Crisis y control: la tormenta perfecta

Europa podría volver a hablar de racionamiento de alimentos. No es un titular alarmista: es una advertencia directa del corazón del sistema financiero. La pregunta no es solo si pasará, sino qué implica realmente este escenario. Sobre todo, qué dice sobre la fragilidad del modelo económico actual y nuestra dependencia de factores que no controlamos. Y, aún más importante, qué consecuencias puede tener en la vida cotidiana de millones de ciudadanos europeos.

 

Cuando Christine Lagarde habla, los mercados escuchan. Pero esta vez el mensaje va más allá de la política monetaria. La presidenta del Banco Central Europeo ha abierto la puerta a medidas extremas como el racionamiento de alimentos si las tensiones geopolíticas y energéticas se mantienen. No es el escenario central, pero tampoco se puede descartar en un contexto cada vez más volátil.

Para entender el alcance de la advertencia hay que mirar el contexto global: una economía todavía tocada por la pandemia, tensionada por la guerra de Ucrania y sometida a una inflación persistente. Ahora, el foco se desplaza hacia Oriente Medio y hacia puntos críticos como el estrecho de Ormuz. Si esta vía clave se ve interrumpida, el mundo podría perder hasta un 13% del suministro diario de petróleo, con un impacto que iría mucho más allá del combustible y acabaría afectando a toda la cadena económica.

 

Energía, escasez y control: el retorno de un viejo fantasma

La energía es el sistema circulatorio de la economía. Cuando falla, todo se ve afectado. No es solo una cuestión de carburante o electricidad: es la raíz de toda actividad productiva. Cuando el coste energético sube, se encarece todo lo que depende de él, desde la industria hasta los servicios más básicos.

Fertilizantes más caros. Transporte más caro. Producción más cara. El resultado es inevitable: alimentos más caros. Ya lo hemos vivido recientemente. Después de la COVID y la guerra de Ucrania, el coste de la vida se disparó mientras los salarios quedaban atrás, provocando una pérdida sostenida de poder adquisitivo. Y eso en un escenario sin disrupciones extremas de suministro.

El problema es que esta vez podría ir más allá. No hablamos solo de inflación, sino de posibles interrupciones físicas en las cadenas de suministro. Cuando no hay suficientes recursos para todos, la lógica del mercado deja paso a la gestión política de la escasez. Y es en este punto cuando el racionamiento deja de ser un recuerdo del pasado para convertirse en una opción real.

 

CBDC: la pieza que encaja demasiado bien

En paralelo a estas advertencias, los bancos centrales aceleran el despliegue de las monedas digitales —CBDC—. Sobre el papel, se presentan como una evolución natural del sistema financiero: más eficientes, más rápidas y con menos costes de transacción. Una adaptación lógica a una economía cada vez más digitalizada.

Pero esta innovación incorpora un elemento diferencial que no se puede ignorar: el control. Tal como se ha analizado en 11Onze en varios artículos, las CBDC permiten una trazabilidad total de las transacciones y abren la puerta a mecanismos de supervisión directa sobre los ciudadanos. No es solo una nueva forma de pagar, sino una herramienta que podría redefinir la relación entre el Estado y el dinero.

A diferencia del efectivo, estas monedas podrían:

  • Limitar qué puedes comprar
  • Determinar dónde puedes gastar
  • Imponer fechas de caducidad al dinero
  • Aplicar tipos de interés negativos de forma directa
  • Bloquear cuentas en tiempo real

Es decir, un sistema en el que la política económica deja de ser una herramienta indirecta y pasa a actuar en tiempo real sobre la ciudadanía. Las decisiones ya no se limitan a tipos de interés o impuestos, sino que pueden afectar directamente cómo, cuándo y en qué se puede utilizar el dinero. Un cambio de paradigma que transforma la gestión económica en un mecanismo de control inmediato.

 

Crisis y control: la lógica del sistema

Esta combinación —crisis sistémica y aumento del control— no es nueva. El modelo económico actual se ha ido construyendo, en gran parte, a partir de grandes shocks: guerras, crisis financieras o emergencias globales. Son momentos excepcionales que permiten aplicar medidas que, en condiciones normales, generarían un fuerte rechazo social.

Es lo que algunos economistas —como Naomi Klein— definen como la “doctrina del shock. Cuando el miedo y la incertidumbre dominan, el margen de maniobra de los gobiernos se amplía. La ciudadanía, buscando estabilidad, acepta cambios profundos que transforman las reglas del juego económico y social.

En paralelo, la presión sobre las clases medias no deja de crecer. La inflación no solo encarece el coste de la vida, sino que también incrementa la recaudación fiscal de manera silenciosa, haciendo que los ciudadanos paguen más sin que haya una subida explícita de impuestos. El resultado es un escenario delicado: menos poder adquisitivo, más carga fiscal y una dependencia creciente de subsidios públicos que, en un entorno de moneda digital programable, podrían acabar condicionando también cómo y en qué se pueden gastar.

 

Y mientras todo esto pasa… el oro vuelve al centro

En un contexto de incertidumbre creciente, los bancos centrales refuerzan sus reservas con este metal precioso, recuperando un patrón de comportamiento que se ha repetido a lo largo de la historia. No es una decisión casual, sino una respuesta a la desconfianza hacia un sistema cada vez más tensionado.

El oro no depende de ningún gobierno, no se puede crear de la nada ni manipular con facilidad. Es tangible, limitado y universalmente aceptado. En este sentido, representa casi la antítesis de las monedas digitales emitidas por los bancos centrales. Por eso, mientras el dinero se digitaliza, crece también el interés por los activos físicos. Al final, todo se reduce a una cuestión de confianza.

Pero el debate de fondo no es tecnológico, sino político y social. La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por la estabilidad? Si las crisis energéticas y alimentarias se consolidan, las medidas excepcionales pueden dejar de ser temporales. Y aquello que hoy se presenta como una solución de emergencia puede acabar definiendo las reglas del juego a largo plazo.

Tenemos todos los ingredientes de una tormenta perfecta: tensiones geopolíticas, dependencia energética, inflación estructural, endeudamiento elevado y una digitalización acelerada del sistema monetario. Entender este escenario no es alarmismo, sino más bien responsabilidad. El sistema está cambiando rápidamente. Y solo quien entienda qué está pasando podrá proteger su patrimonio y su libertad económica.

Proteger los ahorros con oro físico ha sido una de las principales aportaciones de 11Onze a su comunidad y, ahora, se amplía el abanico de productos. Por eso, ante la volatilidad, la todavía alta inflación y la creciente crisis de confianza en el sistema bancario, el oro vuelve a reforzarse como valor refugio. Descubre el Or Semilla en Preciosos 11Onze.

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