
¿Puede Europa liderar la economía digital?
Europa se ha despertado. O eso dice. Después de años instalada en el confort del mercado único, el estado del bienestar y la regulación como seña de identidad, la Unión Europea ha asumido que el mundo ha cambiado. La guerra de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China y la carrera tecnológica global han dejado una evidencia incómoda: Europa depende demasiado de los demás.
Ahora los líderes europeos hablan de “soberanía estratégica”, de autonomía industrial y de digitalización. Pero la pregunta es inevitable: ¿puede Europa transformar su modelo económico o llegará tarde a la nueva partida global?
Durante décadas, Europa prosperó gracias a un sistema basado en la energía barata rusa, la defensa norteamericana y la tecnología desarrollada en Silicon Valley o Shenzhen. Ahora, ese equilibrio se ha roto.
Según datos de Eurostat, antes de la guerra de Ucrania, más del 40% del gas importado por la UE procedía de Rusia. De esta manera, la dependencia energética era estructural. A escala tecnológica, la situación no era mejor, dado que en 2023, más del 65% del mercado mundial de ‘cloud computing’ estaba en manos de empresas norteamericanas como Amazon, Microsoft y Google.
Mientras tanto, Estados Unidos impulsaba la Inflation Reduction Act, con más de 369.000 millones de dólares en subsidios verdes, y China consolidaba un modelo de Estado-capitalismo tecnológico con planificación industrial directa. Por todo ello, Europa ha acabado entendiendo que la globalización ya no es cooperación, sino más bien una cuestión de competencia geopolítica.
¿De potencia reguladora a potencia productiva?
La respuesta europea se ha vestido con un nombre ambicioso: autonomía estratégica abierta. Una expresión que suena técnica, pero que esconde una inquietud profunda, como es el miedo a quedar atrapados en un mundo donde la tecnología, la energía y el dinero se deciden fuera de casa.
Europa ha entendido que no puede seguir dependiendo de los chips asiáticos para fabricar sus coches, ni de los servidores americanos para alojar sus datos. Por ello ha puesto sobre la mesa miles de millones para reactivar la industria de los semiconductores y recuperar peso en una cadena de valor que hoy apenas controla. El objetivo es claro: dejar de ser espectador en la gran carrera tecnológica.
Al mismo tiempo, la Unión Europea ha decidido marcar territorio en otro campo decisivo como es el de la inteligencia artificial, para no solo utilizarla, sino también definir sus reglas. Y mientras las grandes plataformas compiten por dominar los algoritmos, el Banco Central Europeo avanza en silencio hacia un euro digital que garantice que, al menos en el ámbito monetario, la soberanía no dependa de infraestructuras ajenas.
De esta manera, Europa no quiere limitarse a regular el juego de los demás, sino que quiere volver a jugar la partida: produciendo tecnología, reteniendo datos y asegurando que su moneda continúe siendo una herramienta de poder.
Pero es aquí donde aparece la contradicción. Porque querer competir en un mundo de gigantes exige algo más que buenas intenciones y marcos normativos. Exige músculo, velocidad y una cohesión que Europa todavía está intentando construir.
El talón de Aquiles europeo
El problema no es solo geopolítico, sino más bien estructural. Europa crece menos porque produce menos. El crecimiento potencial de la zona euro ha sido inferior al de Estados Unidos durante la última década. La productividad laboral europea avanza con mayor lentitud, mientras que la economía norteamericana ha capitalizado mejor la revolución digital.
A ello se suma un factor silencioso pero determinante: Europa envejece. La tasa de fertilidad se mantiene por debajo del nivel de reemplazo en la mayoría de los Estados miembros. Menos población activa implica menos dinamismo económico, más presión sobre el estado del bienestar y más dificultades para sostener el modelo social europeo.
En este contexto, la digitalización no es una opción estética, sino más bien una necesidad para compensar una fuerza laboral decreciente.
Energía cara, competitividad débil
Reindustrializar exige energía competitiva y, tras la ruptura con Rusia, Europa ha diversificado proveedores y acelerado la transición energética. Pero el coste energético sigue siendo superior al de Estados Unidos, donde el gas natural es mucho más barato gracias a la explotación doméstica.
Esto sitúa a la industria europea en una posición compleja, ya que compite con empresas norteamericanas con energía más barata y con empresas chinas que reciben apoyo estatal directo. Entonces, reindustrializar sin energía competitiva puede convertirse en un ejercicio de voluntarismo.
La gran decisión europea
De esta manera, Europa afronta un dilema profundo: competir en la nueva economía global con unas reglas fiscales e institucionales pensadas para otro tiempo. Con una presión fiscal que supera el 40% del PIB y una deuda media elevada, la zona euro aspira a liderar la transición digital manteniendo al mismo tiempo una arquitectura política fragmentada y una disciplina presupuestaria estricta.
Pero sin un tesoro europeo fuerte, sin capital riesgo propio a gran escala y con una productividad que crece más lentamente que la de sus competidores, la pregunta es inevitable: ¿puede existir una política industrial real sin músculo financiero?
En este contexto, la digitalización no es solo una apuesta tecnológica, sino más bien una cuestión de poder. Las infraestructuras de pago globales siguen dominadas por actores norteamericanos. Las plataformas digitales que gestionan datos europeos son mayoritariamente externas. Y, por tanto, la cadena de valor de los semiconductores está fuertemente concentrada en Asia oriental.
En consecuencia, el debate sobre el euro digital o la soberanía de los datos refleja una decisión mucho más profunda: seguir siendo una potencia global o convertirse en una periferia sofisticada en un mundo dominado por Washington y Pekín. La soberanía, hoy, no se proclama. Se invierte. Por todo ello, es necesario estar preparado para entender —y proteger— nuestro futuro económico en un mundo que ya no es el que era.
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