
Nvidia no vende microchips. Vende poder
Las luces se apagan y decenas de miles de personas fijan la mirada en un escenario de San José, en el corazón de Silicon Valley. Cuando aparece Jensen Huang, vestido con su inseparable cazadora negra de cuero, el público lo recibe como si fuera una estrella del rock. No es una exageración. Los anuncios que hará durante las horas siguientes pueden modificar los planes de inversión de las empresas más poderosas del mundo, alterar las expectativas de los mercados y determinar la velocidad con la que avanzará la inteligencia artificial.
Jensen Huang es el fundador y consejero delegado de Nvidia, una compañía que no hace mucho era conocida principalmente por los aficionados a los videojuegos. Hoy, su conferencia anual GTC reúne a más de 30.000 desarrolladores, investigadores y directivos, y se ha convertido en una especie de cumbre mundial de la nueva economía digital. Cuando Huang presenta una arquitectura de procesadores, no está anunciando una tarjeta gráfica más potente. Está mostrando la infraestructura sobre la que Meta, Microsoft, Google, Amazon u OpenAI intentarán construir sus negocios durante los próximos años.
Esta es la gran paradoja de la inteligencia artificial: las empresas más ricas de la historia compiten encarnizadamente entre ellas, pero todas dependen, en mayor o menor medida, del mismo proveedor. Nvidia ha conseguido situarse en el centro de un cuello de botella tecnológico que le permite marcar el ritmo de toda la industria. Ahora, sus mejores clientes intentan escapar de esta dependencia sin dejar de comprarle miles de millones de dólares en microchips.
Nvidia no vende microchips: vende tiempo
El ascenso de Nvidia no puede entenderse únicamente observando el rendimiento de sus procesadores. Durante años, la empresa intuyó que las unidades de procesamiento gráfico, las conocidas GPU, servían para mucho más que generar imágenes de videojuegos. Su capacidad para ejecutar miles de cálculos en paralelo las hacía especialmente útiles para entrenar redes neuronales y modelos de inteligencia artificial.
La compañía no se limitó a fabricar el hardware. También creó CUDA, una plataforma de programación que permite a los desarrolladores utilizar las GPU para tareas de computación avanzada. Con el paso de los años, universidades, laboratorios y empresas adoptaron este ecosistema hasta convertirlo en un estándar de facto. Por eso, abandonar Nvidia no es tan sencillo como sustituir una pieza por otra: implica adaptar programas, bibliotecas, equipos humanos y centros de datos que han sido diseñados durante años alrededor de su tecnología.
Esta combinación de microchips, software, redes y sistemas completos ha convertido a Nvidia en mucho más que un fabricante de semiconductores. Cuando una empresa consigue acceder antes que sus competidores a una nueva generación de aceleradores, no compra simplemente más capacidad de cálculo. Compra meses de ventaja.
En un sector en el que lanzar un modelo de inteligencia artificial medio año antes puede significar captar a millones de usuarios, esta diferencia tiene un valor extraordinario. Nvidia, por tanto, no vende únicamente silicio. Vende velocidad, escala y tiempo. Y el tiempo es probablemente la mercancía más cara de Silicon Valley.
El dilema de Zuckerberg
Mark Zuckerberg conoce bien el riesgo de depender de plataformas ajenas. Durante años, el negocio de Meta ha estado condicionado por los sistemas operativos de Apple y Google, que controlan los teléfonos desde los que se accede a Facebook, Instagram o WhatsApp. Cuando Apple modificó sus normas de privacidad, Meta comprobó cómo una decisión tomada fuera de su sede podía afectar profundamente a su modelo publicitario.
La inteligencia artificial amenazaba con repetir la historia, pero a una escala todavía mayor.
Meta gestiona servicios utilizados diariamente por miles de millones de personas. Cada recomendación de Instagram, cada anuncio seleccionado por Facebook y cada futura respuesta generada por Meta AI exigen capacidad de cálculo. Una consulta individual puede parecer insignificante, pero cuando se multiplica por una comunidad global, el resultado es una demanda colosal de electricidad, centros de datos y procesadores.
Si Meta quiere integrar asistentes inteligentes en WhatsApp, Instagram y Facebook, no le basta con entrenar un gran modelo. Después tiene que ejecutarlo continuamente para miles de millones de usuarios. Esta fase, conocida como inferencia, puede acabar representando una parte enorme del coste total de la inteligencia artificial.
Es aquí donde la dependencia de Nvidia se convierte en un problema estratégico. Si la oferta de procesadores es insuficiente, si las entregas se retrasan o si el precio de la infraestructura aumenta, Meta no controla completamente el calendario de su propia revolución tecnológica.
Su respuesta ha sido desarrollar la familia de chips MTIA, las siglas de Meta Training and Inference Accelerator. No se trata de una nueva empresa independiente de microchips, sino de un programa de silicio propio integrado dentro de la estrategia de infraestructuras de Meta. El objetivo es diseñar aceleradores adaptados a tareas específicas, como ordenar contenidos, generar recomendaciones y ejecutar servicios de inteligencia artificial con mayor eficiencia. Meta prevé desplegar varias generaciones nuevas de MTIA y ha reforzado la colaboración con empresas como Broadcom y Arm para acelerar su desarrollo.
Esto no significa que Zuckerberg esté rompiendo con Nvidia. Meta insiste en que seguirá una estrategia de cartera, combinando los chips propios con hardware de varios proveedores. De hecho, la compañía también ha anunciado acuerdos para diversificar su infraestructura con AMD. La meta no es conseguir una independencia absoluta, sino evitar que todo su futuro dependa de una única puerta de entrada.
La guerra de independencia de Silicon Valley
Meta no es la única que intenta reducir el peaje de Nvidia. Google lleva años utilizando sus TPU para entrenar y ejecutar modelos. Amazon ha desarrollado Trainium e Inferentia para los clientes de su nube. Microsoft trabaja en los aceleradores Maia, mientras que Tesla ha dedicado recursos a la plataforma Dojo. Apple ya había demostrado que diseñar procesadores propios podía permitirle abandonar Intel y controlar mejor la evolución de sus productos.
Todas han llegado a una conclusión similar: cuando una tecnología se convierte en el núcleo del negocio, delegar completamente su control es peligroso.
Esta estrategia no implica necesariamente construir un competidor directo de los procesadores más avanzados de Nvidia. Las GPU son herramientas muy flexibles, capaces de gestionar una gran variedad de modelos y aplicaciones. En cambio, un chip personalizado puede estar optimizado para ejecutar unas pocas funciones repetitivas de manera más barata y eficiente.
La comparación es similar a la diferencia entre una navaja suiza y una herramienta industrial creada para realizar siempre el mismo movimiento. La navaja sirve para muchas situaciones; la herramienta específica puede ser muy superior cuando hay que repetir una tarea miles de millones de veces. Por eso, Nvidia puede continuar dominando el entrenamiento de los modelos más exigentes mientras sus clientes le van arrebatando, gradualmente, determinadas cargas de trabajo. El riesgo para la compañía no es que Meta, Google o Amazon dejen de comprarle procesadores mañana, sino que aprendan a reservarlos únicamente para las tareas en las que sean realmente imprescindibles.
TSMC, la fábrica que sostiene la revolución
La historia se complica todavía más cuando descubrimos que Nvidia tampoco es completamente independiente. La empresa diseña sus procesadores, pero no dispone de las fábricas necesarias para producirlos a gran escala. Esta responsabilidad recae principalmente en TSMC, el gigante taiwanés que también fabrica microchips para Apple, AMD, Qualcomm y cientos de otros clientes.
TSMC es el gran especialista mundial en la fabricación por encargo. Su ventaja procede de décadas de experiencia, inversiones enormes y una capacidad extraordinaria para fabricar estructuras cada vez más pequeñas sin perder rendimiento ni fiabilidad. En 2025, los procesos avanzados de siete nanómetros o menos ya representaban el 74 % de sus ingresos por obleas, un dato que muestra hasta qué punto la compañía se ha situado en el centro de la tecnología más sofisticada. Ese mismo año fabricó más de 12.000 productos diferentes para 534 clientes.
Esta concentración explica por qué Taiwán tiene una importancia que supera ampliamente su dimensión territorial. Una interrupción grave de las fábricas de TSMC no afectaría únicamente a Nvidia. Sacudiría la producción de teléfonos, ordenadores, automóviles, equipos de telecomunicaciones y centros de datos en todo el mundo.
A menudo se habla del «escudo de silicio» taiwanés: la idea de que la importancia de TSMC ofrece a la isla una cierta protección geopolítica porque ninguna gran potencia puede permitirse que su producción desaparezca. Pero un escudo también puede ser una vulnerabilidad. Cuanto más depende el mundo de un pequeño número de fábricas, más devastadoras pueden ser las consecuencias de un conflicto o de un bloqueo.
ASML, la empresa que fabrica lo imposible
Todavía existe otro nivel de dependencia. Para producir los microchips más avanzados, TSMC necesita unas máquinas que únicamente puede suministrar una empresa neerlandesa: ASML.
Estas máquinas utilizan litografía ultravioleta extrema, conocida como EUV, para proyectar patrones microscópicos sobre las obleas de silicio. Trabajan con luz de una longitud de onda de 13,5 nanómetros, próxima a la de los rayos X, y permiten fabricar los circuitos que alimentan las generaciones más modernas de procesadores. Las nuevas plataformas de ASML ya están diseñadas para dar soporte a la producción de chips de dos nanómetros y, en algunos casos, inferiores.
El proceso es tan complejo que parece extraído de la ciencia ficción. Para generar la luz necesaria, la máquina dispara pulsos láser sobre pequeñas gotas de estaño hasta convertirlas en plasma. Después, un sistema de espejos de una precisión extraordinaria dirige esta luz para imprimir las formas del circuito.
ASML no fabrica los cerebros digitales del siglo XXI. Fabrica la herramienta sin la cual nadie podría construirlos. Esta posición la ha convertido en una pieza central de la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, porque controlar el acceso a la litografía avanzada equivale a controlar, en parte, quién puede fabricar los procesadores del futuro.
La cadena queda así expuesta con toda claridad: Meta necesita aceleradores para desplegar su inteligencia artificial; Nvidia diseña muchos de los más potentes; TSMC los fabrica, y ASML proporciona las máquinas que hacen posible esta fabricación. Las empresas que aparentemente dominan el mundo digital dependen, a su vez, de una red industrial estrecha, costosa y geográficamente vulnerable.
El poder ya no sale del subsuelo
Durante el siglo XX, las grandes potencias se disputaban pozos de petróleo, minas, puertos y rutas marítimas. El siglo XXI no ha eliminado aquellas luchas, pero ha añadido un nuevo recurso estratégico: la capacidad de cálculo.
Este poder no se extrae directamente de la tierra. Se fabrica en salas blancas donde una partícula microscópica puede arruinar una producción multimillonaria, dentro de máquinas que trabajan con una precisión difícil de imaginar y mediante una cadena de suministro que atraviesa continentes.
La batalla entre Meta y Nvidia es, por tanto, únicamente una parte de una transformación mucho más profunda. Zuckerberg no pretende destruir Nvidia, sino recuperar suficiente autonomía para decidir su propio ritmo. Google, Amazon, Microsoft y el resto de gigantes persiguen el mismo objetivo.
Nvidia continúa siendo la gran vencedora de la explosión de la inteligencia artificial. Pero su éxito contiene también la semilla del principal desafío que tendrá que afrontar: cuanto más poder acumula, más incentivos da a sus clientes para buscar una salida. La guerra de los microchips no decidirá únicamente quién fabrica el procesador más rápido. Decidirá quién controla el coste, la velocidad y el acceso a la infraestructura que está redefiniendo la economía mundial. Y ninguna de las grandes tecnológicas parece dispuesta a dejar este poder, indefinidamente, en manos de un solo hombre con una cazadora negra de cuero.
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