El Automobile Barcelona impulsa la electrificación

El Salón Internacional del Automóvil de Barcelona acoge a 23 marcas y presenta 18 novedades, con el coche eléctrico como gran protagonista. En 11Onze os proponemos un recorrido por los stands que no os podéis perder.

 

A pesar de la crisis económica que ha marcado el sector y los dos aplazamientos a causa del confinamiento, hasta el próximo 10 de octubre se puede visitar el Automobile, el certamen bienal dedicado al automóvil de Barcelona. El salón es uno de los primeros de Europa que se puede visitar presencialmente después de la pandemia y el interés que ha levantado entre los visitantes justifica con creces el lema de este año: “Vuelve la ilusión”.

 

Cupra Borne, una de las sensaciones de la feria

Uno de los vehículos más esperados del acontecimiento es el nuevo Cupra Borne, un modelo 100% eléctrico de la firma de Martorell perteneciente a Seat, y que ya se ha empezado a fabricar en la planta de Zwickau (Alemania). Comparte la misma plataforma que el Volkswagen ID.3, pero con un planteamiento más deportivo, enfocado a las prestaciones, y una estética más agresiva.

En el stand de Cupra también se puede ver el UrbanRebel Concept, un prototipo eléctrico de coche urbano de competición, un estudio de diseño que sirve de inspiración de cómo puede ser el modelo final que saldrá en 2025. Tampoco nos podemos perder el espectacular Tavascan Extrem E Concept, que nos avanza el diseño del Cupra Tavascan previsto para 2024.

 

La ofensiva surcoreana

Kia nos presenta dos novedades que también impulsan las nuevas motorizaciones: el EV6, su primer crossover 100% eléctrico que, no solo estrena un nuevo logo, sino que marca tendencia de diseño de los futuros productos de la marca; y la quinta generación del Sportage, en versión híbrido enchufable.

Por parte de Hyundai, se puede ver el Ioniq 5, que estrena la misma plataforma en la que se basa el EV6. Un diseño retrofuturista, heredero del Pony, pero que recuerda a un Integrale, y que engaña a primera vista, porque parece del segmento de cuatro metros, pero tiene una medida de un segmento superior.

 

Tendencia SUV y CUV 100% eléctricos

Nissan ha hecho la presentación en Europa del Ariya, un SUV totalmente electrificado, y del nuevo Qashqai MHEV, un híbrido. Ford expone el ya conocido Mustang Mach-E GT, mientras que en el stand de Renault encontramos el nuevo Megane E-Tech, más corto, pero más espacioso que el Megane de combustión actual.

Un conjunto de novedades que refuerzan el ciclo actual, en el que el diseño tipo SUV y crossover o CUV se ha establecido plenamente en el mercado europeo, y que, guste o no, es poco probable que cambie en los próximos años, si se tiene en cuenta la arquitectura de las plataformas modulares eléctricas con las baterías en la parte más baja del chasis.

 

Los eternos rivales: BMW y Mercedes-Benz

La rivalidad entre BMW y Mercedes-Benz continúa en el nuevo paradigma del mercado eléctrico. BMW presenta el i4, básicamente un Serie4 eléctrico con el mismo diseño de Gran Cupé con tecnología eDrive de quinta generación, y el iX, un SUV de cerca de cinco metros de largo, con una autonomía de casi 600 kilómetros.

Ya conocíamos el Mercedes-Benz EQC, un SUV, y al EQS, el equivalente eléctrico de la Clase-S, pero ahora se puede ver la versión definitiva, junto con el “Clase-E” electrificado EQE. Y sí, los amantes del motor de combustión también tienen una novedad, el AMG GT Black Series, un superdeportivo de más de 700 caballos de potencia que parece que desbanca a todos sus compañeros electrificados.

 

Hecho en Cataluña

No podemos concluir este recorrido sin hablar del Baltasar Revolt, un superdeportivo eléctrico de solo 700 kilos, pensado para los circuitos, pero que también puede circular por carretera. Diseñado y fabricado en Cerdanyola del Vallès, y con baterías también de fabricación propia. Una información que ampliaremos próximamente con una entrevista a Baltasar López, CEO de la marca.

 

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¿Te imaginas tener todo aquello que necesitas en un radio de 15 minutos andando? Este es el objetivo de las llamadas “ciudades de 15 minutos”, un nuevo concepto de urbanismo donde los desplazamientos disminuyen y los servicios se descentralizan.

 

La ciudad de 15 minutos es un proyecto impulsado por el profesor y científico franco-colombiano Carlos Moreno, experto en urbanismo, y que apuesta por un modelo de ciudades inteligentes, pensadas para sus habitantes. Una idea que cada vez se aleja más de la utopía y va tomando forma en algunas ciudades del mundo.

La idea es clara: la planificación urbana se subordina hoy al asfalto, en un modelo donde los coches son los protagonistas. El resto de la ciudad se ha adaptado durante décadas a él. Pero, cuando la transición energética es una realidad y los medios de transporte optan por fuentes de energía libres de carbono, también debe cambiar la forma en que imaginamos el urbanismo. Aquí es donde Carlos Moreno propone su iniciativa, que implica cambiar el ritmo de vida, en una ciudad creada, no para que sea útil, sino sobre todo para que pueda ser vivida. 

 

La ciudad que te permite ganar tiempo

El tiempo es uno de los principales problemas en las ciudades. La inmediatez, la obligación de tenerlo todo al momento, el estrés que suponen los desplazamientos masificados y el tiempo que invertimos en cada trayecto. Hay que reducir los desplazamientos, y esto solo se conseguirá si la población puede satisfacer todas sus necesidades dentro de un radio aproximado de 15 minutos, sea a pie o en bicicleta. Hablamos de vivir, trabajar, proveerse de productos básicos, cuidar (salud y farmacias), aprender y disfrutar. Es imprescindible, por lo tanto, dotar cada zona de la ciudad de un tejido empresarial y cultural heterogéneo, eficiente y de proximidad. La optimización de la oferta y el uso de la tecnología serán clave para obtener modelos de negocio colaborativos y compartidos. 

En este modelo se apuesta por la bicicleta como principal medio de transporte, tal y como hacen los países nórdicos, mucho más sostenible para el medio ambiente y sustancialmente más económico para el usuario. La apuesta por ciudades verdes también comporta beneficios de salud física y mental, porque consigue que los habitantes se sientan a gusto formando parte de la comunidad y que reduzcan el estrés, con un ritmo de vida más pausado y consciente.

 

 

La escuela, epicentro de la comunidad

El espacio es el otro elemento protagonista que muy tímidamente se va reconquistando en forma de zonas verdes, carriles bici o calles peatonales. Reducir desplazamientos supondría destinar menos espacio a vehículos y, por lo tanto, más espacio para las personas. Los centros educativos también ganan protagonismo; se abren a la comunidad y se configuran como un espacio más de socialización fuera del horario académico, puesto que se aprovechan las instalaciones para un uso comunitario.

El otro reto de las nuevas ciudades es la inclusión y el compromiso social. Este modelo va más allá del urbanismo y busca crear ciudades donde todo el mundo tenga cabida, sin discriminación. Supone la creación de un modelo económico enfocado a las necesidades reales y actuales, que sirva para reducir desigualdades, desde el acceso a la vivienda hasta el acceso a zonas verdes debidamente cuidadas.

 

De la utopía a la realidad

En los últimos años, varias ciudades del mundo se han interesado o, incluso, han empezado a aplicar este modelo. Es el caso de Portland, en los Estados Unidos, una de las primeras en aplicar esta idea en el 2000. Desde entonces, se ha trabajado y se trabaja con un solo objetivo: que en 2030 el 90% de la población se pueda desplazar a pie o en bicicleta para acceder a los servicios básicos. En 2018 Melbourne optó por esta política, que se aplica, hoy por hoy, en tres zonas de la ciudad. París, Milán y varias ciudades suecas también se suman a la lista creciente de municipios que rediseñan el urbanismo para poner sostenibilidad y ciudadanía en el centro.

 

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Durante la pandemia, muchas familias se han decidido a abandonar la ciudad por el campo. ¿Pero, cómo viven aquellos que hace años que habitan una masía? Hablamos con Ramon Carrer y su madre, Ventura Vives. Para ellos, vivir en un pueblo es más que un privilegio.

 

En los últimos meses, muchos han tomado la decisión de dar una segunda oportunidad a los entornos más despoblados, y prefieren tener cerca un río que un cine. Pero hay un grupo de personas, sea por tradición familiar o porque forma parte de su manera de vivir, que no se han movido nunca de la masía. Ramon Carrer, de 59 años, es una de esas personas. Vive en una casa solariega con su madre, Ventura Vives, de 93 años, y ambos nos explican que la vida en el campo, para ellos, “no es un obstáculo”, sino todo lo contrario.

Nos citamos con ambos junto a una capilla del siglo XIII, la capilla de San Sebastián, en el municipio de Òdena (L’Anoia), y la sensación que tenemos es la de viajar en el tiempo: no se oye demasiado ruido, y tampoco hay gente con mascarilla dando tumbos apresurados arriba y abajo, como pasa en la ciudad. Está atardeciendo, se respira olor de vida, olor de naturaleza, y todo se da para que empecemos a charlar.

 

—¿Qué le parece que la gente joven quiera vivir en entornos rurales? —nos atrevemos a preguntar.

—Lo encuentro perfecto. Ha llegado un punto que las personas se han dado cuenta que vivir en un piso es demasiado cerrado —nos responde Ramon con su carácter apacible.

—Y la vida rural de aquí a veinte años, ¿cómo la ve?

—La veo bien y animada, porque la gente ahora valora más vivir.

 

Madre e hijo han salido de la casa solariega para atendernos un rato, y lo han hecho con una sonrisa inmensa. Solo por ese pequeño detalle, apreciamos que en la masía son felices. Ramon nos explica, bajo la atenta mirada de Ventura, que la casa es parte de la familia desde hace más de doscientos años, y que no echan de menos nada. También asegura que lo que más valoran es la tranquilidad. Admite, además, que durante la pandemia y el confinamiento no se han sentido aislados. 

 

—Vivir aquí me hace sentir libre. Sobre todo es gratificante. Porque por la mañana me despierto y veo el bosque y, para mí, es media vida —explica Ramon con los ojos distraídos.

—Ha dicho que ha vivido aquí toda la vida. ¿Puede explicar alguna curiosidad del pueblo?

—Este camino antes era la antigua N-II Barcelona-Madrid. Y aquí mismo, delante de casa, fue donde, por primera vez en mi vida, vi elefantes. Tenía siete u ocho años, y el motivo por el cual los vi es porque por este antiguo camino, antes carretera principal, pasó un circo.

 

Los dos pasan el día cuidando de la casa, sin nervios, a pesar de que empiezan a trabajar a las 9 h, porque en una casa tan grande siempre hay trabajo. Así es la vida de Ventura y Ramon. Catalunya está llena de masías como la suya, en pueblos habitados sobre todo por gente mayor, que viven como quieren, que es lo más importante, afirma Ramon, y que esperan que los jóvenes no tengan miedo de poner en marcha  su aventura en entornos rurales. “¡Que no tengan miedo, adelante!”, se despide la pareja.

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Xavier Buil i Giné, consejero delegado de Buil & Giné, DO Priorat, inició a finales del siglo XX la aventura de hacer vino. Lo impulsó el hecho de querer compartir un estilo de vida y una cultura que, según dice, solo se encuentra en el Priorat.

 

Cuando Xavier Buil se fue de joven a estudiar Administración y Dirección de Empresas en el extranjero descubrió que en casa hay cosas muy buenas y que hay que darlas a conocer. “Cuando te vas una temporada lejos de casa, valoras lo que tienes. No somos ni mejores ni peores: tenemos una manera de vivir diferente”, afirma.

Fue justo en aquella época cuando decidió que necesitaba compartir este estilo de vida, y que, para hacerlo, o bien tenía que conseguir que la gente visitara la comarca, o bien tenía que llevar la comarca afuera. “En el Priorat, a finales del siglo pasado, no había muchos establecimientos turísticos —explica—, y era difícil atraer a visitantes. Entonces fue cuando, con mi pareja, decidimos montar dos negocios relacionados con la gastronomía, que creemos que es la manera más directa para dar a conocer nuestra manera de hacer y ser”. 

 

Salvar el Priorat

La relación de la familia de Xavier Buil i Giné con el mundo vitivinícola es una relación de amor hacia el Priorat. A pesar de ser de Falset, capital del Priorat, y tener una familia que viene del campo, sus padres no vivían de la viticultura. “La posguerra —dice— hizo que muchas familias dejaran sus tierras porque no podían vivir con lo que ganaban. Ni mi padre ni mi madre se dedicaron a la tierra. He de decir, sin embargo, que tampoco rompieron con ella, porque mi padre, a quien le gustaba la viticultura, continuó trabajando las pocas hectáreas familiares como afición y, además, en los cargos públicos que ocupó, luchó para salvar la comarca”.

Orgulloso, Xavier Buil también explica que su abuelo presidió más de una vez la cooperativa de Falset y que él, al partir de casa, sintió la necesidad de “salvar el Priorat”, tal y como habían hecho su padre y su abuelo.

Vinos finos, versátiles y elegantes

Así, en 1996 arrancaron los dos negocios: Priorat Natur, que comercializa productos gastronómicos del Priorat (almendras garrapiñadas, olivas maceradas con hierbas, miel, mermeladas, entre otros), y hacer vino. “El vino también es un elemento identificador e imprescindible de nuestra gastronomía y cultura”, dice Xavier Buil, que añade: “Es más un elemento de la comida que una bebida alcohólica”. Y con esta filosofía es con la que introdujo un rasgo nuevo en la manera de hacer vino en el Priorat. “A pesar de que los vinos que se hacían en la comarca eran muy buenos, nosotros creímos que teníamos que hacer un vino más fino, versátil, y más elegante, que pudiera formar parte de cualquier comida”, revela.

Y empezó la aventura alquilando dos depósitos de la cooperativa de Gratallops. “Haciendo un vino de calidad, asequible para todo el mundo, que con el tiempo ha evolucionado hacia un producto más sofisticado, pero que, en un inicio, quería que todo el mundo lo pudiera disfrutar, sin que hiciera falta ser un experto en el mundo de los vinos”. Los vinos de la bodega están hechos a partir de las variedades autóctonas, como la garnacha y la cariñena.

 

Conocido en todo el mundo

La bodega Buil & Giné exporta el 95% de su producción. Desde que empezó, los vinos han sido exportados en todo el mundo y hasta hace un par de años no se plantearon seriamente estar presentes al mercado estatal. Trabajar con el mercado de proximidad nació de la necesidad que expresaban los clientes, que querían comprar una botella de Buil & Giné y no la encontraban en ninguna vinatería. La pandemia, sin embargo, truncó esta apertura al mercado más próximo. 

En Buil & Giné hacen enoturismo desde el primer día de apertura. Para ellos, el turismo enológico es un complemento. “Nuestro trabajo principal es hacer vino. Para la bodega el enoturismo sirve para interactuar con el cliente final, para enseñar lo que hacemos y lo que somos. Todo está planteado como una actividad que muestre el estilo de vida, lo que vive una persona que trabaja en la viña o la bodega”, explica Xavier Buil. El 60% de las visitas que recibe la bodega son de extranjeros. El enoturista, además de hacer una visita guiada, puede disfrutar de las comidas que se sirven en el restaurante Amics, o bien hacer una estancia en el hotel de la bodega. 

Buil & Giné nació para compartir y dar a conocer el estilo de vida del Priorat, a través de sus vinos y de su gastronomía. Su objetivo: “salvar” el Priorat. Amor incondicional en la tierra que los ha visto nacer.

 

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Hace cuarenta años, cuatro familias vitivinícolas se asociaron para dar valor a su trabajo y cerrar el círculo de la producción del cava y del vino. Son los primeros productores de cava biodinámico del mundo.

 

La bodega Vins El Cep se encuentra en la parte norte de la comarca del Alt Penedès, en la DO Cava, por los espumosos, y, de la DO Penedès, por los vinos tranquilos. La bodega está en la finca llamada Can Llopart de les Alzines, en la zona de Espiells, en Sant Sadurní d’Anoia. La suya es una historia de vecindad, de amistad y de reivindicación del trabajo del campesino, del viticultor, que quiere dar valor al trabajo realizado, y que quiere cerrar el círculo de la elaboración del cava y del vino.

Maite Esteve, socia y gerente de Vins El Cep, representa una de las 4 familias que fundaron, en 1980, Vins El Cep. Ahora son la segunda generación (tres hijas de tres socios fundadores diferentes, más uno de los fundadores). Maite define el proyecto como «una historia de viñedos, vino y amistad».

Las cuatro familias tienen una larga historia vitivinícola, y una de ellas tiene documentos de 1448 en los que ya se habla de viñas en su propiedad. «Nosotros venimos de la viticultura. Hace cuarenta años, los cuatro amigos decidieron dar valor a su trabajo, ya que la uva no era valorada y los esfuerzos que se hacían en la viña no repercutían en el precio que se pagaba por la uva. De hecho -añade preocupada- esto aún no ha cambiado mucho».

 

Cuidado de las personas y del entorno

Maite cuenta orgullosa que su manera de ser, innovadora y buscando siempre el equilibrio natural, les llevó a introducir las técnicas de la biodinámica en la viña: «Hemos sido los primeros de la zona a practicar la biodinámica y sacar a la luz Claror, el primer cava biodinámico del mundo«. Aunque no fueron los primeros en practicar la agricultura ecológica, hace muchos años que la implantaron en las cuatro fincas y nos cuenta que lo hicieron por tres motivos: «El primero, pensando en las personas que trabajan la tierra y los viñedos; el segundo, pensando en la tierra y las plantas, para encontrar de nuevo el equilibrio natural, la biodiversidad; y, en tercer lugar, para conseguir un producto de calidad, lo más natural posible».

La implantación del cultivo ecológico forma parte de su filosofía de aportar un granito de arena ante la emergencia climática que, manifiesta, los tiene preocupados. Es por eso que hace unos años implantaron el uso de la energía fotovoltaica. «Hemos adaptado nuestro funcionamiento al horario solar. Vivimos en una zona rural y no tenemos muy buen servicio de energía eléctrica y por ello nos decantamos por poner energía fotovoltaica en vez de un transformador. Toda la energía que consumimos, la producimos nosotros mismos», detalla.

Grandes defensores del territorio

«Nosotros somos de Espiells. El territorio define el producto, y cuidarlo, protegerlo y reivindicarlo activamente es necesario», dice Maite Esteve, y nos cuenta que ahora es presidenta de la Associació Espiells Terra de Vi, que agrupa 14 bodegas, 32 masías históricas habitadas y un total de 3000 hectáreas de viñedo, de las cuales el 80% son de cultivo ecológico. La crearon para organizarse y luchar contra la destrucción del territorio.

Comenta que la proximidad al área metropolitana hace que el territorio esté constantemente presionado por empresas e infraestructuras. «Nos quieren hacer pasar el cuarto cinturón a tocar. Quieren instalar grandes polígonos industriales. Tenemos que estar en alerta constante. El territorio, la tierra de este paraje es lo que nos da nuestro producto, que queremos y trabajamos para que sea de máxima calidad», reivindica. De hecho, la defensa del territorio parece que empieza a ser escuchada y formarán parte del primer Plan específico agrario de Catalunya.

La DO Cava ha dividido en zonas y subzonas los territorios donde se hace cava. Según estas divisiones, Vins El Cep tiene sus tierras en la subzona Valls Anoia-Foix de la zona Condados de Barcelona. Maite Esteve describe como en una botella de cava de Vins El Cep se encuentran reflejados los elementos que les aporta el microclima de la zona de Espiells, situada entre los macizos de Ordal y de Montserrat.

«Los terruños, viñas pequeñas, terrenos ondulados, bosques, torrentes, forman un mosaico de diferentes elementos, que junto con pequeñas producciones nos dan los productos de calidad que buscamos. Estamos en un espacio que es una de las perlas del Penedès», añade. La variedad principal que cultivan es el xarel·lo, una de las más tradicionales e identificativas de la zona, que junto con el macabeo y el parellada, son el producto base del cava, aunque también trabajan, desde hace años, con variedades foráneas, como es el caso del pinot noir.

 

El paisaje, lo que valoran los visitantes

«El paisaje es uno de los elementos que valoran los turistas que visitan las cavas. En los últimos años, los agricultores de la zona están haciendo un trabajo excepcional y tenemos unas viñas preciosas, que forman parte de este paisaje extraordinario que nos da la imagen de Montserrat al fondo», asevera Esteve. Desde hace poco, Vins El Cep ha introducido la actividad del enoturismo y organiza paseos y actividades. «El enoturismo es la manera de dar a conocer nuestro trabajo de primera mano». También les sirve para dar a conocer su producto al cliente de proximidad, ya que el 85% de sus cavas y vinos son exportados.

Vins El Cep nació fruto de la amistad y del amor de unos vecinos hacia el trabajo que hacían en las viñas y que, en los últimos cuarenta años, han plasmado en los cavas y vinos que salen de la bodega de Can Llopart de les Alzines.

 

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La bodega Josep Foraster, DO Conca de Barberà, está situada en Mas Foraster, en las afueras de Montblanc. Hace 150 años que la familia de Ricard Sebastià produce uva para consumo familiar y para venderla a la cooperativa. Pero, en 1998, el empuje de Josep Foraster hizo que la bodega sacara los dos primeros vinos de cosecha propia. 

 

La historia de la bodega Josep Foraster no tiene un inicio fácil. La idea de construir una bodega y hacer vino propio nació en 1995, cuando Josep Foraster, con la ayuda de su padre, decide crear una bodega para producir vino con los racimos de las tierras familiares. En 1998, la bodega ya está hecha y ven la luz los dos primeros vinos: Josep Foraster Cosecha y Josep Foraster Crianza. Al año siguiente, después de cinco años de lucha, Josep Foraster muere a causa de un cáncer.

Este golpe del destino hace que la familia tenga que decidir el futuro de la bodega que apenas acaba de abrir. Ricard Sebastià, que en aquella época tenía 17 años, explica, admirado y orgulloso, que su madre, Julieta Foraster, decidió ponerse al frente del negocio: “Mi madre trabajaba en el sector del turismo, y además, no bebía vino. Pero cuando el abuelo propuso seguir adelante, solo si alguna de sus dos hijas querían, puesto que él ya no se sentía con fuerzas —tenía más de 70 años—, mi madre dijo que lo quería intentar”. 

Y entonces Ricard Sebastià se empezó a implicar en el mundo del vino: “En aquel momento estudiaba Derecho, pero cada fin de semana iba a casa y ayudaba en todo lo que podía. También hice un máster en enología y me saqué el título de sumiller. De hecho, Derecho no la he acabado nunca, porque me impliqué plenamente en el negocio familiar. No sabría decir el día exacto, pero el mundo de la viticultura y la vinificación me fue enganchando”. Confiesa que los primeros diez años del negocio fueron muy duros, pero que ahora las cosas se han encarrilado.

 

Ecológicos y biodinámicos

Actualmente, Josep Foraster produce 170.000 botellas, tiene ocho trabajadores y exporta un 40% de la producción. Las botellas restantes se venden en Cataluña y solo un 5% en el Estado español. Toda la producción se hace con la uva de las viñas propias, además de algunas viñas que tienen alquiladas a campesinos de la comarca. 

La producción es 100% ecológica y, desde hace unos años, una parte es biodinámica. El respeto a la tierra y a las plantas para Sebastià es importante y desde siempre el trabajo que se hace, tanto en la viticultura como en la vinificación, busca reducir al máximo la presencia de productos químicos en la viña y ser lo menos intervencionista posible. Siempre se deja aconsejar y observa atentamente cuáles son las tendencias del mercado.

Ante el reto que representa el cambio climático, Ricard Sebastià reconoce que es una realidad que le preocupa: “A pesar de que en la Conca de Barberà tenemos una ventaja: nuestra DO tiene la viña de más altura, con las temperaturas más frías. Nosotros estamos plantando a mucha altura, a unos 600 metros sobre el nivel del mar. Ante la irregularidad del clima, somos previsores y tenemos como proyecto construir un pozo para regar las viñas. La idea es construir el pozo y que el agua se extraiga con la energía de placas solares. Además, poner cisternas para recoger el agua de la lluvia”.

Variedades autóctonas

Otro rasgo que caracteriza el talante de la bodega es que trabaja en la recuperación de variedades autóctonas: “Desde hace años —explica Ricard Sebastià—, la bodega se ha marcado como filosofía de trabajo la recuperación de variedades autóctonas: el trepat, el macabeo, la garnatxa. Para nosotros, la variedad  insignia de uva es el trepat, puesto que de las 1.100 hectáreas que hay en el mundo, 1.000 están en la Conca de Barberà. Y nosotros buscamos diferenciar nuestro producto, desde la tierra, desde la variedad, porque en el mundo se hacen muy buenos vinos, pero conseguir darles un carácter propio es lo que hace que el tuyo sea diferente”. La bodega produce dos clases de vinos monovarietales: cuatro vinos 100% trepat; y dos, 100% macabeo.

 

Productos de la tierra

Una de las ramas importantes del negocio es el enoturismo. Ricard Sebastià explica que, casi desde que abrieron, la bodega ha recibido visitas de turistas enológicos. Las visitas que organizan consisten en enseñar el paisaje vitivinícola (la bodega se encuentra en las afueras de Montblanc, rodeado de viñas); ofrecen almuerzos basados en productos locales y de la Conca de Barberà; hacen cata de vinos, etc. Los visitantes pueden, además, disfrutar de un pequeño museo donde la familia tiene expuestas herramientas que se usaban en la viña y en la bodega.

La Bodega Josep Foraster fue ganadora, en 2012, del Vinari de Oro por su vino joven negro Josep Foraster Collita.

 

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Hasta el 19 de septiembre se podrá visitar la primera edición de la Bienal de artesanía catalana, una propuesta impulsada por la Generalitat para visibilizar y transportar el talento artesano de Cataluña todo el mundo.

 

Es un proyecto impulsado por el área de artesanía del Consorcio de Comercio, Artesanía y Moda (CCAM) de la Generalitat, y cuenta con el apoyo de la Asociación de Galerías de Arte de Cataluña (GAC). Jordi Torrades, director general del CCAM, destacaba la presentación del proyecto la intención de internacionalizar el arte y la artesanía catalana y procurarle prestigio y reconocimiento.

 

Internacionalizar el arte a través de Visions of Catalonia

El eje central del evento es la exposición Visions of Catalonia. Crafting Art, un formato que se repetirá cada dos años con el objetivo de ser el escaparate del talento local. Este año se centra en la creación artística y artesana contemporánea y cuenta con la obra de 31 artistas catalanes. Se podrá visitar hasta el 19 de septiembre en el Centro de Artesanía de Catalunya, en la calle Banys Nous número 11 de Barcelona. De cara al próximo año se prevé llevar la exposición a nuevas salas internacionales.

Con la dirección de David Plazas y el comisariado de Mónica Ramon y Rubèn Torres, se pretende que este espacio sirva de altavoz para difundir las nuevas expresiones de arte contemporáneo de nuestro país, creando la plataforma desde la que los artistas locales puedan mostrar y difundir sus obras, pero también aquello que hay detrás. Tan importante es el resultado final como el proceso para llegar a él, y por eso la exposición pone énfasis en la técnica, el concepto, los materiales y el oficio de la artesanía con todo lo que engloba. Se podrán encontrar técnicas como el papel al metal, la cerámica, la madera o el textil.

Se pueden descubrir los artistas de esta primera edición de Visions of Catalonia aquí.

Visibilidad y reconocimiento para impulsar la artesanía

La visibilidad e internacionalización del arte catalán es un punto clave en el desarrollo cultural de un país, pero hay que ir más allá. Los artistas y artesanos buscan vivir de su oficio, en un momento social en que la tecnología ha desbancado gran parte de las técnicas artesanas, deshumanizando los procesos de creación. En esta línea, la CCAM inició una campaña para potenciar el consumo de productos artesanos. Bajo el hashtag #ConsumeixArtesania, se ha creado un buscador que recoge todos los puntos donde se pueden comprar estos productos en Cataluña.

Tan importante es reconocer la labor de la artesanía como evitar que se comercialicen productos bajo la etiqueta de artesanía que verdaderamente no lo son. Para evitarlo, en Cataluña existen los carnets de artesanía, que dan al consumidor final la certeza de que el producto ha sido realizado con materia prima natural o reciclada, y que no se ha hecho una producción industrial para comercializarlo.

La amplia oferta de productores artesanos de Cataluña muestra el buen estado de salud de este sector, que además del impulso  de visibilización internacional, necesita el reconocimiento local y la apuesta de los consumidores para seguir creciendo y hacerse un sitio en plena era del consumo industrial.

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Descubrimos cómo se organiza la cata final de los galardones en el Celler de Rubí, en una ceremonia ritual para seleccionar los mejores vinos de Catalunya

 

Una bodega antigua, con las paredes gruesas soportadas por unas tinajas grandes, ha acogido durante horas los mejores vinos de Catalunya. En la sala donde estaban estos vinos influencers solo podía entrar la organización. Secretismo total. Ahí, los vinos esperaban a ser catados, uno tras otro, separados por categorías y con una funda que impedía leer su etiqueta. Fuera, una veintena de sommeliers, enólogos y críticos del mundo vitivinícola se sentaban en las mesas y recibían instrucciones. Así es cómo el Celler de Rubí ha celebrado este lunes la cata final de los Premios Vinari 2021.

“Este espacio es para nosotros una joya, nuestra catedral, un viaje al pasado para mirar hacia el futuro con ilusión. De vosotros hoy depende conocer los mejores vinos que se producen en Catalunya. Es un honor para la ciudad”, ha empezado a celebrar la alcaldesa de Rubí, Ana María Martínez. El equipamiento ha sido testigo de esta cata final desde el nacimiento de los premios, que este año celebran la novena edición. Lo cierto es que los vinos que este lunes se catan en el Celler de Rubí son todos excelentes: son los finalistas que destacaron en la primera fase de entre los cerca de 200 que se presentaron. El equipo de 11Onze, que es patrocinador oficial, ha sido espectador de lujo del evento. 

Con las instrucciones precisas de la directora de los premios, Ester Bachs, los catadores han empezado el ritual. “Los vinos están aquí para sacar nota”, ha señalado. Bachs ha dirigido el acto con un respeto escrupuloso y ha recordado que los Premios Vinari siguen sumando ediciones y apoyan al sector, que está sufriendo los efectos de la pandemia, pero también de la meteorología, porque este año varias zonas del país han sufrido sequías. Acto seguido, ha empezado a explicar cómo usar las tablets ara puntuar los vinos, después ha pasado a detallar el baremo de puntuación, que está entre el 1 y el 100, pero que en este caso no se espera que baje de 80, y al final se ha dedicado a aclarar dudas.

Valorar como un orfebre, degustar como un fan

Los catadores se impacientan. Ordenan la mesa y se remueven en la silla. La organización los ha distribuido de cuatro en cuatro, en mesas grandes y con manteles de hilo. Las copas, alrededor; la tablet, a un lado; y al otro, papel y lápiz. Empieza la ceremonia: primero se sirven los blancos; luego, los negros; y, al final, los espumosos y dulces. Los catadores celebran con cada vino una fiesta que empieza por la vista, sigue con la nariz y acaba con la degustación. 

Jordi Martínez, enólogo, sommelier y propietario de una tienda de vinos selectos en Guissona, la Selecte Wine Store, nos cuenta que ha participado en los premios casi desde el principio y que la pasión por los vinos le viene de familia, porque a pesar de ser de las comarcas de Lleida, que producen poco vino comparado con otras zonas de Catalunya, habían tenido producción propia.

Bajo la mirada distraída de sus compañeros, Martínez nos explica que cada vino se valora por separado y que de los que van a catar no hay ninguno malo. A veces, admite, el catador tiene un vínculo especial con alguno de los vinos que cata, porque tiene un toque extraño que solo un fan verdadero sabe percibir, pero al fin y al cabo, deben seleccionar aquellos vinos que serán valorados en un mercado amplio. A pesar de ser una cata a ciegas, el enólogo también reconoce que, si prestan suficiente atención, los catadores con más experiencia saben hasta de qué zona proviene el vino y con qué uvas está hecho. En la cata final, sin embargo, no se les pide que hagan ningún análisis más que el del paladar. I aunque la puntuación es individual, los catadores de cada mesa pueden compartir impresiones. 

 

—No os diré qué olor me viene a la cabeza…

—¿Por qué? Dínoslo, venga…

—Huelo a trapo húmedo…

—Sí, sí, no te equivocas… Yo huelo como a marihuana, si os soy sincera…

—¿A que sí? ¡Es como de tomatera!

—¡Para mí esto es un 84!

 

Los vinos mejor puntuados durante la cata final se darán a conocer en la Gala de Tardor que tendrá lugar el viernes 8 de octubre en el Auditorio de Vilafranca del Penedès, en una jornada llena de sorpresas que se podrá seguir en directo por Televisió de Catalunya. En el acto de los premios también se reconocerán la mejor trayectoria profesional del mundo del vino, la mejor etiqueta, la mejor bodega, el mejor catador y el mejor proyecto ecológico, así como la mejor iniciativa innovadora y de dinamización enoturística. 

Los Premios Vinari de los vinos catalanes, organizados por el diario digital VADEVI.cat, nacieron en 2013 con el objetivo de dar a conocer la excelencia de los vinos que se elaboran en el país y de orientar al consumidor final sobre la diversidad y calidad de los proyectos vitivinícolas de proximidad. En la bodega de Rubí, bajo la mirada atenta de las tinajas, nosotros les dejamos deliberando.

 

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El Celler Rubí acoge un año más los galardones, que celebran su novena edición y de los cuales 11Onze es su principal patrocinador

 

Ha llegado el mes de la cata final. Los Premios Vinari 2021 seleccionarán este lunes 13 de septiembre los vinos finalistas de los cerca de 200 que han superado la primera fase en las categorías de blancos, negros y espumosos de crianza, así como los vinos fortificados, rancios o dulces. Si en verano se escogieron los mejores vinos jóvenes, este otoño todavía quedan unas cuántas categorías por resolver. 

Así, unos veinte profesionales participarán en una jornada de cata en el Celler Rubí, en la novena edición de unos galardones en los cuales 11Onze es el principal patrocinador. Sumilleres, enólogos, miembros del panel de cata del INCAVI y prescriptores del sector vitivinícola catalán pondrán nota a los vinos que han superado la primera fase y que, ahora, compiten para ser las mejores referencias catalanas del año.

La traca final será la gala de otoño

La traca final de los Premios Vinari se celebrará a principios de octubre en el Auditorio de Vilafranca del Penedès, en una gala que se podrá seguir en directo por Televisió de Catalunya. Los Premios Vinari otorgan medallas en cinco categorías: Vinari Gran Oro, Vinari de Oro, Vinari de Plata y Mejor Vino Catalán del año. A la vez, en el acontecimiento se darán a conocer los vinos probados a ciegas que han obtenido la mejor puntuación. 

En el acto de entrega de los Premios, también se reconocerá a las bodegas catalanas con premios especiales,  a la trayectoria profesional del mundo del vino, al mejor hashtag, al mejor proyecto ecológico, así como a la mejor bodega, al mejor catador y a la mejor iniciativa de innovación y dinamización turística de Cataluña.

Los Premios Vinari que organiza el portal VADEVI.cat, y que recogen hasta trece denominaciones de origen de Cataluña, promocionan los vinos del país y estimulan el consumo responsable y el comercio de proximidad. Además, son un escaparate para las bodegas catalanas, que encuentran en ellos un espacio de proyección internacional. Los galardones, en definitiva, divulgan entre los consumidores la cultura, el territorio y la calidad de los vinos catalanes.

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La bodega MontRubí se encuentra en l’Avellà, un pequeño barrio del municipio de Font-rubí, en el Alt Penedès. Este verano ha abierto un hotel como complemento a la elaboración de los vinos y del restaurante, que hace un año que se abrió.

 

La bodega se fundó en 1984. La abuela y el padre de Alejo Peris, actual propietario y gerente de MontRubí, eran farmacéuticos y siempre les había gustado el mundo de la vinificación. El interés por hacer un buen vino les determinó a abrir una bodega. La ubicación de la bodega, en l’Avellà, se debe a que la abuela tenía una estrecha amistad con Paquita Miró Feixes, propietaria de varias fincas de esta zona. La abuela y el padre fueron adquiriendo tierras de la familia Miró, y también varios edificios, donde ubicaron la bodega. Con la ayuda del enólogo Josep Queralt iniciaron el proyecto hace 35 años.

Pioneros a nivel mundial

Actualmente, MontRubí cultiva 50 hectáreas de viñedo. Cuando comenzó a elaborar producto lo hizo a través del cava. Alejo Peris explica que con la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, ​​en 1992, el sector del cava vivió una explosión. Sin embargo, años más tarde la gran competencia y los buenos productos que aparecieron en el mercado, sumado a la devaluación del precio, hizo que muchas empresas pequeñas tuvieran que cerrar sus puertas o se tuvieran que reinventar: «Nosotros nos reinventamos y empezamos a apostar por la recuperación de variedades autóctonas», explica Alejo Peris.

A partir de 1998, comenzaron a investigar la variedad autóctona sumoll y dos años más tarde sacaron el primer sumoll 100% del mundo. «Es nuestro producto insignia y se llama Gaitus» dice Peris, que explica que el sumoll «no es una uva fácil de trabajar, ni fácil de vender». Pero cuando decidieron recuperar el sumoll y hacer el primer monovarietal a partir de esta uva autóctona «fue el momento, en cuanto a vinificación, en que nació nuestra filosofía como bodega».

Comprometidos con el medio ambiente

En estos momentos, MontRubí tiene en el mercado una línea de sumoll, con cinco vinos diferentes, y uno con coupage con garnacha y mazuelo. La idea de trabajar monovarietales autóctonas continúa marcando su trabajo y ahora están vinificando malvasía, aunque es una variedad que se planta más cerca de la costa y es característica del Garraf: «Nosotros la hemos plantado en una finca a más de 500 metros de altitud con un clima más continental que mediterráneo. De hecho, nuestra intención es continuar haciendo vinos monovarietales con uvas autóctonas. En negro: sumoll, garnacha y mazuelo, y en blancos: xarel·lo, parellada y macabeo».

Desde hace cuatro años, todas las tierras de MontRubí están certificadas como agricultura ecológica, «intentamos trabajar en la viña y en la bodega con la mínima intervención mecánica, reduciendo al máximo la huella de carbono. Se trabaja de manera que se respete al máximo el entorno y el medio ambiente, y como elemento diferenciador de otras bodegas, en la nueva bodega que se reformó en el año 2016 se trabaja mediante diferentes alturas. Aparte de dar un trato más tranquilo al proceso de vinificación, ahorramos en el uso de bombas, lo que nos permite ahorrar en el gasto energético».

 

Enoturismo gastronómico

Los principios de la bodega se han centrado en tres partes: el trabajo en la finca, con el máximo respeto a la tierra, a partir de micro parcelas y haciendo agricultura ecológica; la segunda, hacer vinos de calidad, ecológicos y veganos; y la tercera, ofrecer un enoturismo de calidad del máximo nivel.

En cuanto al turismo enológico, desde hace un año han apostado por ofrecer  enoturismo gastronómico en el que «los visitantes se sienten en torno a la mesa, disfruten de unos excelentes platos y degusten nuestros vinos de calidad, mientras disfrutan de las vistas de nuestras viñas que están bien cuidadas y forman un bonito jardín», dice Alejo Peris.   Explica que el proyecto enoturístico ha crecido con la puesta en marcha, este mes de septiembre, de un hotel de diez habitaciones y de otras actividades que amplían la oferta destinada al turista enológico.

 

Crecimiento

Alejo Peris está al frente del proyecto desde 2017. Explica contento que desde que se dedica al 100% al proyecto, este ha crecido desde todos los puntos de vista, y que la pandemia no les ha afectado plenamente: «En el año 2020 cerramos con mejores números que en 2019, y el año 2021 cerraremos con mejores números que en 2020. Y esto es un éxito de todo el equipo, desde el agricultor, pasando por el enólogo, el bodeguero, el chef y los camareros, porqué hemos sabido reinventarnos y adaptarnos a la realidad actual».

Este año, la Bodega MontRubí ha ganado 2 premios Vinari: Vinari de Oro, en la categoría vinos tintos jóvenes, con el vino Black 2020, 100% garnacha, y Vinari de Plata, en la categoría de vinos blancos jóvenes, con White 2020, 100% xarel·lo.

 

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