
La sociedad precaria
La precariedad no es un accidente del sistema, es su nueva estructura. Nos conecta a todos a través de la incertidumbre, la dependencia y la deuda. Y solo entendiéndolo podremos romper el círculo y recuperar la soberanía sobre nuestras vidas.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman captó como pocos la esencia de nuestro tiempo. Lo que él llamaba modernidad líquida es hoy una realidad palpable: todo lo que antes era sólido —el trabajo, las relaciones, la seguridad económica— se ha vuelto frágil y efímero. El trabajador que podía planificar una vida, hacer una hipoteca o criar hijos con cierta tranquilidad, ha sido sustituido por un individuo que encadena empleos temporales, subsidios y deudas. Esta inestabilidad no es solo económica: es emocional, psicológica y cívica. Un ciudadano que vive con miedo es más fácil de gobernar, pero también mucho menos libre.
La inseguridad como instrumento de control
Las crisis —financiera, sanitaria, energética, climática— se han convertido en una constante. La incertidumbre ya no es una excepción, sino una condición estructural. Cada nueva ola de dificultades justifica un nuevo paquete de medidas “temporales” que, con el tiempo, se vuelven permanentes. Mientras tanto, la población se acostumbra a vivir con el agua al cuello: salarios que no alcanzan para cubrir el costo de la vida, inflación que erosiona el ahorro, alquileres que devoran sueldos y una fiscalidad creciente que asfixia a las clases medias.
Esta precariedad generalizada crea dependencia. Los gobiernos la gestionan con subsidios y ayudas puntuales, mientras la banca y las grandes corporaciones ofrecen crédito fácil para mantener el consumo. Es un círculo vicioso que transforma los derechos sociales en favores y al trabajador en deudor perpetuo. El miedo a perder el ingreso o la vivienda se convierte en una poderosa herramienta de sumisión.
El resultado es una sociedad que vive pendiente del próximo rebrote económico o del próximo índice del IPC, y que acaba confundiendo la supervivencia con el progreso. Como advertía Bauman, “la libertad sin seguridad es una condena, pero la seguridad sin libertad es una prisión invisible”.
Del trabajo estable al trabajo frágil
En pocos años, el concepto de empleo se ha transformado radicalmente. La flexibilidad —palabra aparentemente positiva— se ha convertido en sinónimo de temporalidad, subcontratación e inseguridad. Los contratos cortos y el trabajo parcial se han normalizado hasta el punto de que ya no sorprenden. En cambio, un contrato indefinido o una jornada de cuarenta horas parece casi un privilegio.
Según el INE, más del 25% de los trabajadores jóvenes en España tienen contratos temporales. En Cataluña, el salario medio real ha perdido más de un 7% de poder adquisitivo en los últimos cinco años, mientras el coste de la vivienda ha aumentado un 30%. La desigualdad entre salarios y precios es ya estructural: trabajar no garantiza vivir dignamente.
Este modelo laboral fragmentado genera una población permanentemente disponible y fácil de sustituir. El trabajador no puede proyectar futuro ni acumular patrimonio. Cuando el trabajo deja de ser una fuente de estabilidad y pasa a ser una lucha diaria por la subsistencia, el contrato social se rompe.
La precariedad laboral también es precariedad cívica. Un ciudadano sin horizonte no participa, no protesta, no exige. Simplemente, sobrevive. Y esa es, quizá, la nueva victoria del sistema: transformar al trabajador en un consumidor obediente y agotado.
La pérdida de libertad y la necesidad de soberanía económica
La inseguridad económica erosiona silenciosamente la libertad. Cuando todo depende del salario del mes o del crédito concedido, la autonomía personal se desvanece. Vivimos en sociedades aparentemente libres, pero sometidas a mecanismos de control sutiles: deuda, dependencia tecnológica y desinformación constante.
El reto es volver a construir soberanía. En el ámbito colectivo, esto significa recuperar el control sobre los recursos básicos —energía, vivienda, finanzas— y fomentar economías locales resilientes. En el ámbito individual, significa reaprender hábitos de autogestión: ahorrar, invertir con criterio, huir de la deuda innecesaria y apostar por la formación financiera como herramienta de liberación.
La educación económica es la clave para transformar el miedo en poder. Cuando entendemos cómo funciona el sistema, dejamos de someternos ciegamente a él. En 11Onze hace tiempo que lo defendemos: el ahorro es soberanía, la información es libertad y la comunidad es fuerza.
El camino hacia una sociedad menos precaria no depende de esperar soluciones externas, sino de construir seguridad desde abajo, desde la cooperación y la conciencia. Quizá Bauman tenía razón: la precariedad es el nuevo vínculo social. Pero aún estamos a tiempo de convertir ese vínculo en una red de solidaridad, no de sumisión.
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