Trabajar menos gracias al progreso tecnológico

La automatización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando la manera en que vivimos y trabajamos. Estos adelantos tecnológicos mejoran la productividad, pero también plantean retos y preguntas sobre cómo afectarán a los trabajadores y a la economía en general.

 

La evolución de la duración de la jornada laboral ha mantenido una tendencia decreciente en las últimas cuatro décadas. Según un informe publicado en el Boletín Económico del Banco de España, la media de la jornada laboral en el Estado entre 1987 y 2019, se ha reducido de 37 a 31,8 horas semanales.

Este estudio analiza el conjunto de cambios estructurales de la economía que han contribuido a la reducción de la jornada laboral y las perspectivas que se mantenga esta tendencia en un futuro. Señala el aumento del peso del sector servicios, el impulso a la parcialidad laboral y el progreso de la tecnología como principales factores contribuyentes al descenso de la media de jornada laboral.

Los avances tecnológicos en automatización, robótica y digitalización de la información y la comunicación, han modificado la naturaleza de muchas tareas laborales y posibilitado una reducción de la carga de trabajo sin disminuir la productividad. Una reducción de la jornada laboral que facilita la conciliación entre la vida laboral y personal, reduce el estrés y mejora de la salud y el bienestar de los trabajadores.

Aun así, y a pesar de que es cierto que la tecnología comporta beneficios personales y contribuye a aumentar la productividad y la eficiencia a las empresas, también puede tener un impacto negativo en los trabajadores al reemplazar algunos trabajos con la automatización o reducir las horas de trabajo disponibles.

 

Invertir en educación y formación

El informe señala que la inversión en capital humano y la innovación son factores clave en la mejora de la productividad. Es decir, las regiones que invierten en educación y formación tienen una fuerza laboral más preparada para la adopción de nuevas tecnologías y para aprovechar las oportunidades de esta revolución ocupacional.

Según el estudio de Randstad, ‘Flexibility at work, abrazando lo cambio’, en el Estado español el 52% de los puestos de trabajo actuales corre el riesgo de automatizarse, parcialmente o totalmente, en la próxima década. Aun así, hay que tener en cuenta que cuando hablamos de pérdida de puestos de trabajo, son las tareas que requieren menos competencias, y no las profesiones en sí mismas, las que la tecnología está automatizando.

En un contexto de crisis económica y ante la incapacidad de muchas empresas para aumentar los salarios significativamente, la reducción de horas de trabajo, manteniendo los salarios y la productividad, puede ser un factor determinante en la hora de captar talento. En todo caso, el proceso de adaptación por parte de la sociedad a esta nueva realidad laboral requerirá la colaboración del tejido empresarial y la administración pública porque nadie se quede atrás.

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Encontrar un lugar donde vivir ha dejado de ser una necesidad básica para convertirse en una competición global. Ya no se trata solo de pagar un techo, sino de entrar —o quedar excluido— de un mercado dominado por grandes capitales. En España, muchas familias destinan más del 40% de sus ingresos al alquiler, mientras que en Cataluña la pobreza crece a pesar de la expansión económica. Y el precio de la vivienda no se detiene. La pregunta es clara: ¿cómo ha ocurrido que un derecho esencial se haya convertido en el principal activo financiero del mundo… y quién está pagando el precio?

 

Durante décadas, la vivienda fue un pilar de seguridad vital. Un espacio para vivir, formar una familia y construir estabilidad. Pero este paradigma se rompió a finales del siglo XX, cuando la financiarización de la economía transformó el ladrillo en un vehículo de inversión dentro del sistema global. Igual que acciones o bonos, pero con una diferencia determinante: es limitado e imprescindible. Esta doble naturaleza lo convierte en un activo extraordinariamente atractivo.

En un contexto de tipos de interés bajos y exceso de liquidez, los grandes capitales identificaron rápidamente esta oportunidad. Invertir en vivienda ofrecía rentabilidad, seguridad y una demanda garantizada. El resultado ha sido una competencia desigual, donde los ciudadanos han dejado de competir entre ellos para pasar a hacerlo contra fondos globales con capacidad casi ilimitada. Así, el mercado inmobiliario ha dejado de responder a necesidades sociales para obedecer lógicas puramente financieras.

Este proceso no es accidental. Responde a un modelo económico que convierte los activos reales en instrumentos de extracción de renta. Ya no es necesario controlar territorios: basta con controlar los activos clave. Y entre todos ellos, la vivienda destaca por encima del resto. Porque no es solo una inversión. Es una necesidad vital. Y es precisamente ahí donde reside su fuerza… y su peligro.

 

Salarios que no siguen el ritmo

Los salarios no están siguiendo el ritmo del coste de la vivienda, y aquí reside el núcleo del problema. Según el Área Metropolitana de Barcelona, se necesitan más de 1.300 euros mensuales para vivir dignamente, una cifra a la que muchos trabajadores no llegan. Mientras tanto, la vivienda puede absorber hasta el 34% del gasto familiar, o hasta el 45% si se suman los suministros.

Este desajuste está consolidando una nueva realidad: la de los trabajadores pobres, personas con empleo que no pueden garantizar una vida digna. Trabajar ya no garantiza vivir. Y este es el verdadero cambio de paradigma.

En paralelo, la inflación ha acelerado este desequilibrio de forma silenciosa pero contundente. La liquidez inyectada por los bancos centrales no se distribuye de manera uniforme, sino que se canaliza hacia los activos: bolsa, materias primas… y vivienda. Esto genera una inflación de activos que dispara los precios sin que los salarios se ajusten al mismo ritmo, erosionando el poder adquisitivo de la mayoría.

Además, esta inflación tiene un efecto fiscal perverso. El aumento de precios eleva impuestos como el IVA y puede empujar a los trabajadores a tramos superiores de IRPF sin una mejora real de sus ingresos. El resultado es claro: cada vez se paga más, pero se vive peor. Una dinámica que evidencia la fractura entre la economía real y la financiera.

 

Cuando el mercado deja de servir a la sociedad

El problema de la vivienda no es solo social, es estructural. El modelo económico actual opera como un sistema extractivo que concentra riqueza a través de activos clave, y la vivienda es su mejor ejemplo. Genera ingresos recurrentes, se revaloriza con el tiempo y es indispensable para vivir. Esta combinación la convierte en una herramienta perfecta para extraer renta de la población.

No es un error del sistema. Es el sistema funcionando tal como está diseñado, porque este mecanismo se ve reforzado por dinámicas de capitalismo clientelar, donde las relaciones entre poder político y económico pueden favorecer a los grandes tenedores. Así, el mercado deja de responder a una lógica de oferta y demanda para operar según intereses concentrados. El resultado es un sistema que perpetúa desigualdades y limita el acceso a un derecho fundamental.

Cataluña ejemplifica esta contradicción con claridad. La economía crece, el turismo marca récords y la inversión aumenta, pero la pobreza también lo hace. Crece la economía, pero no el bienestar. Y esto no es una contradicción: es una consecuencia. La vivienda es su reflejo más evidente: mientras los precios suben, cada vez más personas quedan excluidas o acceden en condiciones precarias.

 

Vivir en un activo

El cambio de paradigma es radical. Antes vivíamos en viviendas; hoy vivimos dentro de activos financieros. Esto implica que el alquiler ya no paga solo un servicio, sino que alimenta una rentabilidad, a menudo global y desvinculada del territorio. Aquí emerge la gran paradoja: cuanto más sube el valor de la vivienda, más se debilita la capacidad económica de la sociedad que vive en ella.

Ante este escenario, el debate público a menudo se queda en la superficie. Se habla de regulación de precios, ayudas o vivienda social, pero rara vez se aborda la raíz del problema. Y es que la cuestión no es solo social, sino sistémica: un modelo económico que convierte necesidades básicas en instrumentos de rentabilidad y pone el beneficio por delante del bienestar colectivo. Sin entender esto, cualquier respuesta será incompleta.

Lo que estamos viviendo es una transferencia de riqueza silenciosa pero constante. De las rentas del trabajo hacia los propietarios de activos. De la clase media hacia los grandes capitales. La vivienda se ha convertido en el principal canal de este proceso, redefiniendo de facto el contrato social sobre el que se había construido la estabilidad de las sociedades modernas.

Entender este cambio es el primer paso para recuperar el control. Solo con educación financiera podemos identificar los mecanismos que nos afectan y tomar decisiones con criterio. Porque cuando la vivienda se convierte en activo, el derecho a vivir se convierte en privilegio.

Proteger los ahorros con oro físico ha sido una de las principales aportaciones de 11Onze a su comunidad y, ahora, se amplía el abanico de productos. Por eso, ante la volatilidad, de la todavía alta inflación y de la creciente crisis de confianza en el sistema bancario, el oro vuelve a reforzarse como valor refugio. Descubre el Oro Semilla en Preciosos 11Onze.

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Hablamos de ansiedad, de insomnio y de agotamiento. Pero a menudo ignoramos una de sus principales causas: la inseguridad económica.

 

Cuando pensamos en salud mental, solemos mirar hacia dentro. La autoestima, las emociones, el ritmo de vida. Pero hay un factor externo, persistente y silencioso que condiciona profundamente el bienestar de millones de personas: el dinero. O, más bien, la falta de control sobre él.

El estrés financiero no siempre hace ruido. No aparece como una crisis repentina, sino como un goteo constante de preocupaciones que acaba afectando al cuerpo, la mente y las relaciones personales.

 

Cuando el dinero condiciona la salud

Llegar justo a fin de mes. No entender por qué las cifras no cuadran. Vivir con la sensación de que cualquier imprevisto puede desestabilizarlo todo. Esta tensión sostenida genera estrés crónico, uno de los principales factores de riesgo para la salud física y mental.

Diversos estudios de la Organización Mundial de la Salud señalan que el estrés prolongado está relacionado con trastornos del sueño, problemas cardiovasculares, ansiedad y depresión. Cuando la causa del estrés es económica, el problema se agrava: no se puede “desconectar” del dinero. Está presente cada día.

La inseguridad financiera no solo afecta al individuo. Tiene un impacto directo en las relaciones de pareja, en la crianza, en la vida social e incluso en el rendimiento laboral. La mente está ocupada. La capacidad de concentración disminuye. El cansancio emocional se acumula.

 

Vivir en modo supervivencia

Cuando el dinero escasea o se percibe como una amenaza constante, el cerebro entra en modo supervivencia. Prioriza el corto plazo. Reacciona, pero no planifica. Y eso tiene consecuencias.

La incertidumbre económica conduce a menudo a:

  • Endeudamiento para cubrir necesidades inmediatas.
  • Dependencia del crédito como solución recurrente. 
  • Inmovilismo por miedo a equivocarse. 
  • Decisiones impulsivas tomadas desde la angustia.

Este patrón no es una cuestión de falta de inteligencia o responsabilidad. Es una respuesta humana al estrés. Pero también es un círculo vicioso: las decisiones tomadas desde el miedo suelen empeorar la situación económica, y eso incrementa aún más el estrés.

 

Cuando el miedo decide por nosotros

Uno de los efectos más perversos del estrés financiero es que delegamos las decisiones en el miedo. No revisamos números. No planificamos. No preguntamos. Evitamos mirar la cuenta o los recibos porque nos generan angustia.

Esta evitación puede aliviar momentáneamente, pero a largo plazo empeora el problema. La falta de información alimenta la sensación de descontrol. Y el descontrol es una de las principales fuentes de ansiedad.

Según datos del Banco de España, una parte significativa de la población reconoce no entender los productos financieros básicos que utiliza. Esta brecha de conocimiento no es solo económica: es emocional.

 

Educación financiera como cuidado preventivo

Aquí es donde entra en juego un elemento clave a menudo infravalorado: la educación financiera. No como una fórmula para hacerse rico, sino como una herramienta de salud preventiva. Saber cómo funciona el dinero reduce la ansiedad. No elimina los riesgos, pero permite entenderlos, anticiparlos y gestionarlos con criterio. El conocimiento no garantiza certezas, pero sí control. Y el control reduce el estrés.

Tener una visión clara transforma la relación con el dinero. Lo que antes era una amenaza difusa se convierte en un problema concreto, abordable y planificable. Por tanto, es necesario entender conceptos básicos como:

  • Ingresos y gastos 
  • Deudas y plazos 
  • Capacidad real de ahorro 
  • Opciones disponibles

Finanzas y bienestar: una relación inseparable

Durante años se ha separado el mundo de la economía del mundo del bienestar. Como si el dinero fuera una cuestión fría, técnica, ajena a la salud emocional. La realidad es justo la contraria. 

La tranquilidad financiera no depende de tener mucho dinero, sino de sentir que se tiene control y criterio. Hay personas con ingresos elevados que viven angustiadas, y otras con recursos limitados, pero con una gestión clara, que duermen tranquilas.

Cuidar las finanzas también es cuidar la mente. Poner orden en los números es una forma de reducir el ruido mental. Recuperar margen de decisión. Dejar de vivir reaccionando constantemente.

 

El primer paso no es ganar más, sino entender mejor

Ante el estrés financiero, a menudo pensamos que la solución es ganar más dinero. Y, en algunos casos, lo es. Pero muchas veces el primer paso no es aumentar ingresos, sino entender mejor qué ocurre con los que ya tenemos.

La claridad reduce el miedo. La planificación reduce la incertidumbre. Y la información transforma el estrés en acción. No es un proceso inmediato. Pero es profundamente liberador.

Cuidar la salud también implica cuidar las finanzas. En La Plaça d’11Onze entendemos el dinero como una herramienta al servicio de la vida, no como una fuente de sufrimiento. Porque recuperar el control económico no es solo una decisión racional: es un acto de bienestar emocional.

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Cada año, a finales de marzo y de octubre, adelantamos o retrasamos los relojes con una aparente normalidad. Pero detrás de este gesto rutinario se esconde una anomalía estructural que impacta directamente en nuestra salud, nuestra economía y nuestra forma de vivir. Cataluña —y toda la península ibérica— vive en un huso horario que no le corresponde. Y esto no es inocuo. La pregunta es inevitable: ¿por qué lo aceptamos… y quién se beneficia?

 

Geográficamente, Cataluña está alineada con el meridiano de Greenwich. Esto significa que, por posición natural, le correspondería el mismo horario que Portugal o el Reino Unido (UTC+0 en invierno). Sin embargo, la realidad es otra: seguimos el horario de Europa Central (UTC+1 en invierno y UTC+2 en verano), compartido con ciudades como Berlín o París.

Esta anomalía no es fruto del azar, sino de una decisión política. En 1940, el régimen franquista adelantó la hora para alinearse con la Alemania nazi. Lo que debía ser un ajuste puntual se convirtió en una herencia estructural que, décadas después, sigue condicionando nuestra forma de vivir.

Las consecuencias son evidentes: el sol sale y se pone más tarde de lo que nos correspondería, nuestros horarios sociales no encajan con los ritmos biológicos, y acabamos viviendo en un desfase permanente. Un pequeño desajuste aparente… con un impacto profundo en nuestro día a día.

 

El reloj biológico no entiende de política

Nuestro cuerpo no entiende de decretos ni de decisiones políticas, ya que funciona siguiendo los ritmos circadianos, un mecanismo biológico regulado principalmente por la luz solar. Es este reloj interno el que determina cuándo tenemos sueño, cuándo estamos alerta y cuándo nuestro organismo rinde mejor.

Cuando el tiempo oficial se aleja del tiempo solar, este equilibrio se rompe. Dormimos menos y peor, aumenta la fatiga acumulada y nuestra capacidad de concentración se ve afectada. A largo plazo, este desajuste también se asocia con un aumento del riesgo de problemas metabólicos y cardiovasculares.

Diversos estudios de cronobiología definen este fenómeno como un “jet lag social” permanente, comparable a vivir en un cambio horario constante. Y aquí aparece la gran paradoja: en una sociedad obsesionada con la productividad, estamos organizando el tiempo de una manera que, precisamente, la deteriora.

 

Productividad baja, pero jornadas largas

España es uno de los países europeos con jornadas laborales más largas, pero con una productividad por debajo de la media. No es una casualidad. El desajuste horario impacta directamente en el rendimiento: más cansancio implica menor capacidad de trabajo, más horas no equivalen a mayor eficiencia, y un peor descanso deriva en más bajas laborales.

A este escenario se añade una cultura horaria alargada —comidas tardías, cenas nocturnas y franjas de máxima audiencia que se prolongan hasta bien entrada la noche— que amplifica el problema. El resultado es un modelo que prioriza la presencia por encima del rendimiento real.

En paralelo, una de las grandes justificaciones del cambio de hora —el ahorro energético— ha quedado obsoleta. Diversos estudios de la Comisión Europea indican que el impacto es mínimo, e incluso negativo en algunos casos. Los patrones de consumo han cambiado: más climatización, más tecnología y menor dependencia de la luz natural. Mantenemos, así, una medida pensada para una economía industrial del siglo XX… en una economía digital del siglo XXI.

 

¿Quién decide el tiempo?

Aquí es donde el debate se vuelve realmente interesante. El tiempo no es solo una cuestión técnica, sino también una herramienta de control social y económico. Decidir la hora oficial implica, en el fondo, decidir cuándo trabajamos, cuándo consumimos, cuándo descansamos y cómo vivimos. No es un detalle menor: es una arquitectura invisible que ordena nuestra cotidianidad.

Esta realidad encaja con una lógica más amplia: la de un sistema que prioriza una eficiencia económica aparente por encima del bienestar real. Como ocurre en ámbitos financieros, monetarios o fiscales, a menudo asumimos como normales estructuras que responden a decisiones políticas e intereses concretos. El tiempo, como el dinero, tampoco es neutral.

El debate sobre eliminar el cambio de hora lleva años sobre la mesa en la Unión Europea, pero sigue estancado. Quizá porque la cuestión de fondo es más profunda de lo que parece: ¿qué horario queremos como sociedad? ¿Queremos vivir alineados con los ritmos naturales… o con las dinámicas del mercado? Recuperar un horario coherente con nuestra geografía no es solo comodidad; es salud, productividad y calidad de vida.

El tiempo es un recurso. Quizá el más valioso que tenemos. Y gestionarlo mal tiene un coste que pagamos cada día, a menudo sin darnos cuenta. En 11Onze creemos que entender estas dinámicas es el primer paso para tomar decisiones más libres e informadas. Porque solo cuando cuestionamos aquello que parece normal podemos empezar a recuperar el control —del tiempo, del dinero y, en definitiva, de nuestra vida.

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El razonamiento es sencillo y potente a la vez: el activo más importante y rentable de cualquier empresa son sus trabajadores y trabajadoras. Entonces, ¿qué puede ser mejor que mantener el activo más relevante de la organización en su estado natural, que es donde se manifiesta todo su potencial?

 

Sin embargo, este razonamiento no es de aplicación exclusiva al ámbito laboral. Sus connotaciones son primordiales, puesto que todas las personas somos trabajadoras, al menos en potencia, sea en el ámbito laboral activo, postlaboral, en el ámbito académico, o en cualquier otra situación. Es evidente, pues, que la felicidad trasciende cualquiera de estos razonamientos, para ir a raer en el común denominador: el ser humano.

 

La investigación científica de la felicidad

Hablar de la felicidad no es ninguna novedad, Aristóteles ya hacía profundas disertaciones en el siglo IV a. Sin embargo, en los últimos años, ha tomado fuerza el concepto de psicología positiva, que es una corriente de la psicología que estudia las bases del bienestar psicológico y de la felicidad, así como de las fortalezas y virtudes humanas. La diferencia respecto a otras corrientes cercanas de la psicología y con sus precedentes históricos es que este se basa en el método científico. El psicólogo Martin Seligman sentó sus bases a finales de los años 1990, y otros autores, como Mihály Csíkszentmihályi, le han hecho crecer con sus contribuciones.

A primera vista, el propósito de la psicología positiva puede sonar demasiado arrogante: “¿ahora la ciencia pretende explicarnos qué es la felicidad?” Pero son muchas las voces disidentes que consideran que la felicidad va mucho más allá del procesamiento de un simple conjunto de valores mensurables en el ámbito de la psicología.

Debates aparte, todas las personas sabemos, sin necesidad de aprenderlo, cuando nos sentimos bien, y, sobre todo, cuando nos sentimos mal. Es algo innato. Y es que nuestro organismo va como una seda con el bienestar, mientras empieza a dar señales de alerta cuando experimentamos malestar.

 

¿Qué dicen los expertos?

Dado que las empresas son sobre todo conjuntos de personas, puede parecer básico garantizar el bienestar y la satisfacción de los trabajadores en el trabajo. Sin embargo, en la lógica empresarial ligada a la Revolución Industrial (todavía muy presente en todas partes), el paradigma general ha sido todo lo contrario: hacerles trabajar al máximo para obtener mayores beneficios. Una visión en la que su bienestar personal queda lejos de la incumbencia de la empresa.

Los estudios al respecto llegan a la conclusión de que la experiencia de los trabajadores que se sienten a gusto en su organización es mucho más preciada que, incluso, los bienes materiales que pueden recibir como gratificación. Y esto se debe a que esta experiencia no tiene caducidad; siempre puede ser evocada y disfrutada de nuevo.

La felicidad de los trabajadores como barómetro de la salud empresarial

Así pues, ahora ya no se trata de centrarse solo en la famosa experiencia de cliente (CX), sino que la experiencia del trabajador también juega un papel primordial en el éxito de la organización. Tanto desde el punto de vista de la empresa, porque un empleado feliz, creativo o empático es sinónimo de un trabajador más productivo, como desde el punto de vista del trabajador, porque pasamos casi un tercio de nuestra vida en el trabajo.

Es buena muestra de la consolidación de esta tendencia el surgimiento de varios índices, como el Índice Global de Felicidad en el Puesto de Trabajo, que miden la felicidad en el puesto de trabajo. Asimismo, se consolida la figura conocida como Chief Happiness Officer o director de bienestar en aquellas organizaciones que apuestan por el valor de las personas y la rentabilidad de un feliz empleado.

Extraña mezcla y, a la vez, ¡qué sinergia tan fructífera cuando el foco de la organización se pone en las personas!

En 11Once se ha creído desde el principio en este valor fundamental, que es compartido por todas las personas que forman nuestra comunidad. ¡Y funciona!

 

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La salud física no es una cuestión estética ni un lujo aspiracional: es un activo económico clave. Un cuerpo en forma —fuerte, móvil y funcional— reduce gastos futuros, aumenta la autonomía y protege el patrimonio personal. Exactamente como una buena decisión financiera. Lo que hoy parece tiempo invertido, mañana se traduce en libertad y margen de maniobra.

 

Invertimos tiempo y dinero en proteger los ahorros, pero a menudo descuidamos el activo que lo sostiene todo: el cuerpo. La mala forma física no solo pasa factura a la salud; también erosiona ingresos, multiplica gastos y limita oportunidades. Estar en forma es una inversión silenciosa, poco visible a corto plazo, pero decisiva cuando llegan los imprevistos.

Bajas laborales recurrentes, fatiga crónica, menor productividad y un uso creciente de fármacos forman parte de la factura invisible de un cuerpo descuidado. A esto se añaden patologías a menudo evitables —lumbalgias, artrosis, diabetes tipo 2— que acaban convirtiéndose en gasto estructural, tanto personal como público. Según la Organización Mundial de la Salud, una gran parte de las enfermedades crónicas está asociada a hábitos de vida modificables. Dicho de otra manera: no cuidar el cuerpo es asumir una hipoteca de gasto futuro que se paga a plazos, pero con intereses crecientes.

La lectura económica es clara. La energía física condiciona la capacidad de trabajo; la movilidad garantiza autonomía cotidiana; el dolor crónico, en cambio, roba foco, tiempo y rendimiento. Un cuerpo descuidado es un activo que se deprecia con rapidez. Un cuerpo cuidado, en cambio, mantiene valor con el paso del tiempo, exactamente igual que una inversión bien gestionada.

 

Fuerza, autonomía y futuro: la rentabilidad de un cuerpo activo

La fuerza muscular y la movilidad son, probablemente, el seguro más barato que existe. Entrenar el cuerpo no es una cuestión estética ni deportiva, sino profundamente preventiva. Reducir el riesgo de caídas, proteger las articulaciones, fortalecer huesos y preservar la capacidad funcional es clave, sobre todo a partir de los 40 o 50 años. En el caso de las mujeres, mantener la fuerza es también una herramienta esencial contra la osteoporosis y la pérdida de autonomía futura.

La investigación médica es clara: no se trata de hacer deporte, sino de poder hacer vida. Caminar sin dolor, levantar pesos cotidianos, mantener el equilibrio y moverse con seguridad. La fuerza no es exhibición; es autonomía acumulada. Cada músculo trabajado hoy es una limitación menos mañana, un gasto evitado y una libertad preservada.

La dependencia no llega de golpe. Se construye con los años, a menudo de manera silenciosa. Un envejecimiento pasivo lleva asociados costes familiares elevados, pérdida de dignidad personal y una presión creciente sobre los sistemas públicos. En cambio, un envejecimiento activo permite conservar autonomía, reducir gasto sanitario y mantener calidad de vida. Los datos de Eurostat muestran un envejecimiento acelerado de la población europea, mientras que informes del Banco de España alertan de la tensión creciente sobre el gasto sanitario. La salud física, en este contexto, es también un bien colectivo.

Y todo esto no es una cuestión de tiempo ni de dinero, sino de prioridades. Estar en forma no requiere gimnasio ni grandes recursos: movimiento cotidiano, fuerza básica y constancia. Caminar más, sentarse menos, entrenar los músculos esenciales. Desde la mirada de 11Onze, la lógica es la misma que con el ahorro: no hace falta hacerlo perfecto, hace falta hacerlo sostenido. La constancia, no el heroísmo, es la que genera rendimiento… también cuando hablamos del cuerpo.

 

El cuerpo también es patrimonio

El cuerpo también es patrimonio. Cuidarlo es una de las decisiones más rentables que se pueden tomar a lo largo de la vida. No cotiza en bolsa ni genera titulares, pero condiciona todas las otras inversiones: el tiempo que podemos dedicar, el dinero que podemos ganar o ahorrar, la libertad para decidir y la calidad de vida que podemos sostener con los años.

Igual que los ahorros, el cuerpo necesita atención, criterio y constancia. No admite soluciones milagrosas ni rendimientos inmediatos, pero responde con fiabilidad a las decisiones sostenidas. Porque, al final, es el capital personal que lo sostiene todo: sin salud, ningún otro patrimonio es plenamente utilizable.

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A pesar de que la educación financiera es una competencia necesaria esencial en el día a día de la ciudadanía, solo uno de cada tres ciudadanos adultos europeos tiene conocimientos financieros mínimos. Te explicamos los pasos a seguir para optimizar tus finanzas.

 

Tener las finanzas bajo control, es decir, el bienestar financiero, es esencial para nuestra tranquilidad y un pilar básico para lograr nuestros objetivos personales. Conocer los conceptos básicos de la economía familiar y las finanzas personales te ayudará a optimizar el dinero y a ser más eficiente con tus gastos.

Establecer objetivos financieros

Define claramente tus objetivos financieros a corto, medio y largo plazo, estableciendo metas realistas y alcanzables. Tanto si quieres ahorrar para una emergencia, comprar una casa o pagar la educación de tus hijos, dividir tus objetivos financieros en pasos más pequeños y a tu alcance te permitirá celebrar los logros a medida que avanzas.

Crear un presupuesto

Apunta cuánto dinero ingresas cada mes y cuánto gastas en una hoja de Excel, una agenda o en una aplicación de finanzas personales para crear un presupuesto ajustado a tu situación personal. Este presupuesto tiene que incluir ingresos como nóminas, inversiones, ayudas estatales y gastos fijos como el alquiler/hipoteca, créditos, alimentación y otros gastos no esenciales como comer fuera, vacaciones y ahorros.

Paga las facturas puntualmente

Asegúrate que estás en el día en el pago de facturas haciendo una domiciliación de los pagos, es decir, autorizando tu banco para que cargue automáticamente cierta cantidad a tu cuenta corriente de manera periódica y recurrente de los servicios que utilizas: agua, luz, gas, teléfono móvil, etc. También puedes utilizar aplicaciones de pago de facturas y establecer recordatorios de pago por correo electrónico o SMS.

Prioriza el pago de deudas

Menos deudas significa más fondos disponibles para gastos imprevistos y más bienestar emocional. Prioriza el pago de las deudas con tasas de interés más altas y considera una posible consolidación de la deuda para reducir los intereses.

Ahorrar regularmente

Establece una rutina de ahorro automático con una estrategia de presupuesto inverso, que consiste en elegir un objetivo de ahorro, como pagar unos estudios, decidir cuánto quieres aportar cada mes y reservar esta cantidad antes de repartir el resto de tus gastos. Evidentemente, no hay que establecer un objetivo, pero tener un propósito siempre nos puede motivar a hacer el esfuerzo cuando menos para un fondo de emergencia.

11Onze siempre a tu lado

Empoderar a la ciudadanía a través de la educación financiera ha estado en el corazón de 11Onze desde sus inicios. Ampliar los conocimientos sobre economía y finanzas de nuestra comunidad, poniendo a su alcance todas las herramientas necesarias, es uno de los pilares fundacionales de la primera fintech comunitaria de Cataluña.

Desde el lanzamiento de 11Onze Escola, un proyecto que ofrece sesiones formativas sobre el mundo de las fintechs para que centros educativos, empresas y colegios profesionales de todo el país puedan formar a sus alumnos en materia económica y financiera, disponemos de una plataforma única que permite complementar el currículum escolar educando a los jóvenes en cuestiones monetarias y que pone a su alcance herramientas para la creación de riqueza.

Con el mismo propósito de formar a nuestra comunidad, se impulsan las lecciones de la sección Aprender, que ofrece contenidos como la serie El Diner, las Formacions 11Onze hechas por los mismos trabajadores o nuestros Cursos cortos. Además, en el apartado Descobreix de 11Onze TV también encontraréis piezas de nuestros agentes sobre temas de interés para nuestro día a día. Porque desde un buen principio teníamos claro que sin una buena formación financiera difícilmente seremos una sociedad libre que pueda decidir su futuro.

 

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La Navidad nos encanta… hasta que nos pasa por encima. Comidas que no se acaban, agendas imposibles, compras obligadas y una presión ambiental que no perdona. Cada año prometemos vivirla “con calma”, pero acabamos atrapados en la misma rueda. La pregunta es simple: ¿cómo podemos disfrutar de las fiestas sin terminar exhaustos, arruinados o emocionalmente abrumados?

 

La Navidad llega cada año envuelta en una postal de perfección con mesas impecables, familias idílicas y una felicidad que parece obligatoria. Pero la realidad va por otro lado. Las fiestas concentran presiones familiares, sociales y económicas en pocos días, y todo el mundo intenta estar a la altura mientras el ritmo se acelera. Nos movemos de una comida a otra, de una visita a un encuentro, a menudo sin tiempo ni para respirar. Decir que no se percibe como una falta, y eso nos lleva a encadenar obligaciones que nos dejan exhaustos.

Estas exigencias chocan con el espejismo permanente de las redes sociales, donde todo parece luminoso, perfecto y amable. Pero si tu familia es complicada, si hay tensiones, o simplemente arrastras cansancio emocional, ese escaparate puede hacerte sentir que tu experiencia navideña “no es lo bastante buena”. Las expectativas se multiplican y la realidad, a menudo imperfecta, pesa. Cuando los días pasan entre prisas, agendas imposibles y conversaciones que preferiríamos evitar, el desgaste emocional es inevitable.

La saturación suele llegar en silencio. Se manifiesta en forma de insomnio, irritabilidad, problemas digestivos o la sensación de funcionar en piloto automático. Son avisos claros que no deben ignorarse, porque el cuerpo pide una pausa. Y aquí es donde hay que recordar la idea esencial de que la Navidad no debe sobrevivirse, debe poder vivirse. Poner límites, ajustar expectativas y aceptar que no existen Navidades perfectas es lo que realmente nos permite disfrutar de estas fiestas de una manera más sana y humana.

 

Consejos alimentarios con sentido

Comer bien durante las fiestas no significa renunciar a nada, sino saber compensar. El problema no es la comida de Navidad en sí, sino convertir cada encuentro, cada sobremesa y cada aperitivo en un banquete absoluto. Por eso, servirse raciones pequeñas y repetir solo si realmente hay hambre es una estrategia sencilla que ahorra cientos de calorías sin renunciar al placer. Comer con conciencia y no por compromiso es la primera clave de una Navidad más ligera.

Otro pilar fundamental es cuidar lo que solemos olvidar: la hidratación y el descanso. El alcohol deshidrata, altera el sueño e intensifica el cansancio acumulado, de modo que alternar cada copa con un vaso de agua marca una diferencia real al día siguiente. Dormir entre siete y ocho horas es un protector infalible que regula la digestión, mejora el estado de ánimo y evita que los excesos se conviertan en malestar prolongado. Cuando el cuerpo descansa, la mente también lo hace.

Finalmente, pequeños gestos cotidianos pueden transformar la manera de vivir las fiestas. Un paseo después de una comida pesada acelera la digestión y activa el cuerpo; evitar el azúcar oculto de salsas preparadas, refrescos y pastelería industrial reduce el exceso calórico sin que lo notemos; y equilibrar un día muy cargado con verduras, sopas o fruta ayuda a recuperar el ritmo natural. El cuerpo también celebra la Navidad, pero no necesita un festival gastronómico permanente para hacerlo.

 

Bienestar emocional para sobrevivir las fiestas

La Navidad es, paradójicamente, un momento en que la salud mental queda a menudo en segundo plano. Todo el mundo quiere que las fiestas salgan bien, que haya armonía, que las tensiones no aparezcan y que la ilusión no se resquebraje. Pero esta presión puede pasar por encima de lo que realmente sentimos. Las emociones incómodas —tristeza, cansancio, estrés— se esconden bajo la alfombra porque “no tocan”, y eso solo intensifica el malestar.

Por eso es esencial reivindicar el derecho a decir “no”. No hace falta dar explicaciones largas ni justificaciones elaboradas, ya que con un “necesito descansar” o “este año prefiero una Navidad más tranquila” debe ser suficiente. Poner límites es una forma de autocuidado y, a la vez, una manera de prevenir conflictos en encuentros familiares complicados. Ajustar horarios, optar por espacios neutros o pactar temas prohibidos—como la política o cuestiones personales—puede transformar una comida tensa en un encuentro soportable.

También hay quien vive la Navidad con soledad, un sentimiento que las postales, la publicidad y las redes suelen amplificar. Desactivar esta idea de la “Navidad perfecta” es profundamente liberador, porque no es necesario estar radiante ni tener planes cargados de eventos. Actividades sencillas como hacer voluntariado, ir al cine, dedicar tiempo a la lectura o quedar con alguien que comparta la misma calma pueden convertir las fiestas en un espacio amable. La Navidad no es una competición de alegría, es una oportunidad para sostenernos, cuidarnos y darnos permiso para ser humanos.

Consumo responsable: la clave de una Navidad más sana (también mentalmente)
El consumo navideño no solo afecta al bolsillo, sino que también modela nuestra autoestima y la manera en que interpretamos las fiestas. La presión por acertar los regalos, por comprar más de lo necesario o por estar a la altura de un ideal publicitario puede convertir un acto afectuoso en una fuente de tensión. Reducir el número de regalos o pactar límites claros es una manera de liberar tiempo, dinero y, sobre todo, la sensación de no llegar nunca a todo.

Cortando el ciclo del consumo impulsivo, la Navidad se vuelve más respirable. Comprar “porque toca”, “porque el otro lo espera” o “para no quedar mal” genera ansiedad y culpa, y a menudo nos deja con una sensación de vacío cuando las fiestas ya han pasado. Decidir de antemano qué queremos regalar y qué presupuesto tenemos es una herramienta potente para evitar compras precipitadas. De esta forma, el regalo recupera su sentido original: un detalle, no una obligación. El consumo vuelve a estar al servicio de las personas, y no al revés.

Las alternativas son muchas y, a menudo, más significativas. Una comida compartida, una excursión o una actividad generan más memoria que un objeto. Ofrecer tiempo—cuidar niños, ayudar en una mudanza, preparar una comida—es un regalo emocionalmente potente. Y las manualidades o detalles personalizados dan sentido sin necesidad de gastar en exceso. Un consumo moderado es también un consumo más consciente, y esta conciencia es la base de una Navidad más sana, más simple y mucho más amable.

Por este motivo, disfrutar de la Navidad no depende de lo que compras, sino de lo que vives. El descanso, los límites, la alimentación equilibrada y el consumo responsable no son concesiones, sino formas de preservar la salud física, emocional y financiera en uno de los momentos más intensos del año. Cuando cuidas tu ritmo, la Navidad deja de empujarte y empieza a acompañarte. Es entonces cuando puedes celebrarla de verdad.

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La precariedad no es un accidente del sistema, es su nueva estructura. Nos conecta a todos a través de la incertidumbre, la dependencia y la deuda. Y solo entendiéndolo podremos romper el círculo y recuperar la soberanía sobre nuestras vidas.

 

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman captó como pocos la esencia de nuestro tiempo. Lo que él llamaba modernidad líquida es hoy una realidad palpable: todo lo que antes era sólido —el trabajo, las relaciones, la seguridad económica— se ha vuelto frágil y efímero. El trabajador que podía planificar una vida, hacer una hipoteca o criar hijos con cierta tranquilidad, ha sido sustituido por un individuo que encadena empleos temporales, subsidios y deudas. Esta inestabilidad no es solo económica: es emocional, psicológica y cívica. Un ciudadano que vive con miedo es más fácil de gobernar, pero también mucho menos libre.

 

La inseguridad como instrumento de control

Las crisis —financiera, sanitaria, energética, climática— se han convertido en una constante. La incertidumbre ya no es una excepción, sino una condición estructural. Cada nueva ola de dificultades justifica un nuevo paquete de medidas “temporales” que, con el tiempo, se vuelven permanentes. Mientras tanto, la población se acostumbra a vivir con el agua al cuello: salarios que no alcanzan para cubrir el costo de la vida, inflación que erosiona el ahorro, alquileres que devoran sueldos y una fiscalidad creciente que asfixia a las clases medias.

Esta precariedad generalizada crea dependencia. Los gobiernos la gestionan con subsidios y ayudas puntuales, mientras la banca y las grandes corporaciones ofrecen crédito fácil para mantener el consumo. Es un círculo vicioso que transforma los derechos sociales en favores y al trabajador en deudor perpetuo. El miedo a perder el ingreso o la vivienda se convierte en una poderosa herramienta de sumisión.

El resultado es una sociedad que vive pendiente del próximo rebrote económico o del próximo índice del IPC, y que acaba confundiendo la supervivencia con el progreso. Como advertía Bauman, “la libertad sin seguridad es una condena, pero la seguridad sin libertad es una prisión invisible”.

 

Del trabajo estable al trabajo frágil

En pocos años, el concepto de empleo se ha transformado radicalmente. La flexibilidad —palabra aparentemente positiva— se ha convertido en sinónimo de temporalidad, subcontratación e inseguridad. Los contratos cortos y el trabajo parcial se han normalizado hasta el punto de que ya no sorprenden. En cambio, un contrato indefinido o una jornada de cuarenta horas parece casi un privilegio.

Según el INE, más del 25% de los trabajadores jóvenes en España tienen contratos temporales. En Cataluña, el salario medio real ha perdido más de un 7% de poder adquisitivo en los últimos cinco años, mientras el coste de la vivienda ha aumentado un 30%. La desigualdad entre salarios y precios es ya estructural: trabajar no garantiza vivir dignamente.

Este modelo laboral fragmentado genera una población permanentemente disponible y fácil de sustituir. El trabajador no puede proyectar futuro ni acumular patrimonio. Cuando el trabajo deja de ser una fuente de estabilidad y pasa a ser una lucha diaria por la subsistencia, el contrato social se rompe.

La precariedad laboral también es precariedad cívica. Un ciudadano sin horizonte no participa, no protesta, no exige. Simplemente, sobrevive. Y esa es, quizá, la nueva victoria del sistema: transformar al trabajador en un consumidor obediente y agotado.

 

La pérdida de libertad y la necesidad de soberanía económica

La inseguridad económica erosiona silenciosamente la libertad. Cuando todo depende del salario del mes o del crédito concedido, la autonomía personal se desvanece. Vivimos en sociedades aparentemente libres, pero sometidas a mecanismos de control sutiles: deuda, dependencia tecnológica y desinformación constante.

El reto es volver a construir soberanía. En el ámbito colectivo, esto significa recuperar el control sobre los recursos básicos —energía, vivienda, finanzas— y fomentar economías locales resilientes. En el ámbito individual, significa reaprender hábitos de autogestión: ahorrar, invertir con criterio, huir de la deuda innecesaria y apostar por la formación financiera como herramienta de liberación.

La educación económica es la clave para transformar el miedo en poder. Cuando entendemos cómo funciona el sistema, dejamos de someternos ciegamente a él. En 11Onze hace tiempo que lo defendemos: el ahorro es soberanía, la información es libertad y la comunidad es fuerza.

El camino hacia una sociedad menos precaria no depende de esperar soluciones externas, sino de construir seguridad desde abajo, desde la cooperación y la conciencia.  Quizá Bauman tenía razón: la precariedad es el nuevo vínculo social. Pero aún estamos a tiempo de convertir ese vínculo en una red de solidaridad, no de sumisión.

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La producción de alimentos genera un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, aun así, es insuficiente para millones de personas que sufren inseguridad alimentaria y nutricional. Algunos estudios proponen un cambio de enfoque hacia un sistema más sostenible, centrándose tanto en el bienestar humano como en el medioambiental.

 

Un informe elaborado por la comunidad de las Nuevas Fronteras de la Nutrición del Foro Económico Mundial, en colaboración con Accenture, aboga por un cambio significativo en la estrategia de transformación del sistema alimentario mundial que esté basado en la salud humana y planetaria. Una vía hacia un sistema alimentario sostenible que permitiría a las personas llevar una vida más feliz, saludable y productiva.

Se trata de una iniciativa que integra a los sectores públicos, privados y comunitarios, centrándose a aumentar la disponibilidad, el acceso y la adopción de opciones alimentarias nutritivas, sin dejar de lado los objetivos de sostenibilidad. Subraya la necesidad de una colaboración intersectorial para transformar los sistemas y las políticas alimentarias con el objetivo final de conseguir un panorama alimentario más equitativo y sostenible con mejores resultados para la salud mundial.

La iniciativa detalla los pasos a seguir para lograr dietas más sanas, haciendo hincapié en los alimentos ricos en nutrientes, mínimamente procesados y predominantemente vegetales. Entre las principales sugerencias figuran incentivar la producción de alimentos orgánicos que sean asequibles y accesibles, mientras se refuerza el vínculo entre alimentación y salud en la conciencia de los consumidores.

Así mismo, propone facilitar un entorno de venta al por menor que haga de las opciones nutritivas la opción por defecto. Porque, a pesar de que la mayoría de los indicadores que hacen referencia a las dietas inadecuadas que afectan los sectores de la sociedad más vulnerables se centran en la desnutrición, la malnutrición también se define por la falta de vitaminas, minerales, fibra y otros micronutrientes clave.

 

Una oportunidad económica en la transformación de los sistemas alimentarios

Las conclusiones del Foro Económico Mundial coinciden con otro informe mundial elaborado por destacados economistas y científicos de la Food System Economics Commission (FSEC), que constata que los sistemas alimentarios existentes destruyen más valor del que crean, especialmente a causa de los costes medioambientales y sanitarios.

Y es que la mala alimentación también está relacionada con un mayor riesgo de sufrir enfermedades mentales comunes. Solo la depresión, tiene un coste de un billón de dólares al año para la economía mundial en pérdidas de productividad laboral.

De hecho, un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que los costes medioambientales, sociales y sanitarios ocultos de los sistemas agroalimentarios actuales ascendieron además de 11 billones de euros en 2020.

En este sentido, el cambio hacia un sistema alimentario mundial más sostenible podría generar hasta 7,9 billones de euros de beneficios al año, además de mejorar nuestra salud y aliviar la crisis climática. Por lo tanto, el coste de la transformación sería mucho menor que los potenciales dividendos, proporcionando una vida mejor a centenares de millones de personas.

El estudio propone desviar las subvenciones y los incentivos fiscales de los monocultivos a gran escala que son destructivos y que dependen de los fertilizantes, los pesticidas y la tala de bosques, a los pequeños y medianos productores. Cuando menos como una alternativa al sistema actual que empuja a los agricultores a gestionar grandes explotaciones intensivamente industrializadas.

No obstante, el principal reto de una transición hacia este nuevo modelo agroalimentario es el aumento de los costes de los alimentos. Un cambio de paradigma que requiere no solo una concienciación del consumidor, sino tener en cuenta la situación económica actual, salvo que queramos pasar de las protestas de los agricultores a una revuelta popular globalizada.

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