos.

 

Canvi climàtic

L’escalfament global ha obligat a deixar enrere la idea d’un creixement il·limitat a costa d’esgotar els recursos naturals i ha donat pas a la idea de l’economia circular, amb oportunitats en el camp de l’economia “verda”. Com ha posat de manifest la COP27, ara falta definir fins a quin punt els països industrialitzats assumiran el cost econòmic del canvi climàtic que han generat i quines mesures estan disposats a adoptar per alentir l’escalfament en un context de crisi econòmica.

 

Descentralització

Les noves tecnologies estan permetent l’aparició de productes i serveis que escapen al control dels Estats i les grans corporacions. Com apuntava James Sène, president d’11Onze, en una sessió de Fintech Talks, ens trobem davant una “transició del model antic, totalment dominat per uns pocs, a un nou model que arriba a més gent i està descentralitzat”. La descentralització de la creació monetària, per exemple, ha estat un dels grans pilars de les criptomonedes.

 

Desigualtat

Les dades de l’informe “World Inequality Report 2022” mostren que el 10 % de la població més rica del planeta ha acumulat des de mitjan anys noranta el 76 % de la riquesa generada al món. De fet, el 38 % es va concentrar a les mans de l’1 % de la població mundial. I la meitat de la població més pobra s’ha hagut de conformar amb les engrunes: el 2% de la riquesa generada durant aquestes últimes dècades. Per desgràcia, aquesta escletxa entre els superrics i el comú dels mortals no ha fet més que eixamplar-se durant la pandèmia. I els experts coincideixen que aquesta creixent desigualtat suposa un fre per al desenvolupament econòmic mundial.

 

Deute públic

El deute públic en el món s’ha disparat en els últims anys i limita el creixement econòmic. Tot i que el límit que estableix el Tractat de Maastricht per als Estats de la Unió Europea és del 60 % del seu PIB, el conjunt de països de la zona euro ja porta més d’un any per sobre del 100 %, segons dades d’Eurostat. La situació fora d’Europa no és millor, ja que el Fons Monetari Internacional estima que, a la fi de 2021, el deute públic global també representava el 100 % del PIB mundial. A més, els nivells de deute podrien empitjorar si la crisi s’accentua.

 

Estagflació

Des de març de 2021, els preus han pujat amb força i de forma gairebé ininterrompuda. La inflació a Catalunya, que va arribar a superar a l’estiu el 10 % interanual, es va situar a l’octubre prop del 7 %. La situació més enllà de les nostres fronteres no és millor, ja que la inflació d’aquest mateix mes en el conjunt de la zona euro va arribar al 10,7 %. S’espera que les successives pujades dels tipus d’interès contribueixin a controlar uns nivells d’inflació desconeguts des dels anys vuitanta del segle passat. El preu a pagar serà un major estancament de l’economia, que portarà a la recessió de les grans economies.

 

Impressió de moneda fiat

S’estima que el total de diners en circulació en el món, incloent-hi bitllets, monedes, xecs i pagarés, supera els 60 bilions d’euros. El problema és que una part considerable d’aquests bitllets s’han posat en circulació en els últims anys. Per exemple, només l’any 2020 l’oferta monetària dels Estats Units va augmentar un 24 %. La majoria dels bancs centrals s’han dedicat a imprimir moneda per fer front a un deute públic galopant. I aquest augment de moneda fiat ha estat el principal responsable de l’actual inflació.

 

Monedes digitals

Davant l’avanç de les criptodivises, que plantegen un model monetari totalment descentralitzat, els Estats treballen a contrarellotge en el desenvolupament de monedes digitals controlades pels bancs centrals (CBDC) per mantenir un sistema financer centralitzat. A la Xina, més de 260 milions de persones ja han utilitzat el iuan digital (e-CNY). A Europa, la Comissió Europea preveu que la regulació sobre l’euro digital estigui llesta a principis de 2023 i que aquesta moneda digital entri en funcionament l’any 2025. L’objectiu en un primer moment és que l’euro digital, gestionat i supervisat pel Banc Central Europeu, no substitueixi els diners en efectiu, sinó que els complementi.

 

Poder corporatiu

Les grans multinacionals tenen un poder creixent enfront de la minvant capacitat d’influència dels Estats. Moltes d’aquestes corporacions supervisen enormes cadenes de subministrament, venen els seus productes a tot el món i tenen uns ingressos superiors als de molts governs. De fet, si fos un país, Walmart seria el desè per nivell d’ingressos. La globalització ha capgirat les relacions de poder i en molts casos les grans corporacions es permeten eludir el pagament d’impostos amb total impunitat.

 

Subscripció

Com assenyalàvem en un article de La Plaça, està sorgint un nou model mutualista, més comunitari i basat en la compartició de béns i serveis, com a alternativa al model de compra i ús individual. En els models de negoci de subscripció cada client paga quotes que li permeten l’accés prolongat a un bé o servei en lloc de realitzar un gran pagament per endavant per posseir aquest bé o servei. Aquest model de negoci cada vegada és més freqüent en la indústria informàtica, de l’entreteniment o de l’automoció.

 

Tipus d’interès creixents

Després d’11 anys sense augments, el Banc Central Europeu va iniciar al juliol l’escalada dels tipus d’interès a Europa. De moment, ja han arribat al 2 % i la previsió és que continuïn incrementant-se en els propers mesos per refredar encara més l’economia i frenar la inflació. El BCE s’ha alineat amb la majoria de bancs centrals del món, que també estan incrementant les seves taxes d’interès per combatre l’escalada de preus. Aquesta mesura repercutirà directament en la butxaca de molts ciutadans, ja que les quotes de les hipoteques i dels préstecs amb interès variable resultaran cada vegada més elevades.

 

Virtualitat

No vivim en un món virtual, però sí virtualitzat, ja que “el que passa en el món digital té un impacte real en la nostra vida”, com advertia James Sène en una sessió sobre l’actual situació econòmica. En aquest sentit, el president d’11Onze vaticinava que el metavers, l’economia del qual depèn de l’autenticació de les propietats digitals, jugarà un paper clau a l’hora de digitalitzar les nostres identitats.

 

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Mientras Occidente se endeuda para sostener un sistema que hace aguas, China está moviendo ficha para rediseñar las reglas del juego. Sus maniobras monetarias, aparentemente técnicas, apuntan a una revolución silenciosa: la devaluación de las monedas fiadas a través de inyecciones masivas de liquidez y la acumulación agresiva de oro como nuevo pilar del sistema financiero global.

 

En esta partida geoeconómica, el metal precioso vuelve a ser protagonista —y no por nostalgia, sino por supervivencia. Cuando el oro superó la barrera de los 4.000 dólares por onza, muchos analistas lo achacaron a la inestabilidad de los mercados. Pero detrás de esa subida hay mucho más que especulación. El valor del oro no se explica solamente por las dinámicas del mercado, sino por decisiones políticas que le hacen brillar —u oscurecer—.

Hasta 1971, el sistema monetario internacional se basaba en el oro. Los Acuerdos de Bretton Woods (1944) habían fijado la paridad del dólar a 35 dólares por onza, convirtiendo la moneda estadounidense en la referencia mundial. Cuando Richard Nixon rompió ese vínculo, el mundo entró en la era del dinero fiduciario (fíat): monedas basadas únicamente en la confianza y en la capacidad de los estados para emitir deuda.

Esta “fe monetaria” funcionó durante unas décadas. Los bancos centrales imprimían dinero, las economías crecían y los mercados se mantenían estables. Pero la crisis financiera de 2008 rompió la magia, cuando imprimir dinero ya no genera riqueza real, sino que únicamente infla burbujas. Y ahora, medio siglo después, China parece dispuesta a acelerar el fin de ese modelo.

La jugada doble de Pekín

La estrategia china parece contradictoria a la hora de inyectar liquidez mientras compra oro. Pero en realidad es una ingeniería monetaria con dos objetivos claros: 

  1. Controlar su economía interna. La economía china se ha desacelerado después de décadas de crecimiento vertiginoso. Para evitar un choque social, el Banco Popular de China ha bajado tipos, ha ampliado los créditos y ha impulsado la inversión estatal. Este estímulo mantiene el consumo, pero también devalúa el yuan, aumentando la competitividad exportadora. Asimismo, cada ola de liquidez china se propaga por los mercados internacionales y contribuye a debilitar las monedas fiadas occidentales. 
  2. Blindarse con oro. Pekín sabe que cada yuan emitido reduce su valor real. Por eso compensa con oro. Según el World Gold Council, el Banco Central de China ha añadido más de 300 toneladas de oro solamente en 2024, acumulando reservas durante más de dieciocho meses consecutivos. El oro representa ya más del 15% de las reservas chinas, y esta proporción sigue creciendo. El mensaje está claro: mientras Occidente imprime billetes, Pekín imprime poder.

No es un retorno formal al patrón oro, sino una transición silenciosa hacia un sistema mixto de dinero digital apoyado en activos reales. El oro vuelve a ser la columna vertebral de la confianza.

La muerte lenta de las monedas fíat

Desde la crisis de 2008, la Reserva Federal, el BCE y el Banco de Inglaterra han duplicado o triplicado sus balances. La deuda global supera ya los 315 billones de dólares, según el Institute of International Finance. Esta expansión ha sostenido la actividad económica, pero también ha creado una dependencia crónica: el sistema solo sobrevive si cada año se le añade más liquidez.

China ha aprendido la lección y la gira a su favor. No quiere sostener al sistema, sino redefinirlo. En lugar de competir con el dólar dentro de sus reglas, Pekín está escribiendo unas nuevas, a través de una clara dependencia del crédito y demás activos tangibles. Por tanto, cada vez que los bancos centrales anuncian una bajada de tipos, los mismos patrones se repiten: el oro sube, el bitcoin sube, las bolsas respiran. Pero existe una diferencia esencial. El metal precioso no depende de nadie: no es pasivo de un banco, ni puede ser impreso por ningún gobierno. Es escaso, tangible y universal.

El bitcoin, por su parte, es su equivalente digital, en cuanto a escasez programada y resistencia a la censura. Pero su volatilidad le hace aún un activo especulativo. El oro, sin embargo, es la memoria estable de la riqueza. Lleva 5.000 años sustentando la confianza económica humana. Por tanto, No es casualidad que bancos centrales e inversores institucionales vuelvan a cargar oro. Cuando la confianza se tambalea, el oro se convierte en la moneda del sentido común.

El oro como arma geopolítica

Para China, acumular oro es mucho más que una política monetaria, si no que se trata de una estrategia de soberanía. Desde 2010 ha reducido su exposición al dólar del 70% al 50%, mientras aumentaba reservas de oro y acuerdos comerciales bilaterales en yuan. En paralelo, ha creado sistemas de pago alternativos al SWIFT, como el CIPS (Cross-Border Interbank Payment System), que permite transacciones fuera del control de Estados Unidos.

Cada onza de oro en las reservas chinas es una onza menos de dependencia del dólar. En un mundo en el que el sistema financiero se utiliza como herramienta de sanción, tener oro equivale a tener libertad. La historia lo demuestra cuando Estados Unidos acumuló el 70% del oro mundial después de la Segunda Guerra Mundial, lo que les permitió dominar la economía global durante décadas. Ahora, Pekín está haciendo exactamente lo mismo, pero en un contexto digital y multipolar.

Mientras China planifica a décadas vista, Occidente gobierna a golpe de elecciones. Estados Unidos acumula una deuda superior a los 35 billones de dólares, cuyo coste de intereses supera ya el gasto militar. Europa, por su parte, se hunde en su propia rigidez burocrática: más impuestos, menos innovación y una creciente dependencia energética.

El Viejo Continente, antigua cuna industrial, parece hoy una economía de mantenimiento. Su apuesta por la regulación y la fiscalidad ha penalizado el ahorro y el emprendimiento. Mientras Silicon Valley y Shenzhen compiten por el dominio tecnológico, Bruselas debate sobre etiquetas y normativas. El riesgo está claro: un futuro digital y dorado sin Europa.

Del dinero digital al dinero tangible

La paradoja es que la misma tecnología que ha abierto la puerta a las criptomonedas está dando nueva vida al oro. China lo ha entendido: desarrolla simultáneamente su yuan digital (e-CNY) y acumula oro físico. ¿El objetivo? Crear una moneda digital soberana, apoyada en activos reales y capaz de competir con el dólar sin depender de ellos.

Europa, en cambio, ve a las CBDC como una herramienta de control, más que de libertad. Pekín las entiende como un instrumento de independencia. En este contexto, el oro es la garantía que da credibilidad al yuan digital, reforzándolo como alternativa global.

Los mercados no solamente reflejan datos, sino emociones colectivas. Cuando los inversores perciben que los gobiernos han perdido el control de la deuda o la inflación, buscan refugio. El oro y otros activos duros se convierten en símbolos de algo más profundo, como es la pérdida de fe en el sistema fíat.

Este es, en realidad, el verdadero epicentro de la crisis actual: una crisis de confianza. El dinero fiduciario únicamente tiene valor mientras la gente cree en él. Y cada vez que un banco central imprime miles de millones de la “nada”, esta fe se agrieta un poco más. Además, China está aprovechando esa fisura. Cada compra de oro, cada acuerdo comercial en yuan, cada nueva reserva fuera del dólar es una jugada en una partida de ajedrez global que Occidente parece no ver.

Hacia un nuevo orden monetario mundial

El mundo se encamina hacia un equilibrio multipolar en el que el oro volverá a jugar un papel central, no como moneda, sino como garantía de confianza. Los países con reservas tangibles —China, Rusia, India— ganarán poder; los que dependen del crédito, lo perderán. El oro podría actuar como soporte parcial para nuevas divisas digitales internacionales, o como instrumento de compensación entre estados fuera del sistema SWIFT. No sería una vuelta al patrón oro clásico, sino un modelo híbrido entre la tecnología digital sustentada en valor real.

Por tanto, Pekín no está rompiendo el sistema, sino que lo está sustituyendo progresivamente, con paciencia de una civilización que piensa en siglos, no en trimestres. De alguna forma, está construyendo su propio Bretton Woods del siglo XXI.

Para los ciudadanos occidentales, la lección es clara cuando el dinero de papel se devalúa, pero el metal real conserva valor. En un mundo inundado de liquidez e inestabilidad, lo tangible vuelve a ser poder. El oro, que durante milenios ha sido símbolo de riqueza, vuelve a ser hoy una herramienta de protección frente a la fragilidad del sistema.

Como hemos repetido en varias ocasiones en La Plaça: “Cuando la confianza se desvanece, el valor se refugia en lo real.” Y cuando el polvo del sistema fiado se asiente, el oro —inmutabilidad ancestral— seguirá brillando, no como un símbolo del pasado, sino como la base del futuro.

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Cada vez se va estableciendo un consenso más general en nuestra sociedad que acepta que el crecimiento económico tiene que respetar unas normas de sostenibilidad y que debate cómo aunar ecología y economía.

 

El crecimiento económico, como pilar del sistema capitalista, se ha asociado a menudo a la condición urbana, al crecimiento de las ciudades y a la ampliación, sin muchas limitaciones, de sus áreas metropolitanas. Y tanto los servicios como las infraestructuras que hacen falta han ido extendiéndose, modificando el territorio y, como consecuencia, han dejado al margen el entorno natural y las consecuencias de su alteración.

Ahora es evidente que esto ha provocado una emergencia ecológica y muchas conciencias han cambiado. Se añade a esta visión que la economía no puede olvidarse de la naturaleza, una idea cada vez más asumida. Fuera del entramado más puramente urbano es, seguramente, donde más pasos se hacen en esta dirección, movidos por la sensibilidad de la conservación del paisaje y del patrimonio natural.

Siguiendo este objetivo de protección y valoración del patrimonio, el mundo local creó las Cartas del paisaje. Desde 2006 el Decreto 343 de la Generalitat desarrolla la Ley 8/2005  para la protección, gestión y ordenación del paisaje, a pesar de que algunas comarcas como el Alt Penedès ya disponían de la suya propia desde 2002.

 

El ensamblaje sostenible de la economía

La promoción de aquellos sectores que se adaptan mejor a la  naturaleza y el  territorio, como por ejemplo, el vitivinícola, son una de las apuestas más frecuentes. Un tipo de industria que encaja agricultura y turismo, aportando beneficios en la comarca por al menos dos vías y potenciando el paisaje. Algunos estudios demuestran que las ventas aumentan cuando el comprador las asocia a un entorno.

Sin embargo, mantener esta sostenibilidad, a veces, no es tan sencillo. La primera cuestión es relativa al turismo, del cual hemos hablado, y de la protección del paisaje como un escenario exclusivo para su masificación. Esto puede incidir, de hecho, en la comodidad y el día a día de los propios habitantes. En segundo término, podríamos volver a todo aquello que requiere la industria, que finalmente dará trabajo y aportará ganancias en forma de impuestos, como por ejemplo, la creación de polígonos.

Una cuestión de movilidad y energía

Las infraestructuras para la movilidad y el transporte, por un lado, y la generación de la energía que hace falta para moverlo todo, por otro, son quizás los dos factores donde la economía encuentra más dificultades para ser sostenible. El mundo local ha respondido con mucha cautela y preocupación a los planes, cada vez más inminentes, de la creación de parques eólicos o fotovoltaicos que, si bien parecen encaminarse a la generación de una energía más limpia, también podrían chocar de pleno con la conservación del paisaje.

Uno de los argumentos del territorio es que si las zonas urbanas son las grandes consumidoras de energía, deberían ser ellas las que recibiesen el impacto de generarlas  (y se han hecho propuestas, como cubrir los techos de las zonas industriales con placas solares). Ahora bien, la paralización de las decisiones por este debate – en Cataluña sólo se ha instalado un molino de viento generador en doce años-, no detiene lo que pueden hacer otros, ya que hay quien piensa que se pierden oportunidades. Recientemente, por ejemplo, se presentó un proyecto de parque eólico en Aragón para nutrir de energía renovable a nuestro país.

Pero las grandes ciudades tienen más debates abiertos entre crecer o garantizar unos mínimos ecológicos y, como hemos comentado, el transporte es fundamental. Recientemente, ha vuelto a primera línea la propuesta de ampliación del aeropuerto del Prat, un proyecto que desde un sector empresarial se considera patriótico, imprescindible para situar a Barcelona y Cataluña como un punto atractivo y accesible para los negocios, mientras que muchos ciudadanos y colectivos lo ven del todo insostenible, pidiendo una discusión mucho más profunda sobre cómo y cuánto queremos crecer. Seguramente esta última es la clave del debate que debemos afrontar pronto.

 

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Trabajar menos horas para vivir mejor. Esta es la filosofía que impulsa la propuesta de la jornada laboral de cuatro días sin reducción salarial. Una idea que no es nueva, pero que ha vuelto con fuerza en un momento en el que la conciliación familiar, la salud mental y la productividad han pasado al centro del debate social y económico.

 

A principios del siglo XX, economistas y sindicalistas ya defendían que el progreso tecnológico debía permitir reducir las horas de trabajo. Henry Ford, que muchos consideraban un visionario excéntrico, fue uno de los primeros industriales en establecer la semana laboral de cinco días y 40 horas. El tiempo le dio la razón: la productividad creció y el consumo también alimentando un nuevo modelo económico que todavía hoy es el patrón de referencia.

Un siglo más tarde, España mantiene su jornada oficial de 40 horas semanales, pero con un rendimiento por debajo de la media europea. Según CaixaBank Research, el PIB por hora trabajada equivale solo al 76% de la media de la zona euro. A pesar de trabajar más horas que muchos vecinos europeos, el presentismo sigue pesando mucho: valoramos aún más el tiempo sentados en la oficina que los resultados obtenidos. La pandemia sacudió ese modelo. El teletrabajo y la flexibilidad horaria demostraron que podía producirse sin presencia física constante, situándose la salud mental en el centro del debate laboral.

 

Experiencias internacionales

Algunos países han convertido la jornada de cuatro días en un laboratorio social y económico. Islandia es uno de los casos más citados: entre 2015 y 2019 se realizaron ensayos con unos 2.500 trabajadores. El éxito fue tal que posteriormente el 86% de la población laboral accedió a condiciones con jornadas reducidas o modificadas. Los resultados fueron contundentes: menos estrés, mejor conciliación y una productividad que no únicamente se mantuvo, sino que en muchos casos aumentó.

Reino Unido puso a prueba la jornada de cuatro días en el 2022 con 61 empresas y cerca de 3.000 trabajadores. Según el informe de Autonomy, el 92% de las empresas decidieron mantenerla después del pelotón. Los principales motivos: mejora del bienestar de los empleados y retención de talento. Además, los ingresos empresariales crecieron un 1,4% de media durante el período.

 

España: primeros pasos

En nuestro territorio, la Generalitat Valenciana ha sido pionera impulsando ayudas a ayuntamientos y empresas que quisieran probar la jornada de cuatro días, aunque de momentos solamente han sido buenas intenciones de cara a la opinión pública. Y en el ámbito estatal, ha habido propuestas para subvencionar a pequeñas y medianas empresas, pero todavía no se ha desplegado un plan general con total eficiencia. Algunas compañías privadas, como Delsol, Desigual o Telefónica, han explorado fórmulas de flexibilidad horaria, pero sin aplicar una jornada completa de cuatro días.

 

Pros y contras

Los defensores de la jornada corta destacan muchos beneficios: mejora de la salud y el bienestar de los trabajadores, más tiempo para la familia y la formación, reducción de las emisiones por el menor transporte y, paradójicamente, un aumento de la productividad real. En los pilotos internacionales, la reducción del estrés y el burnout ha sido una constante.

Sin embargo, no todo son flores y violas. Sectores con atención continua, como la sanidad, la hostelería o el comercio, tienen dificultades para aplicar ese cambio. Las pequeñas empresas pueden verse ahogadas si no pueden reorganizar turnos o ampliar plantilla. Y hay quienes alerta de que concentrar la misma carga de trabajo en menos días puede generar más estrés en lugar de reducirlo.

 

Un debate de futuro

La jornada laboral de cuatro días es mucho más que una cuestión de horarios: es un debate sobre cómo queremos repartir el tiempo y la riqueza. En un mundo en el que la inteligencia artificial y la automatización pueden reducir aún más la necesidad de trabajo humano, la clave será repartir los beneficios de esta productividad y garantizar que llegan a todos.

Lo que hace un siglo parecía una utopía es hoy perfectamente viable. La gran incógnita no es si funciona —los estudios y experiencias ya lo demuestran— sino si tendremos el coraje político y empresarial para hacerlo posible.

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Los propietarios de una vivienda, cuando llegan a la edad de la jubilación, pueden considerar varias opciones para mantener estable su nivel de renta. Explicamos la opción de la hipoteca inversa.

 

La hipoteca inversa es, simple y llanamente, un crédito que concede una entidad financiera, que es garantizado por una hipoteca que recae, normalmente, sobre la vivienda habitual del cliente. Si en una hipoteca ordinaria se pide el dinero para adquirir la vivienda, y el deudor debe devolverlo de manera periódica, en la hipoteca inversa se ofrece la propiedad a cambio de recibir el préstamo en prestaciones también periódicas, o en la cantidad acordada en una sola vez.

Este producto está destinado a personas que superan los sesenta y cinco años, a aquellas con un grado de discapacidad igual o superior al 33%, o que tengan una severa o gran dependencia. La hipoteca inversa sobre la vivienda de la que son propietarios les aportará una renta adicional, al tiempo que la devolución de este préstamo no les será exigible hasta el momento de su fallecimiento.

Tenemos que considerar que, al contrario que en una hipoteca normal, la deuda no se va pagando y disminuye con el tiempo. Al contrario, esta aumenta a medida que se van recibiendo prestaciones y hasta que el titular muere o se alcanza el porcentaje máximo según el valor de tasación acordado cuando se firma la hipoteca. Llegados a este caso, los herederos podrían optar por hacerse cargo de la devolución hasta extinguir la deuda, si quieren mantener la propiedad.

Las ventajas de una hipoteca inversa

Este producto nace en los años sesenta en Estados Unidos y el Reino Unido, donde, con el nombre de reverse mortgage, se expandió con la idea de utilizar un inmueble, del que se es propietario, para obtener financiación. En España se adaptó y se encuentra regulada por la Ley 41/2007, en su disposición adicional primera (DA 1ª). Después fue modificada en el artículo 5 de la Ley 1/2013, que reforzaba la protección de los deudores, entre otros detalles.

Llegados a la edad de la merecida jubilación, para muchas personas puede ser interesante la alternativa de la hipoteca inversa, para no ver reducido el nivel de vida cuando se deja de trabajar. En Cataluña se dan factores como un índice muy elevado de propietarios de sus viviendas, el aumento de la longevidad, y unas perspectivas no demasiado buenas para las pensiones o las prestaciones públicas, que abren el mercado de este producto.

Otra ventaja es que la propiedad de la vivienda no se transmite, sino que se conserva, por lo que el beneficiario recibe la renta y puede seguir viviendo en su casa, o, incluso, puede alquilarla. Ahora bien, serán los herederos los que, para mantener el inmueble, cuando se produzca el fallecimiento del titular, deberán decidir si hacen frente a la deuda acumulada.

 

Cómo se calcula la renta

Lo primero que se deberá establecer será la cantidad de capital que se ofrecerá como préstamo en la hipoteca. Para hacerlo, la entidad considerará, en primer lugar y más importante, el valor del inmueble que se ofrece como garantía. Por ello, una tasación correcta será fundamental. También se tendrán en cuenta la edad del titular, su esperanza de vida, o si la vivienda es o no habitual.

Las rentas que se recibirán se calcularán en función del capital acordado del préstamo y condicionadas por la manera como decida el titular recibirlas. En primer lugar, se puede hacer en un solo ingreso total o bien de forma periódica (normalmente, un pago mensual). En segundo lugar, y si se opta por la opción periódica, también se puede escoger que sea temporal o vitalicia.

Con la opción temporal, los pagos se recibirán hasta que se haya agotado el total del capital acordado. El cliente no recibirá ya más ingresos, pero tampoco tendrá que hacer frente a la deuda hasta su fallecimiento. La deuda, eso sí, continuará generando intereses. La opción vitalicia estira el capital durante toda la vida del cliente y, por lo tanto, las cantidades recibidas serán menores.

Por último, hay que apuntar que las rentas de la hipoteca inversa no tributan como rendimiento en el impuesto sobre la renta de las personas físicas y presenta exenciones en los pagos de los documentos notariales y actos jurídicos necesarios para formalizarla.

 

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Francia tiembla. No es un terremoto visible, pero sí profundo: sus finanzas públicas se agrietan y las paredes del viejo edificio europeo comienzan a mostrar grietas parecidas. El país que durante décadas simbolizó la fuerza del continente, el motor cultural y político de la Unión, ha entrado en una crisis que va más allá de los números. La deuda es solamente el termómetro; el mal, sin embargo, es mucho más profundo.

 

Con una deuda que ya supera el 112% del PIB y un déficit persistente de más del 5%, Francia se ha convertido en el alumno retomado por Bruselas. La Comisión Europea ha abierto expediente por incumplimiento fiscal, mientras los mercados, impacientes, han subido la prima de riesgo francesa a los niveles más altos desde la crisis del 2012. Las cifras están claras, pero detrás de ellas late un mensaje que Europa todavía no quiere escuchar: su modelo de bienestar ya no es sostenible.

Durante décadas, Francia creyó que su riqueza era eterna. El estado del bienestar, nacido después de la Segunda Guerra Mundial como escudo social y símbolo de progreso, se convirtió en una estructura tan pesada que hoy es casi inamovible. El sector público representa más del 57% del PIB —el mayor porcentaje de la OCDE— y, sin embargo, el país crece menos que la media europea.

La burocracia, subvenciones y ayudas se han convertido en los pilares de una economía que vive anestesiada por la deuda. Según el INSEE, la productividad industrial ha caído un 8% en la última década, mientras los salarios reales se mantienen estancados y la factura fiscal aumenta. Francia es hoy una potencia agotada que trabaja como un país medio, pero gasta como si fuera un imperio.

 

Cuando el crédito sustituye a la confianza

En 2025, el gasto público francés supera los 1,6 billones de euros. Solo los intereses de la deuda cuestan más que el presupuesto del Ministerio de Defensa y del de Salud juntos. Pero París sigue pidiendo préstamos para mantener su maquinaria estatal. Patrick Artus, economista de Natixis, lo resumió sin tapujos: “Francia ya no puede financiar su nivel de vida a crédito”.

Sin embargo, el drama no es exclusivamente francés. Es europeo. Durante años, la Unión Europea ha confundido estabilidad con prosperidad. Impuso reglas fiscales para contener el gasto, pero al mismo tiempo permitió que el Banco Central Europeo inundara los mercados de liquidez. El resultado es una paradoja: gobiernos endeudados y mercados adictos a los tipos bajos. Cuando el BCE cierra el grifo, el espejismo se desvanece y aparece la realidad, mostrando un continente que vive por encima de su productividad.

 

El gigante cansado de la eurozona

El caso francés es algo más que una crisis nacional; es un aviso de colapso sistémico. Francia es la segunda economía de la eurozona, pero su pérdida de competitividad ha puesto en cuestión el equilibrio del proyecto europeo. Su industria, que fue el corazón de la producción continental, se ha deslocalizado. Sus jóvenes talentos emigran hacia Alemania o el norte de Europa. Su estado social, que había sido ejemplo de igualdad, es ahora un laberinto de ineficiencias.

Mientras, la Banque de France de que el coste de la deuda se comerá parte creciente de los ingresos fiscales hasta el 2030. Y en Bruselas, el debate ya no es si Francia incumplirá las reglas fiscales, sino cuántas excepciones más habrá que inventar para evitar reconocer la evidencia: ni Francia ni Europa pueden cumplirlas.

 

Un sistema sin soberanía

Cuando Francia entró en el euro, renunció a su arma más poderosa: la capacidad de devaluar y crear moneda. Hoy, París no puede ajustar su economía sin pasar por la lupa de Fráncfort. El Banco Central Europeo dicta el ritmo y los gobiernos bailan a su compás.

Esta pérdida de soberanía es el gran tabú europeo. Los Estados han quedado reducidos a gestores de su propio endeudamiento. Si quieren crecer, deben gastar; si gastan, Bruselas les sanciona. Es un círculo vicioso. Cada recorte reduce el consumo y los ingresos fiscales y cada estímulo genera más déficit. Lo que antes era un instrumento de cooperación es ahora una camisa de fuerza.

Mario Draghi, que salvó al euro en el 2012, lo advirtió recientemente: “Europa ha creado una unión monetaria sin una verdadera unión económica.” Y Francia, el país que imaginó la moneda única como herramienta de poder continental, es hoy la víctima más visible.

 

El reflejo europeo

El mal francés tiene los mismos síntomas que el americano: deuda, polarización política y dependencia de la banca central. Al otro lado del Atlántico, Washington imprime dinero para pagar a sus soldados. En Europa, París se endeuda para mantener su estado social. Son dos estrategias distintas para sostener el mismo modelo: un sistema económico que promete más de lo que puede dar.

Francia no es, pues, un caso aislado. Es el sismógrafo del que vendrá. Si Francia se tambalea, la eurozona tiembla. Su prima de riesgo supera los 80 puntos básicos, Fitch y Moody’s amenazan con rebajas de calificación y los fondos de inversión reducen exposición a la deuda europea. El escenario recuerda los días previos a la crisis del 2010, cuando nadie quería admitir que la casa empezaba a quemar.

 

Un continente frente a su propio espejo

Europa se encuentra, de nuevo, ante su mayor contradicción: querer ser una potencia económica sin poder político real. Sus instituciones pueden multar a Francia, pero no pueden rescatarla sin poner en riesgo todo el sistema. Sus economías son interdependientes y sus gobiernos, prisioneros del voto a corto plazo.

El resultado es una sensación de agotamiento general. En París, las protestas por la reforma de las pensiones simbolizan ese profundo malestar que muestras una sociedad que quiere conservar derechos que ya no puede financiar. No es un problema moral, sino estructural. Francia, como el resto de Europa, vive entre la nostalgia de su pasado y el miedo a su futuro.

 

La agonía del modelo europeo

En última instancia, el problema no es la deuda, sino la falta de visión. El modelo europeo se ha construido sobre la idea de que la integración económica conllevaría prosperidad automática. Pero sin innovación, productividad ni soberanía, el proyecto se desgasta. Francia es su reflejo más dramático: demasiado grande para caer, demasiado endeudada para crecer.

Si no se replantean las bases del sistema —una política fiscal común, una reindustrialización real, una banca central al servicio de los ciudadanos—, Europa se condenará a una lenta decadencia.

Francia es hoy la voz que tiembla, pero detrás de ella se oye el murmullo de un continente entero. Los números pueden maquillarse; la realidad, no. El euro nació para unir, pero también ha encadenado. Y mientras los dirigentes europeos debaten sobre décimas de déficit, el reloj de la deuda sigue avanzando, como una bomba de precisión. Europa no se hunde de repente; se agota lentamente. Y Francia, en la cuerda floja, es su presagio más claro.

 

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Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido el garante del orden global y la superpotencia militar por excelencia. Pero hoy, con una deuda desbocada y un gobierno paralizado, Washington se encuentra ante una pregunta incómoda: ¿hasta cuándo podrá seguir pagando a sus soldados?

 

El cierre parcial del gobierno de Estados Unidos o “shutdown», su parálisis presupuestaria y los intereses de una deuda que ya supera su PIB nacional, ponen en jaque la sostenibilidad del modelo imperial estadounidense.

En 2025, la deuda federal de Estados Unidos ya supera los 41 billones de dólares, más del 120% de su PIB. Solamente los intereses anuales superan ya los 1,2 billones de dólares, una cantidad superior al presupuesto combinado del Pentágono y el Departamento de Salud. Con los elevados tipos de interés, el coste de refinanciar esta deuda se ha convertido en una losa que devora los ingresos fiscales.

A principios de octubre, el Congreso no logró aprobar el presupuesto para el año fiscal 2026, forzando el cierre parcial del gobierno federal. Según estimaciones de la Partnership for Public Service y del Congressional Budget Office (CBO), cerca de 900.000 trabajadores federales podrían ser enviados a casa sin salario, y otros 700.000 deberían seguir trabajando sin cobro. En los demás “shutdowns” o cierres parciales, el Congreso había garantizado por ley el pago de las tropas, pero esta vez la polarización política ha bloqueado incluso esa medida.

En un intento de contención, la administración Trump ha anunciado el desvío temporal de 8.000 millones de dólares de fondos de investigación y desarrollo para cubrir las nóminas militares. Una maniobra que, según Reuters y Associated Press, no podrá mantenerse si el cierre supera en noviembre y que, además, podría contravenir el Antideficiency Act, la ley que prohíbe gastar sin autorización del Congreso.

 

Un ejército sin sueldo y una sociedad armada

Aunque el pago de las tropas es una prioridad absoluta para el gobierno, la inestabilidad fiscal tiene efectos sobre la moral y la cohesión interna. Muchos soldados viven con presupuestos ajustados, y según Military Family Advisory Network, uno de cada tres miembros de familias militares reconoce que no podría cubrir una emergencia de 500 dólares.

En paralelo, el ejército estadounidense ha intensificado su despliegue en ciudades como Chicago, Atlanta o Filadelfia, con el argumento de combatir la violencia armada y la crisis migratoria. Fuentes independientes apuntan a que este movimiento busca asegurar el control civil ante posibles disturbios. En un país en el que hay más armas que habitantes, cualquier pérdida de confianza institucional puede convertir una crisis económica en una crisis social.

Los expertos coinciden en que Estados Unidos no está a las puertas de una guerra civil, pero sí de una polarización extrema que recuerda en los últimos días de la Roma republicana: un Estado dividido, cuyo ejército puede convertirse en instrumento de orden u opresión según quien lo controle. Esto es porque esto no es la primera vez que ocurre.


Cuando los imperios dejan de pagar a sus soldados

La historia nos ofrece un patrón recurrente de esta situación, en la que grandes imperios se han caído cuando ya no han podido financiar su propio poder militar.

En el Imperio Romano, los impagos de mercenarios y legionarios aceleraron la descomposición a lo largo del siglo V. Sin pago ni alimento, las tropas empezaron a saquear las mismas provincias de las que eran las responsables máximas de proteger. De hecho, muchos de los llamados “bárbaros” que contribuyeron a la caída de Roma habían sido antes soldados o aliados impagados del ejército imperial.

Durante la edad media, episodios similares se repitieron. Es el caso de los famosos condottieri italianos del siglo XV, los cuales eran contratados por las ciudades-estado como Florencia o Venecia, ya menudo cambiaban de bando o saqueaban el territorio cuando los príncipes o duques no podían pagarlos.

La Castilla del siglo XVI vivió un proceso similar después de un siglo y medio de guerras imperiales, las continuas bancarrotas de la Monarquía Hispánica —1557, 1575, 1596 y 1607— dejaron sin financiación estable el ejército de los Tercios y la flota de Indias. Los banqueros genoveses y alemanes cerraron el crédito a la Corona, y las tropas, sin sueldo, protagonizaron revueltas como la de los soldados castellanos en Amberes en 1576, conocida como la “Furia española”, que devastó la ciudad y marcó el principio del declive militar y financiero del imperio.

Pero, también en la Francia del siglo XVII, después de la Guerra de los Treinta Años, los impagos en los ejércitos reales provocaron motines y deserciones masivas, forzando a la corona a recurrir a costosos préstamos que hipotecaron el futuro del Estado.

Más adelante, el Imperio Austrohúngaro, en los últimos días de la Primera Guerra Mundial, también vio cómo la quiebra económica hacía imposible mantener su maquinaria bélica. Y la URSS, en la década de 1980, entró en colapso cuando la caída del precio del petróleo y la deuda interna hicieron inviable seguir sosteniendo el mayor ejército del planeta.

En todos estos casos, el problema no fue únicamente económico, sino también político y social. Cuando el ejército deja de cobrar, la autoridad del gobierno se desvanece. Y lo que antes era una estructura de control, se convierte en un factor de inestabilidad.

 

El riesgo de un default silenciado

La deuda estadounidense sigue siendo considerada el pilar del sistema financiero mundial, pero esa confianza no es infinita. Con el dólar perdiendo peso como moneda de reserva (su peso global cayó del 70% al 58% en dos décadas, según el Fondo Monetario Internacional), cada vez más países reducen su exposición a los bonos del Tesoro.

Una eventual suspensión temporal de pagos o una emisión monetaria descontrolada podrían acelerar la desdolarización y desestabilizar los mercados de capitales. En este contexto, el oro ha subido cerca de un 20% desde finales de agosto, reflejando la pérdida de confianza en los activos denominados en dólares.

A corto plazo, Estados Unidos puede evitar un colapso total vendiendo reservas estratégicas, aplazando proyectos e imprimiendo dinero. Pero a medio plazo, el riesgo está claro: no se puede mantener un ejército global con finanzas domésticas agotadas.

 

Un imperio frente al espejo

Como todos los imperios antes de ellos, Estados Unidos se encuentra en un punto de inflexión. La hegemonía no se pierde en un solo día, sino cuando las estructuras que la sostienen dejan de tener cimiento. La deuda, la fractura política y la pérdida de credibilidad institucional se acumulan. Y el peligro no es solo económico, es también moral: un Estado que vive por encima de sus posibilidades termina dependiendo de la fe de los demás.

El ejército estadounidense ha sido históricamente el reflejo de su poder económico. Si este se debilita, también lo hará su papel como garante del orden mundial. Los mercados lo saben, los bancos centrales lo intuyen y los ciudadanos, cada vez más, lo perciben.

EE.UU. aún tiene la capacidad de pasar página y renegociar su deuda, reducir el gasto militar e impulsar una nueva política fiscal que priorice la sostenibilidad. Pero esto exige un consenso político que hoy parece lejano. Mientras el Congreso se pelea, el reloj de la deuda sigue corriendo y la pregunta permanece abierta. ¿Pueden los Estados Unidos seguir pagando su ejército? Todavía sí. Pero todos los días que pasa, la respuesta es menos segura.

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