Terapia financiera: el dinero es más que números

Igual que vamos al psicólogo cuando no sabemos explicar qué nos pasa, podemos pedir consejo a un terapeuta financiero para que nos diga qué tenemos que hacer con nuestro dinero. La terapia financiera es una especialidad al alza y, teniendo en cuenta la crisis que viene este 2022, puede ser una buena idea para relacionarnos con el dinero de forma más sana. Nos lo explica la jefa de agentes de 11Onze, Lara de Castro.

 

No fue hasta 2010 que se creó la Finantial Therapy Association, que tiene como finalidad establecer unos estándares regulados por el sector en cuanto a la terapia financiera y que cuenta con más de 200 miembros repartidos por todo el mundo. En concreto, la terapia financiera se centra en ayudar a las personas sobre cómo se sienten, cómo piensan y cómo interactúan con el dinero. Este servicio lo tiene que proporcionar siempre un experto en salud mental y financiera. 

¿Pero cómo saber si necesitamos la ayuda de un terapeuta financiero? “Si creemos que necesitamos una reeducación en nuestra relación con el dinero, necesitaremos un terapeuta financiero”, explica De Castro. Si lo creemos es porque, a veces, hemos establecido una relación con el dinero poco saludable, por ejemplo, cuando las compras impulsivas empiezan a ser compulsivas. Planificación financiera y apoyo emocional será el tándem que nos permitirá abandonar la angustia y el estrés. Para saber más sobre terapia financiera, mira el video de abajo.

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Se denomina fitoterapia al uso de plantas o sustancias vegetales para prevenir o curar enfermedades. Una práctica milenaria que la medicina desbancó a partir del siglo XIX, pero que sigue viva en el imaginario colectivo en todo el mundo.

 

El concepto de fitoterapia proviene del griego y significa, literalmente, “phytos” (planta) y “therapeia” (terapia). Y en esto consiste, en utilizar productos de origen vegetal para combatir molestias, dolores, síntomas o contribuir a la curación de una enfermedad. No se considera sustituta de la medicina tradicional, altamente orientada a la industria farmacéutica, pero sí que es su base. A pesar de que actualmente el uso de plantas se ha restringido a curar dolores leves, prevenir enfermedades o mejorar nuestro estado de salud, Cataluña tiene una larga historia en el uso de plantas medicinales que sigue presente en muchos hogares.

Hablamos con Marc Talavera, doctor en biología y presidente del colectivo Eixarcolant, para descubrir qué hay que tener en cuenta a la hora de usar plantas medicinales. Eixarcolant lo conforman un grupo de personas que incluye voluntarios, socios, miembros de la junta y simpatizantes que desde todo el territorio trabajan por un modelo agroalimentario orientado a conseguir un desarrollo socioeconómico con un impacto positivo. Todo esto desde la coherencia, la cohesión y poniendo la naturaleza y todo lo que nos puede ofrecer en el centro del proyecto.

 

¿Realmente pueden curar?

La respuesta de Marc es clara: “Evidentemente, las plantas nos pueden curar, pero hay que tener conciencia y tener en cuenta, si para nuestro dolor o enfermedad, es suficiente al tomar una infusión, usar paños húmedos, hacer un ungüento o vahos; o hay que recurrir al médico de cabecera para que nos recete el fármaco que considere oportuno”.

Los fármacos tienen que ser perfectamente complementarios a los productos naturales, y nos advierte Talavera que, aunque estemos hablando de plantas, no dejamos de hablar de química, puesto que “en una planta lo que nos puede curar son sus principios activos, que son moléculas químicas”. El principio activo, por lo tanto, actuará para restituir nuestro bienestar y mejorar nuestro estado de salud independientemente de si proviene de un comprimido o directamente de la planta. 

Ahora bien, el conocimiento es clave, y del mismo modo que somos conscientes que no nos podemos automedicar, porque podríamos poner en riesgo nuestra salud, también hay que ir con precaución con las plantas. Marc nos pone el ejemplo de las enfermedades cardiovasculares, en las que “se usan componentes extraídos directamente de plantas, pero de una forma muy regulada y precisa”. Es por eso, concluye, que a menudo no podemos administrarnos directamente la planta, sino que hace falta que sea vía fármacos.

La industria farmacéutica, guiada por la naturaleza

Actualmente, multitud de fármacos se fabrican a partir de productos vegetales, tal y como señala Talavera: “La inmensa mayoría, más del 80%, de los principios activos que actualmente conforman los fármacos convencionales, han sido sintetizados y obtenidos a partir de plantas. Sin las plantas no dispondríamos de la gran mayoría de fármacos, para enfermedades cotidianas o patologías del corazón, quimioterapia…”. La medicina tradicional y las terapias alternativas se confrontan en muchos aspectos, como por ejemplo la metodología, los productos o los tratamientos. Pero, a pesar de las notables diferencias, la esencia es la misma: curar. Y en este sentido, la naturaleza siempre ha marcado el camino.

Los adelantos científicos y la popularización de los fármacos, especialmente hacia el siglo XIX, dejaron en un segundo plano los remedios naturales. Y a pesar de que siguen siendo la base para elaborar muchos medicamentos, la creciente demanda del mercado, que quiere alcanzar a toda la población, hace imposible su elaboración a partir de productos 100% naturales. En vez de cosechar una planta para extraer propiedades, se fabrica industrialmente. 

Tal y como nos explicaba Talavera, los principios activos son moléculas químicas, y, por lo tanto, lo único que ha hecho la industria es identificar esas moléculas y sintetizarlas artificialmente. Se usa la naturaleza como espejo, pero es la industria quien marca el ritmo y los estándares de producción. Talavera concluye que “cuando criticamos a la industria farmacéutica, lo que hay que criticar no es la medicina, sino la ética que hay detrás de grandes corporaciones farmacéuticas”.

Las ‘trementinaires’, la tradición en Cataluña

Teniendo en cuenta los beneficios que las plantas pueden aportar a nuestra salud, en Cataluña y también en otros muchos lugares del mundo, crece el afán por recuperar las plantas medicinales y volverlas a incorporar a nuestro día a día, siempre con conocimiento. Personas, entidades y asociaciones trabajan para preservar y difundir este conocimiento que se ha transmitido de generación en generación a través del boca-oreja.

Es el caso del Eixarcolant o de las Àvies remeieres, una agrupación de mujeres que se encuentran cada mes para hacer talleres y jornadas donde recuperar y difundir estos conocimientos populares. Para evitar que este conocimiento se pierda, y conseguir que llegue a las nuevas generaciones, ya han publicado un par de libros.

A lo largo de los años, la aparición de oficios como las ‘trementinaires’ ha sido clave para mantener viva la difusión de este conocimiento. Eran mujeres, principalmente del valle de la Vansa y Tuixent, que se desplazaban a pie por toda Cataluña vendiendo hierbas y aceites elaborados de forma natural y artesanal. A pesar de que el oficio como tal se ha perdido en las últimas décadas, en Cataluña sigue la tradición de usar plantas para curar, sea en el uso particular o en el ámbito profesional. Hay que remarcar una vez más que el conocimiento es clave, desde la cosecha hasta las cantidades que se emplean, y es que según la estación, la zona e, incluso, el día y la hora en que cosechamos una planta, las propiedades pueden variar. 

 

Las plantas medicinales más comunes

En nuestro entorno encontramos muchísimas especies que pueden tener propiedades curativas, pero estas son las plantas curanderas más comunes para uso casero: el tomillo, por sus propiedades antisépticas; la flor de saúco para afecciones del sistema respiratorio; el hipérico que se puede macerar en óleo como antiinflamatorio externo; la árnica que también se usa como antiinflamatorio; la raíz de malva para los resfriados; Plantago, que se puede usar para enjuagues para cicatrizar heridas bucales; o la menta y la hierba luisa como plantas digestivas. 

Tal y como señala Talaver, “especies hay muchas, y hay que conocerlas, conocer los usos y administrarlas de forma coherente y siempre teniendo en cuenta con qué otros fármacos o plantas pueden interactuar”.

 

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¿Quién ha dicho que hacerse mayor implique renunciar a vivir intensamente? Cada vez hay más iniciativas para combatir la soledad de los ancianos, sí, pero también para disfrutar de una vida activa, ayudar a la comunidad con sabiduría y mantener la mente despierta.

 

La población europea cada vez vive más años. Envejecer es un proceso sano, natural y progresivo. Por eso, el bienestar de las personas mayores ha pasado a ser una prioridad. El término que mejor define esta vitalidad que se espera en la última etapa de la vida es el de vejez activa. Y vivir activamente quiere decir mantener un equilibrio emocional, dar valor a las convicciones propias, escuchar y aprender de los demás y, sobre todo, compartir. Porque una vida socialmente activa es uno de los mejores estímulos para mejorar el estado de ánimo.

Para disfrutar de esta vejez activa, pues, hay que elegir los caminos que mejor se avienen con nuestros intereses. Por eso, tal y como recuerda la Diputació de Barcelona en su guía de salud para la gente mayor, si eres buen deportista, camina; si eres buen cocinero, cocina; si eres una persona solidaria, implícate en algún voluntariado. Piensa cuáles son tus capacidades, y poténcialas. En 11Onze te damos ocho ideas.

  1. Comparte, quiere. Hace bastantes años que la entidad Amigos de los Mayores trabaja para dejar atrás la soledad no deseada de nuestros ancianos. Tal y como recuerdan en su web, según datos del IDESCAT, en Cataluña 780.500 personas viven solas, un 42,5% de las cuales tienen más de 65 años. La soledad afecta a más de 175.000 personas mayores, y ha llegado a cifras históricas en Barcelona, donde un cuarto de esta población vive sola. Por eso, la entidad tiene un programa de voluntariado muy potente. Puedes acompañar emocionalmente a una persona durante unas horas a la semana, hacer un acompañamiento telefónico, participar en actividades festivas y ayudar en los trabajos de la organización.
  2. Sé un radar. Precisamente para combatir esta soledad no deseada, el Ayuntamiento de Barcelona ha impulsado el proyecto Radars, que es más que un voluntariado e implica a toda la comunidad vecinal. Se trata de una iniciativa comunitaria que pone en relación a vecinos y vecinas, comercios, farmacias, voluntarios, entidades y equipamientos. El objetivo es que las personas mayores se sientan más seguras dentro de su comunidad. Para participar solo hay que estar atento, con una mirada sensible y respetuosa. Si detectas algún cambio en la gente mayor que vive a tu alrededor, te puedes poner en contacto con el proyecto y, si te animas, puedes colaborar en las mesas de debate, en los acompañamientos y acogidas o en la plataforma de seguimiento telefónico.
  3. Cultiva en comunidad. Una de las actividades que está tejiendo muchos vínculos comunitarios en los municipios son los huertos urbanos. En casi cada municipio de Cataluña se ha organizado uno de estos huertos. Los huertos urbanos tienen una finalidad lúdica, pero a la vez permiten recuperar los vínculos con la tierra, en un contexto en que los productos de proximidad son cada vez más valorados por la comunidad. Si con el crecimiento urbanístico de las ciudades, los huertos tradicionales desaparecieron, ahora se vuelven a recuperar y se crean nuevos. Los huertos urbanos son espacios de convivencia entre el vecindario y son una forma de educación ambiental y nutricional.
  4. Sigue aprendiendo. Cada vez hay más personas que, cuando llegan a la edad de la jubilación, encuentran el momento de estudiar aquel grado universitario que siempre les apasionó, después de años de trabajo y esfuerzo. Todas las universidades catalanas disponen de aulas de extensión universitaria para gente mayor. Programas no faltan. El objetivo de estos estudios, que están regulados por ley, es acoger personas de más de 50 años que tienen interés por obtener nuevos conocimientos y que sienten la necesidad de seguir aportando su granito de arena a la sociedad.
  5. Acompaña. Para sentirse más activo, también va bien dejarse acompañar por gente más joven. Por eso, muchas personas mayores deciden acoger estudiantes universitarios, que a la vez les ayudan en su día a día. Hay muchas entidades, como la Fundació Roure, que trabajan para encontrar el binomio perfecto como quien busca una pareja de baile. Además, en la Generalitat también han impulsado con éxito un programa de mentoría, para ayudar a las personas recién llegadas a integrarse en la nueva sociedad de acogida. Los mentores acompañan a las personas migradas, a menudo en situaciones de asilo o refugio, a hacer gestiones, buscar una vivienda digna y compartir actividades de ocio.
  6. Sé un puntal para los más pequeños. Así mismo, hay muchas guarderías y centros residenciales para gente mayor que están empezando a tejer vínculos entre las generaciones más grandes y los más pequeños de la casa. Ahí está el caso del Ayuntamiento del Vendrell, por ejemplo, que organiza actividades intergeneracionales a través del Patronat Municipal Hospital Asil Sant Salvador. Los expertos consideran que estas actividades ayudan a mejorar su salud y a reforzar su autoestima. También se observa una mejora cognitiva y del estado de ánimo.
  7. Déjate cuidar. Si no tienes suficiente estímulo con la compañía de los vecinos, de los jóvenes o de la infancia, siempre puedes dejarte cuidar por una mascota. Muchas entidades de acompañamiento a la gente mayor han incorporado programas con perros o caballos, porque está demostrado que las intervenciones asistidas con animales aportan mejoras físicas, sociales, emocionales y cognitivas a las personas grandes.
  8. Pasa a la acción. Y si te sientes activo y bastante cabreado con el contexto que nos ha tocado vivir, también puedes pasar a la acción e implicarte en movimientos sociales. Están las asociaciones de vecinos, la Marea Pensionista, la Marea Blanca, la Alianza contra la Pobreza Energética, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, el Sindicat de Llogateres, la Plataforma per la Llengua, Òmnium, el Consorci per a la Normalització Lingüística y otras muchas entidades que necesitan tu apoyo para hacer valer sus luchas compartidas.

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Terapias con animales hay muchas. Personas con Alzheimer hacen tratamientos con perros —incluso en el interior de las residencias de gente mayor. También se usan perros en pediatría, geriatría y fisioterapia. Personas con trastornos psíquicos hacen trabajos terapéuticos con caballos (equinoterapia), con vacas, con ovejas e incluso con gallinas. El caso de la delfinoterapia es quizás el más fascinante, porque involucra el mamífero más inteligente y un medio acuático, impropio del ser humano.

 

Los efectos beneficiosos del contacto con animales han sido ampliamente estudiados y contrastados:

  • Fisiológicamente, acariciar un animal reduce la presión arterial mucho más que leer en voz alta o descansar.
  • La presencia de animales de compañía con pacientes ancianos u operados de dolencia coronaria ha aumentado la esperanza de vida de estos pacientes en un 3%.
  • Muchos ergoterapeutas (terapeutas especializados en el tratamiento de enfermedades psíquicas mediante la actividad física) utilizan animales —sobre todo, caballos— en la rehabilitación funcional, donde los ejercicios son a menudo difícilmente admitidos o aceptados por los pacientes.

Terapia con animales o zooterapia

La zooterapia es un método terapéutico basado en la interacción del paciente con animales y destinado al tratamiento de determinadas afecciones físicas o psíquicas. Hay dos enfoques diferentes:

  • Terapia facilitada por animales (AFT). Consiste en utilizar las relaciones privilegiadas que determinadas personas (niños, adultos, personas mayores, discapacitadas, etc.) tienen con los animales con el fin de ayudar al proceso terapéutico (psicológico, físico o social). Pensamos, por ejemplo, en la relación de una persona con su animal de compañía.
  • Terapias asistidas por animales (AAT). Utilizan animales para mejorar la calidad de vida humana (por ejemplo, para romper el aislamiento social, para devolver a la gente un sentimiento de «poder sobre su propia vida», para crear espacios de debate que refuercen la comunicación, etc.). La presencia del animal mejoraría el sentido de la autoestima, la motivación y la participación en actividades educativas y recreativas.

Con todo, esta debe considerarse una terapia alternativa a las terapias tradicionales, que puede ayudar, complementar o mejorar el progreso y los resultados, pero que no las sustituye de ninguna manera.

 

El mito del delfín

Desde la antigüedad, los delfines han fascinado a los seres humanos. Y, a pesar de que no siempre ni en todas las culturas los hemos tratado como un ser vivo se merece, su inteligencia, belleza, velocidad y acrobacia siempre nos han dejado boquiabiertos.

En la cultura occidental es conocido el mito de Poseidón, el dios de los océanos, al que un delfín ayudó a conquistar el corazón de la ninfa Anfitrite. Poseidón, agradecido por el valioso servicio que le hizo el delfín, creó la constelación del Delfín, compuesta por dieciocho estrellas y visible en el hemisferio sur, en su honor.  

Podemos encontrar también leyendas y creencias en los aborígenes australianos, que creen que los humanos descendemos de los delfines, o en la cultura de los maoríes de Nueva Zelanda, que creen que los delfines son reencarnaciones de humanos difuntos.

Los delfines también tienen la reputación de salvar personas de morir ahogadas. Hay leyendas y testimonios desde la época clásica (Plutarco y Plinio el Viejo cuentan historias sobre ello) hasta la actualidad. De esta clase de salvamentos, actuales y bien documentados, hay un montón.

Ahora bien, los casos de colaboración espontánea entre humanos y delfines no son tan conocidos.

En la costa de Mauritania, pescadores y delfines cooperan para hacer más eficiente la pesca. Los delfines persiguen a los peces hacia las redes, y así, atrapados entre dos depredadores, son capturados más fácilmente; un beneficio tanto para los delfines como para los pescadores.

Delfinoterapia

La delfinoterapia es un método terapéutico basado en la interacción del paciente con delfines, destinado al tratamiento de determinadas enfermedades y trastornos. 

El término comprende programas de terapia donde se utilizan mayoritariamente delfines cautivos, aunque hay también otros programas que se desarrollan con delfines salvajes. 

La terapia que utiliza delfines en cautividad corresponde al enfoque AFT (terapia facilitada por animales) y es la más utilizada, mientras que el uso del delfín salvaje es más próximo al enfoque AAT (terapia asistida por animales).

Además de su naturaleza alegre, tranquila y compasiva, los terapeutas también valoran los efectos beneficiosos que tienen los ultrasonidos emitidos por los delfines, gracias a la influencia que tienen sobre nuestras emociones, comparable a la de la musicoterapia. Los delfines parecen tener, pues, el poder «extraordinario» de desencadenar el proceso de curación en los humanos.

El doctor Horace Dobbs, un investigador británico, a mediados de la década de los setenta del siglo XX, comprobó como un mecánico de lanchas de salvamento, afectado de una depresión profunda, después de nadar un buen rato con un delfín salvaje amistoso, experimentó una milagrosa curación. A partir de este hecho y otros similares, él y otros investigadores han ido contribuyendo progresivamente a la delfinoterapia con sus trabajos.

Se usa en un gran número de enfermedades: retraso mental, autismo, síndrome de Rett, depresión, anorexia, trastornos emocionales y de autoestima, trastornos de concentración, problemas cognitivos, fobias, estrés postraumático, síndrome de Down (trisomía), dislexia, TDAH, cáncer, fibrosis quística, ceguera, sordera, discapacidades físicas, daños en la médula espinal y el cerebro (parálisis cerebral)… 

Una sesión de delfinoterapia puede durar entre 15 y 40 minutos, en función del centro y del tipo de terapia. Hay una decena de grandes centros repartidos por América del Norte, América del Sur y Europa.

 

Y a los delfines, ¿los beneficia o los perjudica?

Como todo en la ciencia, aquí hay también controversia. Más allá de los resultados —que también critican algunos científicos—, en la mayoría de casos se utilizan delfines cautivos. Este hecho provoca lo que llamamos impacto indirecto, que es lo que sufren los animales salvajes por la condición de cautiverio. 

En el caso de los delfines, además del impacto de la captura y transporte del animal, tiene afectaciones de alteración de su estructura social. Además, el cambio de alimentación y el estrés alteran sus condiciones reproductivas y los hacen vulnerables a enfermedades exclusivas de la cautividad. Estas y otras consecuencias del cautiverio están bastante estudiadas y la legislación, sobre todo en Europa y EE. UU., va evolucionando cada vez más hacia una mayor protección del bienestar del delfín.

En cuanto al impacto directo que tiene sobre el delfín su trabajo de «terapeuta», desgraciadamente no se dispone de suficiente información todavía para evaluar la afectación que puede tener en su bienestar. Lo tendremos que ir siguiendo.

 

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