
Cada vez menos manos para pagarlo todo
Durante años nos han hablado de la inflación, de las crisis financieras, del precio de la vivienda o de la inteligencia artificial. Pero hay un problema mucho más profundo que avanza lentamente y casi en silencio: la demografía. Cada vez hay menos trabajadores para sostener a más jubilados.
Según las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), los mayores de 65 años pasarán de representar el 20,4% de la población actual a más del 30% hacia mediados de siglo. Y esto afecta directamente a las pensiones, los impuestos y la capacidad de ahorro de millones de personas. La pregunta es tan simple como incómoda: ¿quién pagará todo esto?
Menos población activa significa menos cotizaciones, menos ingresos fiscales y más presión sobre un estado del bienestar pensado para una realidad que ya no existe. El sistema público de pensiones funciona sobre una lógica de reparto: los trabajadores de hoy pagan las pensiones de hoy. Pero si la base de cotizantes se estrecha y el gasto en pensiones, sanidad y dependencia crece, el equilibrio se vuelve cada vez más frágil.
Este es el problema que casi nadie quiere explicar con claridad. O se reforman las estructuras económicas, o las próximas generaciones tendrán que asumir más impuestos, más deuda o pensiones menos generosas. La demografía no hace ruido, pero condiciona el futuro de cualquier economía. Y cuanto más tarde se afronte, más cara será la factura.
La pirámide se ha invertido
Durante buena parte de la historia moderna, las sociedades occidentales crecieron sobre una base demográfica sólida: cada generación era más numerosa que la anterior. Esto significaba más trabajadores, más consumidores y más contribuyentes para sostener la actividad económica y los servicios públicos.
Este equilibrio permitió financiar pensiones, sanidad universal y educación pública bajo una premisa muy clara: siempre habría suficiente población activa para pagar la factura. Pero esta realidad se está deshaciendo. La natalidad cae, mientras la esperanza de vida sigue aumentando.
El resultado es una pirámide poblacional cada vez más invertida. Según Eurostat, la tasa de fecundidad de la Unión Europea se situó en 1,38 hijos por mujer en 2023, muy por debajo de los 2,1 necesarios para garantizar el relevo generacional. En España, esta cifra fue de 1,12 hijos por mujer, una de las más bajas de la Unión Europea. Mientras tanto, la esperanza de vida continúa aumentando. Nacen menos niños, hay menos trabajadores futuros y crece el número de personas jubiladas. La cuestión no es si este cambio demográfico tendrá consecuencias. La cuestión es quién asumirá el coste de la adaptación.
El equilibrio que se rompe
Mucha gente cree que sus cotizaciones se guardan en una cuenta personal para pagar su futura jubilación. Pero el sistema público español funciona principalmente con un modelo de reparto: los trabajadores de hoy financian las pensiones de hoy.
Este modelo solo es sostenible mientras haya suficientes cotizantes por cada pensionista. Hace décadas, la proporción era mucho más favorable. Ahora, con menos población activa y más personas jubiladas, el equilibrio se debilita. De hecho, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) prevé que el gasto en pensiones seguirá aumentando durante las próximas décadas como consecuencia de la jubilación de la generación del baby boom. La pregunta es inevitable: ¿cómo se pagará todo esto?
La presión no afecta solo a las pensiones. El envejecimiento también incrementa el gasto sanitario, los servicios asistenciales y la dependencia. Esto obliga a los presupuestos públicos a dedicar cada vez más recursos a un gasto estructural creciente, mientras la base de contribuyentes no aumenta al mismo ritmo.
El riesgo es que las generaciones más jóvenes acaben asumiendo la factura con más impuestos, más cotizaciones o más deuda. Y esto puede reducir aún más su capacidad de ahorro, de acceder a la vivienda y de formar una familia. Es un círculo vicioso: menos natalidad genera más presión fiscal futura, y más presión fiscal dificulta la natalidad.
¿Puede la inmigración solucionar el problema?
Para mantener las prestaciones actuales, los gobiernos pueden verse obligados a incrementar la presión fiscal sobre las generaciones en edad de trabajar. Esto significa más cotizaciones sociales, más impuestos sobre la renta o una mayor carga indirecta sobre el consumo. En un contexto de salarios tensionados y elevado coste de vida, esta presión puede reducir aún más la capacidad de ahorro de las familias.
El riesgo es evidente: una generación que paga más, pero que accede más tarde a la vivienda, percibe salarios relativamente estancados y asume unos gastos crecientes, tendrá más dificultades para construir un proyecto vital estable. Y eso incluye formar una familia. Es el círculo vicioso de la demografía: menos natalidad hoy implica menos cotizantes mañana, y menos cotizantes mañana implican más presión fiscal en el futuro.
La inmigración puede ayudar a compensar parte de esta falta de población activa, pero no es una solución automática ni suficiente por sí sola. De hecho, las mismas proyecciones del INE indican que una parte importante del crecimiento poblacional previsto para las próximas décadas dependerá de los flujos migratorios. Aun así, la integración laboral, el acceso a la vivienda y las políticas de inclusión seguirán siendo factores determinantes para que esta aportación se traduzca en una mejora real del equilibrio demográfico.
La demografía es probablemente el problema económico más importante del siglo XXI. No porque ocurra de golpe, sino porque avanza lentamente mientras la mayoría mira hacia otro lado. Las pensiones, los impuestos y la capacidad de ahorro de las próximas generaciones se decidirán mucho antes de que llegue la factura. Por eso, entender estos cambios no es solo una cuestión de economía, sino una necesidad para proteger nuestro futuro financiero y porque tomar buenas decisiones empieza siempre por disponer de buena información.
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