
Cataluña ante la nueva globalización
En plena reconfiguración del comercio mundial y con bloques geopolíticos cada vez más definidos, las economías que no se adapten corren el riesgo de quedar atrapadas en un tablero en el que ya no juegan. La nueva globalización —fragmentada, competitiva y marcada por la inseguridad financiera— obliga a territorios como Cataluña a repensar su papel en el mundo. El contexto es incierto, pero también está lleno de oportunidades: el reto es saber si el país será capaz de transformarlas en fuerza real.
La “nueva globalización” es la ruptura con el mundo hiperconectado y barato que dominó entre los años noventa y la crisis de 2008. Aquel periodo se basaba en una producción deslocalizada, costes ínfimos y cadenas de suministro que recorrían medio planeta sin fricciones. Todo eso se ha acabado. Las crisis sucesivas —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— han puesto de manifiesto la fragilidad de un modelo que dependía demasiado de un único centro industrial y de unas rutas comerciales que ya no son seguras ni estables.
Esta nueva fase viene marcada por la formación de bloques geopolíticos —EUA y la UE, por un lado, China-BRICS por el otro— que convierten el comercio en una extensión de la política exterior. La consecuencia es un retorno de la reindustrialización y de las soberanías estratégicas: aranceles selectivos, controles tecnológicos, restricciones a las exportaciones y una carrera global para asegurar materias primas críticas. La globalización continúa, pero ya no es neutral ni homogénea: es más cara, más fragmentada y más condicionada por la seguridad.
Al mismo tiempo, la volatilidad financiera se intensifica. Tanto Economist Impact como Cesce alertan de un aumento del riesgo país global, impulsado por tensiones geopolíticas, endeudamientos elevados y una mayor incertidumbre regulatoria. Por eso, la nueva globalización no es solo un cambio comercial: es un nuevo orden económico en el que las reglas son más estrictas y en el que la capacidad de adaptación determinará quién prospera y quién se queda atrás.
Cataluña en medio del seísmo global
La nueva globalización sitúa a Cataluña en una posición delicada: a la vez privilegiada y frágil. Es una de las economías más abiertas de Europa: las exportaciones de bienes ya representan cerca del 36% del PIB y rozan los 100.000 millones de euros anuales. Esto implica que cada sacudida mundial se traslada inmediatamente aquí, pero también que cualquier reconfiguración de cadenas de valor —nearshoring, relocalización, diversificación de proveedores— puede jugar a favor del país si sabe ofrecerse como un hub productivo fiable.
El tejido productivo catalán, sin embargo, está expuesto a los sectores donde la sacudida global es más intensa: la química (30% de las exportaciones), la automoción, el agroalimentario o la maquinaria industrial. Son actividades dependientes de energía competitiva, tecnología avanzada y regulaciones exigentes. El sector TIC y de alta tecnología crece, pero lo hace en un campo de batalla marcado por guerras de chips, controles de exportación y una competencia global extrema.
El ciclo reciente de exportaciones muestra este seísmo: 2023 fue un año de récord, pero en 2024 el motor exterior se ha debilitado por la debilidad de la demanda europea y el retroceso de la automoción y de los bienes de equipo. Cataluña sigue exportando mucho, pero en un entorno mucho más incierto y con menos viento de cola.
En paralelo, Cataluña dispone de una base innovadora notable, especialmente en sectores de alta y media-alta tecnología, pero le falta “tamaño” e infraestructuras para competir al máximo nivel. El déficit histórico en logística —corredor mediterráneo, puerto, red ferroviaria, aeropuerto— penaliza su competitividad. En definitiva: el país tiene talento y potencial, pero arrastra cuellos de botella que lo hacen más vulnerable de lo que querría.
Riesgos, oportunidades y obstáculos
La nueva globalización endurece el entorno con aranceles y proteccionismo que afectan a sectores exportadores, mientras que las tensiones en tecnología, materias primas y energía complican el suministro. Los tipos de interés elevados encarecen la financiación y la volatilidad de las divisas añade incertidumbre. A esto se suma un riesgo estructural: la concentración de ventas en pocos mercados —Francia, Alemania e Italia— hace a Cataluña especialmente dependiente de la salud económica europea.
Pero el mismo escenario abre oportunidades que el país no puede desaprovechar. El nearshoring sitúa a Europa en una carrera por producir más cerca, y Cataluña puede posicionarse como nodo industrial y tecnológico. La reindustrialización verde (baterías, hidrógeno, circularidad) y la digitalización encajan con las capacidades del territorio, que cuenta con un ecosistema tecnológico vibrante y talento cualificado. Además, la voluntad global de reducir dependencias de Asia puede traducirse en nueva inversión extranjera si Cataluña ofrece seguridad, agilidad y claridad estratégica.
Los obstáculos internos, sin embargo, siguen pesando con unas infraestructuras insuficientes, un sistema de financiación que limita la política industrial, una presión fiscal menos competitiva y una fragmentación administrativa que encarece y retrasa proyectos estratégicos. Superarlo exige una estrategia clara: diversificar mercados, apostar por sectores de valor añadido, reforzar la industria y las pymes exportadoras, impulsar soberanías energética, logística, financiera y tecnológica, y mejorar la inteligencia económica para anticipar riesgos.
Mirando hacia delante
El mundo no volverá al modelo pre-Covid. Las empresas catalanas son resilientes y competitivas, pero la globalización que viene exige anticipación, visión estratégica y capacidad de decisión. Si Cataluña quiere ser protagonista de este nuevo tablero global, no basta con navegar el riesgo: debe aprender a convertirlo en ventaja. Solo así podrá jugar —y ganar— en la economía del siglo XXI.
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