Ira contra la IA

La revolución tecnológica que ya no inquieta solo a los obreros, sino también a los profesionales del conocimiento. Durante décadas, la tecnología había mantenido una especie de pacto implícito con la sociedad. Las máquinas sustituirían los trabajos más repetitivos, más físicos o más peligrosos, mientras que el conocimiento, la creatividad y la capacidad de razonar seguirían siendo patrimonio de los seres humanos. Estudiar, especializarse y acumular experiencia parecía el mejor seguro frente a los cambios económicos.

 

Pero ese pacto está empezando a resquebrajarse. La irrupción de la inteligencia artificial generativa está cambiando la percepción social sobre la tecnología y, por primera vez en mucho tiempo, el debate ya no gira únicamente en torno a las oportunidades que ofrece, sino también a los riesgos que conlleva. Cada vez más ciudadanos cuestionan una herramienta que hasta hace poco se presentaba casi como un sinónimo inevitable de progreso.

No es casualidad. Según una encuesta reciente recogida por el portal especializado Futurism, el apoyo social a la inteligencia artificial se está erosionando, principalmente por la creciente preocupación por la destrucción de puestos de trabajo cualificados, la desinformación y la concentración de poder en manos de unas pocas grandes empresas tecnológicas. El miedo no es nuevo. Lo que sí es nuevo es quién lo siente.

 

Cuando estudiar ya no es una garantía

Las primeras grandes revoluciones industriales transformaron sobre todo el trabajo manual. Los telares mecánicos sustituyeron a los artesanos, las cadenas de montaje redujeron la necesidad de mano de obra especializada y la robotización transformó las fábricas. Cada innovación generó resistencias, pero también consolidó una idea que parecía indiscutible: el conocimiento era mucho más difícil de automatizar que la fuerza física.

La inteligencia artificial está poniendo en duda esa certeza. Los grandes modelos lingüísticos ya redactan contratos, escriben programas informáticos, generan informes financieros, traducen textos, crean ilustraciones, elaboran diagnósticos preliminares o producen contenidos que, hasta hace muy poco, exigían años de estudios y experiencia profesional. Por primera vez desde la Revolución Industrial, una tecnología no compite únicamente con los músculos. También compite con el cerebro.

Los potenciales afectados ya no son únicamente operarios de fábrica o trabajadores de almacén. Ahora también aparecen abogados, periodistas, arquitectos, consultores, analistas financieros, programadores, profesores, diseñadores gráficos o traductores. Es precisamente esta novedad la que explica buena parte del cambio de actitud frente a la IA. Las clases profesionales que durante años habían interpretado la digitalización como una oportunidad descubren ahora que también pueden convertirse en competencia directa de los algoritmos.

 

Un miedo con más de doscientos años de historia

Esta inquietud puede parecer completamente nueva, pero la historia económica nos dice lo contrario. Entre 1811 y 1816, en plena Revolución Industrial, miles de artesanos textiles ingleses comenzaron a destruir los telares mecánicos que se extendían por las fábricas. Aquel movimiento pasaría a la historia con el nombre de ludismo, inspirado en la figura —probablemente legendaria— de Ned Ludd.

Durante mucho tiempo, los luditas han sido retratados como enemigos del progreso, incapaces de comprender los beneficios de la mecanización. Pero esta interpretación es profundamente injusta. Los trabajadores no destruían las máquinas porque rechazaran la tecnología, sino porque consideraban que el nuevo modelo productivo los condenaba a perder su trabajo, reducía el valor de su oficio y concentraba los beneficios en manos de los propietarios de las fábricas. Su protesta no iba contra las máquinas. Iba contra la forma en que se estaba organizando el progreso.

 

Del telar al algoritmo

Las diferencias entre aquel mundo y el nuestro son enormes, pero también lo son las similitudes. Los luditas podían ver físicamente la máquina que los sustituía. El telar ocupaba un espacio concreto dentro de la fábrica y simbolizaba el cambio que transformaba su forma de vivir. La inteligencia artificial, en cambio, es invisible. Funciona desde centros de datos situados a miles de kilómetros y puede alterar simultáneamente el trabajo de un abogado en Barcelona, de un periodista en Londres o de un arquitecto en Nueva York.

También ha cambiado el perfil de los afectados. Hace dos siglos, la mecanización ponía en riesgo principalmente habilidades manuales. Hoy es el trabajo intelectual el que entra en competencia con la tecnología. Por eso algunos economistas e historiadores ya hablan de neoludismo, no para describir una guerra contra la IA, sino para explicar el resurgimiento de una misma inquietud: el miedo a que una revolución tecnológica altere profundamente las reglas del mercado laboral.

Este nuevo ludismo no se manifiesta destruyendo máquinas. Se traduce en demandas de regulación, huelgas de artistas y creadores, litigios sobre derechos de autor, debates sobre la propiedad de los datos y una creciente preocupación por el futuro de muchas profesiones cualificadas.

 

¿Quién se quedará con los beneficios del progreso?

La historia económica nos muestra que las grandes revoluciones tecnológicas suelen generar más riqueza, más productividad y nuevas oportunidades de crecimiento. Ocurrió con la máquina de vapor, con la electricidad, con la informatización y también con Internet. Todo apunta a que la inteligencia artificial seguirá ese mismo camino. Ahora bien, la historia también nos enseña que los beneficios del progreso nunca se reparten de forma automática.

Este es, probablemente, el punto que conecta con más fuerza el ludismo del siglo XIX con el debate actual sobre la inteligencia artificial. Los artesanos ingleses no se oponían a las máquinas porque fueran contrarios a la innovación. Lo que cuestionaban era un modelo económico en el que las ganancias derivadas de la mecanización se concentraban en manos de los propietarios de las fábricas, mientras los trabajadores asumían en solitario los costes de la transformación.

Dos siglos después, la pregunta sigue siendo extraordinariamente vigente. La inteligencia artificial promete incrementos de productividad sin precedentes, pero también plantea interrogantes sobre cómo se distribuirá esta nueva riqueza. Si una parte creciente del trabajo intelectual puede ser automatizada, ¿quién capturará el valor que antes generaban millones de profesionales? ¿Las empresas que desarrollan los grandes modelos de IA? ¿Las organizaciones que los incorporen a sus procesos? ¿O esta nueva productividad acabará traduciéndose en una mayor prosperidad para el conjunto de la sociedad?

No es una cuestión menor. Buena parte del malestar que hoy despierta la inteligencia artificial no proviene de la tecnología en sí misma, sino de la percepción de que los beneficios podrían volver a concentrarse en muy pocas manos, mientras los costes —la reconversión profesional, la presión sobre los salarios o la desaparición de determinadas ocupaciones— recaerían sobre una parte mucho más amplia de la población.

Quizá, más que ante una revolución tecnológica, nos encontramos ante un viejo debate económico que se repite con herramientas diferentes. Y es precisamente esa continuidad histórica la que explica por qué, dos siglos después de Ned Ludd, la misma pregunta vuelve a resonar con fuerza: ¿quién controlará los beneficios del progreso y quién asumirá sus costes?

 

La lección del ludismo

Durante casi dos siglos, muchos profesionales cualificados pensaron que las grandes revoluciones tecnológicas afectaban sobre todo a los demás: los tejedores, los mineros, los obreros de las fábricas. La inteligencia artificial está rompiendo esa percepción. Por primera vez desde la Revolución Industrial, una parte importante de las clases medias cualificadas descubre que su formación ya no es una garantía absoluta frente a la automatización.

Quizá esa sea la gran novedad de nuestro tiempo. No que la tecnología sustituya a las personas —eso ya ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia—, sino que ahora también cuestiona profesiones que hasta hace poco parecían reservadas exclusivamente al talento humano.

Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no debería reducirse a decidir si estamos a favor o en contra de la tecnología. La historia demuestra que intentar detener el progreso es una batalla perdida. La verdadera cuestión es otra: cómo conseguimos que las enormes ganancias de productividad que promete esta nueva revolución tecnológica se traduzcan en una mayor prosperidad colectiva y no solo en una concentración todavía mayor de riqueza y poder. Es exactamente la misma pregunta que se hacían los luditas hace más de doscientos años. Y, visto el debate que hoy despierta la inteligencia artificial, quizá nunca había sido tan actual.

 

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