
¿Con la IA trabajaremos menos y viviremos mejor?
La idea de que las nuevas tecnologías nos liberarán de los trabajos más pesados y nos permitirán dedicar más tiempo a la familia, al ocio y al desarrollo personal no es nueva. Desde la mecanización agrícola hasta la revolución industrial, cada gran transformación ha venido acompañada de la promesa de una mejor vida.
La llegada de la inteligencia artificial (IA) ha reactivado este viejo sueño: ¿podría ser el inicio de una nueva era de prosperidad compartida? O, por el contrario, ¿estamos ante una nueva fase de precarización y concentración de poder?
La historia nos muestra una paradoja del progreso. La tecnología siempre ha aumentado la productividad, pero esto no se ha traducido automáticamente en mayor bienestar. El ejemplo más claro es la jornada laboral: fueron necesarias décadas de lucha sindical para que se reconociera la jornada de ocho horas, aunque las máquinas ya permitían trabajar mucho más eficientemente.
Hoy, la misma tensión se repite. Un estudio del AMB cifra en 1.516,73 euros mensuales el salario mínimo necesario para vivir dignamente, una cantidad muy superior al salario mínimo interprofesional vigente. La productividad ha crecido, pero los salarios y condiciones de vida no siempre han seguido el mismo ritmo.
Plena presencia de la IA
La IA ya está presente en todos los sectores: optimiza procesos industriales, sustituye tareas administrativas e incluso toma decisiones en el mundo financiero. Según la OCDE, más de una cuarta parte de los puestos de trabajo en Europa podrían verse afectados por la automatización. Esto podría significar menos carga laboral para las personas, pero también la pérdida masiva de trabajos repetitivos y la creación de una brecha entre quien controla la tecnología y quien sufre sus efectos. Las oportunidades existen —eficiencia, reducción de errores, liberación de tiempo— pero también los riesgos: desigualdad, desempleo y concentración de poder.
El debate no únicamente es económico, sino también político. Las tecnologías digitales, como las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC), muestran cómo la innovación puede tener dos caras: por un lado, prometen mayor eficiencia y seguridad en las transacciones; por otro, pueden limitar la privacidad y aumentar el control gubernamental sobre la ciudadanía. La IA, al igual que las CBDC, no es neutra: su impacto dependerá de quién la diseñe y con qué objetivos. En un contexto marcado por el capitalismo clientelar, el peligro es que los beneficios de la tecnología sirvan sobre todo para enriquecer a una minoría en detrimento del conjunto de la población.
Alternativas que equilibran la balanza
Sin embargo, existen alternativas que apuntan hacia un futuro más equilibrado. Varios países han experimentado con la semana laboral de cuatro días, con resultados positivos en productividad y bienestar. En Islandia, por ejemplo, un estudio que involucró a más del 1% de la población demostró mejoras en la salud y el equilibrio entre vida personal y laboral.
También se ha puesto sobre la mesa la idea de una renta básica universal como mecanismo para garantizar seguridad en un mundo con menos trabajos estables. Estas medidas, combinadas con la automatización, podrían hacer realidad el sueño de una sociedad que trabaje menos y viva mejor. De hecho, informes de la OCDE muestran que los países con menos horas laborales suelen registrar mayores índices de felicidad y mayores niveles de satisfacción vital.
¿Qué hacer con la IA?
Al final, la respuesta a la pregunta inicial no será definida por la IA en sí misma, sino por las decisiones colectivas que tomemos. Si las ganancias derivadas de la automatización se redistribuyen en forma de salarios dignos, reducción de jornada y mejora de los servicios públicos, la IA podría convertirse en una herramienta de liberación. Pero si, como ya ha ocurrido con otros avances, los beneficios quedan concentrados en unas pocas grandes corporaciones y se mantienen dinámicas extractivas, la promesa de una vida mejor podría convertirse en una distopía de mayor desigualdad y control.
La verdadera cuestión, pues, no es qué va a hacer la IA con nosotros, sino qué vamos a decidir hacer nosotros con la IA. El futuro no está escrito: depende de si la sociedad es capaz de transformar el progreso tecnológico en el progreso social. En La Plaça de 11Onze continuaremos siguiendo de cerca este debate para entender cómo la tecnología afecta a nuestras vidas y finanzas, y para prepararnos para un futuro que, si lo construimos colectivamente, podría ser mucho mejor.
11Onze es la comunidad fintech de Cataluña. Abre una cuenta descargando la app El Canut para Android o iOS. ¡Únete a la revolución!