¿De dónde proviene la energía que mueve el mundo?

L’última edició de Statistical Review of World Energy 2024 fa una anàlisi exhaustiva de l’estat actual del sector energètic global, proporcionant dades clau sobre la producció, el consum i les emissions, així com del progrés en la transició energètica cap a un model més sostenible.

 

2023 va ser l’any més càlid des que es tenen registres i l’impacte del canvi climàtic es va deixar notar en tots els continents. L’últim Informe de Riscos Globals 2024 del Fòrum Econòmic Mundial constata que els esdeveniments meteorològics extrems, la pèrdua de biodiversitat, el col·lapse dels ecosistemes i l’escassetat de recursos naturals suposen el risc més gran per la humanitat durant la pròxima dècada. La causa principal és la crema de combustibles fòssils, que ha anat augmentant a mesura que ho ha fet la població humana. 

En aquest context, l’Statistical Review of World Energy 2024 és un informe elaborat per l’Energy Institute que ofereix una visió detallada de la producció i el consum mundial d’hidrocarburs i d’energies renovables, així com de les emissions de diòxid de carboni i sobre el progrés en la transició cap a un model energètic menys depenent dels combustibles fòssils, impulsat per una explotació cada vegada més competitiva de l’energia eòlica i solar.

L’anàlisi feta per l’Energy Institute confirma que el consum mundial d’energia primària durant el 2023 va augmentar un 2% respecte a l’any anterior, assolint un nou rècord per segon any consecutiu, amb els països no pertanyents a l’OCDE dominant tant la quota com les taxes de creixement anual. Es van observar màxims històrics en el consum de combustibles fòssils i emissions, però també en la generació d’energies renovables. 

Aquest augment del consum energètic reflecteix l’expansió econòmica, especialment en regions en vies de desenvolupament com l’Àsia, on països com la Xina i l’Índia continuen depenent dels combustibles fòssils, que continuen sent la base del seu desenvolupament per alimentar el creixement industrial. 

L’increment del consum energètic va venir acompanyat d’un augment del 2,1% en les emissions de diòxid de carboni, superant per primera vegada els 40.000 milions de tones mètriques de CO₂. La crema en torxa i els processos industrials van ser els principals causants de l’augment rècord d’emissions.

 

L’impuls de les renovables

La bona notícia és que les energies renovables van créixer a un ritme sis vegades superior al de l’energia primària total, representant el 14,6% del consum total. Això no obstant, els combustibles fòssils continuen dominant, constituint el 81,5% del consum d’energia primària.

La producció d’electricitat va créixer un 2,5%, amb una contribució de les energies renovables al 30% de la producció total. L’energia eòlica i solar van representar el 74% de tota la nova capacitat de generació elèctrica instal·lada, experimentant un creixement sense precedents gràcies a les importants addicions des de la Xina i Europa. En l’àmbit regional, l’Amèrica Central i del Sud van registrar la contribució més gran al creixement d’energies renovables, amb un 72%.

Amb més de 115 GW, les noves instal·lacions de producció d’energia eòlica van protagonitzar un any rècord. Gairebé el 66% d’aquesta nova capacitat afegida correspon a la Xina, que equival a la de Nord-amèrica i Europa juntes, tot i que Europa té la proporció més gran d’energia eòlica marina (12%). Quant a l’energia solar, va representar el 75% (346 GW) de la capacitat afegida, sent la Xina responsable del voltant d’una quarta part del creixement.

Tot i això, l’informe conclou que, si es volen complir els objectius climàtics i reduir les emissions de carboni, cal accelerar la transició cap a fonts d’energia més netes, al mateix temps que reconeix la diversitat de reptes en les diferents regions, reconeixent els marcats contrastos entre els hemisferis nord i sud.

 

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Durante años nos han hablado de la inflación, de las crisis financieras, del precio de la vivienda o de la inteligencia artificial. Pero hay un problema mucho más profundo que avanza lentamente y casi en silencio: la demografía. Cada vez hay menos trabajadores para sostener a más jubilados.

 

Según las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), los mayores de 65 años pasarán de representar el 20,4% de la población actual a más del 30% hacia mediados de siglo. Y esto afecta directamente a las pensiones, los impuestos y la capacidad de ahorro de millones de personas. La pregunta es tan simple como incómoda: ¿quién pagará todo esto?

Menos población activa significa menos cotizaciones, menos ingresos fiscales y más presión sobre un estado del bienestar pensado para una realidad que ya no existe. El sistema público de pensiones funciona sobre una lógica de reparto: los trabajadores de hoy pagan las pensiones de hoy. Pero si la base de cotizantes se estrecha y el gasto en pensiones, sanidad y dependencia crece, el equilibrio se vuelve cada vez más frágil.

Este es el problema que casi nadie quiere explicar con claridad. O se reforman las estructuras económicas, o las próximas generaciones tendrán que asumir más impuestos, más deuda o pensiones menos generosas. La demografía no hace ruido, pero condiciona el futuro de cualquier economía. Y cuanto más tarde se afronte, más cara será la factura.

 

La pirámide se ha invertido

Durante buena parte de la historia moderna, las sociedades occidentales crecieron sobre una base demográfica sólida: cada generación era más numerosa que la anterior. Esto significaba más trabajadores, más consumidores y más contribuyentes para sostener la actividad económica y los servicios públicos.

Este equilibrio permitió financiar pensiones, sanidad universal y educación pública bajo una premisa muy clara: siempre habría suficiente población activa para pagar la factura. Pero esta realidad se está deshaciendo. La natalidad cae, mientras la esperanza de vida sigue aumentando.

El resultado es una pirámide poblacional cada vez más invertida. Según Eurostat, la tasa de fecundidad de la Unión Europea se situó en 1,38 hijos por mujer en 2023, muy por debajo de los 2,1 necesarios para garantizar el relevo generacional. En España, esta cifra fue de 1,12 hijos por mujer, una de las más bajas de la Unión Europea. Mientras tanto, la esperanza de vida continúa aumentando. Nacen menos niños, hay menos trabajadores futuros y crece el número de personas jubiladas. La cuestión no es si este cambio demográfico tendrá consecuencias. La cuestión es quién asumirá el coste de la adaptación.

 

El equilibrio que se rompe

Mucha gente cree que sus cotizaciones se guardan en una cuenta personal para pagar su futura jubilación. Pero el sistema público español funciona principalmente con un modelo de reparto: los trabajadores de hoy financian las pensiones de hoy.

Este modelo solo es sostenible mientras haya suficientes cotizantes por cada pensionista. Hace décadas, la proporción era mucho más favorable. Ahora, con menos población activa y más personas jubiladas, el equilibrio se debilita. De hecho, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) prevé que el gasto en pensiones seguirá aumentando durante las próximas décadas como consecuencia de la jubilación de la generación del baby boom. La pregunta es inevitable: ¿cómo se pagará todo esto?

La presión no afecta solo a las pensiones. El envejecimiento también incrementa el gasto sanitario, los servicios asistenciales y la dependencia. Esto obliga a los presupuestos públicos a dedicar cada vez más recursos a un gasto estructural creciente, mientras la base de contribuyentes no aumenta al mismo ritmo.

El riesgo es que las generaciones más jóvenes acaben asumiendo la factura con más impuestos, más cotizaciones o más deuda. Y esto puede reducir aún más su capacidad de ahorro, de acceder a la vivienda y de formar una familia. Es un círculo vicioso: menos natalidad genera más presión fiscal futura, y más presión fiscal dificulta la natalidad.

 

¿Puede la inmigración solucionar el problema?

Para mantener las prestaciones actuales, los gobiernos pueden verse obligados a incrementar la presión fiscal sobre las generaciones en edad de trabajar. Esto significa más cotizaciones sociales, más impuestos sobre la renta o una mayor carga indirecta sobre el consumo. En un contexto de salarios tensionados y elevado coste de vida, esta presión puede reducir aún más la capacidad de ahorro de las familias.

El riesgo es evidente: una generación que paga más, pero que accede más tarde a la vivienda, percibe salarios relativamente estancados y asume unos gastos crecientes, tendrá más dificultades para construir un proyecto vital estable. Y eso incluye formar una familia. Es el círculo vicioso de la demografía: menos natalidad hoy implica menos cotizantes mañana, y menos cotizantes mañana implican más presión fiscal en el futuro.

La inmigración puede ayudar a compensar parte de esta falta de población activa, pero no es una solución automática ni suficiente por sí sola. De hecho, las mismas proyecciones del INE indican que una parte importante del crecimiento poblacional previsto para las próximas décadas dependerá de los flujos migratorios. Aun así, la integración laboral, el acceso a la vivienda y las políticas de inclusión seguirán siendo factores determinantes para que esta aportación se traduzca en una mejora real del equilibrio demográfico.

La demografía es probablemente el problema económico más importante del siglo XXI. No porque ocurra de golpe, sino porque avanza lentamente mientras la mayoría mira hacia otro lado. Las pensiones, los impuestos y la capacidad de ahorro de las próximas generaciones se decidirán mucho antes de que llegue la factura. Por eso, entender estos cambios no es solo una cuestión de economía, sino una necesidad para proteger nuestro futuro financiero y porque tomar buenas decisiones empieza siempre por disponer de buena información.

 

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A diferencia del modelo de desarrollo económico actual, basado en el extractivismo descontrolado de recursos naturales, la bioeconomía busca proporcionar bienes y servicios de manera sostenible en todos los sectores económicos. Las tecnologías emergentes están ampliando los ámbitos en los cuales una bioeconomía circular puede transformar nuestra sociedad.

 

De acuerdo con la estrategia aprobada por la Comisión Europea el 2012, pensada para orientar la economía europea hacia un uso más sostenible de los recursos naturales, la bioeconomía es un sistema económico que utiliza los recursos biológicos de la tierra y los residuos como inputs para la producción de alimentos y piensos, así como para la producción industrial y energética y el uso de procesos biológicos en una industria sostenible.

Desde entonces, tanto la Unión Europea como la OCDE han puesto en práctica políticas específicas de bioeconomía que afectan varios sectores industriales como la agricultura, la pesca, la alimentación o el de las energías renovables. Europa tiene como objetivo acelerar el despliegue de un modelo de bioeconomía sostenible para maximizar su contribución a la Agenda 2030 y a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), así como en el Acuerdo de París sobre el cambio climático.

Sin embargo, a pesar de décadas de inversión y progreso tecnológico, así como de las optimistas previsiones de mercado, la transición hacia una economía basada en la biotecnología todavía tiene por delante un largo camino por recorrer hasta poder ofrecer una alternativa comercialmente viable a la actual dependencia de los combustibles fósiles en todas las facetas de la economía.

Una bioeconomía impulsada por la tecnología

El informe “Accelerating the Tech-Driven Bioeconomy 2024” del Foro Económico Mundial proporciona una visión detallada de sobre como la tecnología está transformando este sector y las oportunidades y desafíos que se presentan. Concretamente, examina como la ingeniería biológica y otros avances tecnológicos crean las condiciones perfectas para una transformación económica basada en la biología.

“El mundo está en mejores condiciones que nunca para acelerar la transición hacia una economía basada en la biotecnología. La captura de cantidades cada vez más grandes de carbono, la lucha contra enfermedades hasta ahora incurables, el suministro de agua potable, la alimentación sostenible de una población creciente, la reparación de daños medioambientales y la reducción de las emisiones de carbono son solo algunos de los ámbitos de la bio-innovación.”

Según el estudio del WEF, hecho con la colaboración de Capgemini, hay varias tecnologías convergentes que están revolucionando la bioeconomía. Por ejemplo:

La edición genética con el uso de tecnologías como CRISPR se está utilizando en una amplia gama aplicaciones, como el desarrollo cultivos más resistentes, productivos y nutritivos, y la medicina en seres humanos como la eliminación de enfermedades infecciosas. A diferencia de las tecnologías que la precedieron, CRISPR ha democratizado la ingeniería genómica porque es fácil de utilizar y de bajo coste.

A través de la bioingeniería se están creando microorganismos diseñados para producir productos químicos y combustibles sostenibles que están transformando la producción industrial. Los ingenieros biológicos quieren imitar los sistemas biológicos para crear productos que puedan reemplazar, o mejorar algunos procesos químicos y mecánicos.

La digitalización aplicada a la agricultura de precisión con el uso sensores y sistemas de posicionamiento global en la maquinaria o empleando drones permiten una gestión más eficiente y sostenible de los recursos agrícolas. Por otro lado, la trazabilidad de las cadenas de suministro, gracias a las tecnologías de cadenas de bloques, garantizan una mejor transparencia.

Del mismo modo, las tecnologías de conversión de residuos orgánicos en bioproductos y bioenergía mejoran la sostenibilidad, contribuyendo así a la economía circular al reducir el uso de recursos naturales no renovables y minimizando el impacto ambiental.

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Las vacaciones, el descanso y el ocio fueron una de las herramientas más populares utilizadas por el nazismo. Hacían falta trabajadores descansados ​​para que fueran productivos y sobre todo que estuvieran apaciguados. Los nazis combatían el conflicto social con balnearios y actividades lúdicas.

 

Disfrutar de unas merecidas vacaciones es uno de los axiomas más fuertemente grabados en el subconsciente de las sociedades occidentales. No solo se considera una gran conquista de los trabajadores, sino una especie de refugio mental en el que nos escondemos durante todo un año de penurias laborales. Cuando el trabajo es pesado y el cansancio o la inapetencia derrotan el ánimo de los trabajadores, estos se ponen a pensar en qué van a hacer en vacaciones. ¿A dónde ir? ¿Qué hacer? Esta zanahoria que nos ponemos delante ayuda a muchos ciudadanos a pasar un día tras otro, pero ¿cómo contribuye a la perpetuación de un modelo de sociedad que nos hace infelices y dependientes?

Entre 1933 y 1945 en la Alemania nazi existió la organización Kraft durch Freude (KdF) que, literalmente, significa “fuerza a través de la alegría”. El objetivo era muy sencillo: la gente feliz no se subleva. Esto debía garantizar la paz social y, consecuentemente, mantener la vigencia y el empuje del proyecto nazi. Inspirándose en el fascismo italiano (que años antes había lanzado la Opera Nazionale Dopolavoro) los alemanes diseñaron una serie de actividades que, por primera vez, ponían ciertos lujos al alcance de toda la población con precios populares. Por fin, las clases bajas podrían probar los placeres de las clases altas: días de descanso en balnearios o en ciudades residenciales en la costa, o un crucero, o ir al teatro, o al cine, o practicar vela o tenis… Por fin, los 42.000 trabajadores de Siemens, por ejemplo, podrían hacer algo más que irse a remojar a los lagos o pasear por los bosques el fin de semana. Todo ello con el objetivo indisimulado de aumentar la productividad y la cohesión.

El éxito de la KdF: el apaciguamiento

Según Robert Ley, fundador de la KdF, Hitler deseaba que “a cada trabajador se le conceda un período de vacaciones suficiente y que todo se disponga de forma que estas vacaciones y el resto de su tiempo libre sirvan realmente de descanso y recuperación. Lo deseo porque quiero un pueblo con nervios de acero, porque la única manera de hacer política a lo grande es con un pueblo que mantiene la calma”. El éxito de la iniciativa fue sucia y, en 1938, la KdF llegó a superar los 10 millones de clientes en un año. Se hizo tan importante que llegaría a tener 7.000 trabajadores, convirtiéndose en la mayor agencia de viajes del mundo. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en 1939, 43 millones de alemanes habían viajado con la KdF y habían gastado millones de marcos en una empresa que, finalmente, alimentaría la maquinaria de guerra. El objetivo se había cumplido: la población había sido apaciguada y se había concentrado el dinero en manos de las élites nazis.

El Kdf-Wagen

El asunto de ofrecer lujos inalcanzables hasta entonces a la población impulsó incluso la creación del KdF-Wagen, lanzando lo que después se conocería como Volkswagen (“coche del pueblo”, el escarabajo). La del KdF-Wagen fue, además, una magnífica maniobra financiera para financiar la guerra, porque los ciudadanos compraban el coche a plazos, pagando una cantidad semanal y no recibían el coche hasta que lo habían pagado por completo. Aquello sirvió para que muchos trabajadores felices, en realidad, financiaran la producción de material bélico cuando fue preferible dedicar sus esfuerzos a la guerra antes que fabricar coches para entregar a sus clientes.

La confusión esencial

Durante la Revolución francesa, el jacobino Robespierre aseguraba que “el ser humano ha nacido para la felicidad y la libertad, pero en todas partes es esclavo y desgraciado.” Esta idea, que implica que merecemos ser felices y libres, ha sido inteligentemente utilizada tanto por los nazis, como por los fascistas italianos, los franquistas españoles y actualmente por todas las sociedades de consumo. Las vacaciones, de 15 días, de 23 días por año natural, de un mes o dos, son hoy la herramienta que los nazis pretendían. Una máquina de apaciguar sociedades, llena de ciudadanos que hacen y deshacen maletas mientras revisan con una sonrisa las fotos de sus momentos de supuesta libertad.

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Durante la legendaria fiebre del oro que se inició en el valle del río American, cientos de miles de personas de todo el mundo dejaron sus hogares para dirigirse en California con la intención de hacer fortuna con la minería del metal dorado. Hoy, los antiguos asentamientos mineros atraen excursionistas, turistas e historiadores.

 

El 24 de enero de 1848, el capataz James W. Marshall y sus hombres encontraron pepitas de oro mientras estaban construyendo un molino de harina a Sutter’s Mill, el rancho del general John Sutter, en el valle del río American. Marshall había bajado al río para inspeccionar los progres del proyecto y, según explicó más tarde: “Me llamó la atención algo que brillaba en el fondo de la zanja. . . Lo recogí con la mano y me hizo un sobresalto el corazón, porque estaba seguro de que era oro. . . Después vi más.”

Cuando corrió la voz, muchos jornaleros dejaron sus trabajos para buscar oro a lo largo del río American y sus afluentes. Las noticias sobre este descubrimiento se esparcieron rápidamente más allá de California, desencadenando una oleada migratoria de personas de todo el mundo, que dejaron sus hogares para buscar fortuna hacia el oeste de los Estados Unidos.

En poco más de un año, casi 100.000 personas se dirigieron a California desde el resto del país, Europa, Asia, Australasia y otros rincones del planeta. Pronto, la población de California aumentó exponencialmente, no solo con los que esperaban hacerse ricos picando piedra para encontrar oro, sino con otros muchos emprendedores que se ganaban la vida proporcionando bienes y servicios a los mineros.

La ciudad de San Francisco, en particular, se transformó en un importante centro urbano y comercial gracias a que casi todos los inmigrantes que llegaban por mar pasaban por la ciudad, igual que la mayoría de las mercancías importadas otros países. Abarrotada de hoteles, tiendas, bares y casas de juego, se convirtió en el lugar ideal para que los mineros gastaran sus ganancias.

 

De la fiebre del oro al ‘Golden State’

En 1860, la población casi se había triplicado desde 1847, llegando a los 308.000 residentes. Durante el 1852, el punto álgido de la minería, se extrajeron unos 2000 millones de dólares en oro que enriquecieron algunos de estos aventureros. Aun así, las condiciones de trabajo eran duras, y muchos mineros ganaron poco más de lo que tenían al llegar.

Dos décadas después, la mayoría de los mineros habían abandonado las minas y encontrado otras maneras de ganarse la vida. El sector de la ganadería creció exponencialmente y, en 1860, las granjas Californianas tenían cuatro veces más vacas que en 1848. La red de ferrocarriles, construida por inmigrantes chinos, puso fin al aislamiento físico de California respecto al resto de los Estados Unidos y contribuyó todavía más al desarrollo económico de la región.

Hoy, la histórica Gold Country del norte de California está en auge por segunda vez después de experimentar una afluencia de nuevos residentes que se trasladaron durante la crisis sanitaria. Y también gracias a los cientos de miles de excursionistas y turistas que visitan la región atraídos por las antiguas ciudades mineras a tocar de Sierra Nevada, ahora remodeladas con tiendas de moda, restaurantes y hoteles del siglo XIX rehabilitados.

 

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El sector vinícola de Cataluña factura más de 3.200 millones de euros y da trabajo a casi 10.500 personas. El volumen de negocio de esta cadena de valor se ha duplicado desde el año 2016, erigiéndose en un referente global en cuanto a calidad vitivinícola, cultivo, elaboración y distribución.

 

Cataluña cuenta con una rica tradición vitivinícola que se refleja en sus doce denominaciones de origen (DO): Alella, Cataluña, Cava, Conca de Barberà, Costers del Segre, Empordà, Montsant, Penedès, Plan de Bages, Priorat, Tarragona y Terra Alta. Estos territorios son reconocidos tanto en el ámbito nacional como internacional por la producción de vinos de calidad y forman parte de un ecosistema vinícola que sigue creciendo en todas sus especialidades.

Esto es el que se desprende del último estudio sobre la cadena de valor vitivinícola en Cataluña, elaborado por el Departamento de Empresa y Trabajo de la Generalitat a través de ACCIÓ, la Agencia para la Competitividad de la Empresa, que analiza el estado de salud del sector de los vinos y cavas de Cataluña.

Según este informe, el volumen de negocio de este sector se ha duplicado desde el año 2016, cuando se analizó este ámbito por última vez, con un 62% más de empresas que facturan 3.267 millones de euros anuales (un incremento del 104%), equivalente al 1,2% del PIB, y que dan trabajo a 10.460 personas.

Se trata de un tejido empresarial plenamente consolidado, donde la mayoría de las empresas, el 81,2%, tienen más de 10 años de vida. El documento también apunta que el 95,7% de las empresas catalanas de este sector son pymes con menos de 50 M€ de facturación. El Alt Penedès, Priorat, Barcelonès, Vallès Occidental y Baix Llobregat son las comarcas que concentran más empresas relacionadas con la cadena de valor vitivinícola, destacando la zona de Barcelona, con el 55,6% del total.

Cataluña, un referente exportador

El informe apunta que casi la mitad (49,5%) de las empresas del sector vitivinícola son exportadoras y más de un tercio (35,4%) son exportadoras regulares, haciendo de Cataluña la región con más exportadores regulares de productos vitivinícolas. Solo el año pasado, las exportaciones de vinos y cavas desde el Principado sumaron 615 millones de euros, cinco veces más que el volumen de importación de estos productos.

A lo largo de los últimos 10 años, las empresas catalanas han concentrado el 21,1% del total de ventas de vino y cava del Estado español al exterior, consolidándose como territorio líder tanto en número de empresas que hacen negocio internacional como por volumen de negocio generado. Así mismo, es la región líder en exportadores regulares de productos vitivinícolas, equivaliendo al 30,6% del total de España.

El documento también destaca que el sector vitivinícola catalán es un referente global en cuanto a calidad vitivinícola, cultivo, elaboración y distribución. En este sentido, recalca la importancia de la distinción de Vi de Finca Qualificada (VFQ), que es el máximo reconocimiento que puede recibir un vino catalán por parte del Gobierno de la Generalitat y una herramienta de gran utilidad para mejorar el posicionamiento de estos productores en mercados clave de todo el mundo.

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Toni Mata gana el XV Premio Carlemany para el Fomento de la Lectura con una novela que sitúa la educación financiera en el centro de la trama. El libro ha sido escogido por un jurado de jóvenes lectoras que han destacado su complejidad, su mirada y su buena escritura. Ahora puedes conseguirlo con 11Onze.

 

Hay temas que, a pesar de condicionar profundamente nuestras vidas, siguen siendo incómodos. El dinero es uno de ellos. Hablamos de trabajo, de vivienda, de inflación o de salarios, pero a menudo evitamos abordar aquello que conecta todas estas cuestiones: la relación que mantenemos con el dinero y el papel que tiene en la construcción de nuestra identidad.

Esta es una de las reflexiones que Toni Mata comparte en una reciente entrevista radiofónica con motivo de la publicación de su nueva novela “ El centro del mundo”, publicada por Columna, una obra galardonada con el Premio Carlemany para el Fomento de la Lectura y que plantea una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿qué ocurre cuando una adolescente descubre que el dinero está en el centro de muchas de las decisiones que acabarán definiendo su vida adulta?

 

La protagonista es Paula, una joven de diecisiete años que vive en la periferia de Sabadell y que se encuentra en ese momento de la vida en el que todas las preguntas parecen abiertas. Debe decidir qué quiere hacer con su futuro, qué camino quiere seguir y qué tipo de adulta aspira a ser. Como tantos otros jóvenes, se debate entre hacer aquello que le gusta o aquello que le permitirá ganarse la vida. Pero, a diferencia de muchas novelas juveniles convencionales, Paula también observa cómo el dinero levanta muros invisibles entre las personas, condiciona oportunidades y se convierte a menudo en una herramienta de poder.

Se trata de un tema poco habitual en la literatura juvenil y, de hecho, fue rechazado por la editorial donde el autor había publicado varios libros. El motivo era sencillo: difícilmente aquel tema resultaría atractivo para el público joven. Por esta razón, Toni Mata afirmaba que “El centro del mundo” solo podía publicarse si así lo querían los lectores, motivo por el cual presentó la obra al Premio Carlemany, donde son los jóvenes lectores quienes toman la decisión final. La paradoja es evidente: vivimos en una sociedad en la que el dinero condiciona prácticamente todas las decisiones importantes de la vida adulta, pero seguimos considerando que no es un tema adecuado para nuestros jóvenes.

La novela “El centro del mundo” rechaza esta mirada paternalista. Mata defiende que los jóvenes deben ser tratados con respeto intelectual, sin simplificar excesivamente el lenguaje ni evitar determinados temas. Por ello, la historia utiliza un lenguaje rico, un planteamiento realista y una mirada crítica sobre cuestiones como la digitalización, la soledad, las desigualdades sociales o el papel del dinero dentro de nuestra sociedad.

La obra incorpora también una dimensión de educación financiera poco habitual en la literatura contemporánea. Sin convertirse en un manual, aborda cuestiones relacionadas con la creación del dinero, el papel de la banca, la digitalización de la economía y la influencia del dinero en las oportunidades vitales de las personas. Una preocupación que el autor comenzó a desarrollar durante los años dedicados a la divulgación financiera vinculada a 11Onze.

Antes de escribir la novela, Toni Mata obtuvo una beca de creación literaria de la Institució de les Lletres Catalanes para sacar adelante el proyecto. El autor explica que no le habría gustado que una obra financiada con recursos públicos acabara olvidada en un cajón. Ahora, con el Premio Carlemany bajo el brazo, la obra ya se encuentra disponible en todas las librerías del país, publicada por Columna Edicions.

Quizá el principal acierto de la novela sea recordarnos que crecer no consiste únicamente en cumplir años. Crecer significa entender que las decisiones tienen consecuencias, que la libertad exige responsabilidad y que el dinero, nos guste o no, forma parte de muchas de las cuestiones que acabarán configurando nuestra vida.

 

11Onze regala 110 ejemplares

Para celebrar la publicación de una obra que pone el foco en la educación financiera, 11Onze regalará 110 ejemplares de la novela a su comunidad.

Participar es muy sencillo. Solo hay que rellenar el formulario adjunto. Las personas seleccionadas recibirán un ticket con un código identificativo y las instrucciones necesarias para recoger su ejemplar en la librería seleccionada.

Una oportunidad para descubrir una historia que habla de juventud, literatura y dinero, pero sobre todo de las preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez cuando hemos empezado a construir nuestro futuro. Una novela para jóvenes y para adultos porque observa la sociedad que nos rodea y analiza el centro del mundo.

Cuando se habla de ciclo económico se hace referencia a las fluctuaciones de la actividad económica que se suceden a lo largo de un determinado periodo de tiempo y que responden a cuatro etapas: recuperación, auge, contracción y depresión. Te explicamos las diferentes fases y sus características.

 

A pesar de que históricamente las economías de mercado siguen una tendencia creciente, no acostumbran a hacerlo de una manera estable, sino que se producen altibajos. Estas variaciones son cíclicas, es decir, siguen unas fases de expansión, contracción, expansión, contracción… y así sucesivamente. Por lo tanto, las fluctuaciones de la actividad económica que se repiten a lo largo del tiempo son inherentes a las economías capitalistas y se conocen como ciclo económico.

El ciclo económico se puede dividir en cuatro fases que describen las oscilaciones de la actividad económica y determinan la evolución del PIB. Estas cuatro etapas a menudo tienen una intensidad y duración variables en cada ciclo, pero siguen siempre un mismo patrón.

  1. Recuperación o expansión. Es la fase ascendente del ciclo, después de que la economía ha tocado fondo. Se caracteriza por el optimismo del mercado y de los consumidores que aumentan las inversiones y el gasto. De este modo se produce un incremento en la producción, el comercio y la ocupación. Es decir, todas las variables económicas tienen un movimiento ascendente.
  2. Auge o pico. La economía llega a su punto máximo de crecimiento. Esto se refleja en una baja tasa de desocupación y una elevada producción. Aun así, la actividad económica empieza a mostrar señales de agotamiento o se produce un sobrecalentamiento de la economía a consecuencia de la falta de mano de obra o escasez de materias primas, lo cual puede hacer aumentar los costes. Este es el punto de transición entre la expansión y la recesión.
  3. Contracción o recesión. Se trata de la fase descendente del ciclo. Esta fase se caracteriza por una reducción generalizada de la actividad económica: se contrae el PIB, cae la producción y aumenta el paro. Las empresas recortan las inversiones y los consumidores reducen el gasto a causa de la incertidumbre sobre el futuro económico.
  4. Depresión. La economía llega a su punto más bajo del ciclo. Es la fase de mayor escasez de recursos, en la cual la actividad económica está bajo mínimos y empeora la calidad de vida de la población, registrándose una alta tasa de desocupación. Durante esta fase los precios bajan o se mantienen estables.

 

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Las operaciones de blanqueo de capitales de organizaciones criminales pueden implicar a empresas, la administración pública y a la gran banca con el fin de dar una apariencia legal a un dinero que se han conseguido de manera ilícita. Juan Carlos Galindo, experto en prevención de blanqueo de capitales y financiación del terrorismo, explica los mecanismos que utilizan los blanqueadores.

 

Casi tres cuartas partes de las redes delictivas que hay en la Unión Europea usan alguna forma de blanqueo de capitales para financiar sus operaciones y ocultar sus activos. Se calcula que estas transacciones tienen un valor total de entre 117.000 y 210.000 millones de euros en el conjunto de la UE.

La principal finalidad del blanqueo de capitales es legalizar el dinero obtenido con una actividad delictiva. Se puede tratar de un proceso relativamente sencillo llevado a cabo en el ámbito local o nacional, o de un proceso muy sofisticado que implique numerosos intermediarios de varias jurisdicciones que utilicen el sistema financiero internacional.

En una entrevista en el programa “ConPdePodcast”, Juan Carlos Galindo, experto en prevención de blanqueo de capitales y financiación del terrorismo, expone en detalle como se blanquea el dinero. Empieza explicando los posibles orígenes de este término: uno que atribuye el concepto a Al Capone, que compró una cadena de lavanderías para utilizarlas como fachada legal para reciclar el dinero obtenido con sus actividades delictivas, y otro que menciona un método colombiano para falsificar billetes americanos.

Galindo explica que hay tres fases en el blanqueo de capitales —colocación, transformación e integración— y detalla algunos ejemplos prácticos:

1. Colocación: Representa el primer paso para integrar el producto del delito en el sistema financiero legítimo. Esto puede hacerse a través de negocios pantalla, como restaurantes o cafeterías, que aparentan tener ingresos legítimos.

 

2. Transformación: La estratificación o transformación consiste en convertir el dinero en varios activos financieros o inmuebles para alejar su origen ilícito. Esto incluye la compra de acciones, bonos, propiedades y otros activos a través de diferentes empresas.

 

3. Integración: La tercera y última fase del proceso de blanqueo tiene como objetivo que el dinero vuelva a entrar en el mercado como capital aparentemente lícito, permitiendo al delincuente hacer uso este dinero sin levantar sospechas.

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El calor pegajoso. El olor a pólvora. El ruido de los petardos resonando por las calles. Las hogueras iluminando las playas. La coca sobre la mesa. Gente bañándose en el mar a medianoche, como si el agua todavía conservara algún poder antiguo. Año tras año, cuando llega la verbena de San Juan, el Mediterráneo parece recordar algo que nosotros ya no sabemos explicar del todo. Pero lo repetimos. Y eso, en historia, nunca es menor.

 

Porque San Juan no es solo una fiesta popular. Es una supervivencia. Una memoria colectiva disfrazada de verbena. Un ritual ancestral que ha atravesado imperios, religiones, cambios de calendario, revoluciones industriales, urbanizaciones masivas y pantallas digitales sin perder del todo su centro simbólico: el fuego, el agua, la noche, el cuerpo, la comunidad y el paso del tiempo.

Hay tradiciones que duran porque son bonitas. Otras duran porque son útiles. Pero hay unas pocas que persisten porque responden a una necesidad profunda. San Juan pertenece a esta última categoría. En una sociedad acelerada, fragmentada y cada vez más artificial, seguimos necesitando rituales que nos devuelvan —aunque sea por unas horas— a la naturaleza, a la comunidad y a una forma más antigua de comprendernos. La modernidad ha cambiado las herramientas, pero no ha eliminado las necesidades.

 

Cuando el sol gobernaba el tiempo

Antes de los relojes, de los calendarios laborales y de las notificaciones en el móvil, el tiempo lo marcaba el cielo. No era una abstracción administrativa, sino una experiencia física. Se veía, se sufría y se celebraba. Los pueblos agrícolas y ganaderos vivían pendientes de los ciclos solares porque de ello dependía literalmente su supervivencia: sembrar demasiado pronto o cosechar demasiado tarde podía significar el hambre.

El solsticio de verano era, en este sentido, uno de los grandes puntos de inflexión del año. La noche más corta. El día más largo. El momento en que la luz parecía imponerse definitivamente sobre la oscuridad, aunque solo fuera para empezar, inmediatamente después, su lento retroceso. Esta paradoja —el triunfo que ya contiene la decadencia— explica buena parte de su fuerza simbólica.

Los pueblos mediterráneos entendían la naturaleza como una sucesión de ciclos: nacimiento, crecimiento, plenitud, cosecha y desaparición. Nada era lineal. Todo volvía, pero nunca exactamente igual. En este mundo, el fuego no era solo calor ni espectáculo. Era purificación, protección y fertilidad. Era una manera de hablar con lo invisible.

Por eso se encendían hogueras. Para ahuyentar malos espíritus, para proteger las cosechas, para quemar lo viejo e iniciar un nuevo ciclo. Saltar el fuego no era una simple prueba de atrevimiento juvenil, sino un gesto de paso: atravesar las llamas para dejar atrás una piel antigua. Del mismo modo, bañarse en el mar durante aquella noche tenía una dimensión purificadora. El agua y el fuego, aparentemente opuestos, compartían una misma función: limpiar, renovar, recomenzar. Hoy lo hacemos casi por inercia, pero la inercia, a menudo, es una memoria que ha olvidado sus palabras.

Los pueblos agrícolas y ganaderos vivían pendientes de los ciclos solares porque de ello dependía literalmente su supervivencia: sembrar demasiado pronto o cosechar demasiado tarde podía significar el hambre.

El Mediterráneo y el Atlántico: dos maneras de vivir juntos

La verbena de San Juan también explica una manera mediterránea de entender la vida. Porque el Mediterráneo no es solo una geografía. Es una forma cultural, una manera de habitar el tiempo, el espacio y a los demás.

Es la calle como extensión de la casa. Es la plaza como escenario natural de la vida pública. Es la comida compartida, la conversación larga, la mesa que siempre admite una silla más, el ruido como prueba de que todavía hay vida. Es también una cierta resistencia a convertir la existencia en una sucesión de espacios privados, silenciosos y funcionalmente eficientes.

Frente a esta mirada, hay otra, más atlántica, que ha ordenado históricamente la vida de una manera diferente. No peor, pero sí distinta. El Atlántico ha sido a menudo el mundo de la distancia, del puerto abierto hacia fuera, de la navegación larga, del comercio, de la lluvia persistente y del interior doméstico como refugio. Allí donde el Mediterráneo tiende a exponer la vida en la calle, el Atlántico ha tendido a protegerla dentro de la casa, el club, la institución o la norma.

No es solo una cuestión de clima, aunque el clima nunca es inocente. Es una manera de mirar. El Mediterráneo celebra la proximidad; el Atlántico administra la distancia. El Mediterráneo improvisa alrededor de una mesa; el Atlántico construye procedimientos. El Mediterráneo entiende la comunidad como pacto; el Atlántico, a menudo, como imposición. En un caso, la vida colectiva nace del contacto. En el otro, de la organización.

La península Ibérica es interesante precisamente porque contiene estas dos miradas. Aunque algunos se empeñen en homogeneizarla —como si una frontera administrativa pudiera borrar siglos de geografía moral—, la península no es una sola manera de vivir. Es una convivencia de paisajes, ritmos y culturas. Hay una Iberia mediterránea, abierta a la calle, al fuego, a la plaza y a la fiesta compartida. Y hay una Iberia atlántica, hecha de nieblas, puertos, piedra húmeda, distancias largas y una relación más contenida con el espacio público. El problema no es que convivan. El problema es querer negarlo.

Porque una comunidad política madura no necesita fingir uniformidad. Al contrario: debería saber leer sus diferencias sin convertirlas siempre en conflicto. La geografía no determina mecánicamente el carácter de los pueblos, pero sí educa hábitos, horarios, formas de encuentro y maneras de celebrar. Y, en este sentido, San Juan es una fiesta profundamente mediterránea porque saca la vida fuera. La pone bajo el cielo. La hace visible, corporal y compartida.

Mientras muchas sociedades modernas han ido encerrando la vida dentro de interiores cada vez más individualizados —la casa, el coche, la oficina, la pantalla—, el Mediterráneo conserva una inclinación antigua hacia el exterior. Aquí, la vida todavía necesita aire, cuerpo y presencia. San Juan es una expresión clara de ello: la gente sale de casa, ocupa calles y playas, comparte mesa, mira el fuego, escucha petardos, come coca, se baña, brinda, ríe, se abraza. Puede parecer algo menor, pero no lo es en absoluto.

Las sociedades no se mantienen solo con leyes, mercados e infraestructuras. También necesitan rituales compartidos. Necesitan momentos en que la comunidad se represente a sí misma, aunque no lo formule así. Un pueblo que solo produce, consume y se comunica digitalmente puede seguir funcionando; pero puede dejar, lentamente, de sentirse comunidad.

Los rituales crean pertenencia porque convierten el tiempo en relato. Nos recuerdan que formamos parte de algo más grande que nuestra biografía inmediata. Por eso estas celebraciones sobreviven incluso en plena era digital, porque hay necesidades humanas que ningún algoritmo puede sustituir: la presencia, el contacto, el ritmo compartido, la conciencia de que no vivimos solos. La tecnología conecta. El ritual vincula. Y no es lo mismo.

 

La cristianización de una fiesta más antigua

Como tantas otras tradiciones europeas, la fiesta de San Juan fue absorbida y reinterpretada por el cristianismo. La Iglesia situó la celebración del nacimiento de San Juan Bautista el 24 de junio, muy cerca del solsticio de verano, integrando dentro del calendario cristiano unos rituales que ya estaban profundamente arraigados entre la población.

Esta operación no fue excepcional. El cristianismo, como toda gran arquitectura cultural, no solo sustituyó creencias anteriores; a menudo las tradujo. Puso nombres nuevos a gestos antiguos. Dio una doctrina a prácticas que venían de mucho antes. Lo que no se podía eliminar, se podía ordenar. Lo que no se podía prohibir del todo, se podía bautizar. Pero bajo la capa cristiana, muchas prácticas ancestrales continuaron respirando. Las hierbas medicinales recogidas aquella noche. Los baños en el mar. Las hogueras. Los rituales vinculados a la fertilidad, a la protección, a la suerte y a la renovación. Todo ello forma parte de un sustrato cultural antiquísimo que atraviesa siglos y civilizaciones.

Y eso nos recuerda una idea importante: las culturas raramente desaparecen de golpe. Se transforman. Se mezclan. Se adaptan. Cambian de lenguaje, de calendario y de justificación moral. Pero muchas veces siguen viviendo bajo formas nuevas, como las brasas que persisten bajo la ceniza. San Juan es precisamente eso: una brasa antigua bajo una fiesta moderna.

Es una manera de mirar. El Mediterráneo celebra la proximidad; el Atlántico administra la distancia. El Mediterráneo improvisa alrededor de una mesa; el Atlántico construye procedimientos. El Mediterráneo entiende la comunidad como pacto; el Atlántico, a menudo, como imposición.

Seguimos necesitando el fuego

Es curioso. Vivimos rodeados de tecnología, inteligencia artificial, consumo instantáneo e hiperconectividad. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos. Nunca habíamos podido enviar tantos mensajes, compartir tantas imágenes, acumular tantos datos sobre nosotros mismos. Y, sin embargo, pocas épocas han hablado tanto de soledad, ansiedad y desconexión emocional. Tal vez por eso seguimos reuniéndonos alrededor del fuego.

El fuego obliga a detenerse. Tiene una autoridad silenciosa. Hipnotiza sin exigir nada. Genera conversación y contemplación al mismo tiempo. Frente a una hoguera, el tiempo deja de ser productivo y vuelve a ser humano. Nadie mira una llama con prisa. Nadie calcula el rendimiento de un instante cuando el fuego danza frente al mar.

La modernidad nos ha hecho más eficientes, pero no necesariamente más enteros. Hemos ganado comodidad, velocidad y acceso inmediato a casi todo. Pero también hemos perdido pausas, umbrales, silencios compartidos y formas simbólicas de marcar el paso del tiempo. La vida contemporánea tiende a disolver los ciclos: todo está disponible, todo es simultáneo, todo es ahora. San Juan, en cambio, nos recuerda que la vida humana necesita ritmo. Que no basta con vivir días; hay que saber distinguirlos.

Por eso el fuego sigue hablándonos, porque nos devuelve a una parte muy antigua de nosotros mismos. Nos recuerda que somos seres simbólicos antes que usuarios, consumidores o perfiles digitales. Que necesitamos celebrar. Que necesitamos dejar atrás y que necesitamos empezar de nuevo. Y que, incluso en un mundo dominado por pantallas, todavía buscamos sentido mirando unas llamas danzar frente al agua.

 

Cuando la tradición se convierte en consumo

Naturalmente, San Juan tampoco ha escapado de la mercantilización. Ninguna celebración popular queda al margen de un tiempo que lo convierte casi todo en producto, espectáculo o exceso. La industria del consumo tiene una gran habilidad para vaciar los rituales de su sentido y conservar solo su envoltorio.

Petardos industriales, turismo masivo, alcoholización de la verbena, suciedad en las playas, ruido sin medida y una progresiva pérdida del simbolismo original conviven hoy con el poso ancestral de la fiesta. El riesgo es evidente: que el ritual deje de ser una experiencia de comunidad y renovación para convertirse solo en entretenimiento intensivo.

Pero incluso aquí conviene evitar la nostalgia fácil. Nunca ha existido una tradición completamente pura. Toda fiesta popular ha mezclado siempre espiritualidad y exceso, orden y desorden, comunidad y transgresión. La cuestión no es idealizar un pasado que probablemente tampoco existió como lo imaginamos, sino preguntarnos qué queremos preservar del ritual. Porque una tradición no muere solo cuando deja de practicarse. También muere cuando sigue practicándose sin entender nada de lo que significaba.

Y San Juan todavía tiene algo que decirnos. Bajo el ruido, el consumo y la superficie, sigue existiendo aquella necesidad humana de encontrar momentos colectivos que den sentido al paso del tiempo. Seguimos encendiendo hogueras porque, en el fondo, seguimos necesitando lo que representan: purificar, reunir, recordar, recomenzar. El problema no es que la fiesta cambie, sino que cambie hasta quedar vacía.

 

El fuego que todavía nos une

Cada año, durante la noche de San Juan, el Mediterráneo vuelve a iluminarse con fuegos pequeños y efímeros. Las llamas duran poco, pero el gesto viene de muy lejos. Tal vez sin saberlo, repetimos un ritual milenario que habla de comunidad, renovación y esperanza. Y tal vez esa sea la fuerza real de las tradiciones: nos permiten participar de una memoria que no hace falta comprender del todo para sentirla viva.

En una época marcada por la incertidumbre, la velocidad y la desconexión, San Juan nos recuerda algo esencial: los humanos necesitamos sentirnos parte de un relato compartido. No basta con existir individualmente. Hay que pertenecer. Hay que celebrar. Hay que encontrar momentos en que el tiempo deje de pasar simplemente y adquiera sentido.

Tal vez por eso San Juan sigue emocionándonos, porque durante unas horas recuperamos una memoria antigua: la de un mundo que entendía que la vida tenía ritmos, ciclos y momentos sagrados. Un mundo que sabía que la luz no podía darse por descontada y que, precisamente por eso, había que celebrarla. La noche de San Juan no nos devuelve al pasado. Nos recuerda que el pasado todavía arde dentro de nosotros. Y mientras sigamos mirando el fuego frente al mar, tal vez todavía no lo hayamos olvidado todo.

Y tal vez esta sea la verdadera función de las fiestas que sobreviven a los siglos: recordarnos que una comunidad no se construye solo compartiendo instituciones, mercados o infraestructuras, sino compartiendo símbolos, rituales y memorias. Durante la noche de San Juan, aunque sea solo por unas horas, volvemos a sentir que formamos parte de algo colectivo. De una cadena humana mucho más antigua que nosotros mismos. El fuego nos reúne, la calle nos reconecta y la celebración nos recuerda que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre el individualismo. Porque, al final, toda comunidad necesita momentos en los que mirarse a sí misma y reconocerse viva.

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