Private credit: ¿primer signo de tensión en los mercados?

Los mercados financieros suelen enviar señales sutiles antes de que estallen las grandes crisis. El reciente caso de BlackRock en el sector del private credit ha despertado una pregunta incómoda entre muchos inversores: ¿hasta qué punto este mercado es realmente líquido?

 

El sector ha crecido hasta superar los dos billones de dólares y se ha convertido en una pieza clave del sistema financiero global. Pero su funcionamiento esconde una tensión estructural que ahora vuelve a estar bajo el foco.

La noticia que ha encendido las alarmas es aparentemente técnica, pero significativa. BlackRock decidió limitar los retiros de su fondo HLEND después de recibir solicitudes de reembolso por valor de unos 1.200 millones de dólares, aproximadamente un 9,3% del total del fondo. Este tipo de vehículos de inversión suelen aplicar restricciones —normalmente alrededor del 5% trimestral— por una razón muy simple: los activos en los que invierten no pueden venderse con facilidad. El private credit consiste principalmente en préstamos directos a empresas privadas, a menudo de tamaño medio, que no cotizan en bolsa y que, por tanto, no disponen de un mercado secundario profundo donde estos préstamos puedan negociarse rápidamente.

Cuando muchos inversores intentan recuperar su dinero al mismo tiempo, los gestores se encuentran ante un problema clásico de liquidez: los fondos prometen cierta flexibilidad a los inversores, pero los activos que tienen en cartera son estructuralmente ilíquidos. El mercado reaccionó inmediatamente a este incómodo recordatorio y la cotización de BlackRock llegó a caer cerca de un 7% tras conocerse la decisión. Más allá de este movimiento puntual, lo que realmente inquietó a los inversores es el mensaje implícito: el private credit se ha convertido en un mercado gigantesco, pero sigue basándose en activos difíciles de vender rápidamente cuando la confianza del mercado empieza a tambalearse.

 

El crecimiento explosivo del private credit

El crecimiento del private credit no se entiende sin mirar atrás. Tras la crisis financiera de 2008, los reguladores reforzaron los requisitos de capital y control de riesgo de la banca tradicional, especialmente a través de los acuerdos de Basilea III. Estas normas obligaron a las entidades financieras a ser mucho más prudentes a la hora de conceder préstamos, sobre todo a empresas con perfiles de riesgo más elevados. El resultado fue un cambio estructural en el mercado del crédito: parte de la financiación que antes asumían los bancos comenzó a desplazarse hacia actores no bancarios. Gestores de activos y grandes fondos de inversión aprovecharon este vacío para entrar con fuerza en el negocio del crédito privado.

Firmas como Blackstone, Apollo Global Management, Blue Owl Capital o la propia BlackRock convirtieron este espacio en una nueva industria financiera. En poco más de una década, el sector ha crecido hasta superar los 2 billones de dólares en préstamos, convirtiéndose en una fuente de financiación clave para muchas empresas medianas, especialmente en Estados Unidos. 

Para los inversores, estos fondos ofrecen una propuesta atractiva: rendimientos superiores a los de los bonos tradicionales en un entorno de tipos bajos. Sin embargo, este modelo también esconde una fragilidad estructural. Muchos inversores aportan capital altamente líquido, mientras que los gestores lo invierten en préstamos que pueden tardar años en recuperarse. Es un equilibrio delicado que funciona mientras la confianza se mantiene intacta.

 

Tres escenarios posibles

La pregunta que hoy se hacen muchos analistas no es si el private credit desaparecerá, sino cómo reaccionará si el contexto económico se vuelve más adverso. Tras una década de crecimiento acelerado, este mercado aún no ha sido sometido a una recesión profunda que ponga a prueba su resistencia. En este contexto, varios analistas apuntan tres escenarios plausibles para los próximos años.

    1. Ajuste ordenado. El primer escenario es también el que muchos expertos consideran más probable. El sector podría entrar en una fase de normalización después de años de expansión intensa. Algunos impagos empresariales y restricciones puntuales a los retiros podrían aparecer, mientras que los rendimientos se moderarían respecto a los niveles de los últimos años. A pesar de estas tensiones, el sistema seguiría funcionando sin grandes sobresaltos. El private credit continuaría siendo una fuente relevante de financiación empresarial, pero con expectativas más prudentes y una gestión del riesgo más estricta. La probabilidad estimada de este escenario es alta.
    2. Tensión sectorial. Un segundo escenario podría producirse si la economía global entrara en recesión. En ese caso, el aumento de los impagos empresariales presionaría los resultados de los fondos y podría generar inquietud entre los inversores. Si esta preocupación se tradujera en una ola de solicitudes de retirada, algunos fondos podrían verse obligados a limitar los reembolsos. Las consecuencias serían pérdidas en algunos vehículos de inversión, mayor volatilidad financiera y una revisión general del riesgo del sector. El mercado no colapsaría, pero entraría en una etapa de tensión. La probabilidad de este escenario es moderada
    3. Crisis de liquidez. El tercer escenario es menos probable, pero no imposible. Una crisis de confianza podría provocar una salida simultánea de inversores. En ese caso, los gestores se encontrarían con un problema estructural: la falta de compradores inmediatos para los préstamos que tienen en cartera. Si esto ocurriera, los fondos no podrían vender los activos con suficiente rapidez, los precios de los préstamos caerían y algunos vehículos podrían bloquear temporalmente las retiradas. Situaciones similares ya se han visto en fondos inmobiliarios o de private equity, donde la liquidez aparente desaparece cuando el mercado entra en estrés. La probabilidad es baja, pero existente.

 

Por qué vuelven los activos tangibles

Cuando los mercados financieros muestran signos de tensión, los inversores suelen recuperar una pregunta tan antigua como el propio comercio: ¿qué tiene valor fuera del sistema financiero?

En estos momentos, el interés suele desplazarse hacia los activos tangibles, aquellos que existen independientemente de la confianza en un intermediario o en un mercado.

Históricamente, esto se ha traducido en una mayor demanda de oro físico, materias primas o determinados activos inmobiliarios. No es casualidad que, en los últimos años, muchos bancos centrales hayan aumentado sus reservas de oro para reforzar la seguridad de sus balances, recuperando el papel de este metal como activo de reserva global. El oro ha funcionado durante siglos como protección frente a crisis monetarias, inflación o inestabilidad financiera precisamente porque no depende de ningún emisor ni de un sistema financiero concreto.

En realidad, el debate de fondo no es si el sistema financiero colapsará. La historia demuestra que los mercados tienen una enorme capacidad de adaptación. La cuestión clave es otra: cómo proteger el patrimonio en un mundo con más volatilidad, más deuda y más incertidumbre geopolítica.

Durante años, muchos inversores han concentrado sus carteras en activos altamente interconectados —acciones, bonos o fondos de inversión— que dependen de una misma infraestructura financiera. Pero episodios como el del private credit recuerdan que estos mercados se basan en un elemento esencial: la confianza en la liquidez.

Cuando esa confianza se debilita, la diversificación vuelve a convertirse en un principio fundamental, no solo entre productos financieros, sino también entre activos financieros y activos tangibles.

El caso BlackRock no es una crisis sistémica, pero sí un recordatorio oportuno. En los periodos de abundancia financiera es fácil asumir que la liquidez siempre existirá y que siempre habrá alguien dispuesto a comprar nuestros activos. La historia financiera, sin embargo, nos enseña que cuando llegan las tensiones esa certeza puede desaparecer rápidamente.

Por eso, más allá de las modas del mercado, la pregunta que hoy se hacen muchos ahorradores sigue siendo la misma que se hacían los inversores hace siglos: ¿qué es realmente mío… y qué depende del sistema?

Para la Comunidad 11Onze, entender esta diferencia es esencial. Porque proteger el patrimonio no consiste en predecir el futuro de los mercados, sino en construir una estrategia de ahorro e inversión capaz de resistir cuando el sistema entra en tensión.

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