¿Estamos ante el final del Estado nación?

Cuando Europa emergió del caos de la Guerra de los Treinta Años, a mediados del siglo XVII, decidió reorganizarse. Con la Paz de Westfalia (1648) y, poco después, el Tratado de los Pirineos (1659), el continente consagró una nueva arquitectura política: cada rey reinaría dentro de su territorio, y este quedaría delimitado por una frontera jurídica. De aquella operación de rediseño territorial nació un mundo nuevo —el de los Estados nación—, un invento jurídico que convertiría la geografía en propiedad y la diversidad en sospecha.

 

Durante siglos, este sistema ha funcionado con una eficiencia tan brutal como sólida, dando lugar a ejércitos regulares, monedas estables y burocracias capaces de controlar el territorio con la misma frialdad con la que trazaban los mapas. La frontera dejó de ser una zona de intercambio para convertirse en una línea de separación. Y con ella, Europa se creyó inmortal.

Pero el tiempo desgasta todas las geometrías. En pleno siglo XXI, las líneas trazadas en Westfalia han empezado a derretirse, como si las fronteras del mapa político europeo fueran de cera. Esto ha permitido que el capital circule sin dirección, que las empresas operen sin patria y que las personas se muevan más por necesidad que por vocación. En este nuevo escenario, el viejo Estado nación se parece cada vez más a una fortaleza vacía: perfecta en la forma, pero vacía en contenido. De hecho, parece que volvemos a encontrarnos ante “La montaña mágica” de Thomas Mann (1924), donde el autor retrató brillantemente los años veinte como una Europa recluida, enferma y fascinada por su propia fiebre.

 

La fractura interior

La Europa de hoy sufre una crisis que no es moral, sino demográfica y territorial. Sus sociedades envejecen a un ritmo vertiginoso, lo que provoca que sus espacios interiores se diluyan progresivamente y que el sistema de bienestar —construido sobre la premisa de una población activa abundante— solo pueda mantenerse gracias a la entrada masiva de capital humano.

El hecho de que cada año lleguen cientos de miles de trabajadores de orígenes diversos —que, como los bárbaros del siglo IV, no vienen a destruir, sino a sostener el sistema evita el colapso. Este nuevo capital humano aporta la fuerza laboral necesaria, contribuye netamente a la fiscalidad y permite que las cotizaciones sociales continúen alimentando nuestros servicios públicos. Sin ellos, la rueda del bienestar se detendría en seco, acelerando la decadencia de Europa.

Pero Europa aún no ha entendido que, como la Roma del siglo V, solo podrá sobrevivir si es capaz de transformar su estructura política para integrar de forma orgánica todo ese capital humano.

Esta crisis de población se superpone además a otra de carácter geográfico. El mapa nocturno del continente muestra una Europa litoral iluminada y un inmenso interior oscuro. Las grandes metrópolis —Londres, París, Barcelona, Milán, Madrid, Berlín— concentran la riqueza y el poder, mientras vastas áreas rurales se despueblan hasta convertirse en desiertos humanos. Es la nueva frontera invisible que se está configurando, donde las divisiones ya no son entre estados, sino entre territorios útiles y territorios abandonados.

Los Estados nación, nacidos para defender su unidad, se encuentran ahora divididos por dentro. El equilibrio fiscal, la redistribución y la cohesión territorial que sostenían el pacto social se han resquebrajado. El sur paga la demografía del norte; el oeste vive del trabajo del este; el centro concentra lo que las periferias producen. El resultado es un sistema desequilibrado que recuerda al Bajo Imperio romano: burocrático, endeudado y dependiente de flujos humanos que ya no puede controlar ni comprender.

De hecho, este es el modelo de Estado que el colonialismo del siglo XVIII —francés, inglés u holandés— exportó por todo el mundo. El mismo que, con una arrogancia supremacista, dibujó líneas sobre mapas vacíos e impuso por la fuerza de las armas el principio de soberanía territorial como fórmula universal, despojada de cualquier arraigo local. Así, las potencias europeas proyectaron sobre África, Asia y América su sueño de orden racional mediante la creación de fronteras rectas, trazadas con escuadra sobre desiertos, selvas o montañas desconocidas, aunque ello implicara separar pueblos que compartían lengua, cultura y economía, o juntarlos con enemigos históricos bajo una misma bandera.

El resultado fue una geografía artificial, construida sobre una arquitectura de Estado sin fundamento social. Y cuando aquellas colonias alcanzaron su independencia, lo hicieron bajo una herencia envenenada: el Estado nación había sido un modelo impuesto, pero sin una sociedad que lo sostuviera. Las guerras civiles, los genocidios y las fronteras absurdas del siglo XX son la factura.

Porque Europa, al querer civilizar el mundo, acabó universalizando sus propios errores. Y quizá ahora, ante su propia crisis interna, el Viejo Continente empieza a comprender que aquel patrón de frontera rígida e identidad única no era una verdad histórica, sino una anomalía de su pasado.

Europa aún no ha entendido que, como la Roma del siglo V, solo podrá sobrevivir si es capaz de transformar su estructura política para integrar de forma orgánica todo ese capital humano.

El futuro pasa por el limes

Durante el Bajo Imperio, cuando Roma comenzó a desmoronarse bajo su propio peso, los pueblos germánicos cruzaron el limes no para destruir el Imperio, sino para formar parte de él. Querían ser romanos y, contrariamente a lo que a menudo se cree, su aportación —mano de obra, soldados, agricultores y tributos— fue clave para mantener vivo el sistema. A partir de ese momento, este nuevo capital humano permitió seguir roturando tierras y mantener en funcionamiento el Estado.

Hoy, la historia parece volver sobre sus propios pasos. La Europa que inventó el concepto de Estado nación ve cómo su modelo se agota y, al mismo tiempo, como nuevas poblaciones alimentan su continuidad. En el fondo, es el mismo proceso que ya experimentó el Viejo Continente en el pasado, cuando necesitó a aquellos “bárbaros” para seguir siendo.

Quizá este hecho provocará que entremos en una nueva Antigüedad tardía, una especie de momento de transición en el que la soberanía ya no se medirá por el control de un territorio, sino por la capacidad de ordenar los flujos que lo atraviesan —capitales, personas, datos o ideas. Y el Estado que no lo entienda y se enroque estará seguramente condenado a diluirse.

El Mediterráneo, una vez más —que un día fue el corazón económico del mundo— vuelve a tener la llave del futuro. Es el lugar donde se encuentran las dos mitades del viejo sistema: el norte que envejece y el sur que crece. Si Europa quiere renacer, tendrá que volver a mirar hacia su Mare Nostrum y entender que su supervivencia depende de la permeabilidad de aquello que la modernidad quiso transformar en impermeable.

Cuando una civilización entra en decadencia, la historia le ofrece dos opciones: optar por levantar muros o abrir puentes. Roma sobrevivió mientras supo integrar, y desapareció justo cuando empezó a excluir. Aun así, Europa todavía está a tiempo de enderezar la situación. Quizá el final del Estado nación no sea un colapso, sino un retorno: aquel en el que la geografía actúa como verdad y la historia, como advertencia

11Onze es la comunidad fintech de Cataluña. Abre una cuenta descargando la app El Canut para Android o iOS. ¡Únete a la revolución!

Si quieres profundizar en este tema, te recomendamos:

Construyendo la frontera pirenaica en el s. XVII

7min lectura

A lo largo de la historia, el concepto de frontera ha sido...

La verdad sobre el sistema de pensiones

7min lectura

¿Es sostenible el sistema de pensiones? ¿Cómo debería...

Cataluña frena el despoblamiento rural

7min lectura

Pueblos y micro pueblos de Cataluña sufren despoblamiento...



Oriol Garcia Farré Oriol Garcia Farré

    Deja una respuesta

    App Store Google Play