El campesinado: la otra reserva estratégica

Hay una pregunta incómoda que Cataluña y Europa llevan demasiado tiempo evitando: ¿qué ocurre cuando un país todavía tiene dinero, pero ya no controla lo que come? La respuesta es sencilla y brutal. Que la soberanía es una ilusión. Por eso, cuando en 11Onze defendemos que hay que pensar como el gobernador de tu propio banco central, no hablamos solo de oro. Hablamos también de alimentos. De aquello que no se puede imprimir. De aquello que sostiene la vida cuando las cadenas globales fallan, los precios se disparan o la política da la espalda al territorio.

 

Durante años, el sector primario se ha tratado como una reliquia romántica. Como si el campesinado fuera un recuerdo del pasado y no una infraestructura crítica del presente. Pero la realidad se ha vuelto tozuda. La inflación alimentaria, la sequía, la dependencia exterior, el envejecimiento del campo y las protestas agrarias en toda Europa han recordado una verdad elemental: sin campesinado no hay seguridad alimentaria, y sin seguridad alimentaria no hay estabilidad económica ni política.

Cataluña lo vive en primera persona. Según el Idescat, el número de explotaciones agrarias ha caído de 54.972 en 2020 a 48.725 en 2023. Es una caída muy rápida en muy poco tiempo. Al mismo tiempo, la superficie agraria utilizada también se ha reducido. No hablamos, por tanto, solo de un cambio estadístico. Hablamos de capacidad productiva que desaparece, de conocimiento que se pierde y de territorio que queda más expuesto.

El dato más preocupante, sin embargo, no es solo cuántas explotaciones cierran, sino quién queda al frente de las que sobreviven. El propio Departamento de Agricultura recuerda, en las nuevas bases de ayuda para la sucesión de explotaciones, que en Cataluña el 40,92% de los jefes de explotación tienen 65 años o más, mientras que los menores de 35 años son solo el 4,12%. Es decir: el relevo generacional no es un reto futuro. Es una emergencia presente.

 

El campesinado como seguro colectivo

En Europa, el dibujo es parecido. Eurostat constata que en 2020 había 9,1 millones de explotaciones agrarias en la UE, 5,3 millones menos que en 2005. En quince años se ha evaporado cerca del 37% de las granjas europeas. Además, el 57,6% de los gestores agrarios tenían 55 años o más, y solo el 11,9% eran menores de 40 años. Sí, la UE sigue siendo una gran potencia agroalimentaria. Pero lo es sobre una base cada vez más envejecida, concentrada y frágil.

Este deterioro no se explica por una sola causa. Es una suma de asfixias. Por un lado, los agricultores llevan años denunciando precios en origen insuficientes, un poder excesivo de la gran distribución y la competencia de productos importados que no siempre soportan los mismos estándares que se exigen aquí. Esto ya lo advertíamos en 11Onze en 2021: cuando producir deja de ser rentable, el sistema no se abarata, se desmantela.

Por otro lado, Bruselas ha tenido que admitir que las protestas de 2024 no eran ninguna anécdota. La propia Comisión Europea reconoce que el primer año de aplicación de los planes de la PAC coincidió con el impacto de la guerra de Ucrania, el encarecimiento de costes y fenómenos climáticos adversos, y por ello ha impulsado paquetes de simplificación en 2024 y 2025 para reducir la carga administrativa y dar más flexibilidad a los agricultores. Cuando la burocracia tiene que simplificarse con urgencia, es que antes se había convertido en una losa.

El campesinado también es infraestructura estratégica

En Cataluña, además, la sequía ha actuado como un acelerador de todas las vulnerabilidades. La Agencia Catalana del Agua admite que el episodio de sequía vivido entre principios de 2021 y marzo de 2025 ha superado todos los episodios históricos por extensión, intensidad y duración. Esto no es un detalle meteorológico. Es un golpe estructural sobre la producción de alimentos. Y cuando el agua falla, falla mucho más que una cosecha: falla la confianza en la continuidad del sistema.

Por eso es un error pensar el campesinado solo como un sector económico. El campesinado es también una reserva estratégica. Igual que el oro es una reserva monetaria porque preserva valor fuera del sistema de promesas financieras, la producción alimentaria es una reserva física porque asegura el acceso a lo esencial fuera de la fragilidad de las cadenas globales. El oro no se puede imprimir. El trigo tampoco. Una moneda puede perder credibilidad. Una cosecha, si existe y es cercana, sigue alimentando.

Esta es la gran intuición del artículo sobre tu propio banco central: un patrimonio serio no se construye solo con números en pantalla, sino con activos reales. Activos sin riesgo de contrapartida o con utilidad inmediata. El oro cumple la primera función: proteger poder adquisitivo y actuar como seguro frente a los errores del sistema monetario. No es casualidad que en 2025 la demanda global de oro, incluyendo OTC, superara por primera vez las 5.000 toneladas, ni que los bancos centrales añadieran 863 toneladas más. El mercado está diciendo con dinero real que la confianza en los activos tangibles aumenta.

Los alimentos cumplen la segunda función: sostener la vida y la cohesión social. Sin comida, no hay orden económico que aguante. Y por eso es tan grave que Europa haya tolerado durante años la desaparición de millones de explotaciones mientras confiaba en que el mercado global haría el resto. Los mercados globales funcionan muy bien hasta que dejan de hacerlo. Lo vimos con la pandemia. Lo vimos con la guerra. Lo hemos visto con la energía. Y lo volveremos a ver con la alimentación si seguimos arrinconando al campesinado.


Por qué el campo es un seguro de país

Hay quien todavía ve el apoyo al campo como un gasto. Es justo al revés. Es un seguro colectivo. Tener un campesinado local viable significa tener más capacidad para amortiguar choques externos, más control sobre precios y suministro, más empleo arraigado en el territorio y más autonomía frente a decisiones tomadas lejos del país. La DUN de 2026 ya se prevé para 45.000 explotaciones agrarias de Cataluña. La cifra, por sí sola, ya indica dos cosas a la vez: el sector sigue vivo, pero el margen para perder más base productiva es cada vez menor.

El debate de fondo, por tanto, no es agrícola. Es civilizatorio. ¿Queremos ser una sociedad que todavía sabe producir lo que come o una sociedad que solo sabe comprarlo? ¿Queremos tener reservas reales o seguir dependiendo exclusivamente de estructuras financieras, logísticas y políticas que no controlamos? Cuando un país abandona a su campesinado, no solo pierde campesinos. Pierde soberanía. Pierde resiliencia. Pierde futuro.

En 11Onze lo tenemos claro. Si quieres pensar como el gobernador de tu propio banco central, tienes que entender que tu seguridad no depende solo de la cuenta corriente. Depende también de cómo proteges tu ahorro con activos reales, como el oro físico, y de cómo defiendes los ecosistemas que hacen posible la vida, empezando por el campesinado y la producción de alimentos. Porque la riqueza de verdad no es solo conservar valor. Es conservar capacidad de vivir. Y eso significa proteger aquello que no se puede imprimir: el oro que preserva el patrimonio y el campesinado que nos alimenta.

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