La guerra por el dinero: la erosión del dólar

En el capítulo anterior vimos una paradoja: mientras gobiernos y bancos centrales buscan alternativas al dólar, las stablecoins están contribuyendo a digitalizarlo y extenderlo por nuevas redes financieras. Pero esto solo explica una parte de la historia. ¿El dólar está perdiendo poder o simplemente está mutando?

 

Al mismo tiempo, el oro gana peso, China reduce su dependencia financiera de Estados Unidos y las economías emergentes buscan comerciar con sus propias monedas. Hay indicios de desdolarización, sin duda. La cuestión es otra: ¿estamos asistiendo al final de la hegemonía del dólar o a su transformación?

 

Una hegemonía que se erosiona lentamente

La desdolarización no es un fenómeno nuevo. En La Plaça ya la analizábamos hace años como una tendencia vinculada al ascenso de China, las sanciones económicas y la voluntad de diversas potencias de escapar de la dependencia financiera de Estados Unidos. Desde entonces, el proceso se ha acelerado, pero no de la manera fulminante que a menudo sugieren algunos titulares.

Los últimos datos del Fondo Monetario Internacional muestran que el dólar representaba el 56,7% de las reservas mundiales de divisas durante el segundo trimestre de 2026. Continúa siendo, de largo, la principal moneda de reserva, pero su posición se ha erosionado respecto al peso superior al 70% que tenía a comienzos de siglo.

Esta disminución es significativa, pero hay que interpretarla bien. Que los bancos centrales reduzcan gradualmente el porcentaje de dólares de sus reservas no significa que los estén sustituyendo masivamente por una nueva moneda dominante. Por el momento, ni el euro ni el yuan han conseguido ocupar este espacio. Lo que está apareciendo es un sistema más diversificado, en el que los estados reparten riesgos entre diferentes monedas y activos. Y aquí entra en escena un viejo conocido: el oro.

 

El oro vuelve a las cámaras acorazadas

Los bancos centrales han vuelto a comprar oro a un ritmo que hacía décadas que no se veía. Según el World Gold Council, durante los últimos cuatro años han adquirido una media aproximada de 1.000 toneladas anuales, el doble de las 500 toneladas anuales de media de la década anterior.

La tendencia continúa. Durante el segundo trimestre de 2026 las compras netas llegaron a las 289 toneladas y, según la encuesta anual del mismo organismo, el 89% de los responsables de reservas consultados espera que las reservas de oro de los bancos centrales continúen aumentando durante los próximos doce meses. Un 45% afirma que su propia institución prevé comprar más.

No es difícil entender por qué. Un bono del Tesoro estadounidense es un activo denominado en dólares y vinculado, en última instancia, al sistema financiero de Estados Unidos. El oro no es el pasivo de ningún gobierno. No depende de la solvencia de un emisor y, si se custodia dentro del propio país, tampoco necesita una infraestructura financiera extranjera para existir. Esta característica ha ganado importancia en un mundo en el que las finanzas también se han convertido en un arma geopolítica.

 

Cuando el dólar también es poder

El punto de inflexión llegó con la invasión rusa de Ucrania en 2022. Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados inmovilizaron una parte sustancial de los activos del Banco Central de Rusia mantenidos en el extranjero. Más allá de la justificación política de las sanciones, el mensaje para el resto del mundo fue inequívoco: las reservas internacionales no son necesariamente neutrales cuando estalla un conflicto geopolítico.

Para China, Rusia y otros países que pueden imaginar un futuro enfrentamiento con Washington, esta constatación modifica el cálculo. La pregunta ya no es solo qué activo ofrece más rentabilidad o liquidez, sino hasta qué punto es prudente depender de un sistema financiero controlado por un posible adversario.

Esto ayuda a explicar el interés por el oro, pero también los esfuerzos por utilizar monedas locales en el comercio bilateral. China ha impulsado el uso internacional del yuan, mientras los BRICS han convertido la reducción de la dependencia del dólar en una parte recurrente del debate sobre un orden mundial más multipolar. Sin embargo, querer reducir una dependencia es mucho más fácil que sustituir el sistema que la ha creado.

 

El problema de encontrar un sustituto

La hegemonía del dólar no existe simplemente porque Estados Unidos sea la principal potencia occidental. Detrás hay uno de los mercados financieros más profundos y líquidos del mundo, una gran disponibilidad de activos denominados en dólares y décadas de integración del comercio, el crédito y las finanzas internacionales alrededor de la moneda estadounidense.

Esta red genera un efecto difícil de romper. Una empresa acepta dólares porque sabe que sus proveedores también los aceptarán. Un banco concede financiación en dólares porque hay demanda. Y los inversores compran activos denominados en esta moneda porque existe un mercado enorme donde venderlos cuando lo necesiten.

Es el mismo principio que explica por qué cuesta tanto sustituir una red social o una plataforma digital dominante: su valor no depende solo de la tecnología, sino de cuánta gente ya la utiliza.

El yuan, por ejemplo, tiene detrás la segunda economía más grande del planeta y un peso comercial extraordinario, pero China mantiene controles de capitales y un sistema financiero mucho más intervenido que el estadounidense. El euro dispone de un enorme mercado económico, pero no tiene un activo soberano único comparable en escala y profundidad a la deuda federal de Estados Unidos. Y el oro, a pesar de recuperar protagonismo como reserva de valor, difícilmente puede sustituir por sí solo la infraestructura de crédito necesaria para mover la economía mundial. 

Por eso, el futuro puede ser menos revolucionario y al mismo tiempo más profundo de lo que parece.

 

De la hegemonía al mundo multipolar

Es posible que no aparezca ninguna moneda capaz de destronar al dólar de un día para otro. Lo que puede estar emergiendo es un sistema monetario más fragmentado: más oro en las reservas, más operaciones comerciales en monedas locales, más yuan en determinadas regiones y, paralelamente, un dólar que continúa dominando grandes áreas de las finanzas internacionales y que, como vimos en el primer capítulo, encuentra nuevas vías de expansión digital.

Esto obliga a matizar el propio concepto de desdolarización. No estamos necesariamente ante una sustitución, sino ante una diversificación del poder monetario. El dólar puede perder cuota relativa sin dejar de ser imprescindible. Y esta diferencia es fundamental, porque las hegemonías raramente desaparecen en el momento en que empiezan a retroceder. A menudo pasan primero por una larga etapa en la que conviven con los sistemas que intentan sustituirlas.

La gran incógnita es hasta dónde puede llegar esta transformación. Si más países comercian entre ellos sin utilizar el dólar, acumulan oro y desarrollan sistemas financieros alternativos, Washington tendrá menos capacidad para convertir su moneda en una herramienta de poder. Pero para que esta autonomía sea real no basta con cambiar la moneda utilizada en una transacción. También hay que decidir por qué infraestructura circulará ese dinero. Y aquí es donde la guerra monetaria entra en una nueva dimensión.

Porque un país puede pagar en yuanes, euros, rupias o dólares, pero el poder no reside únicamente en el nombre de la moneda. También reside en los bancos que procesan la operación, las redes que transmiten las órdenes, las cámaras que liquidan los pagos y las jurisdicciones capaces de bloquearlos. Quizás, por tanto, la pregunta definitiva del siglo XXI no será qué moneda domina el mundo, sino ¿quién controla las tuberías por las que circula el dinero?

 

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