¿Por qué EE. UU. fabrica más fortunas que Europa?

Imaginemos dos grandes fortunas. Una pasa de padres a hijos desde hace cuatro o cinco generaciones. La otra todavía no existía cuando su fundador empezó a trabajar. Ambas pueden valer miles de millones, pero explican dos maneras diferentes de entender la riqueza.

 

Durante siglos, Europa ha acumulado grandes patrimonios familiares. Estados Unidos, sin estar exento de dinastías, ha construido buena parte de su relato económico alrededor del emprendedor que crea una fortuna. ¿La diferencia es cultural o son los propios sistemas económicos los que nos enseñan a conservar o a arriesgar?

Sam Altman, fundador de OpenAI y una de las figuras más representativas de la nueva economía estadounidense, ha reflexionado sobre esta cuestión. En un texto publicado en 2017, titulado “American Equity”, advertía que los países que concentran la riqueza en un número reducido de familias tienden a obtener peores resultados a largo plazo. Su propuesta iba mucho más allá del emprendimiento y defendía distribuir mejor los beneficios del crecimiento, pero ponía sobre la mesa una cuestión interesante: ¿qué ocurre cuando la riqueza deja de circular y queda concentrada durante generaciones?

La pregunta, por tanto, no es si los estadounidenses son emprendedores y los europeos herederos. Los hay de ambos tipos a ambos lados del Atlántico. La cuestión interesante es otra: ¿por qué Estados Unidos ha sido mucho más eficiente durante las últimas décadas a la hora de convertir ideas, empresas y riesgo en nuevas grandes fortunas?

 

Cuando la riqueza europea tenía tierras, apellido y herederos

Para entender esta diferencia debemos empezar mucho antes de Silicon Valley. Durante siglos, en Europa, ser rico significaba sobre todo poseer tierras. La tierra generaba rentas, alimentos y poder político. Las grandes familias aristocráticas protegían el patrimonio mediante herencias, matrimonios y mecanismos jurídicos destinados a evitar su fragmentación. El objetivo principal no era multiplicarlo asumiendo grandes riesgos, sino conservarlo para que llegara a la siguiente generación.

La Revolución Industrial empezó a romper este modelo. La fábrica disputó a la tierra el papel de gran generador de riqueza y apareció una nueva clase empresarial. Pero muchas de aquellas fortunas industriales también se convirtieron, con el tiempo, en patrimonios familiares. Todavía hoy podemos observar esta continuidad en algunas de las empresas europeas más conocidas. Detrás de BMW sigue teniendo un peso determinante la familia Quandt; Hermès mantiene una fuerte vinculación con los descendientes del fundador, y una parte significativa de L’Oréal sigue asociada a la familia Bettencourt Meyers.

Esto no significa que sean empresas inmovilistas. Muchas han innovado, crecido y creado miles de puestos de trabajo. Pero ejemplifican una característica de la riqueza europea: una parte importante del gran capital ha tenido tiempo para convertirse en capital multigeneracional.

Y hoy esta transmisión sigue acelerándose. Según el Billionaire Ambitions Report 2025 de UBS, solo durante ese año 91 herederos recibieron 297.800 millones de dólares, la cifra más elevada registrada por el informe. Europa occidental fue el epicentro: 48 herederos recibieron 149.500 millones, más del doble de los 86.500 millones heredados en América del Norte. Al otro lado del Atlántico, mientras tanto, se había ido construyendo un relato diferente.

 

De Carnegie a Jobs: la invención del self-made man

Andrew Carnegie llegó a Estados Unidos desde Escocia cuando era un niño y acabaría construyendo uno de los grandes imperios siderúrgicos del siglo XIX. Henry Ford, hijo de una familia de granjeros de Michigan, transformó la fabricación de automóviles. Un siglo después, Steve Jobs cofundó Apple y Jeff Bezos convirtió una librería en línea llamada Amazon en una de las empresas más grandes del planeta.

Sus historias son muy diferentes y sería ingenuo afirmar que todos los grandes empresarios estadounidenses empezaron literalmente de cero. La educación, los contactos, el acceso al crédito o una familia capaz de absorber el riesgo de un fracaso también son formas de capital. Pero estos nombres alimentaron una idea profundamente arraigada en el imaginario estadounidense: la fortuna no solo se recibe; también se puede construir.

Primero fueron el ferrocarril, el acero y el petróleo. Después el automóvil y el consumo de masas. Más tarde los ordenadores, Internet y las plataformas digitales. Cada gran revolución tecnológica estadounidense ha creado una nueva generación de empresas y, con ellas, nuevas fortunas. La dimensión del fenómeno es difícil de ignorar. UBS calcula que el 74% de los 924 multimillonarios que había en Estados Unidos en 2025 habían creado su propia fortuna.

Mario Draghi resumió la diferencia con Europa con un dato todavía más contundente. Cuando presentó su informe sobre competitividad europea, señaló que ninguna empresa de la UE creada desde cero durante los cincuenta años anteriores había superado los 100.000 millones de euros de capitalización, mientras que en Estados Unidos seis empresas creadas durante ese mismo periodo habían superado el billón de euros. No es que Europa haya dejado de tener emprendedores. El problema parece aparecer cuando estos intentan convertir una buena empresa en un gigante mundial.

 

De Zara a Spotify: Europa también sabe crear fortunas

Amancio Ortega es probablemente el mejor contraejemplo a cualquier caricatura de una Europa dominada por los herederos. Inició su actividad textil en 1963, creó Confecciones Goa en 1972 y tres años después fundó Zara. Aquel negocio acabaría convirtiéndose en Inditex, uno de los grandes grupos textiles mundiales. Y no es un caso aislado.

Quizás el nombre de Daniel Ek no sea tan reconocido como el de Mark Zuckerberg, pero casi todo el mundo conoce la empresa que fundó: Spotify. Ek ya había creado una empresa de publicidad digital antes de fundar Spotify en 2006 junto con Martin Lorentzon.

Aquí tenemos una comparación interesante. Spotify y Facebook nacieron con solo dos años de diferencia. Daniel Ek y Mark Zuckerberg pertenecen prácticamente a la misma generación y ambos crearon productos digitales capaces de llegar a cientos de millones de personas. Pero Facebook acabaría convirtiéndose en Meta y en una de las corporaciones tecnológicas más grandes del mundo. Spotify es un éxito empresarial europeo extraordinario, pero juega en otra escala.

También podemos mirar hacia las finanzas. El nombre de Nik Storonsky es menos conocido que el de Jeff Bezos, pero millones de europeos conocen Revolut, la empresa que cofundó con Vlad Yatsenko en 2015. Ortega, Ek o Storonsky demuestran que Europa no tiene un problema de ausencia de emprendedores. Para entender la diferencia debemos mirar qué ocurre después de que una empresa haya nacido.

 

Tener una idea es una cosa. Convertirla en un imperio, otra

Imaginemos dos emprendedores con una empresa tecnológica prometedora. Uno trabaja en Barcelona; el otro, en San Francisco. Ambos necesitan cinco millones para empezar. Después cincuenta. Más adelante, doscientos. Es en este momento cuando la geografía empieza a importar.

Según el Banco Central Europeo, los fondos de capital riesgo ubicados en Estados Unidos acumulan aproximadamente 930.000 millones de euros, frente a unos 150.000 millones en la Unión Europea. Es decir, el mercado estadounidense es unas seis veces mayor. Y la diferencia es especialmente importante en las fases avanzadas, cuando una empresa necesita grandes cantidades de capital para dar el salto de una start-up prometedora a una multinacional. Esto cambia la partida.

Una empresa puede nacer con una buena idea y unos cuantos ingenieros. Pero construir fábricas, entrar en cincuenta países, contratar a miles de trabajadores o competir con multinacionales requiere capital. Aquí aparece una de las diferencias esenciales entre ambos modelos: Europa es capaz de crear empresas; Estados Unidos ha construido una maquinaria extraordinariamente potente para hacerlas crecer. No es solo una cuestión de dinero. También intervienen la profundidad de los mercados financieros, la fragmentación regulatoria europea, la dimensión del mercado interior y la capacidad de los inversores para asumir riesgos elevados.

Draghi lo explicaba con otro dato revelador: entre 2008 y 2021, cerca del 30% de los unicornios fundados en Europa trasladaron su sede al extranjero, principalmente a Estados Unidos. El talento había nacido aquí. La empresa también. Pero el capital necesario para dar el siguiente salto a menudo estaba al otro lado del Atlántico. Esto obliga a reinterpretar la supuesta diferencia de mentalidad. Quizás Europa no tenga menos personas dispuestas a arriesgar. Quizás tenga un sistema que les hace más difícil seguir arriesgando cuando llega el momento de crecer.

 

Cuando el nuevo rico se convierte en viejo rico

Pero la historia tiene un giro interesante. Toda fortuna creada desde cero puede acabar convertida en una fortuna heredada. Walmart es probablemente uno de los ejemplos más claros. Sam Walton construyó el negocio que acabaría convirtiéndose en el gigante mundial de la distribución. Décadas después de su muerte, las estructuras vinculadas a la familia Walton siguen controlando una parte enorme de la compañía. En 2025, Walmart informaba de que aproximadamente el 45% de sus acciones estaban en manos de entidades relacionadas con la familia del fundador y de que miembros de tres generaciones de los Walton habían formado parte del consejo de administración. Es difícil encontrar una metáfora mejor.

Una de las grandes fortunas creadas por un emprendedor estadounidense se ha convertido, con el paso del tiempo, en una enorme fortuna familiar transmitida entre generaciones. El fenómeno se extenderá mucho más durante los próximos años. UBS calcula que los actuales multimillonarios estadounidenses transferirán unos 2,8 billones de dólares a sus herederos durante los próximos quince años. El capitalismo estadounidense que durante décadas ha producido new money está fabricando también su propio old money. Y aquí Europa y Estados Unidos vuelven a encontrarse.

 

¿Mentalidad o sistema?

Es tentador pensar que los estadounidenses son culturalmente más emprendedores y los europeos más conservadores. Pero esta explicación es demasiado fácil. Una sociedad también aprende qué significa asumir riesgos a través de sus instituciones. Si existen inversores dispuestos a financiar una idea aunque pueda fracasar, asumir riesgos resulta más fácil. Si una empresa puede acceder rápidamente a un mercado continental homogéneo, crecer es más sencillo. Si los mercados de capitales pueden proporcionar cientos de millones cuando llega el momento de escalar, el emprendedor no necesita vender la empresa antes de tiempo o buscar el capital fuera.

Cuando estas condiciones no existen, conservar patrimonio puede ser una decisión perfectamente racional. Quizás, por tanto, la mentalidad no solo crea el sistema. El sistema también acaba creando la mentalidad.

Esto nos devuelve a la reflexión de Sam Altman. Él mismo ha advertido que la concentración de riqueza en pocas manos puede convertirse en un problema y que la automatización puede acentuar esta tendencia si los beneficios del crecimiento no llegan al conjunto de la sociedad. Crear fortunas, por tanto, no es necesariamente sinónimo de crear prosperidad compartida. Pero una economía que deja de generar nuevas empresas también corre el riesgo de depender cada vez más de las fortunas, las empresas y los sectores que creó en el pasado.

 

La fortuna más importante es la que todavía no existe

Europa no necesita más multimillonarios para ser una economía mejor. Necesita que una buena idea tenga posibilidades reales de convertirse en una gran empresa en Barcelona, París o Berlín sin tener que marcharse a San Francisco para encontrar el capital necesario.

Amancio Ortega, Daniel Ek o Nik Storonsky demuestran que el emprendimiento no es patrimonio estadounidense. Los Walton demuestran, al mismo tiempo, que la herencia tampoco es patrimonio europeo. Por eso, la cuestión decisiva no es si una sociedad tiene muchos ricos. Ni siquiera si esos ricos han heredado o creado su fortuna. La pregunta es otra: cuando aparezca la próxima gran idea, ¿encontrará capital para crecer o tendrá que marcharse para encontrarlo?

Europa dispone de ahorro, talento, universidades, investigadores y emprendedores. El reto es conseguir que este enorme patrimonio no sirva únicamente para proteger la riqueza creada en el pasado, sino también para financiar la que todavía no existe.

Porque administrar bien una fortuna es importante. Pero una economía que solo conserva acaba viviendo de lo que construyeron las generaciones anteriores. Y quizás sea aquí, más que en una supuesta diferencia de carácter entre europeos y estadounidenses, donde se decide quién administrará la riqueza del pasado y quién creará la del futuro.

En La Plaça de 11Onze seguimos analizando las grandes transformaciones económicas que explican cómo se crea, se conserva y se transmite la riqueza. Porque entender el dinero también significa entender las estructuras que deciden quién puede arriesgar, quién puede crecer y quién acaba convirtiendo una idea en patrimonio.

 

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