
¿Por qué Europa ya no sabe fabricar coches asequibles?
Durante décadas, el automóvil ha sido una de las grandes fortalezas industriales de Europa. Pero el modelo que convirtió a Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW, Renault o Stellantis en referentes mundiales está bajo presión.
Producir en el continente es caro, la transición tecnológica exige inversiones multimillonarias y China ha construido una industria capaz de fabricar vehículos eléctricos a costes mucho más bajos. Las consecuencias ya son visibles: recortes de plantilla, fábricas sobredimensionadas y coches nuevos cada vez más difíciles de pagar. Una crisis industrial que, inevitablemente, también está transformando el mercado de segunda mano.
La crisis del automóvil europeo suele presentarse como una consecuencia de la transición hacia el vehículo eléctrico, pero el problema es más profundo. Europa sufre una combinación de costes elevados, exceso de capacidad productiva, dependencias tecnológicas y una competencia internacional cada vez más agresiva.
El sector sigue siendo enorme: representa aproximadamente un billón de euros del PIB europeo y da empleo directa o indirectamente a unos 13 millones de personas. Precisamente por eso, la propia Comisión Europea reconoce que la industria se encuentra en un “punto de inflexión crítico” ante la transformación tecnológica y el aumento de la competencia global.
Durante décadas, los fabricantes europeos perfeccionaron el motor de combustión hasta convertirlo en una de sus grandes ventajas competitivas. Ahora tienen que transformar fábricas, formar trabajadores e invertir miles de millones en baterías, software, electrónica y nuevas plataformas mientras continúan sosteniendo buena parte de la antigua estructura industrial. Es, en cierto modo, como tener que reconstruir el avión mientras sigue volando.
China ya no compite solo con mano de obra barata
El problema es que Europa afronta esta reconversión cuando sus competidores chinos ya han alcanzado una enorme escala en algunas de las tecnologías que definirán el coche del futuro.
Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), el coste de fabricar un vehículo eléctrico en China es más de un 30% inferior al de las economías avanzadas. Solo las celdas de batería son, de media, más de un 30% más baratas que en Europa. No es únicamente una cuestión salarial: intervienen la escala productiva, la automatización, una cadena de suministro muy integrada y el acceso a componentes y minerales críticos. La diferencia continúa ampliándose. En 2025, los paquetes de baterías eran aproximadamente un 35% más baratos en China que en Europa.
Al mismo tiempo, el centro de gravedad mundial del automóvil se ha desplazado. China ya concentraba el 35,4% de la producción mundial de turismos en 2024, mientras que la producción de la Unión Europea retrocedía un 6,2%. Esto obliga a las marcas europeas a competir en precio mientras financian una costosa transformación industrial. Una combinación especialmente difícil.
Los recortes son el síntoma
Cuando las fábricas pueden producir muchos más coches de los que el mercado absorbe de manera rentable, tarde o temprano llega el ajuste.
Volkswagen acordó reducir más de 35.000 puestos de trabajo en Alemania hasta 2030 y recortar la capacidad productiva de sus plantas alemanas en unas 734.000 unidades. La propia compañía relaciona las medidas con el retroceso del mercado europeo y el aumento de la competencia.
La crisis se extiende a los proveedores. Bosch anunció en 2025 unos 13.000 puestos de trabajo adicionales a eliminar, sobre todo en la división de movilidad alemana, después de identificar una diferencia anual entre costes e ingresos de unos 2.500 millones de euros en esta área. La compañía señala directamente la caída de la demanda, la sobrecapacidad y la necesidad de recuperar competitividad.
Por tanto, los recortes no son el origen del problema, sino el resultado de una industria que necesita simultáneamente invertir más y gastar menos.
¿Dónde ha ido a parar el coche popular?
Para el consumidor, esta transformación tiene una consecuencia mucho más tangible: el coche nuevo se ha encarecido enormemente.
En España, el precio medio ofrecido por los concesionarios pasó de los 30.513 euros en 2019 a los 44.419 euros en 2025, un incremento del 45,6%, más del doble de la inflación acumulada durante el mismo periodo. El encarecimiento es aún más sorprendente en los segmentos tradicionalmente populares: los coches del segmento A subieron un 78,3% y los del segmento B un 46,7%.
No todo este aumento responde a la electrificación. Los vehículos incorporan más tecnología y sistemas obligatorios de seguridad, los costes de producción han aumentado y los problemas de suministro de la pandemia también dejaron huella. Pero las marcas han contribuido al fenómeno con una decisión comercial: priorizar vehículos más grandes, mejor equipados y con márgenes superiores.
En el mercado eléctrico europeo, por ejemplo, los SUV del segmento C y los modelos de segmentos superiores pasaron de representar el 28% de las ventas en 2020 al 64% en 2024.
La lógica empresarial es fácil de entender. Si una compañía vende menos coches, puede intentar compensarlo ganando más dinero por unidad. El problema aparece cuando esta estrategia convierte el coche, tradicionalmente un producto de masas, en un bien cada vez menos accesible para la clase media.
La segunda mano absorbe el golpe
Cuando el vehículo nuevo se vuelve demasiado caro, la necesidad de movilidad no desaparece. El comprador simplemente busca una alternativa.
En 2025 se vendieron en España 2,22 millones de turismos de segunda mano, casi dos por cada vehículo nuevo. Y el 57,3% de las operaciones correspondía a coches con más de diez años. Este dato expone una contradicción difícil de ignorar. Europa quiere acelerar la renovación del parque automovilístico para reducir emisiones, pero los precios elevados empujan a muchas familias a conservar el coche durante más años o a comprar uno antiguo. Si la renovación es económicamente inaccesible, la transición se frena por muy ambiciosa que sea la normativa.
Sin embargo, durante 2026 ha aparecido un giro interesante. La creciente competencia de nuevas marcas, muchas de ellas chinas, ha obligado a fabricantes y concesionarios a incrementar las promociones. En julio, el descuento medio sobre el precio de tarifa de los coches nuevos ya superaba el 14%, y el precio medio había bajado hasta los 43.477 euros. Continúa muy por encima del nivel de 2019, pero la tendencia ha empezado a cambiar.
Y esta guerra de precios ha llegado al mercado de ocasión. Los seminuevos de menos de un año habían reducido su precio medio casi un 10% en el primer trimestre de 2026 y, durante el primer semestre, la corrección ya afectaba incluso a los coches de más de diez años. Es una muestra de hasta qué punto la llegada de nuevos competidores puede alterar toda la cadena.
Europa necesita recuperar el coche popular
La batalla de la industria europea no consiste simplemente en fabricar más coches eléctricos. Consiste en conseguir fabricarlos a un precio que permita venderlos masivamente sin destruir los márgenes de las empresas ni los puestos de trabajo que dependen de ellas.
Europa sigue teniendo marcas potentes, ingeniería, capital humano, una extensa red de proveedores y décadas de experiencia industrial. Pero la historia no garantiza la competitividad futura. Si sus fabricantes necesitan 40.000 o 50.000 euros para ofrecer un vehículo que un competidor puede vender considerablemente más barato, el problema no se resuelve únicamente con aranceles o regulaciones.
También hay que recuperar eficiencia, escala y, sobre todo, una idea que durante décadas fue fundamental para la industria europea: el coche popular. La paradoja es que Europa quiere renovar el parque, electrificar la movilidad y reducir emisiones, pero difícilmente lo conseguirá si una parte creciente de la población solo puede permitirse conducir un vehículo de quince años.
La gran pregunta, por tanto, no es solo si Europa será capaz de fabricar el coche del futuro. Es una mucho más elemental: si el ciudadano europeo podrá permitírselo.
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