
Educar para ser libres
Las reivindicaciones del profesorado van mucho más allá de un conflicto laboral: son una advertencia sobre el futuro de una sociedad que corre el riesgo de convertir el conocimiento en un privilegio. Cuando una sociedad abandona la escuela pública, abandona su futuro.
Las movilizaciones del profesorado que se han repetido durante los últimos años en Cataluña no son solo un conflicto laboral. Son el síntoma de un problema mucho más profundo. Cuando maestros y profesores reclaman menos alumnos por aula, más personal de apoyo, menos burocracia, salarios dignos y recursos para hacer posible una escuela inclusiva, no están hablando únicamente de sus condiciones de trabajo. Están advirtiendo de que uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad moderna se está resquebrajando.
En Cataluña, el malestar docente se ha expresado mediante huelgas, manifestaciones y protestas masivas. Las demandas son claras: más presupuesto, más profesionales, más apoyo psicológico y social, reducción de ratios y menos carga administrativa. En una protesta reciente en Barcelona, los docentes reclamaban “integradoras sociales y psicólogos” antes que más pantallas, una frase que resume perfectamente el fondo del debate: el problema de la escuela no es solo tecnológico, es humano.
La cuestión, por tanto, no es si los docentes tienen razón o no en una negociación concreta. La cuestión es si una sociedad puede permitirse ignorar a los profesionales que cada día ven, antes que nadie, las consecuencias de la desigualdad, la pobreza, la desestructuración familiar, la precariedad y la falta de recursos públicos.
Invertir en educación es invertir en prosperidad
La educación pública es probablemente la inversión más rentable que puede realizar un país. No existe ninguna otra política pública con una capacidad tan grande para transformar la economía, reducir desigualdades, mejorar la salud colectiva, aumentar la productividad, fortalecer la democracia y crear ciudadanos críticos. Sin embargo, paradójicamente, con demasiada frecuencia se la trata como un gasto más, una partida susceptible de ajustarse cuando los presupuestos no cuadran.
Los datos internacionales muestran una realidad difícil de rebatir. Los países que más apuestan por la educación pública son también los que suelen presentar mejores indicadores de cohesión social, innovación, confianza institucional y calidad democrática. Según datos del Banco Mundial, Suecia destinaba en 2022 un 7,3% de su PIB a educación, mientras que Dinamarca y Finlandia destinaban un 6,4%. España se situaba en el 4,6%, por debajo de la media de la Unión Europea, que era del 4,7%.
Esta diferencia no es únicamente contable. Es política. Los países nórdicos llevan décadas entendiendo la educación como una infraestructura estratégica. No como un servicio asistencial, ni como un gasto social, ni como un escaparate de reformas educativas. La entienden como la base de su modelo de sociedad.
Finlandia es el ejemplo más citado, pero a menudo solo se explica la superficie de su éxito. Este no se basa en una fórmula mágica, sino en una decisión colectiva muy clara: garantizar que cualquier escuela pública pueda ofrecer una educación de alto nivel. No se trata de crear unos cuantos centros excelentes para una minoría, sino de elevar el nivel general del sistema para que el lugar de nacimiento o la renta familiar no determinen el futuro de un niño.
Esta es la diferencia entre una sociedad que quiere aprovechar todo su talento y una sociedad que solo cultiva el talento de quienes ya poseen privilegios.
Cuando el conocimientovuelve a ser un priivilegio
Cuando la educación se mercantiliza, el conocimiento deja de ser un derecho y se convierte progresivamente en un producto. Y cuando esto ocurre, las oportunidades empiezan a concentrarse allí donde ya se concentra la riqueza. La escuela privada puede presentarse como una opción individual, pero cuando el sistema público se debilita, esa “opción” deja de ser neutral. Se convierte en una vía de segregación silenciosa.
No hace falta atacar frontalmente la educación privada para ver sus riesgos. Basta con observar qué sucede cuando la educación pública pierde calidad: las familias con más recursos buscan alternativas, los centros públicos concentran una mayor complejidad social, la desigualdad educativa aumenta y el ascensor social se bloquea. El resultado es una sociedad donde el origen pesa más que el esfuerzo y donde el talento queda condicionado por la cuenta corriente familiar.
La historia nos lo recuerda constantemente. Durante siglos, la educación fue patrimonio de las élites. El conocimiento era una forma de poder y, precisamente por ello, se mantenía fuera del alcance de la mayoría. La gran revolución de los sistemas públicos de educación consistió en romper esa lógica. Por primera vez, millones de personas pudieron acceder a herramientas que antes estaban reservadas a una minoría: lectura, pensamiento crítico, ciencia, historia, matemáticas, cultura y conciencia cívica.
Sin esta democratización del conocimiento no se entienden las clases medias modernas, ni el desarrollo industrial europeo, ni la innovación científica, ni la consolidación de las democracias contemporáneas. Una sociedad educada es más difícil de manipular. Lee más, pregunta más, contrasta más y acepta menos dogmas. Por eso la escuela pública no es únicamente una institución educativa. Es una garantía democrática.
En pleno siglo XXI, esta función es todavía más importante. La inteligencia artificial, la desinformación, la polarización política, la crisis climática, la transformación del mercado laboral y la complejidad del sistema financiero exigen ciudadanos mucho más preparados que en cualquier otra época. Y, sin embargo, seguimos discutiendo si es necesario invertir más en educación.
La pregunta correcta no es cuánto cuesta una educación pública de calidad. La pregunta correcta es cuánto nos costará no tenerla?
Porque una educación insuficiente no aparece inmediatamente como una factura. Aparece años después en forma de baja productividad, desigualdad, fracaso escolar, precariedad, dependencia tecnológica, desafección democrática y vulnerabilidad frente a la manipulación. Los recortes educativos siempre parecen ahorros a corto plazo, pero terminan convirtiéndose en deudas sociales a largo plazo.
La asignatura pendiente: formar ciudadanos financieramente libres
Defender la educación pública no significa negar la existencia de otros modelos educativos. Significa afirmar una idea mucho más elemental: ninguna sociedad avanzada puede construir su futuro sobre una escuela pública débil. La educación privada puede complementar un sistema, pero no puede sustituir la función igualadora, democrática y cohesionadora de una red pública fuerte, bien financiada y exigente.
Y esta defensa del conocimiento no termina en la escuela. Al contrario. Una sociedad verdaderamente avanzada es aquella que convierte el conocimiento en un bien público accesible durante toda la vida. La educación no termina cuando un joven obtiene un título académico. Las transformaciones tecnológicas, económicas y sociales obligan a cualquier ciudadano a seguir aprendiendo si quiere mantener su autonomía y su capacidad de decisión.
En este contexto, existe una disciplina que sigue siendo una de las grandes ausentes de los currículos educativos: la educación financiera. Resulta difícil entender que una persona pueda completar todo su recorrido educativo sin haber recibido una formación sólida sobre el funcionamiento del dinero, los efectos de la inflación, la creación de deuda, los mecanismos del ahorro o la protección del patrimonio.
Esta ausencia tiene consecuencias muy reales. Millones de personas toman decisiones económicas que condicionarán toda su vida sin disponer de los conocimientos necesarios para comprender plenamente aquello que firman, aquello que compran o aquello en lo que invierten.
Al fin y al cabo, la libertad económica no empieza con el dinero. Empieza con el conocimiento. Y del mismo modo que una escuela pública fuerte es imprescindible para construir una sociedad más justa, una ciudadanía formada financieramente es imprescindible para construir una sociedad más libre, más crítica y menos dependiente de los intereses de quienes tradicionalmente han concentrado el poder económico.
Por eso, cuando defendemos la educación, no defendemos únicamente las escuelas. Defendemos el derecho de las personas a comprender el mundo que las rodea. Porque solo quien entiende las reglas del juego puede aspirar realmente a cambiarlas.
Esta necesidad de conocimiento no termina en las aulas. En una sociedad cada vez más compleja, comprender cómo funcionan el dinero, la inflación, la deuda o los sistemas monetarios es también una forma de libertad. Desgraciadamente, la educación financiera sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de nuestro tiempo.
En 11Onze creemos que el conocimiento financiero debe formar parte de la cultura general de cualquier ciudadano. Por ello, desde La Plaça trabajamos para acercar estos conceptos a nuestra comunidad de una manera rigurosa y accesible. Si quieres profundizar en esta perspectiva, la serie “El Dinero” ofrece un recorrido imprescindible para comprender los mecanismos que han modelado la economía moderna. Porque el conocimiento sigue siendo la mejor herramienta para construir una sociedad más libre, más crítica y más consciente de su futuro.
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